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El amor en el siglo XXI

Vivimos en una sociedad en la que el amor se ha convertido en algo de usar y tirar. Pensamos una relación como algo temporal y perecedero, sentimos que podemos saltar de relación en relación sin implicarnos demasiado emocionalmente. 

Esto no es un concepto nuevo, Zygmunt Bauman en su libro “Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos” habla justo de esto, de lo volátiles que son los vínculos que nos estamos acostumbrando a crear.

Esta es la época de la obsolescencia programada, que hace que todo tenga una vida útil determinada y luego se quede obsoleto. Ya no interesa que los productos duren para siempre, se busca que haya un consumismo constante.

Es justo por eso que estamos todo el tiempo expuestos a actualizaciones: el último modelo de móvil, la última lavadora, la nueva forma de planchar o el nuevo coche, son ejemplos que hacen que pongamos el foco en lo nuevo, en lo actualizado, antes que invertir tiempo y dinero en arreglar lo que ya tenemos. Cuando pedimos presupuesto para arreglar lo que se nos ha estropeado, podemos ver como muchas veces nos sale más rentable comprar algo nuevo y “mejor”.

Sale más económico comprar algo nuevo que reparar lo viejo.

Si llevamos esta idea a las relaciones, ¿te suena?

Esta prisa por “actualizarse”, por cambiar lo antiguo por algo nuevo y supuestamente mejor, puede haber creado en ti una sensación de incertidumbre e inestabilidad porque no sabías cuales eran las bases del vínculo ni dónde están o cuáles son los limites.

En tu relación, la otra persona, desde su individualismo, realmente no atendía a tus necesidades ni a las necesidades comunes. Aunque esto te generaba malestar te mantenías a su lado esperando que algún día fuera diferente. Sin hacer nada al respecto, claro está, sólo esperando un cambio ajeno a ti pero que podría cambiar tu relación.

Puede ser que hayas sido tú quien ha tenido esta necesidad de no querer etiquetar, de no poner en palabras lo que está pasando ya que así tienes la sensación de mayor libertad.

Las personas no somos objetos.

Sentimos, nos emocionamos y tenemos necesidades. Merecemos saber la verdad, conocer en qué punto está la otra persona y tomar conciencia de en qué punto estamos nosotros. Se trata de ser responsables afectivamente. Serlo para con los demás y, sobre todo, serlo para con nosotros mismos.

¿Has sentido que tu pareja no se responsabiliza de las cosas que no van bien en la relación?

¿Tienes la sensación de que prefiere pasar del tema y no comprometerse con el cambio?

¿Prioriza su necesidad individual de vivir algo placentero y prefiere no ocuparse de aquello que genere malestar?

Cuando hablamos de vínculos frágiles, hablamos de la incapacidad de permanecer en una relación, de lo fugaz del encuentro y de la búsqueda de otro diferente para que siga satisfaciendo esa necesidad de consumir. De consumir otra relación sin haber intentado estar de manera sincera en la anterior.

¿Te has encontrado en alguna situación donde tú querías tener algo más y la otra persona solo buscaba una relación sexual?

Por supuesto, al hablar de relaciones y de vínculos, también hablamos de sexualidad. El sexo se ha convertido en algo que tiene un fin en sí mismo: la obtención de placer. Lo placentero se consigue en el mismo encuentro y el homo consumens, busca encuentros sexuales sin implicación emocional.

Este concepto el de homo consumens, (utilizado por primera vez por Eric Fromm en su libro «Socialist Humanism») refleja muy claramente el espíritu que queremos representar en este post: el hombre, la persona, cuyo objetivo principal no es poseer cosas sino consumir. Lo que sea. A toda velocidad. Una detrás de otra. También se pueden consumir personas, sexo, en vez de cosas.

Pero el sexo no es sólo placer o no tiene porqué serlo. Es una forma de estar con el otro, una forma de acercamiento, de ser junto a otra persona. En el sexo hay una implicación, del tipo que sea, y negar esta parte sería desvincularnos del concepto cuerpo-mente. Como diría Bauman, parafraseando a Milan Kundera, “la insoportable levedad del sexo” puede hacer que sientas confusión, desvinculación o disociación.

Vivir en una sociedad que promueve el consumismo no implica que tengas que ser consumista.

Es importante que seas consciente de lo que realmente necesitas, de si te estás sintiendo bien haciendo lo que haces o no, de si esa relación te esta generando una sensación de incertidumbre que no te permite estar seguro/a.

Tienes derecho a querer algo diferente, o al menos a replantearte lo que estás teniendo o has tenido. Puedes desear que haya sinceridad en tu relación. Sinceridad contigo mismo/a y sinceridad con la otra persona. Quizás necesites plantearte algunas preguntas:

¿Cuáles son las necesidades que tienes en tu relación? ¿son iguales para tu pareja? ¿cómo las satisfaces?

¿Cuáles son las bases de tu relación?

¿Dónde están los limites? ¿cuáles son los tuyos?

¿Cómo es la comunicación entre vosotros?

Puede que ambas partes hayáis acordado tener una relación abierta. Los límites son diferentes que si habéis acordado tener una relación donde el vínculo se limita a vosotros dos.

Quizás una necesidad de tu pareja sea que ambos paséis tiempo con su familia y para ti no es una necesidad e incluso preferirías no hacerlo.

En ambos casos es muy importante negociar las necesidades de cada uno y llegar a un punto en común.

Si vuestras necesidades personales no coinciden, habría que plantear cuáles son las bases de la relación, aquellas sobre las que se asienta el vínculo, sobre lo que descansa, lo que le sirve de soporte.

Es importante que sepas y busques lo que necesitas. A lo mejor un encuentro sexual cada dos semanas no es lo que te está satisfaciendo realmente, a ti te gustaría compartir más con esa persona pero sin embargo “aceptas” eso que te da, aunque sea mucho menos de lo que te gustaría tener.

Una vez que has reflexionado sobre el punto en el que estáis, en el que estás y en el que crees que está la otra persona, ¿por qué no hablar sobre ello?: “yo siento esto y necesito esto, ¿tú como te sientes respecto a esto?”. Tienes derecho a una comunicación sincera.

Una comunicación sincera implica hablar de cómo me siento y esperar que el otro me hable de cómo se siente, de forma sincera. Esto permite tener claro hacia donde ir, con cuidado y respeto.

Si conozco el punto de partida, puedo ser más consciente de la situación real y no invertir tanto tiempo en adivinar el pensamiento del otro: “no sé si querrá lo mismo que yo”, “parece que quiere una cosa pero luego hace otra”.

