Saber decir “basta”.

Somos animales sociales, seres que vivimos en tribu, en grupo, necesitamos del otro y por eso buscamos las interacciones relacionales, las relaciones de amistad.

El primer grupo relacional que aparece en nuestra vida es la familia: compartimos nuestros primeros años con ellos, nuestras primeras interacciones, es el espacio protegido en el que experimentamos y adquirimos nuestra forma de relacionarnos.

Más tarde, con la incorporación al colegio, comenzamos a poner en práctica lo aprendido en casa.

Estas primeras relaciones ajenas a la familia, a medida que pasa el tiempo, van ganando terreno compartiendo con nuestros amigos y compañeros gran parte de nuestro ocio, trabajo, actividades.

Todo este tiempo compartido provoca que generemos vínculos de amistad que adquieren mucha importancia.

En ocasiones, estos vínculos llegan a ser más importantes que los familiares o de pareja. Se muestran constantes en nuestro día a día a lo largo de los años, convirtiéndose en fuente de apoyo y escucha mutuos.

Con nuestras amistades encontramos una vía de escape a situaciones vitales que pueden estar estresándonos: dificultades laborales, conflictos con los padres o hermanos, discusiones con la pareja, etc

Sabemos que siempre tendremos un hombro en el que apoyarnos y llorar si es necesario. Donde no nos van a juzgar y se pondrán de nuestro lado, así como nosotros haremos por ellos. Es una concepción de la amistad donde todo es mutuo, recíproco, equitativo… un hoy por ti y mañana por mí.

Qué ocurre cuando la amistad se convierte en un constante “hoy por ti”.

Todos tenemos o hemos tenido una amistad a la que parece que, de forma constante, le están pasando cosas malas. Una persona a la que le sobrepasan sus circunstancias vitales y a la que siempre le sucede algo.

Parece que usan a las amistades como descarga emocional. Por no defraudarles, nos mostramos fuertes y aguantamos el tirón.

Les escuchamos, les apoyamos, les ofrecemos un consuelo que nunca parece ser suficiente. En honor a la amistad que nos une, continuamos impertérritos, afrontando y aguantando.

Es importante tener en cuenta que para mantener una amistad, no debe ser obligatorio recoger toda esa carga emocional que el otro vuelca sobre nosotros.

No al menos de forma constante hasta llegar a ser agotadora.

Si permitimos que esta situación de desequilibrio se mantenga en el tiempo, padeceremos consecuencias directas en nuestro estado anímico y emocional.

Soportar durante un periodo prologando esta sobrecarga, provocará altos niveles de estrés y fatiga emocional cada vez que estemos con esa persona e incluso pudiéndose extender al resto de nuestra vida.

¿Cómo identificar si estás siendo la descarga de alguien?

La amistad es un camino de doble sentido.

Hay veces que somos apoyo para otros, y en otras ocasiones nos apoyamos en nuestros amigos.

No es cuestión de llevar una cuenta de “debe y haber” pero sí es necesario que la relación sea equitativa. Que no sintamos que nos absorben o que nos usan como saco de boxeo o paño de lágrimas exclusiva y constantemente.

La dificultad estriba en saber si la sensación que estamos teniendo es cierta y no dejarnos llevar por el convencionalismo de que en la amistad hay que aguantar.

De hecho, la palabra clave de toda esta cuestión es aguantar.

Cuando aguantamos, estamos haciendo un sobreesfuerzo. Estamos usando más energía, más recursos de los que deberían ser necesarios para mantener una situación.

Estamos tolerando y asumiendo situaciones, casi siempre de manera inconsciente, por miedo a ser abandonados, a no ser aceptados, a no ser queridos. Pero en nuestro fuero interno sabemos que la situación es injusta para nosotros.

Algunas de las señales que nos indican que es el momento de decir “hasta aquí” pueden ser:

  • Sentirte de forma continuada fatigado y cansado cada vez que estás con esa persona o hablas con ella telefónicamente o por mensajes.

  • Evitas estar a solas con esa persona. Buscas quedadas grupales en sitios públicos.

  • Minimizas el tiempo en el que interactúas con él/ella. Por ejemplo, quedas sólo para tomar un café, acortas las conversaciones telefónicas o por mensaje aludiendo responsabilidades de cualquier tipo.

  • Sientes que tienes que hacer acopio de energía antes de un encuentro o llamada con esa persona.

  • Eludes conscientemente hablar de determinados temas, cambias las conversaciones a temas más triviales, generales o superficiales. Evitas preguntar “¿qué tal?” porque ya sabes que la respuesta va a ser negativa.

Si observas alguna de estas señales es el momento de decir “¡para!, ¿qué ocurre aquí?, ¿esta situación está siendo justa para mí?”.

Si la respuesta a esta última pregunta es un ¡no! es el momento de actuar.

Toca hablar con esa persona para comunicarle de manera respetuosa y asertiva que te estás viendo saturado por la situación y que necesitas que se produzca un cambio.

Ahora que lo veo en mi ¿qué busco en el otro?

Además de las señales que podemos ver en nosotros mismos, existen características que vemos en el otro que nos pueden ayudar a averiguar si estamos en una situación en la que debemos decir basta, te mostramos una pequeña clasificación.

– Pesimista por convicción:

Personas que tienen una visión pesimista de la vida, están convencidos de que su perspectiva es la única válida y la transmiten de forma tajante y constante.

Esta perseverancia puede provocar que las personas que le rodean acaben adoptando la misma visión y que siempre centren su atención en los aspectos negativos de las situaciones.

– Catastrofista:

Se trata de personas que ven la vida como una sucesión de inminentes desgracias.

Sienten que están en constante peligro y así lo transmiten a su entorno.

Se muestran incapaces de disfrutar de las situaciones positivas que se presentan, por miedo a que desaparezcan o por la creencia de que ellos no son merecedores.

– Quejica o victimista:

Sus problemas son siempre mucho más importantes que los de los demás.

Se quejan de todo lo que les ocurre, nunca nada bueno.

Son ese tipo de personas que se venden como víctimas de su entorno, de su familia, de su situación familiar o de la sociedad.

– Pusilánime o débil:

Se muestran como seres desvalidos y en los demás generan pena o lástima ya que hacen sentir que sin la ayuda del otro no podrían hacer frente a sus circunstancias vitales.

Dar una segunda oportunidad.

En algún momento de nuestra vida hemos padecido o hemos hecho padecer a alguien situaciones de descompensación en la relación.

Situaciones vitales extremas, rupturas sentimentales, fallecimientos de familiares o personas cercanas, dificultades laborales, económicas, etc.

En estas situaciones, una de las dos personas ha necesitado mayor apoyo durante un periodo prologando de tiempo.

Justo por esto, todos, en alguna ocasión ofrecemos segundas y hasta terceras y cuartas oportunidades.

Debemos tener en cuenta que todos tenemos un límite que si es sobrepasado, puede provocar la modificación radical de nuestra relación.

Cuando sentimos que esa persona está tirando de nosotros de forma continua, sin ofrecer un respiro y sin tener en cuenta que nosotros también estamos viviendo nuestra vida con sus circunstancias, mejores o peores, es momento de poner límites.

Si te encuentras en esta situación y necesitas ayuda para comenzar a establecer tus límites, contáctanos. Estamos para ayudarte.

desigualdad de género

La invisibilidad de la violencia de género.

Desde que nacemos, el fantasma de la violencia de género nos acompaña silenciosamente.

Si nacemos niñas podemos vernos determinadas a recibir un trato diferente. Un trato que será el germen que hará que acabemos en una situación de desigualdad social, psicológica y económica.

La forma en que la sociedad se relaciona con las niñas es diferente a la que tiene de relacionarse con los niños.

¿Te has parado a pensarlo?

Estas diferencias se producen en todas las etapas de la vida, comenzando por la infancia, y tienen repercusiones en la edad adulta. Vamos a ir viendo cómo identificarlas.

Infancia.

El tono de voz.

Cuando hablamos con una niña suele ser más suave, más delicado. Utilizamos frases como: “qué guapa eres”, “qué dulce”, “qué tranquila”, etc.

A los niños tendemos a hablarles más alto y usamos frases como: “qué fuerte eres”, “vas a ser un gran deportista”, etc.

A nivel físico.

A las niñas las movemos o cogemos quizás de una forma más suave y cuidadosa.

Con los niños puede que tengamos menos cuidado, les movemos más bruscamente, con menos suavidad.

Límites.

Tan pronto nuestros hijos e hijas tienen una mayor movilidad, es muy habitual que seamos más permisivos con los niños en cuanto a los límites exploratorios y aventureros que les ponemos.

Tendemos a dejar que los niños exploren con más autonomía, que se alejen un poco más, que se caigan incluso.

