hijos y sexualidad

Hablar de sexualidad con nuestros hijos e hijas

Cuando nos planteamos la idea de tener que hablar con nuestros hijos sobre sexualidad nos asaltan miles de dudas y miedos.

¿Será el momento adecuado? ¿cómo debo hablarle? ¿qué debo decirle? ¿cuánta cantidad de información?

En otro post hace unos meses te hablamos de Niños, niñas y pornografía. Te mostrábamos algunas pautas directamente relacionadas con la pornografía y la forma de educar a nuestros hijos e hijas en la sexualidad.

Queremos ahondar en este tema. Que nuestros niños y niñas sean adultos sanos. Conseguir que la sexualidad, el sexo y todo lo concerniente al tema sea abordado desde la honestidad y la cercanía. Hacer que nuestros hijos e hijas se sientan cómodos y seguros a lo largo de las distintas etapas de su desarrollo.

La información debe ser adecuada a la edad del niño.

Hay varios requisitos fundamentales a la hora de abordar “la charla”. Uno de ellos es tener siempre en cuenta en qué etapa de desarrollo se encuentra nuestro hijo o hija.

La manera en la que le damos la información a un niño de 6 años, no es igual a la forma en la que se la damos a un adolescente.

Procesan la información de manera distinta en función de sus experiencias, de sus conocimientos previos, de la edad madurativa y cronológica.

Si sobresaturamos y ofrecemos información para la que no están preparados, podemos hacerles más lío que aclarar conceptos.

Debemos hablarles de una forma clara, concisa y veraz.

No debemos hablarles con dudas, dando demasiadas vueltas, utilizando metáforas infantiloides (la abejita pone una semillita) balbuceando, etc. Estas actitudes pueden mostrar a nuestros hijos e hijas que nos da vergüenza hablar “de estos temas” que es justo lo que queremos evitar.

¿Cuándo debo hablar con ellos y ellas?

Hay diferencia entre hablar de manera puntual sobre un tema de educación sexual y ofrecer una educación sexual. Son dos conceptos muy diferentes.

Al hablar con nuestros hijos e hijas, estamos transmitiendo una información concreta. Información que o bien han pedido ellos o nosotros como adultos hemos decidido ofrecer por considerarlo necesario, adecuado para su correcto desarrollo, etc.

La educación se da en el día a día, en la cotidianeidad.

El mejor ejemplo que podemos dar es en nuestro día a día.

La forma en que vivimos y expresamos nuestra propia sexualidad en la intimidad de nuestro hogar es fundamental.

Normalizar las muestras de afecto, cariño y respeto hacia nuestras parejas, hablar sobre la menstruación sin hacerlo parecer algo “sucio”, etc.

No ocultarnos, no avergonzarnos, les enseñará a ellos y ellas a no hacerlo.

¿Qué temas tratar?

Según nuestros hijos e hijas van cumpliendo años, su capacidad cognitiva, su nivel de comprensión, su curiosidad y su interés aumentan.

Como ya hemos comentado, los temas que vayamos abordando tienen que estar muy ligados a la edad de nuestros hijos.

A partir de los 2 años.

Un dato importante a tener en cuenta es que los niños comienzan a percibir diferencias entre los sexos a partir de los 2 años.

Empiezan a sentir curiosidad por las distintas características entre niños y niñas y comienzan las autoexploraciones.

Son conductas normales y sanas que todos los niños tienen. No es preocupante ni alarmante y es una señal de que podemos ir comenzando a ofrecerles una educación sexual sana y adecuada.

Es el momento para indicarles los nombres reales de sus genitales. Para ir explicándoles las diferencias físicas entre niños y niñas, por ejemplo.

Debemos permitir la autoexploración. Se les puede indicar que es algo que es mejor hacer en casa que en el parque. Es importante remarcar que no es porque sea vergonzoso o algo que esconder. Podemos decirles que así no se llenarán de arena o cualquier otra idea que no les indique que lo que hace ha de ser escondido.

Al comenzar a sentir curiosidad, además de la autoexploración, intentan investigar en otras personas.

Cuando comienzan a intentar hacer esto, es la oportunidad perfecta para transmitirles que nadie tiene derecho a tocar a otra persona sin su consentimiento. Ni ellos pueden tocar, ni tampoco deben permitir que otros les toquen, ni siquiera un familiar o un amigo.

4 – 5 años.

Entorno a los 4 o 5 años, empiezan a hacer preguntas sobre de donde vienen los bebés. Puede suceder que, al ver a una embarazada, pregunten qué le pasa. Normalizar siempre es la clave.

Es precisamente en este momento, cuando se les puede ir explicando los procesos del embarazo, la gestación y el nacimiento. Sin dar más información de la necesaria, pero sí recordando hablarles con datos veraces y reales.

Cada persona lo hará a su manera. Es importante que uses tu lenguaje y tu manera particular de hablar. Utilizar palabras sencillas y habituales cuando te comunicas con tu hijo o hija. Siempre cumpliendo la premisa de no transmitir fantasías como hablarles de cigüeñas o similares.

Hay que contarles cómo es el proceso de la fecundación sin entrar en detalles más profundos. Si les damos más información o más profunda de la que están preparados para recibir, perderán la atención y el interés.

Para transmitir, primero debemos escuchar lo que están interesados en descubrir.

+/- 8 años.

Entorno a los 8 años, la curiosidad aumenta. Sus capacidades también lo hacen y es probable que hayan tenido acceso a más información a través de algún amigo o de hermanos mayores.

Es un momento complicado. Nuestros hijos e hijas empiezan a ser conscientes de que la sexualidad es un proceso íntimo y comienzan a asociar estos procesos con algo vergonzante.

Pueden llegar a ocultarnos lo que saben, lo que han descubierto. Este descubrimiento y de dónde llega es vital. En muchas ocasiones llega a través de la pornografía y esto puede hacer que en sus cabezas se instalen conceptos e ideas erróneas.

Aquí, es muy importante que seamos los adultos quienes tomemos la iniciativa. Dejarles claro que estamos disponibles para hablar con ellos y ellas de todo lo que les puedan preocupar.

10 – 12 años.

Alrededor de los 10 años, muchos de los niños y la mayoría de las niñas comienzan a experimentar cambios corporales. Este suceso que les puede generar dudas e inquietudes.

Es ahora cuando debemos hablarles sobre cuáles son los orígenes de estos cambios que están sintiendo.

Hay que informarles de los procesos de ambos sexos (menstruación, eyaculación, ovulación, etc).

De esta forma les estaremos ofreciendo consciencia de las diferencias sin marcarlas como algo negativo. La idea es justo la contraria, identificar que cada uno experimenta cosas diferentes y que todo está bien.

Adolescencia.

Con la llegada de la adolescencia, debemos abordar temas más complejos y amplios. Hablar de las relaciones sexuales en sí mismas, el placer asociado, las infecciones de transmisión sexual, las opciones de anticoncepción, las distintas formas de relaciones, etc.

Como siempre, teniendo en cuenta que la información que les transmitimos debe ser clara, concisa y veraz. Ofreciéndoles confianza y un espacio seguro y libre de crítica o juicio para que expresen sus dudas.

La sexualidad no es sólo un proceso biológico.

Hasta ahora hemos visto cómo hablarles sobre los procesos biológicos y físicos asociados a la sexualidad. Obviamente, todos sabemos que no es únicamente un proceso físico.

Es un hecho que lleva asociado expresión emocional, no únicamente amor, también deseo y pasión que pueden ser independientes del amor.

Todo lo que les contemos debe ir acompañado de esta parte más emocional y del respeto por el otro o los otros.

Es fundamental que tengan claro desde pequeños que se trata de procesos íntimos en el que se ven involucradas dos o más personas de manera voluntaria y consciente.

Sentar las bases del respeto mutuo es un básico. El respeto debe ser el hilo conductor de todas las interacciones sexuales que tengan a lo largo de su vida.

Todas las prácticas sexuales son lícitas, correctas y maravillosas siempre que las personas que involucradas se sientan respetadas y tomadas en cuenta.

Si logramos transmitir este concepto a nuestros hijos e hijas estaremos consiguiendo que puedan vivir y tener una sexualidad sana. Que, en un futuro, sepan hablar con sus hijos e hijas de una forma cercana como hemos hecho nosotros.

¿Crees que no sabes relacionarte con tus hijos o hijas de esta forma?. Si necesitas ayuda para dar el paso de hablar sobre sexualidad o cualquier otro tema que te resulte “delicado”, no lo dudes: contáctanos y estaremos encantadas de ayudarte.

Pon límites

Poner límites en las relaciones personales.

Somos animales sociales.

Vivimos en grupos y nos relacionamos con diferentes personas cada día. El panadero, la quiosquera, el camarero que nos sirve el café o la conductora del autobús que nos lleva al trabajo.

Hay otro tipo de relaciones más cercanas, mucho más personales e importantes. Hablamos de las que establecemos con nuestros amigos, con la familia o con nuestra pareja.

Es imprescindible que este tipo de relaciones estén marcadas por límites. Estos nos ayudan a mostrar el respeto que tenemos por nosotros mismos y por el otro.

Estas líneas invisibles son una forma de comunicación verbal y no verbal que estableces en tus relaciones. Los límites definen, entre otras cosas, la forma en la que quieres que te traten.

Lo habitual es establecerlos de manera natural e inconsciente. Puede darse en algunas ocasiones o con ciertas personas que sea necesario expresar claramente tus necesidades y la forma en la que deseas ser tratado.

Hacer esto, establecer una línea clara, es fundamental cuando hay comportamientos de otros que te hacen sentir molesto, incómodo o incluso dañarte emocional y psicológicamente.