Busca lo que te haga sentir bien a nivel emocional, afectivo y sexual. El ser humano es un ser social y necesita al otro para sobrevivir. El otro es quién nos sirve de modelo, nos enseña a regularnos emocionalmente cuando somos pequeños, es el otro a través del que aprendemos a vivir en el mundo. Cuando somos adultos es el otro el que nos sirve de reflejo, nos acompaña, quien nos sostiene y nos cuida y el que nos debería respetar.

Si sientes que esa persona no te está acompañando, respetando y cuidando, quizá no estés donde deberías estar. Plantéate si la relación en la que te encuentras es la que te gustaría tener y qué puedes hacer para cambiar eso. ¿Por qué no nos llamas y hablamos de ello?

Adolescentes y pandemia.

La pandemia que estamos viviendo está teniendo consecuencias en todos los ámbitos de nuestra vida. El impacto laboral, económico y social es evidente.

Hemos tenido que cambiar nuestra forma de relacionarnos y de reunirnos con nuestros seres queridos y amoldarnos a las indicaciones que nos dictan las autoridades competentes.

Algunas personas han tenido menos problemas para adaptarse y aceptar y mantener las restricciones impuestas. Otras han sido incapaces de hacerlo, hasta tal punto que se han negado a cumplirlas y han continuado actuando como lo hacían antes de la pandemia.

¿Cómo está afectando esto a nuestros adolescentes?

Uno de los grupos sociales a los que más les ha costado adaptarse a la normativa es a la adolescencia y la juventud. En gran medida esto sucede por sus propias características generacionales.

Hablamos de un grupo de edad que se caracteriza, entre otras cosas, por un constante desafío hacia las figuras de autoridad.

Esto es debido a que están en pleno proceso de búsqueda de su propia identidad: necesitan sentirse diferentes, mostrar que no siguen al grupo al tiempo que buscan pertenecer a uno. Buscan sus propias características identificativas que les diferencien de la infancia y de los adultos. En este post, dejamos algunas pistas de lo que pueden estar experimentando nuestros hijas e hijas https://www.quieropsicologia.com/la-cuarentena-como-ha-afectado-a-nuestros-ninos-y-ninas/

Los y las adolescentes, en concreto, pelean, se enfrentan y cuestionan las decisiones que les afectan y que se toman sin contar con ellos, a pesar de que puedan ser beneficiosas o incluso necesarias.

¿Qué puedo hacer?

Imaginemos una familia en la que los padres, pensando en el bienestar de su hijo adolescente, crean unas normas de convivencia, horarios de llegada y tareas por cumplir.

Es más que probable que el hijo adolescente sienta que estas normas han sido creadas sin tenerle en cuenta y con el objetivo de coartar su libertad y su forma de expresión. Se enfrenta a sus progenitores negándose a cumplirlas y generando estrategias para poder saltárselas o esquivarlas.

Si esta situación la extrapolamos a lo que ocurre en este momento, podemos comprender que los adolescentes sientan que se les está ignorando. Tiene sentido que crean que se les está privando de una necesidad intrínseca a su edad: la socialización con su grupo. Un grupo de iguales con los que sienten identificados, que les comprenden y les apoyan incondicionalmente.

El cambio que podemos introducir es relativamente sencillo: si estas normas se crean a través del consenso y la negociación con el hijo adolescente, la probabilidad de que se cumplan y se respeten es mucho mayor.

Haciendo esto, incluyendo a nuestros hijos e hijas en la toma de decisiones que afecten al núcleo familiar, sentirán que se han tenido en cuenta sus necesidades e intereses y podrán comprender que determinadas limitaciones se han impuesto por el bien de la convivencia y para facilitar la seguridad de todos los miembros de la familia.

¿Cómo puedo hacerlo?

Necesitamos que nuestros jóvenes acepten las normas indicadas por las autoridades sanitarias. Que no expongan su salud y la del resto de la unidad familiar por el hecho de “estar con sus amigos”.

Obviamente es imposible incluirles dentro de la toma de todas las decisiones. Lo que sí podemos intentar es ofrecerles una explicación sobre lo que está sucediendo y el motivo por el qué se imponen estas limitaciones.

A la hora de transmitirles la información, debemos tener en cuenta que esta debe ser coherente, fundamentada y contrastada con fuentes fiables. Recordemos que nuestros hijos son expertos en buscar y encontrar la aguja de la noticia en el pajar de internet.

Una buena estrategia para que incorporen las normas a su forma de pensar, es permitir que sean ellos quienes realicen la búsqueda de la información. Utilizar su pericia con la tecnología puede ayudar a que se vean involucrados e implicados.

Una vez se haya obtenido dicha información, es fundamental ponerla en común entre todos los miembros de la familia. Que ellos sean los “portavoces” les ayudará a poder expresar cómo les hace sentir lo que ven, qué les preocupa y qué miedos tienen.

Este puede ser el punto de partida. Gestionarlo así puede ayudar a que, entre todos, se encuentre una forma respetuosa y adecuada de introducir esta normativa dentro de la rutina familiar.

Hacerlo así, de forma que todos se sientan implicados, atendidos y escuchados, permite que todos los miembros de la familia puedan expresar sus necesidades y deseos.

Como adultos, debemos entender que todas las normas que transmitamos como una imposición, van a provocar el rechazo de los adolescentes. Es importante transmitir lo que está ocurriendo desde la comprensión de sus necesidades. La validación de sus miedos y creencias nos ayudará a acercarnos a ellos y así facilitar el cumplimiento de normas.

Cuando los adolescentes sienten que son parte de la solución, que se han tenido en cuenta sus intereses y necesidades, cuando sienten que son escuchados, son capaces de involucrarse, de empatizar con las necesidades de los otros y de mostrarse colaboradores.

Nos encontramos en un momento complicado para toda la sociedad. Todos, de una forma u otra, hemos tenido que modificar muchas de nuestras rutinas.

Depende de cada uno de nosotros la forma en que manejamos esta crisis vital global. Podemos afrontarla o huir de ella. Podemos verla como una oportunidad para reflexionar y conocernos a nosotros mismos y a aquellos con quienes convivimos.

A través de la creatividad, de la comunicación, podemos transmitir a nuestros jóvenes y adolescentes que esta situación les puede hacer más fuertes, más capaces, con mejores y más recursos.

Observar y ver que otra forma de ocio y de relaciones son posibles, que no mayor cantidad significa más calidad.

