operación bikini

La maldita “operación bikini”

Ya está aquí junio.

Damos la bienvenida al verano y al inicio de las preocupaciones por tener que exhibir el cuerpo en la piscina, playa o donde sea que tengamos la oportunidad de refrescarnos.

Este año, además, llega en circunstancias especiales.

Tras una época de confinamientos y limitaciones varias en la que muchos y muchas hemos manejado la ansiedad y la falta de actividad mediante la comida.

Esto se ha traducido en un “posible”  aumento de peso.

Varios estudios estiman que en este periodo cada uno de nosotros hemos engordado una media de tres kilos.

“Para anticuerpo, el que vamos a tener este verano”

Esta frase se ha repetido en numerosas ocasiones desde que se inició la pandemia y, aunque que pretende ser una frase con humor, encierra un mensaje de base que se ha instalado en nuestra sociedad: tenemos que estar perfectos y perfectas para el verano.

La “operación bikini” no debería ser una dieta restrictiva y temporal, sino un cambio de hábitos que persiguen un objetivo de vida saludable.

Todos los días del año.

Todo el tiempo.

La sociedad nos demanda “la imagen perfecta”.

A todos.

Es innegable que las mujeres sufren una presión social mayor.

No se ha oído hablar de “la operación bañador”.

Niños y niñas, hombres y mujeres hemos sido educados de forma diferente.

Ya hemos hablado sobre esto en algunos posts anteriores (https://www.quieropsicologia.com/ninos-ninas-y-normas/ por ejemplo) y todos nos sentimos presionados por adaptarnos a lo que se considera ser “una mujer deseable o un hombre deseable”.

A los hombres se les ha orientado hacia el éxito propio y las mujeres han recibido una educación orientada a la aceptación de los otros.

Ser una mujer valorada supone, además de otros mucho atributos, estar sometida a unos cánones de belleza y buscar encajar en ellos.

Por lo que atañe a este post: la delgadez.

Cada verano las nuevas colecciones de trajes de baño las lucen mujeres con cuerpos que representan el ideal de belleza del momento.

Constantemente nos bombardean con publicidad sobre pastillas para acelerar la perdida de peso, dietas milagro y un sinfín de mensajes que buscan la esclavitud hacia el propio cuerpo, eliminando y corrigiendo partes de él para encajar en lo aceptado socialmente.

Bikini o bañador ¿elección o imposición?

Desde finales del siglo XIX se empezaron a usar los trajes de baños de dos piezas, que inicialmente llegaban a la altura de los tobillos y poco a poco fueron enseñando más partes del cuerpo.

Fue en 1946 cuando Michele Bernardini lució el primer bikini.

A lo largo de estos años, las formas de los trajes de baño han ido variando y se puede elegir entre diferentes partes de arriba y de abajo o recurrir a la pieza entera que es el bañador.

En los últimos tiempos desde el mundo del diseño y de la moda, desde algunos espacios al menos, intentan buscar la aceptación de todo tipos de cuerpos y las modelos que los lucen tienen diferentes tallas, abarcando la diversidas que existe en la sociedad.

Aun así, no dejan de existir las etiquetas “ curvy” o “ talla grande” para señalar a quien no encaja en el modelo de cuerpo “ideal”.

En los últimos años los bañadores se han convertido en pieza clave en la moda de verano y muchas mujeres han optado por usarlo cada vez más.

Puede que te guste en sí el bañador o te sientas más cómoda.

Sucede también que es algo que sintamos que podemos elegir: preferimos tapar el cuerpo por anticipar el rechazo social.

Si has optado este verano por usar bañador, es importante que te plantees si es una decisión libre o te estás autocensurando.

¿Cómo afectan los ideales de belleza a la autoestima?

Un tercio de nuestra autoestima está relacionada con la valoración positiva o negativa de la autoimagen.

Si tendemos a valorar negativamente nuestra imagen, nos resultará difícil prestar atención a otras áreas que también conforman nuestra autoestima.

Visibilizando todo tipos de cuerpo luchamos para romper con el ideal de belleza establecido en la sociedad actual.

Cuanto más diversidad, menos exigente y utópico será el ideal que queremos alcanzar.

Esto ayudará a que nuestra autoestima mejore: nuestra autovaloración no estará tan lejos del ideal de belleza si ese ideal contempla todo tipo de opciones.

Llegados a este punto se podría ver la “operación bikini” como la suma de varios elementos:

  • Mayoritariamente, ser mujer (los hombres no usan bikini).

+

  • Orientado a los otros (qué van a pensar, qué me van a decir, no pueden verme así).

+

  • La belleza como clave para la aceptación social (la belleza acorde con el cánon imperante, para mujeres y para hombres).

+

  • Autoimagen como factor clave en la autoestima (directamente afectada por el cánon de belleza).

Crea tu propia operación bikini: este es mi cuerpo

Una vez visto todo el peso que nos ponen encima y que nos llevamos de vacaciones año sí y año también, te proponemos algunas ideas para que vayas soltándolo poco a poco.

O de golpe, como prefieras:

Toma conciencia de tu lenguaje interior

  • Es posible que tengas un discurso negativo sobre ti mismo o misma que te repitas cada día y no te hayas dado cuenta de su presencia.
  • Cuando comiences a sentirte mal con tu imagen, observa qué mensajes te estás diciendo.
  • Comienza a cambiarlos y a hablarte de forma más positiva, reconociendo tus puntos fuertes que seguro que los tienes.

Enriquece tu autoconcepto

  • No solo eres un cuerpo.
  • Tu autoconcepto está formado por tu aspecto físico, pero también por otras áreas como el modo en que te relacionas con los demás; tu personalidad; cómo te perciben los demás; tu rendimiento en los estudios y/ o trabajo; la forma en que funcionas en el día a día; tus capacidades mentales, tu inteligencia; tu sexualidad, etc. Analiza cómo se encuentran esas áreas en tu vida actual y enfócate en enriquecerlas.

Tu cuerpo no limita tu vida

Es posible que sientas miedo de exponerte a estar en traje de baño por temor a qué podrían pensar los demás.

En estas ocasiones puedes estar tentada o tentado a no ir a determinados eventos o a privarte de algo que te gustaría hacer.

Otras veces es posible que decidas acudir, pero los mensajes negativos que esperas recibir o los que ya te estás enviando tú, te impiden disfrutar de la situación, lo que aumentará la posibilidad de que en un futuro no vayas de nuevo.

Intenta focalizarte en lo positivo del momento, lo bien que lo pasas, lo bonito del lugar, lo agradable de la compañía, etc. y luego registrar en un cuaderno.

Coge el bikini

Vete a la playa, piscina, río, donde sea que te apetezca ir.

Ponte crema solar por todas partes.

Disfruta.

Si te sientes identificada o identificado con lo hablado en este post y te está generando un malestar que no sabes cómo manejar, en Quiero Psicología podemos ayudarte a ello.

Que este verano no sea uno malo.

enfermedad menta, depresión

El estigma de la enfermedad mental

La semana pasada publicamos este post https://www.quieropsicologia.com/salud-mental-y-covid/ en el que te hablábamos de lo relacionada que está la pandemia con ciertos problemas de salud mental.

En él hablábamos de la depresión. De que seguimos sintiendo vergüenza a la hora de reconocer que tenemos un problema de salud mental.

Si eres de los que se han enganchado al mundo de las series y los canales privados, probablemente hayas visto el estreno en Netflix de una película española: “Loco por ella”.

A primera vista puede parecer la típica comedia romántica.

Lo cierto es que esconde una realidad silenciada: el estigma de la salud mental.

Una de cada cuatro personas padecerá una enfermedad mental a lo largo de su vida.

Aún así, la salud mental sigue siendo un tema tabú en nuestra sociedad.

Salud mental = tabú.