A las niñas solemos tenerlas más cerca, saltar en el instante en que se caen, estar más pendientes en general.

Expresión emocional.

La expresión emocional que reciben los niños es diferente a la que reciben las niñas.

A las niñas les sonreímos más, les hacemos más cariños, les mostramos afecto más específicamente, con más contacto físico. También tendemos a protegerlas.

Con los niños, por el contrario, es más habitual que mantengamos las distancias, que les toquemos menos. También es habitual que reciban mayores castigos físicos.

A las niñas se les valida que se expresen emocionalmente y se asocia al sexo femenino una mayor sensibilidad emocional. Se da por hecho que son empáticas, buenas, modositas, obedientes, etc.

A los niños que expresan sus emociones, especialmente la tristeza, el dolor y similares, les decimos que no hay que llorar, que llorar es “de niñas” o que “hay que ser fuerte y no llorar”.

Mensajes y estímulos.

Los mensajes y estímulos que reciben niños y niñas son diferentes desde los primeros años de vida.

Estos mensajes los recibimos por parte de nuestros familiares, profesores, vecinos, etc. Pueden ser muy directos y claros o más sutiles y son los que generan los cimientos invisibles sobre los que se asienta la desigualdad silenciosa de la que hablamos en el título de este post.

Desigualdad que cada niño y cada niña va interiorizando paulatinamente y que nos deja claros los roles de género que “nos corresponden”.

Los mensajes que reciben las niñas.

“¿Ya tienes novio?”

Dando a entender que el único objetivo de una mujer es acabar teniendo pareja y que esta sea un chico.

“Con lo guapa que eres, seguro que tienes a un montón de chicos detrás”.

Poniendo el foco en lo importante que es el físico y parecer guapa, para así poder recibir atención, cariño y amor, nuevamente, del sexo masculino.

“Estas hecha toda una mujercita”.

Reforzando la idea de que el principal objetivo de toda niña es convertirte en una mujer, sin importar que ahora mismo esté en la etapa de la infancia.

Cómo ayudas en casa, que niña más buena”.

Reproduciendo los roles de género donde la mujer es la que cuida, se ocupa de todo y se responsabiliza de las cosas de la casa.

“Te ha salido contestona”.

Mensaje que aparece cuando una niña pone límites o rechaza asumir una responsabilidad que no quiere. Se le castiga porque una niña debería ser sumisa, pasiva y complaciente.

Los mensajes que reciben los niños.

“¿Cuántas novias tienes?”.

Normalizando la idea de la infidelidad, bien vista en los hombres porque demuestra lo “macho” que son.

“Tú tienes que proteger a tu hermana/prima/amiguita”.

Introduciendo la idea de que es el hombre el que tiene que proteger a la mujer, que, por el mero hecho de ser mujer, es indefensa, vulnerable y débil.

“Que listo eres, vas a llegar muy lejos”.

Haciendo hincapié en las capacidades intelectuales del niño, nunca en su belleza o delicadeza.

“Eres muy chulillo, seguro que tienes a todas las chicas detrás”.

Implantando en el niño la idea de que si un hombre se muestra distante, con aires de superioridad, con aparente seguridad, va a ser más digno de recibir cariño, atención y amor.

Todos estos mensajes que reproducimos generación tras generación van creando la base de una estructura desigual en la sociedad.

¿Eres consciente de si estás trasmitiendo y reproduciendo a la hora de hablar o de expresarte este tipo de mensajes?

Es importante tener en cuenta que durante la infancia, los hijos e hijas de mujeres víctimas de violencia de género, además de todas estas muestras tan habituales, también sufren directa o indirectamente esa violencia que sus madres padecen. Esto puede generarles graves secuelas psicológicas.

Además de normalizar comportamientos que no son adaptativos (ver que tu padre cuando se enfada rompe cosas). Aprenden que manifestar el enfado así es válido y, probablemente, llegan a interiorizarlo y reproducirlo.  

Otra posibilidad es que el niño o la niña perciba que su padre maltratador es fuerte, que es un lugar seguro donde sentirse protegida o protegido y puede llegar a identificarse con él. Esto sucede porque en nuestra infancia necesitamos referentes seguros para poder sentirnos a salvo.

Puede haber niños que se coloquen del lado de la madre o que incluso se pongan en medio del conflicto.

Las sensaciones de miedo e inseguridad que viven los niños y las niñas fruto de la violencia, afecta directamente a su desarrollo.

Es habitual que las niñas expuestas a una situación de violencia desarrollen más problemas de autoestima e inhiban la ira, lo que se transforma en ansiedad y en autocrítica.

También es normal que los niños externalicen el problema, mostrando una clara tendencia a ser más violentos.

Adolescencia.

La adolescencia es el periodo en el que se tienen las primeras relaciones de pareja y se pone en marcha todo lo aprendido anteriormente.

Los roles de género adquieren mucha importancia. ¿Qué se espera de mi como chica?, ¿cómo amiga?, ¿cómo novia?

¿Qué se espera de mi como chico?, ¿cómo amigo?, ¿cómo novio?

En este momento vital se pueden observar conductas muy diferenciadas entre chicos y chicas.

Las chicas.

Tienden a mostrarse más sensibles, dulces, responsables, cuidadoras y trabajadoras. Muestran más empatía: son las que escuchan, las que sostienen y las que acompañan.

Los chicos.

Suelen ser más activos, dinámicos, impulsivos y demuestran más carácter. Tienden a resolver los problemas, a afrontar las cosas con mayor decisión y a ser más competentes en el deporte.

¿Cómo afectan estas características individuales a las relaciones de pareja?

En función de todo lo que ya hemos visto, en las relaciones de pareja podemos encontrar:

Conductas de control.

Es normal cogerle el móvil a tu pareja para ver con quien habla”, “en una relación tiene que haber confianza, si no me da la clave de su móvil me oculta algo”, “me gusta saber dónde esta mi pareja en todo momento y con quién”. Normalizar el control, por parte de chicas y de chicos. La base es la desconfianza que nace de la propia inseguridad.

Los roles de género.

Las chicas se muestran cuidadoras, permisivas, entendiendo y aceptando conductas de su pareja que a lo mejor no le resultan tan agradables. Lo importante es el apoyo que le tienen que dar a su pareja, incluso por encima de ellas mismas.

Ellos, en cambio, se muestran protectores, posesivos, incluso agresivos con lo que sienten “suyo”. La base es una relación de desigualdad, el poder está desequilibrado.

Relaciones sexuales.

Las chicas piensan que los chicos siempre tienen más ganas de tener relaciones sexuales que ellas. Esto les puede llevar a mantener relaciones aunque no les apetezca tanto por esa idea de complacer al otro.

Los chicos, en cambio, no relacionan tanto el sexo con el afecto como las chicas, sino que lo ven como una necesidad primaria y natural.

Aquí es importante tener en cuenta qué sirve como modelo y aprendizaje a la hora de tener relaciones sexuales, ya que en la mayoría de las ocasiones los jóvenes utilizan el porno como primera vía de contacto con el sexo.

La imagen que el porno ofrece de la mujer es de sometimiento y denigración, imagen que no se corresponde con la realidad. También se da una situación de desigualdad debido a la desinformación y a los mitos.

Edad adulta.

Si en las etapas previas no se ha intervenido correctamente y no se ha hecho una buena psicoeducación, cuando llegamos a la vida adulta tenemos estos mitos y roles muy bien instaurados y podemos desarrollarlos en distintos ámbitos de forma similar.

Plano laboral.

Encontramos que las principales razones de la “inactividad” en mujeres (muy entrecomillado, hablamos de una actividad no remunerada ni valorada socialmente) es el cuidado a los otros. Ya hemos visto que nos han educado para eso.

Estadísticamente, las mujeres están mejor formadas que los hombres, sin embargo, son ellos los que tienen menos paro con el mismo nivel de estudios.

En el ámbito laboral vemos situaciones donde las mujeres son infravaloradas, cuestionadas por su situación personal, relegadas a un segundo plano aunque sean más competentes y estén más preparadas que sus compañeros.

Aparece también el acoso sexual en el trabajo, donde queda claro que a la mujer se la sigue viendo desde la cosificación y la sexualización.

Entorno familiar.

En las familias heterosexuales, las mujeres asumen la mayor parte de las tareas del hogar y del cuidado de los hijos. Esto sucede independientemente de que ellas puedan trabajar fuera el mismo número de horas que su pareja masculina.

Ellas tienden a asumir grandes cargas de responsabilidad que ni se valora ni se paga ni se ve, lo que puede llegar a afectar gravemente su salud. Aparecen más posibilidades de desarrollar ansiedad o depresión. También suelen ser las que en mayor medida asumen el cuidado de los padres o de las personas dependientes cuando las hay.

