síndrome-impostor

¿Qué es el síndrome del impostor?

¿Alguna vez te has sentido culpable tras haber sido seleccionada para un empleo?, ¿te preocupa no estar a la altura de tu puesto de trabajo?, ¿crees que no mereces tener éxito laboral y estás engañando a tus jefes?

Si la respuesta es afirmativa, probablemente sufras lo que comúnmente se conoce como el síndrome del impostor.

Este fenómeno social, lejos de ser una patología o un trastorno, se caracteriza por la sensación de no ser merecedor del éxito personal o laboral y por tanto, sentirse culpable y con miedo de no poder cumplir las expectativas.

Si te identificas con esta sensación, coincidirás en que en muchas ocasiones has experimentado ansiedad y preocupación de que se “descubra” que no estás a la altura de ese puesto, y que por tanto, eres un fraude o impostor.

Las personas que experimentan este fenómeno, sienten que sus compañeros de trabajo o jefes han sido engañados, y que su desempeño no está a la altura de las responsabilidades que conlleva su puesto. A consecuencia, quienes padecen el síndrome del impostor suelen permanecer en una alerta y preocupación constante, con el fin de no ser “descubiertos” y tratan de estar a la altura de las expectativas que ellos mismos han generado.

¿Quiénes padecen este síndrome?

Normalmente, hablamos de personas muy autoexigentes y perfeccionistas, que ya desde la infancia han sido sometidas a ambientes de mucha responsabilidad y exigencia, provocando baja autoestima e inseguridad.

Estas personas se caracterizan por un alto grado de responsabilidad y autocrítica, ya que no han podido crecer en un ambiente reforzante. Es común que estas personas se hayan desarrollado en un contexto donde pocas veces se premiaba el esfuerzo porque nunca era suficiente, o se omitían las emociones.

Por ende, y aunque parezca paradójico, son personas que a pesar de haber conseguido grandes logros a nivel académico y laboral a través de su esfuerzo, creen que sus logros se deben al azar o a factores ajenos a ellos. Creen que no son dignos de merecer ese reconocimiento.

Habitualmente, estas personas se ven envueltas en un círculo vicioso: Ante la preocupación de no estar a la altura de su puesto laboral, suelen aumentar sus esfuerzos para paliar su ansiedad. Sin embargo, este sobre esfuerzo acaba generándoles aun más preocupaciones y mayor ansiedad, aumentando por tanto, su inseguridad.

¿Patología o fenómeno social?

No obstante, como ya hemos dicho antes, el síndrome del impostor no es una patología que figure en los manuales de psiquiatría, sino un fenómeno cultural y social, por lo que no es casualidad que mayoritariamente lo experimenten mujeres.

Durante años, a través de la sociedad heteropatriarcal en la que vivimos, las mujeres y los hombres han sido educados para desempeñar diferentes roles, quedando la mujer relegada a un plano más doméstico o familiar.

De esta forma, las mujeres internalizan una serie de esquemas sociales sobre cómo han de comportarse, qué se puede esperar de ellas y qué rol pueden desarrollar en la sociedad. Parece que cuando una mujer escapa de alguno de estos estereotipos está quebrantando una serie de reglas sociales no escritas, defraudando a la imagen que se espera de ella.

Esto no solo afecta, por tanto, a nivel laboral, sino que también puede dar pie a problemas de autoestima que acaban generando inseguridad con el propio cuerpo, con la relación de pareja o con el rol de madre/hija. Por lo tanto, es habitual experimentar emociones de culpa, ansiedad y vergüenza.

¿Cómo podemos superarlo?

Si coincides con las sensaciones descritas anteriormente, no padeces ninguna enfermedad, estás experimentando una serie de pensamientos irracionales que responden a las demandas de la sociedad actual.

