¿Crees que estás deprimido o “sólo” sientes que estás triste?

Hace unos meses, comentábamos en otro post, Salud mental y Covid, la importancia del cuidado de la salud mental en tiempos de pandemia.

En las últimas semanas, se ha hablado mucho de la salud mental, específicamente de la falta de ella a raíz de todo lo experimentado en el 2020.

Desde Quiero Psicología creemos que esto tiene dos lectura: por un lado es lamentable que solo en circunstancias tan extremas se hable de algo que es un pilar fundamental para el bienestar de todo ser humano.

Por otro, al menos se ha puesto el foco en el cuidado y la atención que nuestra salud mental necesita.

No ahora, siempre.

Tendemos a preocuparnos mucho más por nuestra salud física que por la mental dando por sentadas demasiadas cosas que no siempre son positivas.

Como que siempre tenemos que sentirnos felices.

Que si me echo a llorar mientras como o paseo, no pasa nada.

O que pasar el poco tiempo que tengo libre engullendo series es normal.

Pues bien, ninguno de estos síntomas (sí, síntomas) son buenos.

Muy al contrario, son farolillos rojos a los que deberíamos prestar atención.

Puede ser que estemos pasando por una época más triste y está bien.

Pero quizás lo que estos farolillos nos cuentan es algo más profundo.

Es importante diferenciar entre tristeza y depresión.

¿Sabrías hacerlo?

Si no lo tienes claro, te vamos a dar algunas pistas para que entiendas esas diferencias:

La tristeza es un estado de ánimo.

Es algo pasajero, una emoción, por definición no suele mantenerse mucho en el tiempo.

Cuando estás triste, puede suceder que te falte motivación, que no tengas ganas de hacer nada.

Quizás dejes un poco de lado a tus amigos y amigas, centrando tus relaciones en tu círculo más íntimo, aquellos con quienes compartes las cosas realmente importantes, los hombros en los que llorar.

Cuando estás triste, parece que todo cuesta más.

Tal vez notas que vas más despacio, pero sigues adelante.

No vamos a entrar a valorar los motivos por lo que estás triste, que, obviamente, pueden ser muchos y muy diversos, lo importante es que cuando te sientes así, sigues pudiendo disfrutar.

Te ríes de los chistes, puedes hacer planes de futuro, eres capaz de interpretar tu tristeza como algo que pasará.

Te sigue apeteciendo ir al cine, o a cenar o salir de cañas.

Quizás te cueste ponerte en marcha, pero, cuando lo haces, lo pasas bien.

La depresión, sin embargo, es un trastorno, una enfermedad.

Si la depresión no se trata, puede llegar a convertirse en crónica.

Cuando la tristeza se mantiene de forma constante y bien definida durante un período largo de tiempo (6 meses, por ejemplo), podemos sospechar que estamos ante una depresión.

La abulia (pasividad, desinterés o falta de voluntad según la RAE) se hace persistente, cuando estás deprimido o deprimida, la vida te supera.

No eres capaz de llevar una vida “normal”, dejas de realizar cualquier actividad que suponga un esfuerzo y todo te lo supone.

También aparece o puede aparecer una sensación de cansancio constante que, curiosamente, suele ir asociada a insomnio o a una calidad de sueño muy pobre (te despiertas mil veces, tardas mucho en dormirte y te levantas más cansado que antes de acostarte).

El aislamiento va aumentando poco a poco, prefieres estar solo antes que compartir tu pena o relacionarte con nadie más.

Cualquier interrelación social se convierte en un peso, en algo que te cuesta enormemente, por lo que prefieres ir espaciando esa interacción hasta llegar a no salir de casa prácticamente para nada o nada en absoluto.

Es como si la depresión se fuera apoderando de ti.

Alteras tus rutinas, cualquier compromiso, por agradable que fuera en un principio, se convierte en un ejercicio agotador, como subir el Everest.

Incluso ir a trabajar te cuesta.

Das tantas excusas como puedes para mantener ese aislamiento que parece que es el único formato en el que encuentras algo de paz.

Lenta y progresivamente, el pozo en el que sientes que estás se hace más y más profundo.

Desaparece el interés, el deseo, la esperanza.

No eres capaz de ver otro futuro que el momento en el que te encuentras.

Vivir te agota y te supera.

El cuerpo comienza a responder a esa falta de estímulos.

Aparecen dolores musculares, de cabeza, mareos, etc.

Si te animas a ir al médico, probablemente te dirá que no te pasa nada, que estás perfecto, que no hay nada de lo que preocuparse.

Pero no dejas de sentirte mal.

Poco a poco, parece que tu organismo se ralentiza.

Te mueves como a cámara lenta.

No es solo tu cuerpo el que va al ralentí: tu cerebro también parece que está de vacaciones.

Concentrarte en algo es un suplicio, ordenar o planificar es un esfuerzo titánico.

Cometes pequeños fallos prácticamente a diario y cada vez son más y más importantes.

No eres capaza de ver nada positivo a tu alrededor.

Todo está mal y va a ir a peor.

Sientes que no tienes control sobre absolutamente nada en tu vida.

Ni siquiera tu cuerpo o tu mente.

Progresivamente, conseguir salir de la cama es cada día más dificil.

No entiendes para qué tienes que hacerlo.

Si te encuentras en la situación que te describimos o si te reconoces en alguno de los síntomas, escríbenos.

No esperes, observa lo que sientes y lo que estás experimentando.

Normalmente no nos damos cuenta de lo deprimidos que estamos hasta que lo estamos mucho, cuanto más tarde, más te va a costar reponerte.

En Quiero Psicología te ayudamos a mejorar, te escuchamos y te proveemos de herramientas para que aprendas a gestionar la tristeza.

Estás a un solo clik de comenzar a cambiar.