salir del armario

¿Por qué no salgo del armario?

En una sociedad donde impera “la presunción de heterosexualidad”, o lo que es lo mismo, esperar que si eres chico te van a gustar las chicas y si eres chica te van a gustar los chicos, puede generarte un conflicto el asumir que a ti te puede atraer alguien de tu mismo género.

Muchas personas viven en el armario durante tiempo indefinido, preocupadas por el qué dirán.

Viviendo una mentira, de cara a la galería, encajando en lo que se espera de ellos.

La vida dentro del armario es una tortura.

¿Cómo descubrirme a mi mismo/a?

Redescubrirte es aproximarse a ti mismo, a ti misma.

Es estar más cerca de conectar con tus necesidades reales.

Metafóricamente imagina que eres una cebolla.

Cada vez que te redescubres, te quitas una capa y otra capa, hasta llegar a lo que te mueve y te impulsa de verdad.

Estas capas son tan opacas y tan pesadas que solapan tus deseos.

Las capas son tan impuestas, que no te permiten someterlas a juicio y desarrollar un pensamiento crítico.

Las capas vienen de aquellos que más te quieren por lo que las asumes como parte de ti.

Pueden ser comentarios de tu familia como: “María, ¿ya tienes novio?”, “con lo guapo que eres, seguro que tienes a todas las chicas detrás”, “¿cómo que lo has dejado con Carlos, Irene? Hacíais una pareja estupenda”.

También pueden ser mitos familiares y culturales: “el ideal de vida de una mujer es casarse con un hombre y tener hijos”, “un hombre tiene que ser protector y encargarse económicamente de su familia”.

Precisamente porque son impuestas, no tienes la obligación de identificarte con ellas ni de cumplirlas punto por punto.

¿Cómo averiguar qué necesitas?

Detectar, cuestionar y romper con todo esto que llevas asumiendo consciente o inconscientemente durante toda tu vida no es tarea fácil.

La primera batalla consiste en aceptar lo que está pasando.

¿Sueles cuestionarte lo que piensas, lo que sientes o lo que haces?

¿Te planteas si realmente te gusta o lo que sucede es que estás confundido/a?

¿Sientes que una amiga te atrae, pero no te lo reconoces y dudas de ti?

¿Cuando piensas que te puedes gustar alguien de tu mismo género, te avergüenzas?

El primer paso es aceptar lo que estás sintiendo y lo que está pasando.

Para poder hacerlo, es muy importante que detectes cuáles son tus capas y qué es lo que está detrás de eso realmente, teniendo en cuenta que tienes derecho a sentir lo que sientes.

Sea lo que sea.

Una vez que has aceptado como parte de ti esos sentimientos y te identificas con ellos, viene la segunda batalla:

Reafirmarte en lo que eres de cara a los demás.

¿Siendo mujer, te gustaría contarle a tu familia que tienes una relación con una chica?

¿Siendo hombre, te da miedo que tus amigos te rechacen porque ahora estés con un chico?

¿Qué puedes hacer?

1. Tienes derecho a sentir lo que sientes y a ser cómo eres.

Tú eres el único, la única que puede ocuparse de ti, de escuchar y atender tus necesidades, y tienes derecho a hacerlo.

Eres la única persona responsable de tu vida, y es contigo con quien vas a pasar el resto del tiempo.

Es contigo con quien tienes que sentirte cómodo o cómoda.

Como decía Mecano: “lo que opinen los demás está de más”.

2. Es importante que sepas que la respuesta de los demás está fuera de tu control.

A veces esa respuesta puede no ser la más apropiada porque los demás tienen prejuicios, inseguridades e ideas irracionales.

Aunque esa respuesta te pueda hacer daño, tienes que tener claro que forma parte de los demás, no es algo que tú puedas cambiar. 

3. Si alguien decide no acompañarte durante este proceso de tu vida o te rechaza, quizá no sea una persona que merezca la pena tener al lado.

Cuando tomamos decisiones drásticas sobre la forma en que vivimos o sobre lo que hacemos, esto puede suponer un gran descubrimiento.

Un descubrimiento para ti mismo/a cuando haces las cosas que realmente quieres hacer, las que te representan y con las que te identificas.

También un descubrimiento en relación con tu entorno: habrá gente que se alegre por ti y contigo.

Habrá otros que no entiendan lo que está sucediendo pero lo acepten.

Otros ni lo entenderán ni lo aceptarán.

Cualquiera de las opciones es válida para quien elige tomarla.

Es aquello de “quien me quiere, que me siga”.

Lo importante es que tu proceso es tuyo y de nadie más.

No puedes vivir tu vida dependiendo de lo que los demás opinen, de lo cómodos que se sientan.

Tu vida es tuya y sólo tienes una.

De lo que se trata es de estar cómodo con quién eres y con lo que haces.

Desde Quiero Psicología entendemos que el proceso de aceptación puede dejar heridos por el camino, ya sea a nosotros mismos o a los de nuestro alrededor.

Si sientes que estás lidiando alguna batalla y necesitas una mano extra, ponte en contacto con nosotras, estaremos encantadas de acompañarte durante este proceso.

sindrome de alienacion parental SAPO

¿Qué es el SAP?

Hace unas semanas, se estrenó en televisión un documental donde Rocío Carrasco contaba los malos tratos que había sufrido durante años a manos de su pareja, el padre de sus dos hijos.

Tras años de silencio, el documental, emitido en prime time, provocó una gran controversia, debates en redes y el posicionamiento de numerosas figuras de todos los ámbitos, incluso de la política.

Al hilo del documental, el término SAP (Síndrome de Alienación Parental) ha saltado a la palestra.

¿Qué significa la alienación parental?

El término SAP fue introducido por primera vez en 1985 por el psiquiatra norteamericano Richard Gardner.

Gardner exponía que los niños podían sufrir este diagnóstico como consecuencia de la manipulación de uno de los progenitores (haciendo hincapié en que en su mayoría eran madres contra el padre) hacia sus hijos para posicionarles en contra del otro progenitor.

Gardner se refería a estas madres como “fanáticas, paranoicas y obsesivas”, describiéndolas como egoístas y manipuladoras.

Consideraba que estas mujeres tenían tal afán de controlar a sus hijos que inventaban características desagradables de sus maridos con el fin de ponerles de su lado en los juicios donde se debatía su custodia.

Gardner aseguraba que incluso en los casos judiciales donde hubiese denuncias por abuso sexual o maltrato hacia los hijos, era el padre quien debía mantener la custodia.

Todo eran invenciones de las madres.

La terapia que Gardner proponía se llamaba “terapia de amenaza”.

Amenazar a las madres con quitarles la custodia de sus hijos e hijas si no retiraban la denuncia contra sus exparejas.

Menuda “terapia”.

¿Existe realmente este síndrome?

Este concepto carece de evidencia científica alguna. El síndrome de alienación parental no existe.

Esta supuesta patología es considerada pseudo-ciencia por la OMS.

No está reconocida por ninguna entidad ni organización de salud mental.

En nuestro país, el Consejo General del Poder Judicial desaconseja explícitamente que se utilice en procesos judiciales.

Recientemente el Gobierno ha querido señalar el SAP como un tipo de violencia institucional, incluyéndolo en una ley contra la violencia en la infancia y destacando que no hay evidencia científica alguna de que exista.

¿Por qué se sigue utilizando?

Si buscamos en internet información acerca del SAP,  encontraremos bufetes de abogados ofreciendo asesoramiento para padres (hombres) que se encuentran en trámites de divorcio.

El SAP aparece en escena cuando los y las menores son víctimas colaterales de la pelea de sus padres y suele haber denuncias previas de violencia machista o abuso hacia los menores.

El SAP no deja de ser un claro reflejo y un síntoma más de la sociedad patriarcal.

Este “síndrome” subordina a  las mujeres, las invalida como madres y las deja a ellas y a sus hijos e hijas menores desamparados ante la ley.

Gardner coloca a las madres en la posición de villanas y a los padres en la de víctimas.

Da por falsos los testimonios de los hijos e hijas, anulando sus derechos.

Lo que sí existe: la violencia vicaria.

Cuando una persona pretende anular a otra mediante el sufrimiento de terceros, en este caso los hijos, no estamos hablando de ninguna patología o síndrome, sino de una forma específica de violencia: la violencia vicaria.

La violencia vicaria consiste en “castigar” o hacer daño a alguien a través del daño a terceros, ya sean personas, objetos o mascotas.

Tiene que ser algo o alguien con quien la persona a la que se quiere perjudicar tenga un vínculo afectivo.

Lamentablemente, todos conocemos algún caso en el que un hombre ha llegado a matar a sus hijos sólo para torturar a su pareja o expareja.

Rocío Carrasco era víctima de este tipo de violencia: “te vas a enterar, tus hijos te van a odiar, te voy a hacer la vida imposible”. Le amenazaba su ex.

Cuando este fenómeno aparece en un contexto de violencia de género, donde el hombre juzgado por malos tratos trata de poner a sus hijos en contra de su madre, no se trata de ninguna patología.

Estos hombres utilizan a sus hijos para conseguir más poder y control.

No estamos hablando de un síndrome sino de una instrumentalización.

¿Cómo afecta este fenómeno a nivel psicológico?

Las mujeres se sienten desamparadas e indefensas ante la ley.

