teletrabajo pandemia

Teletrabajo = ¿felicidad?

En este último año pandémico, la idea de ir al trabajo ha cambiado para muchas personas.

“Ir al trabajo” se ha transformado en menos tiempo de traslados, comer a diario en casa o pasar más tiempos con tus hijos e hijas.

Ahora sólo tienes que ir de la cama a la silla del ordenador que está a escasos 30 segundos del sofá y a 45 de la cocina.

No tienes que pensar en como vestirte, si no hay videoconferencia puedes estar en chándal o incluso en pijama. Si toca verse a través de la pantalla, sólo necesitas estar en “modo calle” de cintura para arriba.

Nos hemos convertido en bustos parlantes.

Con la panacea del teletrabajo, te evitas el tener que relacionarte socialmente con los compañeros más pesados o con los que no conectas o no te caen bien.

Muchas de las interacciones se limitan a correos con indicaciones sobre las tareas a realizar, consultas y compartir información.

Whatsapp, Telegram y sus emojis hacen que las conversaciones más complicadas se dulcifiquen, con una carita amarilla se “suaviza” cualquier orden.

También puede suceder lo contrario: la comunicación vía emoji puede llegar a ser confusa e inducir a errores o malos entendidos.

Eliges el café o el té rico de casa, sin tener que aventurarte con los del bar o la máquina, en cualquier momento del día.

Se acabó el comer de tupper, un sándwich o el menú del día del bar de al lado de la oficina: ahora comes en tu mesa, comida recién hecha, con tus platos y cubiertos, compartiendo con tu pareja, tus compañeros de piso, etc.

Durante tu jornada laboral puedes hacer tres informes, dos videoconferencias, poner una lavadora, recibir al cartero y el pedido de la compra.

Volver a la silla del ordenador y gestionar asuntos laborales a través del correo electrónico, mantener una conversación telefónica con tu jefe mientras pelas las patatas para la comida o limpias el polvo.

Gracias al teletrabajo, has ganado el tiempo del transporte y lo aprovechas para participar en clases de ejercicio online o aprender un idioma.

Parece que todo son ventajas: aumento de productividad, comodidad, ahorro de tiempo y dinero en transporte, más horas de descanso, etc.

Bastante utópico ¿verdad?

Al principio todo parecen beneficios, pero el teletrabajo tiene trampas ocultas en las que puedes caer sin darte cuenta.

Estas “trampas” pueden provocar un elevado nivel de estrés, la aparición de sentimientos de poca productividad o incluso de disminución de competencias en asuntos en los que antes te sentías apto.

Es la cara B del teletrabajo, no todo va a ser palmadas y unicornios de colores.

Es importante tener en cuenta una serie de pautas para optimizar tu tiempo de teletrabajo y, sobre todo, para que no te devore.

Preparación para teletrabajar.

Cuando se pensaba en las dificultades para instaurar el teletrabajo en España, los expertos se centraban en temas logísticos, protección de datos, recursos informáticos, etc.

El interés se centraba en cómo controlar de manera telemática las cuestiones del día a día que se solucionaban durante la comida o con una pequeña visita al puesto de nuestro compañero.

Se ha visto que estamos sobradamente preparados para solucionar todas estas cuestiones, y se ha hecho de manera positiva gracias a las plataformas de videoconferencias, aplicaciones de mensajería instantánea y una fuerte inversión en herramientas informáticas.

Todas estas cuestiones han hecho que las empresas tengan que adaptarse a los nuevos requisitos empresariales y de derecho laboral y hayan puesto en marcha sistemas para que se haga un uso adecuado de las nuevas tecnologías (registros de horarios, GPS…), para que haya una distribución adecuada de la jornada de cada trabajador.

Han de garantizarse los descansos de aquellos trabajadores que teletrabajan, teniendo en cuenta que no hay mayor disponibilidad horaria por estar “desde casa” y que todos tenemos derecho a la desconexión digital.

El empresario a hacerse cargo de estas cuestiones y preservar los derechos de sus trabajadores.

Hasta aquí, todo bien.

Logística ok.

Ordenadores ok.

Flujo de trabajo ok.

Productividad ok.

Empleados y empleadas ¿ok?

Luces y sombras del teletrabajo.

Suele suceder que seamos nosotros mismos os que vulneramos nuestros derechos.

Lo hacemos cuando ignoramos nuestros descansos y las desconexiones, al realizar gestiones del tiempo en las que dejamos de lado nuestras propias necesidades.