Seguro que has escuchado miles de frases “motivadoras” que no solo te invitan a rechazar las emociones desagradables, como la ansiedad o la tristeza, sino que te hacen sentir mal, incluso culpable si las experimentas.

Este tipo de “motivaciones” hacen que expresar tu malestar pueda ser visto o sentido como algo negativo.

Puedes llegara sentirte discriminado o discriminada por hacerlo: “es que Rebeca se está quejando todo el día”, “a Manuel no le llames que está siempre triste y me amarga”, “mejor me callo, que van a pensar que estoy loco”.

Esto que estamos haciendo se llama discriminar.

El fenómeno que explica la discriminación hacia las personas diagnosticadas con una enfermedad mental, se llama estigma.

El estigma implica mostrar rechazo y actuar de forma discriminatoria a partir de prejuicios sociales.

¿Por qué aparece este estigma?

El cerebro tiende a asociar ideas con características determinadas para simplificar la información. Tomamos atajos para poder predecir cómo actuar en determinados contextos y tomar decisiones más rápidamente.

Desde la infancia creamos asociaciones como “altura = peligro”, “azul= frío” o “rojo = quema”. Estos esquemas pueden llevarnos a sobregeneralizar y atribuir características negativas a ciertos colectivos, actitudes, formas de vestir o de pensar, etc.

A partir de elementos diferenciadores (las famosas “etiquetas”) como haber sido diagnosticado de una enfermedad mental, la identidad sexual, nuestra raza, la forma de vestirnos, etc. aparecen determinados estereotipos asociados a cada una de ellas.

Esto provoca una categorización social.

Cuando actuamos de acuerdo a esos estereotipos, esas asociaciones que hemos visto antes (azul = frío, enfermedad mental = peligro, negro = malo, rojo = quema) estamos favoreciendo la discriminación social y el estigma hacia las personas “etiquetadas” en cada uno de esos estereotipos.

¿Qué consecuencias tiene?

Numerosos estudios científicos exponen que si una persona está etiquetada con un diagnóstico de enfermedad mental, tiene una alta probabilidad de ser considerada peligrosa para la sociedad. Percibimos a estas personas como violentas, impredecibles e incompetentes.

Así, desde el desconocimiento absoluto, sin haber hablado con ellas, dando por sentado una serie de cosas que pueden o no darse. Cada persona es un mundo. Cada diagnóstico mental también.

Uno de los estereotipos que más se asocia a las enfermedades mentales es el de la falta de control que la persona diagnosticada va a tener sobre los síntomas y su responsabilidad sobre la aparición de la enfermedad.

Tendemos a hacerles responsables de padecer una enfermedad mental, dando por sentado que son débiles e incapaces de manejar sus síntomas.

Las consecuencias sociales que provoca este fenómeno son devastadoras para este colectivo.

Más del 44% de las personas con un diagnóstico de enfermedad mental (la que sea) sufre discriminación laboral.

Más del 30% sufren rechazo por parte de la familia, los amigos e incluso la pareja.

Todo esto hace que sus oportunidades laborales, sociales, relacionales, se vean drásticamente limitadas.

Estas limitaciones les conducen, pasito a pasito, al aislamiento social.

¿Lo más preocupante?

Que muchas de estas personas son víctimas de discriminación por parte de otras que también han sido diagnosticadas con una enfermedad mental.

Auto-estigma

¿Por qué aceptamos que una persona pida la baja por una lesión y no por sufrir ansiedad o depresión?

¿Qué hace que guardemos el secreto si estamos deprimidos?

¿Tener una enfermedad mental te hace débil, incompetente, inútil?

Estas personas no solo han de convivir con la sintomatología de la propia enfermedad sino que también experimentan culpa, vergüenza, desesperanza y miedo.

Cuando hacemos propios los prejuicios asociados a una etiqueta social en la que sentimos que encajamos o nos han encasillado, caemos en el auto-estigma.

Ante el desconocimiento social y los prejuicios, es habitual sentir vergüenza a la hora de experimentar emociones desagradables.

Tristemente, esto también se asocia a la idea de acudir a terapia psicológica.

“Yo no estoy loco”.

“Al psicólogo sólo van los que están fatal”.

Los prejuicios que rodean a las enfermedades mentales, como la inutilidad y la peligrosidad de las personas diagnosticadas, son internalizados y pueden dar pie a silenciar nuestro malestar y aislarnos de nuestro círculo social para evitar un posible rechazo.

Los mensajes de positividad tóxica que encontramos en tazas que nos explican que sonreír es suficiente para tener un buen día.

Libros de autoayuda que te invitan a considerar tus pensamientos como tóxicos. “Creas lo que crees”.

Campañas de publicidad que te bombardean con la idea de que la felicidad solo está en tus manos. “Si quieres, puedes”.

Todo esto, crea un mensaje erróneo acerca de la salud mental y el autocuidado.

El auto-estigma puede agravar los síntomas.

Ante la vergüenza y el miedo, con el fin de protegernos, es normal que pensemos en minimizar nuestro malestar.

Le quitamos importancia, evitando pedir ayuda especializada.

¿Qué puedes hacer?

Un diagnóstico es solo una etiqueta. Ajustarse a una serie de síntomas.

Igual que a una persona que se lesiona un tobillo no le decimos “es un lisiado”, a una persona que padece una enfermedad mental no la deberíamos identificar como “es un loco”.

El diagnóstico no define la identidad de la persona.

No elegimos ni decidimos padecer diabetes, asma, una enfermedad cardíaca, etc.

Nadie elige sufrir una enfermedad mental.

Las emociones forman parte de nuestra vida. Las que nos gustan y las que no.

Todas tienen una función, todas están ahí para algo.

Rechazarlas o silenciarlas solo nos provoca un efecto rebote y un malestar mayor.

¿Conoces a alguien que esté pasando por un mal momento? ¿Crees que algún amigo o familiar podría padecer una enfermedad mental?

Si es el caso, evita juzgarle o decirle cosas como: “no te rayes, no es para tanto”, “seguro que en unos días se te pasa”.

Intenta ser empático.

Reconoce las dificultades que pueden estar atravesando y dile que estás ahí para lo que necesite.

Si eres tú quien se encuentra mal y no sabes por qué, date permiso para sentir emociones de esas que no te gustan.

Es normal tener días malos y sentir que no puedes hacer frente a todo.

Sentir ansiedad, tristeza o rabia no te hacen más débil, te hace humano.

Si estas emociones resultan cada vez más difíciles de manejar o crees que son demasiado intensas o duraderas y repercuten en tu día a día, permítete pedir ayudar especializada.

Como sabiamente dice el Jocker: Lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente espera que actúes como si no la tuvieras.

Está en tus manos romper poco a poco este tabú y eliminar el estigma.

En Quiero Psicología estamos para ayudarte. Si juicio.

control en pandemia

Covid-19: vivir entre la libertad y los límites.

Imagina que te saltas un semáforo en rojo y tienes la mala suerte de provocar un accidente con otras personas, víctimas, implicadas. Cualquiera que reciba esta noticia será capaz de ver tu irresponsabilidad y tener claro que has cometido una infracción grave al volante.

Esto que vemos tan claro, en lo que, probablemente, todo el mundo esté de acuerdo, podría ser comparable a la situación que estamos viviendo a causa de la Covid-19.

Aparece aquí un debate sobre la responsabilidad personal, el poder de otros sobre nuestra libertad y el riesgo.

Responsabilidad personal versus control externo.

Este debate puede generar una reflexión que a nivel psicológico tiene mucho jugo.

¿Cómo te sientes cuando otro te dice lo que tienes que hacer?

¿Es más importante lo que tú necesitas que cualquier otra cosa?

¿Toleras la frustración de ver muchos de tus planes cancelados?

¿Empatizas con situaciones lejanas a ti?

¿Evitas lo que te genera malestar?