Es habitual que estas madres, impulsadas por el miedo a perder la custodia de los hijos e hijas y por la impotencia ante la situación jurídica, se rindan y decidan no denunciar el maltrato o retirar las denuncias si ya las han puesto con anterioridad.

Estas mujeres no solo han de hacer frente a la violencia directa que ya han recibido por parte de su pareja.

Cuando consiguen romper la relación, si hay hijos en común, se ven envueltas en un enrevesado proceso judicial que puede verse influenciado por este tipo de pseudo-fenómenos.

Son cuestionadas como madres por un supuesto síndrome del que no existe evidencia científica alguna.

Esto puede provocar un proceso de revictimización y un aumento de la sintomatología postraumática.

Incluso si la mujer ya está o ha estado en un proceso terapéutico para salir del pozo de la violencia de género. Todo vuelve.

Las emociones, los sentimientos de inferioridad, el miedo.

Por no hablar del daño psicológico que se genera en los menores.

Solo el 3% de los casos de violencia de género terminan en la retirada de la custodia o el régimen de visitas a los padres condenados por malos tratos.

Estos menores han de vivir una situación realmente traumática.

En muchas ocasiones no tienen herramientas para manejar la situación.

Como consecuencia, pueden sufrir estrés postraumático, depresión, trastornos de ansiedad o baja autoestima.

Estas complicaciones pueden dar pie a problemas en el ámbito escolar y a nivel afectivo que pueden mantenerse hasta la edad adulta.

El SAP fue un síndrome inventado con el fin de tapar y tratar de justificar malos tratos y abusos sexuales a menores de edad, aumentando la brecha social que existe entre hombres y mujeres. Una brecha que provoca nefastas consecuencias a nivel social, jurídico y psicológico.

Desde Quiero Psicología, queremos dar visibilidad a estos fenómenos tan comunes e injustamente silenciados donde no solo las mujeres sufren, sino también los menores, a través de conceptos, como el SAP, que realmente no existen.

Solo poniendo el foco en estos procesos y tomando conciencia de esta problemática podremos denunciar las terribles consecuencias que este tipo de conductas acarrean.

Si crees que has experimentado algún tipo de violencia o te identificas con alguna de las consecuencias psicológicas quete mostramos, en Quiero Psicología podemos ayudarte.

teletrabajo pandemia

Teletrabajo = ¿felicidad?

En este último año pandémico, la idea de ir al trabajo ha cambiado para muchas personas.

“Ir al trabajo” se ha transformado en menos tiempo de traslados, comer a diario en casa o pasar más tiempos con tus hijos e hijas.

Ahora sólo tienes que ir de la cama a la silla del ordenador que está a escasos 30 segundos del sofá y a 45 de la cocina.

No tienes que pensar en como vestirte, si no hay videoconferencia puedes estar en chándal o incluso en pijama. Si toca verse a través de la pantalla, sólo necesitas estar en “modo calle” de cintura para arriba.

Nos hemos convertido en bustos parlantes.

Con la panacea del teletrabajo, te evitas el tener que relacionarte socialmente con los compañeros más pesados o con los que no conectas o no te caen bien.

Muchas de las interacciones se limitan a correos con indicaciones sobre las tareas a realizar, consultas y compartir información.

Whatsapp, Telegram y sus emojis hacen que las conversaciones más complicadas se dulcifiquen, con una carita amarilla se “suaviza” cualquier orden.

También puede suceder lo contrario: la comunicación vía emoji puede llegar a ser confusa e inducir a errores o malos entendidos.

Eliges el café o el té rico de casa, sin tener que aventurarte con los del bar o la máquina, en cualquier momento del día.

Se acabó el comer de tupper, un sándwich o el menú del día del bar de al lado de la oficina: ahora comes en tu mesa, comida recién hecha, con tus platos y cubiertos, compartiendo con tu pareja, tus compañeros de piso, etc.

Durante tu jornada laboral puedes hacer tres informes, dos videoconferencias, poner una lavadora, recibir al cartero y el pedido de la compra.

Volver a la silla del ordenador y gestionar asuntos laborales a través del correo electrónico, mantener una conversación telefónica con tu jefe mientras pelas las patatas para la comida o limpias el polvo.

Gracias al teletrabajo, has ganado el tiempo del transporte y lo aprovechas para participar en clases de ejercicio online o aprender un idioma.

Parece que todo son ventajas: aumento de productividad, comodidad, ahorro de tiempo y dinero en transporte, más horas de descanso, etc.

Bastante utópico ¿verdad?

Al principio todo parecen beneficios, pero el teletrabajo tiene trampas ocultas en las que puedes caer sin darte cuenta.

Estas “trampas” pueden provocar un elevado nivel de estrés, la aparición de sentimientos de poca productividad o incluso de disminución de competencias en asuntos en los que antes te sentías apto.

Es la cara B del teletrabajo, no todo va a ser palmadas y unicornios de colores.

Es importante tener en cuenta una serie de pautas para optimizar tu tiempo de teletrabajo y, sobre todo, para que no te devore.

Preparación para teletrabajar.

Cuando se pensaba en las dificultades para instaurar el teletrabajo en España, los expertos se centraban en temas logísticos, protección de datos, recursos informáticos, etc.

El interés se centraba en cómo controlar de manera telemática las cuestiones del día a día que se solucionaban durante la comida o con una pequeña visita al puesto de nuestro compañero.

Se ha visto que estamos sobradamente preparados para solucionar todas estas cuestiones, y se ha hecho de manera positiva gracias a las plataformas de videoconferencias, aplicaciones de mensajería instantánea y una fuerte inversión en herramientas informáticas.

Todas estas cuestiones han hecho que las empresas tengan que adaptarse a los nuevos requisitos empresariales y de derecho laboral y hayan puesto en marcha sistemas para que se haga un uso adecuado de las nuevas tecnologías (registros de horarios, GPS…), para que haya una distribución adecuada de la jornada de cada trabajador.

Han de garantizarse los descansos de aquellos trabajadores que teletrabajan, teniendo en cuenta que no hay mayor disponibilidad horaria por estar “desde casa” y que todos tenemos derecho a la desconexión digital.

El empresario a hacerse cargo de estas cuestiones y preservar los derechos de sus trabajadores.

Hasta aquí, todo bien.

Logística ok.

Ordenadores ok.

Flujo de trabajo ok.

Productividad ok.

Empleados y empleadas ¿ok?

Luces y sombras del teletrabajo.

Suele suceder que seamos nosotros mismos os que vulneramos nuestros derechos.

Lo hacemos cuando ignoramos nuestros descansos y las desconexiones, al realizar gestiones del tiempo en las que dejamos de lado nuestras propias necesidades.

Nos centramos en priorizar la productividad y la optimización del tiempo de trabajo por encima de cualquier otra cosa, incluido nuestro bienestar personal.

Ya que estamos en casa, no nos importa alargar un poco la jornada laboral. Pensamos “es tiempo que antes estaba en el transporte, mejor lo invierto en una hora más de trabajo”.

El ordenador se queda encendido y claro, si salta un mail, ¿cómo no vamos a mirarlo?

El problema es que no sólo lo miramos, lo gestionamos y lo contestamos.

Aprovechamos los descansos para hacer labores domésticas. Sí, desconectamos de nuestra tarea laboral, pero el descanso pierde sentido porque seguimos activados.

Queremos exprimir el tiempo y aparece la multitarea.

Esto hace que nuestros niveles de atención disminuyan: no estamos al 100% en nada de lo que hacemos y aparecen los errores.

Evitamos contactos sociales que no nos agradaban, pero también perdemos la coña mañanera con ese compañero que nos saca una sonrisa cada día.

Ya no hay cafés de complicidad con aquel otro al que le contábamos las batallitas del fin de semana.

Desaparece el sentimiento de unidad con el resto del equipo.

Ahora somos elementos aislados.

Esto afecta a nivel emocional, tanto si estás solo en tu casa o la compartes con tu familia o con compañeros de piso.

Somos seres sociales y nos “alimentamos” de la interacción social. Cuando gran parte de esa interacción desaparece, pasan cosas.

Necesitamos una mejor gestión del tiempo.

Nuestra empresa puede hacer todo lo que está en sus manos para que las condiciones del teletrabajo sean las adecuadas.

Nosotros también podemos poner de nuestra parte con una mejor gestión del tiempo y con la optimización del reparto de tareas.

Es imprescindible que distingamos el tiempo de trabajo de la vida familiar o del descanso o el ocio.

Necesitamos espacios y tiempos diferenciados.

Espacio de trabajo.

Debemos diferenciar el lugar de trabajo de nuestro lugar de descanso y ocio.

De esta manera, generaremos estímulos que nos predispongan a concentrarnos únicamente en la actividad que vamos a realizar, es decir, nuestras obligaciones y compromisos laborales.

Si nuestra empresa nos facilita la logística para realizar nuestro trabajo, debemos usarla sólo para trabajar y no realizar ninguna otra actividad con esa equipación.

Si por el contrario debemos usar nuestro propio ordenador, podemos generar una sesión específica para el trabajo desde la que no tengamos acceso a redes sociales, juegos u otras actividades que no estén relacionadas con el trabajo.

Estas diferenciaciones nos ayudarán a separar las dos actividades.

Es importante que nuestro cerebro aprenda a distinguir cuando estamos trabajando y cuando jugando al WOW:

Horario de trabajo

Cuando había que ir a la oficina a trabajar no te llevabas a tu lugar de trabajo las tareas domésticas.