Nos centramos en priorizar la productividad y la optimización del tiempo de trabajo por encima de cualquier otra cosa, incluido nuestro bienestar personal.

Ya que estamos en casa, no nos importa alargar un poco la jornada laboral. Pensamos “es tiempo que antes estaba en el transporte, mejor lo invierto en una hora más de trabajo”.

El ordenador se queda encendido y claro, si salta un mail, ¿cómo no vamos a mirarlo?

El problema es que no sólo lo miramos, lo gestionamos y lo contestamos.

Aprovechamos los descansos para hacer labores domésticas. Sí, desconectamos de nuestra tarea laboral, pero el descanso pierde sentido porque seguimos activados.

Queremos exprimir el tiempo y aparece la multitarea.

Esto hace que nuestros niveles de atención disminuyan: no estamos al 100% en nada de lo que hacemos y aparecen los errores.

Evitamos contactos sociales que no nos agradaban, pero también perdemos la coña mañanera con ese compañero que nos saca una sonrisa cada día.

Ya no hay cafés de complicidad con aquel otro al que le contábamos las batallitas del fin de semana.

Desaparece el sentimiento de unidad con el resto del equipo.

Ahora somos elementos aislados.

Esto afecta a nivel emocional, tanto si estás solo en tu casa o la compartes con tu familia o con compañeros de piso.

Somos seres sociales y nos “alimentamos” de la interacción social. Cuando gran parte de esa interacción desaparece, pasan cosas.

Necesitamos una mejor gestión del tiempo.

Nuestra empresa puede hacer todo lo que está en sus manos para que las condiciones del teletrabajo sean las adecuadas.

Nosotros también podemos poner de nuestra parte con una mejor gestión del tiempo y con la optimización del reparto de tareas.

Es imprescindible que distingamos el tiempo de trabajo de la vida familiar o del descanso o el ocio.

Necesitamos espacios y tiempos diferenciados.

Espacio de trabajo.

Debemos diferenciar el lugar de trabajo de nuestro lugar de descanso y ocio.

De esta manera, generaremos estímulos que nos predispongan a concentrarnos únicamente en la actividad que vamos a realizar, es decir, nuestras obligaciones y compromisos laborales.

Si nuestra empresa nos facilita la logística para realizar nuestro trabajo, debemos usarla sólo para trabajar y no realizar ninguna otra actividad con esa equipación.

Si por el contrario debemos usar nuestro propio ordenador, podemos generar una sesión específica para el trabajo desde la que no tengamos acceso a redes sociales, juegos u otras actividades que no estén relacionadas con el trabajo.

Estas diferenciaciones nos ayudarán a separar las dos actividades.

Es importante que nuestro cerebro aprenda a distinguir cuando estamos trabajando y cuando jugando al WOW:

Horario de trabajo

Cuando había que ir a la oficina a trabajar no te llevabas a tu lugar de trabajo las tareas domésticas.

El hecho de que ahora compartas el espacio, no implica que tengas que solapar las actividades en el tiempo.

Márcate unos horarios para realizar las tareas domésticas y no uses tus descansos laborales para “aprovecho y adelanto esto o lo otro”.

Los descansos tienen la función de desconectar de la actividad que estabas realizando con el objetivo de poder volver a centrar la atención de forma adecuada y en niveles óptimos.

Cuando termine tu horario laboral, apaga el ordenador o la sesión específica de empresa. Levántate de la silla y no vuelvas a activar el modo trabajo.

Cada cosa en su sitio y su momento.

Sal de casa.

Uno de los mayores beneficios de trabajar desde casa es que nos ahorramos el tiempo del transporte.

No tener que movernos nos da más tiempo de sueño por las mañanas y la sensación de “no estar perdiendo el tiempo en el trayecto”.

Ojo. No todo son ventajas.

El hecho de no tener que salir de casa también tiene sus “peros”: nos impide cambiar de ambiente; que nos del aire; que desconectemos; tomar algo a la salida con alguno de nuestros compañeros o aprovechar que estamos fuera para realizar alguna actividad de ocio o algún recado.

Justo por esto es muy importante, que, tras tu jornada laboral, te pongas como requisito indispensable salir a la calle, aunque sea a dar la vuelta a la manzana.

Quedándote en casa, te costará cada vez más diferenciar la jornada laboral de las obligaciones domésticas y de los momentos de descanso.

Cuando esta situación se mantiene en el tiempo de forma indefinida, como es el caso, van a aparecer la angustia y el estrés, sí o sí.

