Las secuelas emocionales del 2020

Cambiar de año es un acto simbólico.

No dejas de ser tú ni las cosas cambian repentinamente del 31 de diciembre al 1 de enero, sin embargo, cuando comienza un año tenemos la sensación de que estamos estrenando algo.

Nos “ponemos” el 2021 y lo vivimos como algo nuevo.

Este año, más que otros, seguro que has escuchado la frase de “ojalá llegue el 2021 ya”, “ojalá el 2021 traiga más cosas buenas que el 2020”.

Parece que estábamos esperando el 2021 como agua de mayo, pero es difícil empezar algo nuevo sin haber hecho el duelo de lo que dejamos atrás. Sería algo así como empezar una nueva relación sin haber procesado el final de la anterior.

El año que acabamos de despedir ha tenido un enorme impacto en todos nosotros a nivel social.

A parte de nuestras circunstancias personales, nos hemos visto condicionados por situaciones externas, totalmente fuera de nuestro control.

Hemos estado y estamos sometidos a la incertidumbre propia de una pandemia mundial. Sentimos que hay algo por encima de nosotros que nos dice lo que debemos o no debemos hacer y esto a muchos, nos supera.

Toda la vorágine que ha traído consigo el 2020 ha podido dejarnos secuelas emocionales como sociedad y como individuos.

¿Cómo ha sido tu 2020? ¿Cómo te sientes, ahora que ha pasado?

Te proponemos que hagas un ejercicio de observación y que reflexiones sobre cómo estás y cómo has estado a lo largo del pasado año.

Quizás reconozcas alguna de estas sensaciones:

Incertidumbre

En marzo empezaste a recibir mensajes contradictorios que no te permitieron tener una idea real de la situación.

Al principio podías escuchar a personas diciendo que “vendrá un virus que no tendrá grandes repercusiones”. Al mismo tiempo, los expertos ya estaban avisando de que el virus iba a ser muy contagioso y que podría tener graves repercusiones para nuestra salud.

Esto pudo haber generado la sensación de no saber realmente cuánto impacto iba a tener ese virus sobre ti y los tuyos.

A medida que pasaban los días comenzaste a ver cómo se cerraban los colegios, los centros comerciales, se suspendían eventos, etc.

Al ser una situación nueva y desconocida, no sabías cuál iba a ser la progresión, cómo iba a ir yendo todo.

La situación escapaba a tu control y por mucho que intentaras hacer, al final tenías la sensación de que hicieras lo que hicieras, no podías cambiar lo que estaba pasando.

La incertidumbre genera ansiedad, miedo a no saber si mañana van a cerrar tu trabajo, si vas a poder ver a tu familia, si los tuyos están bien, etc. 

Ansiedad.

¿Sentiste que estabas más activada/o de lo normal? ¿Notaste que reaccionabas con más intensidad de lo habitual ante situaciones cotidianas?

La ansiedad aparece cuando hay algo que nos amenaza, cuando nos sentimos en peligro nos activamos para poder protegernos. La sensación de que hay un peligro que nos amenaza como sociedad y como individuos hace que activemos nuestras alarmas.

Dependiendo del nivel de ansiedad que hayas experimentado, esa protección ha podido ir desde el “no me cuido, me da igual lo que está pasando” al “no quiero salir de casa por miedo al contagio”.

Soledad.

Las medidas de prevención han impedido los abrazos, los besos, el contacto físico, y eso ha hecho que te sintieras más lejos de tu gente.

También el no haber podido estar con tu familia o con tus amigos puede haberte hecho sentir más solo/a.

La distancia social también ha marcado una distancia emocional, nos ha alejado a los unos de los otros.

Duelo.

La situación del 2020 nos ha obligado a todos a experimentar diferentes duelos: desde asumir que muchos planes han sido cancelados, pasando por la desaparición de la rutina o la pérdida de trabajo o, incluso, la ruptura de amistades o parejas.

Por supuesto, si has perdido a alguien cercano y querido, la falta de cercanía en sus últimos momentos, la imposibilidad de despedirse o de acompañarlo en el funeral, es más que probable que te hayan marcado profundamente.

En este post https://www.quieropsicologia.com/ritual-de-despedida/ te dimos algunas pautas para transitar la pérdida que siguen siendo útiles.

En cualquier duelo la tristeza tiene un papel fundamental. Esta tristeza te ha podido afectar de muchas formas, incluso sin que hayas sido consciente de ello. Has podido sentir que no tenías tantas ganas de hacer cosas, que estabas muy desanimado/a y sin energía, que todo daba lo mismo.

Falta de control.

Las limitaciones impuestas, las medidas de prevención y las restricciones han hecho que perdamos nuestra capacidad de elección y eso te ha podido hacer sentir más vulnerable, indefenso y sin poder decidir.

Sentir que no tienes el control es algo difícil de asumir, especialmente si eres una persona acostumbrada a controlar todo lo que sucede, o al menos a creer que lo controlas.

Culpabilidad.

Mucha gente ha expresado una sensación casi permanente de culpa. Culpa por no haber hecho lo suficiente, por no haber estado tan cerca de los tuyos o incluso por no haber sabido tomar las medidas adecuadas.

Por supuesto, nada de esto ha sido tu culpa y hayas hecho lo que hayas hecho, ha sido suficiente.

Trabajar como cajero/a en un supermercado cuando más falta hacía, reponer productos en un almacén, ser enfermero/a o médico, limpiar las calles, dar clase, todo ha sido suficiente.

Quedarse en casa cuidando de los hijos o personas dependientes, teletrabajar y ejercer de madre/padre al mismo tiempo o quedarse en casa en ERTE, lo has hecho lo mejor que has sabido o podido en esos momentos.

Ser responsable, hacer caso de lo que las autoridades recomendaban, prestar atención a las medidas de seguridad, todo ello ha sido suficiente porque nadie sabía qué más podíamos hacer.

Enfado.

Es probable que la ira o el enfado sean de las emociones más reconocibles. Durante este año tan inusual, has podido experimentar enfado y mostrarte más irascible en general.

Ver cómo las medidas cambiaban cada cierto tiempo, cómo tus seres queridos estaban lejos y sentías la presión de no poder ir a verlos, saber que tu abuela/o vivía una situación injusta por el covid, los temas de conversación que giraban en torno a la pandemia, las dificultades para adaptar el trabajo en casa, etc.

Todas estas cosas nuevas, extrañas e inesperadas pueden haber provocado que te enfadaras más de lo habitual.

Es normal que hayas experimentado enfado e irascibilidad. Ha habido situaciones en las que por mucho que hicieras, tu parcelita de responsabilidad estaba muy limitada.

¿Te sientes identificado/a con cualquiera de estas emociones, sensaciones o situaciones y quieres darles un espacio, observarlas con más detenimiento?