Si es la pareja masculina quien se hace cargo de las tareas tradicionalmente pertenecientes al sexo femenino, el cotilleo se desata y se plantean preguntas que no aparecerían si hubiera sido la mujer quien se hubiera quedado en casa.

Ámbito social.

Se sigue discriminando, maltratando y vejando a la mujer por el solo hecho de serlo.

Las mujeres son víctimas de acoso sexual, violaciones, maltrato físico y psicológico, sutil o manifiesto en un porcentaje muchísimo mayor que los hombres.

Es trabajo de todos y todas cambiar esto.

Es nuestra responsabilidad dar luz a aquello que ha sido y es invisible.

Tenemos que trabajar juntos para desenmarañar los nudos de este sistema desigual.

Si te reconoces en alguna de las propuestas que te enseñamos, sobre todo si quieres cambiar esta forma de relacionarte con hombres y mujeres, en un próximo post te daremos pistas que puedas seguir para hacerlo.

De momento, te proponemos que observes si estás reproduciendo estos mitos y roles. Puedes estar haciéndolo a través del humor sexista, el control, la publicidad, el lenguaje, la anulación, los micromachismos, etc.

Aún de forma inconsciente, puedes estar contribuyendo a que el sistema patriarcal se perpetúe.

Navidades en pandemia.

Las calles de nuestras ciudades y pueblos están llenas de luces, bolas rojas, villancicos… señales de que la navidad ya está aquí.

Las fiestas navideñas, a parte del contexto religioso, son las fiestas de las relaciones familiares y sociales. Aceptamos que durante esta época del año nos reunimos con nuestros seres queridos para festejar y celebrar.

Es un momento en el que los reencuentros se producen con asiduidad y nos cargamos de vida social y familiar.

Reuniones con amigos a los que hacía tiempo que no veíamos. Cenas de empresa en las que aprovechamos para convivir y conocer de manera más distendida a nuestros compañeros de trabajo. Visitas a familiares que viven en otras zonas o ciudades.

Encuentros todos ellos cargados de regalos y detalles, con el deseo de ofrecer buenos sentimientos e intenciones.

Visto de esta manera, podríamos pensar que todos “somos felices” en Navidad, pero no es así.

Para muchos de nosotros es una época dura. Echamos en falta a seres queridos ausentes con los que nos gustaría poder compartir y celebrar.

En otras ocasiones sucede que las relaciones familiares no son buenas o incluso son fuente de conflictos y durante estas fechas sentimos la presión de tener que mostrar una imagen que no corresponde con nuestra realidad. El lema “mantengamos la fiesta en paz” nos genera estrés, ansiedad o angustia.

Debemos tener en cuenta que las circunstancias vitales de cada uno son distintas y propias y no se ponen en suspenso para celebrar. En Navidad todo sigue igual, nuestras circunstancias no cambian, nos acompañan y debemos lidiar con ellas.

Y, este año ¿qué?

Como cada año, comenzamos con los preparativos: ¿en casa de quién toca?, ¿qué preparo para la cena?, ¿debo llevar algo?… cuestiones que parecen no tener mayor trascendencia para algunos, mientras que para otros son de suma importancia.

Pero este año hay un elemento más con el que debemos contar.

La pandemia que vivimos desde mediados de marzo ha provocado que las autoridades dicten restricciones en los horarios. Se ha limitado el número de personas que se pueden reunir. Cada Comunidad Autónoma está aplicando condiciones especiales para las entradas y salidas. Todas estas novedades hacen que estas navidades vayan a ser peculiares, como lo está siendo todo el año 2020.

Estas circunstancias están provocando que el reencuentro familiar anual no se produzca con la normalidad a la que estamos acostumbrados, algunas personas se sienten molestas o no están de acuerdo con las medidas y directamente hablan desde el cabreo.

Curiosamente, otras personas lo están viviendo hasta con alegría y tranquilidad. Este año se ahorran el mal trago de las Navidades, evitan tener que acudir a reuniones que han sido siempre un compromiso no excesivamente agradable.

Una misma situación, visiones diferentes.

En esta Navidad atípica nos encontramos con visiones muy diferentes, directamente relacionadas con el autocuidado, la preocupación sana por la salud propia y ajena, la necesidad de contacto humano, etc.

Algunos han optado por afrontar esta navidad con mayor alegría, solidaridad y cercanía.

Han aceptado la situación, comprendiendo que las reuniones familiares y con amigos se harán con menos gente. Mantienen una actitud positiva y buscan alternativas para poder celebrar igualmente y transmitir esa cercanía en la distancia.

Otros están viviendo esta situación con angustia y ansiedad.

Sienten que asistir a estas reuniones les expondrá a situaciones en las que puede haber una mayor probabilidad de contagio. Piensan en su salud y en la de sus seres queridos y cercanos que pueden pertenecer a algún grupo de riesgo.

Este grupo no quiere defraudar a su familia, pero al mismo tiempo, no sienten la seguridad necesaria para poder salvaguardar su salud y la de las personas más cercanas.

Unos cuantos sienten que la Navidad no tiene sentido si no se reúnen con los familiares a los que llevan tiempo sin ver.

Para estas personas la Navidad es un momento importante en el que celebran la unidad y la cohesión familiar. No poder celebrar tal y como lo han hecho otros años les provoca tristeza y frustración, emociones que pueden ser difíciles de soportar.

Hay un último grupo que está viviendo esta situación como una oportunidad para escapar de compromisos familiares.

Son aquellos que reciben con alegría las instrucciones del gobierno que limitan la movilidad, el número de asitentes a reuniones, etc. Los mismos que todos los años aceptan y viven con angustia, enfado, tristeza o desgana las reuniones con familiares a los que no ven porque no tienen ningún interés en hacerlo. Este es su año.

Independientemente, de que te sientas identificado con un grupo u otro, te va a tocar aceptar la situación que estamos viviendo este atípico año. La esperanza es que se trata de algo temporal.

Ponemos todo el afán en que el 2020 acabe, esperando que el 2021 traiga cambios, novedades, cosas diferentes.

Estamos en continuo cambio y cada uno de nosotros tenemos la habilidad de adaptarnos a las situaciones que se nos van presentando en la vida.

Este año 2020 nos ha impactado a todos, mostrando nuestras características más fuertes y también las menos, las dos caras de una misma moneda que, en ocasiones, ni sabíamos que existían en nosotros.

A través de la observación propia, podemos aprender y evolucionar para obtener los mayores beneficios para nosotros mismo y para quienes nos rodean.

La clave para esta evolución está en la aceptación.

Aceptar que hay determinadas situaciones que escapan a nuestro control y sobre las que no podemos hacer nada.

Aceptación de que cada persona vive las Navidades de una forma diferente, con un significado y unas ganas distintas.

Mientras que nuestras relaciones, ya sean familiares, de amistad o de pareja, se basen en el respeto mutuo, podremos tener una convivencia tranquila, segura y enriquecedora.

No te sientas culpable por disfrutar de las restricciones.

Intenta no poner toda tu ilusión en reunirte con tus familiares en Navidad.

Procura evitar que la situación te supere.

Hay opciones, siempre las hay: se puede decir que no a las reuniones; puedes ver a tus seres queridos en otros momentos del año; eres perfectamente capaz de gestionar esta situación y otras que vengan.

Si crees que necesitas ayuda para llevar a cabo cualquiera de estas sugerencias que te ofrecemos, no lo dudes: autoregálate un proceso terapéutico por Navidad.

La “normalización” del acoso.

Bullying y mobbing son términos que todos conocemos, hasta el punto de que se han convertido en asunto de impacto social. El acoso, el abuso en todas sus formas se está haciendo cada vez más visible.

La visibilización de estos fenómenos ha provocado que se hayan generado movimientos y asociaciones. Asociaciones que buscan la prevención y la eliminación de todo tipo de acoso, en todos los ámbitos: escuelas, empresas, etc.

También han surgido espacios especializados para atender a las víctimas, proporcionándoles apoyo y acompañamiento. El trabajo de estos espacios es fundamental para minimizar las consecuencias físicas, mentales, psicológicas y emocionales que las víctimas pueden experimentar en las distintas etapas de su vida.

Esta visibilidad también ha facilitado que cuando alguien nos comenta que está sufriendo mobbing en su puesto de trabajo o que su hijo o hija está siendo víctima de bullying en su centro escolar, podamos comprender, aunque sea parcialmente, qué es lo que está viviendo.

Obviamente, si no hemos sido víctimas de acoso, no podemos ponernos en su piel. Podemos empatizar con ellos/as y con el sufrimiento que están experimentando.

El acoso no es algo puntual que sucede en un momento en el tiempo y luego desaparece. Más bien al contrario. Un niño/a víctima de bullying en la escuela muy probablemente será un adulto/a que víctima de moobing o maltrato de algún tipo.