Si descubres que estás en esta situación y no sabes exáctamente qué hacer, escríbenos. Te ayudaremos a encontrar la forma de gestionar el estrés para que teletrabajar sea algo más positivo.

Las secuelas emocionales del 2020

Cambiar de año es un acto simbólico.

No dejas de ser tú ni las cosas cambian repentinamente del 31 de diciembre al 1 de enero, sin embargo, cuando comienza un año tenemos la sensación de que estamos estrenando algo.

Nos “ponemos” el 2021 y lo vivimos como algo nuevo.

Este año, más que otros, seguro que has escuchado la frase de “ojalá llegue el 2021 ya”, “ojalá el 2021 traiga más cosas buenas que el 2020”.

Parece que estábamos esperando el 2021 como agua de mayo, pero es difícil empezar algo nuevo sin haber hecho el duelo de lo que dejamos atrás. Sería algo así como empezar una nueva relación sin haber procesado el final de la anterior.

El año que acabamos de despedir ha tenido un enorme impacto en todos nosotros a nivel social.

A parte de nuestras circunstancias personales, nos hemos visto condicionados por situaciones externas, totalmente fuera de nuestro control.

Hemos estado y estamos sometidos a la incertidumbre propia de una pandemia mundial. Sentimos que hay algo por encima de nosotros que nos dice lo que debemos o no debemos hacer y esto a muchos, nos supera.

Toda la vorágine que ha traído consigo el 2020 ha podido dejarnos secuelas emocionales como sociedad y como individuos.

¿Cómo ha sido tu 2020? ¿Cómo te sientes, ahora que ha pasado?

Te proponemos que hagas un ejercicio de observación y que reflexiones sobre cómo estás y cómo has estado a lo largo del pasado año.

Quizás reconozcas alguna de estas sensaciones:

Incertidumbre

En marzo empezaste a recibir mensajes contradictorios que no te permitieron tener una idea real de la situación.

Al principio podías escuchar a personas diciendo que “vendrá un virus que no tendrá grandes repercusiones”. Al mismo tiempo, los expertos ya estaban avisando de que el virus iba a ser muy contagioso y que podría tener graves repercusiones para nuestra salud.

Esto pudo haber generado la sensación de no saber realmente cuánto impacto iba a tener ese virus sobre ti y los tuyos.

A medida que pasaban los días comenzaste a ver cómo se cerraban los colegios, los centros comerciales, se suspendían eventos, etc.

Al ser una situación nueva y desconocida, no sabías cuál iba a ser la progresión, cómo iba a ir yendo todo.

La situación escapaba a tu control y por mucho que intentaras hacer, al final tenías la sensación de que hicieras lo que hicieras, no podías cambiar lo que estaba pasando.

La incertidumbre genera ansiedad, miedo a no saber si mañana van a cerrar tu trabajo, si vas a poder ver a tu familia, si los tuyos están bien, etc. 

Ansiedad.

¿Sentiste que estabas más activada/o de lo normal? ¿Notaste que reaccionabas con más intensidad de lo habitual ante situaciones cotidianas?

La ansiedad aparece cuando hay algo que nos amenaza, cuando nos sentimos en peligro nos activamos para poder protegernos. La sensación de que hay un peligro que nos amenaza como sociedad y como individuos hace que activemos nuestras alarmas.

Dependiendo del nivel de ansiedad que hayas experimentado, esa protección ha podido ir desde el “no me cuido, me da igual lo que está pasando” al “no quiero salir de casa por miedo al contagio”.

Soledad.

Las medidas de prevención han impedido los abrazos, los besos, el contacto físico, y eso ha hecho que te sintieras más lejos de tu gente.

También el no haber podido estar con tu familia o con tus amigos puede haberte hecho sentir más solo/a.

La distancia social también ha marcado una distancia emocional, nos ha alejado a los unos de los otros.

Duelo.

La situación del 2020 nos ha obligado a todos a experimentar diferentes duelos: desde asumir que muchos planes han sido cancelados, pasando por la desaparición de la rutina o la pérdida de trabajo o, incluso, la ruptura de amistades o parejas.

Por supuesto, si has perdido a alguien cercano y querido, la falta de cercanía en sus últimos momentos, la imposibilidad de despedirse o de acompañarlo en el funeral, es más que probable que te hayan marcado profundamente.

En este post https://www.quieropsicologia.com/ritual-de-despedida/ te dimos algunas pautas para transitar la pérdida que siguen siendo útiles.