Este año que dejamos atrás, tan complejo y extraordinario, te ha podido poner en contacto con partes de ti que no conocías y puede ser un buen momento para iniciar tu propio proceso. No dudes en llamarnos y empezaremos a trabajar. 

Te esperamos para ayudarte a ordenar esas ideas, emociones, recuerdos, sentimientos y comenzar el 2021 con todo lo vivido el año pasado en su sitio.

Navidades en pandemia.

Las calles de nuestras ciudades y pueblos están llenas de luces, bolas rojas, villancicos… señales de que la navidad ya está aquí.

Las fiestas navideñas, a parte del contexto religioso, son las fiestas de las relaciones familiares y sociales. Aceptamos que durante esta época del año nos reunimos con nuestros seres queridos para festejar y celebrar.

Es un momento en el que los reencuentros se producen con asiduidad y nos cargamos de vida social y familiar.

Reuniones con amigos a los que hacía tiempo que no veíamos. Cenas de empresa en las que aprovechamos para convivir y conocer de manera más distendida a nuestros compañeros de trabajo. Visitas a familiares que viven en otras zonas o ciudades.

Encuentros todos ellos cargados de regalos y detalles, con el deseo de ofrecer buenos sentimientos e intenciones.

Visto de esta manera, podríamos pensar que todos “somos felices” en Navidad, pero no es así.

Para muchos de nosotros es una época dura. Echamos en falta a seres queridos ausentes con los que nos gustaría poder compartir y celebrar.

En otras ocasiones sucede que las relaciones familiares no son buenas o incluso son fuente de conflictos y durante estas fechas sentimos la presión de tener que mostrar una imagen que no corresponde con nuestra realidad. El lema “mantengamos la fiesta en paz” nos genera estrés, ansiedad o angustia.

Debemos tener en cuenta que las circunstancias vitales de cada uno son distintas y propias y no se ponen en suspenso para celebrar. En Navidad todo sigue igual, nuestras circunstancias no cambian, nos acompañan y debemos lidiar con ellas.

Y, este año ¿qué?

Como cada año, comenzamos con los preparativos: ¿en casa de quién toca?, ¿qué preparo para la cena?, ¿debo llevar algo?… cuestiones que parecen no tener mayor trascendencia para algunos, mientras que para otros son de suma importancia.

Pero este año hay un elemento más con el que debemos contar.

La pandemia que vivimos desde mediados de marzo ha provocado que las autoridades dicten restricciones en los horarios. Se ha limitado el número de personas que se pueden reunir. Cada Comunidad Autónoma está aplicando condiciones especiales para las entradas y salidas. Todas estas novedades hacen que estas navidades vayan a ser peculiares, como lo está siendo todo el año 2020.

Estas circunstancias están provocando que el reencuentro familiar anual no se produzca con la normalidad a la que estamos acostumbrados, algunas personas se sienten molestas o no están de acuerdo con las medidas y directamente hablan desde el cabreo.

Curiosamente, otras personas lo están viviendo hasta con alegría y tranquilidad. Este año se ahorran el mal trago de las Navidades, evitan tener que acudir a reuniones que han sido siempre un compromiso no excesivamente agradable.

Una misma situación, visiones diferentes.

En esta Navidad atípica nos encontramos con visiones muy diferentes, directamente relacionadas con el autocuidado, la preocupación sana por la salud propia y ajena, la necesidad de contacto humano, etc.

Algunos han optado por afrontar esta navidad con mayor alegría, solidaridad y cercanía.

Han aceptado la situación, comprendiendo que las reuniones familiares y con amigos se harán con menos gente. Mantienen una actitud positiva y buscan alternativas para poder celebrar igualmente y transmitir esa cercanía en la distancia.

Otros están viviendo esta situación con angustia y ansiedad.

Sienten que asistir a estas reuniones les expondrá a situaciones en las que puede haber una mayor probabilidad de contagio. Piensan en su salud y en la de sus seres queridos y cercanos que pueden pertenecer a algún grupo de riesgo.

Este grupo no quiere defraudar a su familia, pero al mismo tiempo, no sienten la seguridad necesaria para poder salvaguardar su salud y la de las personas más cercanas.

Unos cuantos sienten que la Navidad no tiene sentido si no se reúnen con los familiares a los que llevan tiempo sin ver.

Para estas personas la Navidad es un momento importante en el que celebran la unidad y la cohesión familiar. No poder celebrar tal y como lo han hecho otros años les provoca tristeza y frustración, emociones que pueden ser difíciles de soportar.

Hay un último grupo que está viviendo esta situación como una oportunidad para escapar de compromisos familiares.

Son aquellos que reciben con alegría las instrucciones del gobierno que limitan la movilidad, el número de asitentes a reuniones, etc. Los mismos que todos los años aceptan y viven con angustia, enfado, tristeza o desgana las reuniones con familiares a los que no ven porque no tienen ningún interés en hacerlo. Este es su año.

Independientemente, de que te sientas identificado con un grupo u otro, te va a tocar aceptar la situación que estamos viviendo este atípico año. La esperanza es que se trata de algo temporal.

Ponemos todo el afán en que el 2020 acabe, esperando que el 2021 traiga cambios, novedades, cosas diferentes.

Estamos en continuo cambio y cada uno de nosotros tenemos la habilidad de adaptarnos a las situaciones que se nos van presentando en la vida.

Este año 2020 nos ha impactado a todos, mostrando nuestras características más fuertes y también las menos, las dos caras de una misma moneda que, en ocasiones, ni sabíamos que existían en nosotros.

A través de la observación propia, podemos aprender y evolucionar para obtener los mayores beneficios para nosotros mismo y para quienes nos rodean.

La clave para esta evolución está en la aceptación.

Aceptar que hay determinadas situaciones que escapan a nuestro control y sobre las que no podemos hacer nada.

Aceptación de que cada persona vive las Navidades de una forma diferente, con un significado y unas ganas distintas.

Mientras que nuestras relaciones, ya sean familiares, de amistad o de pareja, se basen en el respeto mutuo, podremos tener una convivencia tranquila, segura y enriquecedora.

No te sientas culpable por disfrutar de las restricciones.

Intenta no poner toda tu ilusión en reunirte con tus familiares en Navidad.

Procura evitar que la situación te supere.

Hay opciones, siempre las hay: se puede decir que no a las reuniones; puedes ver a tus seres queridos en otros momentos del año; eres perfectamente capaz de gestionar esta situación y otras que vengan.

Si crees que necesitas ayuda para llevar a cabo cualquiera de estas sugerencias que te ofrecemos, no lo dudes: autoregálate un proceso terapéutico por Navidad.

El sentimiento de abandono.

Has vivido situaciones en las que te invadía una tristeza enorme por sentir que no tenías a nadie, todos tenían algo mejor que hacer. Tú estabas a la espera de que alguien te avisara, te llamara o te mensajeara para tomar algo.

