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Operación bikini: frustración asegurada

Se acerca el verano y ya muchos se encuentran en la famosa operación “bikini”. Lo que podría ser un objetivo (como cualquier otra meta que podamos marcarnos), acaba derivando muchas veces en conductas desadaptativas y hábitos poco saludables como: dietas restrictivas y culpa al comer, ejercicio desmesurado, o expectativas poco realistas. No te preocupes…

Te damos 6 tips para rebajar tu nivel de ansiedad

Identifica si tu meta surge de ti o de tu entorno:

Como presiones sociales y estereotipos del “cuerpo ideal”:

¿Hay un cuerpo ideal para disfrutar de la playa o piscina? ¿Quieres cambiar tu cuerpo o es lo que se supone que se hace ahora?

¿Por qué es una meta ahora y no es un hábito que has querido implantar antes? Si tienes dudas al respecto, intenta limitar tu uso de redes sociales, especialmente con perfiles que normalicen este tipo de conductas desadaptativas, o al menos intenta seguir perfiles educativos y sanos. Por ejemplo, perfiles que fomenten el movimiento #bodypositive para normalizar todos los cuerpos e identificar estereotipos y mitos sobre la belleza y mensajes sociales de autoexigencia y odio hacia tu propio cuerpo.

Valora las expectativas que puedas tener:

Es cierto que un objetivo específico ayuda a motivarnos durante el camino, pero queremos ser realistas: Si crees que en unos meses puedes conseguir aquellos que en un año no has conseguido, puede que tengas que reajustar las expectativas del cambio esperado: “tal vez no tendré el estómago plano, pero puedo tener algo más hábito de deporte que antes”. ¿Qué es lo que quiero cambiar específicamente? ¿Mis hábitos alimenticios? ¿mi resistencia o nivel de ejercicio? ¿Mi cuerpo? Cuanto más medible y pequeños sea el objetivo mejor, siempre puedes aumentar tu objetivo si lo vas consiguiendo.

Ten en cuenta las resistencias:

Si no lo has hecho anteriormente, puede que sea porque es más complicado de lo que se pueda uno imaginar. Cambiar hábitos no ocurre de la noche a la mañana, sé consciente de los esfuerzos que estás dispuesto a hacer y del coste que tienen. Por ejemplo, puede que quiera adelgazar un par de kilos, pero si no estoy dispuesto a cambiar mi alimentación, ni mi nivel de actividad, ni experimentar emociones desagradables en ese reajuste, puede que esa estrategia no sea la ideal, o al menos de una forma extrema.

Sé compasivo contigo mismo:

Celebra los pequeños logros, si no ves los progresos que quieres, intenta averiguar si se trata de la estrategia que has utilizado (si puede cambiarse en intensidad o cambiar de estrategia por completo). No olvides que recurrir a un profesional, es una estrategia muy útil, especialmente si no se ven progresos. Puedes practicar esa autocompasión y aceptación con meditaciones o audios centrados en la aceptación y/o compasión. También, acepta las emociones como frustración o rabia que puedan surgirte, son señales que pueden ser muy útiles y luchar contra su aparición puede ser mucho más contraproducente.

Respecto a la alimentación:

Recuerda que no existe una solución mágica para perder peso, especialmente si la intención es no recuperarlo después: las dietas restrictivas pueden funcionar, pero pueden tener un gran impacto negativo en nuestra salud y ser poco efectivas a largo plazo. Intenta buscar una nutrición equilibrada o intuitiva: sigue perfiles de profesionales habilitados que promocionen ese tipo de alimentación o busca la ayuda de un profesional (nutricionistas, endocrinos…) que pueda conocer tus circunstancias específicas para aconsejarte mejor. Puedes probar comer con atención plena, para poder pausar la ingesta y ser más consciente de tus sensaciones físicas y sabor de la comida. No queremos obsesionarnos con la alimentación, solo aprender a alimentarnos con cariño y equilibro. Si crees que eso ya está pasando (cuentas calorías, realizas conductas de forma extrema para compensar, te privas de comer, etc.), es importante que busques ayuda profesional para trabajarlo.

Si estás intentándolo y experimentas alguna de estos síntomas, o simplemente crees que necesitas apoyo profesional para manejar todas aquellas emociones que se asocian a la ambigua “operación bikini”, desde el equipo de Quiero Psicología, estaremos encantados de ayudarte.

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La impaciencia cognitiva

Reinventarse es una cuestión que nos ha tocado hacer desde que empezaron los contagios por COVID-19. La vida, en ocasiones, nos da la sensación de ser frenética e imparable, haciendo malabares para llegar a todo tipo de planes posibles, entre lo social, lo laboral y lo personal.


Tomarnos una pausa y esperar pacientemente es bienvenido cuando se opta por ello de manera voluntaria. Sin embargo, estos nuevos tiempos nos ha obligado a frenar los ritmos de vida, modificar nuestros planes y manejarnos con lo único que tenemos claro, el presente.

No obstante, no vivimos desconectados y cada vez más, estamos aumentando nuestra focalización en las nuevas tecnologías y en las redes sociales. El mundo de internet sumado a la impaciencia de quererlo todo “ahora y rápido” esta ocasionando la denominada, Impaciencia cognitiva.


La impaciencia cognitiva hace referencia a la falta de atención sostenida, provocando el salto de tarea en tarea sin llegar a terminar ninguna. Los principales afectados por ella serían personas jóvenes y de mediana edad. La exposición continuada a los entornos digitales donde hay tanta información produce cambios dinámicos cognitivos en las personas.

La soledad ha dejado paso a una presencia permanente que nos interrumpe constantemente y en cualquier circunstancia, una presencia que se encarga en la mensajería instantánea, las redes sociales, el consumo compulsivo de información, etc.


¿Cómo nos puede perjudicar por lo tanto, este fenómeno?


• La falta de atención disminuye nuestra capacidad para tomar decisiones por nuestra propia cuenta y limita el pensamiento libre.


• La tranquilidad es necesaria para la concentración y la reflexión; estar en constante interrupción por el poder que ejercen las nuevas tecnología impide esa calma.


• Al ser víctima de la impaciencia cognitiva, resulta más complicado comprender ideas complejas.


La retención de información en la memoria también se ve afectada, si no hay focalización no se puede llegar a realizar el ejercicio de memorización.


• La falta de atención llega a afectar a las relaciones sociales.

Es importante resaltar que todo esto puede conllevar a una alteración de nuestro sistema basal, conllevando un trastorno ansioso. La impaciencia cognitiva ataca precisamente la atención superior, esa que potencia nuestra autoconciencia y las capacidades de crítica, deliberación y planificación.


