auto exigencia

No disfruto con nada.

¿Llevas un tiempo que no logras disfrutar con nada?

¿Te molesta lo que hacen los demás?

¿Sientes que hagas lo que hagas, al final acabas en el mismo punto?

Has vivido situaciones que no han sido agradables. Este ha sido un año diferente para todos y hubieras preferido que no pasara todo lo que ha pasado.

Esto no depende de ti. Aún así, te aferras a la idea de que podrías haber hecho algo o de que incluso ahora puedes hacer algo más. Al final terminas cansado/a porque estás contándote las cosas desde una perspectiva desfavorable para ti. Y ya bastante has hecho y sigues haciendo.

La autoexigencia puede ser infinita. Puedes tener la idea de que ser exigente está bien, que así conseguirás más cosas, que si no eres exigente te acabarás estancando. Es importante agradecer a la exigencia su papel, aprender a escucharla, pero siendo consciente de que no sea ella la que tire de ti.

Si la exigencia se pone al mando, tira de ti. Te arrastra hasta límites en principio inalcanzables, teniendo en cuenta solo el objetivo, que puede ser más o menos idealizado, más o menos realista.

Si solo tienes en cuenta el foco, tu objetivo, sin prestar atención a nada de lo que sucede alrededor ¿dónde quedan tus necesidades? El fin no es alcanzar la meta, el fin es caminar hacia la meta teniendo en cuenta tus límites, tus recursos y tus necesidades. El objetivo es alcanzar tu propósito descuidarte ni quedarte por el camino.

Es importante observar dónde estás poniendo el foco. Cómo te estás contando lo que está pasando, lo que estás haciendo, los resultados que obtienes, positivos o negativos.

¿En tu diálogo interno suelen aparecer frases como estas?

“No me gusta mi vida.”

“Soy una fracasada/o.”

“Tendría que tener unas mejores condiciones ya.”

“A los demás les va mucho mejor que a mi.”

“Me toca estar solo/a cuando no quiero.”

Si respondes que sí, probablemente estés experimentando una sensación de frustración y malestar elevadas. Porque a pesar de todo lo que ya has conseguido, sigues mirando y viendo sólo lo que te falta.

Déjame decirte algo: estás aquí y eso es bastante.

Agradece todo lo que te ha traído hasta este momento y todo lo que ya has conseguido.

De manera automática, estás contándote la historia de tu vida sin ver lo que ya has avanzando, si no centrado/a en lo que te falta. Cuando te centras en lo que aún te queda, estás continuamente activado/a. Así mantienes la idea de fondo de que siempre quedan cosas por hacer y que tienes la responsabilidad de hacerte cargo de todo, cuando ya eso no te corresponde y no puedes hacer más de lo que ya estás haciendo.

¿Qué puedes cambiar?

  • Dedícate un momento para observar todas las áreas de tu vida. ¿Cuántas áreas tienes ahora mismo? (Personal, amigos, pareja, deporte, trabajo…) Puedes dibujar una margarita y cada pétalo sería un área de tu vida.

  • De manera neutral y objetiva, como si fueras un observador descriptivo, escribe cómo están cada una de esas áreas. Trata de ser lo más objetivo y neutral posible, evitando hacer evaluaciones: “mala, horrible, fracasada, harta, buena, mejor, peor, insuficiente”.

  • Identifica las cosas que has hecho tú y agradece a tu “yo” de aquel momento todo lo que hizo. Teniendo en cuenta la situación y los recursos que tenías entonces, nada pudiste hacer de otra manera. Puedes pensar que no lo harías así ahora, pero no se trata de juzgarte. Quizás ahora lo harías diferente porque tienes otros recursos: has aprendido. Pero para hacerlo, has tenido que intentarlo de otra forma antes y ver que no funcionaba.

  • Has llegado hasta aquí y no siempre ha sido fácil. Has tenido que gestionar diferentes situaciones, poner en marcha distintos recursos y aún así, estás aquí. Poner el foco en los demás te hace descuidar detalles y no contarte la realidad como es exactamente. Tú tienes tu realidad, tu proceso y tu experiencia. Todas las áreas de tu vida tienen sentido si pones el foco en tu propio proceso y no fuera.

Aprender a escuchar a la exigencia es muy importante. Hacerlo te permitirá saber cuándo es ella la que está tirando de ti y cuando eres tú el/la que está al mando. Caminando en una dirección, la que tú determinas y eliges seguir. Sin descuidarte y respetando tu proceso, tus tiempos, tus límites y tus necesidades.

Si te has sentido identificado/a , quizás podría ser un motivo para empezar a conocerte, a escucharte y decidir si seguir en esta dirección o no. En Quiero Psicología te esperamos para que aprendas a focalizarte en lo que eres y lo que tienes, y no en lo que te falta.

maltrato reality

Realities o la normalización de la toxicidad.

Si asistes al espectáculo de los realities ¿Te sientes identificado/a con algún/a concursante?

En los que muestran parejas ¿Crees que son un reflejo real de cómo son las relaciones, las mujeres y los hombres?

¿Si a ti te pasara algo así, no podrías aguantarlo?

Como norma general en casi cualquier reality, ya desde los primeros minutos observamos dinámicas cargadas de prejuicios, estereotipos, roles de género, toxicidad, etc.

Si nos centramos en los que nos muestran a parejas en un lugar paradisíaco, con villas de lujo y cuerpos esculturales como cebo para justificar infidelidades. “Esta experiencia hay que vivirla” , “esto ocurre porque te sientes en otro mundo” y otros argumentos sobre el por qué es tan fácil descontrolarse o perder la cabeza en aquel lugar.

Vamos a desgranar algunas de las «perlas» que nos muestran este tipo de programas:

Roles de género.

Chicos que abrazan a sus novias por la espalda en señal de protección, posesión y control. Chicas abrazadas por sus novios como signo de dependencia, fragilidad y sumisión.  “Las chicas son celosas”, “las chicas nos molestamos por todo” , mitos y categorías que distan mucho de la realidad: no por ser mujer tienes que ser celosa, y no por ser hombre te enfadas menos. “Bastante tenemos con nuestras novias ya”, la mujer como una carga pesada.

Rivalidad y odio.

“Chihuahua” ,“una mujer que viene a quitarle el novio a otra mujer me demuestra los valores que tiene” , discusiones, insultos y hostilidad entre las chicas y las tentaciones de sus parejas, perdiendo el respeto entre mujeres por luchar por la atención o el cariño de los chicos. A esto le añadimos que los chicos, para calmar a sus novias, infravaloran al resto de chicas con comentarios despectivos como “es fea”.

Lucha de egos.

Al inicio del programa, los chicos tienen que colocar un collar de flores en señal de interés por alguna de las chicas, una lucha de poder entre los «gallitos» en la que la mujer pasa a ser un objeto por el que dos hombres pelean. Ella es sólo un trofeo si opinión ni deseo ni, casi, cerebro.

Amor líquido.

Haciendo referencia a este concepto de Bauman, otra de las «situaciones» es cuando aparecen nuevas tentaciones en las villas. Si quiero cambiar mi cita por otra, puedo hacerlo, tengo donde elegir, hoy quiero contigo y mañana no, al instante. Cambian personas como si cambiasen de pantalones.