Lamentablemente, tendemos a aceptar este tipo de maltrato. En algunas ocasiones y en ciertos ámbitos no lo cuestionamos, es algo que sucede, ha sucedido y no parece que vaya a dejar de suceder.

Nos mostramos indignados con el hecho. Expresamos lo incomprensible que nos resulta que alguien pueda ejercer este tipo de acoso hacia otra persona. Nos quedamos en eso. Solemos hacer poco por solucionarlo, especialmente si nuestro hijo o hija es la persona abusadora.

Como mucho, reaccionamos y ofrecemos apoyo, especialmente si somos víctimas o lo hemos sido o alguna persona cercana lo ha sido en algún momento. Pero no somos conscientes de que estos hechos de acoso no solamente se producen en el ámbito escolar y laboral. En la cotidianeidad de las relaciones sociales somos acosados y acosamos. En muchas ocasiones, de forma totalmente inconsciente, mantenemos y toleramos situaciones de acoso moral y psicológico que “preferimos” ignorar y no ver.

A veces, cuando alguien nos menciona que se siente mal ante el trato de un amigo, un cliente, un trabajador de un comercio, no le damos credibilidad ni importancia y le decimos que lo ignore. Excusamos y justificamos la actitud de esa persona, ninguneando el malestar que nos han expresado.

Según el Diccionario de la Real Academia de la lengua Española, el acoso psicológico o acoso moral es “la práctica ejercida en las relaciones personales, consistente en dispensar un trato vejatorio y descalificador hacia una persona, con el fin de desestabilizarla psíquicamente”.

Atendiendo a esta definición, ¿cuántas veces en nuestra vida diaria nos hemos encontrado involucrados en este tipo de situaciones? Ya sea como víctima, como ejecutor o como observador.

Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos participado en estos sucesos, de manera más o menos consciente, de forma más o menos voluntaria. Realmente ¿qué hemos hecho por cambiarlo? Entre poco y nada, porque no está visibilizado, categorizado, es algo “que le pasa a la gente”. Hasta que no ponemos una etiqueta a un suceso o a una situación cualquiera por injusta que sea, no la tomamos en cuenta o tendemos a minimizarla..

La sutilidad del maltrato en el día a día.

Las relaciones personales son aquellas en las que interactuamos con otra persona, independientemente del vínculo que tengamos con ella. Son el trato diario con el con el portero, nuestros vecinos, el conductor del autobús, la panadera, el del kiosco o quien nos pone un café cada mañana.

Los fenómenos de acoso e intimidación se producen a diario hacia aquellas personas a las que minus valoramos. Lo hacemos por diferentes motivos: su profesión, su forma de vestir, sus características físicas, el lugar en el que viven o por haber nacido o crecido en determinado lugar. Circunstancias todas o casi todas que son aleatorias en algunos casos o circunstanciales en otros.

Cuando se ejerce un acto de discriminación, de acoso o de vejación hacia otra persona, estamos provocando en ella una desestabilización psíquica. Si ésta se mantiene en el tiempo, puede tener consecuencias de alto impacto en su salud mental, emocional y psicológica.

En muchas ocasiones, estas situaciones no se perciben de forma clara; dudamos de la intencionalidad y podemos llegar a pensar que estamos malinterpretando las palabras y actitudes de la otra persona. Pensamos o interpretamos que son hechos puntuales y aislados y que esa persona está teniendo un mal día, ha cedido ante un acto impulsivo o no es consciente del malestar que sus actos provocan.

Puede que sea así pero, a veces, estas actitudes se mantienen en el tiempo y, de manera progresiva, van aumentando en intensidad y frecuencia. Esta escalada puede provocar en quien la padece normalice y acepte este maltrato, instalándose y provocando daños en su autoestima y autoconcepto.

Esto hace que nosotros mismos degrademos nuestra valía, colocándonos de forma inconsciente en una posición inferior. Esta forma de sumisión se produce inicialmente ante quien nos maltrata o acosa y puede llegar a generalizarse ante el resto de nuestro entorno o incluso ante la sociedad.

Por esto es importante que, en el momento en que detectamos este tipo de comportamientos, actuemos para ponerle fin. Cuando observamos cómo una persona es degradada, ignorada o ninguneada deberíamos saltar como un resorte para poner freno a la situación.

¿Qué puedo hacer si soy víctima de acoso?

Este tipo de maltrato y/o de acoso puede ser un hecho aislado o una actitud mantenida en el tiempo. En cualquier caso, es imperativo hacerle ver a la persona acosadora o maltratadora, que su comportamiento es inadecuado, agresivo, molesto, etc.

Es fundamental defender nuestro derecho a ser tratados con dignidad. Es importante mostrarnos seguros y recalcar nuestra valía y el respeto del que somos merecedores, de manera pacífica pero activa, con firmeza y seguridad.

Para ello, debemos poner en juego la conocida asertividad. Indicar con claridad lo que ha ocurrido, cómo nos ha hecho sentir y mostrando nuestra disconformidad con que repita.

Hay en casos en los que no nos sentimos con fuerzas para actuar y preferimos ignorar, aguantar lo que nos echen. Evitamos generar malestar en el otro o no provocar un conflicto y anteponemos su bienestar al nuestro.

En estas ocasiones, siempre podemos pedir ayuda, consejo, compañía para sentirnos más seguros en nuestras acciones. Sentirnos escuchados y acompañados nos da seguridad.

Pedir ayuda a un amigo, a un familiar, a nuestra pareja o incluso a un profesional, es un acto de valentía y fuerza. No debes avergonzarte por hacerlo. Si una situación nos provoca malestar, incomodidad o sufrimiento, debemos hacerla explícita y buscar la forma de solucionarla.

Está claro que hay muchos tipos de maltrato, de acoso, formas infinitas de hacernos sentir inferiores, raros, diferentes y de que esto nos genere malestar. Es fundamental, cuando estamos inmersos en una situación en la que nos sentimos maltratados, ninguneados, molestos permanentemente, asustados incluso, dar un paso atrás e intentar romper esa dinámica.

Darse cuenta de que estamos siendo víctimas de acoso o de abuso no siempre es fácil. Solemos justificar a nuestros maltratadores: son cosas de niños; fulanito es un borde; nuestra pareja ha tenido un mal día en el trabajo o nuestra madre ha perdido los nervios.

Maltratar no es una solución. Que nos maltraten no es justo, sano ni necesario. Se puede romper el círculo. Si necesitas ayuda, estamos para acompañarte.

¿Evitas los conflictos a toda costa?

Salvo excepciones, a nadie le resulta agradable y armonioso terminar una relación de pareja donde se ha querido a la otra persona y se han compartido momentos juntos.

Que te despidan de ese trabajo que sentías que te gustaba y en el que te esforzabas por hacerlo bien; que fallezca algún familiar o que te sientas descuidada por tu grupo de amigas, tampoco son situaciones en las que nos gusta estar y eso es perfectamente normal y sano.

Pero otra cosa diferente es negar lo que está ocurriendo, evitarlo y no procesarlo. El hecho de asumir lo que sucede y procesarlo hace que experimentes algunas emociones como la tristeza, la rabia o el asco que, una vez han pasado, te ayudan a que superes la situación.

Si no te permites sentir las emociones nunca superarás del todo lo que pasó.

¿Cómo saber si tengo un un problema de evitación?

Hay algunas pistas que te pueden ayudar a identificar si estás experimentando un problema de evitación:

  • Intentas no hablar de determinados temas porque te generan malestar.

  • Evitas las situaciones que crees que te van a suponer un conflicto con alguien aunque no hablar de lo que te pasa te hace sufrir.

  • Predominan en ti frases como “hay que seguir adelante”, “sufrirlo no me va a servir de nada”, “lo que hay que hacer es animarse”…

  • Piensas que el hecho de experimentar emociones te impedirá avanzar.

¿Por qué puedo ser evitativo?

Cuando en tu familia de origen tus padres no expresan ni validan algunas emociones, tú aprendes que hay determinadas emociones que no tienen lugar, que no se hablan ni se cuentan.

Cuando eras pequeño, al experimentar miedo o tristeza, recibiste frases como “tienes que ser fuerte y seguir adelante“, “no te sirve de nada estar triste/tener miedo”, aprendiste que esas emociones no tienen utilidad y aún ahora, crees que si no las reconoces ni expresas, desaparecen.

Que no te hayan mostrado la realidad como es y te hayan contando una historia alternativa para que así “no sufras/no te preocupes” como por ejemplo negarte la muerte de un familiar y decirte que se ha ido de vacaciones a un sitio lejano, no desarrollas recursos para afrontar los posibles acontecimientos negativos con los que te puedas encontrar en la vida.