Cuando saltamos de un estímulo a otro, solo capta nuestra atención aquello que consideramos peligroso o que tiene una gran repercusión emocional. De los 20 titulares por los que discurren nuestros ojos, solo nos atrapará aquel que genere una resonancia emocional. Por lo tanto, nos focalizaremos en aquello que consideraremos peligroso y se pondrán en marcha nuestro sistema de alerta fisiológico.


¿Cómo escapar de la cultura de la impaciencia?

Aprender a crear espacios de calma y tranquilidad en los que cultivar la paciencia.

No hace falta coger un fin de semana y escapar al campo para que seamos capaces de crear nuestro propio espacio de intimidad y relajación. Es decir, intentar buscar en los huecos disponibles de nuestro día a día un momento “refugio” aquella actividad, paseo o ejercicio que nos ayude a desconectar y centrarnos en el presente. Las técnicas de relajación y la respiración abdominal nos ayudarán a controlar las sensaciones fisiológicas y de ésta manera, también nuestra mente. Otros ejercicios que pueden ser beneficiosos son los relacionados con la atención plena. Por ejemplo, si notas ansiedad y la aceleración, céntrate en un objeto y descúbrelo como si fueras un niño pequeño, poniendo esa atención en la forma, color, olor, sabor, tacto, función, etc.


Reflexionar sobre nuestra vida y darnos cuenta de cómo esa ansiedad por tener resultados inmediatos nos puede llevar a veces a tomar decisiones precipitadas.

Una vez hecha las reflexiones y ser conscientes, necesitamos ponerlo en práctica. Poniendo fuerza de voluntad acabaremos consiguiendo un nuevo patrón de conducta, poco a poco. Elige un aspecto pequeño de tu vida cotidiana en el que hayas detectado que tienes poca paciencia. Regula la situación mediante auto-instrucciones que te permitan controlar el impulso nervioso (“no tengo motivos para tener prisa, puedo intentar hacerlo con calma”).


A medida que vayamos notando los efectos y beneficios de practicar la paciencia, nos iremos motivando y podremos pasar a ampliar el entrenamiento a otra actividad cotidiana… y luego a otra y luego a otra. De esta manera se estarán produciendo nuevos automatismos. Podremos observar la agradable sensación de tener el control y entonces no nos importara esperar para retomar determinadas actividades o planes que teníamos planificados.

Si necesitas ayuda para poder retomar el control, no dudes en acudir a un profesional de la psicología. Nosotras estamos aquí para ayudarte a ello.

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Maltrato psicológico: el gran invisible

¿Cómo lo identifico?

Muchas veces en esta sociedad seguimos pensando o asimilando que el maltrato grave es el maltrato físico. No es raro escuchar cosas como:

Ah ¿pero fulanito maltrata a fulanita? pero… ¿le pega?

Y esa pregunta se hace para saber si realmente es tan «terrible» lo que le ocurre a fulanita.

Pues empecemos por desbancar ese mito: el maltrato psicológico es uno de los más graves que puede ocurrir en una relación. Este tipo de maltrato cuando ya te han anulado, vejado y eres poco más que invisible es el que puede llevar (o no) a maltrato físico porque así ya no te defenderás, estarás totalmente sometido.

La violencia que hace que la persona, tu amiga, tu madre, tu amigo, tu hermana o tu primo desaparezcan delante de ti y ya no sean «ellas mismas» es el maltrato psicológico.

Ese maltrato puede ser más evidente, pueden ser insultos, comentarios terribles, desplantes delante de los amigos o de los compañeros de trabajo… Pero el más peligroso es del que hablaremos después que es el maltrato psicológico pasivo.

Pero ¿cuál es el mejor indicador de que estás sufriendo maltrato psicológico?: El cómo te sientes. Si sientes que todo lo que dices/haces está mal, o que hará enfadar a la persona que tienes delante, si te sientes juzgado, estás constantemente en tensión, ya no tienes la misma alegría, y te cuesta ser tu mismo, por no decir que has dejado de serlo… Plantéate qué o quién te está haciendo sentir así.

El maltrato psicológico pasivo: el más silencioso.

Puede que a pesar de que te estén maltratando y te sientas como te acabo de indicar nadie se está dando cuenta, y más aún, encima nadie te apoye, te digan que quizá exageras, que lo que le pasa a tu novio o a tu jefe es que estará estresado, y normalicen comportamientos que a ti te hacen muchísimo daño.

Esa es una de las grandes tácticas del maltrato psicológico pasivo: nadie lo verá, te sentirás aún más solo/a y lo peor de todo, te hará sentir que has perdido la cabeza, que te estás volviendo loca/o.

Pasivo significa que no hace cosas «activamente» sino lo contrario: que deja de hacer cosas (como hablarte) o que hay cosas que no cuadran unas con las otras.

Aquí te pongo alguna de las tácticas más frecuentes de este maltrato:

Rechazar la comunicación directa

Si no hablo contigo te doy a entender dos cosas: o que has hecho algo mal que me ha enfadado o que me has dejado de importar, que ya no cuentas para mi.

Si te dejo de hablar pero niego la existencia del conflicto «no pasa nada», «no sé qué me hablas», etc. Hago que el otro se plantee qué estará haciendo mal y rellene los huecos de información que le faltan echándose la culpa de todo.

Por lo tanto, acabo hundiendo a la persona en un mar de dudas y de culpa solamente con dejar de dirigirle la palabra, tardar mucho más de lo normal en contestarle a sus mensajes, estar de morros pero no decir porqué…

Normalmente esto hace que la víctima se intente comunicar por todos los medios, sobre todo el escrito y ponga grandes parrafadas que se pueden utilizar en su contra para tacharlo de loca/o.

Mentir

Pero si la mentira fuera directa y cruel la gente podría ver qué pasa y no sería un maltrato tan invisible. Normalmente las mentiras son difíciles de pillar y van disfrazadas de mensajes incoherentes.

Por ejemplo, alguien declarado feminista, que lanza grandes peroratas sobre la igualdad de la mujer pero luego maltrata a su pareja, o alguien que dice: «las mujeres son muy pesadas» para a continuación decirte «pero no es a ti en concreto, no sé porqué te pones así».

Por supuesto aquí debemos meter también a los infieles que niegan totalmente la existencia de dicha infidelidad, incluso aún cuando les están pillando hacen sentir a su pareja que son unos delirantes exagerados.