Quizás alguna vez hayas tenido la sensación de que tu pareja o amigas pueden “desaparecer” de tu vida sin avisar.

Tal vez te has planteado dejar tu relación antes de que rompan contigo para evitar el dolor y la incertidumbre de “cuándo” romperá tu pareja.

Es posible que quisieras en algún momento que todos/as a tu alrededor prestaran atención a lo que estabas haciendo o diciendo. Aparece una necesidad muy fuerte que te lleva a intentar captar la atención de los demás a toda costa para sentirte escuchado.

Si te has identificado con los párrafos anteriores, puede que experimentes la sensación de abandono y que ésta te haga sentir malestar en múltiples ocasiones.

Las formas en las que cada uno se siente abandonado pueden ser muy distintas.

Esta sensación, ¿la tienes identificada? ¿sabes de dónde viene?

Localiza la primera vez que te sentiste abandonado. Puede ser cuando tu padre se iba a trabajar todo el día, o la muerte de un familiar importante para ti o cuando tus padres se separaron hace años. Procesos de adopción, cuidadores que han consumido drogas y han sufrido adicción o un rechazo continuado en el colegio por parte de todos/as tus compañeros/as.

¿Qué crees que pudiste aprender cuando de niña te sentiste abandonada? ¿Qué mensaje te llegaba?

“No valgo para nada y por eso no quieren jugar conmigo”. “No lo hago tan bien y mejor que elijan a otro”. “El trabajo es mucho más importante que pasar tiempo conmigo”. “Ellos tienen su propia familia nueva, yo sobro y tengo que marcharme”. “He pasado por varias familias de acogida y ninguna quiso quedarse conmigo porque soy de otro país y no nos parecemos en nada”.

Lo que tienen en común estos pensamientos es que el foco de la responsabilidad o mejor dicho, de la culpa, está en ti misma. Te sientes la mala, la defectuosa, como si estuvieras un nivel por debajo del resto por tu procedencia, condición física, sexo, etc.

Hacerte responsable del abandono como si no te merecieras ser querida por algo que “está en ti” hace que la experiencia sea todavía más dolorosa.

¿Cómo pueda afectarte todo esto?

Sentirte inferior en tus relaciones.

En distintas situaciones, aparecen pensamientos como: “mis amigos no se acordarán de mi cumple porque no soy tan importante como fulanita para ellos”.

Inseguridad en tus vínculos.

Ideas como “seguro que aparece alguien mejor que yo y me deja algún día” te tienen casi permanentemente en un desequilibrio emocional que termina pasando factura.

Dependencia hacia determinadas personas como pareja o amigos/as.

Las figuras que cubran en ti esa necesidad de ser atendido tendrán tu admiración absoluta y esto puede llevarte a pensar que si no tienes a ese “alguien” en tu vida, nunca podrás volver a sentirte así de querido.

Conductas emocionalmente “adictivas”.

Del enganche emocional hacia una persona pueden surgir otras conductas: posesión, exclusividad o control. Exiges a tu pareja que sólo te mire a ti y a nadie más; no admites que entre ninguna otra persona en tu grupo de amigos; te sientes incómodo cuando no estás sólo con tus colegas, etc.

Pensamientos catastrofistas.

Te llevan a distorsionar la realidad negativamente y ponerte en lo peor. Reaccionas lo más negativamente posible: dejar tu relación antes de que la otra parte te deje; que te despidan y sientas que jamás volverán a quererte en otra empresa porque hay mil personas más capacitadas que tú, etc.

Adaptación y búsqueda inconsciente.

Sigues un patrón de comportamiento que te lleva a situaciones o personas que te hacen revivir el abandono. Relaciones en las que la pareja amenaza constantemente con dejarlo sin llegar a hacerlo o haciéndolo para volver, generando un bucle que conlleva malestar y a su vez un enganche.

Volviendo a pedir ayuda a tu madre cuando ésta comienza una relación sentimental, aún sabiendo que suele perderse durante días sin contactar con nadie.

Situaciones que ya has vivido y es a lo que estás acostumbrado, aceptas que tu vínculo es así.

Lejos de significar amor, esta dinámica causará daños en tu relación y sin duda en ti. Buscar de forma compulsiva el cariño o la atención en personas que no harán más que recordarte que te desatienden o se despreocupan de ti.

Emociones como miedo, tristeza, frustración, soledad, insatisfacción vital, etc, estarán presentes si mantienes este modus operandi toda tu vida.

Ansiedad, somatizaciones, incluso fobias o consumo de tóxicos pueden ser familiares para ti si te encuentras en este punto.

¿Qué puedes hacer?

Necesitas cambiar ciertas cosas de base:

Comenzar a comprenderte, escucharte, darte tiempo y cariño serán un buen remedio para este proceso. No estás así porque quieres, o porque tú lo decides o te lo inventes.

Estás en esta situación a causa de experiencias pasadas. Experiencias que no integraste en tu presente y siguen apareciendo de la forma más inconsciente o irracional posible.

Esquemas mentales disfuncionales por otros más ajustados a la realidad.

Canalizar la culpa y adjudicar un correcto locus de control a las situaciones vividas.

Responsabilizarte de aquello que pasa aquí y ahora, es en lo único sobre lo que tienes control y poder para cambiar algo.

Conocer tu tipo de apego. Saber de qué manera aprendiste a vincularte y, en caso de ser patrones inseguros, comenzar a crear vínculos basados en la confianza, la seguridad y el amor.

Técnicas de relajación para detener las ideas intrusivas y obsesivas que aparezcan en situaciones críticas que no hacen más que trasladarte a episodios antiguos y angustiosos.

Aprende a identificar tus emociones y necesidades, y también a comunicarlas al resto. Será mucho más sencillo hacerte cargo y que los demás te comprendan o ayuden.

Ante una situación desbordante que te genere un intenso malestar o que afecte a diferentes ámbitos de tu vida, lo más recomendable es comenzar una intervención psicológica. No tengas miedo a pedir ayuda si no puedes cambiar sola. En Quiero Psicología te acompañamos en este proceso.

convivencia covid

La convivencia en tiempos de Covid.

¿Te encuentras en una situación de tensión en tu propia casa?

¿Tus compañeros o tu pareja no respetan las normas?

¿El malestar que esto te provoca está subiendo de nivel?

Tú eres consciente de lo que implica el covid y cumples con las medidas sanitarias. No te gustaría contagiarte ni contagiar a tus seres queridos.

Te preocupa cómo podría afectar a tu trabajo, tu familia, etc, pero convives con otras personas, compañeras de piso, familia, pareja, etc. Entran en juego cosas que no dependen de ti, que están fuera de tu control.