Normalización del conflicto.

“Discutimos mucho pero nos queremos” , «estamos teniendo discusiones ya como si fuéramos una pareja” , “nuestra relación es tricíclica, estamos bien, estamos mal y estamos muy mal”. Conductas en las que se acepta el conflicto en las relaciones como algo normal y típico en las parejas. Lo cierto es que está muy lejos de ser normal: el amor es que experimentes tranquilidad y sosiego en tus relaciones de manera habitual y sea un lugar de calma para ti.

Sentido de propiedad sobre las personas.

“Me van a quitar a mi novia” ,“no me importaría que tocara a otra chica”, “le dije que nadie le hiciera masajes”. Conductas posesivas en chicos y chicas. Tratar a una persona como si fuera algo tuyo implica anular sus emociones y necesidades, tener derecho sobre él/ella y estar por encima, yo decido, yo mando.

Ansiedad por separación.

“No puedo estar sin ti”, “no nos separemos nunca más”, “me quiero morir, no voy a aguantar”. Estar lejos de alguien a quien aprecias puede ser doloroso, pero ser incapaz de vivir y continuar debido a la ausencia de tu pareja implica dependencia y la total reducción de tu autonomía. Corres un grave peligro si tu bienestar depende por completo de que alguien se quede o no. 

Comprobaciones constantes de su amor.

“Tengo que verlo todo para saber si puedo confiar al 100% en él”, “no es su prototipo”. Amar no es poner a prueba a tu pareja para estar completamente seguro/a de él/ella. El amor no es un campo de batalla en el que tengas que observar que tu pareja resiste y consigue salir ileso/a ante un montón de tentaciones para saber si realmente te quiere o no. Observar cada paso que da te hace estar alerta constantemente, con el consiguiente desgaste ya que además, nunca podrás controlar absolutamente todo.

Atribuciones erróneas sobre responsabilidades.

“Él está harto de mis celos”, “para no destrozar nuestra relación miento” , “me he cohibido muchas cosas por ella”, “estoy cansado de no poder ser como soy”. ¿Quién es el/la último/a responsable de nuestras propias conductas? Nosotros/as mismos/as, salvo casos en los que exista algún tipo de desequilibrio en la relación y poderes y haya una amenaza. Hacer responsable a tu pareja de algo culpabilizándola, no es amor. Si algo no te gusta, tienes la opción de irte y si decides mantenerte en la relación, no justifiques tus actos culpando a tu pareja.

Aguantar todo por amor.

“Nunca habla bien de mi”, “no me hace masajes”, “en toda la relación nunca ha bailado conmigo”. Una pareja no tiene por qué complementarte en absolutamente todo, sin embargo, si para ti es importante el cariño, y tu pareja no suele tener gestos cariñosos o afectivos hacia ti, quizás habría que replantear si te sientes a gusto y tus necesidades están cubiertas. Muchos son los comentarios de chicos y chicas que denotaban insatisfacción por carencias en sus relaciones o la aceptación de dinámicas contrarias a las que uno desea. Si no te sientes bien, romper la relación también es una opción.

Desconfianza.

“No te acercas a una persona que no conoces sin un interés”, “si yo me siento así, es por algo”. No me fío ni de ti ni de mi, cuestiono todo lo que haces porque me provoca emociones negativas que no sé gestionar ni reconocer. Mi propia inseguridad la vuelco en ti y en tus actos.

Autoestima y calma a través del dolor de otros.

«Ya no quiero que disfrute, quiero verlo triste”, «me hubiera hasta arrodillado”, “a uno le sienta bien ver como dos chicas se pelean por ti”. Si le veo mal, significa que me quiere. Pensamientos alejados de lo que es amar a alguien, ya que, además de tu bienestar también te importa el suyo.

Desprecios.

“Tiene un carácter de mierda”, “no te preocupes, no pueden hacer nada”, “está loca”. Cuando no sé cómo gestionar lo que la otra persona hace, me limito a insultarla y descalificarla porque no soy capaz ni de entender lo que hace, ni el porqué.

Incertidumbre y confusión. Miedo y descontrol.

Una de las parejas que más atención obtiene (T y M) son el ejemplo claro de cómo no tratar a tu pareja: cuando hay un problema de celos, lo ideal es que exista comunicación fluida, empatía, comprensión, calma y seguridad. Si este problema persiste y se hace insostenible, la solución sería terminar la relación antes que estar en una dinámica de desconfianza, mentiras o dudas.

T. era ambivalente y lo mismo le decía un “te quiero” que rompía el compromiso con M. para besarse con otra chica a sus espaldas. Ante la inseguridad que siente M., estas conductas mantienen el bucle y el malestar se intensifica. Lejos de ser sincero y honesto, T. prefiere mantener viva la ilusión de que “todo está bien” “es sólo un juego” y “no ha pasado nada” , desconcertando y manipulando a una M. totalmente dependiente hacia él.

M. pierde el control y experimenta emociones con una intensidad desmedida, presa del miedo se olvida completamente de ella misma, reacciona con agresividad, posesión y sumisión lo que le imposibilita para actuar de la forma más adaptativa y saludable.

Pues bien, los realities no dejan de ser un reflejo pervertido de lo que sucede en la sociedad, si te has sentido identificado/a con alguna de estas situaciones que te mostramos o de alguna otra que resuene en ti y no tienes los recursos para gestionar lo que sucede, en Quiero Psicología trabajaremos toda la esfera que envuelve una relación para ayudarte a conseguir seguridad, calma y bienestar.

enfermedad crónica

Tengo una enfermedad crónica. ¿Cómo me afecta psicológicamente?

Ser diagnosticado con una enfermedad crónica supone un antes y un después. Cada persona puede vivir este proceso a su manera aunque en este post queremos hablar sobre las consecuencias a nivel psicológico que de todos podemos experimentar.


Es muy importante que comprendas que las emociones que sientes son normales, esto te permitirá digerir, entender y aceptar la enfermedad en tu vida. Además, saber que no estás solo/a en tu vivencia te aportará compañía y calma, siendo esto vital para el afrontamiento diario de tu situación.


Al principio, la medicación, los hospitales, las pruebas, etc, comienzan a ocupar gran parte del tiempo. Pasa todo muy rápido, y no te das cuenta realmente de los cambios que se han producido en tu día a día. Esto es normal y es muy importante que poco a poco vayas elaborando un duelo.

¿Un duelo? Sí, también es necesario cuando algo cambia en tu vida de forma drástica.

El duelo implica adaptar tu vida a una nueva situación. Las diferencias pueden ser muy diversas: perder capacidad pulmonar y que te cueste más subir escaleras; invertir más tiempo en realizar una tarea porque no rindes igual a nivel mental; abandonar determinadas actividades por no poderlas hacer; salir menos por malestar físico; viajar con más dificultad por necesitar condiciones especiales al dormir o al andar, y un largo etc.

Tienes que aceptar que tu vida ha cambiado y eso no es tarea fácil.

Es posible que debido al estado de shock o de negación de la enfermedad, no seas consciente del duelo que te toca iniciar. Es importante que poco a poco vayas aceptando que tienes que trabajar la pérdida e integrar los nuevos cambios que verás y experimentarás en tu vida.