  • Identifica tus fortalezas y tu trayectoria profesional, ¿cuánto tiempo y esfuerzo has invertido para llegar donde estás? Pregúntate si realmente es cuestión de azar o si estás recogiendo los frutos de tanto esfuerzo.
  • Normaliza tus errores y asume que somos seres en constante aprendizaje. La experiencia se obtiene a base de preguntar, equivocarse, repetir y practicar. Tus compañeros o superiores también comenzaron siendo inexpertos en ese puesto.
  • ¿Qué es lo peor que puede pasar?. Preguntante si las consecuencias que anticipadas van a ser tan catastróficas como temes y la escasa probabilidad que hay de que eso ocurra.
  • Focalízate en el presente y disfruta de tus logros. Si has llegado hasta esa posición es gracias a tu valor, conecta con las emociones agradables que supone tu éxito.

Con todo, si te has sentido identificada con este post y te gustaría reducir tu malestar, desde Quiero Psicología estaremos encantadas de darte las pautas necesarias para manejar esta sensación y permitirte saborear el éxito que te mereces.

ciberacoso

Cuando la Violencia de Género es Online

Como ya hemos hablado en anteriores post, la era digital ha cambiado nuestra forma de relacionarnos y comunicarnos con los demás. Hoy en día, podemos establecer vínculos afectivos a pesar de la distancia física, conocer a gente mediante aplicaciones, compartir nuestros recuerdos y tener nuevas alternativas de ocio.

Sin embargo, estos cambios también han dado pie a nuevas formas de ejercer violencia.

Recordemos, que la violencia de género implica una relación asimétrica y de dominio que puede darse en múltiples formas: Violencia física, sexual, psicológica, económica, reproductiva… y que además, esta violencia puede darse de forma activa y/o pasiva.

A consecuencia, a raíz del auge de las nuevas tecnologías, ha surgido una nueva forma de ejercer violencia.

Ciberacoso

Este fenómeno se caracteriza por ejercer una relación de dominio a través de las nuevas tecnologías. Implica insultar, ridiculizar, amenazar o acosar a otra persona mediante redes sociales.

También se incluiría la suplantación de identidad, donde el acosador puede hacerse pasar por esa persona y difundir mensajes falsos o compartir información privada de la víctima.

Actualmente, como ya sabemos, los teléfonos móviles forman una parte imprescindible en nuestras vidas. Ahí guardamos fotos, información íntima, conversaciones con amistades, accedemos a redes sociales, etc.

Es por esto por lo que ejercer ciberacoso constituye una violación a nuestra privacidad y un total acceso a nuestra información.

La violencia online puede verse reflejada en diferentes formas:

Sexting no consentido:

Este fenómeno proviene del acrónimo sex (sexo) y texting (chatear), ya que consiste en comunicarse o enviar fotos de contenido sexuales a través de mensajería instantánea.

Estas acciones pueden formar parte de la intimidad de una pareja. Sin embargo, cuando estas imágenes de contenido sexual se difunden sin consentimiento alguno, estamos hablando de violencia, y por tanto, de un delito.

El acosador puede difundir estas imágenes con el objetivo de ridiculizar a la víctima, amenazarla o chantajearla con publicarlas, con el fin de coaccionarla.

Grooming:

Esta práctica digital consiste en la puesta en contacto de un adulto con un menor a través de las nuevas tecnologías con fines sexuales.

Estos pederastas en primer lugar, tratan de ganarse la confianza de menor formando un vínculo afectivo, por lo que es habitual que estas personas al principio simulen ser también menores.

Una vez obtenido el vínculo, el acosador tiende a solicitar imágenes de carácter sexual, pudiendo llegar incluso a difundirlas por otras redes.

La diferencia reside en que en este fenómeno, el acosador siempre es un adulto y la víctima una persona menor de edad.

Uso de redes sociales:

El acosador puede utilizar las redes sociales de la víctima para controlar sus acciones, los “me gusta” que da, las fotos que publica, etc. Estas personas pueden ejercer su dominio prohibiendo a la víctima subir material que ellos consideren inoportuno, utilizar los “me gusta” como forma de castigo o refuerzo, o espiar las interacciones que hace la víctima.