La opinión que las personas con las que convives tienen sobre el covid no es la misma que la tuya. Suelen decir frases como “todos tendremos que pasarlo tarde o temprano”, “cuanto antes lo cojamos, antes nos inmunizamos”.

Estos comentarios te conectan con la ansiedad y el miedo. Tú no quieres contagiarte, no quieres que tus hijos se contagien, has elegido cuidarte y tienes derecho a ello.

No sabes qué hacer. No depende de ti lo que tus compañeros, tu padre, tus hijos o tu pareja hagan y aún así te sientes en peligro constante.

Puedes que hayas comenzado a notar un estado de hipervigilancia cuando estás en casa. Que estés pensando qué vas a tocar, si tu compañero se habrá lavado las manos, si se habrá ventilado el salón, si tu hijo ha desinfectado las zapatillas, etc.  Vives en un estado de alerta y eso te genera tensión.

Este estado permanente de alerta puede tener repercusiones muy importantes y negativas tanto en tu cuerpo como en tu mente. Ni siquiera en tu propia casa puedes bajar la guardia y encontrar un lugar seguro. Cuando llegas a casa, necesitas poder relajarte y sentirte libre de amenazas.

Puedes ponerte en plan cabezón, discutir cada dos por tres, impedir que tus hijos traigan amigos a casa o regañar a tu padre cada vez que sale sin la mascarilla.

Obviamente, esto no son soluciones, son alertas.

Tomar esta actitud de “policía” va a ser estresante. Además, lo será para todos: para ti, que tendrás que estar pendiente de cada paso que den el resto de personas con las que vives, y para ellos, que se hartarán del control al que los sometes.

¿Qué puedes hacer?

Para solucionar cualquier problema que surge en la convivencia diaria, hay de herramientas que dan buen resultado y son “multiusos”, aplicables a cualquier situación.

Comunicar.

Hablar. Contar lo que te pasa. Expresar lo que sientes.

Por supuesto, para poder comunicar adecuadamente (que lo que tú dices y lo que los demás entienden sea lo más parecido a la realidad posible) es importante que todo el mundo esté dispuesto a hacerlo: a comunicarse.

Para ello deberás “convocar” una reunión con todas las personas convivientes, sí, incluso tu hijo de 7 años es importante que esté.

Exprésate de la forma más asertiva posible (sin poner tus deseos o necesidades por encima o por debajo de las de nadie, respetando los derechos y opiniones de todos, etc.). Aunque estés muy ansioso/a intenta que tu emoción no se apodere de la situación y te impida comunicarte de una forma clara.

Puedes preguntar qué idea tienen de la situación actual y qué consideran que es cuidarse, para saber desde dónde parte la conversación.

Todas las personas implicadas tienen derecho a expresar cómo se están sintiendo. Su preocupación o indiferencia, su miedo a coger el covid, la necesidad de ver y compartir con otras personas, las repercusiones que puedan afectar al trabajo, etc.

Es importante estar dispuesto/a a compartir. Hablar y escuchar, procurando mantener la calma y poner interés no sólo en “contar lo mío”, sino en saber cómo se sienten los demás.

La incomodidad puede ser expresada por todas las partes: al igual que a ti te estresa la “indiferencia” de los demás, a ellos les puede estresar tu “exceso de precaución”.

Negociar.

Todos tenemos derecho a sentirnos a salvo y seguros en nuestra casa. Esto te incluye a ti y al resto de personas convivientes.

Si las posturas no se flexibilizan, ni la tuya ni la de los demás, será imprescindible establecer unas normas comunes de comportamiento.

Si estás tratando con jóvenes o con menores, te en cuenta que los niños y los adolescentes tienen unas necesidades sociales y relacionales muy específicas. Ya hemos hablado de ello en otros posts: La cuarentena, cómo ha afectado a nuestros niños y niñas o La “nueva” vuelta al cole.

Si compartes piso con varios compañeros o compañeras, entiende también que esas normas no pueden estar por encima de los derechos de nadie. El Ministerio de Sanidad dice que se pueden realizar reuniones en las casas de un máximo de 6 personas. No puedes obligar a nadie a que viva por debajo de eso. Tomar como referencia las indicaciones de seguridad e higiene que las autoridades nos dan, debería ser la base mínima para negociar estas normas de convivencia.

Cuídate tú.

Independientemente de los acuerdos a los que llegues o de las normas que establezcáis, lo que está en tu mano es cuidarte tú.

Hazte cargo de lo que sí depende de ti y trata de poner tu atención en ello. Si tienes pensamientos repetitivos sobre lo que los demás están haciendo, trata de dejarlos pasar y no prestarles demasiada atención. Ya has hecho lo que has podido, lo demás ya no es cosa tuya.  

Hay situaciones que son inevitables. No podías saber que la pandemia iba a durar tanto, ni que las personas de tu alrededor iban a tener una actitud tan diferente a la tuya.

Una vez que ya está sucediendo, es normal que te sientas afectado y quieras tomar decisiones, tienes derecho.

Recuerda que los demás también tienen derechos y que la mejor forma de llegar a acuerdos es aprender a ser flexibles. Entender que hay cosas que escapan a nuestro control, especialmente cuando hablamos de relaciones con otras personas, es fundamental-

Intenta mantener la comunicación abierta, sin acumular malestares innecesarios. Expresa lo que te molesta y agradece lo que te gusta, no todo han de ser cajas destempladas y protestas.

Si quien te está dando “problemas” es tu hijo o hija, sé paciente. Habla mucho con el o ella intentando no hacerlo desde el miedo ni trasmitirle tu estrés o tu ansiedad. Suficientemente mal lo están pasando en el cole y con esta forma extraña de relacionarse con sus amigos y amigas.

De esta pandemia podemos aprender muchas cosas. Podemos descubrir cuáles son nuestros límites. Averiguar cómo de efectiva es nuestra forma de comunicarnos y de expresar nuestros sentimientos y emociones. Comprobar cómo de flexibles o de rígidos podemos llegar a ser. Trabajar nuestra capacidad de persuasión o de negociación. Ejercitar la paciencia, etc.

Si sientes que la situación te está desbordando. Si necesitas un espacio para expresar tus inquietudes y observarlas de la forma más neutra posible, no dudes en escribirnos. Te ayudaremos a gestionar aquello que te preocupa.

auto exigencia

No disfruto con nada.

¿Llevas un tiempo que no logras disfrutar con nada?

¿Te molesta lo que hacen los demás?

¿Sientes que hagas lo que hagas, al final acabas en el mismo punto?

Has vivido situaciones que no han sido agradables. Este ha sido un año diferente para todos y hubieras preferido que no pasara todo lo que ha pasado.

Esto no depende de ti. Aún así, te aferras a la idea de que podrías haber hecho algo o de que incluso ahora puedes hacer algo más. Al final terminas cansado/a porque estás contándote las cosas desde una perspectiva desfavorable para ti. Y ya bastante has hecho y sigues haciendo.