Elaborar el duelo te permitirá entender lo que ha pasado, reducir la frustración, generar alternativas y estrategias de afrontamiento, comprender el abanico de emociones que sientas, aprender a convivir con los cambios, etc.

Una enfermedad crónica afecta sin duda a nivel psicológico y estos cambios repercuten en diferentes áreas de tu vida:

Se puede producir una pérdida de autonomía o independencia.

Esto puede influir en tu rutina o en tus hábitos. Supone de alguna manera perder el control de ti mismo/a, por ejemplo:

  • la obligación de asistir a citas hospitalarias con frecuencia
  • llevar medicación a cualquier lugar al que vayas
  • necesitar ayuda de alguien para moverte, alimentarte ocomunicarte
  • evitar alimentos que antes tomabas
  • no poder hacer algunas actividades o hacerlas con dificultad
  • tener que realizar otras que no son de tu gusto, etc.

Cambios a nivel laboral.

Es posible que tengas que cambiar de puesto o incluso de trabajo. La frustración que puedas sentir al no desempeñar tu cargo como antes puede hacer que te sientas inútil, incapaz, desplazado/a, frustrado/a, etc.

La forma de relacionarte también puede cambiar.

Tus relaciones personales pueden verse afectadas al no poder salir porque te encuentres mal o cansado/a o por no poder realizar determinadas actividades porque tu salud te lo impida o porque tus amigas y amigos no tienen claro cómo tratarte ahora o incluso puede que tú no sepas cómo mantener vivas tus relaciones.

En esta espiral incesante de cambios mantenerse equilibrado y firme a nivel mental es imprescindible y puede suponer un gran esfuerzo.

¿Qué cambios pueden aparecer a nivel psicológico a raíz de una enfermedad crónica?

Depresión o síntomas depresivos.

Tristeza, apatía, poca motivación, frustración, etc. No te apetece llamar a tus amigos/as para que ver plan tienen, te levantas desanimado/a porque piensas que te volverá el dolor, piensas en cómo sería tu día si volvieras a estar como antes, etc.

Ansiedad.

Provocada por miedo ante la duda constante de cómo estarás; miedo a morir; estrés ante el posible dolor; miedo de volver a trabajar por no hacer las cosas al mismo nivel que antes; dudas ante la capacitación para el nuevo puesto; perspectivas y expectativas siempre negativas, etc.

Trastorno adaptativo.

Tu vida ha cambiado. Puede haberlo hecho un poco o por completo y no es fácil aceptar esto de la noche a la mañana.

Adaptarse a la nueva situación te puede provocar emociones encontradas que se mantengan durante demasiado tiempo y se conviertan en un trastorno con una dimensión más amplia.

Culpa.

Es posible que tu cabeza dé vueltas a lo que pudiste haber hecho en el pasado para evitar esta situación actual o que busques justificación constante para resolver estos porqués, apareciendo el arrepentimiento o la culpa, especialmente si tienes a alguien a tu cargo (hijos, familiares…) que también se han visto afectados por esta nueva situación.

Rabia.

Es normal que experimentes multitud de emociones, especialmente de las llamadas «negativas» y más concretamente pueden surgir estallidos de ira. Parecerán incontrolables y quizás aparezcan es las situaciones menos indicadas o en las que «no vengan a cuento».

Permite que esa ira salga, no es conveniente restringir las emociones cuando surjan, pero hay maneras de aprender a manejarlas y que te enfades o estés más irritable contigo mismo/a o con los que te rodean es algo que se puede gestionar.

Sentimiento de incomprensión.

Las secuelas del coronavirus o enfermedades como la fibromialgia, la fatiga crónica, la endometriosis, la diabetes, el asma, el lupus, etc., suelen ser reconocidas a nivel físico pero ¿qué sucede a nivel psicológico?

Entender una enfermedad sin una causa orgánica aparente puede crear incredulidad o difícil aceptación por parte de algunas personas, especialmente si no la padecen o son incapaces de ponerse en el lugar de los y las demás.

En cualquier enfermedad crónica, más allá de la dolencia física, hay una parte mental fundamental que necesita ser cuidada. Es normal que si por parte de tu entorno o a nivel social no hay apoyo o entendimiento de tu situación, te sientas incomprendido/a y que esto te genere mucho malestar.

No es fácil sobrellevar solo/a los brotes reiterados, las crisis, tomar medicación a diario, cubrir los costes económicos, pasar a ser dependiente en mayor o menor grado o vivir tu día a día con una enfermedad que te acompañará siempre.

Para cuidar tu salud, tanto física como mental, es importante la cooperación y la solidaridad: apoyo familiar, social, asociaciones con personas que estén viviendo lo mismo que tu, etc.

Distorsiones cognitivas.

Según como percibas e interpretes la realidad, tu actitud ante las circunstancias variará. Si solías tender a los extremos, tras un diagnóstico de una enfermedad crónica es probable que pienses «¿porqué todo me pasa a mí?». Es importante trabajar en reestructurar esos pensamientos que te llevan a tener una visión más negativa de lo que sucede.

Indefensión aprendida.

Es esa sensación de «¿para qué voy a ir al médico si no me va a quitar esto? ¿para qué tomar la medicación si cada vez estoy peor?». Esto pasa cuando no «controlamos» los síntomas o la propia enfermedad.

Si no gestionas adecuadamente esa sensación, puede llevarte a tomar una estrategia desadaptativa como dejar un tratamiento o no acudir a tus citas hospitalarias, lo que sin duda empeorará la situación ya que seguir las indicaciones de los profesionales siempre será mejor que no hacerlo.
En definitiva, quizás no es fácil vivir algo así pero, con cariño y paciencia, podrás adaptarte y conseguir recuperar el bienestar emocional.

Si padeces alguna enfermedad crónica y necesitas ayuda para integrarla enfermedad en tu vida, en Quiero Psicología trabajaremos contigo para que puedas gestionar, aceptar, afrontar y mejorar tu situación.


perdonar

¿Qué es el perdón?

¿Sabemos realmente qué supone perdonar?

¿Somos conscientes del proceso que implica?

Todos tenemos en mente que cuando perdonamos a alguien tras una ofensa, olvidamos o minimizamos la importancia de lo que nos ha hecho para restaurar la relación que teníamos.

Lo vemos como un acto individual, como un resultado.

Pero el perdón es un proceso en varias etapas en las que buscamos reducir el malestar provocado por la ofensa. Como proceso que es, lleva tiempo y, si la ofensa ha sido grave, también implica esfuerzo.

Reconocer la ofensa.

La primera fase de este proceso es reconocer la ofensa, ser conscientes de que hemos sido tratados de forma injusta y que este daño ha podido ser intencionado o cuanto menos negligente. Darnos cuenta de que la persona que nos ha dañado podría haber actuado de otra forma.

Una vez reconocida la ofensa nos encontramos en una situación de malestar, en la que podemos sentir rabia, indignación, dolor, amargura, tristeza, sensación de traición o incluso vergüenza y humillación. Podríamos decir que nos encontramos el momento del no-perdón.