El hecho de que ahora compartas el espacio, no implica que tengas que solapar las actividades en el tiempo.

Márcate unos horarios para realizar las tareas domésticas y no uses tus descansos laborales para “aprovecho y adelanto esto o lo otro”.

Los descansos tienen la función de desconectar de la actividad que estabas realizando con el objetivo de poder volver a centrar la atención de forma adecuada y en niveles óptimos.

Cuando termine tu horario laboral, apaga el ordenador o la sesión específica de empresa. Levántate de la silla y no vuelvas a activar el modo trabajo.

Cada cosa en su sitio y su momento.

Sal de casa.

Uno de los mayores beneficios de trabajar desde casa es que nos ahorramos el tiempo del transporte.

No tener que movernos nos da más tiempo de sueño por las mañanas y la sensación de “no estar perdiendo el tiempo en el trayecto”.

Ojo. No todo son ventajas.

El hecho de no tener que salir de casa también tiene sus “peros”: nos impide cambiar de ambiente; que nos del aire; que desconectemos; tomar algo a la salida con alguno de nuestros compañeros o aprovechar que estamos fuera para realizar alguna actividad de ocio o algún recado.

Justo por esto es muy importante, que, tras tu jornada laboral, te pongas como requisito indispensable salir a la calle, aunque sea a dar la vuelta a la manzana.

Quedándote en casa, te costará cada vez más diferenciar la jornada laboral de las obligaciones domésticas y de los momentos de descanso.

Cuando esta situación se mantiene en el tiempo de forma indefinida, como es el caso, van a aparecer la angustia y el estrés, sí o sí.

Si descubres que estás en esta situación y no sabes exáctamente qué hacer, escríbenos. Te ayudaremos a encontrar la forma de gestionar el estrés para que teletrabajar sea algo más positivo.

¿Cambiar es un imposible?

Si piensas que es muy difícil que las personas cambien, que si alguien lo hace es durante un tiempo determinado o que es inviable modificar ciertos patrones de comportamiento, quizás este post te interese.

El cambio en la conducta puede ser un tema contradictorio.

Hay dos bandos: unos opinan que sí es posible y otros que no.

Lo cierto es que ambas situaciones se dan y que no son excluyentes.

Desde que llegamos al mundo nos vemos envueltos en una serie de rutinas, hábitos y costumbres propias de quien nos cuida.

Estas rutinas son inicialmente la presentación del mundo y de las relaciones y van con nosotros allá donde estemos.

Lo que vamos viendo habitualmente se convierte en algo normalizado. Asumimos que esas son las formas de hacer las cosas o de vivir.

Durante la maravillosa etapa de la adolescencia, se desarrolla nuestra personalidad consolidando aquello que creemos, con un pensamiento más crítico que en comparación a cuando teníamos 3 años.

A partir de aquí hay quienes piensan que ya se terminaron todas las oportunidades para cambiar.

Si esto fuera así, la psicología no tendría sentido y estaríamos abocados al fracaso como sociedad y como personas.

Si NO quieres cambiar, o que NO va a servir para nada el cambio y que es IMPOSIBLE modificar algo, con bastante probabilidad NADA cambiará.

Así de sencillo.

Con estos ingredientes, el resultado será la aceptación de la situación manteniendo todo tal y como estaba.

Si piensas que SÍ te gustaría cambiar algo de ti, que SÍ puedes obtener ventajas tras ese cambio y que a pesar de la poca motivación quieres hacerlo, tienes muchas posibilidades de conseguirlo.

Muchos serán los intentos que habrás realizado para ser “distinto” y cambiar, y muchas habrán sido las frustraciones o las vueltas “a lo mismo”.

¿Esto quiere decir que por más que lo intentes no vas a poder cambiar?

No, en principio, no quiere decir eso.

El cambio no sucede por arte de magia ni existe un remedio eficaz para conseguirlo al instante.

Sin embargo, con los ingredientes adecuados, serás capaz de modificar lo que deseas.

¿Crees que eres la misma persona que cuando tenías 10 años menos?

Probablemente tu forma de pensar, opiniones o incluso gustos, no se mantengan exactamente igual que hace años.

Aprendes, vives nuevas experiencias y adquieres conocimientos que antes no tenías.

Ojo, no se trata sólo de vivir y fluir.

El paso de los años no es motor de cambio en sí mismo. Para cambiar hacen falta una serie de factores:

Cambiar implica motivación y consciencia.

Si no soy realmente consciente de qué quiero cambiar, por qué y para qué quiero hacerlo, el cambio será mucho más fantasioso e inviable.

Imagina que es tu pareja quien te pide que cambies, pero no entiendes realmente qué quiere que modifiques. O, sencillamente, no estás del todo de acuerdo en que seas tú quien tenga que cambiar.

Puede que intentes suprimir una conducta que se supone tienes que cambiar (tu pareja te lo está pidiendo) pero lo consigues durante un tiempo y luego vuelves a las andadas.

El pensamiento que te llega es algo como “no puedo evitarlo, al final, siempre caigo en lo mismo”.

Aquí hay una serie de preguntas que sería conveniente que te planteareas.

  • ¿Te has parado a pensar si realmente quieres cambiar esa conducta o si es una imposición externa?
  • ¿Te obligas a ti mismo o a ti misma a modificar algo sin tener motivos de peso?

Analizar tu conducta te permite valorar desde dónde viene esa petición de cambio y qué consecuencias agradables traerá.

Hacer este análisis tú solo o sola, puede ser complicado.

Quizás necesitas una ayuda externa.

Esta ayuda puede ser un familiar, un amigo o amiga. Alguien con quien te sientas en confianza y que te escuche sin juzgarte.

Tal vez sea el momento de solicitar ayuda de una persona experta.

El ser humano se co-regula con otros y el cambio también necesita tener referencias externas y recibir feedback.

Esto es posible si contrastas la información de fuera, la que te dan los demás, con la de dentro. Que tengas en cuenta lo que te demanda tu entorno frente a lo que tú sientes.

El siguiente paso es el cómo hacerlo.

Tienes muy claro qué quieres modificar y para qué y cómo te podrás sentir si cambias, pero no tienes herramientas para ello.

De nuevo pedir ayuda puede ser un factor clave.

Esta ayuda te va a aportar el apoyo de tu entorno o tener un lugar en el que hablar sobre este proceso de cambio.

Te permitirá observar cómo hacen los demás cuando están en una situación parecida a la tuya.

Aprenderás a mantener la paciencia y a tolerar la frustración ante los intentos sin resultado permanente.

A ser compasivo contigo mismo, aceptando que no es un camino lineal hacia arriba sino una ruta con desniveles, subidas y bajadas que te llevarán a la meta.

La conducta aprendida se puede reevaluar, desaprender y volver a iniciar un aprendizaje diferente.

Cambiar no significa modificar todo de ti.

Se trata de aprender otras formas de gestionarte, otras vías para canalizar situaciones, pensamientos y emociones.

Imagina que eres una persona muy celosa y siempre lo has sido.

Por más que intentas evitarlo, caes en discusiones con tu pareja por tu propia inseguridad.

No se trata de convertirte de la noche a la mañana en alguien que no es celoso o celosa.

Se trata de entender tu conducta. Qué hace que te comportes así. Descubrir de dónde viene esa inseguridad y comprender si los celos son funcionales para ti o no.

Saber si lo son es “tan fácil” como responder estas preguntas:

  • el hecho de que seas una persona celosa ¿tiene consecuencias agradables o desagradables?
  • ¿afectan tus celos a las diferentes áreas de tu vida o más claramente a alguna de ellas?

Hacerte consciente de todo lo anterior, te hará reflexionar y te ayudará a desear modificar estas sensación o consecuencias.

Esto no quiere decir que a partir de aquí sea tarea fácil, pero ya has dado el primer paso, que es el que más cuesta.

Tomar conciencia es fundamental.

Teniendo siempre bien claro que la forma en la que cambies dicha conducta requiere tiempo.

Un patrón tan interiorizado no se modifica con rapidez (o sí, depende de la persona) y esto no significa que sea imposible o que tú no puedas hacerlo.

Es como si acostumbras a conducir un coche y de la noche a la mañana te piden que conduzcas una lancha motora por el mar.

Puedes ser una persona experta en conducir coches y ser nefasta en el mar.

¿Significa eso que no puedes aprender a conducir una lancha?

No. Significa que necesitas aprender a hacerlo, practicar y entrenar hasta dominar la nueva conducta, la forma de conducir una lancha.

Quizás continúes con cierta tendencia a los celos.

Lo más seguro es que, con la intención que tienes de cambiar, puedas aprender a comprenderte y gestionar esas situaciones de otra forma.

Tú solo o sola o con ayuda, pero sí es posible modificar patrones y adquirir unos nuevos.

Ten en cuenta que cambiar una conducta también puede conllevar que vuelvas a equivocarte y tengas que volver a empezar.

Cambiar no es dejar de hacer algo para siempre.

Es tener en cuenta lo que sucede cuando te comportas de cierta forma o piensas de determinada manera y cómo te sientes o haces sentir a los demás con ello.

Es importante tener presente que el cambio comienza por uno mismo.