Tanto adultos como adolescentes tenemos dos opciones: por un lado, podemos sacar lo mejor de nosotros mismos. Utilizar la búsqueda de información para desarrollar un pensamiento crítico y actuar en beneficio del crecimiento personal y social. Por otro, podemos dejarnos llevar por el miedo, caer en la rebeldía sin causa o en el desafío. Esto, probablemente, provocará malestar y sufrimiento a nosotros y a nuestro entorno.

Como siempre, tú eliges. Si necesitas ayuda para transitar el camino, no dudes en contactarnos, estamos para escucharte y apoyarte.

El sentimiento de abandono.

Has vivido situaciones en las que te invadía una tristeza enorme por sentir que no tenías a nadie, todos tenían algo mejor que hacer. Tú estabas a la espera de que alguien te avisara, te llamara o te mensajeara para tomar algo.

Quizás alguna vez hayas tenido la sensación de que tu pareja o amigas pueden “desaparecer” de tu vida sin avisar.

Tal vez te has planteado dejar tu relación antes de que rompan contigo para evitar el dolor y la incertidumbre de “cuándo” romperá tu pareja.

Es posible que quisieras en algún momento que todos/as a tu alrededor prestaran atención a lo que estabas haciendo o diciendo. Aparece una necesidad muy fuerte que te lleva a intentar captar la atención de los demás a toda costa para sentirte escuchado.

Si te has identificado con los párrafos anteriores, puede que experimentes la sensación de abandono y que ésta te haga sentir malestar en múltiples ocasiones.

Las formas en las que cada uno se siente abandonado pueden ser muy distintas.

Esta sensación, ¿la tienes identificada? ¿sabes de dónde viene?

Localiza la primera vez que te sentiste abandonado. Puede ser cuando tu padre se iba a trabajar todo el día, o la muerte de un familiar importante para ti o cuando tus padres se separaron hace años. Procesos de adopción, cuidadores que han consumido drogas y han sufrido adicción o un rechazo continuado en el colegio por parte de todos/as tus compañeros/as.

¿Qué crees que pudiste aprender cuando de niña te sentiste abandonada? ¿Qué mensaje te llegaba?

“No valgo para nada y por eso no quieren jugar conmigo”. “No lo hago tan bien y mejor que elijan a otro”. “El trabajo es mucho más importante que pasar tiempo conmigo”. “Ellos tienen su propia familia nueva, yo sobro y tengo que marcharme”. “He pasado por varias familias de acogida y ninguna quiso quedarse conmigo porque soy de otro país y no nos parecemos en nada”.

Lo que tienen en común estos pensamientos es que el foco de la responsabilidad o mejor dicho, de la culpa, está en ti misma. Te sientes la mala, la defectuosa, como si estuvieras un nivel por debajo del resto por tu procedencia, condición física, sexo, etc.

Hacerte responsable del abandono como si no te merecieras ser querida por algo que “está en ti” hace que la experiencia sea todavía más dolorosa.

¿Cómo pueda afectarte todo esto?

Sentirte inferior en tus relaciones.

En distintas situaciones, aparecen pensamientos como: “mis amigos no se acordarán de mi cumple porque no soy tan importante como fulanita para ellos”.

Inseguridad en tus vínculos.

Ideas como “seguro que aparece alguien mejor que yo y me deja algún día” te tienen casi permanentemente en un desequilibrio emocional que termina pasando factura.

Dependencia hacia determinadas personas como pareja o amigos/as.

Las figuras que cubran en ti esa necesidad de ser atendido tendrán tu admiración absoluta y esto puede llevarte a pensar que si no tienes a ese “alguien” en tu vida, nunca podrás volver a sentirte así de querido.

Conductas emocionalmente “adictivas”.

Del enganche emocional hacia una persona pueden surgir otras conductas: posesión, exclusividad o control. Exiges a tu pareja que sólo te mire a ti y a nadie más; no admites que entre ninguna otra persona en tu grupo de amigos; te sientes incómodo cuando no estás sólo con tus colegas, etc.

Pensamientos catastrofistas.

Te llevan a distorsionar la realidad negativamente y ponerte en lo peor. Reaccionas lo más negativamente posible: dejar tu relación antes de que la otra parte te deje; que te despidan y sientas que jamás volverán a quererte en otra empresa porque hay mil personas más capacitadas que tú, etc.

Adaptación y búsqueda inconsciente.

Sigues un patrón de comportamiento que te lleva a situaciones o personas que te hacen revivir el abandono. Relaciones en las que la pareja amenaza constantemente con dejarlo sin llegar a hacerlo o haciéndolo para volver, generando un bucle que conlleva malestar y a su vez un enganche.

Volviendo a pedir ayuda a tu madre cuando ésta comienza una relación sentimental, aún sabiendo que suele perderse durante días sin contactar con nadie.

Situaciones que ya has vivido y es a lo que estás acostumbrado, aceptas que tu vínculo es así.

Lejos de significar amor, esta dinámica causará daños en tu relación y sin duda en ti. Buscar de forma compulsiva el cariño o la atención en personas que no harán más que recordarte que te desatienden o se despreocupan de ti.

Emociones como miedo, tristeza, frustración, soledad, insatisfacción vital, etc, estarán presentes si mantienes este modus operandi toda tu vida.

Ansiedad, somatizaciones, incluso fobias o consumo de tóxicos pueden ser familiares para ti si te encuentras en este punto.

¿Qué puedes hacer?

Necesitas cambiar ciertas cosas de base:

Comenzar a comprenderte, escucharte, darte tiempo y cariño serán un buen remedio para este proceso. No estás así porque quieres, o porque tú lo decides o te lo inventes.

Estás en esta situación a causa de experiencias pasadas. Experiencias que no integraste en tu presente y siguen apareciendo de la forma más inconsciente o irracional posible.

Esquemas mentales disfuncionales por otros más ajustados a la realidad.

Canalizar la culpa y adjudicar un correcto locus de control a las situaciones vividas.

Responsabilizarte de aquello que pasa aquí y ahora, es en lo único sobre lo que tienes control y poder para cambiar algo.

Conocer tu tipo de apego. Saber de qué manera aprendiste a vincularte y, en caso de ser patrones inseguros, comenzar a crear vínculos basados en la confianza, la seguridad y el amor.

Técnicas de relajación para detener las ideas intrusivas y obsesivas que aparezcan en situaciones críticas que no hacen más que trasladarte a episodios antiguos y angustiosos.

Aprende a identificar tus emociones y necesidades, y también a comunicarlas al resto. Será mucho más sencillo hacerte cargo y que los demás te comprendan o ayuden.