¿Qué puedo hacer?

Para ciertas personas expresar sus necesidades y marcar unos límites claros es fácil, lo hacen con soltura.

Aquí intervienen el miedo a perder la relación, ciertas inseguridades personales y la costumbre de anteponer el bienestar del otro al propio, entre otras cosas.

El primer paso que puedes dar es hacerte consciente del malestar o incomodidad que te está provocando mantener una relación desequilibrada. Puede ser que sientas que la otra persona está tomando más de lo que ofrece y eso genere el desequilibrio que notas.

Ya lo tengo claro, ahora ¿qué?

Establece los límites en tu cabeza.

Antes de comunicarle a la otra persona cuales son los límites que quieres establecer, es muy positivo que lo hagas mentalmente.

Esto te ayudará a tener lo más claro posible cuál es el límite que quieres y cómo lo vas a comunicar.

Los límites que quieras establecer han de ser realistas, tanto para la otra persona como para ti mismo. De nada sirve trazar líneas rojas que ni si quiera tú estás dispuesto a mantener o que no vas a ser capaz de sostener.

Debes tener en cuenta cómo es la otra persona y cómo es vuestra relación para encontrar la forma más efectiva de comunicar lo que pasa. Si tu petición no se comprende es más que probable que todo siga igual.

Busca un ejemplo del comportamiento que quieres que cambie. Esto te ayudará a justificar tu petición y a mantenerte firme. Sin esta firmeza, será complicado que lleves a cabo las acciones necesarias a la hora de establecer esos límites que deseas.

Planifica la conversación.

En este punto debes tener en cuenta cómo eres tú y cómo te comunicas en general y con la persona en cuestión en particular.

Quizá eres una persona que no muestra dificultades a la hora de expresarse verbalmente y que no se cohíbe ante los enfrentamientos.

Puedes ser una persona que se muestra tímida o insegura ante conversaciones de mayor trascendencia.

Teniendo en cuenta tus propias características, puedes elegir la forma y el momento en el que quieras que se produzca esta conversación.

Indudablemente, la mejor opción sería una conversación en persona. Si esta perspectiva te abruma, puedes optar por una conversación telefónica, un correo electrónico o incluso un mensaje de texto.

La opción de realizar esta petición por escrito te va a facilitar expresar lo que quieres con precisión y de la forma más adecuada. Evitas presiones y te permite sopesar cada una de las palabras.

Claro está que todo lo que no sea cara a cara eliminará la comunicación no verbal, ten esto en cuenta. Quizás puedas llevar escrito lo que quieres decir pero hacerlo frente a frente. La opción de la video llamada también está presente.

¿Cómo lo hago?

En esta conversación, debes explicar a la persona por qué estás marcando esos límites. Que su comportamiento te incomoda. Procura describir lo más detalladamente posible qué te molesta y cómo propones que eso cambie.

Deja claro que tu decisión es una forma de mejorar vuestra relación y que no buscas, ni de lejos, distanciaros.

Para poder hacerlo de manera sosegada, clara y concisa puedes seguir estos cuatro puntos:

  1. Define la situación que te incomoda de la manera más objetiva posible.
  2. Expresa cómo te hace sentir.
  3. Expón el motivo por el que crees que ocurre.
  4. Ofrece una solución que implique a ambas partes (en la medida de lo posible).

¿Qué hago con la reacción del otro?

Debes ser consciente de que, por mucho que hayas expresado la situación con claridad y respeto, el otro puede o no entenderlo o no compartirlo.

Dependiendo de esto, te puedes encontrar ante varias posibles reacciones de la otra parte:

  • Entiende lo que le dices y se muestra consciente de lo que pasa. Quiere modificar lo que esté en su mano para que la relación sea más sana y mejor.
  • Lo que le dices le suena a chino y no entiende el motivo porque el que estáis manteniendo esa conversación.
  • No ha sido consciente de que su comportamiento te estaba dañando y le resulta complicado realizar los cambios que le pides y que necesitas.
  • Es consciente de lo que le estás pidiendo y de lo que implica. Se da cuenta de que, con el cambio, perderá la influencia que ejerce sobre ti.

Independientemente de que el rechazo de tus límites por parte de la otra persona sea o no consciente, debes mantenerte firme en tu decisión de crearlos.

Invierte todo el tiempo necesario en explicar por qué has tomado esa decisión. Ofrece la posibilidad de encontrar una solución conjunta que ayude a mejorar vuestra relación. Pregunta.

¿Y después?

Ahora llega la parte más complicada de toda la situación: mantener en el tiempo esos límites establecidos.

Es algo en lo que se deben involucrar ambas partes.

Mantente firme.

Si es a ti a quien le cuesta, plantéate si has establecido unos límites realistas. Puedes revisarlos mentalmente. Si te parecen sólidos, ten en cuenta que lo has hecho en busca de tu bienestar y del cuidado de tus emociones y sentimientos.

Cuando es la otra persona quien no los mantiene, te toca comunicarle que vuelve a las andadas, saltándose lo que habíais establecido.

Cuando tengas esta conversación de “recordatorio” ten en mente la idea de que lo haces por tu bienestar y por mejorar la relación.

Quizá la otra persona lo intenta pero no lo consigue. En este caso, es bueno que tengáis otra charla en la que lleguéis a una solución alternativa que os haga más fáciles las cosas a los dos.

La peor de las situaciones se da cuando la otra parte ni se molesta. Si se da este caso, es fundamental darle un toque de atención. Tienes que informarle de que, si la situación sigue igual, si no se implica en el cambio que necesitas y que ya has explicado por qué es importante para ti, vuestra relación va a cambiar sí o sí.

No es una amenaza, habrá quien se lo tome como tal.

No es un chantaje porque el beneficio del cambio será mutuo.

Es una decisión que has tomado y que, de no ser atendida, puede significar el distanciamiento o la ruptura definitiva.

Si te identificas con esta situación, ya sea como la persona que demanda el cambio o como la persona que debe hacerlo y no sabes cómo, escríbenos. Estaremos encantadas de ayudarte.

¿Cómo puedo visibilizar la Violencia de Género?

En el post “La invisibilidad de la violencia de género” hablamos de los cimientos invisibles sobre los que se construye la sociedad desigual y patriarcal en la que vivimos.

Vimos como en las diferentes etapas de la vida hay ejemplos suficientes que mantienen esta desigualdad. Al igual que es muy importante conocer qué sostiene a la Violencia de Género, también es importante saber cómo podemos cambiar las cosas.

¿Qué puedes hacer tú para desmontar esta estructura y crear una más igualitaria?

Si no se te ocurre nada, usa estas propuestas, comenzando por el principio:

Infancia.

Cuando te dirijas a un niño o a una niña, trátales por igual.

Déjales hablar de lo que a ellos les gusta, sin juzgar. Puede haber niños que quieran jugar con muñecas, vestirse con falda o pintarse la cara, y eso está bien. Puede haber niñas que quieran jugar con coches, al fútbol o trepar por los árboles, y eso también está bien.

Es necesario y positivo para su desarrollo que niños y niñas puedan explorar, interesarse por cosas diferentes, experimentar aquello que les genera curiosidad y definir quiénes son.

Permíteles hacerlo de manera flexible.

¿Qué tal si en vez de decir “esto es de niños” o “esto es de niñas” pruebas a decir “normal que te guste esto, es muy chulo”?

Así les harás sentir comprendidos, escuchados, respetados y validados. Y, sobre todo, les dejas claro el mensaje de que pueden explorar libremente y que eso está bien.

Al hablar de emociones o de regular emocionalmente a un niño y a una niña, trátalos igual.

Pregúntale a tu hijo por qué está triste.

Dile que está bien sentirse así a veces. Que puede sentirse triste y eso es síntoma de valentía, no de debilidad.

Explícale que está bien que sea cariñoso contigo, con sus amigos y amigas o con sus familiares.

Permite que se enfade y ponga límites, es necesario que aprenda para así poder defenderse de las cosas que le hacen sentir mal.

Si hablas con una niña, evita frases como “las niñas no se enfadan”, “tienes que ser buena”.

Nuestros hijos deben aprender a expresar emociones como la tristeza, el miedo o el enfado, independientemente de si son niños o niñas. Solo así podrán desarrollarse como adultos sanos y regulados emocionalmente.

Evita mandarles mensajes implícitos con preguntas cerradas.

“¿Qué tal son los niños de tu colegio?”

Con esta pregunta abierta, das opción a que te hable libremente de cómo son los niños y niñas con los que se relaciona.

De esta forma será más fácil que te diga si hay alguien que le hace sentir mal o si tiene algún amigo íntimo, incluso si le gusta alguien.

También es importante explorar qué significa “gustar” en edades tempranas.

Puede ser que haya oído algo sobre tener novio o novia, de lo que hacen las parejas y se limite a reproducirlo sin tener realmente consciencia de ello.

Es importante que nuestros hijos e hijas tenga relaciones ajustadas a su edad y no asumiendo roles de adulto.

“¿Que cosas te gusta hacer?”

Si a un niño o niña le gusta hacer algo, probablemente tienda a repetirlo y esto puede hacer que se le dé mejor.

Potenciar las cosas que le gustan o que se le dan bien hace que desarrolle una mejor autoestima, haciendo que se sienta útil, válido y capaz.

Da igual si las cosas que le gustan “no son apropiadas para un niño” o son “cosas que las niñas no hacen”. De lo que se trata es de permitir a nuestros hijos desarrollar sus mejores capacidades, sin poner el límite más que en aquello que les gusta o les disgusta.