En este momento, no queremos tener relación con la persona que nos ha ofendido, de hecho, podemos sentir deseos de venganza. Nuestros pensamientos pueden ser recurrentes y dedicamos mucho tiempo a pensar una y otra vez en la ofensa, qué pasó, cómo pasó, por qué, cómo podríamos haber actuado, qué podríamos haber dicho, etc.

Con el tiempo, este malestar puede disminuir, pero que lo haga no implica que perdonemos a quien nos ha ofendido. Para poder perdonar, hay que tomar decisiones, hay cosas que hacer.

Elegir.

El perdón es un derecho, no una obligación y puede llegar a ser más beneficioso para la persona ofendida que para la que ha ofendido. El perdón es para nosotros, no para el otro.

Cuando perdonamos, buscamos reducir el malestar generado por la ofensa.  Consiste en disminuir las emociones de rencor, rabia, vergüenza, humillación, odio, dolor, amargura o impotencia.

Por este motivo, tenemos la capacidad de elegir si perdonar o no, sabiendo y  reconociendo que cada elección tendrá unas consecuencias distintas en nosotros.

Perdonar no es olvidar.

Si decidimos perdonar, debemos ser conscientes de que hacerlo no es olvidar la ofensa recibida, que ni siquiera implica recuperar la relación, ni mucho menos ignorar el daño.

El perdón se produce cuando consideramos que es una opción y nos planteamos hacerlo. En ese momento, nuestros sentimientos de odio disminuyen o desaparecen, incluso podemos comenzar a sentir compasión hacia quien nos ha ofendido, teniendo en cuenta que sentir compasión no implica justificar la agresión.  

El perdón unilateral.

Como hemos visto, perdonar nos ofrece beneficios y ventajas a nosotros mismos en primer lugar y no siempre tiene que implicar a la persona que nos ha hecho daño.

Por ello, hablamos de perdón unilateral cuando el objetivo no es el cambio en la otra persona, ni siquiera es necesario retomar la relación que tuviésemos con él o ella.

El objetivo que buscamos con el perdón unilateral es reducir nuestro malestar, cambiar a mejor nuestra experiencia personal.

La persona que se ha sentido dañada es la protagonista, trabaja sus emociones, sus sentimientos hasta poder cambiar la percepción que tiene sobre sí mismo. El objetivo es pasar de ser víctima a ser superviviente. Para ello es capaz de abandonar los sentimientos de debilidad e impotencia y de reconocer su propia fortaleza, recuperando el control de la situación.

Aprender a perdonar no siempre es fácil y depende en gran medida del daño percibido, teniendo en cuenta que ese daño puede ser totalmente subjetivo y que algo puede parecernos algo tremendo y ser algo insignificante a los ojos de los demás.

Perdonar depende también de lo estrecha que sea la relación con la persona que nos ha hecho daño. Cuanto más cercana y más confianza, más grave nos puede parecer lo sucedido.

Depende también de nuestra capacidad de autoobservación para ser capaces de descubrir qué pasó que dolió tanto, si realmente es necesario darle tanta importancia, si podemos pasar página y recuperar la relación o es imperativo romper definitivamente.

El perdón no es fácil. Si ya hablamos de perdonarnos a nosotros mismos, entramos en mayores dificultades.

Si sientes la necesidad de perdonar o de perdonarte, en Quiero Psicología estamos para escucharte y ayudarte a encontrar el perdón que necesitas.

adopciones complicadas

Los procesos de adopción y acogida

¿Los problemas de conducta de tu hijo/a se hacen incontrolables?

¿Intentas comprender qué le sucede o cómo ayudarle?

¿Te sorprende su actitud hacia ti?

¿Esperabas una convivencia tranquila, cariñosa y de unión y sientes que sucede lo contrario?

Como en cualquier proceso de maternidad/paternidad las circunstancias vitales son variadas. En procesos adoptivos hay que tener en cuenta una serie de cuestiones.

Para los adultos probablemente sea un proceso cargado de emociones, ilusión y ganas, es posible que para el niño/a no sea así, sino al contrario.

Quizás estás ante un/a niño/a que ha vivido una serie de experiencias vitales que han influido en su manera de ver y entender el mundo. Experiencias que han determinado la persona que es ahora, las reacciones que tiene, su forma de pensar, de relacionarse o de comunicarse, entre otras.

Estas experiencias puede que no hayan sido agradables y que estuvieran cargadas de dolor, incertidumbre, malestar o miedo. Todo esto, junto a un cambio vital como la adopción, no es fácil de asimilar. Puede que se sienta asustado, desubicado o no entienda cómo le va a afectar esta situación.

Para entender su comportamiento actual, tenemos que conocer su realidad, desde sus inicios hasta el día de hoy. Es posible que estos niños, desde etapas muy tempranas, hayan experimentado ausencia de afecto o poca estimulación. Puede que se hayan sentido desprotegidos e incluso hayan sido víctimas de comportamientos ajenos que hayan puesto en peligro sus vidas.

Sus inicios en el mundo quizás comenzaron en casas de acogida o centros, con ausencia de cuidadores primarios que les permitieran conocer el mundo de una forma más segura.

¿Qué consecuencias puede tener esto en ellos/as?

Comienzan un proceso de adaptación, pasan a estar con una familia y en lugares totalmente desconocidos. Esto, acompañado de experiencias pasadas traumáticas, implica cierta reticencia, miedo y desconfianza a lo nuevo que se hace visible a través de problemas de conducta.

El miedo al abandono puede estar profundamente oculto. El vínculo que se crea desde el nacimiento de un bebé con sus cuidadores principales es vital para el correcto desarrollo de cualquier niño/a. Este vínculo se compone de todo lo que implica cubrir las necesidades básicas: las físicas, las emocionales, las cognitivas y las de protección y desarrollo.

El vínculo tiene que ser predecible y estable desde los primeros años de vida. El niño/a debe saber que pase lo que pase, ese vínculo estará ahí para calmarlo, cuidarlo o ayudarle a gestionar sus estados emocionales.

Cuando adoptas a un niño, conozcas su historia o no, es crucial que sepas que estás ante alguien que quizás no confíe en ese vínculo. Esto sucede porque, independientemente del motivo, estuvo en peligro una vez o incluso desapareció, lo que se significa sentirse completamente desprotegido y desamparado.

Si esto sucede, es posible que la confianza que supone volver a crearlo se haga muy despacio y  con mucha cautela por su parte. El niño no tiene ninguna garantía de que vuestro vínculo vaya a ser perdurable. No tiene la certeza de que no desaparezca. No sabe que siempre estará disponible porque no es lo que ha aprendido desde muy pequeño.

Si conocemos y entendemos sus vivencias, comprenderemos el terror que puede sentir y su mecanismo de defensa como autoprotección. Ante una situación muy dolorosa se activan inconscientemente todas las alarmas en un ser humano. Todo lo que implique perder ese vínculo conllevará conductas y emociones que expresarán el dolor y miedo que sienten a que eso vuelva a suceder.