Por otro lado, el acosador puede crear un perfil falso suplantando la identidad de la víctima, pudiendo compartir rumores falsos o imágenes sexuales convirtiéndola en motivo de burla.

¿Qué diferencia el acoso online del offline?

Al formar parte de una sociedad donde las nuevas tecnologías forman un pilar básico de comunicación, el perfil de ciberacosador es mucho más amplio.

Estas personas pueden aprovecharse del carácter anónimo que pueden darte las redes, para acosar y controlar a la víctima con mayor facilidad. Esto implica que las opciones para ejercer violencia también aumentan, ya que es habitual que hoy en día tengamos un perfil abierto en diferentes redes o contemos con diferentes medios tecnológicos para comunicarnos.

Asimismo, el riesgo de dañar a la otra persona es mayor, ya que las tecnologías suponen un canal donde poder transmitir un mismo mensaje a un gran número de personas con un solo click. A diferencia del acoso offline, la dimensión se da a un nivel más global o macro.

Si la víctima ha bloqueado el perfil del acosador en redes, éste tiene la opción de acceder a ella a través de otro medio o crear un nuevo perfil sin tener que desvelar explícitamente su identidad.

¿Qué puedo hacer ante este fenómeno?

En primer lugar, debemos prevenir estas prácticas y minimizar el riesgo de que el ciberacoso ocurra.

Si somos padres de un menor de edad, en primer lugar, debemos comunicar los riesgos que implica el uso de redes sociales, destacando la importancia de mantener los perfiles con la mayor privacidad posible. Así como de advertir los riesgos que conlleva interactuar o dar permiso de acceso a tus datos a personas desconocidas.

En el caso de los adultos, si sospechamos que estamos siendo víctimas de ciberacoso, estaríamos hablando de un delito penal, y por tanto, contaríamos con la opción de denunciar.

Es importante limitar el acceso de nuestras redes a personas de confianza, minimizando el riesgo de que las fotos o la información se difundan. En caso de recibir insultos, amenazas o acoso de una persona, deberemos bloquear el perfil y hacer uso de la opción de denunciar perfil que ofrecen actualmente las redes sociales.

Si te sientes identificado con esta práctica digital y te gustaría recibir ayuda especializada, desde Quiero Psicología estaremos encantadas de recibirte.

adicto a videojuegos

Adicciones del siglo XXI

Tenemos acceso directo a videojuegos a través de varias plataformas o dispositivos: tablet, ordenador, móvil, consola, etc.

La temática de los juegos es realmente amplia, incluso se han desarrollado algunos con fines educativos y terapéuticos.

Los videojuegos permiten desarrollar las funciones ejecutivas (la atención, orientación y memoria).

Gracias a ellos, podemos transmitir un mismo mensaje a diferentes interlocutores, obtener recompensas inmediatas o interactuar con personas situadas en la otra punta del mundo.

A pesar de todos estos “beneficios”, recientemente, la OMS catalogó como trastorno mental el abuso de los videojuegos.

Este trastorno se asemeja a otras adicciones como al alcohol, sustancias o juegos de azar.

La diferencia y la importancia de este trastorno radica en que, cuando observamos a la población que lo padece, la población infanto-juvenil supera con creces a la población adulta.

Es importante darse cuenta de que los dispositivos no son adictivos por sí mismos, lo es el uso que hacemos de ellos.

¿Cuándo pasar el rato jugando se convierte en un problema?

Hay una serie de pautas que te pueden ayudar a identificar si el tiempo que pasas jugando se está convirtiendo en un problema.

Probablemente nunca te hayas parado a pensar la cantidad de horas al día o a la semana que le dedicas a los videojuegos, pero sí vas notando que cada vez tienes menos tiempo para hacer otras cosas.

Recortas tiempo al estudio.

Quedas con tus amigos de forma virtual, para jugar, etc.

Estos son algunos avisos a los que puedes prestar atención:

Interferencias en tu día a día

Percibes que no te concentras igual para estudiar o trabajar, notas más cansancio o sueño porque has estado hasta la madrugada jugando o dejas de comer para jugar más horas.