“¿Por qué no me ayudas con las tareas de casa?”

Tanto si es niño o niña, es importante que aprenda a responsabilizarse de las tareas de casa.

Enséñale lo que hay que hacer y llega a un acuerdo para que se responsabilice de algo adecuado a su edad: recoger los juguetes, hacer la cama, etc.

Gran parte de la desigualdad reflejada en la sociedad, nace en el reparto poco equitativo de las tareas del hogar.

“¿Qué quieres por tu cumpleaños/navidad?”

Escucha lo que pide y pon un límite que no resida en si o que quiere es “para niños” o “para niñas”.

El juego es fundamental en la infancia. Es fuente de exploración y de crecimiento, permite poner en marcha sus recursos y habilidades.

No hay juegos para niños o para niñas, hay juegos, punto. Permite que el juego sea algo libre y sin juicios.

Adolescencia.

Este es un periodo crítico en el que se establecen relaciones íntimas con los iguales y se tienen las primeras relaciones de pareja. Es en la adolescencia donde aparecen y se desarrollan muchas de las bases que sostienen la violencia de género, normalmente de forma inconsciente.

Con los adolescentes es importante que te puedas acercar a ellos desde la escucha incondicional, el entendimiento y la aceptación.

Intenta ser un modelo positivo que puedan seguir, tanto a la hora de regular tus emociones como cuando te relacionas con tus iguales o tu pareja.

Aprendemos a través de los otros, especialmente de los modelos más cercanos.

Trata de mostrar tus emociones de una manera equilibrada. Explica la importancia de sentirte triste o de sentir miedo y gestionarlo de una manera adecuada.

Ser un referente al que tus hijos e hijas puedan acudir sin miedo ni vergüenza facilitará que detectes y actúes sobre comportamientos que pueden ser dañinos para ellos y ellas.

Marca límites en tus relaciones, para que tus hijos e hijas aprendan desde una base sólida.

Diles que las chicas no necesitan que los chicos las protejan. Chicas y chicos pueden llegar a sentirse igual de seguros y pueden ayudarse mutuamente en caso de necesidad.

Enséñales que las chicas no son sumisas por definición. No tienen que aguantarlo todo. Es importante que aprendan a poner límites o a irse a tiempo. Su papel no es el de cuidadoras.

Es importante que tus hijos tengan un modelo real de lo que es el sexo, siéntate a hablar con ellos. Explícales que las relaciones sexuales tienen que ser consentidas y que los chicos no tienen mayor deseo sexual que las chicas.

Haz que entiendan que la base de toda relación es la confianza. Si se sienten controlados, explícales que eso no es sano ni normal y que una buena relación no necesita control.

Que tengan claro que la violencia no es una forma de expresar las emociones ni la manera de solucionar nada.

Demuéstrales que pueden contar contigo, que les valoras por lo que son, que les quieres y que les apoyas.

En la adolescencia, detrás de la Violencia de Género puede haber fuertes sentimientos de inseguridad: miedo a que la pareja se vaya, necesidad de pertenecer al grupo o de reconocimiento, entre otras.

Para evitar en la medida de lo posible esa inseguridad, es fundamental que los y las adolescentes sepan que son importantes y válidos solo por ser quiénes son, sin necesidad de aparentar ni cumplir esos “roles” que son tan perjudiciales.

Detrás de la masculinidad tóxica y del rol de cuidadora de la mujer hay una gran sensación de malestar, insatisfacción, frustración, baja autoestima y ansiedad.

Humor sexista.

El objetivo de una broma es hacer reír y resultar neutral. La broma termina cuando el mensaje que transmite hace daño.

No refuerces las “gracias” que perpetúan la violencia. Suelen ser recurrentes las relacionadas con las mujeres y las tareas del hogar; su mal humor; el control que ejercen sobre sus parejas masculinas; las pocas ganas que tienen de mantener relaciones sexuales, etc.

Micromachismos.

Identifica los mensajes en los que hay una valoración negativa a la mujer: “las tías son todas unas histéricas”, “no puedo confiar en las mujeres”, “las chicas son bastantes sueltas”.

Cuidado con reforzar o validar este tipo de generalizaciones. Puedes responder diciendo “quizá tu última experiencia con esta persona ha sido desagradable, eso no significa que todas las mujeres sean así”.

Cosificación.

“Las mujeres están para lo que están”.

Este tipo de comentarios facilitan la normalización de situaciones injustas, irreales y terribles para la mujer.

Normalizar la prostitución es un claro ejemplo de la cosificación de la mujer. Se presupone que las mujeres están para dar placer sexual y que su única función es esa, quedan reducidas a ser un servicio para el hombre.

La publicidad nos bombardea con mensajes implícitos donde la mujer se somete al hombre.

Las mujeres no disfrutan siendo sometidas ni dominadas, disfrutan siendo libres y estando en relaciones de igualdad.

Compartir fotos de chicas en el grupo de wasap sin su consentimiento ni su conocimiento, es otro ejemplo de cosificación. Lo que se busca es tener el control sobre las mujeres y manipular su intimidad. Si observas este comportamiento en tu hijo, déjale claro lo que está haciendo.

Lenguaje.

Cuando oigas comentarios despectivos sobre una mujer, señálalos. Si se ve a una mujer en la TV que desempeña un puesto laboral y oyes la típica frase de “está ahí por ser quién es” rebátelo y destaca por lo que realmente está ahí.

Cuesta reconocer los logros de las mujeres, se tiende a infravalorarlas y decir que están ahí por otros motivos o que son menos válidas en general que los hombres. Cada caso es un mundo.

Anulación.

Ningún hombre tiene el derecho a minusvalorar, hablar o tratar con superioridad a una mujer por el mero hecho de serlo.

Tu hija tiene derecho a poner límites y eres tú la persona encargada de enseñarle dónde, cuándo y cómo ha de hacerlo.

Es complicado poner límites cuando hay una sociedad que respalda ese tipo de conductas.

Que los compañero la saluden repetidamente diciéndole lo guapa que está, o lo bien que le queda esa ropa puede hacerle sentir que sólo vale por lo guapa que es o el estilo que tiene.

Si en su grupo de amigos y amigas hay alguien que siempre hace comentarios que pisan lo que está diciendo, puede sentirse anulada, poco valorada o ignorada.

Es tarea tuya prestar atención a los comentarios que ella pueda hacer a este respecto, haciendo hincapié en su valía por otras cosas o en su capacidad para decir que se calle a ese que siempre la interrumpe.

Como puedes ver, el cambio puede comenzar desde el principio.

La mejor herramienta que tenemos es la educación y el ejemplo.

Cambiar los cimientos desde abajo, construir una sociedad desde el principio depende de ti y de todos nosotros.

Con las pautas que te proponemos en este post podrás empezar a identificar y cambiar aquellas cosas que has podido normalizar e interiorizar.

Si quieres revisarte y dar un espacio a todo lo que llevas vivido, te esperamos en quiero para ayudarte a trabajar en ello.

Las secuelas emocionales del 2020

Cambiar de año es un acto simbólico.

No dejas de ser tú ni las cosas cambian repentinamente del 31 de diciembre al 1 de enero, sin embargo, cuando comienza un año tenemos la sensación de que estamos estrenando algo.

Nos “ponemos” el 2021 y lo vivimos como algo nuevo.

Este año, más que otros, seguro que has escuchado la frase de “ojalá llegue el 2021 ya”, “ojalá el 2021 traiga más cosas buenas que el 2020”.

Parece que estábamos esperando el 2021 como agua de mayo, pero es difícil empezar algo nuevo sin haber hecho el duelo de lo que dejamos atrás. Sería algo así como empezar una nueva relación sin haber procesado el final de la anterior.

El año que acabamos de despedir ha tenido un enorme impacto en todos nosotros a nivel social.

A parte de nuestras circunstancias personales, nos hemos visto condicionados por situaciones externas, totalmente fuera de nuestro control.

Hemos estado y estamos sometidos a la incertidumbre propia de una pandemia mundial. Sentimos que hay algo por encima de nosotros que nos dice lo que debemos o no debemos hacer y esto a muchos, nos supera.

Toda la vorágine que ha traído consigo el 2020 ha podido dejarnos secuelas emocionales como sociedad y como individuos.

¿Cómo ha sido tu 2020? ¿Cómo te sientes, ahora que ha pasado?

Te proponemos que hagas un ejercicio de observación y que reflexiones sobre cómo estás y cómo has estado a lo largo del pasado año.

Quizás reconozcas alguna de estas sensaciones:

Incertidumbre

En marzo empezaste a recibir mensajes contradictorios que no te permitieron tener una idea real de la situación.

Al principio podías escuchar a personas diciendo que “vendrá un virus que no tendrá grandes repercusiones”. Al mismo tiempo, los expertos ya estaban avisando de que el virus iba a ser muy contagioso y que podría tener graves repercusiones para nuestra salud.

Esto pudo haber generado la sensación de no saber realmente cuánto impacto iba a tener ese virus sobre ti y los tuyos.

A medida que pasaban los días comenzaste a ver cómo se cerraban los colegios, los centros comerciales, se suspendían eventos, etc.

Al ser una situación nueva y desconocida, no sabías cuál iba a ser la progresión, cómo iba a ir yendo todo.

La situación escapaba a tu control y por mucho que intentaras hacer, al final tenías la sensación de que hicieras lo que hicieras, no podías cambiar lo que estaba pasando.

La incertidumbre genera ansiedad, miedo a no saber si mañana van a cerrar tu trabajo, si vas a poder ver a tu familia, si los tuyos están bien, etc. 

Ansiedad.