¿Qué situaciones se suelen evitar?

Conflictos

Prefieres pasar por la vida sin hacer mucho ruido y no generar conflictos así que, aunque la situación no te agrade del todo, prefieres pasar en vez de expresar lo que te apetece, lo que piensas o lo que sientes.

Esto en el fondo te genera un gran malestar ya que sientes que no decides tú por ti, que no vives las situaciones como te gustaría que fueran.

Expresar lo que sientes.

No expresas lo que piensas y lo que sientes, consideras que te da igual cuando en realidad el hecho de ignorar lo que estás sintiendo y no atenderlo hace que los síntomas se manifiesten de otra forma: con ansiedad, mucha actividad, irascibilidad, insomnio, etc.

Es normal que en la fase inicial de un duelo se niegue lo que ha sucedido, es un mecanismo del cerebro para poder adaptarse a la nueva situación y procesar la pérdida, pero, por ejemplo, sería patológico seguir negando lo ocurrido cuando ya ha pasado un año.

¿Qué hago si tengo esta tendencia?

Al final cuanto más te conozcas y más entiendas de dónde vienen tus emociones, más cerca vas a estar de sentirte mejor contigo mismo/a.

Evitar lo que sientes, lo que te sucede o lo que eres, hace que te alejes de ti y por lo tanto puedas experimentar mayor ansiedad, estado de animo bajo, etc. En definitiva, acabar explotando y sufriendo más porque no estás escuchando y atendiendo a tus emociones.

Reconocerte en este texto o que hayan sonado campanas lejanas al leerlo te pude dar una pista sobre si eres una persona evitativa.

Comenzar a cambiarlo está en tu mano y en Quiero Psicología estamos para acompañarte en ese cambio.

homofobia

Homofobia intrafamiliar.

Desde fuera parece que casi nadie se plantea lo que implica para algunos/as compartir o hablar con normalidad sobre su orientación/expresión sexual.

Hay quien dice algo como “cuanta más normalidad le des, mejor”, “tampoco será para tanto, tienes que contarlo” y un largo etc.

Sin embargo, aún queda un largo camino hasta que a quién quieras amar o cómo quieras vivir no sea un tema de conversación “que se tenga que hablar”. Todo lo que se sale de “lo normal” sigue necesitando ser explicado.

La teoría dice que uno de los primeros pasos cuando “vives fuera de la norma” es comunicarlo a la familia. En el caso de tu orientación o expresión sexual, se supone que es lo más recomendable.

Hacerlo, hablar con tu familia y decirles quién eres y cómo quieres vivir debería ser algo sencillo y normalizado, aunque aún no lo es del todo, especialmente en según qué ambientes o familias.

Puede que experimentes taquicardia, mareos, ganas de llorar, síntomas de ansiedad, o cualquier otra reacción física en los momentos previos a decir “mamá, soy lesbiana” “papá, soy un chico y tengo novio”, “quiero hormonarme para ser mujer, no me siento hombre”, etc.

Por mucho que creas que conoces a tus padres o hermanos/as, algunas de las reacciones que veas pueden ser de sorpresa, incluso de shock. Una conmoción que puede durar días, incluso semanas.

Quizás actúen como si no les hubieras contado nada, estando en una fase de negación. Que tus familiares se sientan culpables también es una reacción que puede aparecer e ir dirigida tanto hacia la persona que habla de sus emociones (tú) con frases del tipo “vas por mal camino” o “te estás equivocando, eso no puede ser así”; hacia alguno de los progenitores “si es que lo has malcriado”, “siempre ha hecho lo que le ha dado la gana y mira”; o incluso hacia uno mismo “¿qué he hecho mal para que me salgas así?”, “la culpa es mía”, etc.

¿Qué sensación de seguridad o confianza en sí mismo puede desarrollar un niño si sus cuidadores principales le rechazan o maltratan?

En los casos en los que la homofobia es muy intensa, el rechazo inicial puede ser tan fuerte que existan conductas negligentes de padres-madres hacia los hijos/as. Es este el caso de La Veneno, ampliamente expuesto en la serie de televisión homónima que muestra una cruda realidad ante lo que fue un proceso de homofobia en el seno de una familia que maltrató a su hija por no sentirse varón.

El maltrato físico, psicológico o la privación de necesidades básicas son conductas que tienen un impacto muy negativo en el bienestar mental de una persona, especialmente cuando se dan en edades tempranas. Cuanto más joven, más profunda la herida.

La ira y la rabia que la víctima experimenta, toman fuerza y generan una situación de hostilidad, negando por completo la identidad de la persona, anulando su propio self y mandando un mensaje que invalida totalmente sus emociones, pensamientos, etc.

En otros casos, la homofobia intrafamiliar ocurre de forma más sutil. Quizás no existe un rechazo tan explícito pero se le da, por ejemplo, un carácter fatalista y tremendista a la situación: “me ha nacido así el niño…”. El discurso va cargado de indirectas que pueden hacer pensar que “estás mal”, “eres defectuoso/a” o “te pasa algo malo”.

¿Cómo puede crecer un adolescente al que sus padres-madres le niegan su propia identidad?

Las consecuencias que a nivel psicológico se observan en la víctima tras un proceso de maltrato o negligencia familiar por homofobia pueden ser:

Trastornos de ansiedad y/o depresión.

Aparición de conductas de riesgo.

Como pueden ser adicciones, autolesiones, impulsividad en las relaciones sexuales, etc.

Somatizaciones.

Problemas en la piel, enfermedades autoinmunes, tricotilomanía, alopecia, etc.

Fuerte conflicto ante la propia identidad.

Que puede llevar a tener miedo a ser homosexual, generar procesos de homofobia interiorizada, etc.

Miedo e inhibición del comportamiento.

Provocando una modificación consciente o inconsciente de determinados comportamientos que puedan hacer “que crean que soy gay”, “que digan que soy una marimacho”. Se busca la aceptación familiar y social mediante la supresión de la propia identidad.

Búsqueda de aprobación excesiva.

Lejos de “querer llamar la atención” y “querer montar un espectáculo” quizás lo que hay detrás no es más que la búsqueda primaria e incesante de apego.

La valoración y validación por parte de la familia es la primera puerta para aprender a querernos a nosotros mismos, a valorarnos, y a no estar dispuestos a aceptar cualquier cosa con tal de recibir algo de cariño.

El caso de La Veneno muestra la cruda realidad de un menor que fue desprovisto de cariño, afecto y acogida incondicional por el hecho de ser diferente. Las consecuencias posteriores hacen que ir a la deriva sea la única opción para mantenerse a salvo.

Falta de confianza en uno mismo.

O bien inflo mi ego de forma desproporcionada para llegar a creérmelo, o bien quiero que casi nadie me vea y pasar desapercibido/a.

Desgaste psicológico.

Provocado por la sensación de “alerta” constante que hay que mantener a causa del rechazo que existe alrededor.

Irritabilidad y/o hipersensibilidad.

Relacionadas con el desgaste psicológico mencionado ante una situación de acoso constante, bien sea real o imaginario por experiencias anteriores.

Todos estos “síntomas” no tiene que darse de forma generalizada, puede que te sientas identificado/a solo con algunas e incluso que estés experimentando otras que no aparezcan aquí.

Cualquier menor, sea cual sea su situación, necesita un vínculo seguro. Todo aquello que genere miedo, inseguridad, ambivalencia o incertidumbre, provoca un desajuste psicológico que afecta la vida de la persona desde el primer momento.

En un caso de homofobia, el maltrato intrafamiliar causa un daño que, si vivimos en una sociedad homofóbica que lo repite, retraumatiza haciendo mucho más complicado solventar las carencias iniciales que una persona pueda experimentar.

La falta de referentes, los escasos recursos de apoyo, la poca visibilización, los estigmas sociales y familiares, las leyes que intensifican los prejuicios o la normalización de la violencia al colectivo LGTBIQ+ se convierten en la continuación de una pesadilla que pudo haber empezado en la infancia.

Esto, inevitablemente, aumenta el bucle de malestar e insatisfacción y el recibir ayuda, si la familia falla, es vital para realizar un proceso de aceptación que lleve a las personas al bienestar interior y general.

Este es el aprendizaje y el legado que aquellos y aquellas que, como La Veneno, sufrieron la homofobia de la forma más severa nos han dejado: la importancia de ofrecer a nivel familiar y social respeto y aceptación sin peros ni porqués.

Si estás en un proceso en el que crees que tu familia puede rechazarte, en Quiero Psicología te ofreceremos un espacio seguro. Un lugar cercano en el que hablar y ser tú, sin condiciones ni etiquetas. Te acompañaremos en el proceso para ayudarte a generar los recursos necesarios que te permitan mantener tu equilibrio emocional.

lesbianas

El amor en el siglo XXI

Vivimos en una sociedad en la que el amor se ha convertido en algo de usar y tirar. Pensamos una relación como algo temporal y perecedero, sentimos que podemos saltar de relación en relación sin implicarnos demasiado emocionalmente. 