En cualquier duelo la tristeza tiene un papel fundamental. Esta tristeza te ha podido afectar de muchas formas, incluso sin que hayas sido consciente de ello. Has podido sentir que no tenías tantas ganas de hacer cosas, que estabas muy desanimado/a y sin energía, que todo daba lo mismo.

Falta de control.

Las limitaciones impuestas, las medidas de prevención y las restricciones han hecho que perdamos nuestra capacidad de elección y eso te ha podido hacer sentir más vulnerable, indefenso y sin poder decidir.

Sentir que no tienes el control es algo difícil de asumir, especialmente si eres una persona acostumbrada a controlar todo lo que sucede, o al menos a creer que lo controlas.

Culpabilidad.

Mucha gente ha expresado una sensación casi permanente de culpa. Culpa por no haber hecho lo suficiente, por no haber estado tan cerca de los tuyos o incluso por no haber sabido tomar las medidas adecuadas.

Por supuesto, nada de esto ha sido tu culpa y hayas hecho lo que hayas hecho, ha sido suficiente.

Trabajar como cajero/a en un supermercado cuando más falta hacía, reponer productos en un almacén, ser enfermero/a o médico, limpiar las calles, dar clase, todo ha sido suficiente.

Quedarse en casa cuidando de los hijos o personas dependientes, teletrabajar y ejercer de madre/padre al mismo tiempo o quedarse en casa en ERTE, lo has hecho lo mejor que has sabido o podido en esos momentos.

Ser responsable, hacer caso de lo que las autoridades recomendaban, prestar atención a las medidas de seguridad, todo ello ha sido suficiente porque nadie sabía qué más podíamos hacer.

Enfado.

Es probable que la ira o el enfado sean de las emociones más reconocibles. Durante este año tan inusual, has podido experimentar enfado y mostrarte más irascible en general.

Ver cómo las medidas cambiaban cada cierto tiempo, cómo tus seres queridos estaban lejos y sentías la presión de no poder ir a verlos, saber que tu abuela/o vivía una situación injusta por el covid, los temas de conversación que giraban en torno a la pandemia, las dificultades para adaptar el trabajo en casa, etc.

Todas estas cosas nuevas, extrañas e inesperadas pueden haber provocado que te enfadaras más de lo habitual.

Es normal que hayas experimentado enfado e irascibilidad. Ha habido situaciones en las que por mucho que hicieras, tu parcelita de responsabilidad estaba muy limitada.

¿Te sientes identificado/a con cualquiera de estas emociones, sensaciones o situaciones y quieres darles un espacio, observarlas con más detenimiento?

Este año que dejamos atrás, tan complejo y extraordinario, te ha podido poner en contacto con partes de ti que no conocías y puede ser un buen momento para iniciar tu propio proceso. No dudes en llamarnos y empezaremos a trabajar. 

Te esperamos para ayudarte a ordenar esas ideas, emociones, recuerdos, sentimientos y comenzar el 2021 con todo lo vivido el año pasado en su sitio.

La “normalización” del acoso.

Bullying y mobbing son términos que todos conocemos, hasta el punto de que se han convertido en asunto de impacto social. El acoso, el abuso en todas sus formas se está haciendo cada vez más visible.

La visibilización de estos fenómenos ha provocado que se hayan generado movimientos y asociaciones. Asociaciones que buscan la prevención y la eliminación de todo tipo de acoso, en todos los ámbitos: escuelas, empresas, etc.

También han surgido espacios especializados para atender a las víctimas, proporcionándoles apoyo y acompañamiento. El trabajo de estos espacios es fundamental para minimizar las consecuencias físicas, mentales, psicológicas y emocionales que las víctimas pueden experimentar en las distintas etapas de su vida.

Esta visibilidad también ha facilitado que cuando alguien nos comenta que está sufriendo mobbing en su puesto de trabajo o que su hijo o hija está siendo víctima de bullying en su centro escolar, podamos comprender, aunque sea parcialmente, qué es lo que está viviendo.

Obviamente, si no hemos sido víctimas de acoso, no podemos ponernos en su piel. Podemos empatizar con ellos/as y con el sufrimiento que están experimentando.

El acoso no es algo puntual que sucede en un momento en el tiempo y luego desaparece. Más bien al contrario. Un niño/a víctima de bullying en la escuela muy probablemente será un adulto/a que víctima de moobing o maltrato de algún tipo.