¿Sentiste que estabas más activada/o de lo normal? ¿Notaste que reaccionabas con más intensidad de lo habitual ante situaciones cotidianas?

La ansiedad aparece cuando hay algo que nos amenaza, cuando nos sentimos en peligro nos activamos para poder protegernos. La sensación de que hay un peligro que nos amenaza como sociedad y como individuos hace que activemos nuestras alarmas.

Dependiendo del nivel de ansiedad que hayas experimentado, esa protección ha podido ir desde el “no me cuido, me da igual lo que está pasando” al “no quiero salir de casa por miedo al contagio”.

Soledad.

Las medidas de prevención han impedido los abrazos, los besos, el contacto físico, y eso ha hecho que te sintieras más lejos de tu gente.

También el no haber podido estar con tu familia o con tus amigos puede haberte hecho sentir más solo/a.

La distancia social también ha marcado una distancia emocional, nos ha alejado a los unos de los otros.

Duelo.

La situación del 2020 nos ha obligado a todos a experimentar diferentes duelos: desde asumir que muchos planes han sido cancelados, pasando por la desaparición de la rutina o la pérdida de trabajo o, incluso, la ruptura de amistades o parejas.

Por supuesto, si has perdido a alguien cercano y querido, la falta de cercanía en sus últimos momentos, la imposibilidad de despedirse o de acompañarlo en el funeral, es más que probable que te hayan marcado profundamente.

En este post https://www.quieropsicologia.com/ritual-de-despedida/ te dimos algunas pautas para transitar la pérdida que siguen siendo útiles.

En cualquier duelo la tristeza tiene un papel fundamental. Esta tristeza te ha podido afectar de muchas formas, incluso sin que hayas sido consciente de ello. Has podido sentir que no tenías tantas ganas de hacer cosas, que estabas muy desanimado/a y sin energía, que todo daba lo mismo.

Falta de control.

Las limitaciones impuestas, las medidas de prevención y las restricciones han hecho que perdamos nuestra capacidad de elección y eso te ha podido hacer sentir más vulnerable, indefenso y sin poder decidir.

Sentir que no tienes el control es algo difícil de asumir, especialmente si eres una persona acostumbrada a controlar todo lo que sucede, o al menos a creer que lo controlas.

Culpabilidad.

Mucha gente ha expresado una sensación casi permanente de culpa. Culpa por no haber hecho lo suficiente, por no haber estado tan cerca de los tuyos o incluso por no haber sabido tomar las medidas adecuadas.

Por supuesto, nada de esto ha sido tu culpa y hayas hecho lo que hayas hecho, ha sido suficiente.

Trabajar como cajero/a en un supermercado cuando más falta hacía, reponer productos en un almacén, ser enfermero/a o médico, limpiar las calles, dar clase, todo ha sido suficiente.

Quedarse en casa cuidando de los hijos o personas dependientes, teletrabajar y ejercer de madre/padre al mismo tiempo o quedarse en casa en ERTE, lo has hecho lo mejor que has sabido o podido en esos momentos.

Ser responsable, hacer caso de lo que las autoridades recomendaban, prestar atención a las medidas de seguridad, todo ello ha sido suficiente porque nadie sabía qué más podíamos hacer.

Enfado.

Es probable que la ira o el enfado sean de las emociones más reconocibles. Durante este año tan inusual, has podido experimentar enfado y mostrarte más irascible en general.

Ver cómo las medidas cambiaban cada cierto tiempo, cómo tus seres queridos estaban lejos y sentías la presión de no poder ir a verlos, saber que tu abuela/o vivía una situación injusta por el covid, los temas de conversación que giraban en torno a la pandemia, las dificultades para adaptar el trabajo en casa, etc.

Todas estas cosas nuevas, extrañas e inesperadas pueden haber provocado que te enfadaras más de lo habitual.

Es normal que hayas experimentado enfado e irascibilidad. Ha habido situaciones en las que por mucho que hicieras, tu parcelita de responsabilidad estaba muy limitada.

¿Te sientes identificado/a con cualquiera de estas emociones, sensaciones o situaciones y quieres darles un espacio, observarlas con más detenimiento?

Este año que dejamos atrás, tan complejo y extraordinario, te ha podido poner en contacto con partes de ti que no conocías y puede ser un buen momento para iniciar tu propio proceso. No dudes en llamarnos y empezaremos a trabajar. 

Te esperamos para ayudarte a ordenar esas ideas, emociones, recuerdos, sentimientos y comenzar el 2021 con todo lo vivido el año pasado en su sitio.

Saber decir “basta”.

Somos animales sociales, seres que vivimos en tribu, en grupo, necesitamos del otro y por eso buscamos las interacciones relacionales, las relaciones de amistad.

El primer grupo relacional que aparece en nuestra vida es la familia: compartimos nuestros primeros años con ellos, nuestras primeras interacciones, es el espacio protegido en el que experimentamos y adquirimos nuestra forma de relacionarnos.

Más tarde, con la incorporación al colegio, comenzamos a poner en práctica lo aprendido en casa.

Estas primeras relaciones ajenas a la familia, a medida que pasa el tiempo, van ganando terreno compartiendo con nuestros amigos y compañeros gran parte de nuestro ocio, trabajo, actividades.

Todo este tiempo compartido provoca que generemos vínculos de amistad que adquieren mucha importancia.

En ocasiones, estos vínculos llegan a ser más importantes que los familiares o de pareja. Se muestran constantes en nuestro día a día a lo largo de los años, convirtiéndose en fuente de apoyo y escucha mutuos.

Con nuestras amistades encontramos una vía de escape a situaciones vitales que pueden estar estresándonos: dificultades laborales, conflictos con los padres o hermanos, discusiones con la pareja, etc

Sabemos que siempre tendremos un hombro en el que apoyarnos y llorar si es necesario. Donde no nos van a juzgar y se pondrán de nuestro lado, así como nosotros haremos por ellos. Es una concepción de la amistad donde todo es mutuo, recíproco, equitativo… un hoy por ti y mañana por mí.

Qué ocurre cuando la amistad se convierte en un constante “hoy por ti”.

Todos tenemos o hemos tenido una amistad a la que parece que, de forma constante, le están pasando cosas malas. Una persona a la que le sobrepasan sus circunstancias vitales y a la que siempre le sucede algo.

Parece que usan a las amistades como descarga emocional. Por no defraudarles, nos mostramos fuertes y aguantamos el tirón.

Les escuchamos, les apoyamos, les ofrecemos un consuelo que nunca parece ser suficiente. En honor a la amistad que nos une, continuamos impertérritos, afrontando y aguantando.

Es importante tener en cuenta que para mantener una amistad, no debe ser obligatorio recoger toda esa carga emocional que el otro vuelca sobre nosotros.

No al menos de forma constante hasta llegar a ser agotadora.

Si permitimos que esta situación de desequilibrio se mantenga en el tiempo, padeceremos consecuencias directas en nuestro estado anímico y emocional.

Soportar durante un periodo prologando esta sobrecarga, provocará altos niveles de estrés y fatiga emocional cada vez que estemos con esa persona e incluso pudiéndose extender al resto de nuestra vida.

¿Cómo identificar si estás siendo la descarga de alguien?

La amistad es un camino de doble sentido.

Hay veces que somos apoyo para otros, y en otras ocasiones nos apoyamos en nuestros amigos.

No es cuestión de llevar una cuenta de “debe y haber” pero sí es necesario que la relación sea equitativa. Que no sintamos que nos absorben o que nos usan como saco de boxeo o paño de lágrimas exclusiva y constantemente.

La dificultad estriba en saber si la sensación que estamos teniendo es cierta y no dejarnos llevar por el convencionalismo de que en la amistad hay que aguantar.

De hecho, la palabra clave de toda esta cuestión es aguantar.

Cuando aguantamos, estamos haciendo un sobreesfuerzo. Estamos usando más energía, más recursos de los que deberían ser necesarios para mantener una situación.

Estamos tolerando y asumiendo situaciones, casi siempre de manera inconsciente, por miedo a ser abandonados, a no ser aceptados, a no ser queridos. Pero en nuestro fuero interno sabemos que la situación es injusta para nosotros.

Algunas de las señales que nos indican que es el momento de decir “hasta aquí” pueden ser:

  • Sentirte de forma continuada fatigado y cansado cada vez que estás con esa persona o hablas con ella telefónicamente o por mensajes.

  • Evitas estar a solas con esa persona. Buscas quedadas grupales en sitios públicos.

  • Minimizas el tiempo en el que interactúas con él/ella. Por ejemplo, quedas sólo para tomar un café, acortas las conversaciones telefónicas o por mensaje aludiendo responsabilidades de cualquier tipo.

  • Sientes que tienes que hacer acopio de energía antes de un encuentro o llamada con esa persona.

  • Eludes conscientemente hablar de determinados temas, cambias las conversaciones a temas más triviales, generales o superficiales. Evitas preguntar “¿qué tal?” porque ya sabes que la respuesta va a ser negativa.

Si observas alguna de estas señales es el momento de decir “¡para!, ¿qué ocurre aquí?, ¿esta situación está siendo justa para mí?”.

Si la respuesta a esta última pregunta es un ¡no! es el momento de actuar.

Toca hablar con esa persona para comunicarle de manera respetuosa y asertiva que te estás viendo saturado por la situación y que necesitas que se produzca un cambio.

Ahora que lo veo en mi ¿qué busco en el otro?

Además de las señales que podemos ver en nosotros mismos, existen características que vemos en el otro que nos pueden ayudar a averiguar si estamos en una situación en la que debemos decir basta, te mostramos una pequeña clasificación.

