La mirada médica sobre la identidad de género
A lo largo del siglo XX, la identidad de género fue tratada desde la mirada médica y la psicología como un trastorno mental. En manuales diagnósticos como el DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) o la CIE (Clasificación Internacional de Enfermedades), la transexualidad aparecía bajo categorías como “trastorno de identidad de género” o “desviación sexual”.
Esta clasificación, más que describir una realidad clínica, reflejaba los valores culturales de la época: la idea de que el cuerpo y la identidad debían corresponder según normas binarias. La consecuencia fue la patologización de la diversidad de género, es decir, convertir una variación humana en una enfermedad.
El impacto de este enfoque fue profundo. Miles de personas trans fueron sometidas a tratamientos “correctivos”, medicación psiquiátrica o internamientos. Pero más allá del ámbito clínico, el estigma se amplificó en el espacio público, especialmente a través del cine y los medios de comunicación.
Ed Gein y el nacimiento de un imaginario peligroso
El caso de Ed Gein, asesino y profanador de tumbas en los Estados Unidos de los años 50, es un punto clave para comprender cómo la cultura comenzó a asociar la transgresión de género con la enfermedad mental o el crimen.
Aunque Gein no era trans, su historia inspiró a personajes icónicos del cine de terror y el thriller psicológico, como Norman Bates (Psycho), Leatherface (The Texas Chainsaw Massacre) y Buffalo Bill (The Silence of the Lambs).
Este último personaje, en particular, fue retratado como un hombre perturbado que deseaba transformarse en mujer, llegando a confeccionar un “traje de piel femenina”.
A pesar de que El silencio de los corderos aclara que Buffalo Bill “no es realmente trans”, la imagen que quedó en el imaginario colectivo fue distinta: la de un “hombre enfermo” que confunde su identidad con la locura.
Así, la ficción mezcló elementos del caso real de Gein —un perfil criminal complejo y violento— con rasgos asociados a la identidad de género, difuminando la frontera entre diversidad y patología.
De la clasificación al reconocimiento
El cambio de paradigma comenzó lentamente hacia finales del siglo XX. El activismo trans, los estudios de género y una psicología más crítica impulsaron la revisión de los manuales diagnósticos.
En 2019, la Organización Mundial de la Salud (OMS) dio un paso histórico al eliminar la “transexualidad” de la lista de trastornos mentales y reclasificarla como incongruencia de género dentro del ámbito de la salud sexual.
Este cambio no es solo terminológico: supone reconocer que ser trans no implica enfermedad mental, sino que el sufrimiento que muchas personas trans experimentan proviene de la discriminación, la exclusión y la falta de aceptación social.
La psicología actual busca acompañar los procesos de afirmación de género desde el respeto, la validación y el bienestar integral, alejándose de la mirada patologizante.
El papel de la psicología y los medios hoy
El reto contemporáneo de la psicología no se limita a cambiar etiquetas diagnósticas, sino a reconstruir narrativas. Durante décadas, el cine, la literatura y la prensa alimentaron el estereotipo del “trans perturbado”, confundiendo la búsqueda de identidad con la locura o la violencia.
Superar estos imaginarios requiere un trabajo ético y educativo: revisar cómo comunicamos, representamos y comprendemos la experiencia trans.
En este sentido, la psicología tiene un papel crucial en la educación emocional y social, promoviendo una mirada basada en la empatía, la diversidad y los derechos humanos.
Conclusión
Durante gran parte del siglo XX, la ciencia y la cultura contribuyeron a ver a las personas trans como enfermas mentales, reforzando prejuicios y sufrimiento. Casos mediáticos como el de Ed Gein, reinterpretados por la ficción, alimentaron una narrativa que asociaba la identidad de género con la patología o la violencia.
Hoy, la psicología contemporánea reconoce la identidad trans como una expresión legítima de la diversidad humana. Abandonar la patologización y construir espacios de comprensión no es solo un deber ético de la disciplina: es una forma de reparar históricamente el daño causado por el estigma y avanzar hacia una sociedad más justa e inclusiva.




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