Lamentablemente, tendemos a aceptar este tipo de maltrato. En algunas ocasiones y en ciertos ámbitos no lo cuestionamos, es algo que sucede, ha sucedido y no parece que vaya a dejar de suceder.

Nos mostramos indignados con el hecho. Expresamos lo incomprensible que nos resulta que alguien pueda ejercer este tipo de acoso hacia otra persona. Nos quedamos en eso. Solemos hacer poco por solucionarlo, especialmente si nuestro hijo o hija es la persona abusadora.

Como mucho, reaccionamos y ofrecemos apoyo, especialmente si somos víctimas o lo hemos sido o alguna persona cercana lo ha sido en algún momento. Pero no somos conscientes de que estos hechos de acoso no solamente se producen en el ámbito escolar y laboral. En la cotidianeidad de las relaciones sociales somos acosados y acosamos. En muchas ocasiones, de forma totalmente inconsciente, mantenemos y toleramos situaciones de acoso moral y psicológico que “preferimos” ignorar y no ver.

A veces, cuando alguien nos menciona que se siente mal ante el trato de un amigo, un cliente, un trabajador de un comercio, no le damos credibilidad ni importancia y le decimos que lo ignore. Excusamos y justificamos la actitud de esa persona, ninguneando el malestar que nos han expresado.

Según el Diccionario de la Real Academia de la lengua Española, el acoso psicológico o acoso moral es “la práctica ejercida en las relaciones personales, consistente en dispensar un trato vejatorio y descalificador hacia una persona, con el fin de desestabilizarla psíquicamente”.

Atendiendo a esta definición, ¿cuántas veces en nuestra vida diaria nos hemos encontrado involucrados en este tipo de situaciones? Ya sea como víctima, como ejecutor o como observador.

Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos participado en estos sucesos, de manera más o menos consciente, de forma más o menos voluntaria. Realmente ¿qué hemos hecho por cambiarlo? Entre poco y nada, porque no está visibilizado, categorizado, es algo “que le pasa a la gente”. Hasta que no ponemos una etiqueta a un suceso o a una situación cualquiera por injusta que sea, no la tomamos en cuenta o tendemos a minimizarla..

La sutilidad del maltrato en el día a día.

Las relaciones personales son aquellas en las que interactuamos con otra persona, independientemente del vínculo que tengamos con ella. Son el trato diario con el con el portero, nuestros vecinos, el conductor del autobús, la panadera, el del kiosco o quien nos pone un café cada mañana.

Los fenómenos de acoso e intimidación se producen a diario hacia aquellas personas a las que minus valoramos. Lo hacemos por diferentes motivos: su profesión, su forma de vestir, sus características físicas, el lugar en el que viven o por haber nacido o crecido en determinado lugar. Circunstancias todas o casi todas que son aleatorias en algunos casos o circunstanciales en otros.

Cuando se ejerce un acto de discriminación, de acoso o de vejación hacia otra persona, estamos provocando en ella una desestabilización psíquica. Si ésta se mantiene en el tiempo, puede tener consecuencias de alto impacto en su salud mental, emocional y psicológica.

En muchas ocasiones, estas situaciones no se perciben de forma clara; dudamos de la intencionalidad y podemos llegar a pensar que estamos malinterpretando las palabras y actitudes de la otra persona. Pensamos o interpretamos que son hechos puntuales y aislados y que esa persona está teniendo un mal día, ha cedido ante un acto impulsivo o no es consciente del malestar que sus actos provocan.

Puede que sea así pero, a veces, estas actitudes se mantienen en el tiempo y, de manera progresiva, van aumentando en intensidad y frecuencia. Esta escalada puede provocar en quien la padece normalice y acepte este maltrato, instalándose y provocando daños en su autoestima y autoconcepto.

Esto hace que nosotros mismos degrademos nuestra valía, colocándonos de forma inconsciente en una posición inferior. Esta forma de sumisión se produce inicialmente ante quien nos maltrata o acosa y puede llegar a generalizarse ante el resto de nuestro entorno o incluso ante la sociedad.

Por esto es importante que, en el momento en que detectamos este tipo de comportamientos, actuemos para ponerle fin. Cuando observamos cómo una persona es degradada, ignorada o ninguneada deberíamos saltar como un resorte para poner freno a la situación.

¿Qué puedo hacer si soy víctima de acoso?