Esto no es un concepto nuevo, Zygmunt Bauman en su libro “Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos” habla justo de esto, de lo volátiles que son los vínculos que nos estamos acostumbrando a crear.

Esta es la época de la obsolescencia programada, que hace que todo tenga una vida útil determinada y luego se quede obsoleto. Ya no interesa que los productos duren para siempre, se busca que haya un consumismo constante.

Es justo por eso que estamos todo el tiempo expuestos a actualizaciones: el último modelo de móvil, la última lavadora, la nueva forma de planchar o el nuevo coche, son ejemplos que hacen que pongamos el foco en lo nuevo, en lo actualizado, antes que invertir tiempo y dinero en arreglar lo que ya tenemos. Cuando pedimos presupuesto para arreglar lo que se nos ha estropeado, podemos ver como muchas veces nos sale más rentable comprar algo nuevo y “mejor”.

Sale más económico comprar algo nuevo que reparar lo viejo.

Si llevamos esta idea a las relaciones, ¿te suena?

Esta prisa por “actualizarse”, por cambiar lo antiguo por algo nuevo y supuestamente mejor, puede haber creado en ti una sensación de incertidumbre e inestabilidad porque no sabías cuales eran las bases del vínculo ni dónde están o cuáles son los limites.

En tu relación, la otra persona, desde su individualismo, realmente no atendía a tus necesidades ni a las necesidades comunes. Aunque esto te generaba malestar te mantenías a su lado esperando que algún día fuera diferente. Sin hacer nada al respecto, claro está, sólo esperando un cambio ajeno a ti pero que podría cambiar tu relación.

Puede ser que hayas sido tú quien ha tenido esta necesidad de no querer etiquetar, de no poner en palabras lo que está pasando ya que así tienes la sensación de mayor libertad.

Las personas no somos objetos.

Sentimos, nos emocionamos y tenemos necesidades. Merecemos saber la verdad, conocer en qué punto está la otra persona y tomar conciencia de en qué punto estamos nosotros. Se trata de ser responsables afectivamente. Serlo para con los demás y, sobre todo, serlo para con nosotros mismos.

¿Has sentido que tu pareja no se responsabiliza de las cosas que no van bien en la relación?

¿Tienes la sensación de que prefiere pasar del tema y no comprometerse con el cambio?

¿Prioriza su necesidad individual de vivir algo placentero y prefiere no ocuparse de aquello que genere malestar?

Cuando hablamos de vínculos frágiles, hablamos de la incapacidad de permanecer en una relación, de lo fugaz del encuentro y de la búsqueda de otro diferente para que siga satisfaciendo esa necesidad de consumir. De consumir otra relación sin haber intentado estar de manera sincera en la anterior.

¿Te has encontrado en alguna situación donde tú querías tener algo más y la otra persona solo buscaba una relación sexual?

Por supuesto, al hablar de relaciones y de vínculos, también hablamos de sexualidad. El sexo se ha convertido en algo que tiene un fin en sí mismo: la obtención de placer. Lo placentero se consigue en el mismo encuentro y el homo consumens, busca encuentros sexuales sin implicación emocional.

Este concepto el de homo consumens, (utilizado por primera vez por Eric Fromm en su libro “Socialist Humanism”) refleja muy claramente el espíritu que queremos representar en este post: el hombre, la persona, cuyo objetivo principal no es poseer cosas sino consumir. Lo que sea. A toda velocidad. Una detrás de otra. También se pueden consumir personas, sexo, en vez de cosas.

Pero el sexo no es sólo placer o no tiene porqué serlo. Es una forma de estar con el otro, una forma de acercamiento, de ser junto a otra persona. En el sexo hay una implicación, del tipo que sea, y negar esta parte sería desvincularnos del concepto cuerpo-mente. Como diría Bauman, parafraseando a Milan Kundera, “la insoportable levedad del sexo” puede hacer que sientas confusión, desvinculación o disociación.

Vivir en una sociedad que promueve el consumismo no implica que tengas que ser consumista.

Es importante que seas consciente de lo que realmente necesitas, de si te estás sintiendo bien haciendo lo que haces o no, de si esa relación te esta generando una sensación de incertidumbre que no te permite estar seguro/a.

Tienes derecho a querer algo diferente, o al menos a replantearte lo que estás teniendo o has tenido. Puedes desear que haya sinceridad en tu relación. Sinceridad contigo mismo/a y sinceridad con la otra persona. Quizás necesites plantearte algunas preguntas:

¿Cuáles son las necesidades que tienes en tu relación? ¿son iguales para tu pareja? ¿cómo las satisfaces?

¿Cuáles son las bases de tu relación?

¿Dónde están los limites? ¿cuáles son los tuyos?

¿Cómo es la comunicación entre vosotros?

Puede que ambas partes hayáis acordado tener una relación abierta. Los límites son diferentes que si habéis acordado tener una relación donde el vínculo se limita a vosotros dos.

Quizás una necesidad de tu pareja sea que ambos paséis tiempo con su familia y para ti no es una necesidad e incluso preferirías no hacerlo.

En ambos casos es muy importante negociar las necesidades de cada uno y llegar a un punto en común.

Si vuestras necesidades personales no coinciden, habría que plantear cuáles son las bases de la relación, aquellas sobre las que se asienta el vínculo, sobre lo que descansa, lo que le sirve de soporte.

Es importante que sepas y busques lo que necesitas. A lo mejor un encuentro sexual cada dos semanas no es lo que te está satisfaciendo realmente, a ti te gustaría compartir más con esa persona pero sin embargo “aceptas” eso que te da, aunque sea mucho menos de lo que te gustaría tener.

Una vez que has reflexionado sobre el punto en el que estáis, en el que estás y en el que crees que está la otra persona, ¿por qué no hablar sobre ello?: “yo siento esto y necesito esto, ¿tú como te sientes respecto a esto?”. Tienes derecho a una comunicación sincera.

Una comunicación sincera implica hablar de cómo me siento y esperar que el otro me hable de cómo se siente, de forma sincera. Esto permite tener claro hacia donde ir, con cuidado y respeto.

Si conozco el punto de partida, puedo ser más consciente de la situación real y no invertir tanto tiempo en adivinar el pensamiento del otro: “no sé si querrá lo mismo que yo”, “parece que quiere una cosa pero luego hace otra”.

Busca lo que te haga sentir bien a nivel emocional, afectivo y sexual. El ser humano es un ser social y necesita al otro para sobrevivir. El otro es quién nos sirve de modelo, nos enseña a regularnos emocionalmente cuando somos pequeños, es el otro a través del que aprendemos a vivir en el mundo. Cuando somos adultos es el otro el que nos sirve de reflejo, nos acompaña, quien nos sostiene y nos cuida y el que nos debería respetar.

Si sientes que esa persona no te está acompañando, respetando y cuidando, quizá no estés donde deberías estar. Plantéate si la relación en la que te encuentras es la que te gustaría tener y qué puedes hacer para cambiar eso. ¿Por qué no nos llamas y hablamos de ello?

Adolescentes y pandemia.

La pandemia que estamos viviendo está teniendo consecuencias en todos los ámbitos de nuestra vida. El impacto laboral, económico y social es evidente.

Hemos tenido que cambiar nuestra forma de relacionarnos y de reunirnos con nuestros seres queridos y amoldarnos a las indicaciones que nos dictan las autoridades competentes.

Algunas personas han tenido menos problemas para adaptarse y aceptar y mantener las restricciones impuestas. Otras han sido incapaces de hacerlo, hasta tal punto que se han negado a cumplirlas y han continuado actuando como lo hacían antes de la pandemia.

¿Cómo está afectando esto a nuestros adolescentes?

Uno de los grupos sociales a los que más les ha costado adaptarse a la normativa es a la adolescencia y la juventud. En gran medida esto sucede por sus propias características generacionales.

Hablamos de un grupo de edad que se caracteriza, entre otras cosas, por un constante desafío hacia las figuras de autoridad.

Esto es debido a que están en pleno proceso de búsqueda de su propia identidad: necesitan sentirse diferentes, mostrar que no siguen al grupo al tiempo que buscan pertenecer a uno. Buscan sus propias características identificativas que les diferencien de la infancia y de los adultos. En este post, dejamos algunas pistas de lo que pueden estar experimentando nuestros hijas e hijas https://www.quieropsicologia.com/la-cuarentena-como-ha-afectado-a-nuestros-ninos-y-ninas/

Los y las adolescentes, en concreto, pelean, se enfrentan y cuestionan las decisiones que les afectan y que se toman sin contar con ellos, a pesar de que puedan ser beneficiosas o incluso necesarias.