Aunque veas claro que alguien se está equivocando y haciéndose daño manteniendo un comportamiento determinado y quieras ayudarle, esa responsabilidad no es tuya.

Si alguien no quiere cambiar tú no lo harás por él o por ella.

Si te enganchas a la idea o el deseo eterno de que alguien que te quiere cambiará por ti, puedes correr el riesgo de invertir tiempo y energía en algo que no sucederá nunca.

Una cosa es dar una valoración sobre alguien desde fuera y otra muy distinta imponer a una persona una idea o necesidad tuya.

Si quieres intentar modificar algo, o ya tenías claro que querías hacerlo, pero consideras que necesitas ayuda, en Quiero Psicología podemos trabajar contigo.

Para que entiendas tus “porqués” y tus “para qués” y enseñarte nuevas herramientas que te permitan ampliar tus vías de actuación y pensamiento.

enfermedad menta, depresión

El estigma de la enfermedad mental

La semana pasada publicamos este post https://www.quieropsicologia.com/salud-mental-y-covid/ en el que te hablábamos de lo relacionada que está la pandemia con ciertos problemas de salud mental.

En él hablábamos de la depresión. De que seguimos sintiendo vergüenza a la hora de reconocer que tenemos un problema de salud mental.

Si eres de los que se han enganchado al mundo de las series y los canales privados, probablemente hayas visto el estreno en Netflix de una película española: “Loco por ella”.

A primera vista puede parecer la típica comedia romántica.

Lo cierto es que esconde una realidad silenciada: el estigma de la salud mental.

Una de cada cuatro personas padecerá una enfermedad mental a lo largo de su vida.

Aún así, la salud mental sigue siendo un tema tabú en nuestra sociedad.

Salud mental = tabú.

Seguro que has escuchado miles de frases “motivadoras” que no solo te invitan a rechazar las emociones desagradables, como la ansiedad o la tristeza, sino que te hacen sentir mal, incluso culpable si las experimentas.

Este tipo de “motivaciones” hacen que expresar tu malestar pueda ser visto o sentido como algo negativo.

Puedes llegara sentirte discriminado o discriminada por hacerlo: “es que Rebeca se está quejando todo el día”, “a Manuel no le llames que está siempre triste y me amarga”, “mejor me callo, que van a pensar que estoy loco”.

Esto que estamos haciendo se llama discriminar.

El fenómeno que explica la discriminación hacia las personas diagnosticadas con una enfermedad mental, se llama estigma.

El estigma implica mostrar rechazo y actuar de forma discriminatoria a partir de prejuicios sociales.

¿Por qué aparece este estigma?

El cerebro tiende a asociar ideas con características determinadas para simplificar la información. Tomamos atajos para poder predecir cómo actuar en determinados contextos y tomar decisiones más rápidamente.

Desde la infancia creamos asociaciones como “altura = peligro”, “azul= frío” o “rojo = quema”. Estos esquemas pueden llevarnos a sobregeneralizar y atribuir características negativas a ciertos colectivos, actitudes, formas de vestir o de pensar, etc.

A partir de elementos diferenciadores (las famosas “etiquetas”) como haber sido diagnosticado de una enfermedad mental, la identidad sexual, nuestra raza, la forma de vestirnos, etc. aparecen determinados estereotipos asociados a cada una de ellas.

Esto provoca una categorización social.

Cuando actuamos de acuerdo a esos estereotipos, esas asociaciones que hemos visto antes (azul = frío, enfermedad mental = peligro, negro = malo, rojo = quema) estamos favoreciendo la discriminación social y el estigma hacia las personas “etiquetadas” en cada uno de esos estereotipos.

¿Qué consecuencias tiene?

Numerosos estudios científicos exponen que si una persona está etiquetada con un diagnóstico de enfermedad mental, tiene una alta probabilidad de ser considerada peligrosa para la sociedad. Percibimos a estas personas como violentas, impredecibles e incompetentes.

Así, desde el desconocimiento absoluto, sin haber hablado con ellas, dando por sentado una serie de cosas que pueden o no darse. Cada persona es un mundo. Cada diagnóstico mental también.

Uno de los estereotipos que más se asocia a las enfermedades mentales es el de la falta de control que la persona diagnosticada va a tener sobre los síntomas y su responsabilidad sobre la aparición de la enfermedad.

Tendemos a hacerles responsables de padecer una enfermedad mental, dando por sentado que son débiles e incapaces de manejar sus síntomas.

Las consecuencias sociales que provoca este fenómeno son devastadoras para este colectivo.

Más del 44% de las personas con un diagnóstico de enfermedad mental (la que sea) sufre discriminación laboral.

Más del 30% sufren rechazo por parte de la familia, los amigos e incluso la pareja.

Todo esto hace que sus oportunidades laborales, sociales, relacionales, se vean drásticamente limitadas.

Estas limitaciones les conducen, pasito a pasito, al aislamiento social.

¿Lo más preocupante?

Que muchas de estas personas son víctimas de discriminación por parte de otras que también han sido diagnosticadas con una enfermedad mental.

Auto-estigma

¿Por qué aceptamos que una persona pida la baja por una lesión y no por sufrir ansiedad o depresión?

¿Qué hace que guardemos el secreto si estamos deprimidos?

¿Tener una enfermedad mental te hace débil, incompetente, inútil?

Estas personas no solo han de convivir con la sintomatología de la propia enfermedad sino que también experimentan culpa, vergüenza, desesperanza y miedo.

Cuando hacemos propios los prejuicios asociados a una etiqueta social en la que sentimos que encajamos o nos han encasillado, caemos en el auto-estigma.

Ante el desconocimiento social y los prejuicios, es habitual sentir vergüenza a la hora de experimentar emociones desagradables.

Tristemente, esto también se asocia a la idea de acudir a terapia psicológica.

“Yo no estoy loco”.

“Al psicólogo sólo van los que están fatal”.

Los prejuicios que rodean a las enfermedades mentales, como la inutilidad y la peligrosidad de las personas diagnosticadas, son internalizados y pueden dar pie a silenciar nuestro malestar y aislarnos de nuestro círculo social para evitar un posible rechazo.

Los mensajes de positividad tóxica que encontramos en tazas que nos explican que sonreír es suficiente para tener un buen día.

Libros de autoayuda que te invitan a considerar tus pensamientos como tóxicos. “Creas lo que crees”.

Campañas de publicidad que te bombardean con la idea de que la felicidad solo está en tus manos. “Si quieres, puedes”.

Todo esto, crea un mensaje erróneo acerca de la salud mental y el autocuidado.

El auto-estigma puede agravar los síntomas.

Ante la vergüenza y el miedo, con el fin de protegernos, es normal que pensemos en minimizar nuestro malestar.

Le quitamos importancia, evitando pedir ayuda especializada.

¿Qué puedes hacer?

Un diagnóstico es solo una etiqueta. Ajustarse a una serie de síntomas.

Igual que a una persona que se lesiona un tobillo no le decimos “es un lisiado”, a una persona que padece una enfermedad mental no la deberíamos identificar como “es un loco”.

El diagnóstico no define la identidad de la persona.

No elegimos ni decidimos padecer diabetes, asma, una enfermedad cardíaca, etc.

Nadie elige sufrir una enfermedad mental.

Las emociones forman parte de nuestra vida. Las que nos gustan y las que no.

Todas tienen una función, todas están ahí para algo.

Rechazarlas o silenciarlas solo nos provoca un efecto rebote y un malestar mayor.

¿Conoces a alguien que esté pasando por un mal momento? ¿Crees que algún amigo o familiar podría padecer una enfermedad mental?

Si es el caso, evita juzgarle o decirle cosas como: “no te rayes, no es para tanto”, “seguro que en unos días se te pasa”.

Intenta ser empático.

Reconoce las dificultades que pueden estar atravesando y dile que estás ahí para lo que necesite.

Si eres tú quien se encuentra mal y no sabes por qué, date permiso para sentir emociones de esas que no te gustan.

Es normal tener días malos y sentir que no puedes hacer frente a todo.

Sentir ansiedad, tristeza o rabia no te hacen más débil, te hace humano.

Si estas emociones resultan cada vez más difíciles de manejar o crees que son demasiado intensas o duraderas y repercuten en tu día a día, permítete pedir ayudar especializada.

Como sabiamente dice el Jocker: Lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente espera que actúes como si no la tuvieras.

Está en tus manos romper poco a poco este tabú y eliminar el estigma.

En Quiero Psicología estamos para ayudarte. Si juicio.

depresión y covid

Salud mental y COVID

Llevamos un año de pandemia.

Se dice pronto. 12 meses en los que la vida se ha agitado y ha cambiado.

Un año lleno de incertidumbres. De sensación de no controlar nada. Plagado de desconocimiento y desconfianza.

12 meses en los que la forma de relacionarnos, con nuestras amistades o nuestra familia, ha sido completamente diferente.

Todo está limitado y marcado por normas que intentamos cumplir por el bien de nuestra salud física.

Medidas orientadas a erradicar lo antes posible este virus que nos ha cambiado la vida y la forma de verla.

Hemos incluido en nuestro vocabulario conceptos como: confinamiento domiciliario o perimetral; toque de queda; mascarillas; hidrogel…

Palabras que hasta hace un año usábamos en contextos muy concretos y en contadas ocasiones.

Conceptos que ahora nos acompañan mientras tomamos café por las mañanas para ir a trabajar a la habitación de al lado.