Ante una situación desbordante que te genere un intenso malestar o que afecte a diferentes ámbitos de tu vida, lo más recomendable es comenzar una intervención psicológica. No tengas miedo a pedir ayuda si no puedes cambiar sola. En Quiero Psicología te acompañamos en este proceso.

convivencia covid

La convivencia en tiempos de Covid.

¿Te encuentras en una situación de tensión en tu propia casa?

¿Tus compañeros o tu pareja no respetan las normas?

¿El malestar que esto te provoca está subiendo de nivel?

Tú eres consciente de lo que implica el covid y cumples con las medidas sanitarias. No te gustaría contagiarte ni contagiar a tus seres queridos.

Te preocupa cómo podría afectar a tu trabajo, tu familia, etc, pero convives con otras personas, compañeras de piso, familia, pareja, etc. Entran en juego cosas que no dependen de ti, que están fuera de tu control.

La opinión que las personas con las que convives tienen sobre el covid no es la misma que la tuya. Suelen decir frases como “todos tendremos que pasarlo tarde o temprano”, “cuanto antes lo cojamos, antes nos inmunizamos”.

Estos comentarios te conectan con la ansiedad y el miedo. Tú no quieres contagiarte, no quieres que tus hijos se contagien, has elegido cuidarte y tienes derecho a ello.

No sabes qué hacer. No depende de ti lo que tus compañeros, tu padre, tus hijos o tu pareja hagan y aún así te sientes en peligro constante.

Puedes que hayas comenzado a notar un estado de hipervigilancia cuando estás en casa. Que estés pensando qué vas a tocar, si tu compañero se habrá lavado las manos, si se habrá ventilado el salón, si tu hijo ha desinfectado las zapatillas, etc.  Vives en un estado de alerta y eso te genera tensión.

Este estado permanente de alerta puede tener repercusiones muy importantes y negativas tanto en tu cuerpo como en tu mente. Ni siquiera en tu propia casa puedes bajar la guardia y encontrar un lugar seguro. Cuando llegas a casa, necesitas poder relajarte y sentirte libre de amenazas.

Puedes ponerte en plan cabezón, discutir cada dos por tres, impedir que tus hijos traigan amigos a casa o regañar a tu padre cada vez que sale sin la mascarilla.

Obviamente, esto no son soluciones, son alertas.

Tomar esta actitud de «policía» va a ser estresante. Además, lo será para todos: para ti, que tendrás que estar pendiente de cada paso que den el resto de personas con las que vives, y para ellos, que se hartarán del control al que los sometes.

¿Qué puedes hacer?

Para solucionar cualquier problema que surge en la convivencia diaria, hay de herramientas que dan buen resultado y son «multiusos», aplicables a cualquier situación.

Comunicar.

Hablar. Contar lo que te pasa. Expresar lo que sientes.

Por supuesto, para poder comunicar adecuadamente (que lo que tú dices y lo que los demás entienden sea lo más parecido a la realidad posible) es importante que todo el mundo esté dispuesto a hacerlo: a comunicarse.

Para ello deberás «convocar» una reunión con todas las personas convivientes, sí, incluso tu hijo de 7 años es importante que esté.

Exprésate de la forma más asertiva posible (sin poner tus deseos o necesidades por encima o por debajo de las de nadie, respetando los derechos y opiniones de todos, etc.). Aunque estés muy ansioso/a intenta que tu emoción no se apodere de la situación y te impida comunicarte de una forma clara.

Puedes preguntar qué idea tienen de la situación actual y qué consideran que es cuidarse, para saber desde dónde parte la conversación.

Todas las personas implicadas tienen derecho a expresar cómo se están sintiendo. Su preocupación o indiferencia, su miedo a coger el covid, la necesidad de ver y compartir con otras personas, las repercusiones que puedan afectar al trabajo, etc.

Es importante estar dispuesto/a a compartir. Hablar y escuchar, procurando mantener la calma y poner interés no sólo en «contar lo mío», sino en saber cómo se sienten los demás.

La incomodidad puede ser expresada por todas las partes: al igual que a ti te estresa la “indiferencia” de los demás, a ellos les puede estresar tu “exceso de precaución”.

Negociar.

Todos tenemos derecho a sentirnos a salvo y seguros en nuestra casa. Esto te incluye a ti y al resto de personas convivientes.

Si las posturas no se flexibilizan, ni la tuya ni la de los demás, será imprescindible establecer unas normas comunes de comportamiento.

Si estás tratando con jóvenes o con menores, te en cuenta que los niños y los adolescentes tienen unas necesidades sociales y relacionales muy específicas. Ya hemos hablado de ello en otros posts: La cuarentena, cómo ha afectado a nuestros niños y niñas o La «nueva» vuelta al cole.

Si compartes piso con varios compañeros o compañeras, entiende también que esas normas no pueden estar por encima de los derechos de nadie. El Ministerio de Sanidad dice que se pueden realizar reuniones en las casas de un máximo de 6 personas. No puedes obligar a nadie a que viva por debajo de eso. Tomar como referencia las indicaciones de seguridad e higiene que las autoridades nos dan, debería ser la base mínima para negociar estas normas de convivencia.

Cuídate tú.

Independientemente de los acuerdos a los que llegues o de las normas que establezcáis, lo que está en tu mano es cuidarte tú.

Hazte cargo de lo que sí depende de ti y trata de poner tu atención en ello. Si tienes pensamientos repetitivos sobre lo que los demás están haciendo, trata de dejarlos pasar y no prestarles demasiada atención. Ya has hecho lo que has podido, lo demás ya no es cosa tuya.  

Hay situaciones que son inevitables. No podías saber que la pandemia iba a durar tanto, ni que las personas de tu alrededor iban a tener una actitud tan diferente a la tuya.

Una vez que ya está sucediendo, es normal que te sientas afectado y quieras tomar decisiones, tienes derecho.

Recuerda que los demás también tienen derechos y que la mejor forma de llegar a acuerdos es aprender a ser flexibles. Entender que hay cosas que escapan a nuestro control, especialmente cuando hablamos de relaciones con otras personas, es fundamental-

Intenta mantener la comunicación abierta, sin acumular malestares innecesarios. Expresa lo que te molesta y agradece lo que te gusta, no todo han de ser cajas destempladas y protestas.

Si quien te está dando «problemas» es tu hijo o hija, sé paciente. Habla mucho con el o ella intentando no hacerlo desde el miedo ni trasmitirle tu estrés o tu ansiedad. Suficientemente mal lo están pasando en el cole y con esta forma extraña de relacionarse con sus amigos y amigas.