Hay personas que creen que su comportamiento depende exclusivamente de ellos y que no tienen que rendirle cuentas a nadie. Se olvidan de algo importante: su libertad termina donde comienza la del otro.

Si te saltas un semáforo en rojo puedes poner en peligro la vida de los demás. Cuando te saltas las normas impuestas ante la Covid-19 estás haciendo lo mismo: poner en peligro la vida de los demás.

Muchos nos preguntamos si es realmente necesario que nos inunden con normas, que nos mareen con restricciones cuando la autoresponsabilidad personal sería la solución más fácil.

Otros se ofenden porque el Gran Hermano controla sus actos, cómo viven su vida o cómo se relacionan.

Tu comportamiento afecta a quienes están a tu alrededor y puede tener consecuencias más allá de tu entorno.

La situación actual es excepcional e inesperada. A estas alturas sabemos que estamos ante un virus que se contagia con rapidez y que afecta a todos, lo que significa que estamos ante una ‘enfermedad colectiva’.

Es una situación de peligro extremo, ya que lo que se contagia es una enfermedad grave, que puede dejar secuelas permanentea y que incluye el riesgo de muerte.

Volviendo a la reflexión propuesta, lo que tú hagas con tu vida es muy lícito, pero ¿qué ocurre cuando lo que haces con tu vida puede condicionar en cierto modo la vida de otros?

Cuando hablamos de salud hay algo imperativo: la garantía de que no atentar contra ella.

Las conductas temerarias que afectan a la salud de las personas van en contra de uno de los derechos fundamentales del ser humano.

Ante la pandemia que estamos viviendo son necesarias las restricciones. Aunque esto suponga ciertas limitaciones en nuestra libertad personal y el “enorme” esfuerzo de no poder salir de marcha.

Los niños durante su infancia necesitan normas y límites y esto no es algo malo, todo lo contrario, es un acto de protección, de cuidado y de enseñanza hacia ellos.

Que exista una figura de autoridad ante los peques es lo natural y se entiende que cuando vamos creciendo, somos nosotros mismos los que desarrollamos e integramos esa capacidad de ser responsables.

Ser responsables de lo que hacemos y de la forma en que esos actos repercuten en nuestro entorno. Esa es la teoría.

La realidad vinculada a esta pandemia es otra bien distinta.

Si observamos los datos sobre el aumento de la incidencia de la Covid-19 tras las navidades o escuchamos la cantidad de fiestas que cada fin de semana desmantela la policía o vemos las terrazas abarrotadas, todo esto da que pensar sobre dónde queda esa supuesta responsabilidad personal.

¿Necesitamos restricciones mucho más severas para contener la pandemia?

Es muy preocupante que a nivel social no seamos capaces de mantener la responsabilidad individual y colectiva.

Quizá estamos creando una sociedad que lo quiere todo y lo quiere ya, sin esperas ni pausas, y que por supuesto, ni mucho menos un virus lo va a parar.

Las quejas constantes sobre lo que hace uno u otro llenan las conversaciones a pie de calle.

De nuevo, sin quitarnos la visera egoísta, nos perdemos lo más importante: el virus no entiende ni sabe sobre vidas o muertes. Su tarea es expandirse, sobrevivir y sigue haciendo su labor mientras los seres humanos nos entretenemos en debates que se alejan de la colaboración, la solidaridad y la empatía.

“Yo estoy sano, a mí me da igual”, “yo vivo solo, no vivo con mis padres”, “total, tendremos que pasarlo todos, ¿no?”, “¿para qué ponen esta medida si luego permiten hacer otras cosas? Menudos patanes…”

Todas estas frases podrían pasar desapercibidas en otras condiciones, pero, en el momento en el que estamos, estas frases implican la posibilidad de generar daño a otros y de alejarnos del objetivo común que es recuperar la situación de bienestar.

Ante una situación como la actual necesitamos normas y límites, control y potenciar el cuidado común.

¿Qué ocurre si hay personas que no quieren acatar dichas normas y límites?

Podríamos hablar de cierta incapacidad para la adaptación a nuevas situaciones o de los pocos recursos que tenemos a la hora de gestionar nuestras emociones y nuestros actos.

La gestión personal de la pandemia refleja un estilo previo de conducta que en una situación límite saca a la luz lo mejor y peor de cada uno.

Quizás no soportes la sensación de soledad y te es imposible quedarte en casa sin salir o conocer a gente nueva.

También puede ser que quieras controlar en todo momento lo que ocurre a tu alrededor y ver gente sin mascarilla o superando las distancias mínimas recomendadas te pone de los nervios.

Es posible que ya desde la infancia acostumbras a que tus deseos sean cumplidos casi siempre y lo que no consigues te irrita.  

Existe la opción de autoconfinarse y salir sólo lo mínimo necesario.

Puede ser que, si alguien te dice lo que tienes que hacer, te sientes atacado como si esa persona no tuviera capacidad para darte indicaciones.

Son solo algunos ejemplos de lo que puede suceder a nivel individual.

Ignorar sistemáticamente las normas, a nivel colectivo, nos convierte en una sociedad dependiente de una figura de autoridad que nos recuerde hasta donde sí y hasta donde no.

Ir al otro extremo, autoimponerse las restricciones más estrictas yendo incluso más allá, nos habla de una sociedad que quiere controlar lo incontrolable.

Como si no tuviéramos aún desarrollado nuestro lóbulo frontal y fuéramos incapaces de aguantar nuestros impulsos, reprimir nuestras pulsiones y posponer la recompensa.

O como si la necesidad constante de control nos hiciera llegar a extremos insalubres y poco realistas.

¿Crees que la situación actual te desborda? ¿Te sientes un bicho raro por cumplir las medidas? ¿Tienes la sensación de no poder evitar saltarte las restricciones justificando con múltiples argumentos el porqué haces lo que haces? ¿Te sientes mal por ello? Cualquiera de estas preguntas te están pidiendo respuesta. Si quieres comenzar a trabajar para encontrarlas, en Quiero Psicología exploraremos en tu historia vital para comprender las dinámicas que despliegas en esta peliaguda época.

Las secuelas emocionales del 2020

Cambiar de año es un acto simbólico.

No dejas de ser tú ni las cosas cambian repentinamente del 31 de diciembre al 1 de enero, sin embargo, cuando comienza un año tenemos la sensación de que estamos estrenando algo.

Nos “ponemos” el 2021 y lo vivimos como algo nuevo.

Este año, más que otros, seguro que has escuchado la frase de “ojalá llegue el 2021 ya”, “ojalá el 2021 traiga más cosas buenas que el 2020”.

Parece que estábamos esperando el 2021 como agua de mayo, pero es difícil empezar algo nuevo sin haber hecho el duelo de lo que dejamos atrás. Sería algo así como empezar una nueva relación sin haber procesado el final de la anterior.

El año que acabamos de despedir ha tenido un enorme impacto en todos nosotros a nivel social.

A parte de nuestras circunstancias personales, nos hemos visto condicionados por situaciones externas, totalmente fuera de nuestro control.

Hemos estado y estamos sometidos a la incertidumbre propia de una pandemia mundial. Sentimos que hay algo por encima de nosotros que nos dice lo que debemos o no debemos hacer y esto a muchos, nos supera.

Toda la vorágine que ha traído consigo el 2020 ha podido dejarnos secuelas emocionales como sociedad y como individuos.

¿Cómo ha sido tu 2020? ¿Cómo te sientes, ahora que ha pasado?

Te proponemos que hagas un ejercicio de observación y que reflexiones sobre cómo estás y cómo has estado a lo largo del pasado año.

Quizás reconozcas alguna de estas sensaciones:

Incertidumbre

En marzo empezaste a recibir mensajes contradictorios que no te permitieron tener una idea real de la situación.

Al principio podías escuchar a personas diciendo que “vendrá un virus que no tendrá grandes repercusiones”. Al mismo tiempo, los expertos ya estaban avisando de que el virus iba a ser muy contagioso y que podría tener graves repercusiones para nuestra salud.