Este tipo de maltrato y/o de acoso puede ser un hecho aislado o una actitud mantenida en el tiempo. En cualquier caso, es imperativo hacerle ver a la persona acosadora o maltratadora, que su comportamiento es inadecuado, agresivo, molesto, etc.

Es fundamental defender nuestro derecho a ser tratados con dignidad. Es importante mostrarnos seguros y recalcar nuestra valía y el respeto del que somos merecedores, de manera pacífica pero activa, con firmeza y seguridad.

Para ello, debemos poner en juego la conocida asertividad. Indicar con claridad lo que ha ocurrido, cómo nos ha hecho sentir y mostrando nuestra disconformidad con que repita.

Hay en casos en los que no nos sentimos con fuerzas para actuar y preferimos ignorar, aguantar lo que nos echen. Evitamos generar malestar en el otro o no provocar un conflicto y anteponemos su bienestar al nuestro.

En estas ocasiones, siempre podemos pedir ayuda, consejo, compañía para sentirnos más seguros en nuestras acciones. Sentirnos escuchados y acompañados nos da seguridad.

Pedir ayuda a un amigo, a un familiar, a nuestra pareja o incluso a un profesional, es un acto de valentía y fuerza. No debes avergonzarte por hacerlo. Si una situación nos provoca malestar, incomodidad o sufrimiento, debemos hacerla explícita y buscar la forma de solucionarla.

Está claro que hay muchos tipos de maltrato, de acoso, formas infinitas de hacernos sentir inferiores, raros, diferentes y de que esto nos genere malestar. Es fundamental, cuando estamos inmersos en una situación en la que nos sentimos maltratados, ninguneados, molestos permanentemente, asustados incluso, dar un paso atrás e intentar romper esa dinámica.

Darse cuenta de que estamos siendo víctimas de acoso o de abuso no siempre es fácil. Solemos justificar a nuestros maltratadores: son cosas de niños; fulanito es un borde; nuestra pareja ha tenido un mal día en el trabajo o nuestra madre ha perdido los nervios.

Maltratar no es una solución. Que nos maltraten no es justo, sano ni necesario. Se puede romper el círculo. Si necesitas ayuda, estamos para acompañarte.

auto exigencia

No disfruto con nada.

¿Llevas un tiempo que no logras disfrutar con nada?

¿Te molesta lo que hacen los demás?

¿Sientes que hagas lo que hagas, al final acabas en el mismo punto?

Has vivido situaciones que no han sido agradables. Este ha sido un año diferente para todos y hubieras preferido que no pasara todo lo que ha pasado.

Esto no depende de ti. Aún así, te aferras a la idea de que podrías haber hecho algo o de que incluso ahora puedes hacer algo más. Al final terminas cansado/a porque estás contándote las cosas desde una perspectiva desfavorable para ti. Y ya bastante has hecho y sigues haciendo.

La autoexigencia puede ser infinita. Puedes tener la idea de que ser exigente está bien, que así conseguirás más cosas, que si no eres exigente te acabarás estancando. Es importante agradecer a la exigencia su papel, aprender a escucharla, pero siendo consciente de que no sea ella la que tire de ti.

Si la exigencia se pone al mando, tira de ti. Te arrastra hasta límites en principio inalcanzables, teniendo en cuenta solo el objetivo, que puede ser más o menos idealizado, más o menos realista.

Si solo tienes en cuenta el foco, tu objetivo, sin prestar atención a nada de lo que sucede alrededor ¿dónde quedan tus necesidades? El fin no es alcanzar la meta, el fin es caminar hacia la meta teniendo en cuenta tus límites, tus recursos y tus necesidades. El objetivo es alcanzar tu propósito descuidarte ni quedarte por el camino.

Es importante observar dónde estás poniendo el foco. Cómo te estás contando lo que está pasando, lo que estás haciendo, los resultados que obtienes, positivos o negativos.

¿En tu diálogo interno suelen aparecer frases como estas?

“No me gusta mi vida.”

“Soy una fracasada/o.”

“Tendría que tener unas mejores condiciones ya.”

“A los demás les va mucho mejor que a mi.”

“Me toca estar solo/a cuando no quiero.”

Si respondes que sí, probablemente estés experimentando una sensación de frustración y malestar elevadas. Porque a pesar de todo lo que ya has conseguido, sigues mirando y viendo sólo lo que te falta.

Déjame decirte algo: estás aquí y eso es bastante.

Agradece todo lo que te ha traído hasta este momento y todo lo que ya has conseguido.