Cuando comience a establecer un apego seguro contigo, depositará en ti toda su vivencia para apegarse de forma adaptativa. Esto significa que serás su “saco de boxeo”, “paño de lágrimas” y “pilar fundamental”. Contigo se permitirá expresar todo el dolor y hacerlo consciente para poder integrarlo en su vida y continuar viviendo de la forma más sana posible.

El grado de oposición que puedas observar será proporcional a las secuelas experimente por el daño recibido en el pasado. Quizás no conozca límites o se sienta perdido/a ante algo que no ha vivido nunca y que no sabrá cómo gestionar.

Algo que puede ser característico en edades más avanzadas es el comportamiento infantil que surja en diferentes situaciones. Si no ha podido vivir su infancia con normalidad y ahora siente que sí puede, aprovechará cada instante para recuperar esas experiencias perdidas.

Tal vez también observes cómo quiere destacar siempre, ser el/la mejor en todo o, buscar incansablemente la atención de quienes le rodean. Esto es una forma más de cubrir esa necesidad de afecto que no fue realizada tiempo atrás, y que como todo ser social, necesita. Esta búsqueda de atención por otras personas puede ser interpretada como exagerada esta, pero no hay que perder de vista el origen de este comportamiento.

¿Qué puedo hacer con todo esto?

Establece reglas claras y concisas. En principio, no va a asumirlas de golpe, lo que requerirá de ti grandes cantidades de paciencia y firmeza.

Hazle saber que es una persona válida, que merece ser querido/a, ayúdale a aceptar quien es, felicítale por sus logros.

Ofrécele seguridad, intenta que tanto tú como vuestro entorno sean predecibles. Evita las situaciones inesperadas que puedan generarle confusión.

– Conviértete en alguien con quien pueda hablar, muéstrale comprensión, escucha y empatía. Intenta entender todos los estados emocionales que puedan ir surgiendo: rabia, vergüenza, tristeza, etc.

Paciencia y cariño son imprescindibles para la reparación del vínculo que estás llevando a cabo.

¿Te encuentras en este proceso y estás experimentando algunas de estas dificultades o cualquier otra? En Quiero Psicología te acompañaremos, trabajando desde un enfoque basado en la teoría del apego que te ayudará a mejorar la dinámica familiar.

autoexibencia control

¿Mi autoexigencia me impide funcionar?

¿Es la autoexigencia «marca de la casa»?

¿Cómo te sientes si por complicaciones en el día no has podido ir al gym, siendo una rutina habitual para ti?

¿Qué ocurre cuando algo que tenías previsto, como un plan con amigos, se cancela a última hora?

¿Te irrita sentir que algo no está en tu control? Por ejemplo, que tu jefe te presione para mejorar porque hoy no has hecho las cosas tal y como él te dijo y eso te genera tal malestar que tu día se  nubla por completo con esa sensación.

Si las situaciones anteriores u otras parecidas te generan malestar es posible que la organización, las rutinas y el orden sean partes importantes de tu día a día, probablemente esta dinámica te permita por ejemplo, llegar puntual a tus citas, dormir a tus horas, tener una alimentación equilibrada, mantener a buen ritmo tu cuenta de ahorros o planificar tus vacaciones mucho antes de que comience el verano.

Sin embargo, si cuando alguno de tus planes mentales no se ajusta a lo que luego sucede y esto te genera un intenso malestar, lo que en principio te ayuda y te hace sentir mejor, llevado al extremo se convierte en algo que te bloquea o limita.

Es funcional llevar una rutina diaria que te permita ir al trabajo, hacer deporte y descansar pero comienza a ser disfuncional cuando por no poder ir un día al gimnasio te sientes fatal y te autocastigas al día siguiente con más horas de entreno que compensen las que te faltaron ayer llegando incluso a encontrarte mal por el esfuerzo físico extra realizado.

Estableces una serie de expectativas que tienes que cumplir y lo que inicialmente haces por salud, placer o deseo, se convierte en una obligación y no permites que no suceda, ya no es algo que puedas hacer o no, es algo que hay que realizar y si no es así hay además un castigo, una consecuencia negativa. Es como si convivieras con un látigo que corrige cada paso que das y esto, día a día genera un daño considerable.

¿Crees que se disfruta sabiendo que un “paso en falso” implica recibir un latigazo?

De forma sistemática tu autoexigencia te hace estar alerta constantemente, no puedes relajarte, no puedes permitirte un fallo o un imprevisto.

La exigencia en su justa medida puede generar consecuencias agradables pero si se descompensa la balanza estaríamos hablando de un patrón obsesivo que te impide funcionar y recomponerte ante los imprevistos que naturalmente nos suceden a todos/as en el día a día. Esta intensidad en la exigencia implica rigidez mental, es decir, la incapacidad de aceptar algo distinto a lo previsto.

Y si hablamos de previsión y anticipación sobre lo que va a suceder, ¿qué otro concepto está implicado?

El control. Si consideras que eres alguien con un patrón obsesivo, estarás familiarizado/a con el control, de hecho, “necesitas” controlar aquello que va a suceder para conseguir el bienestar y rechazas la incertidumbre.

Sin embargo, ¿crees que podemos controlar absolutamente todo? Tu respuesta indudablemente será que no, ya que es imposible, y estaríamos hablando de una ilusión más que de una realidad.

Por tanto, si ese látigo fustigador del que hablábamos antes aparece cada vez que “pierdes el control sobre algo”, sin duda, terminarás bastante magullado/a.

Además, en principio, tu mano es la que sostiene ese látigo y es muy probable que no sólo te autocastigues a ti, sino que también lo hagas con aquellos que te rodean; amigos/as, familia, pareja, empleados/as a tu cargo, compañeros/as de trabajo. Casi con seguridad, cuanto más cercanos, peor.

Ya hemos imaginado el malestar que puede generar recibir latigazos constantemente pero ¿cómo se expresa esto en ti?  Es decir, ¿cómo visibilizar este “daño” surgido a raíz de una elevada autoexigencia?

Las consecuencias que acarrea la falta de permisividad ante los fallos y no cumplir las expectativas o convivir con cierta incertidumbre pueden ser:

-Emociones tales como miedo, frustración, ira, tristeza, etc..

-Hablar de miedo implica hablar de ansiedad: taquicardia, presión en el pecho, intranquilidad motora…

-Afectación en las diferentes áreas de tu vida.

-Abuso de sustancias tóxicas que te permitan desconectar durante unos momentos.

-Somatizaciones.

Si te sientes identificado/a con este post y no sabes bien qué puedes hacer, lo primero que te sugiero es reflexionar.

¿A qué crees que se debe este patrón?

Cuándo y cómo aprendiste esta dinámica?

¿Qué supone en ti la autoexigencia?

¿Cómo te sientes cuando “no cumples”?

¿Qué pasa cuando “no tienes nada que hacer” y no has podido planificarlo?

“Tener un látigo en la mano” es algo que aprendiste en algún momento de tu vida y aunque tú lo sostengas, no quiere decir que te sientas a gusto con ello. Puede que esta dinámica funcione en ti como un mecanismo de defensa y que alguna vez haya sido tu mejor alternativa y, hasta ahora, te haya permitido seguir y gracias a ello, estar donde estás.