La paradoja

Hay una gran diferencia entre el discurso y lo que se hace. La gente menos allegada compra ese discurso y te hace sentir que eres tú el que está juzgando mal. Si todo el mundo dice que tu pareja es un tipo fantástico ¿cómo va a ser mentira? Dicen que es buena persona, si a ti te habla mal debe ser tu culpa o que le pillaste en un mal día… Si a todo el mundo le parece un jefe estupendo porque compra pizza, debe ser que tú eres muy estricta con quedarte más allá del horario laboral.

A veces la distancia de estos mensajes es también el tono, te pueden decir algo muy violento con una sonrisa en la boca, o se pueden burlar de ti en un tono serio.

Muchas veces no se produce ni si quiera una discusión a gritos, pero tampoco hay conversaciones reales para aclarar lo que ocurre. la víctima se va llenando de dudas y dudas y ya no sabe si es que ella está equivocada o si realmente le están maltrando.

Divide y vencerás

Ya sabemos la forma de maltrato clásico donde la víctima se la aísla de su entorno por los celos, el: «no veas a tu familia», «es que siempre estás con tus amigas», » si sales de fiesta eres muy puta»…

Pero hay otras formas de aislar ala víctima, por ejemplo dando pena, si cada vez que tú sales tu pareja se pone triste, o justo tiene un bajón ese día… Al final optarás por no salir para cuidarle.

Y otra de las formas es utilizar el sarcasmo, la burla o el desprecio, pero no solo para hablar de tu familia o amigos muy mal o para que acabes en su paranoia alejándote de ellos, si no al revés, puede inventar chismes sobre ti, o ponerte a parir o incluso usar bromas «anodinas» sobre lo histérica que eres, etc, que te hacen quedar mal con tus amigos o tu familia. Al final no es que tú te alejes de ellos sino que ellos también se alejarán de ti.

¿Qué hago?

Si has visto varias de estas tácticas y manipulaciones en una persona que tienes cerca, como tu pareja, tu amigo, tu jefe… debería plantearte bien esa relación, saca una lista de todas las cosas malas que te hace sentir, desenmascara sus artimañas, escribe sobre ello, cuéntalo a gente que pueda ser objetiva sobre esa persona…

Pero si crees que tú solo/a no puedes o que tienes ya consecuencias en tu estado de ánimo o tu autoestima en Quiero Psicología estamos para ayudarte.

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Enfermedades psicosomáticas: cuando el cuerpo habla

Es probable que al leer el título del post te hayas preguntado qué son las enfermedades psicosomáticas. Para entenderlo mejor, pondremos dos ejemplos.

Imaginemos a una mujer que durante unos meses ha sentido dolor en una mano. Ha sufrido un periodo de estrés agudo en el que ella no ha reparado. Ante esa preocupación, acude a diversos médicos y tras varias pruebas no hay explicación orgánica para su molestia. Es posible que continue por una peregrinación a diferentes especialistas sin obtener una respuesta.

Imaginemos ahora a un hombre recientemente separado. Su mujer ha roto la relación y él no se esperaba esta decisión. Se ha aislado de su entorno y siente mucha rabia constante desde que ocurrió. Ha sufrido un infarto de miocardio.

Estas situaciones se diferencian en que en el primer caso la persona está sufriendo una dolencia que no puede explicarse desde un diagnóstico médico. En el segundo caso, la afección psicosomática se presenta en forma de enfermedad (infarto). A su vez también tienen algo en común y es que ambas pueden ser abordadas desde la medicina psicosomática, puesto que en los dos casos los factores psicológicos están implicados.

No hay mente separada del cuerpo.

¿Qué es la psicosomática?

Inicialmente el término “trastorno psicosomático” se refería a aquellas enfermedades cuyo inicio estaba relacionado con factores psicológicos. En su concepción más actual, no se reduce a eso, sino que se considera que el desarrollo de una enfermedad surge en un sistema donde el cuerpo, el individuo y su contexto están en constante interacción. De hecho, la OMS define la salud, no como ausencia de enfermedad, sino como “un estado de completo bienestar físico, mental y social”.

¿Cómo se presentan en nuestra vida?

Es más que probable que en determinado momento de tu vida hayas sufrido problemas de acné repentino. No es casualidad que muchos síntomas físicos sean dermatológicos, es la superficie que nos separa del entorno y donde se plasman las emociones. De ahí frases como “tienes la piel muy fina” “tengo la carne de gallina”.

En el siguiente listado, aparecen los tipos de enfermedades psicosomáticas más frecuentes.

  • Diabetes
  • Afecciones gastrointestinales: síndrome de intestino irritable, úlceras
  • Afecciones cardiovasculares: hipertensión, infarto de miocardio.
  • Dermatología: acné, eczemas, psoriasis, alopecia areata, dermatitis
  • Trastornos del sueño
  • Aparato respiratorio: ej. asma
  • Dolor crónico: Fibromialgia, artritis reumatoide
  • Migrañas, cefaleas tensionales

Factores influyentes en la vulnerabilidad a las enfermedades

Experiencias tempranas y estrés:

En las primeras experiencias vitales cualquier elemento resulta novedoso y requiere de una respuesta para su adaptación y posterior integración. Numerosos estudios han relacionado la importancia de las figuras de apego para la regulación de estas primeras experiencias. Si el cuidador principal no traduce esta experiencia en elementos entendibles para el menor, este evento generará miedo y desconcierto y asumirá creencias erróneas sobre sí mismo y el mundo. A veces afectará generando una hiperactivación del eje de estrés y también se ha observado que en función de la experiencia puede generar una baja activación del mismo como una forma de desconectar de la situación y tener cierta seguridad. Sea como fuera, su implicación futura es importante ya que, si tanto por exceso como por defecto el cuerpo no reacciona en proporción con la carga de estrés, no se produciría la adaptación adecuada dejando al cuerpo en una situación de alta vulnerabilidad.

Eventos traumáticos:

Cuando una situación supone un alto impacto emocional hay una desconexión con la parte del cerebro que integra toda la información de la experiencia, pero quedará recogida en el cuerpo en forma de sensaciones. El trastorno psicosomático es el lenguaje del cuerpo cuando no podemos poner en palabras algo que nos sobrepasa. Se bloquea el sufrimiento, pero se abre una puerta a la expresión mediante la enfermedad del cuerpo.

Red de apoyo social:

La red de apoyo es un factor de protección de la salud puesto que ayuda a disminuir los niveles de estrés y por ende disminuye la vulnerabilidad a enfermar. Indudablemente, si se ha desarrollado enfermedad tener una red de apoyo ayuda a soportar el impacto emocional que supone recibir un diagnóstico y puede contribuir favorablemente al curso de la enfermedad.