Esto pudo haber generado la sensación de no saber realmente cuánto impacto iba a tener ese virus sobre ti y los tuyos.

A medida que pasaban los días comenzaste a ver cómo se cerraban los colegios, los centros comerciales, se suspendían eventos, etc.

Al ser una situación nueva y desconocida, no sabías cuál iba a ser la progresión, cómo iba a ir yendo todo.

La situación escapaba a tu control y por mucho que intentaras hacer, al final tenías la sensación de que hicieras lo que hicieras, no podías cambiar lo que estaba pasando.

La incertidumbre genera ansiedad, miedo a no saber si mañana van a cerrar tu trabajo, si vas a poder ver a tu familia, si los tuyos están bien, etc. 

Ansiedad.

¿Sentiste que estabas más activada/o de lo normal? ¿Notaste que reaccionabas con más intensidad de lo habitual ante situaciones cotidianas?

La ansiedad aparece cuando hay algo que nos amenaza, cuando nos sentimos en peligro nos activamos para poder protegernos. La sensación de que hay un peligro que nos amenaza como sociedad y como individuos hace que activemos nuestras alarmas.

Dependiendo del nivel de ansiedad que hayas experimentado, esa protección ha podido ir desde el “no me cuido, me da igual lo que está pasando” al “no quiero salir de casa por miedo al contagio”.

Soledad.

Las medidas de prevención han impedido los abrazos, los besos, el contacto físico, y eso ha hecho que te sintieras más lejos de tu gente.

También el no haber podido estar con tu familia o con tus amigos puede haberte hecho sentir más solo/a.

La distancia social también ha marcado una distancia emocional, nos ha alejado a los unos de los otros.

Duelo.

La situación del 2020 nos ha obligado a todos a experimentar diferentes duelos: desde asumir que muchos planes han sido cancelados, pasando por la desaparición de la rutina o la pérdida de trabajo o, incluso, la ruptura de amistades o parejas.

Por supuesto, si has perdido a alguien cercano y querido, la falta de cercanía en sus últimos momentos, la imposibilidad de despedirse o de acompañarlo en el funeral, es más que probable que te hayan marcado profundamente.

En este post https://www.quieropsicologia.com/ritual-de-despedida/ te dimos algunas pautas para transitar la pérdida que siguen siendo útiles.

En cualquier duelo la tristeza tiene un papel fundamental. Esta tristeza te ha podido afectar de muchas formas, incluso sin que hayas sido consciente de ello. Has podido sentir que no tenías tantas ganas de hacer cosas, que estabas muy desanimado/a y sin energía, que todo daba lo mismo.

Falta de control.

Las limitaciones impuestas, las medidas de prevención y las restricciones han hecho que perdamos nuestra capacidad de elección y eso te ha podido hacer sentir más vulnerable, indefenso y sin poder decidir.

Sentir que no tienes el control es algo difícil de asumir, especialmente si eres una persona acostumbrada a controlar todo lo que sucede, o al menos a creer que lo controlas.

Culpabilidad.

Mucha gente ha expresado una sensación casi permanente de culpa. Culpa por no haber hecho lo suficiente, por no haber estado tan cerca de los tuyos o incluso por no haber sabido tomar las medidas adecuadas.

Por supuesto, nada de esto ha sido tu culpa y hayas hecho lo que hayas hecho, ha sido suficiente.

Trabajar como cajero/a en un supermercado cuando más falta hacía, reponer productos en un almacén, ser enfermero/a o médico, limpiar las calles, dar clase, todo ha sido suficiente.

Quedarse en casa cuidando de los hijos o personas dependientes, teletrabajar y ejercer de madre/padre al mismo tiempo o quedarse en casa en ERTE, lo has hecho lo mejor que has sabido o podido en esos momentos.

Ser responsable, hacer caso de lo que las autoridades recomendaban, prestar atención a las medidas de seguridad, todo ello ha sido suficiente porque nadie sabía qué más podíamos hacer.

Enfado.

Es probable que la ira o el enfado sean de las emociones más reconocibles. Durante este año tan inusual, has podido experimentar enfado y mostrarte más irascible en general.

Ver cómo las medidas cambiaban cada cierto tiempo, cómo tus seres queridos estaban lejos y sentías la presión de no poder ir a verlos, saber que tu abuela/o vivía una situación injusta por el covid, los temas de conversación que giraban en torno a la pandemia, las dificultades para adaptar el trabajo en casa, etc.

Todas estas cosas nuevas, extrañas e inesperadas pueden haber provocado que te enfadaras más de lo habitual.

Es normal que hayas experimentado enfado e irascibilidad. Ha habido situaciones en las que por mucho que hicieras, tu parcelita de responsabilidad estaba muy limitada.

¿Te sientes identificado/a con cualquiera de estas emociones, sensaciones o situaciones y quieres darles un espacio, observarlas con más detenimiento?

Este año que dejamos atrás, tan complejo y extraordinario, te ha podido poner en contacto con partes de ti que no conocías y puede ser un buen momento para iniciar tu propio proceso. No dudes en llamarnos y empezaremos a trabajar. 

Te esperamos para ayudarte a ordenar esas ideas, emociones, recuerdos, sentimientos y comenzar el 2021 con todo lo vivido el año pasado en su sitio.

Navidades en pandemia.

Las calles de nuestras ciudades y pueblos están llenas de luces, bolas rojas, villancicos… señales de que la navidad ya está aquí.

Las fiestas navideñas, a parte del contexto religioso, son las fiestas de las relaciones familiares y sociales. Aceptamos que durante esta época del año nos reunimos con nuestros seres queridos para festejar y celebrar.

Es un momento en el que los reencuentros se producen con asiduidad y nos cargamos de vida social y familiar.

Reuniones con amigos a los que hacía tiempo que no veíamos. Cenas de empresa en las que aprovechamos para convivir y conocer de manera más distendida a nuestros compañeros de trabajo. Visitas a familiares que viven en otras zonas o ciudades.

Encuentros todos ellos cargados de regalos y detalles, con el deseo de ofrecer buenos sentimientos e intenciones.

Visto de esta manera, podríamos pensar que todos “somos felices” en Navidad, pero no es así.

Para muchos de nosotros es una época dura. Echamos en falta a seres queridos ausentes con los que nos gustaría poder compartir y celebrar.

En otras ocasiones sucede que las relaciones familiares no son buenas o incluso son fuente de conflictos y durante estas fechas sentimos la presión de tener que mostrar una imagen que no corresponde con nuestra realidad. El lema “mantengamos la fiesta en paz” nos genera estrés, ansiedad o angustia.

Debemos tener en cuenta que las circunstancias vitales de cada uno son distintas y propias y no se ponen en suspenso para celebrar. En Navidad todo sigue igual, nuestras circunstancias no cambian, nos acompañan y debemos lidiar con ellas.

Y, este año ¿qué?

Como cada año, comenzamos con los preparativos: ¿en casa de quién toca?, ¿qué preparo para la cena?, ¿debo llevar algo?… cuestiones que parecen no tener mayor trascendencia para algunos, mientras que para otros son de suma importancia.

Pero este año hay un elemento más con el que debemos contar.

La pandemia que vivimos desde mediados de marzo ha provocado que las autoridades dicten restricciones en los horarios. Se ha limitado el número de personas que se pueden reunir. Cada Comunidad Autónoma está aplicando condiciones especiales para las entradas y salidas. Todas estas novedades hacen que estas navidades vayan a ser peculiares, como lo está siendo todo el año 2020.

Estas circunstancias están provocando que el reencuentro familiar anual no se produzca con la normalidad a la que estamos acostumbrados, algunas personas se sienten molestas o no están de acuerdo con las medidas y directamente hablan desde el cabreo.