Teletrabajo, otro palabro pandémico.

Cuerpo y mente.

Estamos atentos a los síntomas físicos del COVID-19. Prestamos incluso demasiada atención, para que, ante la más mínima duda, podamos tomar las medidas necesarias para no contagiar a nadie de nuestro entorno.

Pero, el COVID-19 no sólo está afectando a las personas que lo padecen

Hay otros síntomas que muestran aquellas personas que se sienten aisladas debido a los confinamientos, a la reducción y modificación de las interacciones sociales y familiares.

Personas que están en duelo permanente por la pérdida de un ser querido al que no han podido despedir tal y como ellos hubiesen querido.

Gente que está inmersa en una situación de estrés constante por la reducción de su sueldo o la pérdida de su trabajo o negocio.

Todo esto, está provocando que aparezcan o se agraven los problemas en la salud mental.

Tenemos datos. Muchos datos.

Datos que se confirman cuando lees noticias como que durante el 2020 se duplicaron las llamadas recibidas en el Teléfono de la Esperanza.

O que 2500 de ellas se produjeron en el transcurso de un intento de suicidio.

Cifras que hacen que nos planteemos si nos damos cuenta de las consecuencias que puede tener no atender a los signos que nos indican que nuestra salud mental se está viendo afectada.

No solemos prestar atención a estas señales, principalmente porque no sabemos cuáles son.

Los síntomas de que he cogido el COVID, me los sé de carrerilla.

Los signos de si tengo ansiedad, estrés o si me estoy deprimiendo, los desconozco y, a veces, hasta los ignoro.

Muchos de nosotros no sabemos que cosas son “normales” y cuáles no lo son cuando hablamos de salud mental.

Lamentablemente, tenemos unas ideas muy estereotipadas sobre lo que son la depresión o la ansiedad.

Entonces, ¿qué es padecer depresión?

Estrictamente hablando, la depresión es un trastorno del estado de ánimo que se caracteriza por una profunda tristeza y por la disminución e inhibición de otras características afectivas y psicológicas.

Tan pronto oímos la palabra “depresión”, imaginamos a una persona que tiene el ánimo muy bajo o que no tiene motivación por hacer nada.

Puede que creamos que no se molesta ni en hacer cosas tan básicas como tareas de autocuidado e higiene.

Quizás la veamos todo el día tirada en la cama, la mayor parte del tiempo llorando y triste.

Y es cierto, hay personas que muestran estas características cuando están deprimidas, pero hay muchas más, no sólo estas.

Síntomas de depresión.

Como hemos visto, la tristeza profunda es uno de los síntomas más característicos de las personas que padecen depresión.

Puede suceder que esa tristeza no aparezca en estado puro y se esconda tras una irritabilidad constante.

También se puede experimentar una sensación de vacío o incluso nerviosismo y ansiedad.

Se repite de forma recurrente la idea de que nada va a cambiar. Una sensación de inmovilidad o permanencia.

Pensar que, hagas lo que hagas, todo va a seguir igual, inamovible, lo que genera sentimientos de desesperanza.

En ocasiones puede surgir la desmotivación y la apatía.

Cualquier tarea diaria supone un esfuerzo que, en muchas ocasiones, no es posible afrontar. La desesperanza de la que acabamos de hablar y el “para qué molestarme” asoman de forma constante en la mente.

Otra característica que podemos observar es la dificultad para mantener la atención y la concentración.

La mente está ocupada en pensamientos recurrentes sobre el pasado, siempre con connotaciones negativas, lo que hace que el presente y el futuro parezcan mucho más negros.

Están siempre presentes la autocrítica, la culpabilidad, la vergüenza por sentirse así.

Las conductas de evitación o huida de situaciones son habituales precisamente por esto.

La persona cree que será incapaz de realizar lo que se le ha encomendado o que lo hará mal.

Prefiere no enfrentarse a la situación, confirmando su creencia de poca valía y aumentando su malestar.

Esto hace que, en ocasiones, se muestren dependientes de otras personas: necesitan que otros actúen por ellas, que decidan por ellas porque siempre lo van a hacer mal.

La depresión también afecta físicamente.

Alteraciones del sueño como insomnio o necesidad extrema de dormir; molestias corporales; dolores de cabeza; nauseas; vómitos; disminución del apetito o ganas constantes de comer; perdida del deseo sexual, son síntomas físicos que se pueden sumar a los psicológicos o darse de forma independiente.

Algunos de estos síntomas podemos experimentarlos sin llegar a estar deprimidos, lo que hace que nos cueste identificarlos como propios de la depresión.

La forma de identificar si se trata de una depresión o de síntomas o momentos puntuales es estando atentos.

Cuando varios de estos síntomas se dan al mismo tiempo y se mantienen de forma continuada, pueden ser los indicadores de que se está entrando en una depresión.

Reconocer que se está deprimido o deprimida.

No te avergüenzas cuando dices que estás pensando en acudir a un fisioterapeuta a tratarte una contractura.

Tampoco si vas al dentista o el oculista. Sientes que algo no va bien, que no es como antes y acudes al experto a que te ayude y oriente.

Padecer depresión o cualquier otra cuestión asociada a tu salud mental no es ser más débil o menos valioso.

La salud mental y su cuidado son tan importantes como la salud física y el suyo.

Normalizar la necesidad de cuidar tu salud mental es fundamental. Todos somos susceptibles de necesitar alguna vez acudir a terapia psicológica.

Y está bien.

No es necesario esperar a presentar un montón de síntomas para ponerte en manos de una persona experta en el cuidado de la mente.

Si sientes malestar, ansiedad, nerviosismo o cualquiera de los síntomas que hemos descrito, préstales atención.

No los niegues ni los ocultes, no les restes importancia. Es como te sientes y es real, no te lo estás inventando.

Háblalo con tu entorno cercano, expresa como te sientes, pide que te acompañen en el proceso y acude a Quiero Psicología para afrontar la situación de la mano de una experta.

hijos y sexualidad

Hablar de sexualidad con nuestros hijos e hijas

Cuando nos planteamos la idea de tener que hablar con nuestros hijos sobre sexualidad nos asaltan miles de dudas y miedos.

¿Será el momento adecuado? ¿cómo debo hablarle? ¿qué debo decirle? ¿cuánta cantidad de información?

En otro post hace unos meses te hablamos de Niños, niñas y pornografía. Te mostrábamos algunas pautas directamente relacionadas con la pornografía y la forma de educar a nuestros hijos e hijas en la sexualidad.

Queremos ahondar en este tema. Que nuestros niños y niñas sean adultos sanos. Conseguir que la sexualidad, el sexo y todo lo concerniente al tema sea abordado desde la honestidad y la cercanía. Hacer que nuestros hijos e hijas se sientan cómodos y seguros a lo largo de las distintas etapas de su desarrollo.

La información debe ser adecuada a la edad del niño.

Hay varios requisitos fundamentales a la hora de abordar “la charla”. Uno de ellos es tener siempre en cuenta en qué etapa de desarrollo se encuentra nuestro hijo o hija.

La manera en la que le damos la información a un niño de 6 años, no es igual a la forma en la que se la damos a un adolescente.

Procesan la información de manera distinta en función de sus experiencias, de sus conocimientos previos, de la edad madurativa y cronológica.

Si sobresaturamos y ofrecemos información para la que no están preparados, podemos hacerles más lío que aclarar conceptos.

Debemos hablarles de una forma clara, concisa y veraz.

No debemos hablarles con dudas, dando demasiadas vueltas, utilizando metáforas infantiloides (la abejita pone una semillita) balbuceando, etc. Estas actitudes pueden mostrar a nuestros hijos e hijas que nos da vergüenza hablar “de estos temas” que es justo lo que queremos evitar.

¿Cuándo debo hablar con ellos y ellas?

Hay diferencia entre hablar de manera puntual sobre un tema de educación sexual y ofrecer una educación sexual. Son dos conceptos muy diferentes.

Al hablar con nuestros hijos e hijas, estamos transmitiendo una información concreta. Información que o bien han pedido ellos o nosotros como adultos hemos decidido ofrecer por considerarlo necesario, adecuado para su correcto desarrollo, etc.

La educación se da en el día a día, en la cotidianeidad.

El mejor ejemplo que podemos dar es en nuestro día a día.

La forma en que vivimos y expresamos nuestra propia sexualidad en la intimidad de nuestro hogar es fundamental.

Normalizar las muestras de afecto, cariño y respeto hacia nuestras parejas, hablar sobre la menstruación sin hacerlo parecer algo “sucio”, etc.

No ocultarnos, no avergonzarnos, les enseñará a ellos y ellas a no hacerlo.

¿Qué temas tratar?

Según nuestros hijos e hijas van cumpliendo años, su capacidad cognitiva, su nivel de comprensión, su curiosidad y su interés aumentan.

Como ya hemos comentado, los temas que vayamos abordando tienen que estar muy ligados a la edad de nuestros hijos.

A partir de los 2 años.

Un dato importante a tener en cuenta es que los niños comienzan a percibir diferencias entre los sexos a partir de los 2 años.

Empiezan a sentir curiosidad por las distintas características entre niños y niñas y comienzan las autoexploraciones.

Son conductas normales y sanas que todos los niños tienen. No es preocupante ni alarmante y es una señal de que podemos ir comenzando a ofrecerles una educación sexual sana y adecuada.