Síndrome de abstinencia

Si pasa “demasiadas” horas sin jugar, sientes ansiedad, inquietud o nerviosismo que no se te pasa hasta que te pones de nuevo a los mandos.

Eso que experimentas, es muy similar al mono que sufren los drogadictos.

Cambios en el estado de ánimo

Puede que te sientas más triste, irritable o nervioso de lo habitual, muy relacionado con el mono del que acabamos de hablar.

Impulsividad y uso compulsivo

Tras algunas o muchas horas de juego, pueden aparecer conductas impulsivas:

  • gastar dinero en comprar vidas extras o recursos para conseguir un récord o matar a ese enemigo que se te resiste
  • dificultades para abandonar el juego, no sabes cuando parar
  • impaciencia a la hora de jugar, etc.

Dejar de lado otras actividades

  • haces los deberes deprisa y corriendo o, directamente, no los haces
  • te inventas excusas para no ir a clase o al trabajo; pasa de hacer la compra o de limpiar la casa o tu habitación
  • reduces al mínimo el tiempo que dedicas a tu familia o amigos, etc.

Aislamiento social

Cuanto más tiempo dedicas al mundo online, más desconectado estarás de la vida en el mundo real.

Hay mucha gente que se esconde tras un avatar para interactuar socialmente y evitar el contacto físico con otras personas.

Lo que parece una solución, se puede convertir en un problema: esta evitación, a largo plazo, solo genera mayor ansiedad ante las situaciones sociales y menor autoestima.

¿Qué puedo hacer si descubro que sí, que tengo una adicción?

Si has llegado hasta aquí y has sido capaz de darte cuenta tú solo o sola de que sí, tienes un problema de adicción a los videojuegos, enhorabuena.

No creas que es fácil salir del círculo vicioso en el que te encuentras.

Darse cuenta es el primer paso pero no el único:

Acepta lo que te ocurre y díselo a la gente más cercana

No es necesario poner etiquetas a lo que te está pasando.

Saber que no estás bien y que tienes un problema, es suficiente para empezar.

Aceptar lo que te ocurre no te hace más débil, sino que te facilitará la búsqueda de ayuda especializada y el apoyo de tu entorno más próximo.

Busca ayuda especializada

Seguramente hayas tratado ya de dejar de jugar o estás intentando controlar las horas que pasas enganchado y te esté costando mucho esfuerzo.

Es normal.

Hemos hablado ya del síndrome de abstinencia.

Tu cuerpo, habituado a jugar durante tanto tiempo, ha convertido el juego en tu estrategia de afrontamiento.

¿Puedes hacerlo solo? quizás, pero te ahorrarás mucho sufrimiento, encontrarás herramientas y serás capaz de manejarlo mejor si pides ayuda profesional.

Ya has sufrido bastante, pedir ayuda para salir de una situación tan grave, no te hace débil, al contrario, te ayudará a manejar este malestar y desarrollar nuevas habilidades.

Respeta las normas PEGI

Estas normas son la clasificación que determina la edad mínima recomendada para jugar a un videojuego.

Es obligatorio que en el videojuego en cuestión haya una etiqueta avisando del contenido sensible que puede aparecer en la pantalla (sexo, drogas o violencia).

Estas normas las marca un colectivo de expertos, se aplican a nivel europeo y tienen su sentido y su por qué.

Establece un horario

  • empieza por dedicar tiempo a las tareas prioritarias como el trabajo o la escuela, incluyendo las tareas o actividades extraescolares
  • crea y mantén unos hábitos de sueño, higiene y alimentación saludables
  • establece una rutina que puedas sostener con facilidad.
  • trata de comer siempre acompañado y hazlo en un espacio diferente al lugar en el que juegas, cuanto más alejado, mejor.

Busca estrategias de afrontamiento alternativas

Si te encuentras agitado o inquieto y sientes que el síndrome de abstinencia te está rondando, trata de realizar alguna actividad física como salir a caminar, correr, montar en bici o ir al gimnasio.