Curiosamente, otras personas lo están viviendo hasta con alegría y tranquilidad. Este año se ahorran el mal trago de las Navidades, evitan tener que acudir a reuniones que han sido siempre un compromiso no excesivamente agradable.

Una misma situación, visiones diferentes.

En esta Navidad atípica nos encontramos con visiones muy diferentes, directamente relacionadas con el autocuidado, la preocupación sana por la salud propia y ajena, la necesidad de contacto humano, etc.

Algunos han optado por afrontar esta navidad con mayor alegría, solidaridad y cercanía.

Han aceptado la situación, comprendiendo que las reuniones familiares y con amigos se harán con menos gente. Mantienen una actitud positiva y buscan alternativas para poder celebrar igualmente y transmitir esa cercanía en la distancia.

Otros están viviendo esta situación con angustia y ansiedad.

Sienten que asistir a estas reuniones les expondrá a situaciones en las que puede haber una mayor probabilidad de contagio. Piensan en su salud y en la de sus seres queridos y cercanos que pueden pertenecer a algún grupo de riesgo.

Este grupo no quiere defraudar a su familia, pero al mismo tiempo, no sienten la seguridad necesaria para poder salvaguardar su salud y la de las personas más cercanas.

Unos cuantos sienten que la Navidad no tiene sentido si no se reúnen con los familiares a los que llevan tiempo sin ver.

Para estas personas la Navidad es un momento importante en el que celebran la unidad y la cohesión familiar. No poder celebrar tal y como lo han hecho otros años les provoca tristeza y frustración, emociones que pueden ser difíciles de soportar.

Hay un último grupo que está viviendo esta situación como una oportunidad para escapar de compromisos familiares.

Son aquellos que reciben con alegría las instrucciones del gobierno que limitan la movilidad, el número de asitentes a reuniones, etc. Los mismos que todos los años aceptan y viven con angustia, enfado, tristeza o desgana las reuniones con familiares a los que no ven porque no tienen ningún interés en hacerlo. Este es su año.

Independientemente, de que te sientas identificado con un grupo u otro, te va a tocar aceptar la situación que estamos viviendo este atípico año. La esperanza es que se trata de algo temporal.

Ponemos todo el afán en que el 2020 acabe, esperando que el 2021 traiga cambios, novedades, cosas diferentes.

Estamos en continuo cambio y cada uno de nosotros tenemos la habilidad de adaptarnos a las situaciones que se nos van presentando en la vida.

Este año 2020 nos ha impactado a todos, mostrando nuestras características más fuertes y también las menos, las dos caras de una misma moneda que, en ocasiones, ni sabíamos que existían en nosotros.

A través de la observación propia, podemos aprender y evolucionar para obtener los mayores beneficios para nosotros mismo y para quienes nos rodean.

La clave para esta evolución está en la aceptación.

Aceptar que hay determinadas situaciones que escapan a nuestro control y sobre las que no podemos hacer nada.

Aceptación de que cada persona vive las Navidades de una forma diferente, con un significado y unas ganas distintas.

Mientras que nuestras relaciones, ya sean familiares, de amistad o de pareja, se basen en el respeto mutuo, podremos tener una convivencia tranquila, segura y enriquecedora.

No te sientas culpable por disfrutar de las restricciones.

Intenta no poner toda tu ilusión en reunirte con tus familiares en Navidad.

Procura evitar que la situación te supere.

Hay opciones, siempre las hay: se puede decir que no a las reuniones; puedes ver a tus seres queridos en otros momentos del año; eres perfectamente capaz de gestionar esta situación y otras que vengan.

Si crees que necesitas ayuda para llevar a cabo cualquiera de estas sugerencias que te ofrecemos, no lo dudes: autoregálate un proceso terapéutico por Navidad.

El sentimiento de abandono.

Has vivido situaciones en las que te invadía una tristeza enorme por sentir que no tenías a nadie, todos tenían algo mejor que hacer. Tú estabas a la espera de que alguien te avisara, te llamara o te mensajeara para tomar algo.

Quizás alguna vez hayas tenido la sensación de que tu pareja o amigas pueden “desaparecer” de tu vida sin avisar.

Tal vez te has planteado dejar tu relación antes de que rompan contigo para evitar el dolor y la incertidumbre de “cuándo” romperá tu pareja.

Es posible que quisieras en algún momento que todos/as a tu alrededor prestaran atención a lo que estabas haciendo o diciendo. Aparece una necesidad muy fuerte que te lleva a intentar captar la atención de los demás a toda costa para sentirte escuchado.

Si te has identificado con los párrafos anteriores, puede que experimentes la sensación de abandono y que ésta te haga sentir malestar en múltiples ocasiones.

Las formas en las que cada uno se siente abandonado pueden ser muy distintas.

Esta sensación, ¿la tienes identificada? ¿sabes de dónde viene?

Localiza la primera vez que te sentiste abandonado. Puede ser cuando tu padre se iba a trabajar todo el día, o la muerte de un familiar importante para ti o cuando tus padres se separaron hace años. Procesos de adopción, cuidadores que han consumido drogas y han sufrido adicción o un rechazo continuado en el colegio por parte de todos/as tus compañeros/as.

¿Qué crees que pudiste aprender cuando de niña te sentiste abandonada? ¿Qué mensaje te llegaba?

“No valgo para nada y por eso no quieren jugar conmigo”. “No lo hago tan bien y mejor que elijan a otro”. “El trabajo es mucho más importante que pasar tiempo conmigo”. “Ellos tienen su propia familia nueva, yo sobro y tengo que marcharme”. “He pasado por varias familias de acogida y ninguna quiso quedarse conmigo porque soy de otro país y no nos parecemos en nada”.

Lo que tienen en común estos pensamientos es que el foco de la responsabilidad o mejor dicho, de la culpa, está en ti misma. Te sientes la mala, la defectuosa, como si estuvieras un nivel por debajo del resto por tu procedencia, condición física, sexo, etc.

Hacerte responsable del abandono como si no te merecieras ser querida por algo que “está en ti” hace que la experiencia sea todavía más dolorosa.

¿Cómo pueda afectarte todo esto?

Sentirte inferior en tus relaciones.

En distintas situaciones, aparecen pensamientos como: “mis amigos no se acordarán de mi cumple porque no soy tan importante como fulanita para ellos”.

Inseguridad en tus vínculos.

Ideas como “seguro que aparece alguien mejor que yo y me deja algún día” te tienen casi permanentemente en un desequilibrio emocional que termina pasando factura.

Dependencia hacia determinadas personas como pareja o amigos/as.

Las figuras que cubran en ti esa necesidad de ser atendido tendrán tu admiración absoluta y esto puede llevarte a pensar que si no tienes a ese “alguien” en tu vida, nunca podrás volver a sentirte así de querido.

Conductas emocionalmente “adictivas”.

Del enganche emocional hacia una persona pueden surgir otras conductas: posesión, exclusividad o control. Exiges a tu pareja que sólo te mire a ti y a nadie más; no admites que entre ninguna otra persona en tu grupo de amigos; te sientes incómodo cuando no estás sólo con tus colegas, etc.

Pensamientos catastrofistas.

Te llevan a distorsionar la realidad negativamente y ponerte en lo peor. Reaccionas lo más negativamente posible: dejar tu relación antes de que la otra parte te deje; que te despidan y sientas que jamás volverán a quererte en otra empresa porque hay mil personas más capacitadas que tú, etc.

Adaptación y búsqueda inconsciente.

Sigues un patrón de comportamiento que te lleva a situaciones o personas que te hacen revivir el abandono. Relaciones en las que la pareja amenaza constantemente con dejarlo sin llegar a hacerlo o haciéndolo para volver, generando un bucle que conlleva malestar y a su vez un enganche.

Volviendo a pedir ayuda a tu madre cuando ésta comienza una relación sentimental, aún sabiendo que suele perderse durante días sin contactar con nadie.