– Pesimista por convicción:

Personas que tienen una visión pesimista de la vida, están convencidos de que su perspectiva es la única válida y la transmiten de forma tajante y constante.

Esta perseverancia puede provocar que las personas que le rodean acaben adoptando la misma visión y que siempre centren su atención en los aspectos negativos de las situaciones.

– Catastrofista:

Se trata de personas que ven la vida como una sucesión de inminentes desgracias.

Sienten que están en constante peligro y así lo transmiten a su entorno.

Se muestran incapaces de disfrutar de las situaciones positivas que se presentan, por miedo a que desaparezcan o por la creencia de que ellos no son merecedores.

– Quejica o victimista:

Sus problemas son siempre mucho más importantes que los de los demás.

Se quejan de todo lo que les ocurre, nunca nada bueno.

Son ese tipo de personas que se venden como víctimas de su entorno, de su familia, de su situación familiar o de la sociedad.

– Pusilánime o débil:

Se muestran como seres desvalidos y en los demás generan pena o lástima ya que hacen sentir que sin la ayuda del otro no podrían hacer frente a sus circunstancias vitales.

Dar una segunda oportunidad.

En algún momento de nuestra vida hemos padecido o hemos hecho padecer a alguien situaciones de descompensación en la relación.

Situaciones vitales extremas, rupturas sentimentales, fallecimientos de familiares o personas cercanas, dificultades laborales, económicas, etc.

En estas situaciones, una de las dos personas ha necesitado mayor apoyo durante un periodo prologando de tiempo.

Justo por esto, todos, en alguna ocasión ofrecemos segundas y hasta terceras y cuartas oportunidades.

Debemos tener en cuenta que todos tenemos un límite que si es sobrepasado, puede provocar la modificación radical de nuestra relación.

Cuando sentimos que esa persona está tirando de nosotros de forma continua, sin ofrecer un respiro y sin tener en cuenta que nosotros también estamos viviendo nuestra vida con sus circunstancias, mejores o peores, es momento de poner límites.

Si te encuentras en esta situación y necesitas ayuda para comenzar a establecer tus límites, contáctanos. Estamos para ayudarte.

desigualdad de género

La invisibilidad de la violencia de género.

Desde que nacemos, el fantasma de la violencia de género nos acompaña silenciosamente.

Si nacemos niñas podemos vernos determinadas a recibir un trato diferente. Un trato que será el germen que hará que acabemos en una situación de desigualdad social, psicológica y económica.

La forma en que la sociedad se relaciona con las niñas es diferente a la que tiene de relacionarse con los niños.

¿Te has parado a pensarlo?

Estas diferencias se producen en todas las etapas de la vida, comenzando por la infancia, y tienen repercusiones en la edad adulta. Vamos a ir viendo cómo identificarlas.

Infancia.

El tono de voz.

Cuando hablamos con una niña suele ser más suave, más delicado. Utilizamos frases como: “qué guapa eres”, “qué dulce”, “qué tranquila”, etc.

A los niños tendemos a hablarles más alto y usamos frases como: “qué fuerte eres”, “vas a ser un gran deportista”, etc.

A nivel físico.

A las niñas las movemos o cogemos quizás de una forma más suave y cuidadosa.

Con los niños puede que tengamos menos cuidado, les movemos más bruscamente, con menos suavidad.

Límites.

Tan pronto nuestros hijos e hijas tienen una mayor movilidad, es muy habitual que seamos más permisivos con los niños en cuanto a los límites exploratorios y aventureros que les ponemos.

Tendemos a dejar que los niños exploren con más autonomía, que se alejen un poco más, que se caigan incluso.

A las niñas solemos tenerlas más cerca, saltar en el instante en que se caen, estar más pendientes en general.

Expresión emocional.

La expresión emocional que reciben los niños es diferente a la que reciben las niñas.

A las niñas les sonreímos más, les hacemos más cariños, les mostramos afecto más específicamente, con más contacto físico. También tendemos a protegerlas.

Con los niños, por el contrario, es más habitual que mantengamos las distancias, que les toquemos menos. También es habitual que reciban mayores castigos físicos.

A las niñas se les valida que se expresen emocionalmente y se asocia al sexo femenino una mayor sensibilidad emocional. Se da por hecho que son empáticas, buenas, modositas, obedientes, etc.

A los niños que expresan sus emociones, especialmente la tristeza, el dolor y similares, les decimos que no hay que llorar, que llorar es “de niñas” o que “hay que ser fuerte y no llorar”.

Mensajes y estímulos.

Los mensajes y estímulos que reciben niños y niñas son diferentes desde los primeros años de vida.

Estos mensajes los recibimos por parte de nuestros familiares, profesores, vecinos, etc. Pueden ser muy directos y claros o más sutiles y son los que generan los cimientos invisibles sobre los que se asienta la desigualdad silenciosa de la que hablamos en el título de este post.

Desigualdad que cada niño y cada niña va interiorizando paulatinamente y que nos deja claros los roles de género que “nos corresponden”.

Los mensajes que reciben las niñas.

“¿Ya tienes novio?”

Dando a entender que el único objetivo de una mujer es acabar teniendo pareja y que esta sea un chico.

“Con lo guapa que eres, seguro que tienes a un montón de chicos detrás”.

Poniendo el foco en lo importante que es el físico y parecer guapa, para así poder recibir atención, cariño y amor, nuevamente, del sexo masculino.

“Estas hecha toda una mujercita”.

Reforzando la idea de que el principal objetivo de toda niña es convertirte en una mujer, sin importar que ahora mismo esté en la etapa de la infancia.

Cómo ayudas en casa, que niña más buena”.

Reproduciendo los roles de género donde la mujer es la que cuida, se ocupa de todo y se responsabiliza de las cosas de la casa.

“Te ha salido contestona”.

Mensaje que aparece cuando una niña pone límites o rechaza asumir una responsabilidad que no quiere. Se le castiga porque una niña debería ser sumisa, pasiva y complaciente.

Los mensajes que reciben los niños.

“¿Cuántas novias tienes?”.

Normalizando la idea de la infidelidad, bien vista en los hombres porque demuestra lo “macho” que son.

“Tú tienes que proteger a tu hermana/prima/amiguita”.

Introduciendo la idea de que es el hombre el que tiene que proteger a la mujer, que, por el mero hecho de ser mujer, es indefensa, vulnerable y débil.

“Que listo eres, vas a llegar muy lejos”.

Haciendo hincapié en las capacidades intelectuales del niño, nunca en su belleza o delicadeza.

“Eres muy chulillo, seguro que tienes a todas las chicas detrás”.

Implantando en el niño la idea de que si un hombre se muestra distante, con aires de superioridad, con aparente seguridad, va a ser más digno de recibir cariño, atención y amor.

Todos estos mensajes que reproducimos generación tras generación van creando la base de una estructura desigual en la sociedad.

¿Eres consciente de si estás trasmitiendo y reproduciendo a la hora de hablar o de expresarte este tipo de mensajes?

Es importante tener en cuenta que durante la infancia, los hijos e hijas de mujeres víctimas de violencia de género, además de todas estas muestras tan habituales, también sufren directa o indirectamente esa violencia que sus madres padecen. Esto puede generarles graves secuelas psicológicas.

Además de normalizar comportamientos que no son adaptativos (ver que tu padre cuando se enfada rompe cosas). Aprenden que manifestar el enfado así es válido y, probablemente, llegan a interiorizarlo y reproducirlo.  

Otra posibilidad es que el niño o la niña perciba que su padre maltratador es fuerte, que es un lugar seguro donde sentirse protegida o protegido y puede llegar a identificarse con él. Esto sucede porque en nuestra infancia necesitamos referentes seguros para poder sentirnos a salvo.

Puede haber niños que se coloquen del lado de la madre o que incluso se pongan en medio del conflicto.

Las sensaciones de miedo e inseguridad que viven los niños y las niñas fruto de la violencia, afecta directamente a su desarrollo.

Es habitual que las niñas expuestas a una situación de violencia desarrollen más problemas de autoestima e inhiban la ira, lo que se transforma en ansiedad y en autocrítica.

También es normal que los niños externalicen el problema, mostrando una clara tendencia a ser más violentos.

Adolescencia.

La adolescencia es el periodo en el que se tienen las primeras relaciones de pareja y se pone en marcha todo lo aprendido anteriormente.

Los roles de género adquieren mucha importancia. ¿Qué se espera de mi como chica?, ¿cómo amiga?, ¿cómo novia?

¿Qué se espera de mi como chico?, ¿cómo amigo?, ¿cómo novio?

En este momento vital se pueden observar conductas muy diferenciadas entre chicos y chicas.

Las chicas.

Tienden a mostrarse más sensibles, dulces, responsables, cuidadoras y trabajadoras. Muestran más empatía: son las que escuchan, las que sostienen y las que acompañan.

Los chicos.

Suelen ser más activos, dinámicos, impulsivos y demuestran más carácter. Tienden a resolver los problemas, a afrontar las cosas con mayor decisión y a ser más competentes en el deporte.

¿Cómo afectan estas características individuales a las relaciones de pareja?

En función de todo lo que ya hemos visto, en las relaciones de pareja podemos encontrar:

Conductas de control.

Es normal cogerle el móvil a tu pareja para ver con quien habla”, “en una relación tiene que haber confianza, si no me da la clave de su móvil me oculta algo”, “me gusta saber dónde esta mi pareja en todo momento y con quién”. Normalizar el control, por parte de chicas y de chicos. La base es la desconfianza que nace de la propia inseguridad.

Los roles de género.