De manera automática, estás contándote la historia de tu vida sin ver lo que ya has avanzando, si no centrado/a en lo que te falta. Cuando te centras en lo que aún te queda, estás continuamente activado/a. Así mantienes la idea de fondo de que siempre quedan cosas por hacer y que tienes la responsabilidad de hacerte cargo de todo, cuando ya eso no te corresponde y no puedes hacer más de lo que ya estás haciendo.

¿Qué puedes cambiar?

  • Dedícate un momento para observar todas las áreas de tu vida. ¿Cuántas áreas tienes ahora mismo? (Personal, amigos, pareja, deporte, trabajo…) Puedes dibujar una margarita y cada pétalo sería un área de tu vida.

  • De manera neutral y objetiva, como si fueras un observador descriptivo, escribe cómo están cada una de esas áreas. Trata de ser lo más objetivo y neutral posible, evitando hacer evaluaciones: “mala, horrible, fracasada, harta, buena, mejor, peor, insuficiente”.

  • Identifica las cosas que has hecho tú y agradece a tu “yo” de aquel momento todo lo que hizo. Teniendo en cuenta la situación y los recursos que tenías entonces, nada pudiste hacer de otra manera. Puedes pensar que no lo harías así ahora, pero no se trata de juzgarte. Quizás ahora lo harías diferente porque tienes otros recursos: has aprendido. Pero para hacerlo, has tenido que intentarlo de otra forma antes y ver que no funcionaba.

  • Has llegado hasta aquí y no siempre ha sido fácil. Has tenido que gestionar diferentes situaciones, poner en marcha distintos recursos y aún así, estás aquí. Poner el foco en los demás te hace descuidar detalles y no contarte la realidad como es exactamente. Tú tienes tu realidad, tu proceso y tu experiencia. Todas las áreas de tu vida tienen sentido si pones el foco en tu propio proceso y no fuera.

Aprender a escuchar a la exigencia es muy importante. Hacerlo te permitirá saber cuándo es ella la que está tirando de ti y cuando eres tú el/la que está al mando. Caminando en una dirección, la que tú determinas y eliges seguir. Sin descuidarte y respetando tu proceso, tus tiempos, tus límites y tus necesidades.

Si te has sentido identificado/a , quizás podría ser un motivo para empezar a conocerte, a escucharte y decidir si seguir en esta dirección o no. En Quiero Psicología te esperamos para que aprendas a focalizarte en lo que eres y lo que tienes, y no en lo que te falta.

acoso-laboral

¿Sufro acoso laboral?

¿Qué es el acoso laboral?

¿Sientes que en el trabajo no te tratan bien? ¿crees que estás exagerando? ¿te sientes humillado/a? Quizás no quieras tomarte en serio las indirectas o ataques, o pienses que son “cosas tuyas”, pero, ¿sabes qué es el acoso laboral o mobbing?


Consiste en cualquier situación que implique conductas abusivas ya sea mediante actos, palabras, gestos, escritos, etc. que ataquen directamente tu integridad física o psíquica, dignidad o personalidad, e incluso, tu puesto de trabajo o el clima laboral.

¿Cómo sé si yo lo sufro?

Si estás siendo sometido/a a conductas degradantes de forma regular y que nada tengan que ver con los conflictos naturales que pueden darse en grupo, quizás te sientas identificada con las siguientes situaciones.

-Rechazo de la comunicación:


¿Esa persona que agrede, evita hablar del conflicto y así evita también buscar una solución al mismo? ¿sientes que te reprocha de forma sutil sin comunicar abiertamente lo que le ocurre?

-Descalificación:


Puede darse de forma verbal como bromas, burlas o sarcasmos, o de forma no verbal a través de miradas, silencios o suspiros. Es posible que te sientas ignorado por tu agresor o incluso que veas como habla con una tercera persona sobre ti con el propósito de humillarte.

-Desacreditación:


¿Crees que esa persona agresora manipula e intenta crear dudas a los demás sobre ti? Puede hacerlo con mentiras o motes ridículos o tomándose a broma alguna situación tuya personal (enfermedad, motivo de baja, etc).

-Aislamiento:


No te invitan a reuniones del trabajo, no cuentan contigo para comidas de empresa, celos por parte de otros compañeros de trabajo debido a “preferencias o insinuaciones” por parte del agresor. Toda una gama de comportamientos que te hacen sentir cada vez más rechazado en tu trabajo.