¿Qué puedo hacer?

Imaginemos una familia en la que los padres, pensando en el bienestar de su hijo adolescente, crean unas normas de convivencia, horarios de llegada y tareas por cumplir.

Es más que probable que el hijo adolescente sienta que estas normas han sido creadas sin tenerle en cuenta y con el objetivo de coartar su libertad y su forma de expresión. Se enfrenta a sus progenitores negándose a cumplirlas y generando estrategias para poder saltárselas o esquivarlas.

Si esta situación la extrapolamos a lo que ocurre en este momento, podemos comprender que los adolescentes sientan que se les está ignorando. Tiene sentido que crean que se les está privando de una necesidad intrínseca a su edad: la socialización con su grupo. Un grupo de iguales con los que sienten identificados, que les comprenden y les apoyan incondicionalmente.

El cambio que podemos introducir es relativamente sencillo: si estas normas se crean a través del consenso y la negociación con el hijo adolescente, la probabilidad de que se cumplan y se respeten es mucho mayor.

Haciendo esto, incluyendo a nuestros hijos e hijas en la toma de decisiones que afecten al núcleo familiar, sentirán que se han tenido en cuenta sus necesidades e intereses y podrán comprender que determinadas limitaciones se han impuesto por el bien de la convivencia y para facilitar la seguridad de todos los miembros de la familia.

¿Cómo puedo hacerlo?

Necesitamos que nuestros jóvenes acepten las normas indicadas por las autoridades sanitarias. Que no expongan su salud y la del resto de la unidad familiar por el hecho de “estar con sus amigos”.

Obviamente es imposible incluirles dentro de la toma de todas las decisiones. Lo que sí podemos intentar es ofrecerles una explicación sobre lo que está sucediendo y el motivo por el qué se imponen estas limitaciones.

A la hora de transmitirles la información, debemos tener en cuenta que esta debe ser coherente, fundamentada y contrastada con fuentes fiables. Recordemos que nuestros hijos son expertos en buscar y encontrar la aguja de la noticia en el pajar de internet.

Una buena estrategia para que incorporen las normas a su forma de pensar, es permitir que sean ellos quienes realicen la búsqueda de la información. Utilizar su pericia con la tecnología puede ayudar a que se vean involucrados e implicados.

Una vez se haya obtenido dicha información, es fundamental ponerla en común entre todos los miembros de la familia. Que ellos sean los “portavoces” les ayudará a poder expresar cómo les hace sentir lo que ven, qué les preocupa y qué miedos tienen.

Este puede ser el punto de partida. Gestionarlo así puede ayudar a que, entre todos, se encuentre una forma respetuosa y adecuada de introducir esta normativa dentro de la rutina familiar.

Hacerlo así, de forma que todos se sientan implicados, atendidos y escuchados, permite que todos los miembros de la familia puedan expresar sus necesidades y deseos.

Como adultos, debemos entender que todas las normas que transmitamos como una imposición, van a provocar el rechazo de los adolescentes. Es importante transmitir lo que está ocurriendo desde la comprensión de sus necesidades. La validación de sus miedos y creencias nos ayudará a acercarnos a ellos y así facilitar el cumplimiento de normas.

Cuando los adolescentes sienten que son parte de la solución, que se han tenido en cuenta sus intereses y necesidades, cuando sienten que son escuchados, son capaces de involucrarse, de empatizar con las necesidades de los otros y de mostrarse colaboradores.

Nos encontramos en un momento complicado para toda la sociedad. Todos, de una forma u otra, hemos tenido que modificar muchas de nuestras rutinas.

Depende de cada uno de nosotros la forma en que manejamos esta crisis vital global. Podemos afrontarla o huir de ella. Podemos verla como una oportunidad para reflexionar y conocernos a nosotros mismos y a aquellos con quienes convivimos.

A través de la creatividad, de la comunicación, podemos transmitir a nuestros jóvenes y adolescentes que esta situación les puede hacer más fuertes, más capaces, con mejores y más recursos.

Observar y ver que otra forma de ocio y de relaciones son posibles, que no mayor cantidad significa más calidad.

Tanto adultos como adolescentes tenemos dos opciones: por un lado, podemos sacar lo mejor de nosotros mismos. Utilizar la búsqueda de información para desarrollar un pensamiento crítico y actuar en beneficio del crecimiento personal y social. Por otro, podemos dejarnos llevar por el miedo, caer en la rebeldía sin causa o en el desafío. Esto, probablemente, provocará malestar y sufrimiento a nosotros y a nuestro entorno.

Como siempre, tú eliges. Si necesitas ayuda para transitar el camino, no dudes en contactarnos, estamos para escucharte y apoyarte.

El sentimiento de abandono.

Has vivido situaciones en las que te invadía una tristeza enorme por sentir que no tenías a nadie, todos tenían algo mejor que hacer. Tú estabas a la espera de que alguien te avisara, te llamara o te mensajeara para tomar algo.

Quizás alguna vez hayas tenido la sensación de que tu pareja o amigas pueden “desaparecer” de tu vida sin avisar.

Tal vez te has planteado dejar tu relación antes de que rompan contigo para evitar el dolor y la incertidumbre de “cuándo” romperá tu pareja.

Es posible que quisieras en algún momento que todos/as a tu alrededor prestaran atención a lo que estabas haciendo o diciendo. Aparece una necesidad muy fuerte que te lleva a intentar captar la atención de los demás a toda costa para sentirte escuchado.

Si te has identificado con los párrafos anteriores, puede que experimentes la sensación de abandono y que ésta te haga sentir malestar en múltiples ocasiones.

Las formas en las que cada uno se siente abandonado pueden ser muy distintas.

Esta sensación, ¿la tienes identificada? ¿sabes de dónde viene?

Localiza la primera vez que te sentiste abandonado. Puede ser cuando tu padre se iba a trabajar todo el día, o la muerte de un familiar importante para ti o cuando tus padres se separaron hace años. Procesos de adopción, cuidadores que han consumido drogas y han sufrido adicción o un rechazo continuado en el colegio por parte de todos/as tus compañeros/as.

¿Qué crees que pudiste aprender cuando de niña te sentiste abandonada? ¿Qué mensaje te llegaba?

“No valgo para nada y por eso no quieren jugar conmigo”. “No lo hago tan bien y mejor que elijan a otro”. “El trabajo es mucho más importante que pasar tiempo conmigo”. “Ellos tienen su propia familia nueva, yo sobro y tengo que marcharme”. “He pasado por varias familias de acogida y ninguna quiso quedarse conmigo porque soy de otro país y no nos parecemos en nada”.

Lo que tienen en común estos pensamientos es que el foco de la responsabilidad o mejor dicho, de la culpa, está en ti misma. Te sientes la mala, la defectuosa, como si estuvieras un nivel por debajo del resto por tu procedencia, condición física, sexo, etc.

Hacerte responsable del abandono como si no te merecieras ser querida por algo que “está en ti” hace que la experiencia sea todavía más dolorosa.

¿Cómo pueda afectarte todo esto?

Sentirte inferior en tus relaciones.

En distintas situaciones, aparecen pensamientos como: “mis amigos no se acordarán de mi cumple porque no soy tan importante como fulanita para ellos”.

Inseguridad en tus vínculos.

Ideas como “seguro que aparece alguien mejor que yo y me deja algún día” te tienen casi permanentemente en un desequilibrio emocional que termina pasando factura.

Dependencia hacia determinadas personas como pareja o amigos/as.

Las figuras que cubran en ti esa necesidad de ser atendido tendrán tu admiración absoluta y esto puede llevarte a pensar que si no tienes a ese “alguien” en tu vida, nunca podrás volver a sentirte así de querido.

Conductas emocionalmente “adictivas”.

Del enganche emocional hacia una persona pueden surgir otras conductas: posesión, exclusividad o control. Exiges a tu pareja que sólo te mire a ti y a nadie más; no admites que entre ninguna otra persona en tu grupo de amigos; te sientes incómodo cuando no estás sólo con tus colegas, etc.

Pensamientos catastrofistas.

Te llevan a distorsionar la realidad negativamente y ponerte en lo peor. Reaccionas lo más negativamente posible: dejar tu relación antes de que la otra parte te deje; que te despidan y sientas que jamás volverán a quererte en otra empresa porque hay mil personas más capacitadas que tú, etc.

Adaptación y búsqueda inconsciente.

Sigues un patrón de comportamiento que te lleva a situaciones o personas que te hacen revivir el abandono. Relaciones en las que la pareja amenaza constantemente con dejarlo sin llegar a hacerlo o haciéndolo para volver, generando un bucle que conlleva malestar y a su vez un enganche.