Las chicas se muestran cuidadoras, permisivas, entendiendo y aceptando conductas de su pareja que a lo mejor no le resultan tan agradables. Lo importante es el apoyo que le tienen que dar a su pareja, incluso por encima de ellas mismas.

Ellos, en cambio, se muestran protectores, posesivos, incluso agresivos con lo que sienten “suyo”. La base es una relación de desigualdad, el poder está desequilibrado.

Relaciones sexuales.

Las chicas piensan que los chicos siempre tienen más ganas de tener relaciones sexuales que ellas. Esto les puede llevar a mantener relaciones aunque no les apetezca tanto por esa idea de complacer al otro.

Los chicos, en cambio, no relacionan tanto el sexo con el afecto como las chicas, sino que lo ven como una necesidad primaria y natural.

Aquí es importante tener en cuenta qué sirve como modelo y aprendizaje a la hora de tener relaciones sexuales, ya que en la mayoría de las ocasiones los jóvenes utilizan el porno como primera vía de contacto con el sexo.

La imagen que el porno ofrece de la mujer es de sometimiento y denigración, imagen que no se corresponde con la realidad. También se da una situación de desigualdad debido a la desinformación y a los mitos.

Edad adulta.

Si en las etapas previas no se ha intervenido correctamente y no se ha hecho una buena psicoeducación, cuando llegamos a la vida adulta tenemos estos mitos y roles muy bien instaurados y podemos desarrollarlos en distintos ámbitos de forma similar.

Plano laboral.

Encontramos que las principales razones de la “inactividad” en mujeres (muy entrecomillado, hablamos de una actividad no remunerada ni valorada socialmente) es el cuidado a los otros. Ya hemos visto que nos han educado para eso.

Estadísticamente, las mujeres están mejor formadas que los hombres, sin embargo, son ellos los que tienen menos paro con el mismo nivel de estudios.

En el ámbito laboral vemos situaciones donde las mujeres son infravaloradas, cuestionadas por su situación personal, relegadas a un segundo plano aunque sean más competentes y estén más preparadas que sus compañeros.

Aparece también el acoso sexual en el trabajo, donde queda claro que a la mujer se la sigue viendo desde la cosificación y la sexualización.

Entorno familiar.

En las familias heterosexuales, las mujeres asumen la mayor parte de las tareas del hogar y del cuidado de los hijos. Esto sucede independientemente de que ellas puedan trabajar fuera el mismo número de horas que su pareja masculina.

Ellas tienden a asumir grandes cargas de responsabilidad que ni se valora ni se paga ni se ve, lo que puede llegar a afectar gravemente su salud. Aparecen más posibilidades de desarrollar ansiedad o depresión. También suelen ser las que en mayor medida asumen el cuidado de los padres o de las personas dependientes cuando las hay.

Si es la pareja masculina quien se hace cargo de las tareas tradicionalmente pertenecientes al sexo femenino, el cotilleo se desata y se plantean preguntas que no aparecerían si hubiera sido la mujer quien se hubiera quedado en casa.

Ámbito social.

Se sigue discriminando, maltratando y vejando a la mujer por el solo hecho de serlo.

Las mujeres son víctimas de acoso sexual, violaciones, maltrato físico y psicológico, sutil o manifiesto en un porcentaje muchísimo mayor que los hombres.

Es trabajo de todos y todas cambiar esto.

Es nuestra responsabilidad dar luz a aquello que ha sido y es invisible.

Tenemos que trabajar juntos para desenmarañar los nudos de este sistema desigual.

Si te reconoces en alguna de las propuestas que te enseñamos, sobre todo si quieres cambiar esta forma de relacionarte con hombres y mujeres, en un próximo post te daremos pistas que puedas seguir para hacerlo.

De momento, te proponemos que observes si estás reproduciendo estos mitos y roles. Puedes estar haciéndolo a través del humor sexista, el control, la publicidad, el lenguaje, la anulación, los micromachismos, etc.

Aún de forma inconsciente, puedes estar contribuyendo a que el sistema patriarcal se perpetúe.

Navidades en pandemia.

Las calles de nuestras ciudades y pueblos están llenas de luces, bolas rojas, villancicos… señales de que la navidad ya está aquí.

Las fiestas navideñas, a parte del contexto religioso, son las fiestas de las relaciones familiares y sociales. Aceptamos que durante esta época del año nos reunimos con nuestros seres queridos para festejar y celebrar.

Es un momento en el que los reencuentros se producen con asiduidad y nos cargamos de vida social y familiar.

Reuniones con amigos a los que hacía tiempo que no veíamos. Cenas de empresa en las que aprovechamos para convivir y conocer de manera más distendida a nuestros compañeros de trabajo. Visitas a familiares que viven en otras zonas o ciudades.

Encuentros todos ellos cargados de regalos y detalles, con el deseo de ofrecer buenos sentimientos e intenciones.

Visto de esta manera, podríamos pensar que todos “somos felices” en Navidad, pero no es así.

Para muchos de nosotros es una época dura. Echamos en falta a seres queridos ausentes con los que nos gustaría poder compartir y celebrar.

En otras ocasiones sucede que las relaciones familiares no son buenas o incluso son fuente de conflictos y durante estas fechas sentimos la presión de tener que mostrar una imagen que no corresponde con nuestra realidad. El lema “mantengamos la fiesta en paz” nos genera estrés, ansiedad o angustia.

Debemos tener en cuenta que las circunstancias vitales de cada uno son distintas y propias y no se ponen en suspenso para celebrar. En Navidad todo sigue igual, nuestras circunstancias no cambian, nos acompañan y debemos lidiar con ellas.

Y, este año ¿qué?

Como cada año, comenzamos con los preparativos: ¿en casa de quién toca?, ¿qué preparo para la cena?, ¿debo llevar algo?… cuestiones que parecen no tener mayor trascendencia para algunos, mientras que para otros son de suma importancia.

Pero este año hay un elemento más con el que debemos contar.

La pandemia que vivimos desde mediados de marzo ha provocado que las autoridades dicten restricciones en los horarios. Se ha limitado el número de personas que se pueden reunir. Cada Comunidad Autónoma está aplicando condiciones especiales para las entradas y salidas. Todas estas novedades hacen que estas navidades vayan a ser peculiares, como lo está siendo todo el año 2020.

Estas circunstancias están provocando que el reencuentro familiar anual no se produzca con la normalidad a la que estamos acostumbrados, algunas personas se sienten molestas o no están de acuerdo con las medidas y directamente hablan desde el cabreo.

Curiosamente, otras personas lo están viviendo hasta con alegría y tranquilidad. Este año se ahorran el mal trago de las Navidades, evitan tener que acudir a reuniones que han sido siempre un compromiso no excesivamente agradable.

Una misma situación, visiones diferentes.

En esta Navidad atípica nos encontramos con visiones muy diferentes, directamente relacionadas con el autocuidado, la preocupación sana por la salud propia y ajena, la necesidad de contacto humano, etc.

Algunos han optado por afrontar esta navidad con mayor alegría, solidaridad y cercanía.

Han aceptado la situación, comprendiendo que las reuniones familiares y con amigos se harán con menos gente. Mantienen una actitud positiva y buscan alternativas para poder celebrar igualmente y transmitir esa cercanía en la distancia.

Otros están viviendo esta situación con angustia y ansiedad.

Sienten que asistir a estas reuniones les expondrá a situaciones en las que puede haber una mayor probabilidad de contagio. Piensan en su salud y en la de sus seres queridos y cercanos que pueden pertenecer a algún grupo de riesgo.

Este grupo no quiere defraudar a su familia, pero al mismo tiempo, no sienten la seguridad necesaria para poder salvaguardar su salud y la de las personas más cercanas.

Unos cuantos sienten que la Navidad no tiene sentido si no se reúnen con los familiares a los que llevan tiempo sin ver.

Para estas personas la Navidad es un momento importante en el que celebran la unidad y la cohesión familiar. No poder celebrar tal y como lo han hecho otros años les provoca tristeza y frustración, emociones que pueden ser difíciles de soportar.

Hay un último grupo que está viviendo esta situación como una oportunidad para escapar de compromisos familiares.

Son aquellos que reciben con alegría las instrucciones del gobierno que limitan la movilidad, el número de asitentes a reuniones, etc. Los mismos que todos los años aceptan y viven con angustia, enfado, tristeza o desgana las reuniones con familiares a los que no ven porque no tienen ningún interés en hacerlo. Este es su año.

Independientemente, de que te sientas identificado con un grupo u otro, te va a tocar aceptar la situación que estamos viviendo este atípico año. La esperanza es que se trata de algo temporal.

Ponemos todo el afán en que el 2020 acabe, esperando que el 2021 traiga cambios, novedades, cosas diferentes.

Estamos en continuo cambio y cada uno de nosotros tenemos la habilidad de adaptarnos a las situaciones que se nos van presentando en la vida.

Este año 2020 nos ha impactado a todos, mostrando nuestras características más fuertes y también las menos, las dos caras de una misma moneda que, en ocasiones, ni sabíamos que existían en nosotros.

A través de la observación propia, podemos aprender y evolucionar para obtener los mayores beneficios para nosotros mismo y para quienes nos rodean.

La clave para esta evolución está en la aceptación.

Aceptar que hay determinadas situaciones que escapan a nuestro control y sobre las que no podemos hacer nada.

Aceptación de que cada persona vive las Navidades de una forma diferente, con un significado y unas ganas distintas.

Mientras que nuestras relaciones, ya sean familiares, de amistad o de pareja, se basen en el respeto mutuo, podremos tener una convivencia tranquila, segura y enriquecedora.

No te sientas culpable por disfrutar de las restricciones.