Si consideras que esta gestión de tu vida te puede llegar a limitar en determinados momentos o genera malestar en ti y en tu entorno, en Quiero Psicología te acompañaremos en este proceso de autoconocimiento que te permita crear recursos que ajusten y modulen la exigencia. Aprender a ser menos exigente contigo mismo/a está en tu mano: contáctanos.

5 claves para reconocer a un narcisista

¿Cómo reconocer a un narcisista?

¿Has conocido a una persona con la que te has sentido como si fueras una marioneta?


¿Sientes que sólo piensa en si mismo/a y no empatiza?

¿Tiene la idea de que todo lo hace bien o que nunca se equivoca?


¿Le gusta sentirse halagado/a por los/las demás de forma constante?


¿Has llegado a pensar que es alguien bastante egoísta?

Quizás estás ante una persona con rasgos narcisistas, pero ¿cuáles son las características que definen esta personalidad?


Él o ella se cree el centro del mundo

Sus necesidades son más importantes que las tuyas. Se les puede identificar por tener una personalidad egocéntrica, lo que hace que te menosprecien todo el rato, de forma abusiva y arbitraria, en el plano físico, en el psicológico y en el emocional. Se centran en sí mismos rompiendo con lo de alrededor.

Por ejemplo: Carlos disfruta muchísimo con el deporte, pero a su pareja no le gusta tanto, ella prefiere el teatro. Ella se adapta constantemente a los planes de Carlos y realizan actividades deportivas siempre que pueden, pero nunca van al teatro porque a él le aburre demasiado.

¿Qué pasa con las necesidades de ella? ¿Las tiene Carlos alguna vez en cuenta o solo se limita a satisfacer las suyas propias?


Manipulan.

Esta manipulación que no es otra cosa que un chantaje, se lleva a cabo a través de la culpa, la seducción, el miedo, dar pena, etc, y además, puede ser sutil, de manera que casi ni te des cuenta, o de forma descarada.


El chantaje puede estar orientado a conseguir algo material o emocional, y puede ser algo circunstancial o, por el contrario, algo que se mantenga durante bastante tiempo.

Imagina que Miguel y Javier son amigos de un mismo grupo y han tenido una fuerte discusión. Miguel es responsable de lo sucedido pero con tal de mantener la amistad con el resto y quedar bien, miente, culpabilizando a Javier consiguiendo manipular a los demás haciendo que sientan pena por él y lo apoyen, consiguiendo irse de rositas ante el problema y dejando a Javier como el malo.


No toleran la frustración.

No saben perder. La tolerancia a la frustración es 0 y la hipersensibilidad a la crítica es de 10.

Imagina que en una empresa hacen una reunión para felicitar a los empleados por los objetivos conseguidos en el mes. A casi todos le dan la enhorabuena, sin embargo, a Raúl, que suele recibir elogios por su trabajo, esta vez no se la han dado. Su rabia es tal, que abandona el puesto de trabajo diciendo que no se valoraba su esfuerzo como se merecía.


Aires de superioridad.

Aires de superioridad o grandiosidad y buena imagen. Suelen ser personas arrogantes que se creen realmente especiales. Y además lo saben vender muy bien: seguro que cuando lo conociste pensaste que era como un comercial vendiéndose a sí mismo. Parece que te dijera, sin decirte nada, que cruzarte en su camino ha sido tu mayor suerte.


Este es el caso de Alba. Cree firmemente que su manera de pensar y actuar es siempre la correcta, que su intuición nunca falla. Cuando debate o habla sobre algo con alguien, busca algún motivo para tener la razón y cuando lo encuentra, siempre repite la misma frase para recordarles que su postura era la acertada: “¿Ves? Te lo dije”. Llega a menospreciar a los demás por no ser tan listos como ella y siempre cree que en todo va a triunfar.


Exigen admiración.

Si ignoras a este tipo de personas probablemente no seas de su agrado, sin embargo, si las halagas constantemente mantendrás vivo su ego, lo que hará que se sientan bien. Es lo que se llama exigencia afectiva: adularle se convierte en una obligación. La persona narcisista llega a creerse realmente este estatus de superioridad frente al resto, pero ¿sabías que en muchos casos esta actitud les sirve como una barrera defensiva ante un posible sentimiento de inferioridad y miedo?

¿Qué secuelas quedan tras el contacto con un/a narcisista?

Sensación de inferioridad, anulación de la personalidad, problemas con la autoestima, sentimiento de inutilidad, sumisión, humillación, culpabilidad, y un largo etcétera.


La cuestión que quizá más te preguntes es ¿por qué? ¿Qué mecanismo hace que te mantengas al lado de una persona que más que darte energía, te la quita?


Tal vez sea porque no crees que tú valgas lo suficiente y estar a la sombra de esa persona te hace sentirte protegido.


Puede que nunca hayas tenido voz por miedo y ahora no eres capaz de poner límites.

Quizás porque verdaderamente llegas a creer en lo “increíble y especial” que es esa persona.


Tu inseguridad frente a su grandiosidad es el alimento perfecto que le nutre, es le energía que el narcisista necesita.


¿Crees que estás en alguna situación similar a las que has leído y de momento no sabes poner remedio?


En Quiero Psicología trabajaremos contigo el amor propio, antídoto perfecto para estos casos. No le des más vueltas y contáctanos.

¿Te ves peor tras el confinamiento?

El confinamiento ha sido una experiencia que nos ha obligado a cambiar unos hábitos por otros, y en general, nuestra actividad física ha disminuido.

¿Cómo te ha afectado esto? ¿Sientes que has cambiado físicamente? ¿Te ves peor?

Al igual que es importante la perspectiva y la mirada con la que vemos lo que nos pasa, también es importante los ojos con los que nos miramos. Si esos ojos que te miran ahora mismo están teñidos por la exigencia, la distorsión o la insatisfacción, probablemente te estés sintiendo incomodo/a contigo mismo, puede que no te guste lo que ves en el espejo, que sientas que has engordado o que estás demasiado delgado/a, que lo que habías conseguido en meses de gimnasio ha desaparecido absorvido en la nada, en definitiva: te gustaría verte y sentirte diferente.

Esto te está generando sensaciones desagradables, hay un malestar general que no desaparece y, probablemente, has comenzado a hablarte peor, a despreciar parte de ti o incluso a tratarte mal.

¿De qué forma te estás tratando últimamente?

La imagen que tienes de ti mismo/a es algo que has ido formando a lo largo de tu experiencia vital. Cómo te veían los demás, los comentarios que recibías, cómo tu abuela puntualizaba si estabas demasiado delgada o demasiado gordo, cómo las modelos eran aclamadas por tener un determinado cuerpo, cómo los hombres en los anuncios marcan abdominal hasta en las pestañas, etc.

En definitiva, has ido creando una idea de lo que la sociedad considera apropiado físicamente, una idea generada por modelos inalcanzables e irreales que, en muchas ocasiones, sufren lo indecible para mantener unas medidas deshumanizadas ajustándose a estándares de belleza y salud que no son, ni de lejos, ni reales ni saludables ni recomendables.