De esta pandemia podemos aprender muchas cosas. Podemos descubrir cuáles son nuestros límites. Averiguar cómo de efectiva es nuestra forma de comunicarnos y de expresar nuestros sentimientos y emociones. Comprobar cómo de flexibles o de rígidos podemos llegar a ser. Trabajar nuestra capacidad de persuasión o de negociación. Ejercitar la paciencia, etc.

Si sientes que la situación te está desbordando. Si necesitas un espacio para expresar tus inquietudes y observarlas de la forma más neutra posible, no dudes en escribirnos. Te ayudaremos a gestionar aquello que te preocupa.

adopciones complicadas

Los procesos de adopción y acogida

¿Los problemas de conducta de tu hijo/a se hacen incontrolables?

¿Intentas comprender qué le sucede o cómo ayudarle?

¿Te sorprende su actitud hacia ti?

¿Esperabas una convivencia tranquila, cariñosa y de unión y sientes que sucede lo contrario?

Como en cualquier proceso de maternidad/paternidad las circunstancias vitales son variadas. En procesos adoptivos hay que tener en cuenta una serie de cuestiones.

Para los adultos probablemente sea un proceso cargado de emociones, ilusión y ganas, es posible que para el niño/a no sea así, sino al contrario.

Quizás estás ante un/a niño/a que ha vivido una serie de experiencias vitales que han influido en su manera de ver y entender el mundo. Experiencias que han determinado la persona que es ahora, las reacciones que tiene, su forma de pensar, de relacionarse o de comunicarse, entre otras.

Estas experiencias puede que no hayan sido agradables y que estuvieran cargadas de dolor, incertidumbre, malestar o miedo. Todo esto, junto a un cambio vital como la adopción, no es fácil de asimilar. Puede que se sienta asustado, desubicado o no entienda cómo le va a afectar esta situación.

Para entender su comportamiento actual, tenemos que conocer su realidad, desde sus inicios hasta el día de hoy. Es posible que estos niños, desde etapas muy tempranas, hayan experimentado ausencia de afecto o poca estimulación. Puede que se hayan sentido desprotegidos e incluso hayan sido víctimas de comportamientos ajenos que hayan puesto en peligro sus vidas.

Sus inicios en el mundo quizás comenzaron en casas de acogida o centros, con ausencia de cuidadores primarios que les permitieran conocer el mundo de una forma más segura.

¿Qué consecuencias puede tener esto en ellos/as?

Comienzan un proceso de adaptación, pasan a estar con una familia y en lugares totalmente desconocidos. Esto, acompañado de experiencias pasadas traumáticas, implica cierta reticencia, miedo y desconfianza a lo nuevo que se hace visible a través de problemas de conducta.

El miedo al abandono puede estar profundamente oculto. El vínculo que se crea desde el nacimiento de un bebé con sus cuidadores principales es vital para el correcto desarrollo de cualquier niño/a. Este vínculo se compone de todo lo que implica cubrir las necesidades básicas: las físicas, las emocionales, las cognitivas y las de protección y desarrollo.

El vínculo tiene que ser predecible y estable desde los primeros años de vida. El niño/a debe saber que pase lo que pase, ese vínculo estará ahí para calmarlo, cuidarlo o ayudarle a gestionar sus estados emocionales.

Cuando adoptas a un niño, conozcas su historia o no, es crucial que sepas que estás ante alguien que quizás no confíe en ese vínculo. Esto sucede porque, independientemente del motivo, estuvo en peligro una vez o incluso desapareció, lo que se significa sentirse completamente desprotegido y desamparado.

Si esto sucede, es posible que la confianza que supone volver a crearlo se haga muy despacio y  con mucha cautela por su parte. El niño no tiene ninguna garantía de que vuestro vínculo vaya a ser perdurable. No tiene la certeza de que no desaparezca. No sabe que siempre estará disponible porque no es lo que ha aprendido desde muy pequeño.

Si conocemos y entendemos sus vivencias, comprenderemos el terror que puede sentir y su mecanismo de defensa como autoprotección. Ante una situación muy dolorosa se activan inconscientemente todas las alarmas en un ser humano. Todo lo que implique perder ese vínculo conllevará conductas y emociones que expresarán el dolor y miedo que sienten a que eso vuelva a suceder.

Cuando comience a establecer un apego seguro contigo, depositará en ti toda su vivencia para apegarse de forma adaptativa. Esto significa que serás su “saco de boxeo”, “paño de lágrimas” y “pilar fundamental”. Contigo se permitirá expresar todo el dolor y hacerlo consciente para poder integrarlo en su vida y continuar viviendo de la forma más sana posible.

El grado de oposición que puedas observar será proporcional a las secuelas experimente por el daño recibido en el pasado. Quizás no conozca límites o se sienta perdido/a ante algo que no ha vivido nunca y que no sabrá cómo gestionar.

Algo que puede ser característico en edades más avanzadas es el comportamiento infantil que surja en diferentes situaciones. Si no ha podido vivir su infancia con normalidad y ahora siente que sí puede, aprovechará cada instante para recuperar esas experiencias perdidas.

Tal vez también observes cómo quiere destacar siempre, ser el/la mejor en todo o, buscar incansablemente la atención de quienes le rodean. Esto es una forma más de cubrir esa necesidad de afecto que no fue realizada tiempo atrás, y que como todo ser social, necesita. Esta búsqueda de atención por otras personas puede ser interpretada como exagerada esta, pero no hay que perder de vista el origen de este comportamiento.

¿Qué puedo hacer con todo esto?

Establece reglas claras y concisas. En principio, no va a asumirlas de golpe, lo que requerirá de ti grandes cantidades de paciencia y firmeza.

Hazle saber que es una persona válida, que merece ser querido/a, ayúdale a aceptar quien es, felicítale por sus logros.

Ofrécele seguridad, intenta que tanto tú como vuestro entorno sean predecibles. Evita las situaciones inesperadas que puedan generarle confusión.

– Conviértete en alguien con quien pueda hablar, muéstrale comprensión, escucha y empatía. Intenta entender todos los estados emocionales que puedan ir surgiendo: rabia, vergüenza, tristeza, etc.

Paciencia y cariño son imprescindibles para la reparación del vínculo que estás llevando a cabo.

¿Te encuentras en este proceso y estás experimentando algunas de estas dificultades o cualquier otra? En Quiero Psicología te acompañaremos, trabajando desde un enfoque basado en la teoría del apego que te ayudará a mejorar la dinámica familiar.

niños y cuarentena

La cuarentena ¿cómo ha afectado a nuestros niños y niñas?