Factores de protección de la salud:  

Hace referencia a la relación de estilos de vida insanos y el desarrollo de enfermedades frecuentes como por ejemplo la diabetes.

¿Cómo puede ayudar la terapia?

Como hemos comentado el estrés juega un papel fundamental en el desarrollo y evolución de las enfermedades, por lo tanto, la terapia puede ayudar a adoptar estrategias de afrontamiento más adaptativas y adquiriendo herramientas para el control de la activación.

También se ha relacionado la presencia de trastornos psicosomáticos con la alexitimia (literalmente significa “sin palabras para las emociones”). Desde la terapia se puede abordar trabajando en la regulación emocional, puesto que ayudar a identificar y a gestionar las emociones va a contribuir a que disminuyan los niveles de estrés y malestar.

Señalamos al inicio del post, que la mente y el cuerpo son un todo en sí mismo. Desde esta visión podemos entender que trastornos comunes como la ansiedad y la depresión van a dejar al cuerpo en una situación de vulnerabilidad por el propio desgaste de hacer frente a la situación de malestar. Asimismo, desarrollar una enfermedad con frecuencia se relaciona con la presencia a posteriori de ansiedad y/o depresión. Por tanto, la terapia puede ayudar a abordar esta sintomatología con el fin de disminuir su interferencia en su día a día y aumentar la calidad de vida de la persona.

Es importante ver en qué contexto y momento se ha desarrollado la enfermedad, puesto que a veces el órgano dañado es un símbolo, como si el cuerpo supiera algo que la mente no.

En estos casos, la terapia puede ayudar a acceder a este evento traumático, poder procesar la información e integrarla con su propia historia.

Si ahora estas sufriendo una enfermedad y te has sentido identificado con lo comentado, desde Quiero Psicología podemos ayudarte.

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El impacto emocional de la Guerra en Ucrania

La Guerra en Ucrania es una situación que nos está afectando, tengamos familiares o amigos en Ucrania, y seamos de la nacionalidad que seamos. Muchas personas, especialmente aquellas con lazos con el país y aquellas altamente sensibles, se sienten sobrepasadas por el clima actual.

Algunas consecuencias que se pueden experimentar son:

  • Pérdida de esperanza o fé en la humanidad. Para muchos, la rapidez con la que ha escalado la situación, así como la guerra en sí, parece surrealista. Es fácil que las creencias de que el mundo tiene sentido, la gente es buena o el mundo es seguro, se puedan quebrar en estos momentos.
  • Emociones desagradables intensas. Según obtenemos más información al respecto de los eventos, podemos experimentar emociones de impotencia, injusticia, rabia, tristeza o desesperanza. Aun siendo emociones muy desagradables, son reacciones adaptativas ante una situación tan excepcional como la que estamos viviendo. 
  • Miedo, inseguridad, incertidumbre y ansiedad. La cercanía del conflicto no quiere decir que éste no pueda impactarnos: desde pensamientos catastrofistas de cara al futuro o dejar de lado metas que teníamos planteadas, por la inseguridad creada por la situación.

¿Qué puedo hacer para gestionar estas emociones?

Intenta obtener información solo de fuentes fiables y evita la sobreinformación:

Puedes limitar las veces que lees noticias al respecto; o, si surge el tema de conversación en tu entorno, explica tus límites, si no te sientes a gusto hablando del conflicto. Puede surgirte culpa al respecto, pero recuerda que tienes derecho a no querer saber, especialmente si es información sensacionalista y dado el desgaste emocional que hemos tenido en los últimos años.

Se ha demostrado que el cerebro reacciona más intensa y rápidamente a los estímulos negativos y los recuerdos desagradables se guardan en la memoria a largo plazo más fácilmente que los recuerdos agradables. Nuestro cerebro está predispuesto a fijarse y recordar lo negativo, para protegernos. Sé amable contigo y recuerda que esas emociones de injusticia y de rabia son naturales ante la situación.

Esas creencias que pueden verse afectadas no tienen que ser tan extremas:

Recuerda que también existen personas que están volcándose para ayudar en este conflicto y que tú también puedes ayudar, si decides hacerlo y en la medida que desees: Puedes buscar asociaciones o entidades que estén colaborando: puedes ser voluntario, donar dinero, ropa u otros artículos de primera necesidad.

Intenta no anticipar consecuencias o futuros desenlaces de la guerra, céntrate en lo que estás viviendo tú en el momento presente y no dejes de realizar actividades agradables para ti o continuar con tus metas, aunque sea a un ritmo diferente.

Si tienes familiares o amigos en Ucrania, es natural que estas emociones que se han mencionado sean más intensas: Intenta ponerte en contacto con ellos, intentando no anticipar si la respuesta no es inmediata y centrarte en solo que sí sabes que está pasando. Si alguien de tu entorno tiene familiares o amigos allí, recuerda que solo estar acompañando o disponible para escucharlos y apoyarlos ya puede ser de gran ayuda (¡siempre mientras te sientas cómodo haciéndolo!).

Si te sientes sobrepasado por la situación, no dudes en ponerte en contacto con nuestro equipo: en Quiero Psicología, estaremos encantadas de ayudarte.

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Tips para afrontar la soledad

¿Qué es la soledad?

La soledad, palabra que asusta, palabra que siempre queremos evitar, y es que. la soledad impuesta es uno de los mayores miedos que tienen los seres humanos. Soledad, según el latín, significa la “cualidad de estar sin nadie más”. Es curioso que el latín la exprese como una “cualidad”, pues, llegar a disfrutar de la soledad es una gran cualidad y habilidad.

No obstante, vivimos en una sociedad frenética, donde las redes sociales y el ritmo de vida nos impulsa a estar constantemente en movimiento o realizar actividades con otras personas. Los adolescentes y jóvenes adultos son los que principalmente se ven sometidos al estrés social, sintiendo un gran malestar si no consiguen tener un grupo de amigos con los que salir todos los fin de semana o realizar viajes entre otras actividades. Además, las redes sociales que encontramos en internet, dan una falsa sensación de realidad, donde las personas se muestran siempre contentas y activas, ya que, mostrarse apenado o estudiando no resulta atractivo. Esto incrementa la ansiedad por relacionarse.

La soledad emocional

Tampoco podemos olvidar que la soledad emocional está vinculada a la incomprensión e inseguridad. Es decir, podemos estar rodeados de gente que si no, nos sentimos comprendidos y valorados mantendremos esa sensación de soledad. Por otro lado, si tampoco hemos realizado un ejercicio de introspección y autocuidado, en muchas ocasiones, estaremos necesitando las valoraciones externas y el ambiente social para sentirnos queridos, de esta manera, cuando carecemos de planes que realizar en compañía, sentiremos una inmensa tristeza y abandono.