Apóyate en tus amistades o familiares para comunicarles como te encuentras en esos momentos de riesgo agudo de recaída.

Intenta manejar la tristeza y realiza actividades de autocuidado: date una ducha o un baño relajante, prepárate una rica comida, ponte música que te guste y baila, etc.

Busca alternativas de ocio fuera

Cuanto más tiempo permanezcas alejado de los dispositivos o lugares donde habitualmente juegas, más desarrollarás tu tolerancia a estar alejado de ellos.

Es como si quisieses dejar de fumar.

Seguro que pasar por el estanco donde compras habitualmente sentirás un deseo irrefrenable de fumar.

Con los videojuegos pasa exactamente lo mismo.

Es fundamental que aprendas a controlar los estímulos que te incitan a jugar para prevenir el deseo y la recaída.

¿Qué puedo hacer si es mi hijo o hija quien tiene esta adicción?

Supervisa la temática del videojuego

Préstale atención a la clasificación PEGI que ya hemos comentado.

Evita los videojuegos que no sean recomendados para su edad.

Infórmate de con quién está manteniendo contacto tu hijo o hija a través de los juegos online.

Limita sus horarios

Establece un horario con tus ellos que priorice las tareas escolares y las horas mínimas de sueño.

Es recomendable prohibir el uso de dispositivos después de cenar, para evitar que el cuerpo se active antes de acostarse y prevenir los problemas de insomnio.

Limita la cuenta bancaria del menor

Obviamente, si tu hijo o hija es mayor de edad, este paso es más complejo.

Intenta llegar a un acuerdo con él o ella para que no tenga acceso a tarjetas o formas de pago online.

Muchos videojuegos ofrecen expansiones o recompensas extra si realizas un pago a través de la aplicación o plataforma, por lo que al ser menores de edad, es muy recomendable restringir su acceso.

Fomenta el ocio fuera y las actividades extraescolares

Es importante que tus hijos e hijas desarrollen estrategias de afrontamiento externas a los videojuegos.

Que cuenten con una red de apoyo y actividades gratificantes alternativas para prevenir el uso compulsivo de los videojuegos.

Comunica tus emociones

Ya hemos hablado en otros post de la importancia de expresar tus emociones.

Di cómo te sientes.

Comparte tus preocupaciones de una forma cercana y asertiva con tus hijos e hijas.

Los padres y adultos de su entorno sois tanto su modelo de actuación, como su figura de seguridad.

Ten en cuenta que la expresión de las emociones funciona mejor cuando es bidireccional: permítele expresar cómo se siente y valida sus emociones.

No uses los videojuegos como refuerzo positivo o como castigo

Estas acciones pueden llevar a que tus hijos e hijas utilicen los juegos como estrategias de afrontamiento para reducir su malestar, lo que acaba generando mayor adicción.

Para finalizar, te recordamos, como hemos explicado previamente, que los videojuegos pueden ser una actividad gratificante que, cuando se juega de forma responsable y limitada, puede aportar numerosos beneficios.

Sin embargo, si la persona que juega descuida sus obligaciones, se aísla de su entorno y experimenta malestar en las horas en las que no está jugando, estamos hablando de una adicción y no de un simple pasatiempo.

Si te sientes identificado o identificada con alguno de estos síntomas o crees que tienes riesgo de desarrollar una adicción, recuerda que el primer paso es reconocer el peligro.

Cuando la persona que te preocupa es alguno de tus hijos o hijas porque pasa demasiado tiempo delante de la pantalla, desde Quiero Psicología estaremos encantadas de ayudarte a abordar con él o con ella el problema.

Las relaciones en la era digital

Vivimos en la época del “aquí y ahora”.

De la inmediatez, del consumismo y las relaciones digitales.

Es un tema del que ya hemos hablado en otros términos en nuestro post “El amor en el siglo XXI”.

Tenemos acceso a cientos de aplicaciones para conocer gente, publicar información o compartir cómo nos encontramos.