Volviendo a pedir ayuda a tu madre cuando ésta comienza una relación sentimental, aún sabiendo que suele perderse durante días sin contactar con nadie.

Situaciones que ya has vivido y es a lo que estás acostumbrado, aceptas que tu vínculo es así.

Lejos de significar amor, esta dinámica causará daños en tu relación y sin duda en ti. Buscar de forma compulsiva el cariño o la atención en personas que no harán más que recordarte que te desatienden o se despreocupan de ti.

Emociones como miedo, tristeza, frustración, soledad, insatisfacción vital, etc, estarán presentes si mantienes este modus operandi toda tu vida.

Ansiedad, somatizaciones, incluso fobias o consumo de tóxicos pueden ser familiares para ti si te encuentras en este punto.

¿Qué puedes hacer?

Necesitas cambiar ciertas cosas de base:

Comenzar a comprenderte, escucharte, darte tiempo y cariño serán un buen remedio para este proceso. No estás así porque quieres, o porque tú lo decides o te lo inventes.

Estás en esta situación a causa de experiencias pasadas. Experiencias que no integraste en tu presente y siguen apareciendo de la forma más inconsciente o irracional posible.

Esquemas mentales disfuncionales por otros más ajustados a la realidad.

Canalizar la culpa y adjudicar un correcto locus de control a las situaciones vividas.

Responsabilizarte de aquello que pasa aquí y ahora, es en lo único sobre lo que tienes control y poder para cambiar algo.

Conocer tu tipo de apego. Saber de qué manera aprendiste a vincularte y, en caso de ser patrones inseguros, comenzar a crear vínculos basados en la confianza, la seguridad y el amor.

Técnicas de relajación para detener las ideas intrusivas y obsesivas que aparezcan en situaciones críticas que no hacen más que trasladarte a episodios antiguos y angustiosos.

Aprende a identificar tus emociones y necesidades, y también a comunicarlas al resto. Será mucho más sencillo hacerte cargo y que los demás te comprendan o ayuden.

Ante una situación desbordante que te genere un intenso malestar o que afecte a diferentes ámbitos de tu vida, lo más recomendable es comenzar una intervención psicológica. No tengas miedo a pedir ayuda si no puedes cambiar sola. En Quiero Psicología te acompañamos en este proceso.

abrazo

El perdón a uno mismo.

En nuestro día a día vamos realizando acciones, escogiendo diferentes caminos. Estas decisiones que tomamos siempre tienen consecuencias. Algunas veces son positivas y nuestro entorno y nosotros mismos salimos beneficiados. En otras ocasiones, las consecuencias dañan a quienes tenemos a nuestro alrededor y también a nosotros.

En un post anterior, te hablamos de perdonar a otros cuando nos hacen daño.

Todos cometemos errores. Fallamos o tomamos decisiones equivocadas, es algo inevitable. A partir de estos errores vamos aprendiendo y creciendo como personas, evolucionando, cambiando.

Cuando una de esas decisiones provoca un daño tal que nos hace sentirnos culpables, nos puede generar un sentimiento de culpa. Este sentimiento no siempre tiene connotaciones negativas: existe la culpa sana.

Culpa sana.

Cuando hablamos de culpa sana, nos referimos a la vivencia de la culpa de forma productiva y útil. Esta culpa nos ayuda a observar, a experimentar, a sentir la emoción y a aprender de ella.

Si nos permitimos sentir y escuchar esta emoción, podremos activar en nosotros un mecanismo fundamental para nuestra evolución: aprendemos a diferenciar, a crear conciencia de aquello que está bien o mal. “Gracias” a la culpa asentamos nuestras bases éticas y los valores que nos van a guiar en nuestra vida.

Sentir culpa implica ser conscientes de que hemos cometido un error y de que ese error ha provocado un daño. Gracias a esta emoción nos movemos, nos activamos para enmendar nuestros fallos.

Entender la culpa de esta manera es más sencillo cuando observamos las consecuencias negativas de nuestros actos en los demás. Ellos nos pueden mostrar su dolor y así generar en nosotros la necesidad de restaurar el daño provocado, lo que puede facilitar que el otro nos otorgue su perdón.

¿Qué ocurre cuándo a pesar de que el otro nos ha perdonado, nosotros no lo hacemos? ¿Qué pasa cuando nos hemos dañado a nosotros mismos?

En estos casos, puede suceder que la culpa se haya instaurado en nuestra vida, guiando nuestras acciones.

Cuando permitimos que esto ocurra y no somos capaces de perdonarnos, derrochamos energía en darle vueltas a una situación que nos genera emociones incómodas. Una situación que acaba provocando sufrimiento. La consecuencia es que paralizamos nuestro presente y limitamos nuestro futuro, impidiéndonos crecer y evolucionar. Nos quedamos estancados.

¿Cómo perdonarnos?

El perdón es un proceso, no un acto único. Y como todo proceso, debe existir un primer paso.

Este primer paso es darnos cuenta de que perdonando no estamos justificando la conducta que ha provocado el daño. Lo que hacemos es reconocer las emociones que surgen a causa de un error cometido y decidimos de forma voluntaria que pierdan fuerza en el presente.

Estamos cambiando la perspectiva de la situación vivida, y así obtendremos dos consecuencias directas:

  • Superar la resistencia al cambio.

  • Darnos permiso para avanzar.

Reconocer y asumir lo ocurrido.

En ocasiones, nos negamos a reconocer que nos hemos equivocado y a pesar de que aparezcan emociones de culpa y dolor, las bloqueamos. Asumir que no hemos actuado bien daña nuestro orgullo y el concepto que tenemos de nosotros mismos.

Por este motivo, además de entender que perdonar no es justificar, debemos reconocer y asumir que hemos cometido un error. No somos perfectos. Hemos hecho daño, intencionalmente o no a otro y/o a nosotros mismos.

Explorar y analizar lo ocurrido es fundamental para reconocer la verdad de los hechos y saber qué es aquello por lo que debemos perdonarnos. De esa forma, asumir las consecuencias negativas de nuestras acciones será más fácil.

Una vez observadas estas consecuencias, podremos arrepentirnos, sentir culpa y activar los mecanismos necesarios para subsanar, en la medida de lo posible, el dolor que hemos causado, independientemente de quién haya salido herido/a.

Explorar la motivación.

Un paso fundamental es conocer que nos llevó a actuar así. No buscamos una justificación, si no saber qué hizo que nos comportásemos de esa manera y así poder aprender. Este aprendizaje nos ayudará a actuar de forma diferente en el futuro.

En muchas ocasiones actuamos guiados por el enfado, el cansancio, la tristeza o la frustración. Nos dejamos llevar por estas emociones, permitiendo que tomen el control de nuestras acciones y perdiendo la conciencia de lo que ha ocurrido.

Observar qué emociones estaban presentes antes del hecho ocurrido nos llevará a poder contextualizarlo. Esto ayudará a comprender por qué dimos aquella respuesta y a observar las consecuencias. Ser conscientes de lo que pasó y de cómo nos afectó permitirá que modifiquemos nuestra respuesta.

Permitirnos sentir.

Somos seres emocionales. Ninguna acción, ningún pensamiento, se muestra sin que exista una emoción asociada. Bloquearlas, impedir que surjan, negarnos a reconocerlas, no va a hacer que desaparezcan.

Escúchate, sé consciente de ellas y aprende de las consecuencias de las respuestas que aparecen tras cada emoción.

Observando las situaciones pasadas desde esta perspectiva, podrás perdonar tus fallos o errores. Gracias a ellos puedes aprender, evolucionar y crecer.

Es importante también aceptar que en ese momento, actuamos en función del nivel de conciencia y conocimientos que poseíamos.

Gracias al perdón a uno mismo, esos conocimientos se van ampliado. Ya no vas a cometer el mismo fallo, siempre y cuando te permitas sentir la liberación que proporciona el perdón.

El perdón no es un proceso sencillo.

Cuando iniciamos el proceso del perdón debemos tener en cuenta que estamos ante un camino que puede tener altibajos y que no es lineal.

Cada uno tenemos nuestros tempos, nuestras circunstancias. Serán ellas las que nos permitirán evolucionar más o menos rápidamente. No te compares.

Es un trayecto que te va a permitir liberarte, avanzar para disfrutar del presente sin sufrimiento.

Gracias al perdón puedes descubrir qué hiciste mal, lo que puedes cambiar en el futuro. Puedes tomar las medidas necesarias para no volver a cometer el mismo error. Aprender está en tu mano.

Si este aprendizaje te resulta duro, si no eres capaz de encontrar el camino al perdón, no te preocupes. En Quiero Psicología podemos acompañarte para que aprendas a perdonar y a perdonarte.