El COVID-19 y la aparición de sus constantes variantes nos ha obligado a bajar los ritmos de vida, disminuyendo significativamente el ocio y entretenimiento, alejándonos también de nuestros seres queridos. Esto está provocando que una de las mayores demandas en las consultas psicológicas, ansiedad ante la soledad.

Aprovecha la soledad

Los seres humanos somos sociales, pero también somos los únicos seres capaces de adaptarse a cualquier ambiente que se le plantee. Por ello, hay que comprender que realmente, la soledad, no es ni buena ni mala en sí, todo depende de como la abordemos. Es cierto que fomentar un circulo social tiene beneficios positivos en nuestra salud mental y física. Esto, no significa que la soledad no se pueda aprovechar e incluso disfrutar, ya que, nos permite tener más tiempo para nosotros mismos y autodescubrinos, permitiendo un espacio para cambiar todos aquellos objetivos que tenemos en la vida. Algunos tips que nos pueden ayudar para afrontar el sentimiento de soledad:

  • Reconoce tus miedos: Identificar ese miedo y validarlo nos permite poder utilizarlo para encontrar una motivación de vivir cada vez más el momento presente, de esta manera también nos damos cuenta que no estamos solos en este sentimiento y que hay muchos individuos que se encuentran con las mismas preocupaciones que nosotros.
  • Escucha a tu cuerpo y a tus emociones: Estos te darán la pista que necesitas para entender de donde vienen esos miedos y que es lo que puede subyacer a esa ansiedad ante soledad.
  • Organiza tus prioridades.
  • Tomate tu tiempo para crecer personalmente.
  • Hazte preguntas: “¿Qué quiero?”, “¿Qué necesito?”
  • Exposición a realizar actividades en solitario, por ejemplo, se puede empezar por ir al cine solo, comer en algún bar solo, o dar largos paseos por el parque e incluso, ¿Por qué no hacer ese viaje que tanto deseas, en solitario?

En ocasiones, este sentimiento de soledad se puede ver desbordado, por ello, no dudes en acudir a una profesional en Quiero Psicología que te pueda orientar y guiar, además de hacer ese ejercicio de autobservación que nos puede ayudar a comprender esas creencias que están causando los miedos ante la soledad.

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¿Qué estilo de apego tengo?

En numerosas ocasiones, escuchamos frases como “este niño está muy apegado a sus padres” o “mi pareja tiene demasiado apego hacia mí”, sin embargo, ¿en qué se traducen estas frases?, ¿el apego es algo bueno, o algo de lo que avergonzarnos?. ¿Qué definimos realmente como apego?

Para comprender esta teoría, en primer lugar, necesitaremos echar la vista atrás  y pensar en un bebe recién nacido. Cuando un bebé nace, todos coincidiremos en que estamos ante un ser dependiente. Este bebé dependerá de sus cuidadores para lograr cubrir sus necesidades, como ser alimentado, mantener su higiene y ser reconfortado.

En otras palabras, cuando nacemos, somos seres dependientes, necesitamos ser cuidados para sobrevivir, debido a la inmadurez de nuestro cerebro. De hecho, somos la especie que más depende de sus cuidadores para desarrollar estrategias de afrontamiento y lograr autonomía.

A consecuencia, el apego se define como el vínculo afectivo que se establece entre el niño y sus cuidadores. Este vínculo tiene como objetivo la supervivencia del niño, que como hemos dicho previamente, es inmaduro y dependiente.

Este vínculo comienza a desarrollarse ya desde la gestación y los estudios científicos coinciden en que aproximadamente termina de establecerse en torno a los 7 meses del bebé.

¿Cuál es el problema? Que no todos los cuidadores tienen la capacidad para desarrollar un vínculo afectivo adecuado con sus hijos.

Como hemos visto, el término apego suele utilizarse indistintamente para expresar una vinculación. Sin embargo, existen diferentes tipos de apego y no todos serán adecuados.

Estilos de apego

Apego seguro

Este estilo de apego se desarrolla cuando los progenitores establecen una base segura con su hijo, respondiendo adecuadamente y de forma coherente a sus necesidades. Para ello, se mostrará como una figura de cuidado disponible, capaz de atender y cubrir las necesidades físicas y emocionales de su hijo.

De esta forma, se establecerá una sintonía entre las demandas de los hijos y las respuestas de los padres. Se trata de progenitores que empatizan y conectan con las necesidades individuales de sus hijos, haciéndoles sentir atendidos y reconfortados.

Cuando un niño desarrolla un apego seguro, mostrará curiosidad y seguridad para explorar su entorno, pudiendo desarrollar así su propia autonomía y una base segura que le permitirá establecer en un futuro, más vínculos afectivos.

Apego inseguro

Si bien un niño dependerá de sus progenitores o cuidadores para poder cubrir sus necesidades y sobrevivir, porque no tiene la madurez suficiente ni las capacidades para poder hacerlo por sí solo, podemos encontrar estilos de crianza que no sean capaces de cubrir adecuadamente estas necesidades.

Anteriormente, explicamos que la parentalización se definía como el proceso de inversión de roles donde los hijos ejercían de cuidadores de sus propios progenitores. Estos niños, que no pueden recurrir a sus padres para cubrir sus necesidades y ven como estos no tienen la capacidad para atenderles, desarrollarán un tipo de apego inseguro.

Existen 3 tipos de apego inseguro:

Apego evitativo

Este tipo de vínculo surge ante progenitores con dificultades para manejar estados emocionales. Ante esta incapacidad, tienden a ignorar y desatender las necesidades emocionales de sus hijos, por lo que no conectan con las emociones de los niños, no etiquetan ni interpretan los estados emocionales que muestran y por tanto, no facilitan la expresión emocional.

A consecuencia, los niños desarrollan dificultades para entender sus propios estados emocionales, empatizar con las emociones de los demás y expresar cómo se sienten. Aprenden que para ser atendidos, deberán evitar temas de conversación con contenido emocional, por lo que se centrarán en actividades más lúdicas, el ámbito académico o en pasar desapercibidos.

Habitualmente se convierten en seres muy independientes y con miedo a relaciones que implican intimidad.

Apego ansioso-ambivalente

Este estilo surge cuando los cuidadores responden de forma inconsistente, caótica e incoherente a las demandas de sus hijos. Esto provoca que el niño no pueda predecir cómo van a responder sus padres, provocando por tanto, inseguridad y un elevado grado de ansiedad y angustia.