Es inevitable que esto te genere frustración y malestar constante, especialmente por el bombardeo de imágenes y consejos sobre cómo debes cuidarte para estar estupenda o qué desodorante has de usar para atraer a las mujeres como moscas a la miel, que nos llega a diario y desde todos los frentes. Evidentemente, si tu meta es llegar a alcanzar lo inalcanzable nunca estás donde quieres estar.

Puede que a principios de año mantuvieras unas rutinas de ejercicio y/o alimentación que con la pandemia y sus consecuencias han volado por los aires. Ahora, después del confinamiento, no te ves igual que antes. Has dejado de ir andando al trabajo, has dejado de comer sano, has hecho menos ejercicio del que te hubiera gustado por no poder salir, por estar todo cerrado y todo esto hace que no te encuentres a gusto.

Cuanto más te miras, menos te gustas y peor te tratas. Has entrado en un bucle destructivo que te está haciendo daño. Y no va a ir a mejor a no ser que te pongas a ello.

¿Cómo pararlo?

Te dejamos unos pequeños tips para que puedas ir moderando este comportamiento y evitar que se enquiste y se convierta en una forma de malvivir:

  • Observa la forma en la que te hablas.

¿Cuántos adjetivos negativos utilizas para hablar contigo mismo? ¿cuánto te permites equivocarte? ¿cómo te hablas cuando cometes un error? ¿cuánto aprecias las cosas que haces bien?

Este tipo de cuestiones, la forma en la que te juzgas y te hablas, tiene mucho que ver con tu autoestima: si es baja, tu juez interior será inmisericorde e incluso cruel, dando poca o ninguna importancia a los logros que consigues y poniendo siempre el foco en los pequeños detalles que no salieron como tenías pensado.

Si tu autoestima está más equilibrada, serás capaz de valorar lo positivo y aprender de lo negativo, “respondiendo” a ese juez interior con criterio para evitar autoanularte ni sabotearte, mejorando lo que no te gusta y avanzando poco a poco hacia un objetivo real y alcanzable.

Observar este comportamiento, te ayudará a identificar lo que la manera en la que te estás dañando sin darte cuenta y ese es el primer paso para poder cambiar.

  • Escribe una carta objetiva y amable dirigida a cada parte de ti que no te gusta o que ha cambiado.

Permítete escribirle a esas partes lo que no te gusta de ellas, podría empezar así: “Queridos brazos…”, se trata de que seas objetivo/a por lo que los adjetivos subjetivos como “horrible, feo, asqueroso, repugnante” no valen.

Trata de escribir de la manera más objetiva posible, siempre desde la amabilidad, incluyendo en cada parte de tu cuerpo algo que sí te gusta de ella o algo que le agradeces: “gracias piernas por llevarme al trabajo cada día”, “gracias brazos por permitirme abrazar a mis seres queridxs”, algo así con tus propias palabras.

La idea es ser consciente de lo que quieres cambiar dándole un valor positivo que ya tiene y rebajando las sensaciones negativas que te produce.

  • Identifica los pensamientos críticos que aparecen, obsérvalos y no entres a dialogar con ellos.

Céntrate en lo que sí está pasando y lo que sí tienes en ese mismo momento (sigues teniendo buena salud, has mantenido tus relaciones sociales, puedes recuperar tus antiguas rutinas o crear otras nuevas que te satisfagan, etc). Puedes elegir dónde centrar tu atención, escoge aquello que te resulte agradable y que también está pasando, en vez de en lo que no tienes y cómo te gustaría ser.

La idea es ir dejando de lado la figura del juez interior, suavizando esa parte negativa imperante sin eliminar lo que realmente hay, los hechos son los hechos, no queremos camuflarlos sino tener más cosas en cuenta.

Obviamente, estas sugerencias no son la solución, ni a corto ni a largo plazo, pero son un punto de partida en el que puedes comenzar a trabajar desde ya para ir mejorando paso a paso.

Si sientes que te esta situación te genera mucho malestar y no sabes que más hacer para que vaya mitigándose hasta desaparecer, llámanos y trabajaremos para que la imagen que tienes de ti mismo/a deje de hacerte sufrir.

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¿Te da miedo volver a parar en un nuevo confinamiento?

Quizás las primeras dos semanas de aquel encierro que hoy parece lejano fueron fáciles para ti por que supiste sacar jugo a cada minuto.

¿Qué pasó después? ¿Se te hicieron interminables las semanas?

Estar en casa y tener cosas que hacer impide tener tiempo libre, y eso a su vez, reduce el tiempo a solas, es decir, tiempo en el que no se lleve a cabo ninguna tarea distractora y por lo tanto, llene nuestra cabeza de pensamientos.

¿Qué ocurre cuando escuchas a tus pensamientos?

¿Qué ocurre cuando no tienes nada que hacer?

¿Tengo miedo a parar?

Si te sientes identificado/a con las siguientes afirmaciones te animamos a leer este post:

-Estás algo molesto por que tienes unos amigos bastante aburridos que no proponen planes o que no aceptan los miles que tú les propones, ¡no aprovechan el tiempo!

-Tienes todo el mes de agosto planificado y sólo un fin de semana al aire libre sin saber qué hacer y esto te genera algo de intranquilidad.

-Las vacaciones llegaron para darte un soplo de aire fresco que eliminó todo tu malestar ¡justo lo que necesitabas!.

-Piensas que la cuestión no es lamentarse sino seguir “adelante” y aprovechar el tiempo sin paralizarse.

-Te consideras una persona activa y que siempre está haciendo algo.

¿Por qué tengo miedo?

Si coincides con lo anteriormente escrito nos gustaría que hicieras la siguiente reflexión: ¿te has planteado alguna vez qué pasa cuando paras? ¿crees que te incomoda estar mucho tiempo sin socializar o sin hacer nada? ¿por qué siempre haces algo para evitar esto?

Es un buen momento para reflexionar sobre la dinámica de “hacer” que llevas a cabo sin parar, día tras día, sin pensar en aquello que realmente te genera malestar.

Nunca es tarde para reconocer que quizás tienes una parte exigente que te impide parar, impide que te sientas triste o aburrido más de 4 minutos seguidos.

Es posible que, al no tener en cuenta esta perspectiva, no seas consciente de lo que puede estar sucediendo, incluso es posible que tu cuerpo haya intentado avisarte y que sus señales hayan sido ignoradas: dolores de cabeza, problemas estomacales, cierta taquicardia, irritabilidad, sensación de ahogo, etc. ¿a qué crees que son debidos estos síntomas?

“Seguir adelante” parece que tiene un significado de fortaleza o de superación, sin embargo, esta asociación no es del todo real. La capacidad de seguir adelante o sobreponerte de las situaciones que te generen malestar no se basa en el poco tiempo que pases por ejemplo, llorando.

Permitir que las emociones que estés experimentando (agradables o no) sean expresadas y reconocidas generará en ti un desahogo y una mayor conexión con tus propias necesidades.

¿Qué es esto de «necesidades»?

El simple hecho de vivir implica sentir y experimentar gran variedad de emociones, si algunos estados emocionales son vividos como desagradables, en principio los evitamos, pero si evitamos de forma constante y sistemática, ¿qué sucede con esas emociones? ¿el mensaje que quieren darte, lo escuchas?