Situaciones que ya has vivido y es a lo que estás acostumbrado, aceptas que tu vínculo es así.

Lejos de significar amor, esta dinámica causará daños en tu relación y sin duda en ti. Buscar de forma compulsiva el cariño o la atención en personas que no harán más que recordarte que te desatienden o se despreocupan de ti.

Emociones como miedo, tristeza, frustración, soledad, insatisfacción vital, etc, estarán presentes si mantienes este modus operandi toda tu vida.

Ansiedad, somatizaciones, incluso fobias o consumo de tóxicos pueden ser familiares para ti si te encuentras en este punto.

¿Qué puedes hacer?

Necesitas cambiar ciertas cosas de base:

Comenzar a comprenderte, escucharte, darte tiempo y cariño serán un buen remedio para este proceso. No estás así porque quieres, o porque tú lo decides o te lo inventes.

Estás en esta situación a causa de experiencias pasadas. Experiencias que no integraste en tu presente y siguen apareciendo de la forma más inconsciente o irracional posible.

Esquemas mentales disfuncionales por otros más ajustados a la realidad.

Canalizar la culpa y adjudicar un correcto locus de control a las situaciones vividas.

Responsabilizarte de aquello que pasa aquí y ahora, es en lo único sobre lo que tienes control y poder para cambiar algo.

Conocer tu tipo de apego. Saber de qué manera aprendiste a vincularte y, en caso de ser patrones inseguros, comenzar a crear vínculos basados en la confianza, la seguridad y el amor.

Técnicas de relajación para detener las ideas intrusivas y obsesivas que aparezcan en situaciones críticas que no hacen más que trasladarte a episodios antiguos y angustiosos.

Aprende a identificar tus emociones y necesidades, y también a comunicarlas al resto. Será mucho más sencillo hacerte cargo y que los demás te comprendan o ayuden.

Ante una situación desbordante que te genere un intenso malestar o que afecte a diferentes ámbitos de tu vida, lo más recomendable es comenzar una intervención psicológica. No tengas miedo a pedir ayuda si no puedes cambiar sola. En Quiero Psicología te acompañamos en este proceso.

convivencia covid

La convivencia en tiempos de Covid.

¿Te encuentras en una situación de tensión en tu propia casa?

¿Tus compañeros o tu pareja no respetan las normas?

¿El malestar que esto te provoca está subiendo de nivel?

Tú eres consciente de lo que implica el covid y cumples con las medidas sanitarias. No te gustaría contagiarte ni contagiar a tus seres queridos.

Te preocupa cómo podría afectar a tu trabajo, tu familia, etc, pero convives con otras personas, compañeras de piso, familia, pareja, etc. Entran en juego cosas que no dependen de ti, que están fuera de tu control.

La opinión que las personas con las que convives tienen sobre el covid no es la misma que la tuya. Suelen decir frases como “todos tendremos que pasarlo tarde o temprano”, “cuanto antes lo cojamos, antes nos inmunizamos”.

Estos comentarios te conectan con la ansiedad y el miedo. Tú no quieres contagiarte, no quieres que tus hijos se contagien, has elegido cuidarte y tienes derecho a ello.

No sabes qué hacer. No depende de ti lo que tus compañeros, tu padre, tus hijos o tu pareja hagan y aún así te sientes en peligro constante.

Puedes que hayas comenzado a notar un estado de hipervigilancia cuando estás en casa. Que estés pensando qué vas a tocar, si tu compañero se habrá lavado las manos, si se habrá ventilado el salón, si tu hijo ha desinfectado las zapatillas, etc.  Vives en un estado de alerta y eso te genera tensión.

Este estado permanente de alerta puede tener repercusiones muy importantes y negativas tanto en tu cuerpo como en tu mente. Ni siquiera en tu propia casa puedes bajar la guardia y encontrar un lugar seguro. Cuando llegas a casa, necesitas poder relajarte y sentirte libre de amenazas.

Puedes ponerte en plan cabezón, discutir cada dos por tres, impedir que tus hijos traigan amigos a casa o regañar a tu padre cada vez que sale sin la mascarilla.

Obviamente, esto no son soluciones, son alertas.

Tomar esta actitud de “policía” va a ser estresante. Además, lo será para todos: para ti, que tendrás que estar pendiente de cada paso que den el resto de personas con las que vives, y para ellos, que se hartarán del control al que los sometes.

¿Qué puedes hacer?

Para solucionar cualquier problema que surge en la convivencia diaria, hay de herramientas que dan buen resultado y son “multiusos”, aplicables a cualquier situación.

Comunicar.

Hablar. Contar lo que te pasa. Expresar lo que sientes.

Por supuesto, para poder comunicar adecuadamente (que lo que tú dices y lo que los demás entienden sea lo más parecido a la realidad posible) es importante que todo el mundo esté dispuesto a hacerlo: a comunicarse.

Para ello deberás “convocar” una reunión con todas las personas convivientes, sí, incluso tu hijo de 7 años es importante que esté.

Exprésate de la forma más asertiva posible (sin poner tus deseos o necesidades por encima o por debajo de las de nadie, respetando los derechos y opiniones de todos, etc.). Aunque estés muy ansioso/a intenta que tu emoción no se apodere de la situación y te impida comunicarte de una forma clara.

Puedes preguntar qué idea tienen de la situación actual y qué consideran que es cuidarse, para saber desde dónde parte la conversación.

Todas las personas implicadas tienen derecho a expresar cómo se están sintiendo. Su preocupación o indiferencia, su miedo a coger el covid, la necesidad de ver y compartir con otras personas, las repercusiones que puedan afectar al trabajo, etc.

Es importante estar dispuesto/a a compartir. Hablar y escuchar, procurando mantener la calma y poner interés no sólo en “contar lo mío”, sino en saber cómo se sienten los demás.

La incomodidad puede ser expresada por todas las partes: al igual que a ti te estresa la “indiferencia” de los demás, a ellos les puede estresar tu “exceso de precaución”.

Negociar.

Todos tenemos derecho a sentirnos a salvo y seguros en nuestra casa. Esto te incluye a ti y al resto de personas convivientes.

Si las posturas no se flexibilizan, ni la tuya ni la de los demás, será imprescindible establecer unas normas comunes de comportamiento.

Si estás tratando con jóvenes o con menores, te en cuenta que los niños y los adolescentes tienen unas necesidades sociales y relacionales muy específicas. Ya hemos hablado de ello en otros posts: La cuarentena, cómo ha afectado a nuestros niños y niñas o La “nueva” vuelta al cole.

Si compartes piso con varios compañeros o compañeras, entiende también que esas normas no pueden estar por encima de los derechos de nadie. El Ministerio de Sanidad dice que se pueden realizar reuniones en las casas de un máximo de 6 personas. No puedes obligar a nadie a que viva por debajo de eso. Tomar como referencia las indicaciones de seguridad e higiene que las autoridades nos dan, debería ser la base mínima para negociar estas normas de convivencia.

Cuídate tú.

Independientemente de los acuerdos a los que llegues o de las normas que establezcáis, lo que está en tu mano es cuidarte tú.

Hazte cargo de lo que sí depende de ti y trata de poner tu atención en ello. Si tienes pensamientos repetitivos sobre lo que los demás están haciendo, trata de dejarlos pasar y no prestarles demasiada atención. Ya has hecho lo que has podido, lo demás ya no es cosa tuya.  

Hay situaciones que son inevitables. No podías saber que la pandemia iba a durar tanto, ni que las personas de tu alrededor iban a tener una actitud tan diferente a la tuya.

Una vez que ya está sucediendo, es normal que te sientas afectado y quieras tomar decisiones, tienes derecho.