La autoexigencia puede ser infinita. Puedes tener la idea de que ser exigente está bien, que así conseguirás más cosas, que si no eres exigente te acabarás estancando. Es importante agradecer a la exigencia su papel, aprender a escucharla, pero siendo consciente de que no sea ella la que tire de ti.

Si la exigencia se pone al mando, tira de ti. Te arrastra hasta límites en principio inalcanzables, teniendo en cuenta solo el objetivo, que puede ser más o menos idealizado, más o menos realista.

Si solo tienes en cuenta el foco, tu objetivo, sin prestar atención a nada de lo que sucede alrededor ¿dónde quedan tus necesidades? El fin no es alcanzar la meta, el fin es caminar hacia la meta teniendo en cuenta tus límites, tus recursos y tus necesidades. El objetivo es alcanzar tu propósito descuidarte ni quedarte por el camino.

Es importante observar dónde estás poniendo el foco. Cómo te estás contando lo que está pasando, lo que estás haciendo, los resultados que obtienes, positivos o negativos.

¿En tu diálogo interno suelen aparecer frases como estas?

“No me gusta mi vida.”

“Soy una fracasada/o.”

“Tendría que tener unas mejores condiciones ya.”

“A los demás les va mucho mejor que a mi.”

“Me toca estar solo/a cuando no quiero.”

Si respondes que sí, probablemente estés experimentando una sensación de frustración y malestar elevadas. Porque a pesar de todo lo que ya has conseguido, sigues mirando y viendo sólo lo que te falta.

Déjame decirte algo: estás aquí y eso es bastante.

Agradece todo lo que te ha traído hasta este momento y todo lo que ya has conseguido.

De manera automática, estás contándote la historia de tu vida sin ver lo que ya has avanzando, si no centrado/a en lo que te falta. Cuando te centras en lo que aún te queda, estás continuamente activado/a. Así mantienes la idea de fondo de que siempre quedan cosas por hacer y que tienes la responsabilidad de hacerte cargo de todo, cuando ya eso no te corresponde y no puedes hacer más de lo que ya estás haciendo.

¿Qué puedes cambiar?

  • Dedícate un momento para observar todas las áreas de tu vida. ¿Cuántas áreas tienes ahora mismo? (Personal, amigos, pareja, deporte, trabajo…) Puedes dibujar una margarita y cada pétalo sería un área de tu vida.

  • De manera neutral y objetiva, como si fueras un observador descriptivo, escribe cómo están cada una de esas áreas. Trata de ser lo más objetivo y neutral posible, evitando hacer evaluaciones: “mala, horrible, fracasada, harta, buena, mejor, peor, insuficiente”.

  • Identifica las cosas que has hecho tú y agradece a tu “yo” de aquel momento todo lo que hizo. Teniendo en cuenta la situación y los recursos que tenías entonces, nada pudiste hacer de otra manera. Puedes pensar que no lo harías así ahora, pero no se trata de juzgarte. Quizás ahora lo harías diferente porque tienes otros recursos: has aprendido. Pero para hacerlo, has tenido que intentarlo de otra forma antes y ver que no funcionaba.

  • Has llegado hasta aquí y no siempre ha sido fácil. Has tenido que gestionar diferentes situaciones, poner en marcha distintos recursos y aún así, estás aquí. Poner el foco en los demás te hace descuidar detalles y no contarte la realidad como es exactamente. Tú tienes tu realidad, tu proceso y tu experiencia. Todas las áreas de tu vida tienen sentido si pones el foco en tu propio proceso y no fuera.

Aprender a escuchar a la exigencia es muy importante. Hacerlo te permitirá saber cuándo es ella la que está tirando de ti y cuando eres tú el/la que está al mando. Caminando en una dirección, la que tú determinas y eliges seguir. Sin descuidarte y respetando tu proceso, tus tiempos, tus límites y tus necesidades.

Si te has sentido identificado/a , quizás podría ser un motivo para empezar a conocerte, a escucharte y decidir si seguir en esta dirección o no. En Quiero Psicología te esperamos para que aprendas a focalizarte en lo que eres y lo que tienes, y no en lo que te falta.

perdonar

¿Qué es el perdón?

¿Sabemos realmente qué supone perdonar?

¿Somos conscientes del proceso que implica?

Todos tenemos en mente que cuando perdonamos a alguien tras una ofensa, olvidamos o minimizamos la importancia de lo que nos ha hecho para restaurar la relación que teníamos.

Lo vemos como un acto individual, como un resultado.

Pero el perdón es un proceso en varias etapas en las que buscamos reducir el malestar provocado por la ofensa. Como proceso que es, lleva tiempo y, si la ofensa ha sido grave, también implica esfuerzo.

Reconocer la ofensa.

La primera fase de este proceso es reconocer la ofensa, ser conscientes de que hemos sido tratados de forma injusta y que este daño ha podido ser intencionado o cuanto menos negligente. Darnos cuenta de que la persona que nos ha dañado podría haber actuado de otra forma.

Una vez reconocida la ofensa nos encontramos en una situación de malestar, en la que podemos sentir rabia, indignación, dolor, amargura, tristeza, sensación de traición o incluso vergüenza y humillación. Podríamos decir que nos encontramos el momento del no-perdón.

En este momento, no queremos tener relación con la persona que nos ha ofendido, de hecho, podemos sentir deseos de venganza. Nuestros pensamientos pueden ser recurrentes y dedicamos mucho tiempo a pensar una y otra vez en la ofensa, qué pasó, cómo pasó, por qué, cómo podríamos haber actuado, qué podríamos haber dicho, etc.

Con el tiempo, este malestar puede disminuir, pero que lo haga no implica que perdonemos a quien nos ha ofendido. Para poder perdonar, hay que tomar decisiones, hay cosas que hacer.

Elegir.

El perdón es un derecho, no una obligación y puede llegar a ser más beneficioso para la persona ofendida que para la que ha ofendido. El perdón es para nosotros, no para el otro.

Cuando perdonamos, buscamos reducir el malestar generado por la ofensa.  Consiste en disminuir las emociones de rencor, rabia, vergüenza, humillación, odio, dolor, amargura o impotencia.

Por este motivo, tenemos la capacidad de elegir si perdonar o no, sabiendo y  reconociendo que cada elección tendrá unas consecuencias distintas en nosotros.

Perdonar no es olvidar.

Si decidimos perdonar, debemos ser conscientes de que hacerlo no es olvidar la ofensa recibida, que ni siquiera implica recuperar la relación, ni mucho menos ignorar el daño.

El perdón se produce cuando consideramos que es una opción y nos planteamos hacerlo. En ese momento, nuestros sentimientos de odio disminuyen o desaparecen, incluso podemos comenzar a sentir compasión hacia quien nos ha ofendido, teniendo en cuenta que sentir compasión no implica justificar la agresión.  