Durante este año hemos vivido un estado de confinamiento, un hecho novedoso en nuestras vidas.

Nadie había estado en una situación similar antes. Ni los adultos, ni por supuesto, los niños.

Todos hemos actuado en función de nuestros recursos y lo hemos vivido lo mejor que hemos podido.

Obviamente, el tiempo que hemos estado en casa sin poder salir de manera normal y con las restricciones posteriores, ha tenido repercusiones.

¿Qué consecuencias ha tenido esta situación en nuestros niños y niñas?

Los efectos del confinamiento en niños y adolescentes dependen de muchas variables, la principal es la edad, porque en función de ésta sus necesidades varían.

De 0 a 3 años.

Los niños más pequeños, lo que más han sentido es la falta de salir a la calle. Los niños de esta edad muestran una alta necesidad de movimiento; un movimiento que les permite vivir nuevas experiencias, observar, ver… que les ofrece la estimulación que necesitan para que su desarrollo cognitivo sea óptimo. Se han visto privados de esa movilidad, pero al ser su capacidad de adaptación alta, se adaptaron al confinamiento y también a las salidas restringidas.

De 4 a 6 años.

Los niños en la franja de edad de 4 a 6 años siguen necesitando moverse, descubrir y explorar, además de una necesidad específica de socializar. Quieren ver a sus amiguitos, jugar con ellos, relacionarse e interactuar.

En este rango de edades, los niños y niñas están en un momento clave. Establecen sus primeras relaciones sociales y generan sus habilidades que practican en el colegio y los parques, espacios de los que se han visto privados.

Se ha observado que los niños se han mostrado más tímidos, más retraídos a la hora del contactos con otras personas (adultos o niños). De nuevo se han adaptado y han aprendido a jugar solos con pocas interacciones con iguales, exceptuando el caso de aquellos que tienen hermanos.

Con estas edades, también han podido aparecer o intensificarse miedos a monstruos o seres fantásticos. Su imaginación es muy vívida y en ocasiones les cuesta distinguir la realidad de lo que ellos han imaginado.

De 7 años en adelante.

En el grupo de niños y niñas entre los 7 años y la adolescencia, se inician los sentimientos de pertenencia a un grupo. No interaccionar con sus iguales les ha podido generar sentimientos de frustración. Necesitan esas interacciones para generar su autoconcepto, su visión de ellos mismos frente al grupo.

Las respuestas ante esa frustración pueden ir desde aceptación acompañada de un sentimiento de tristeza, hasta muestras de rebeldía por no poder salir. Tanto la tristeza como la rebeldía pueden darse de forma cíclica y, aparentemente, no estar relacionadas con la situación de haber estado confinados.

En esta etapa, nuestros hijas e hijas son conscientes de los peligros reales y pueden surgir miedos a salir a la calle para no contagiarse o no querer interaccionar con sus mayores para evitar la posibilidad de contagiarles.

Algunos niños han podido expresar estos miedos al ser conscientes de ellos, pero otros no han sabido identificarlos. Estos últimos han podido mostrar síntomas físicos, como malestar general, cambios en las rutinas del sueño o en los hábitos alimenticios, dolores de cabeza, etc.

En la adolescencia la necesidad principal es la interacción con iguales, el sentimiento de pertenencia al grupo es lo que guía sus acciones. No poder interaccionar con sus amigos les hace sentirse aislados, ignorados… en esta etapa todo es fugaz, o es ahora o se va a perder… “si no veo a mis amigos, van a dejar de serlo” es un pensamiento bastante frecuente.

El no reconocimiento de las figuras de autoridad está muy presente. Las consecuencias más comunes son la rebeldía y la transgresión de las normas. Como en el grupo de edad inmediatamente anterior, la expresión física de las emociones es muy común.

¿Qué hacer ahora?

Hemos vivido un verano atípico. Medidas restrictivas que han hecho que, a pesar de no estar ya en confinamiento, la sensación de falta de libertad sigua presente. Esta es la razón de que las consecuencias aparecidas durante el periodo de encierro permanezcan o incluso comiencen a manifestarse ahora.

Si observamos que hay un cambio en su actitud o en su forma de actuar, debemos prestar atención y acompañar sin juzgar o cuestionar. Lo que están sintiendo es real, aunque los adultos lo veamos desde otra perspectiva. Algunas pautas para ayudar a nuestros niños son:

  • Lo que están experimentando no es algo rotundo ni irreversible. Escuchar, apoyar y acompañar son las claves. Así podremos encontrar una oportunidad para ayudarles a desarrollar habilidades y recursos que necesitan y les serán útiles a lo largo de su vida.

  • La solución no pasa por preocuparse en exceso o ponerse en lo peor. Debemos prestarles la atención debida, actuando según las necesidades del menor y no adelantando consecuencias.

  • Una opción muy válida es que te asesores y te informes. Entender que es un proceso normal y que no actúan así por capricho. Son consecuencias lógicas de la situación que todos estamos viviendo.

  • Plantéate la posibilidad de acudir a una profesional cuando sea necesario. Si tienes dudas, si observas que el estado de ánimo del niño es preocupante, si la ayuda que le prestas no es suficiente, acudir a una psicóloga infantil puede ser el empujón que necesites, tanto tus niños y niñas como para tú. En quiero Psicología tenemos profesionales especializadas en la atención a niños y adolescentes, contáctanos y hablamos.

resiliencia

¿Sabes si eres fuerte?

Me permito llorar y eso me hace ser fuerte.

¿Te resulta rara esta frase?

¿Quién es fuerte entonces?

Nos pasamos la vida moviéndonos en un continuo donde en un extremo está la fortaleza y en otro la debilidad. Hemos aprendido que alguien que es fuerte, es alguien respetado, valorado y por lo tanto, con más probabilidades de sobrevivir.  En cambio, hemos aprendido que alguien débil es lo contrario. ¿Quién no quiere ser fuerte entonces?

El problema surge cuando el concepto de fuerte y débil no se ajusta a la realidad.

¿Crees que alguien que muestra sus emociones es débil? ¿que por decir que estás triste te van a respetar menos? ¿Piensas que si te ven con vergüenza ya no te van a valorar tanto?

Si te muestras triste, entonces ya no vas a parecer tan fuerte. Así que prefieres ponerte una capa encima que enmascare lo que sientes realmente y así vas por la vida, aunque esa capa sea muy pesada y al final resulte agotador.