Muchas veces, estos padres atenderán a sus hijos en función de cómo se encuentren, dependerá por tanto, de su estado emocional. Son padres que también muestran dificultades para gestionar sus propias emociones, por lo que primero priorizan cómo se sienten ellos, sin tener en cuenta que como hemos explicado previamente, los niños son seres inmaduros y dependientes.

Un ejemplo de este estilo de crianza sería la sobreprotección, donde los padres priorizan sus propias necesidades, ignorando las de sus hijos, impidiendo que el niño explore el mundo de una forma segura.

Por ende, estos niños suelen ser vistos públicamente como niños miedosos, demandantes e insistentes. Sin embargo, esto es fruto de la angustia que sienten, al haber sido criados en un ambiente impredecible e inconsistente.

En la edad adulta, estos miedos repercuten en sus relaciones sociales, especialmente las de pareja, ya que se trata de personas con miedo al abandono, inseguridad y baja autoestima.

Apego desorganizado

Este vínculo ocurre cuando la figura de cuidado es por un lado, fuente de protección, pero a su vez, fuente de peligro y dolor para el niño.

Hablamos de padres con grandes dificultades para gestionar emociones, sin inteligencia inter ni intra personal, que en ocasiones padecen un trastorno psicológico, han sido también criados en ambientes hostiles y traumáticos, etc.

Este estilo de apego es el menos prevalente en la sociedad y el que mayor interferencia psicológica produce.

Nos referimos a padres con un estilo de crianza inestable, contradictorio, negligente y con ausencia de conexión con las demandas que requieren sus hijos.

El niño observará que sus padres, las figuras que deberían cuidarle y proporcionar una base de seguridad en su crecimiento, son paradójicamente las mismas que le provocan malestar y dolor. Por lo tanto, estos niños verán a sus progenitores como una amenaza.

Se estima que aproximadamente, solo un 60% de la población ha podido establecer un estilo de apego seguro con sus cuidadores. Si te has podido sentir identificado con estos patrones de crianza y reconoces dificultades a la hora de relacionarte con tus amistades o pareja, desde Quiero Psicología podemos ayudarte.

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Los vínculos tóxicos con la familia

Muchas veces escuchamos, “Es que es tu padre, intenta hablar con él…..” “Es que es tu madre, seguro que lo hace por tu bien….” “Es familia, y la familia es lo más importante, pase lo que pase tienes que perdonar….”

¿Quién dice que hay que conformarse? ¿Es necesario tener que mantener una relación familiar que nos hace sentir malestar e inseguridades? La única verdad es que nadie puede elegir la familia en la que nace, así como podemos desarrollarnos en ambientes sanos y estructurados, también podemos encontrarnos en un ambiente desestructurado y tóxico.


En ocasiones, las características de vínculos tóxicos dentro de la familia pueden pasar desapercibidos, o bien porque se da por hecho la autoridad de determinados miembros como abuelos o padres, o por la propia cultura y sociedad que crea un tabú ante ello. Aquellas características más significativas dentro de las relaciones tóxicas en una familia son:

Nula privacidad:

No se respetan los espacios vitales de cada miembro ni sus propias necesidades. Suelen ser relaciones construidas desde la autoridad cuyo objetivo es satisfacer las necesidades propias. Esto llevara acabo actitudes de sobreprotección o de agresión que incapacitará el desarrollo emocional normal.

Comportamientos extremos:

En estos comportamientos extremos podemos encontrar la sobreprotección y el abandono, ambos pueden generar relaciones de dependencia con apego ansioso o inseguro que se manifestará en la manera de crear nuevas relaciones en nuestra vida adulta, semejantes a los que conocemos.

Falta de comunicación:

Evitar hablar tanto de los problemas como de los conflictos tiene un gran impacto en nuestras emociones. Se enseña que las emociones como la tristeza y el enfado se tienen que guardar como si no existieran, lo cual, acabarían acumulándose como una olla a presión que tarde o temprano puede explotar, conllevando consecuencias psicológicas y emocionales en un futuro. A veces, las familias evitan hablar de situaciones complicadas con intención de no preocupar o no generar malestar, no obstante, mirar hacía otro lado nunca fue una buena opción.

Rigidez mental:

Los miembros de la familia con conductas y pensamientos inflexibles en ocasiones no permitirán que los cambien. Suelen ser relaciones de dominación. Esto nos puede llevar a la frustración sin saber como podemos mejorar dichas relaciones.


En ocasiones nos vemos obligados a mantener la relación familiar por diferentes motivos como la
dependencia económica. Lamentablemente, no podemos cambiar a las otras personas, pero si
podemos cambiar nuestra manera de actuar ante ellos y posicionarnos.

¿Qué podemos hacer por nuestra parte para frenar el daño que se sigue causando?


Utilizar la empatía: ponerse en los zapatos de la otra persona no significa que tengamos que someternos, sino escuchar y aceptar la posibilidad de que no pueda se llegue a otros entendimientos. Esto no implica que dejemos de actuar por nuestra propia libertad.


Manifestar el respeto y proteger el propio espacio: es muy importante que le demos el valor que se debe a nuestro espacio personal.


Aprender a marcar límites, decir que NO: primero de todo, hay que comprender, que decir que “No”, no significa querer menos a alguien o hacerles daño. Si te sientes obligado a tener que realizar algo que realmente no te apetece, puedes decir que no y valorarte. Si esto genera a alguien malestar, cada persona es responsable de sus emociones y como gestionarlas.


Siempre respeto: el respeto hacía los demás y hacía uno mismo es fundamental. Con un lenguaje asertivo y respetuoso, evitando los conflictos, tenemos todo el derecho a comunicar aquello por lo que no estamos dispuestos a pasar. Ese lenguaje asertivo y firme permite que los demás entiendan tus necesidades y la nueva manera de relacionarte con ellos.


Paciencia: aprender a esperar y pensar antes de actuar es una gran habilidad que ayuda a relacionarnos de manera positiva y sana. Las actitudes impulsivas, los gritos y las exigencias tienen que dejarse de lado y no reforzarlas atendiéndolas, pues todo ello conlleva conflictos innecesarios.


Estas pautas no siempre son fáciles de poner en práctica y tendremos que pedir ayuda externa como los profesionales de la psicología para que nos guíen y llevarlas a cabo, en Quiero Psicología podemos ayudarte.

Recuerda que el autocuidado también consiste en poder desvincularte de aquellos lazos que puedan ser tóxicos sea o no sea en un contexto familiar.