-Novatadas:


¿Te obligan a realizar tareas ridículas? ¿eres quien se queda la última siempre? ¿te encargan tareas que son imposibles de cumplir? ¿no te permiten nunca escoger alguna fecha concreta para tus días de descanso?

-Inducir a error:


Si en alguna ocasión debido a una provocación por parte de tu agresora has perdido los papeles, es posible que pretendiera ponerte en evidencia y que así los demás “observen” tu comportamiento con un, ¿habéis visto?

-Acoso sexual:


¿Has sentido que te tocaba de forma sutil? ¿sientes que te incomoda la manera en la que te mira? ¿realiza comentarios con alguna pretensión cuando estáis a solas o incluso, delante de los demás? ¿te trata de forma diferente por ser mujer o por ser hombre?

¿A quién se dirige la agresión?

Entre compañeros/as: celos, competencias, problemas personales, etc.


Por parte de un superior a un subordinado: suele ser el más común y se da cuando hay un abuso de poder o, por ejemplo, porque sea una persona que quiere quedar siempre por encima de los demás y destacar.


De uno o varios subordinado/a (s) al superior: este caso es menos común y puede darse cuando un compañero asciende ocupando un cargo superior, o cuando llega alguien del exterior a la empresa a ocupar un puesto que alguien creía que era para él o ella.


Es posible que hayas intentado pedir ayuda y que tanto tus compañeros como la propia empresa hagan oídos sordos, bien porque no te creen, bien porque no quieren implicarse en el problema. Es probable que tengas miedo a perder tu puesto de trabajo, tu posición, tu nivel económico, tu relación con otros compañeros, entre otras circunstancias.

¿Pero cómo puede esto afectarte?

El impacto a nivel psicológico puede ser brutal al estar sometido a fuertes niveles de estrés llegando incluso a sufrir un trastorno de estrés postraumático, trastornos de ansiedad y/o transtornos depresivos.


Además de poder verse afectada tu autoestima o presentar conductas de evitación (no ir al trabajo o aislarse) y en casos muy graves llegar al suicidio.


La salud física se resiente con problemas de sueño, gastrointestinales, migrañas, etc. A nivel familiar y social, los cambios en el estado de ánimo, silencios, etc, pueden afectar a la dinámica del hogar o con amigos. Finalmente, en el ámbito laboral puede que quieras dejar el puesto o en caso de conseguir un nuevo trabajo, puede que cargues conla situación anterior impidiendo una nueva y correcta integración.

¿Qué hacer?

Si sientes que estás sufriendo acoso laboral y que estás hundido, con ansiedad o deprimido y que ya no tienes fuerzas, pide ayuda experta, es importante tanto si aún permaneces en la situación como si ya has abandonado el puesto de trabajo pero sigues teniendo síntomas. Aunque te alejes del foco de la ansiedad el trauma no se va así como así.
En Quiero Psicología podemos trabajar para conseguir herramientas que te ayuden a gestionar la situación y recuperar el bienestar emocional. Anímate ahora a dejar atrás tu malestar. Contacta aquí.

¿Sufro de estrés laboral?

¿Sabías que el 51% de los empleados denuncia que el estrés laboral es habitual en su puesto?

El estrés laboral se da cuando ha de hacerse frente a demandas ambientales que sobrepasan los recursos (o al menos, esa es su percepción). BURNOUT es un tipo de estrés que se genera específicamente en aquellas profesiones caracterizadas por una relación constante y directa con otras personas.

¿Qué síntomas tendré si sufro de estrés laboral?

Los síntomas aparecen de forma gradual y se manifiestan de varias formas:

El comportamiento cambia.

Poco a poco te sientes insatisfecho o insatisfecha en el trabajo, disminuye el rendimiento, aparecen los retrasos, el absentismo y el aislamiento.

Pueden aparecer conductas evasivas.

Como el consumo de alcohol, de la medicación o de drogas ilegales.

Las alteraciones emocionales son comunes.

Pueden ser consecuencia de una falta de reconocimiento por el esfuerzo: aparecen la insatisfacción, la irritabilidad, cambios en las relaciones con los compañeros de trabajo, e incluso con la familia.

También surgen alteraciones psicofisiológicas.

Como astenia, somnolencia, cefaleas, artralgias y alteraciones digestivas de diverso tipo.

Puede afectar también a la atención y concentración, así como una disminución de la memoria.

Si estás experimentando alguna o varios de estas sensaciones, no las des por buenas, no las aceptes como normales porque no lo son. Contacta con nosotras y comenzaremos a trabajar para que las cambies.