Es el momento para indicarles los nombres reales de sus genitales. Para ir explicándoles las diferencias físicas entre niños y niñas, por ejemplo.

Debemos permitir la autoexploración. Se les puede indicar que es algo que es mejor hacer en casa que en el parque. Es importante remarcar que no es porque sea vergonzoso o algo que esconder. Podemos decirles que así no se llenarán de arena o cualquier otra idea que no les indique que lo que hace ha de ser escondido.

Al comenzar a sentir curiosidad, además de la autoexploración, intentan investigar en otras personas.

Cuando comienzan a intentar hacer esto, es la oportunidad perfecta para transmitirles que nadie tiene derecho a tocar a otra persona sin su consentimiento. Ni ellos pueden tocar, ni tampoco deben permitir que otros les toquen, ni siquiera un familiar o un amigo.

4 – 5 años.

Entorno a los 4 o 5 años, empiezan a hacer preguntas sobre de donde vienen los bebés. Puede suceder que, al ver a una embarazada, pregunten qué le pasa. Normalizar siempre es la clave.

Es precisamente en este momento, cuando se les puede ir explicando los procesos del embarazo, la gestación y el nacimiento. Sin dar más información de la necesaria, pero sí recordando hablarles con datos veraces y reales.

Cada persona lo hará a su manera. Es importante que uses tu lenguaje y tu manera particular de hablar. Utilizar palabras sencillas y habituales cuando te comunicas con tu hijo o hija. Siempre cumpliendo la premisa de no transmitir fantasías como hablarles de cigüeñas o similares.

Hay que contarles cómo es el proceso de la fecundación sin entrar en detalles más profundos. Si les damos más información o más profunda de la que están preparados para recibir, perderán la atención y el interés.

Para transmitir, primero debemos escuchar lo que están interesados en descubrir.

+/- 8 años.

Entorno a los 8 años, la curiosidad aumenta. Sus capacidades también lo hacen y es probable que hayan tenido acceso a más información a través de algún amigo o de hermanos mayores.

Es un momento complicado. Nuestros hijos e hijas empiezan a ser conscientes de que la sexualidad es un proceso íntimo y comienzan a asociar estos procesos con algo vergonzante.

Pueden llegar a ocultarnos lo que saben, lo que han descubierto. Este descubrimiento y de dónde llega es vital. En muchas ocasiones llega a través de la pornografía y esto puede hacer que en sus cabezas se instalen conceptos e ideas erróneas.

Aquí, es muy importante que seamos los adultos quienes tomemos la iniciativa. Dejarles claro que estamos disponibles para hablar con ellos y ellas de todo lo que les puedan preocupar.

10 – 12 años.

Alrededor de los 10 años, muchos de los niños y la mayoría de las niñas comienzan a experimentar cambios corporales. Este suceso que les puede generar dudas e inquietudes.

Es ahora cuando debemos hablarles sobre cuáles son los orígenes de estos cambios que están sintiendo.

Hay que informarles de los procesos de ambos sexos (menstruación, eyaculación, ovulación, etc).

De esta forma les estaremos ofreciendo consciencia de las diferencias sin marcarlas como algo negativo. La idea es justo la contraria, identificar que cada uno experimenta cosas diferentes y que todo está bien.

Adolescencia.

Con la llegada de la adolescencia, debemos abordar temas más complejos y amplios. Hablar de las relaciones sexuales en sí mismas, el placer asociado, las infecciones de transmisión sexual, las opciones de anticoncepción, las distintas formas de relaciones, etc.

Como siempre, teniendo en cuenta que la información que les transmitimos debe ser clara, concisa y veraz. Ofreciéndoles confianza y un espacio seguro y libre de crítica o juicio para que expresen sus dudas.

La sexualidad no es sólo un proceso biológico.

Hasta ahora hemos visto cómo hablarles sobre los procesos biológicos y físicos asociados a la sexualidad. Obviamente, todos sabemos que no es únicamente un proceso físico.

Es un hecho que lleva asociado expresión emocional, no únicamente amor, también deseo y pasión que pueden ser independientes del amor.

Todo lo que les contemos debe ir acompañado de esta parte más emocional y del respeto por el otro o los otros.

Es fundamental que tengan claro desde pequeños que se trata de procesos íntimos en el que se ven involucradas dos o más personas de manera voluntaria y consciente.

Sentar las bases del respeto mutuo es un básico. El respeto debe ser el hilo conductor de todas las interacciones sexuales que tengan a lo largo de su vida.

Todas las prácticas sexuales son lícitas, correctas y maravillosas siempre que las personas que involucradas se sientan respetadas y tomadas en cuenta.

Si logramos transmitir este concepto a nuestros hijos e hijas estaremos consiguiendo que puedan vivir y tener una sexualidad sana. Que, en un futuro, sepan hablar con sus hijos e hijas de una forma cercana como hemos hecho nosotros.

¿Crees que no sabes relacionarte con tus hijos o hijas de esta forma?. Si necesitas ayuda para dar el paso de hablar sobre sexualidad o cualquier otro tema que te resulte “delicado”, no lo dudes: contáctanos y estaremos encantadas de ayudarte.

San Valentín y los bulos sobre el amor.

14 de febrero, San Valentín.

Hemos sufrido o disfrutado de la publicidad relacionada con San Valentín, regalos exclusivos para parejas, planes románticos…

Esta saturación de mensajes esconde un fin consumista que muchas veces puede hacer que nos sintamos en la obligación de comprar o regalarle algo a nuestra pareja, o como puede ser en el caso de los y las solteros y solteras, sentirse vacíos o incompletos.

¿Cómo nos afecta este bombardeo?

Si tienes pareja, lo habitual es que aparezcan pensamientos del tipo:

¿Debería comprarle algo?

¿Si no recibo ningún regalo será que mi pareja no me quiere?

Le voy a regalar algo carísimo, que quede claro cuánto le quiero.

Menudo rata, no se ha podido gastar menos, es significa que le importo bien poco.

En el caso de las personas sin pareja, los pensamientos puede ser algo como:

¿Soy menos guay si no tengo con quién celebrar San Valentín?

¿Necesito tener una pareja para ser feliz?

Es San Valentín, estoy sola y me gusta ¿soy rara?.

Otro San Valentín sin pareja. Me siento mal por estar contento.

Todos estos pensamientos están muy relacionados con los llamados mitos del amor romántico.

¿Qué son los mitos del amor romántico?

Todos tenemos una imagen creada de lo que “debe” ser una relación de pareja. Muchas de las ideas que damos como buenas están construidas sobre unas bases injustas, desequilibradas y, sobre todo, falsas.

Son una serie de mandatos de género en torno al amor que, gracias a la perpetuación del imaginario a través de películas, libros y demás se han transmitido socialmente y nos han hecho creer que para que una relación funcione,  tiene que ser lo más pasional posible con subidones de pasión, dramas y otras “delicadezas” que no pueden estar más lejos de lo que una buena relación de pareja es.

Estos mitos se sustentan sobre unos puntos básicos “imprescindibles”:

La media naranja.

Siempre es agradable mostrar compatibilidad con tu pareja, compartir aficiones y puntos de vista. Sin embargo, este mito puede llevarnos a pensar que existe alguien predestinado a nosotros y que además nos completará.

Es importante recordar que ante todo, somos seres independientes y no necesitamos de nadie para que nos complete, podemos ser naranjas enteras. Además, las diferencias con tu pareja pueden ser realmente enriquecedoras y suponer nuevos aprendizajes.

El amor todo lo puede.

Cuando una relación no funciona, el amor no es suficiente.

Quererse no va a hacer que los problemas de pareja desaparezcan. Este mito puede dar pie al pensamiento “si me quiere, cambiará” provocando que en muchas ocasiones nos veamos en la obligación de tolerar situaciones desagradables esperando a que el amor entre la pareja por sí solo lo arregle.

Ante estas dificultades la mejor herramienta es la comunicación, si hay algo que te moleste de tu pareja te animamos a expresarlo asertivamente, indicando cómo te sientes y cómo te gustaría solucionarlo.

Si no duele no es amor.

Una relación requiere esfuerzo, tolerancia y flexibilidad.

Es normal y hasta sano y necesario que en ocasiones surjan pequeños conflictos o discusiones, somos humanos y a veces nos equivocamos. Sin embargo, una relación no implica sufrimiento.

De hecho, las discusiones constantes y el malestar pueden ser un indicador de que algo va mal, por lo que a veces, una ruptura puede acabar siendo una ganancia.

El amor es eterno.

Vivieron felices y comieron perdices.

¿Cuántas películas finalizan con este mensaje?, ¿y si el matrimonio acabó en divorcio?, ¿o si la pareja se cansó y decidió dejarlo?.

Como ya hemos visto, quererse no es suficiente para mantener una relación.

Una relación sana implica esfuerzo y aceptación.

Esfuerzo para mantener lo positivo en primera línea, aceptación de lo que no te gusta y tienes que aprender a manejar.

Es normal que a veces no termine de funcionar. Esto no debería suponer un fracaso, sino que quizás existen diferencias entre ambas personas demasiado profundas o falta de entendimiento que no se llega a solucionar.

El amor va modificándose con el paso del tiempo, lo que al principio puede ser un amor muy pasional, puede dar pie a un amor más íntimo y comprometido o un amor de compañerismo.