Pero no termina ahí, las emociones que no escuchas y que intentas evitar y ocultar, buscan alguna forma de salir, una vía de escape, por lo que es mucho más difícil afrontar algo evitando lo que sientes.

Realmente las emociones surgen para hacer de puente y permitirte entender mejor el proceso. Cuando evitas las emociones menos agradables, estás evitando contar con el recurso emocional que te permitirá procesar e integrar mejor lo que estás viviendo.

Está muy de moda la positividad tóxica, que son esos mensajes que podemos ver por la televisión, redes sociales, en amigos o familia y cuya idea principal es “tienes que estar bien”. La positividad tóxica es dañina porque lo que realmente hace es bloquear la experiencia emocional y te impide sentir lo que necesitas sentir.

Preferimos hablar de resiliencia: la capacidad de adaptarse a cualquier situación por muy dolorosa que sea. Como si de un junco se tratara, que se dobla cuando hay tempestades pero nunca llega a partirse. Los humanos también nos adaptamos, y para hacerlo, necesitamos sentir todas nuestras emociones, incluso tristeza, vergüenza o miedo. Y eso está bien.

El estilo de educación, el modelo que hayas visto en tu familia, lo que has interiorizado de tus amigos o incluso lo que has visto en medios de comunicación, pueden hacer que tengas aprendidas y normalizadas diferentes ideas que al final lo que consiguen es que evites sentir lo que sientes.

 ¿Qué ideas transmite la positividad tóxica?

Llorar no sirve de nada: realmente la expresión emocional sí sirve, y mucho. Te permite conectar con tu emoción, escucharla y ver qué necesitas. Si no expresas la emoción, al final te la quedas para ti y termina explotando dentro.

Las personas fuertes no tienen miedo: lo que te hace fuerte es identificar y ser capaz de sostener el miedo. Ser consciente de qué te asusta y hacerte cargo de ello es lo que te hace fuerte realmente.

Tienes que estar bien: no es saludable mantener siempre un estado de alegría, hay veces que conectarás con la tristeza cuando tengas que afrontar una pérdida, con el miedo o con la vergüenza. Son emociones menos agradables pero necesarias para poder integrar lo que va pasando, la realidad de la vida.

Es importante detectar si tienes interiorizadas estas creencias y si limitan tu forma de gestionar correctamente las emociones. Sabemos que no es fácil y que a veces cuesta, pero si crees que no terminas de identificar lo que sientes, por qué lo sientes, o no llegas a saber qué necesitas, puede ser buen momento para iniciar un proceso terapéutico. Contáctanos aquí.

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¿Tu familia te manipula?

Luz de gas en la familia. Manipulación de la realidad y confusión.

¿Te han dicho alguna vez que lo que dices haber vivido no es cierto o no ocurrió así? ¿Te has llegado a sentir desorientado/a respecto a una situación por lo que dicen los demás y lo que has vivido tú? ¿Has dudado de tu propia versión de los hechos? ¿Crees que estás siendo manipulado/a?

Esto es luz de gas. Este término hace referencia a las situaciones en las que una persona o varias pretenden confundir a otra, convirtiéndola en víctima mediante negaciones o con información falsa sobre una situación para así, desorientar a la persona y que no sepa lo que realmente ocurre, siendo esto una forma de maltrato psicológico.

En relaciones en las que existe maltrato, como en la violencia de género, se dan un sin fin de ejemplos en los que observar esta luz de gas, sin embargo, también puede suceder en el entorno familiar.

Quizás tengas dudas sobre si estás o no en esta situación y es que precisamente las personas que intentan manipular tu juicio, pretenden aislarte y hacerte sentir inseguro/a, autocuestionarte y perder la confianza en tu intuición y en toda tu autonomía.

Aquí van algunos ejemplos:

Sientes que entre tu madre y tu padre las cosas no van bien pero la imagen que te muestran a ti es de normalidad, que todo está bien. Por otro lado, tú tienes una sensación de miedo y malestar ya que percibes la tensión en casa pero nadie te explica lo que está sucediendo por lo que, no puedes integrar lo que está pasando, quedándose en ti esta sensación de miedo e inseguridad.

En casa te fuerzan a mentir a los demás sobre una situación porque consideran que así evitan dar “mala imagen” al resto de personas. Esto te confunde y te hace dudar de tus propias sensaciones. Por ejemplo: se lleva a cabo un proceso de divorcio en casa pero te piden que no cuentes nada para no generar comentarios externos. Tú no sientes que el divorcio sea algo de lo que avergonzarse, sin embargo, te ves forzado/a a hacer algo que no quieres. Finalmente acabarás por ocultarlo ya que integrarás su manipulación en tu propio juicio.

Tu madre realiza comentarios despectivos sobre alguna de tus amistades porque considera que “no es de fiar”, o resalta aquellos momentos en los que “no estuvo para ti”, haciendo especial énfasis en lo mal que se porta contigo. Tú no percibes esto, ya que es uno de tus mejores amigos, y disfrutáis de una bonita relación desde hace años. Da la sensación de que tu madre preferiría que te alejaras de esa persona sin un motivo aparente y comienzas a dudar y a cuestionarte situaciones que para ti no han sido conflictivas con tu amigo, llegando a creer finalmente que no es una buena compañía.

¿Qué hago?

Puede que no sea fácil darte cuenta de que estás viviendo una situación así, sobre todo, si viene por parte de tu familia. Los miedos, las inseguridades, los prejuicios, etc, de los demás, pueden hacer que dudes de lo que realmente eres, quieres o necesitas.

Es importante que trabajes sobre esto porque tienes derecho a estar conectado/a con tus propias sensaciones, juicios y criterios de manera personal y autónoma. Tienes derecho a sentir lo que sientes y a atender tus necesidades, sin que nadie te confunda.

Si crees que estás experimentando luz de gas, o tienes dudas al respecto, en Quiero Psicología te daremos una acogida neutra, sin juicios, que te permita integrar lo que percibes, vives y sientes sobre tu propia realidad. Contacta con nosotras aquí.

Violencia en pareja y el confinamiento.

Si crees que tu pareja te está maltratando porque durante la cuarentena la situación se ha puesto especialmente tensa o porque tus sensaciones y sentimientos han cambiado o están cambiando a peor, te recomendamos hacer una lista de cosas que han podido pasar, como señales de alarma para identificar si has vivido o estás en una relación tóxica o violenta.