Recuerda que los demás también tienen derechos y que la mejor forma de llegar a acuerdos es aprender a ser flexibles. Entender que hay cosas que escapan a nuestro control, especialmente cuando hablamos de relaciones con otras personas, es fundamental-

Intenta mantener la comunicación abierta, sin acumular malestares innecesarios. Expresa lo que te molesta y agradece lo que te gusta, no todo han de ser cajas destempladas y protestas.

Si quien te está dando “problemas” es tu hijo o hija, sé paciente. Habla mucho con el o ella intentando no hacerlo desde el miedo ni trasmitirle tu estrés o tu ansiedad. Suficientemente mal lo están pasando en el cole y con esta forma extraña de relacionarse con sus amigos y amigas.

De esta pandemia podemos aprender muchas cosas. Podemos descubrir cuáles son nuestros límites. Averiguar cómo de efectiva es nuestra forma de comunicarnos y de expresar nuestros sentimientos y emociones. Comprobar cómo de flexibles o de rígidos podemos llegar a ser. Trabajar nuestra capacidad de persuasión o de negociación. Ejercitar la paciencia, etc.

Si sientes que la situación te está desbordando. Si necesitas un espacio para expresar tus inquietudes y observarlas de la forma más neutra posible, no dudes en escribirnos. Te ayudaremos a gestionar aquello que te preocupa.

auto exigencia

No disfruto con nada.

¿Llevas un tiempo que no logras disfrutar con nada?

¿Te molesta lo que hacen los demás?

¿Sientes que hagas lo que hagas, al final acabas en el mismo punto?

Has vivido situaciones que no han sido agradables. Este ha sido un año diferente para todos y hubieras preferido que no pasara todo lo que ha pasado.

Esto no depende de ti. Aún así, te aferras a la idea de que podrías haber hecho algo o de que incluso ahora puedes hacer algo más. Al final terminas cansado/a porque estás contándote las cosas desde una perspectiva desfavorable para ti. Y ya bastante has hecho y sigues haciendo.

La autoexigencia puede ser infinita. Puedes tener la idea de que ser exigente está bien, que así conseguirás más cosas, que si no eres exigente te acabarás estancando. Es importante agradecer a la exigencia su papel, aprender a escucharla, pero siendo consciente de que no sea ella la que tire de ti.

Si la exigencia se pone al mando, tira de ti. Te arrastra hasta límites en principio inalcanzables, teniendo en cuenta solo el objetivo, que puede ser más o menos idealizado, más o menos realista.

Si solo tienes en cuenta el foco, tu objetivo, sin prestar atención a nada de lo que sucede alrededor ¿dónde quedan tus necesidades? El fin no es alcanzar la meta, el fin es caminar hacia la meta teniendo en cuenta tus límites, tus recursos y tus necesidades. El objetivo es alcanzar tu propósito descuidarte ni quedarte por el camino.

Es importante observar dónde estás poniendo el foco. Cómo te estás contando lo que está pasando, lo que estás haciendo, los resultados que obtienes, positivos o negativos.

¿En tu diálogo interno suelen aparecer frases como estas?

“No me gusta mi vida.”

“Soy una fracasada/o.”

“Tendría que tener unas mejores condiciones ya.”

“A los demás les va mucho mejor que a mi.”

“Me toca estar solo/a cuando no quiero.”

Si respondes que sí, probablemente estés experimentando una sensación de frustración y malestar elevadas. Porque a pesar de todo lo que ya has conseguido, sigues mirando y viendo sólo lo que te falta.

Déjame decirte algo: estás aquí y eso es bastante.

Agradece todo lo que te ha traído hasta este momento y todo lo que ya has conseguido.

De manera automática, estás contándote la historia de tu vida sin ver lo que ya has avanzando, si no centrado/a en lo que te falta. Cuando te centras en lo que aún te queda, estás continuamente activado/a. Así mantienes la idea de fondo de que siempre quedan cosas por hacer y que tienes la responsabilidad de hacerte cargo de todo, cuando ya eso no te corresponde y no puedes hacer más de lo que ya estás haciendo.

¿Qué puedes cambiar?

  • Dedícate un momento para observar todas las áreas de tu vida. ¿Cuántas áreas tienes ahora mismo? (Personal, amigos, pareja, deporte, trabajo…) Puedes dibujar una margarita y cada pétalo sería un área de tu vida.

  • De manera neutral y objetiva, como si fueras un observador descriptivo, escribe cómo están cada una de esas áreas. Trata de ser lo más objetivo y neutral posible, evitando hacer evaluaciones: “mala, horrible, fracasada, harta, buena, mejor, peor, insuficiente”.

  • Identifica las cosas que has hecho tú y agradece a tu “yo” de aquel momento todo lo que hizo. Teniendo en cuenta la situación y los recursos que tenías entonces, nada pudiste hacer de otra manera. Puedes pensar que no lo harías así ahora, pero no se trata de juzgarte. Quizás ahora lo harías diferente porque tienes otros recursos: has aprendido. Pero para hacerlo, has tenido que intentarlo de otra forma antes y ver que no funcionaba.

  • Has llegado hasta aquí y no siempre ha sido fácil. Has tenido que gestionar diferentes situaciones, poner en marcha distintos recursos y aún así, estás aquí. Poner el foco en los demás te hace descuidar detalles y no contarte la realidad como es exactamente. Tú tienes tu realidad, tu proceso y tu experiencia. Todas las áreas de tu vida tienen sentido si pones el foco en tu propio proceso y no fuera.

Aprender a escuchar a la exigencia es muy importante. Hacerlo te permitirá saber cuándo es ella la que está tirando de ti y cuando eres tú el/la que está al mando. Caminando en una dirección, la que tú determinas y eliges seguir. Sin descuidarte y respetando tu proceso, tus tiempos, tus límites y tus necesidades.

Si te has sentido identificado/a , quizás podría ser un motivo para empezar a conocerte, a escucharte y decidir si seguir en esta dirección o no. En Quiero Psicología te esperamos para que aprendas a focalizarte en lo que eres y lo que tienes, y no en lo que te falta.

perdonar

¿Qué es el perdón?

¿Sabemos realmente qué supone perdonar?

¿Somos conscientes del proceso que implica?

Todos tenemos en mente que cuando perdonamos a alguien tras una ofensa, olvidamos o minimizamos la importancia de lo que nos ha hecho para restaurar la relación que teníamos.

Lo vemos como un acto individual, como un resultado.

Pero el perdón es un proceso en varias etapas en las que buscamos reducir el malestar provocado por la ofensa. Como proceso que es, lleva tiempo y, si la ofensa ha sido grave, también implica esfuerzo.

Reconocer la ofensa.

La primera fase de este proceso es reconocer la ofensa, ser conscientes de que hemos sido tratados de forma injusta y que este daño ha podido ser intencionado o cuanto menos negligente. Darnos cuenta de que la persona que nos ha dañado podría haber actuado de otra forma.

Una vez reconocida la ofensa nos encontramos en una situación de malestar, en la que podemos sentir rabia, indignación, dolor, amargura, tristeza, sensación de traición o incluso vergüenza y humillación. Podríamos decir que nos encontramos el momento del no-perdón.

En este momento, no queremos tener relación con la persona que nos ha ofendido, de hecho, podemos sentir deseos de venganza. Nuestros pensamientos pueden ser recurrentes y dedicamos mucho tiempo a pensar una y otra vez en la ofensa, qué pasó, cómo pasó, por qué, cómo podríamos haber actuado, qué podríamos haber dicho, etc.

Con el tiempo, este malestar puede disminuir, pero que lo haga no implica que perdonemos a quien nos ha ofendido. Para poder perdonar, hay que tomar decisiones, hay cosas que hacer.

Elegir.

El perdón es un derecho, no una obligación y puede llegar a ser más beneficioso para la persona ofendida que para la que ha ofendido. El perdón es para nosotros, no para el otro.

Cuando perdonamos, buscamos reducir el malestar generado por la ofensa.  Consiste en disminuir las emociones de rencor, rabia, vergüenza, humillación, odio, dolor, amargura o impotencia.