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Volver a casa por Navidad

¿Cuántas películas tienen como gancho la vuelta a casa por navidad?, ¿cómo son las emociones que nos venden los anuncios en estas fechas? Felicidad, abrazos, nostalgia….

Si bien hace una semana exponíamos cómo los compromisos navideños y sociales de estas fechas podían afectar a nuestro estado de ánimo, pudiendo provocar emociones desagradables como enfado, ansiedad o vergüenza; hoy queremos centrarnos en la extraña sensación de volver a tu ciudad de origen o casa familiar por navidad.

Esto se da en personas que durante el resto del año viven en otro domicilio, y especialmente nos referimos a las personas que viven en otra ciudad o país, alejados de su familia. Este distanciamiento puede ser por motivos laborales, legales, afectivos o simplemente, por decisión personal.

Si bien no nos gusta etiquetar, esta sensación ha recibido el nombre de Síndrome de regresión navideña por la prensa. Esto no quiere decir, por tanto, que sea un diagnóstico, ni mucho menos una patología, sino que es una sensación más habitual de lo que creemos en la población.

Esta no es mi habitación.

Después de meses fuera de casa, de ser autosuficiente económicamente y tener tu propio alojamiento… llegas a casa de tus padres y te toca dormir en tu habitación de la infancia. Todavía quedan algunos peluches y posters de tus ídolos adolescentes en las paredes. La cama es pequeña y la decoración ya nada tiene que ver con cómo eres.

Incluso habrá familias que habrán dado otro uso a la habitación, quizás ahora sea un despacho o vestidor, por lo que ya no contarás con un espacio propio para ti.

Ante esta situación es habitual experimentar recuerdos del pasado, nostalgia, pero también vergüenza, tristeza o incluso enfado. Percibir esa falta de vinculación con tus antiguas pertenencias y ver cómo todo ha cambiado puede provocar un pequeño proceso de duelo.

¿A qué hora vuelves?

Una vez independizado, lejos quedan las preguntas de ¿con quién sales esta noche? o las advertencias del tipo “ten cuidado y vuelve pronto”. Sin embargo, la vuelta al hogar familiar puede traer de vuelta ciertas exigencias que quedaron atrás hace mucho tiempo.

Si bien tus estrategias de afrontamiento han cambiado, puede que tus padres sigan manteniendo las mismas rutinas y normas, que por alguna razón, dejaste atrás y afortunadamente, has olvidado.

Esto puede generar conflictos y provocar una sensación de regresión al rol de niño del que huiste.

Todo es igual, pero nada es lo mismo.

Quieres volver a ver a esas amistades que hace tiempo que no ves, poneros al día y disfrutar de un buen rato juntos. No obstante, resulta que algunos de ellos están fuera, otros están con su pareja y el otro grupo ya tiene planes.

Si bien esto puede resultar un tanto exagerado, al igual que tú has tenido la oportunidad de madurar, vivir nuevas experiencias y cambiar (como podemos apreciar cuando volvemos a nuestra vieja habitación), debemos asumir que nuestras antiguas amistades también lo habrán hecho.

Es muy común que el viejo círculo de amistades haya cambiado, quizás se haya reducido, o que ahora también se incluyan parejas, gente nueva, etc. También se podrán apreciar cambios de gusto, de identidad, de opinión política… no podemos pretender que todo siga igual que lo dejamos.

Esto no tiene por que suponer un límite, de hecho, puede resultar incluso enriquecedor. No obstante, es importante ajustar las expectativas previas al viaje, ya que si nosotros hemos cambiado, no podemos exigir que nuestro entorno social siga igual y gire en torno a nuestra vuelta.

¿Cómo afrontar la vuelta a casa?

Por mucho que los anuncios nos vendan felicidad, volver al hogar no tiene por qué ser algo placentero.

Regresar puede reactivar viejos estilos de apego, y hay que tener cuidado e identificarlo, deberemos poner en práctica todo lo trabajado hasta ahora en terapia.

  • Marca límites con asertividad: Ya no eres el niño que montó esa cama y decoró esas paredes. Explica tu necesidad de privacidad expresando tus emociones, a través de los mensajes yo, y no hace falta que respondas a todas las preguntas que te planteen.
  • Dedícate tiempo a solas y fomenta el autocuidado: Pasar de vivir de forma independizada y autosuficiente a convivir con la familia bajo sus normas, puede resultar estresante. Todos necesitamos un tiempo a solas para conectar con nuestras necesidades y emociones. Si ves que tienes dificultades para obtener esa privacidad en casa de tus padres, sal a dar una vuelta, haz ejercicio o practica alguna actividad que no podrías hacer en otro momento o lugar.
  • Aprovecha para compartir tus cambios y conocer los de los demás: Afortunadamente, las experiencias van moldeando nuestra personalidad y poco a poco vamos forjando nuestra identidad. Es probable, y beneficioso, que ya no seamos como nuestra familia o incluso viejas amistades nos recuerdan, lo mismo nos pasará con ellos. Dedica este tiempo para compartir ideas y si esto resulta una fuente de conflicto, recuerda, no estás obligado a estar de acuerdo con todos y tienes derecho a proteger tu intimidad.

Por mucho que nos vendan los beneficios de la navidad, para muchas personas supone toda una serie de obligaciones y un importante estresor. Es un periodo breve donde socialmente nos empujan a juntarnos con gente que habitualmente apenas vemos, desplazarnos a otras ciudades u hogares, etc. Sin embargo, debemos recordar que por suerte o desgracia, tiene fecha final.

Recuerda que no estás obligado a seguir esas tradiciones si no lo deseas, y si no eres capaz de poner límites a tu familia siempre puedes contar con nuestra ayuda experta.

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Aprende qué es el Mindfulness

Quizás conozcas a alguien a tu alrededor que te haya dicho que está practicando mindfulness, o incluso es posible que te hayan aconsejado realizarlo, pero…

¿Qué es Mindfulness?

En este post te lo explicaremos, veremos sus beneficios y de qué forma puedes empezar a incluirlo en tu práctica cotidiana.

Antes de explicar qué es Mindfulness, vamos a ver con unos simples ejemplos qué no es. Imaginemos que estamos en el trabajo y comenzamos a pensar en cómo organizar el próximo viaje que tenemos en mente y una vez que estamos en nuestro destino comenzamos a pensar en todo lo que tenemos que hacer a la vuelta. O estamos con un hambre voraz y al sentarnos a comer empezamos a pensar en aquello que nos dijo un amigo que nos molestó ¿Qué tienen de común estos dos escenarios? Un exceso de futuro y pasado y una absoluta desconexión del presente. Digamos que lo opuesto a Mindfulness es esa falta de conciencia plena, sería cómo esa tarde de domingo que no terminas de saborear por estar pensando en el lunes que se avecina.