El perdón unilateral.

Como hemos visto, perdonar nos ofrece beneficios y ventajas a nosotros mismos en primer lugar y no siempre tiene que implicar a la persona que nos ha hecho daño.

Por ello, hablamos de perdón unilateral cuando el objetivo no es el cambio en la otra persona, ni siquiera es necesario retomar la relación que tuviésemos con él o ella.

El objetivo que buscamos con el perdón unilateral es reducir nuestro malestar, cambiar a mejor nuestra experiencia personal.

La persona que se ha sentido dañada es la protagonista, trabaja sus emociones, sus sentimientos hasta poder cambiar la percepción que tiene sobre sí mismo. El objetivo es pasar de ser víctima a ser superviviente. Para ello es capaz de abandonar los sentimientos de debilidad e impotencia y de reconocer su propia fortaleza, recuperando el control de la situación.

Aprender a perdonar no siempre es fácil y depende en gran medida del daño percibido, teniendo en cuenta que ese daño puede ser totalmente subjetivo y que algo puede parecernos algo tremendo y ser algo insignificante a los ojos de los demás.

Perdonar depende también de lo estrecha que sea la relación con la persona que nos ha hecho daño. Cuanto más cercana y más confianza, más grave nos puede parecer lo sucedido.

Depende también de nuestra capacidad de autoobservación para ser capaces de descubrir qué pasó que dolió tanto, si realmente es necesario darle tanta importancia, si podemos pasar página y recuperar la relación o es imperativo romper definitivamente.

El perdón no es fácil. Si ya hablamos de perdonarnos a nosotros mismos, entramos en mayores dificultades.

Si sientes la necesidad de perdonar o de perdonarte, en Quiero Psicología estamos para escucharte y ayudarte a encontrar el perdón que necesitas.

autoexibencia control

¿Mi autoexigencia me impide funcionar?

¿Es la autoexigencia “marca de la casa”?

¿Cómo te sientes si por complicaciones en el día no has podido ir al gym, siendo una rutina habitual para ti?

¿Qué ocurre cuando algo que tenías previsto, como un plan con amigos, se cancela a última hora?

¿Te irrita sentir que algo no está en tu control? Por ejemplo, que tu jefe te presione para mejorar porque hoy no has hecho las cosas tal y como él te dijo y eso te genera tal malestar que tu día se  nubla por completo con esa sensación.

Si las situaciones anteriores u otras parecidas te generan malestar es posible que la organización, las rutinas y el orden sean partes importantes de tu día a día, probablemente esta dinámica te permita por ejemplo, llegar puntual a tus citas, dormir a tus horas, tener una alimentación equilibrada, mantener a buen ritmo tu cuenta de ahorros o planificar tus vacaciones mucho antes de que comience el verano.

Sin embargo, si cuando alguno de tus planes mentales no se ajusta a lo que luego sucede y esto te genera un intenso malestar, lo que en principio te ayuda y te hace sentir mejor, llevado al extremo se convierte en algo que te bloquea o limita.

Es funcional llevar una rutina diaria que te permita ir al trabajo, hacer deporte y descansar pero comienza a ser disfuncional cuando por no poder ir un día al gimnasio te sientes fatal y te autocastigas al día siguiente con más horas de entreno que compensen las que te faltaron ayer llegando incluso a encontrarte mal por el esfuerzo físico extra realizado.

Estableces una serie de expectativas que tienes que cumplir y lo que inicialmente haces por salud, placer o deseo, se convierte en una obligación y no permites que no suceda, ya no es algo que puedas hacer o no, es algo que hay que realizar y si no es así hay además un castigo, una consecuencia negativa. Es como si convivieras con un látigo que corrige cada paso que das y esto, día a día genera un daño considerable.

¿Crees que se disfruta sabiendo que un “paso en falso” implica recibir un latigazo?

De forma sistemática tu autoexigencia te hace estar alerta constantemente, no puedes relajarte, no puedes permitirte un fallo o un imprevisto.

La exigencia en su justa medida puede generar consecuencias agradables pero si se descompensa la balanza estaríamos hablando de un patrón obsesivo que te impide funcionar y recomponerte ante los imprevistos que naturalmente nos suceden a todos/as en el día a día. Esta intensidad en la exigencia implica rigidez mental, es decir, la incapacidad de aceptar algo distinto a lo previsto.

Y si hablamos de previsión y anticipación sobre lo que va a suceder, ¿qué otro concepto está implicado?

El control. Si consideras que eres alguien con un patrón obsesivo, estarás familiarizado/a con el control, de hecho, “necesitas” controlar aquello que va a suceder para conseguir el bienestar y rechazas la incertidumbre.

Sin embargo, ¿crees que podemos controlar absolutamente todo? Tu respuesta indudablemente será que no, ya que es imposible, y estaríamos hablando de una ilusión más que de una realidad.

Por tanto, si ese látigo fustigador del que hablábamos antes aparece cada vez que “pierdes el control sobre algo”, sin duda, terminarás bastante magullado/a.

Además, en principio, tu mano es la que sostiene ese látigo y es muy probable que no sólo te autocastigues a ti, sino que también lo hagas con aquellos que te rodean; amigos/as, familia, pareja, empleados/as a tu cargo, compañeros/as de trabajo. Casi con seguridad, cuanto más cercanos, peor.

Ya hemos imaginado el malestar que puede generar recibir latigazos constantemente pero ¿cómo se expresa esto en ti?  Es decir, ¿cómo visibilizar este “daño” surgido a raíz de una elevada autoexigencia?

Las consecuencias que acarrea la falta de permisividad ante los fallos y no cumplir las expectativas o convivir con cierta incertidumbre pueden ser:

-Emociones tales como miedo, frustración, ira, tristeza, etc..

-Hablar de miedo implica hablar de ansiedad: taquicardia, presión en el pecho, intranquilidad motora…

-Afectación en las diferentes áreas de tu vida.

-Abuso de sustancias tóxicas que te permitan desconectar durante unos momentos.

-Somatizaciones.

Si te sientes identificado/a con este post y no sabes bien qué puedes hacer, lo primero que te sugiero es reflexionar.

¿A qué crees que se debe este patrón?

Cuándo y cómo aprendiste esta dinámica?

¿Qué supone en ti la autoexigencia?

¿Cómo te sientes cuando “no cumples”?

¿Qué pasa cuando “no tienes nada que hacer” y no has podido planificarlo?

“Tener un látigo en la mano” es algo que aprendiste en algún momento de tu vida y aunque tú lo sostengas, no quiere decir que te sientas a gusto con ello. Puede que esta dinámica funcione en ti como un mecanismo de defensa y que alguna vez haya sido tu mejor alternativa y, hasta ahora, te haya permitido seguir y gracias a ello, estar donde estás.