Siente celos porque me quiere.

Los celos son una emoción que aparece cuando percibimos que podemos perder aquello que tenemos o amamos. Esto no habla de amor. Una persona celosa puede esconder inseguridad, ansiedad y un sentimiento de posesión exagerado y malsano.

Tener celos no nos da derecho a prohibir o limitar comportamientos a nuestra pareja. Recuerda que somos seres independientes y completos y es importante respetar y confiar en la pareja para que la relación funcione.

Exclusividad.

Estar enamorado o tener pareja no implica que no te puedan atraer otras personas.

Es normal sentir atracción y fijarse en otras personas. Una cosa es sentir atracción sexual y otra enamorarse.

Esto último puede dar pie a lo que se conoce como poliamor: relaciones afectivas de más de dos personas; o a relaciones abiertas, donde una pareja acuerda por decisión mutua la posibilidad de mantener relaciones sexuales y/o amorosas con otras personas fuera de la pareja.

No existe un prototipo de relación ideal. Lo fundamental es que las personas que forman la relación decidan de forma consensuada lo que es mejor para ambos.

Si de verdad me quiere, me lo hará saber.

Es aquello de que mi pareja me va a leer el pensamiento o va a entender lo que quiero o necesito con una simple mirada.

Esto puede llegar a suceder tras muchos años de relación y no es, ni de lejos, la capacidad de leer la mente, sino la costumbre y el conocerse mutuamente.

Este mito puede generar problemas y falta de entendimiento en la pareja a raíz de los mensajes que nos transmite el día de San Valentín.

Existen diferencias en los estilos de comunicación que hacen que algunas personas sean más expresivas o más evitativas que otras. Una cosa es sentir la emoción de amor y otra muy distinta es comunicarla.

Al igual que el lenguaje, el amor puede expresarse de múltiples formas.

Gary Chapman, en su libro “Los 5 lenguajes del amor” define justo eso: 5 formas de expresar el amor a través de una serie de comportamientos que aportan valor y calidad a la relación y a lo que cada una de las partes hace en ella.

Estas 5 formas de expresión del amor son:

El contacto físico.

Está más que demostrado que los abrazos, las caricias, los besos, mejoran el sistema inmunológico, refuerzan los lazos afectivos, generan una lluvia de hormonas que nos hacen sentir extraordinariamente bien y lo mejor de todo, son gratis.

Disfrutar de tiempo de calidad.

Ahora que el ritmo de vida frenético que llevábamos ha parado y que las restricciones nos impiden hacer todos los planes que nos gustaría, compartir tiempo de calidad con tu pareja puede ser realmente beneficioso.

Palabras de afirmación.

Verbalizar cómo nos sentimos y señalar lo que nos gusta de nuestra pareja a través de una carta o una canción. Expresar verbalmente nuestros sentimientos hacia ella/él es algo agradable que a todo el mundo le gusta escuchar.

Actos de servicio.

Cocinar su plato favorito, darle un masaje al finalizar el día, desplazarse a un lugar lejano con el fin de estar cerca de tu pareja, etc. son acciones que a veces damos por sentado y realmente suponen un esfuerzo y compromiso por parte de la otra persona.

Regalos.

Regalar no implica gastarse una gran cantidad dinero, de hecho, se puede optar por obsequios realizados por uno mismo y tendrá más valor que algo caro y ostentoso.

Existen muchas formas de expresar el amor.

Gastarse mucho dinero no significa sentir más amor, dependerá del estilo de comunicación y elección de cada persona.

¿Qué pasa si estoy soltero o soltera en San Valentín?

Estar soltero o soltera no te hace estar incompleto o incompleta.

Puede ser una elección propia, un momento en el tiempo, un período de duelo necesario.

No menosprecies el tiempo de estar solo o sols, dedícalo a conocerte, a mimarte y a cuidarte como nadie más que tú sabe hacerlo.

San Valentín está reconocido como el día del amor en pareja cuando realmente debería celebrarse todos los días, empezando por el amor propio.

Permítete sentir estas emociones, busca planes que te agraden, fomenta el autocuidado o escribe a esas amistades que hace tanto tiempo que no ves.

Recuerda: todos somos naranjas completas y la felicidad no depende exclusivamente de la pareja.

Si sientes que tu relación de pareja está asentada sobre unos cimientos erróneos. O si te sientes mal por no tener pareja, quizás debas darle una vuelta a tu relación de pareja o a la relación que tienes contigo mismo o misma.

No lo dudes: escríbenos y estaremos encantadas de escucharte.

control en pandemia

Covid-19: vivir entre la libertad y los límites.

Imagina que te saltas un semáforo en rojo y tienes la mala suerte de provocar un accidente con otras personas, víctimas, implicadas. Cualquiera que reciba esta noticia será capaz de ver tu irresponsabilidad y tener claro que has cometido una infracción grave al volante.

Esto que vemos tan claro, en lo que, probablemente, todo el mundo esté de acuerdo, podría ser comparable a la situación que estamos viviendo a causa de la Covid-19.

Aparece aquí un debate sobre la responsabilidad personal, el poder de otros sobre nuestra libertad y el riesgo.

Responsabilidad personal versus control externo.

Este debate puede generar una reflexión que a nivel psicológico tiene mucho jugo.

¿Cómo te sientes cuando otro te dice lo que tienes que hacer?

¿Es más importante lo que tú necesitas que cualquier otra cosa?

¿Toleras la frustración de ver muchos de tus planes cancelados?

¿Empatizas con situaciones lejanas a ti?

¿Evitas lo que te genera malestar?

Hay personas que creen que su comportamiento depende exclusivamente de ellos y que no tienen que rendirle cuentas a nadie. Se olvidan de algo importante: su libertad termina donde comienza la del otro.

Si te saltas un semáforo en rojo puedes poner en peligro la vida de los demás. Cuando te saltas las normas impuestas ante la Covid-19 estás haciendo lo mismo: poner en peligro la vida de los demás.

Muchos nos preguntamos si es realmente necesario que nos inunden con normas, que nos mareen con restricciones cuando la autoresponsabilidad personal sería la solución más fácil.

Otros se ofenden porque el Gran Hermano controla sus actos, cómo viven su vida o cómo se relacionan.

Tu comportamiento afecta a quienes están a tu alrededor y puede tener consecuencias más allá de tu entorno.

La situación actual es excepcional e inesperada. A estas alturas sabemos que estamos ante un virus que se contagia con rapidez y que afecta a todos, lo que significa que estamos ante una ‘enfermedad colectiva’.

Es una situación de peligro extremo, ya que lo que se contagia es una enfermedad grave, que puede dejar secuelas permanentea y que incluye el riesgo de muerte.

Volviendo a la reflexión propuesta, lo que tú hagas con tu vida es muy lícito, pero ¿qué ocurre cuando lo que haces con tu vida puede condicionar en cierto modo la vida de otros?

Cuando hablamos de salud hay algo imperativo: la garantía de que no atentar contra ella.

Las conductas temerarias que afectan a la salud de las personas van en contra de uno de los derechos fundamentales del ser humano.

Ante la pandemia que estamos viviendo son necesarias las restricciones. Aunque esto suponga ciertas limitaciones en nuestra libertad personal y el “enorme” esfuerzo de no poder salir de marcha.

Los niños durante su infancia necesitan normas y límites y esto no es algo malo, todo lo contrario, es un acto de protección, de cuidado y de enseñanza hacia ellos.

Que exista una figura de autoridad ante los peques es lo natural y se entiende que cuando vamos creciendo, somos nosotros mismos los que desarrollamos e integramos esa capacidad de ser responsables.

Ser responsables de lo que hacemos y de la forma en que esos actos repercuten en nuestro entorno. Esa es la teoría.

La realidad vinculada a esta pandemia es otra bien distinta.

Si observamos los datos sobre el aumento de la incidencia de la Covid-19 tras las navidades o escuchamos la cantidad de fiestas que cada fin de semana desmantela la policía o vemos las terrazas abarrotadas, todo esto da que pensar sobre dónde queda esa supuesta responsabilidad personal.

¿Necesitamos restricciones mucho más severas para contener la pandemia?

Es muy preocupante que a nivel social no seamos capaces de mantener la responsabilidad individual y colectiva.

Quizá estamos creando una sociedad que lo quiere todo y lo quiere ya, sin esperas ni pausas, y que por supuesto, ni mucho menos un virus lo va a parar.

Las quejas constantes sobre lo que hace uno u otro llenan las conversaciones a pie de calle.

De nuevo, sin quitarnos la visera egoísta, nos perdemos lo más importante: el virus no entiende ni sabe sobre vidas o muertes. Su tarea es expandirse, sobrevivir y sigue haciendo su labor mientras los seres humanos nos entretenemos en debates que se alejan de la colaboración, la solidaridad y la empatía.

“Yo estoy sano, a mí me da igual”, “yo vivo solo, no vivo con mis padres”, “total, tendremos que pasarlo todos, ¿no?”, “¿para qué ponen esta medida si luego permiten hacer otras cosas? Menudos patanes…”

Todas estas frases podrían pasar desapercibidas en otras condiciones, pero, en el momento en el que estamos, estas frases implican la posibilidad de generar daño a otros y de alejarnos del objetivo común que es recuperar la situación de bienestar.

Ante una situación como la actual necesitamos normas y límites, control y potenciar el cuidado común.