Intenta no poner toda tu ilusión en reunirte con tus familiares en Navidad.

Procura evitar que la situación te supere.

Hay opciones, siempre las hay: se puede decir que no a las reuniones; puedes ver a tus seres queridos en otros momentos del año; eres perfectamente capaz de gestionar esta situación y otras que vengan.

Si crees que necesitas ayuda para llevar a cabo cualquiera de estas sugerencias que te ofrecemos, no lo dudes: autoregálate un proceso terapéutico por Navidad.

La “normalización” del acoso.

Bullying y mobbing son términos que todos conocemos, hasta el punto de que se han convertido en asunto de impacto social. El acoso, el abuso en todas sus formas se está haciendo cada vez más visible.

La visibilización de estos fenómenos ha provocado que se hayan generado movimientos y asociaciones. Asociaciones que buscan la prevención y la eliminación de todo tipo de acoso, en todos los ámbitos: escuelas, empresas, etc.

También han surgido espacios especializados para atender a las víctimas, proporcionándoles apoyo y acompañamiento. El trabajo de estos espacios es fundamental para minimizar las consecuencias físicas, mentales, psicológicas y emocionales que las víctimas pueden experimentar en las distintas etapas de su vida.

Esta visibilidad también ha facilitado que cuando alguien nos comenta que está sufriendo mobbing en su puesto de trabajo o que su hijo o hija está siendo víctima de bullying en su centro escolar, podamos comprender, aunque sea parcialmente, qué es lo que está viviendo.

Obviamente, si no hemos sido víctimas de acoso, no podemos ponernos en su piel. Podemos empatizar con ellos/as y con el sufrimiento que están experimentando.

El acoso no es algo puntual que sucede en un momento en el tiempo y luego desaparece. Más bien al contrario. Un niño/a víctima de bullying en la escuela muy probablemente será un adulto/a que víctima de moobing o maltrato de algún tipo.

Lamentablemente, tendemos a aceptar este tipo de maltrato. En algunas ocasiones y en ciertos ámbitos no lo cuestionamos, es algo que sucede, ha sucedido y no parece que vaya a dejar de suceder.

Nos mostramos indignados con el hecho. Expresamos lo incomprensible que nos resulta que alguien pueda ejercer este tipo de acoso hacia otra persona. Nos quedamos en eso. Solemos hacer poco por solucionarlo, especialmente si nuestro hijo o hija es la persona abusadora.

Como mucho, reaccionamos y ofrecemos apoyo, especialmente si somos víctimas o lo hemos sido o alguna persona cercana lo ha sido en algún momento. Pero no somos conscientes de que estos hechos de acoso no solamente se producen en el ámbito escolar y laboral. En la cotidianeidad de las relaciones sociales somos acosados y acosamos. En muchas ocasiones, de forma totalmente inconsciente, mantenemos y toleramos situaciones de acoso moral y psicológico que “preferimos” ignorar y no ver.

A veces, cuando alguien nos menciona que se siente mal ante el trato de un amigo, un cliente, un trabajador de un comercio, no le damos credibilidad ni importancia y le decimos que lo ignore. Excusamos y justificamos la actitud de esa persona, ninguneando el malestar que nos han expresado.

Según el Diccionario de la Real Academia de la lengua Española, el acoso psicológico o acoso moral es “la práctica ejercida en las relaciones personales, consistente en dispensar un trato vejatorio y descalificador hacia una persona, con el fin de desestabilizarla psíquicamente”.

Atendiendo a esta definición, ¿cuántas veces en nuestra vida diaria nos hemos encontrado involucrados en este tipo de situaciones? Ya sea como víctima, como ejecutor o como observador.

Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos participado en estos sucesos, de manera más o menos consciente, de forma más o menos voluntaria. Realmente ¿qué hemos hecho por cambiarlo? Entre poco y nada, porque no está visibilizado, categorizado, es algo “que le pasa a la gente”. Hasta que no ponemos una etiqueta a un suceso o a una situación cualquiera por injusta que sea, no la tomamos en cuenta o tendemos a minimizarla..

La sutilidad del maltrato en el día a día.

Las relaciones personales son aquellas en las que interactuamos con otra persona, independientemente del vínculo que tengamos con ella. Son el trato diario con el con el portero, nuestros vecinos, el conductor del autobús, la panadera, el del kiosco o quien nos pone un café cada mañana.

Los fenómenos de acoso e intimidación se producen a diario hacia aquellas personas a las que minus valoramos. Lo hacemos por diferentes motivos: su profesión, su forma de vestir, sus características físicas, el lugar en el que viven o por haber nacido o crecido en determinado lugar. Circunstancias todas o casi todas que son aleatorias en algunos casos o circunstanciales en otros.

Cuando se ejerce un acto de discriminación, de acoso o de vejación hacia otra persona, estamos provocando en ella una desestabilización psíquica. Si ésta se mantiene en el tiempo, puede tener consecuencias de alto impacto en su salud mental, emocional y psicológica.

En muchas ocasiones, estas situaciones no se perciben de forma clara; dudamos de la intencionalidad y podemos llegar a pensar que estamos malinterpretando las palabras y actitudes de la otra persona. Pensamos o interpretamos que son hechos puntuales y aislados y que esa persona está teniendo un mal día, ha cedido ante un acto impulsivo o no es consciente del malestar que sus actos provocan.

Puede que sea así pero, a veces, estas actitudes se mantienen en el tiempo y, de manera progresiva, van aumentando en intensidad y frecuencia. Esta escalada puede provocar en quien la padece normalice y acepte este maltrato, instalándose y provocando daños en su autoestima y autoconcepto.

Esto hace que nosotros mismos degrademos nuestra valía, colocándonos de forma inconsciente en una posición inferior. Esta forma de sumisión se produce inicialmente ante quien nos maltrata o acosa y puede llegar a generalizarse ante el resto de nuestro entorno o incluso ante la sociedad.

Por esto es importante que, en el momento en que detectamos este tipo de comportamientos, actuemos para ponerle fin. Cuando observamos cómo una persona es degradada, ignorada o ninguneada deberíamos saltar como un resorte para poner freno a la situación.

¿Qué puedo hacer si soy víctima de acoso?

Este tipo de maltrato y/o de acoso puede ser un hecho aislado o una actitud mantenida en el tiempo. En cualquier caso, es imperativo hacerle ver a la persona acosadora o maltratadora, que su comportamiento es inadecuado, agresivo, molesto, etc.

Es fundamental defender nuestro derecho a ser tratados con dignidad. Es importante mostrarnos seguros y recalcar nuestra valía y el respeto del que somos merecedores, de manera pacífica pero activa, con firmeza y seguridad.

Para ello, debemos poner en juego la conocida asertividad. Indicar con claridad lo que ha ocurrido, cómo nos ha hecho sentir y mostrando nuestra disconformidad con que repita.

Hay en casos en los que no nos sentimos con fuerzas para actuar y preferimos ignorar, aguantar lo que nos echen. Evitamos generar malestar en el otro o no provocar un conflicto y anteponemos su bienestar al nuestro.

En estas ocasiones, siempre podemos pedir ayuda, consejo, compañía para sentirnos más seguros en nuestras acciones. Sentirnos escuchados y acompañados nos da seguridad.

Pedir ayuda a un amigo, a un familiar, a nuestra pareja o incluso a un profesional, es un acto de valentía y fuerza. No debes avergonzarte por hacerlo. Si una situación nos provoca malestar, incomodidad o sufrimiento, debemos hacerla explícita y buscar la forma de solucionarla.

Está claro que hay muchos tipos de maltrato, de acoso, formas infinitas de hacernos sentir inferiores, raros, diferentes y de que esto nos genere malestar. Es fundamental, cuando estamos inmersos en una situación en la que nos sentimos maltratados, ninguneados, molestos permanentemente, asustados incluso, dar un paso atrás e intentar romper esa dinámica.

Darse cuenta de que estamos siendo víctimas de acoso o de abuso no siempre es fácil. Solemos justificar a nuestros maltratadores: son cosas de niños; fulanito es un borde; nuestra pareja ha tenido un mal día en el trabajo o nuestra madre ha perdido los nervios.

Maltratar no es una solución. Que nos maltraten no es justo, sano ni necesario. Se puede romper el círculo. Si necesitas ayuda, estamos para acompañarte.

¿Evitas los conflictos a toda costa?

Salvo excepciones, a nadie le resulta agradable y armonioso terminar una relación de pareja donde se ha querido a la otra persona y se han compartido momentos juntos.

Que te despidan de ese trabajo que sentías que te gustaba y en el que te esforzabas por hacerlo bien; que fallezca algún familiar o que te sientas descuidada por tu grupo de amigas, tampoco son situaciones en las que nos gusta estar y eso es perfectamente normal y sano.

Pero otra cosa diferente es negar lo que está ocurriendo, evitarlo y no procesarlo. El hecho de asumir lo que sucede y procesarlo hace que experimentes algunas emociones como la tristeza, la rabia o el asco que, una vez han pasado, te ayudan a que superes la situación.

Si no te permites sentir las emociones nunca superarás del todo lo que pasó.

¿Cómo saber si tengo un un problema de evitación?

Hay algunas pistas que te pueden ayudar a identificar si estás experimentando un problema de evitación:

  • Intentas no hablar de determinados temas porque te generan malestar.

  • Evitas las situaciones que crees que te van a suponer un conflicto con alguien aunque no hablar de lo que te pasa te hace sufrir.

  • Predominan en ti frases como “hay que seguir adelante”, “sufrirlo no me va a servir de nada”, “lo que hay que hacer es animarse”…

  • Piensas que el hecho de experimentar emociones te impedirá avanzar.