Realizar un “escaneo emocional” es atender a necesidades. No sólo existen necesidades como el hambre, la sed o el sueño, también necesidad de atención, afecto, escucha, etc. Si no prestas atención a la necesidad no podrás solucionarla, y el malestar que en principio evitas, sólo se hará más grande e intenso con el tiempo.

Si algo de lo que has leído te suena, pero no ubicas si es eso lo que te pasa o no entiendes el porqué, te animamos a iniciar terapia psicológica.

En Quiero Psicología te ayudaremos a entender tu proceso y a crear herramientas personalizadas que permitan establecer una dinámica saludable en tu día a día. Contacta aquí.

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¿La comida se ha convertido en un problema?

¿Cómo puedo saber si tengo un problema con la comida?

Tener un problema con la comida suele implicar que existe un problema emocional muy relacionado con la aceptación de uno mismo/a (muchas veces de tu físico).


Estas son algunas de las características que te pueden ayudar a identificar si estás viviendo con este tipo de problemática:

Experimentas malestar

Te sientes mal cuando te miras al espejo, cuando recibes comentarios acerca de tu físico, cuando te pruebas la ropa, cuando tienes que quedarte en bikini, etc. La forma en la que te hablas te devalúa, comparándote con otros que consideras mejor que tú: “con esta camiseta se me nota mucho la tripa, que asco”, “mira que piernas tan delgadas tiene María, y mis muslos tienen que ser así de anchos…”.

Sentimiento de culpa

Ese sentimiento de culpa aparece cuando has comido algo de más o algo que no tenías pensado comer (puede ser que esa culpa te acompañe para casi cualquier cosa que hagas).

La culpabilidad te genera una sensación de malestar y la forma que tienes de hablarte a ti mismo/a cuando la sientes puede llegar a ser saboteadora. Esta culpa se puede convertir en acciones para eliminar lo que has comido ya sea bien purgándote, haciendo ejercicio extra o dándote un atracón.

Perfeccionismo y exigencia

Muchas veces asociado a estos problemas aparecen un perfeccionismo y una exigencia muy fuertes: no te gusta fallar, te castigas muchísimo por cada error, repites las tareas hasta el agotamiento buscando errores mínimos que corregir… En general te tratas de una forma que nada tiene que ver con cómo tratarías a alguien a quien quieres.

Frases comunes para hablarte pueden ser: «tendría que haber hecho…», «si yo no fuera tan inútil», «si yo hubiera…», «nunca hago nada bien». Si no consigues el resultado X te hablas como si fueras lo peor.

Por intentar tener el control lo pierdo

Como persigues llegar a un ideal inalcanzable o tener siempre las cosas bajo control, te ves afectado a la hora de tomar decisiones de los más simples como ir a la playa, a cenar con tus amigos, hacer un viaje, etc., no únicamente porque tu imagen te genere vergüenza, rabia o tristeza, sino por tus hábitos de comida.

Puede ser que ya no comas tanto como antes porque quieres perder peso y te da vergüenza comer con tus amigos o familia por si te preguntan y hacen comentarios al respecto. Puede ser que te esfuerces por comer sano y que acabes dándote un atracón muchas noches y no quieres que la gente lo sepa. Puede ser que todo esto te provoque ansiedad y acabes perdiendo el control.

Ideas irracionales

Quizás la obsesión con la comida sea tal que desarrolles ideas irracionales desde «si como un cocido hoy, mañana ya he engordado», «sólo puedo comer todo a la plancha porque si no engordo», hasta más graves como «no puedo ni echarme cacao en los labios porque me engordará». Pero no sólo con la delgadez, puede ser todo lo contrario si en tu caso el problema de la comida es con el atracón, tipo: «no pasa nada por comer azúcar todo el tiempo, la gente es una exagerada», o «da igual lo que coma, mi metabolismo es así».

¿Qué tipos de trastornos hay relacionados con la comida?

Puede ser que no hayas desarrollado un trastorno porque no cumplas todos los criterios, pero aquí te dejamos algunos de los más frecuentes para veas qué cosas pueden llegar a pasar. A modo general te diremos que si sientes malestar y te identificas con las características que te explicamos más arriba deberías buscar ayuda.

Ortorexia

Obsesión por la comida sana, suprimiendo alimentos necesarios sin sustituir los nutrientes adecuadamente. La persona suele obsesionarse generando un hábito que ha oído que es bueno (desde sólo comer cosas crudas, hasta hacer un día de sólo lechuga, etc…) y lo lleva al extremo. Es fácilmente identificable porque tendrá muchas ideas irracionales sobre lo que es sano o no y no se le podrán rebatir.

Anorexia nerviosa

El peso corporal de la persona es significativamente bajo debido a restricciones o al ayuno y también puede combinarse con ejercicio excesivo. Además, hay un tipo de anorexia nerviosa que puede ir acompañado de atracones y purgas.

Bulimia nerviosa

Se caracteriza por uno o más atracones por semana durante al menos 1 mes. Durante los atracone0,s la persona pierde el control e ingiere una cantidad de comida superior a lo que está acostumbrado/a en un periodo corto de tiempo. La persona no tiene un peso significativamente bajo, pero sí presenta una preocupación con la forma o el peso corporales, afectando a su autoevaluación.

Trastorno por atracón

La persona sufre episodios de atracones frecuentes, asociados a sentimientos de malestar y emociones negativas. La diferencia es que no se presentan comportamientos compensatorios como purgas o ejercicio excesivo.

¿Cuál es el origen? ¿Qué hago ahora?

A todos nos importa nuestra imagen, de una forma o de otra. Todos nos miramos al espejo y tenemos una idea de cómo somos. Esta idea se empieza a formar desde que somos pequeños en base a cómo nos ven los demás, qué vemos en la publicidad o a través de compararnos con modelos que están aceptados y ensalzados socialmente. Muchas veces las madres y padres han tenido un papel fundamental en esto, poniendo a sus hijos a dieta con 4 años e inculcándoles que estaban «mal» por su cuerpo.

Buscamos sentirnos aceptados e integrados y en una sociedad donde el físico está tan expuesto a críticas, es normal que te hayas preocupado por cómo te ves y cómo te ven, sobre todo en algunas etapas como la adolescencia, los primeros años en ese nuevo instituto, con tus primeras parejas, etc.

Pero hay una forma de mirarte que es sana y hay otra que es dañina porque genera malestar. La primera secrea desde la aceptación, sabiendo cómo eres y aceptándote, aceptando que tu nariz no es tan pequeña como te gustaría, que tus muslos no son tan delgados como quisieras, que tus bíceps no se ven tan fuertes como te gustaría, etc., en definitiva, aceptando quién eres.


Cuando aceptas quién eres, no te sientes forzado/a a dar otra imagen distinta para así poder encajar, te limitas a ser tú.

Pero esto, dada la sociedad y los cánones de belleza en los que vivimos, no es nada sencillo. Requiere de un trabajo de desprogramación que tiene sus fases y lleva su tiempo.


En Quiero Psicología contamos con profesionales formadas que pueden entenderte y adaptarse a tu situación. Si te sientes identificada/o con lo que has leído arriba, ven y nos cuentas, podemos ayudarte. Contacta aquí.