Si consideras que esta gestión de tu vida te puede llegar a limitar en determinados momentos o genera malestar en ti y en tu entorno, en Quiero Psicología te acompañaremos en este proceso de autoconocimiento que te permita crear recursos que ajusten y modulen la exigencia. Aprender a ser menos exigente contigo mismo/a está en tu mano: contáctanos.

¿Le hemos perdido el miedo al coronavirus?

Es una pregunta que tras todo este tiempo de confinamiento y la vuelta a esta rara “nueva normalidad” mucha gente puede seguir haciéndose: ¿me asusto lo suficiente o no frente al coronavirus? ¿le he perdido el miedo?

¿Qué es asustarse suficiente?

Lo primero que hay que aclarar es que todas las emociones en su justa medida sirven, funcionan y están ahí para algo. Pero cuando rebasamos la intensidad emocional óptima lo único que ocurre es que nos bloqueamos, saturamos y lejos de que la emoción ayude a conseguir objetivos buenos, nos inunda.

Por ejemplo, es bueno tener algo de ansiedad ante un examen, si no, no estudiaríamos, pero si tenemos demasiada nos podemos quedar en blanco en mitad de la prueba.

El miedo es una emoción que nos sirve en su modo funcional para que no nos acerquemos a algo que represente un peligro para nosotros.

Pero claro, en esta crisis lo que no sabemos es cómo medir cómo de peligroso es contagiarse y cómo de fácil. Todos los días nos vemos inundados de noticias, algunas supuestamente de fuentes fiables y expertos pero que contradicen a otras fuentes fiables y expertos. Todo el día a todas horas oímos: cuidado que….mira las cifras que….

El miedo a los rebrotes parece acechar a la vuelta de la esquina y no sabes si salir, si no, si ir a la playa, si ir de vacaciones. No hay nada claro y no tenemos nada claro.

Entonces ¿qué hago?

Es evidente que hay muchísimos motivos para tomar precauciones: el riesgo de contagiarte tú y contagiar a otros (incluidas personas de riesgo) sigue flotando en el ambiente. Se toman medidas, pero sigue habiendo personas infectadas, contagios, ingresos.

¿No estoy lo suficientemente asustado?

No te pedimos que mantengas el miedo como herramienta para manejar la situación puesto que parece ser que ya no es necesario. Te hablamos de ser prudente y de hasta dónde puedes llevar esa prudencia sin reenganchar con el miedo ni pasar olímpicamente de la situación. La idea es mantener el equilibrio entre ambos extremos.

Si piensas que todo esto son pamplinas, que no hay que volverse histérico y que ya es tiempo de ir de chiringuitos, puede que estés disociado de la situación, que seas una persona que siempre resta importancia a todo aquello que le puede afectar emocionalmente para distanciarse creyendo que es una manera sana de adaptación. Quizás te interesa leer nuestro post sobre la gestión emocional. Vencer esa forma de pensar es duro sobre todo cuando tu propia evitación te hace creer que no tienes ningún problema. No te vas a plantear si estás lo suficientemente asustado o si tomas suficientes precauciones.

¿Estoy demasiado asustado?

Si eres una persona que intenta ser responsable y que ahora mismo ya no sabe ni qué medidas tomar, se siente culpable por si contagia a otros (sobre todo personas de riesgo) y tiene todo el tiempo miedo.

Ahí es cuando el miedo tiene riesgo de no servir para nada excepto para colapsarte. Así que te damos unas pautas:

Controla sólo lo que controles

Lo que viene siendo lo mismo que: no te vuelvas loco pensando en todas las posibilidades infinitas que no controlas, tipo “y si en realidad estoy asintomático y sigo contagiando”, “y si mi abrigo ha rozado una estantería y no lo he desinfectado y entonces eso toca con…”. Elige las precauciones que te den seguridad dentro de lo razonable y llévalas a cabo. Todas las demás déjalas. Y sobre todo deja de ver mil informaciones de supuestos expertos que cada vez añaden 7 cosas más que hay que hacer.

¿Cómo sabes que estás intentando controlar de más? pues por la ansiedad que te genera pensar las ocho mil trescientas variables. Ser responsable no implica tener que vivir ansioso.

No anticipes

Anticipar lo que va a ocurrir después, ya sea por el propio virus: “contagiaré a alguien o me contagiaré yo”, “mi madre va a morir”, etc. O por la crisis asociada: “no voy a tener trabajo”, “mi sector ya no se recuperará”, “no volveremos a ir de vacaciones”…. No te va a servir de ayuda.

Toda crisis es cambio y todo cambio conlleva muchísima incertidumbre. No anticipes sobre todo lo que no controlas, pensar en lo que ocurrirá después no ayuda porque ahora mismo no lo controlamos, cuando lleguemos a ese futuro pondremos en marcha nuestros recursos que no son pocos.

No tomes un ejemplo aislado para entrar en pánico

Por ejemplo: “he leído que hay un caso de un perro contagiado, entonces seguro que mi perro va a morir”, o “ha muerto una persona de 20 años entonces eso es que todos podemos morir”, o “hay rebrotes en 15 comunidades, de esta volvemos a la cuarentena”…

Tienes que valorar las probabilidades reales, igual que te podría caer una maceta en la cabeza y a lo mejor este mes alguien ha muerto así, pero como no estás expuesto a esa información no tienes miedo a eso. Relativiza las cifras según las probabilidades y si no puedes, desconecta un rato de informaciones.

Cuidado con los supuestos expertos

Pon siempre cabeza en lo que oigas y tradúcelo a lo razonable. Hemos llegado a oír que el perro no tiene que salir de un rincón, que nunca debes tocar a tu hijo, o que según llegues de la calle debes meter la ropa en la lavadora y directo a la ducha.

Informaciones que lejos de ser demasiado útiles provocan maltrato y obsesión.

¿Y si no puedo seguir estos consejos?

¿Qué pasa si no puedo seguir estas recomendaciones porque la ansiedad me sobrepasa?

Quizá antes de esta crisis, del confinamiento y de esta vuelta a la normalidad, ya había unos rasgos predisponentes o un problema subyacente que ha explotado y necesitas ayuda. Quizá no sólo es ansiedad por esto sino también por lo que ves que los demás están haciendo o dejando de hacer.

Lo fundamental es que encuentres el equilibrio entre la prudencia y el miedo paralizante, si necesitas ayuda para manejar todas las emociones que te han surgido durante el confinamiento y esas otras que están apareciendo ante la normalidad, contacta con nosotras y disfruta de tu primera cita gratuita.

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¿Por qué le doy tantas vueltas a todo?

¿Te pasas la mayor parte del tiempo pensando?