¿Por qué puedo ser evitativo?

Cuando en tu familia de origen tus padres no expresan ni validan algunas emociones, tú aprendes que hay determinadas emociones que no tienen lugar, que no se hablan ni se cuentan.

Cuando eras pequeño, al experimentar miedo o tristeza, recibiste frases como “tienes que ser fuerte y seguir adelante“, “no te sirve de nada estar triste/tener miedo”, aprendiste que esas emociones no tienen utilidad y aún ahora, crees que si no las reconoces ni expresas, desaparecen.

Que no te hayan mostrado la realidad como es y te hayan contando una historia alternativa para que así “no sufras/no te preocupes” como por ejemplo negarte la muerte de un familiar y decirte que se ha ido de vacaciones a un sitio lejano, no desarrollas recursos para afrontar los posibles acontecimientos negativos con los que te puedas encontrar en la vida.

¿Qué situaciones se suelen evitar?

Conflictos

Prefieres pasar por la vida sin hacer mucho ruido y no generar conflictos así que, aunque la situación no te agrade del todo, prefieres pasar en vez de expresar lo que te apetece, lo que piensas o lo que sientes.

Esto en el fondo te genera un gran malestar ya que sientes que no decides tú por ti, que no vives las situaciones como te gustaría que fueran.

Expresar lo que sientes.

No expresas lo que piensas y lo que sientes, consideras que te da igual cuando en realidad el hecho de ignorar lo que estás sintiendo y no atenderlo hace que los síntomas se manifiesten de otra forma: con ansiedad, mucha actividad, irascibilidad, insomnio, etc.

Es normal que en la fase inicial de un duelo se niegue lo que ha sucedido, es un mecanismo del cerebro para poder adaptarse a la nueva situación y procesar la pérdida, pero, por ejemplo, sería patológico seguir negando lo ocurrido cuando ya ha pasado un año.

¿Qué hago si tengo esta tendencia?

Al final cuanto más te conozcas y más entiendas de dónde vienen tus emociones, más cerca vas a estar de sentirte mejor contigo mismo/a.

Evitar lo que sientes, lo que te sucede o lo que eres, hace que te alejes de ti y por lo tanto puedas experimentar mayor ansiedad, estado de animo bajo, etc. En definitiva, acabar explotando y sufriendo más porque no estás escuchando y atendiendo a tus emociones.

Reconocerte en este texto o que hayan sonado campanas lejanas al leerlo te pude dar una pista sobre si eres una persona evitativa.

Comenzar a cambiarlo está en tu mano y en Quiero Psicología estamos para acompañarte en ese cambio.

homofobia

Homofobia intrafamiliar.

Desde fuera parece que casi nadie se plantea lo que implica para algunos/as compartir o hablar con normalidad sobre su orientación/expresión sexual.

Hay quien dice algo como “cuanta más normalidad le des, mejor”, “tampoco será para tanto, tienes que contarlo” y un largo etc.

Sin embargo, aún queda un largo camino hasta que a quién quieras amar o cómo quieras vivir no sea un tema de conversación “que se tenga que hablar”. Todo lo que se sale de “lo normal” sigue necesitando ser explicado.

La teoría dice que uno de los primeros pasos cuando “vives fuera de la norma” es comunicarlo a la familia. En el caso de tu orientación o expresión sexual, se supone que es lo más recomendable.

Hacerlo, hablar con tu familia y decirles quién eres y cómo quieres vivir debería ser algo sencillo y normalizado, aunque aún no lo es del todo, especialmente en según qué ambientes o familias.

Puede que experimentes taquicardia, mareos, ganas de llorar, síntomas de ansiedad, o cualquier otra reacción física en los momentos previos a decir “mamá, soy lesbiana” “papá, soy un chico y tengo novio”, “quiero hormonarme para ser mujer, no me siento hombre”, etc.

Por mucho que creas que conoces a tus padres o hermanos/as, algunas de las reacciones que veas pueden ser de sorpresa, incluso de shock. Una conmoción que puede durar días, incluso semanas.

Quizás actúen como si no les hubieras contado nada, estando en una fase de negación. Que tus familiares se sientan culpables también es una reacción que puede aparecer e ir dirigida tanto hacia la persona que habla de sus emociones (tú) con frases del tipo “vas por mal camino” o “te estás equivocando, eso no puede ser así”; hacia alguno de los progenitores “si es que lo has malcriado”, “siempre ha hecho lo que le ha dado la gana y mira”; o incluso hacia uno mismo “¿qué he hecho mal para que me salgas así?”, “la culpa es mía”, etc.

¿Qué sensación de seguridad o confianza en sí mismo puede desarrollar un niño si sus cuidadores principales le rechazan o maltratan?

En los casos en los que la homofobia es muy intensa, el rechazo inicial puede ser tan fuerte que existan conductas negligentes de padres-madres hacia los hijos/as. Es este el caso de La Veneno, ampliamente expuesto en la serie de televisión homónima que muestra una cruda realidad ante lo que fue un proceso de homofobia en el seno de una familia que maltrató a su hija por no sentirse varón.

El maltrato físico, psicológico o la privación de necesidades básicas son conductas que tienen un impacto muy negativo en el bienestar mental de una persona, especialmente cuando se dan en edades tempranas. Cuanto más joven, más profunda la herida.

La ira y la rabia que la víctima experimenta, toman fuerza y generan una situación de hostilidad, negando por completo la identidad de la persona, anulando su propio self y mandando un mensaje que invalida totalmente sus emociones, pensamientos, etc.

En otros casos, la homofobia intrafamiliar ocurre de forma más sutil. Quizás no existe un rechazo tan explícito pero se le da, por ejemplo, un carácter fatalista y tremendista a la situación: “me ha nacido así el niño…”. El discurso va cargado de indirectas que pueden hacer pensar que “estás mal”, “eres defectuoso/a” o “te pasa algo malo”.

¿Cómo puede crecer un adolescente al que sus padres-madres le niegan su propia identidad?

Las consecuencias que a nivel psicológico se observan en la víctima tras un proceso de maltrato o negligencia familiar por homofobia pueden ser:

Trastornos de ansiedad y/o depresión.

Aparición de conductas de riesgo.

Como pueden ser adicciones, autolesiones, impulsividad en las relaciones sexuales, etc.

Somatizaciones.

Problemas en la piel, enfermedades autoinmunes, tricotilomanía, alopecia, etc.

Fuerte conflicto ante la propia identidad.

Que puede llevar a tener miedo a ser homosexual, generar procesos de homofobia interiorizada, etc.

Miedo e inhibición del comportamiento.

Provocando una modificación consciente o inconsciente de determinados comportamientos que puedan hacer “que crean que soy gay”, “que digan que soy una marimacho”. Se busca la aceptación familiar y social mediante la supresión de la propia identidad.

Búsqueda de aprobación excesiva.

Lejos de “querer llamar la atención” y “querer montar un espectáculo” quizás lo que hay detrás no es más que la búsqueda primaria e incesante de apego.

La valoración y validación por parte de la familia es la primera puerta para aprender a querernos a nosotros mismos, a valorarnos, y a no estar dispuestos a aceptar cualquier cosa con tal de recibir algo de cariño.

El caso de La Veneno muestra la cruda realidad de un menor que fue desprovisto de cariño, afecto y acogida incondicional por el hecho de ser diferente. Las consecuencias posteriores hacen que ir a la deriva sea la única opción para mantenerse a salvo.

Falta de confianza en uno mismo.

O bien inflo mi ego de forma desproporcionada para llegar a creérmelo, o bien quiero que casi nadie me vea y pasar desapercibido/a.

Desgaste psicológico.

Provocado por la sensación de “alerta” constante que hay que mantener a causa del rechazo que existe alrededor.

Irritabilidad y/o hipersensibilidad.

Relacionadas con el desgaste psicológico mencionado ante una situación de acoso constante, bien sea real o imaginario por experiencias anteriores.

Todos estos “síntomas” no tiene que darse de forma generalizada, puede que te sientas identificado/a solo con algunas e incluso que estés experimentando otras que no aparezcan aquí.

Cualquier menor, sea cual sea su situación, necesita un vínculo seguro. Todo aquello que genere miedo, inseguridad, ambivalencia o incertidumbre, provoca un desajuste psicológico que afecta la vida de la persona desde el primer momento.

En un caso de homofobia, el maltrato intrafamiliar causa un daño que, si vivimos en una sociedad homofóbica que lo repite, retraumatiza haciendo mucho más complicado solventar las carencias iniciales que una persona pueda experimentar.

La falta de referentes, los escasos recursos de apoyo, la poca visibilización, los estigmas sociales y familiares, las leyes que intensifican los prejuicios o la normalización de la violencia al colectivo LGTBIQ+ se convierten en la continuación de una pesadilla que pudo haber empezado en la infancia.

Esto, inevitablemente, aumenta el bucle de malestar e insatisfacción y el recibir ayuda, si la familia falla, es vital para realizar un proceso de aceptación que lleve a las personas al bienestar interior y general.

Este es el aprendizaje y el legado que aquellos y aquellas que, como La Veneno, sufrieron la homofobia de la forma más severa nos han dejado: la importancia de ofrecer a nivel familiar y social respeto y aceptación sin peros ni porqués.

Si estás en un proceso en el que crees que tu familia puede rechazarte, en Quiero Psicología te ofreceremos un espacio seguro. Un lugar cercano en el que hablar y ser tú, sin condiciones ni etiquetas. Te acompañaremos en el proceso para ayudarte a generar los recursos necesarios que te permitan mantener tu equilibrio emocional.