Con un simple movimiento de manos podemos hacer match con diferentes personas, conseguir plan para el fin de semana, y quién sabe, incluso encontrar pareja.

Sin embargo, esta sobreestimulación puede llevarnos a descuidar nuestras relaciones, afectando a la forma en que nos comunicamos.

El hecho de contar con tanta oferta convierte las relaciones en una especie de mercado.

Accedemos a un amplio escaparate de personas donde elegir.

Las nuevas tecnologías han eliminado barreras físicas entre nosotros, pero, ¿realmente están favoreciendo la comunicación? ¿acaso no están fomentando una sociedad cada vez más individualista?

Si alguien nos gusta, solo tenemos que deslizar a la derecha, si no nos llama la atención, deslizar a la izquierda.

Con un sólo movimiento podemos encontrar a numerosas personas a través de estas aplicaciones.

Es más, si no queremos saber nada más de alguien, es suficiente con borrar su contacto o bloquear su perfil en nuestras redes.

Lamentablemente, estas prácticas son cada vez más frecuentes y están claramente identificadas:

Ghosting

Llamamos ghosting (derivado de ghost del inglés, fantasma) a la práctica de eliminar toda comunicación sin aviso previo, llegando incluso a borrar el teléfono de contacto, dejando de seguir a esa persona por redes sociales, bloqueándola, etc.

La persona en cuestión, quien te hace ghosting, desaparece de tu vida sin justificación aparente.

Quienes utilizan esta táctica se caracterizan por no comunicar sus intenciones y sentimientos de una forma clara y concisa. Prefieren evitar decir cómo se sienten, bien por falta de estrategias de manejo emocional o por falta de habilidades sociales.

Deciden cortar directamente y que sea la otra persona quien asuma que la relación ha finalizado.

Si eres tú quien está sufriendo esta práctica, ante esta situación inesperada y la falta de información, es normal que te surjan preguntas:

¿Habré hecho algo que le haya molestado?

¿Será mi culpa?

¿Le habrá pasado algo?

Orbiting

El orbiting (del ingles to orbit, orbitar) se diferencia del ghosting en que la persona que deja la relación mantiene el contacto de forma virtual a través de las redes sociales.

La comunicación se interrumpe bruscamente y sin motivo aparente, igual que en el ghosting, no responde a los mensajes, etc. pero a la vez, y paradójicamente, comenta tus stories o da “like” a tus publicaciones.

De ahí su nombre, es como si estuviesen orbitando alrededor tuyo de una forma ambigua e incoherente.

En lugar de desaparecer y poder asumir que esa persona ya no va a estar más en tu vida, esta práctica te genera más incertidumbre y hace mucho más difícil el proceso de duelo.

Es normal que quienes hayan sufrido estas conductas tiendan a justificar la actuación de la otra persona con excusas de todo tipo.

Resulta muy complicado comprender un comportamiento tan contradictorio, mejor me busco una explicación que me pueda creer.

¿Qué puedo hacer si me han hecho ghosting u orbiting?

En primer lugar, debes tener claro que no es tu culpa. Si te han hecho ghosting no es porque hayas hecho algo mal.

No es fácil tolerar la incertidumbre.

Tendemos a buscar cualquier explicación que encaje en lo sucedido, aunque no sea válida ni real.

Lo que intentamos es reducir nuestra ansiedad.

Así, ante la total falta de información, tendemos a buscar un comportamiento causal, buscar el culpable de que la relación haya finalizado.

¿Por qué habrá desaparecido?

¿Le habrá pasado algo?

¿Le molestó algo que hice?

A veces la falta de respuesta ya es una respuesta en sí.

Lamentablemente no es la más adecuada.

Este comportamiento solo nos indica que el otro o la otra no tiene la suficiente madurez emocional como para hacer frente a una relación ni para asumir responsabilidades afectivas.

La responsabilidad está en quien corta la relación sin previo aviso, nunca en la persona que lo sufre.

Ante el orbiting, es normal que aparezcan pensamientos del tipo “pero si no estuviese interesada no me hablaría por redes”.