Pensando lo que podrías haber dicho o en lo que dirás la próxima vez, pensando en lo mal que te ha sentado que tu compañera te hiciera ese comentario, pensando en que harás cuando se te acabe el contrato de trabajo, pensando en que pasará el año que viene, pensando…


Al final nunca estás en el momento presente, porque cuando estás en tu cabeza, no estás conectando con lo que realmente está pasando. Te viene un pensamiento, involuntario y repentino y lo tomas tan en serio que empiezas a dialogar con él.


Y es aquí cuando empiezas a rumiar y a crear una cadena de pensamiento en la que cada vez te vas alejando más de lo que está pasando.


En vez de buscar alguna solución que pueda servir para hacer frente al problema, te dedicas a pensar en por qué te pasa esto a ti, en que desgraciado/a eres, en que siempre te pasan estas cosas, etc. y mientras tanto no te estás ocupando de lo que realmente importa.

¿Qué cosas puedo hacer para evitarlo?

Quizá te venga bien hacerte estas preguntas:

¿Te estás preocupando o te estás ocupando?
La misma palabra lo dice: pre-ocuparse, es decir, antes de ponerte manos a la obra para buscar una solución, entras en un bucle rumiativo que no aporta ninguna solución útil a lo que está sucediendo, saltas de una idea a otra que te desvía de lo realmente importante y te genera malestar.

¿Te sueles mandar mensajes negativos a menudo?
Si cuando ocurre cualquier circunstancia vital, te sueles hablar de forma negativa: “es que siempre lo hago mal”, “verás mañana cuando me toque enfrentarme a mi amiga”, etc., tiene sentido que experimentes una sensación de malestar a menudo. Hablarte así no te ayuda y bloquea tus recursos personales.

¿Te suelen generar malestar las cosas que te pasan?
Si la forma de interpretar lo que te ocurre tiene un tinte catastrófico, es normal que vivas en estados constantes de malestar. Cuando pensamos en algo que nos resulta desagradable, el cerebro no diferencia si realmente está sucediendo en el momento o no, por lo que las emociones surgen igualmente aunque el suceso no se esté dando en el momento presente.

¿Por qué me pasa esto?

Quizá durante tu vida hayas recibido comentarios que no te han ayudado a ganar confianza en ti mismo/a por eso crees que si piensas mucho las cosas vas a tener mayor seguridad. Quizá has recibido críticas que te han hecho sentir que no eres lo suficientemente bueno o lo suficientemente válido o quizá te sea de utilidad funcionar así, porque al estar pensando, evitas ocuparte de lo que realmente ocurre.


Lo que está claro es que te preocupas demasiado y crees que si piensas algo muchas veces al final lograrás controlar todo y que nada te pille de improviso. Algo que es imposible porque la vida en sí misma es impredecible y se escapa de tu alcance querer controlar todo.


Es más importante adquirir recursos personales que te permitan hacer frente a las situaciones cuando están ocurriendo ya que por preocuparte más, no solucionas nada. Al contrario: generas malestar, anticipas los acontecimientos negativamente, etc.


Quizá sea el momento de revisar cuánto tiempo inviertes pensando y de qué manera esto afecta a tu forma de afrontar lo que sucede y a cómo te sientes. En Quiero Psicología sabemos por lo que estás pasando, ven y trabajaremos contigo para que cambies.

Contacta aquí.

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La censura de las emociones negativas.

“Anímate, no pasa nada”, “no te sientas mal”.

¿Ayudan estos consejos a que te sientas mejor?

NO. Te explicamos porqué.

La positividad tóxica se manifiesta en frases como:

“Tienes que estar bien”

“No seas tan negativo”

“Tienes que animarte”,

“No puedes estar así”,

“Deja de llorar y anímate”  

“Tú pasa y ya está”.

“Estar triste no sirve de nada”

Aparentemente son frases que pretenden hacerte sentir mejor, ¿verdad? Pero lo que realmente esconden detrás es un mensaje muy dañino. Las has podido escuchar en tu familia o en tu grupo de amigos. Cuando tenías un problema y recurrías a alguien de tu confianza, recibías este mensaje, de manera que has aprendido a hablarte de la misma forma.

¿Cuándo sientes tristeza qué sueles hacer?

¿Y cuando estás enfadado?

¿Reconoces cuando tienes vergüenza? El hecho de saber lo que sientes y por qué lo haces te ayuda a entenderte, a conocerte y a saber lo qué necesitas y lo qué no.

Si has aprendido que la tristeza es una emoción que no sirve para nada, que “solo sirve para ponerte mal”, cuando te pase algo que te haga estar triste, utilizarás esta estrategia para evitarlo.

¿Sueles salir a tomar algo? ¿llamas a tus amigas para irte con ellas? ¿te sueles hablar desde la exigencia y no te permites estar mal?

Puedes sentir que la tristeza es un túnel en el que vas a entrar y del que no vas a salir, pero realmente la tristeza es un puente que te permite pasar al otro lado, te permite integrar que alguien se ha ido, que algo ya no va a volver a ser igual o que lo que está pasando te está haciendo daño.

¿Te permites enfadarte? ¿o el enfado no forma parte de tu repertorio habitual?

Si has aprendido que no está bien expresar el enfado, probablemente aguantes y aguantes hasta que un día explotas. Y si no lo explotas hacia fuera, explotarás hacia adentro en forma de frustración o tristeza.

El enfado sirve para poner límites y preservar tu espacio personal. Tienes derecho a enfadarte, tienes derecho a defender tu espacio.

¿Qué haces cuando sientes vergüenza? ¿Te sientes vulnerable por decir que tienes vergüenza?

Si para ti la vergüenza es sinónimo de debilidad y has aprendido que si te muestras débil corres más riesgo de que te hagan daño o de que los demás no te vayan a aceptar, evitarás a toda costa sentir y expresar la vergüenza. Pero la vergüenza es una emoción más que te da información de aquello en lo que no te encuentras lo suficientemente seguro o válido. Puede ser una puerta que te permita entrar en un espacio para trabajar en ti.

¿Qué pasa cuando tienes miedo? ¿te dejas sentir el miedo porque sabes que es una parte más de ti?

El miedo es una emoción más, forma parte de todos nosotros. Si realmente no identificas qué es lo que te da miedo y te haces cargo de ello, es posible que tengas otros síntomas ya que el miedo busca salir de alguna forma. Quizá sea ansiedad, pensamientos obsesivos y recurrentes o ataques de pánico. Es importante que el miedo tenga su espacio para que lo escuches, lo entiendas y te hagas cargo.

Como puedes ver, las emociones forman parte de ti. Es sano experimentar emociones en una medida ajustada y adecuada a la situación.

En cambio, el exceso de positividad es tóxico porque censura las emociones que son más desagradables y no te permite atender a las partes dañadas. ¿Quieres aprender a identificar qué sientes? ¿Quieres aprender a dejar de censurarte? Ven y cuéntanos, trabajaremos contigo. Contacta aquí.