¿Qué ocurre si hay personas que no quieren acatar dichas normas y límites?

Podríamos hablar de cierta incapacidad para la adaptación a nuevas situaciones o de los pocos recursos que tenemos a la hora de gestionar nuestras emociones y nuestros actos.

La gestión personal de la pandemia refleja un estilo previo de conducta que en una situación límite saca a la luz lo mejor y peor de cada uno.

Quizás no soportes la sensación de soledad y te es imposible quedarte en casa sin salir o conocer a gente nueva.

También puede ser que quieras controlar en todo momento lo que ocurre a tu alrededor y ver gente sin mascarilla o superando las distancias mínimas recomendadas te pone de los nervios.

Es posible que ya desde la infancia acostumbras a que tus deseos sean cumplidos casi siempre y lo que no consigues te irrita.  

Existe la opción de autoconfinarse y salir sólo lo mínimo necesario.

Puede ser que, si alguien te dice lo que tienes que hacer, te sientes atacado como si esa persona no tuviera capacidad para darte indicaciones.

Son solo algunos ejemplos de lo que puede suceder a nivel individual.

Ignorar sistemáticamente las normas, a nivel colectivo, nos convierte en una sociedad dependiente de una figura de autoridad que nos recuerde hasta donde sí y hasta donde no.

Ir al otro extremo, autoimponerse las restricciones más estrictas yendo incluso más allá, nos habla de una sociedad que quiere controlar lo incontrolable.

Como si no tuviéramos aún desarrollado nuestro lóbulo frontal y fuéramos incapaces de aguantar nuestros impulsos, reprimir nuestras pulsiones y posponer la recompensa.

O como si la necesidad constante de control nos hiciera llegar a extremos insalubres y poco realistas.

¿Crees que la situación actual te desborda? ¿Te sientes un bicho raro por cumplir las medidas? ¿Tienes la sensación de no poder evitar saltarte las restricciones justificando con múltiples argumentos el porqué haces lo que haces? ¿Te sientes mal por ello? Cualquiera de estas preguntas te están pidiendo respuesta. Si quieres comenzar a trabajar para encontrarlas, en Quiero Psicología exploraremos en tu historia vital para comprender las dinámicas que despliegas en esta peliaguda época.

Pon límites

Poner límites en las relaciones personales.

Somos animales sociales.

Vivimos en grupos y nos relacionamos con diferentes personas cada día. El panadero, la quiosquera, el camarero que nos sirve el café o la conductora del autobús que nos lleva al trabajo.

Hay otro tipo de relaciones más cercanas, mucho más personales e importantes. Hablamos de las que establecemos con nuestros amigos, con la familia o con nuestra pareja.

Es imprescindible que este tipo de relaciones estén marcadas por límites. Estos nos ayudan a mostrar el respeto que tenemos por nosotros mismos y por el otro.

Estas líneas invisibles son una forma de comunicación verbal y no verbal que estableces en tus relaciones. Los límites definen, entre otras cosas, la forma en la que quieres que te traten.

Lo habitual es establecerlos de manera natural e inconsciente. Puede darse en algunas ocasiones o con ciertas personas que sea necesario expresar claramente tus necesidades y la forma en la que deseas ser tratado.

Hacer esto, establecer una línea clara, es fundamental cuando hay comportamientos de otros que te hacen sentir molesto, incómodo o incluso dañarte emocional y psicológicamente.

¿Qué puedo hacer?

Para ciertas personas expresar sus necesidades y marcar unos límites claros es fácil, lo hacen con soltura.

Aquí intervienen el miedo a perder la relación, ciertas inseguridades personales y la costumbre de anteponer el bienestar del otro al propio, entre otras cosas.

El primer paso que puedes dar es hacerte consciente del malestar o incomodidad que te está provocando mantener una relación desequilibrada. Puede ser que sientas que la otra persona está tomando más de lo que ofrece y eso genere el desequilibrio que notas.

Ya lo tengo claro, ahora ¿qué?

Establece los límites en tu cabeza.

Antes de comunicarle a la otra persona cuales son los límites que quieres establecer, es muy positivo que lo hagas mentalmente.

Esto te ayudará a tener lo más claro posible cuál es el límite que quieres y cómo lo vas a comunicar.

Los límites que quieras establecer han de ser realistas, tanto para la otra persona como para ti mismo. De nada sirve trazar líneas rojas que ni si quiera tú estás dispuesto a mantener o que no vas a ser capaz de sostener.

Debes tener en cuenta cómo es la otra persona y cómo es vuestra relación para encontrar la forma más efectiva de comunicar lo que pasa. Si tu petición no se comprende es más que probable que todo siga igual.

Busca un ejemplo del comportamiento que quieres que cambie. Esto te ayudará a justificar tu petición y a mantenerte firme. Sin esta firmeza, será complicado que lleves a cabo las acciones necesarias a la hora de establecer esos límites que deseas.

Planifica la conversación.

En este punto debes tener en cuenta cómo eres tú y cómo te comunicas en general y con la persona en cuestión en particular.

Quizá eres una persona que no muestra dificultades a la hora de expresarse verbalmente y que no se cohíbe ante los enfrentamientos.

Puedes ser una persona que se muestra tímida o insegura ante conversaciones de mayor trascendencia.

Teniendo en cuenta tus propias características, puedes elegir la forma y el momento en el que quieras que se produzca esta conversación.

Indudablemente, la mejor opción sería una conversación en persona. Si esta perspectiva te abruma, puedes optar por una conversación telefónica, un correo electrónico o incluso un mensaje de texto.

La opción de realizar esta petición por escrito te va a facilitar expresar lo que quieres con precisión y de la forma más adecuada. Evitas presiones y te permite sopesar cada una de las palabras.

Claro está que todo lo que no sea cara a cara eliminará la comunicación no verbal, ten esto en cuenta. Quizás puedas llevar escrito lo que quieres decir pero hacerlo frente a frente. La opción de la video llamada también está presente.

¿Cómo lo hago?

En esta conversación, debes explicar a la persona por qué estás marcando esos límites. Que su comportamiento te incomoda. Procura describir lo más detalladamente posible qué te molesta y cómo propones que eso cambie.

Deja claro que tu decisión es una forma de mejorar vuestra relación y que no buscas, ni de lejos, distanciaros.

Para poder hacerlo de manera sosegada, clara y concisa puedes seguir estos cuatro puntos:

  1. Define la situación que te incomoda de la manera más objetiva posible.
  2. Expresa cómo te hace sentir.
  3. Expón el motivo por el que crees que ocurre.
  4. Ofrece una solución que implique a ambas partes (en la medida de lo posible).

¿Qué hago con la reacción del otro?

Debes ser consciente de que, por mucho que hayas expresado la situación con claridad y respeto, el otro puede o no entenderlo o no compartirlo.

Dependiendo de esto, te puedes encontrar ante varias posibles reacciones de la otra parte:

  • Entiende lo que le dices y se muestra consciente de lo que pasa. Quiere modificar lo que esté en su mano para que la relación sea más sana y mejor.
  • Lo que le dices le suena a chino y no entiende el motivo porque el que estáis manteniendo esa conversación.
  • No ha sido consciente de que su comportamiento te estaba dañando y le resulta complicado realizar los cambios que le pides y que necesitas.
  • Es consciente de lo que le estás pidiendo y de lo que implica. Se da cuenta de que, con el cambio, perderá la influencia que ejerce sobre ti.

Independientemente de que el rechazo de tus límites por parte de la otra persona sea o no consciente, debes mantenerte firme en tu decisión de crearlos.

Invierte todo el tiempo necesario en explicar por qué has tomado esa decisión. Ofrece la posibilidad de encontrar una solución conjunta que ayude a mejorar vuestra relación. Pregunta.

¿Y después?

Ahora llega la parte más complicada de toda la situación: mantener en el tiempo esos límites establecidos.

Es algo en lo que se deben involucrar ambas partes.

Mantente firme.

Si es a ti a quien le cuesta, plantéate si has establecido unos límites realistas. Puedes revisarlos mentalmente. Si te parecen sólidos, ten en cuenta que lo has hecho en busca de tu bienestar y del cuidado de tus emociones y sentimientos.

Cuando es la otra persona quien no los mantiene, te toca comunicarle que vuelve a las andadas, saltándose lo que habíais establecido.

Cuando tengas esta conversación de “recordatorio” ten en mente la idea de que lo haces por tu bienestar y por mejorar la relación.

Quizá la otra persona lo intenta pero no lo consigue. En este caso, es bueno que tengáis otra charla en la que lleguéis a una solución alternativa que os haga más fáciles las cosas a los dos.

La peor de las situaciones se da cuando la otra parte ni se molesta. Si se da este caso, es fundamental darle un toque de atención. Tienes que informarle de que, si la situación sigue igual, si no se implica en el cambio que necesitas y que ya has explicado por qué es importante para ti, vuestra relación va a cambiar sí o sí.

No es una amenaza, habrá quien se lo tome como tal.

No es un chantaje porque el beneficio del cambio será mutuo.

Es una decisión que has tomado y que, de no ser atendida, puede significar el distanciamiento o la ruptura definitiva.

Si te identificas con esta situación, ya sea como la persona que demanda el cambio o como la persona que debe hacerlo y no sabes cómo, escríbenos. Estaremos encantadas de ayudarte.