Es cierto, la otra persona parece tener interés, pero no al mismo nivel.

Parece que él o ella no es capaz de mantener una relación comprometida y mantenida en el tiempo.

No es porque no tú seas lo suficientemente valioso o valiosa.

Es el otro quien carece de las herramientas necesarias para mantener una relación estable.

Tampoco es capaz de gestionar las rupturas.

Probablemente se sienta terriblemente incómoda o incómodo al hablar de sus emociones o sentimientos.

Es muy probable que actúe así como norma, no es nada personal para contigo.

Estos individuos que experimentan dificultades para mantener lazos afectivos, muestran una tendencia evitativa.

Evitan situaciones comprometidas o delicadas.

Se trata de un mecanismo de defensa ante los vínculos sociales.

No tienen, por el motivo que sea, las habilidades necesarias para hacer frente a estos momentos.

Una “herramienta” muy recomendable es asumir que quien te hace ghosting, orbiting o cualquier otro palabro similar, lo hace en base a un patrón de comportamiento suyo.

Tú no eres responsable de que corte sin previo aviso el contacto.

No tienes la culpa de que actúe de una forma ambigua, como dando rodeos.

Tampoco has hecho nada para merecer que te traten así.

Puede ser complicado darse cuenta de lo que está sucediendo.

Suele llevarnos un tiempo aceptar que es eso lo que está pasando y, una vez aceptado, nos toca trabajar la pérdida y la tristeza que llegan de la mano.

Querer solo cuando a la otra persona le conviene no es bueno para ti, genera más incertidumbre y ansiedad.

Es importante ser conscientes, en la medida de cada uno, de nuestros sentimientos, acciones y de la forma en que afectan o repercuten en los demás.

Responsabilidad afectiva

La responsabilidad afectiva consiste en tomar conciencia de nuestro comportamiento y empatizar con las consecuencias que éste puede tener en la persona o personas con las que mantenemos algún tipo de relación.

No importa que esta relación sea esporádica, que no tenga etiquetas o que acabe de empezar.

Cualquier vínculo afectivo genera una serie de emociones en todas las partes implicadas, somos seres sociales por naturaleza.

Realmente, no es tan complicado ser una persona afectivamente responsable:

Atiende a tus emociones.

Sentir nos hace humanos, no es peligroso.

Tu identidad no va a cambiar por estar en una relación ni tienen por qué hacerte daño.

Permitirte experimentar y expresar tus emociones te facilitará enormemente crear y mantener relaciones duraderas.

Pregúntate qué tipo de relación quieres establecer.

Hasta que no tengas claro lo que quieres, no podrás expresarlo adecuadamente.

Si no lo tienes claro, exponlo con honestidad, date tiempo y permite que la otra parte sepa lo que puede esperar.

Pide y pregunta, es tu derecho.

Sé empático.

Piensa en cómo puede sentirse la otra persona ante tu falta de respuesta.

Cuando no tenemos capacidad de predecir lo que va a pasar o estamos pendientes de una respuesta que nunca llega, es normal experimentar ansiedad.

Si tú no quieres sentirla, intenta no provocarla en los demás.

Sé asertivo.

Una ruptura puede ser dolorosa, pero puedes ayudar a que sea lo menos dolorosa posible.

Es importante comunicar cómo te sientes desde el yo: “siento que siempre soy yo quien propone planes”, “me gustaría que no nos viéramos más”, “esto no es lo que quiero“, etc.

Claramente, parece mucho más sencillo señalar a los demás: “eres muy pesado, me estás agobiando” o “eres un egoísta”.

Obviamente, esto no son soluciones para un problema afectivo más profundo, pero sí que son ideas que te pueden ayudar a identificar el lugar en el que te encuentras.

Si sientes que alguna de estas ideas te suena conocida, crees que te cuesta establecer vínculos afectivos o asumir el fin de una relación, en Quiero Psicología estaremos encantadas de escucharte y ayudarte a encontrar soluciones.