Por este motivo, tenemos la capacidad de elegir si perdonar o no, sabiendo y  reconociendo que cada elección tendrá unas consecuencias distintas en nosotros.

Perdonar no es olvidar.

Si decidimos perdonar, debemos ser conscientes de que hacerlo no es olvidar la ofensa recibida, que ni siquiera implica recuperar la relación, ni mucho menos ignorar el daño.

El perdón se produce cuando consideramos que es una opción y nos planteamos hacerlo. En ese momento, nuestros sentimientos de odio disminuyen o desaparecen, incluso podemos comenzar a sentir compasión hacia quien nos ha ofendido, teniendo en cuenta que sentir compasión no implica justificar la agresión.  

El perdón unilateral.

Como hemos visto, perdonar nos ofrece beneficios y ventajas a nosotros mismos en primer lugar y no siempre tiene que implicar a la persona que nos ha hecho daño.

Por ello, hablamos de perdón unilateral cuando el objetivo no es el cambio en la otra persona, ni siquiera es necesario retomar la relación que tuviésemos con él o ella.

El objetivo que buscamos con el perdón unilateral es reducir nuestro malestar, cambiar a mejor nuestra experiencia personal.

La persona que se ha sentido dañada es la protagonista, trabaja sus emociones, sus sentimientos hasta poder cambiar la percepción que tiene sobre sí mismo. El objetivo es pasar de ser víctima a ser superviviente. Para ello es capaz de abandonar los sentimientos de debilidad e impotencia y de reconocer su propia fortaleza, recuperando el control de la situación.

Aprender a perdonar no siempre es fácil y depende en gran medida del daño percibido, teniendo en cuenta que ese daño puede ser totalmente subjetivo y que algo puede parecernos algo tremendo y ser algo insignificante a los ojos de los demás.

Perdonar depende también de lo estrecha que sea la relación con la persona que nos ha hecho daño. Cuanto más cercana y más confianza, más grave nos puede parecer lo sucedido.

Depende también de nuestra capacidad de autoobservación para ser capaces de descubrir qué pasó que dolió tanto, si realmente es necesario darle tanta importancia, si podemos pasar página y recuperar la relación o es imperativo romper definitivamente.

El perdón no es fácil. Si ya hablamos de perdonarnos a nosotros mismos, entramos en mayores dificultades.

Si sientes la necesidad de perdonar o de perdonarte, en Quiero Psicología estamos para escucharte y ayudarte a encontrar el perdón que necesitas.

autoexibencia control

¿Mi autoexigencia me impide funcionar?

¿Es la autoexigencia “marca de la casa”?

¿Cómo te sientes si por complicaciones en el día no has podido ir al gym, siendo una rutina habitual para ti?

¿Qué ocurre cuando algo que tenías previsto, como un plan con amigos, se cancela a última hora?

¿Te irrita sentir que algo no está en tu control? Por ejemplo, que tu jefe te presione para mejorar porque hoy no has hecho las cosas tal y como él te dijo y eso te genera tal malestar que tu día se  nubla por completo con esa sensación.

Si las situaciones anteriores u otras parecidas te generan malestar es posible que la organización, las rutinas y el orden sean partes importantes de tu día a día, probablemente esta dinámica te permita por ejemplo, llegar puntual a tus citas, dormir a tus horas, tener una alimentación equilibrada, mantener a buen ritmo tu cuenta de ahorros o planificar tus vacaciones mucho antes de que comience el verano.

Sin embargo, si cuando alguno de tus planes mentales no se ajusta a lo que luego sucede y esto te genera un intenso malestar, lo que en principio te ayuda y te hace sentir mejor, llevado al extremo se convierte en algo que te bloquea o limita.

Es funcional llevar una rutina diaria que te permita ir al trabajo, hacer deporte y descansar pero comienza a ser disfuncional cuando por no poder ir un día al gimnasio te sientes fatal y te autocastigas al día siguiente con más horas de entreno que compensen las que te faltaron ayer llegando incluso a encontrarte mal por el esfuerzo físico extra realizado.

Estableces una serie de expectativas que tienes que cumplir y lo que inicialmente haces por salud, placer o deseo, se convierte en una obligación y no permites que no suceda, ya no es algo que puedas hacer o no, es algo que hay que realizar y si no es así hay además un castigo, una consecuencia negativa. Es como si convivieras con un látigo que corrige cada paso que das y esto, día a día genera un daño considerable.

¿Crees que se disfruta sabiendo que un “paso en falso” implica recibir un latigazo?

De forma sistemática tu autoexigencia te hace estar alerta constantemente, no puedes relajarte, no puedes permitirte un fallo o un imprevisto.

La exigencia en su justa medida puede generar consecuencias agradables pero si se descompensa la balanza estaríamos hablando de un patrón obsesivo que te impide funcionar y recomponerte ante los imprevistos que naturalmente nos suceden a todos/as en el día a día. Esta intensidad en la exigencia implica rigidez mental, es decir, la incapacidad de aceptar algo distinto a lo previsto.

Y si hablamos de previsión y anticipación sobre lo que va a suceder, ¿qué otro concepto está implicado?

El control. Si consideras que eres alguien con un patrón obsesivo, estarás familiarizado/a con el control, de hecho, “necesitas” controlar aquello que va a suceder para conseguir el bienestar y rechazas la incertidumbre.

Sin embargo, ¿crees que podemos controlar absolutamente todo? Tu respuesta indudablemente será que no, ya que es imposible, y estaríamos hablando de una ilusión más que de una realidad.

Por tanto, si ese látigo fustigador del que hablábamos antes aparece cada vez que “pierdes el control sobre algo”, sin duda, terminarás bastante magullado/a.

Además, en principio, tu mano es la que sostiene ese látigo y es muy probable que no sólo te autocastigues a ti, sino que también lo hagas con aquellos que te rodean; amigos/as, familia, pareja, empleados/as a tu cargo, compañeros/as de trabajo. Casi con seguridad, cuanto más cercanos, peor.

Ya hemos imaginado el malestar que puede generar recibir latigazos constantemente pero ¿cómo se expresa esto en ti?  Es decir, ¿cómo visibilizar este “daño” surgido a raíz de una elevada autoexigencia?

Las consecuencias que acarrea la falta de permisividad ante los fallos y no cumplir las expectativas o convivir con cierta incertidumbre pueden ser:

-Emociones tales como miedo, frustración, ira, tristeza, etc..

-Hablar de miedo implica hablar de ansiedad: taquicardia, presión en el pecho, intranquilidad motora…

-Afectación en las diferentes áreas de tu vida.

-Abuso de sustancias tóxicas que te permitan desconectar durante unos momentos.

-Somatizaciones.

Si te sientes identificado/a con este post y no sabes bien qué puedes hacer, lo primero que te sugiero es reflexionar.

¿A qué crees que se debe este patrón?

Cuándo y cómo aprendiste esta dinámica?

¿Qué supone en ti la autoexigencia?

¿Cómo te sientes cuando “no cumples”?

¿Qué pasa cuando “no tienes nada que hacer” y no has podido planificarlo?

“Tener un látigo en la mano” es algo que aprendiste en algún momento de tu vida y aunque tú lo sostengas, no quiere decir que te sientas a gusto con ello. Puede que esta dinámica funcione en ti como un mecanismo de defensa y que alguna vez haya sido tu mejor alternativa y, hasta ahora, te haya permitido seguir y gracias a ello, estar donde estás.

Si consideras que esta gestión de tu vida te puede llegar a limitar en determinados momentos o genera malestar en ti y en tu entorno, en Quiero Psicología te acompañaremos en este proceso de autoconocimiento que te permita crear recursos que ajusten y modulen la exigencia. Aprender a ser menos exigente contigo mismo/a está en tu mano: contáctanos.