Abuso Sexual Infantil
Hablar de abuso sexual infantil es hablar de una herida profunda que no sólo ocurre en un cuerpo pequeño, sino también en un sistema que permitió que esa vulneración sucediera.
Porque sí: el trauma está en el hecho, pero también en todo lo que vino después. En cómo el entorno reaccionó (o no). En lo que se negó, se tapó, se justificó o se silenció.
¿Qué secuelas suelen aparecer en la adultez?
No hay un único camino. Pero hay patrones que se repiten demasiadas veces:
- Dificultad para confiar: en relaciones, en vínculos, incluso en una misma persona. La sensación de que “algo puede romperse en cualquier momento”.
- Problemas con los límites: desde no saber decir “no”, hasta endurecerlos tanto que nadie puede entrar.
- Culpa y vergüenza persistentes: aunque la persona adulta entienda racionalmente que no fue su culpa, el cuerpo mantiene una narrativa distinta.
- Alteraciones en la sexualidad: rechazo, desconexión, hiperadaptación, o vivir la sexualidad desde un lugar de obligación en vez de deseo.
- Hiperalerta y ansiedad: vivir en un “estado de vigilancia” constante.
- Disociación: momentos de desconexión emocional o corporal, a veces tan habituales que pasan desapercibidos.
- Autoexigencia extrema o perfeccionismo: porque ser “intachable” parece la única forma de sentirse segurx.
Estas secuelas no aparecen por “debilidad”. Aparecen porque un cuerpo y un sistema nervioso fueron obligados a sobrevivir demasiado pronto.
¿Qué cosas suelen pasar y que agravan la herida?
Muchas veces, lo que más duele no es sólo el abuso, sino cómo reaccionó el mundo alrededor:
- No te creyeron.
- Lo minimizaron (“no fue para tanto”, “era muy peque”, “no te acuerdas bien”).
- Lo escondieron para “no destruir a la familia”.
- Te pidieron silencio para no incomodar.
- Te hicieron sentir responsable por algo que nunca fue tu responsabilidad.
- Intentaron seguir como si nada hubiera pasado.
Esas respuestas sociales no sólo fallan en proteger: retraumatizan. Refuerzan la idea de que el propio dolor no importa y que denunciar el daño es más grave que el daño en sí.
¿Qué impide que el trauma se supere?
Hay tres bloqueos que vemos con muchísima frecuencia:
- El silencio impuesto (externo o interno). Si no puede nombrarse, tampoco puede integrarse.
- La culpa y la vergüenza que no pertenecen a la víctima. Son emociones heredadas del agresor y de una cultura que prefiere mirar hacia otro lado.
- La falta de un espacio seguro y estable donde procesar la experiencia. Sin acompañamiento, el cuerpo sigue funcionando desde la supervivencia, no desde la sanación.
Superar un trauma así no es cuestión de “pasar página”: es un proceso profundo que implica reparar lo que fue roto por fuera y por dentro, construir nuevos significados, y recuperar un lugar en el mundo donde la persona pueda sentir que tiene derecho a existir sin miedo.
Y algo importante:
El abuso sexual infantil nunca es culpa de quien lo sufrió.
Nunca.
Ni por la edad, ni por la situación, ni por la respuesta posterior.
El abuso es siempre responsabilidad de quien agrede, y de un entorno que no supo (o no quiso) proteger.