Evolución del Mindfulness

“Mindfulness” en su concepción más antigua, datada en 1921, proviene de la traducción al inglés de la palabra Sati, que en el idioma pali (en que están escritos las enseñanzas de Buda) significa conciencia, atención y recuerdo. Todo ello se entiende como la intención de ser consciente y dirigir la atención a nuestra propia experiencia.

Desde su adaptación a la psicoterapia occidental, se han incluido otros elementos a esta acepción antigua considerando el no juzgar, la aceptación y la compasión. John Kabat-Zinn merece una especial mención, pues fue él quien extendió la aplicación de la práctica del mindfulness al campo terapéutico y lo definió del siguiente modo “es la conciencia que surge de prestar atención intencionalmente en el momento presente y sin juzgar, a las experiencias que se despliegan a cada momento”.

Mindfulness rema en dirección contraria al piloto automático que todos llevamos encendidos en mayor o menor medida. No obstante, a veces se puede caer en el error de visualizar esta práctica como una persona aislada meditando sin sentir ni padecer y es exactamente lo contrario.

No se pretende dejar la mente en blanco sino tomar conciencia de nuestros pensamientos. Tampoco pretende perseguir un estado de felicidad utópica, sino aceptar las emociones desagradables sin tratar de defendernos de ellas, lo que conllevará a no aumentar el sufrimiento innecesario que surge de la evitación del malestar.

Bajo el paraguas de la palabra “mindfulness” están englobadas diferentes meditaciones y ejercicios que complican entender qué es exactamente. Podemos encontrar la meditación basada en la concentración donde se centra la atención en un elemento central que a menudo suele ser la respiración o una frase/palabra recurrente. Es cierto que la meditación va implícita en la práctica del mindfulness, pero en vez de concentrar la atención en un punto se centra en ser consciente plenamente de nuestra experiencia. La meditación mindfulness hace referencia a un proceso de introspección (vipassana bhavana) que incluye observar cómo divaga nuestra mente y tomar conciencia para volver al momento presente. Es habitual que nuestra mente se vaya a otros lugares y en casos, volver a la respiración facilitará el proceso retomando la atención plena en nosotros.

¿Qué beneficios tiene la práctica de la atención plena?

Como hemos señalado, se potencia una apertura a nuestra experiencia interna sin juzgarla. Esto supone aceptarla y por tanto bajaremos nuestros escudos para dejar de defendernos de aquello que genera malestar (pensamientos negativos, emociones desagradables). Mediante este proceso disminuye la rumiación en torno a nuestros pensamientos, conlleva a menores niveles de ansiedad y a una mejor regulación emocional. Su práctica continuada conlleva en definitiva a un mayor bienestar y por ello es aconsejable que comencemos a emplearlo.

Trabajando tu yo-compasivo.

La práctica del mindfulness puede ayudarnos a trabajar las heridas emocionales que se reabren en nuestra vida actual incluso sin llegar a ser conscientes. Imaginemos que estando en el trabajo ante una elevación de voz vemos que un compañero se paraliza y desde una posición externa no entendemos lo desproporcionado de su reacción. Esto ocurre porque a menudo nuestro cuerpo responde de una forma instintiva obedeciendo a nuestra experiencia previa y a los esquemas que hemos ido construyendo. Nuestro cuerpo reacciona desde nuestros propios pensamientos como si fueran un hecho. Aquí puede comenzar una ardua batalla para tratar de suprimir esas sensaciones y emociones desagradables. Por ello hay que andar en dirección contraria, permitir que las emociones ocupen el espacio que se merecen y ser más bondados@ contigo.

Para favorecer este distanciamiento con los pensamientos y alejarte del dialogo de tu “yo problemático” (invalidante, critico etc.) primero adopta un rol de observador que te ayude a conectar con la realidad actual, centrándote en describir objetivamente lo que ha ocurrido. Luego mantén un dialogo más amable contigo mismo por ejemplo diciéndote las cosas que le dirías a tu mejor amig@ si se estuviera hablando de una forma tan negativa.

Aplicaciones en la vida diaria

La práctica del mindfulness es algo que se puede cultivar. Por ello, te proponemos una serie de ejercicios para que los incluyas en tu día a día.

  • Comer con conciencia plena: Como veíamos en el ejemplo del comienzo, a veces nos sentamos a comer y terminamos sin haber saboreado apenas la comida. Para disfrutar de este momento con plenitud te proponemos el siguiente ejercicio. Antes de tu próxima comida, siéntate delante del plato y haz varias respiraciones. No te apresures a comer, simplemente contacta con el momento, observa lo que te rodea. Elige un alimento sólido para poder hacer esta práctica, como por ejemplo una manzana. Cógela con la mano y observa el movimiento de llevarla hasta tu boca. Presta atención a la función de los dientes y la lengua, saborea, no tengas prisa, incluso puedes frenarte cumpliendo un mínimo de masticaciones (ej. 20) antes de tragar y finalizar el primer bocado. Es posible que te resulte difícil, pero seguro que tomarás conciencia de las veces que has dejado de “saborear” esta experiencia.
  • Meditación tumbada: Antes de comenzar el día puede ser un buen momento para realizar este ejercicio. Aprovecha para hacer unos estiramientos y luego pon atención plena a la respiración. Conecta con ella y recorre tu cuerpo centrándote en cada parte desde la cabeza a los pies. Si hay alguna zona que te moleste, respira y siéntela. Pon atención al momento presente, permítete sentir las diferentes emociones que aparecen y observa como van variando tus sensaciones.
  • Mindfulness visual: Póngase de pie delante de una ventana y elija un objeto. Durante la exploración no trate de ponerle una etiqueta a lo que ve, (ej. Un coche), simplemente aprecie sus características como por ejemplo qué color/es tiene, si emite algún sonido, qué forma tiene, qué textura imagina que tendría, si hay diferentes partes en él. Piense si alguna vez ha tocado ese objeto, qué sensaciones le podría transmitir. No abandone esta practica hasta que piense que ha conectado con él todo lo que podría. Si durante el ejercicio la mente sus pensamientos se dispersan a otro lugar que no sea el ejercicio, tome conciencia de ello y vuelva al presente.

La práctica del Mindfulness puede formar parte de la terapia. Si estas pasando por un mal momento desde Quiero Psicología podemos ayudarte a poner en práctica éstas o a encontrar las herramientas que te funcionen.