En otros post hemos visto de qué manera ha podido afectar negativamente el confinamiento a tu relación de pareja. No es agradable tener discusiones con tu pareja, pero es importante ver cómo ha sido realmente esa dinámica. Porque no es lo mismo haber tenido desacuerdos donde el nivel de intensidad ha sido más alto que en otras ocasiones a que hayas vivido una situación de violencia.

¿Cómo sé si he vivido situaciones de violencia?

Puede que sea difícil que veas lo que es “normal” y lo que no lo es, especialmente si tu relación lleva tiempo funcionando de esta misma forma y ha sido la cuarentena, pasar todo el tiempo juntos/as, lo que te ha hecho sentir malestar, incomodidad o miedo.

También puede que sea difícil identificar un comportamiento violento o tóxico en la persona que se supone que te quiere y a la que quieres, pero es importante detectarlo para poder trabajar en ello.

¿Cómo puedo diferenciarlo?

Hay una serie de comportamientos o indicadores que te van ayudar a hacerlo, estos son algunos de ellos:

¿Te ha sobrecargado de responsabilidades?

Tú asumes la mayor parte de las tareas de la casa; tu pareja se ha dedicado a tener espacios personales y en cambio tú no has tenido tiempo para ti; te ha exigido que la casa estuviera limpia o la comida lista sin haberte ayudado ni colaborado; tienes que estar siempre disponible y a su servicio para cuando quiera o te culpa de cualquier conflicto familiar.

Todas estas exigencias te generan agotamiento y hacen que no atiendas tus propias necesidades.

¿Distorsiona la realidad?

Te confunde porque te puede halagar a la vez que te humilla; muestra una imagen diferente de cara a los demás a la que tiene en casa; te miente, tergiversa vuestras conversaciones o los acuerdos que teníais; te sorprende con regalos que luego utiliza para manipularte; está convencido/a que es superior y que siempre tiene razón e incluso puede afectar a tu estado físico alterándote el sueño o incitándote a tomar tranquilizantes.

Este comportamiento cambiante te mantiene en un estado de confusión e inseguridad en el que no sabes qué es real y qué no.

¿Te devalúa?

Te hace sentir inferior; te insulta o hace comentarios críticos sobre tu aspecto físico y tu imagen; constantemente busca errores en ti o fallos; te devalúa como pareja; ridiculiza tus metas, actitudes y habilidades; se ríe de todo lo que no considera que es valioso o importante o incluso puede llegar a mostrar desprecio hacia tu familia de origen.

Esta actitud por parte de tu pareja puede afectarte muy negativamente, minando tu autoestima y haciendo que te avergüences.

¿Utiliza estrategias defensivas?

Quizás esquiva su responsabilidad o justifica este comportamiento restándole importancia, argumentando que no ha sido para tanto; explicando con todo lujo de detalles que es correcto lo que ha hecho; utilizando la racionalización y la lógica para explicar coherentemente por qué lo ha hecho; desviando su responsabilidad sobre el problema hacia causas externas; negando los hechos o las discusiones como defensa para restar credibilidad a lo que tú dices que ha pasado; haciéndose el/l olvidadizo/o, asegurando que no recuerda lo ocurrido o recurriendo al chantaje emocional para conseguir que sientas lástima por él/ella.

Si estas estrategias le funcionan, lo que consigue es que te acabas sintiendo culpable de cosas que no te pertenecen.

¿Te controla?

Te pregunta que a dónde vas incluso ahora que sólo has podido salir a comprar; decide dónde puedes y no puedes ir; te aísla de tus relaciones familiares y de tus amigos; te ha llegado a retener en casa; desconecta el teléfono o internet cuando se va a pasear y no permite que le acompañes; te oculta información sobre la situación económica pero te exige que le expliques detalladamente tus gastos.

Todos estos límites y controles, sumados a la situación de confinamiento, aumentan y agravan la sensación de aislamiento que pasa de ser una sensación a ser una realidad.

¿Te intimida?

Te intimida de forma verbal utilizando gestos, miradas o tonos de voz que sientes como amenazantes o, directamente, te dice que va a echarte de casa o a quitarte a tus hijos. Ha llegado a amenazarte o a agredirte físicamente con  empujones, zarandeos, tirándote cosas, etc.

La intimidación que puede ser difícil de reconocer como comportamiento si se da de forma puntual o muy espaciada en el tiempo, genera sensaciones de ansiedad y miedo que pueden generalizarse, de forma que estés constantemente esperando una reacción violenta del tipo que sea, aumentando el estrés que experimentas.

Detectar estas conductas puede ser a veces muy difícil, porque muchas de ellas son sutiles o porque te encuentras inmerso/a en una relación donde no tienes la opción de tomar perspectiva y verte “desde fuera” de la relación.

Si reconoces alguna de estas señales, si tus sensaciones y alarmas saltan cuando lees este post, no dudes: llámanos y empezaremos a trabajar en esta situación. Tienes derecho a vivir y a vivir bien.

*En caso de estar sufriendo durante la convivencia conductas violentas por parte de tu pareja, pide ayuda y ponte a salvo lo antes posible. Puedes hacerlo llamando al 016 o al 112, o en caso de que no puedas utilizar el teléfono, acudiendo a la farmacia o supermercado más cercano y alguien te ayudará a contactar con la policía. *

¿Ha afectado el confinamiento a mi relación?

La situación excepcional que hemos vivido y estamos viviendo nos afecta a nivel personal y, por tanto, a cualquier vínculo como puede ser el de la pareja.

Las condiciones que formaban parte del día a día antes de la pandemia, se han visto modificadas durante el confinamiento. Pasar todo el tiempo, incluido el del trabajo, en casa; que los hijos/as no puedan asistir al colegio; la restricción de libertades que impiden salir para cualquier plan con normalidad y un largo etc.

Para poder gestionar el posible deterioro hay que conocer en qué punto os encontrabais antes de esta nueva situación y en cuál estáis ahora.

Hay parejas que no pasaban tanto tiempo juntos/as y se han visto frente a frente, haciendo surgir las discrepancias que previamente existían. Además, la aparición de nuevos conflictos invita a la reflexión al mostrar partes quizás desconocidas de la pareja que pueden generar un distanciamiento o un acercamiento.

¿Esta nueva situación os ha pillado por sorpresa y han surgido conflictos que antes no ocurrían?

¿El deterioro comenzó antes y ahora se ha incrementado?

¿Os ha fortalecido?

Para trabajar y solventar esta situación es importante contar con un cóctel que tenga como ingredientes la motivación de ambas partes para comprender lo que está ocurriendo y como no, contar con los pilares que facilitan una relación sana: respeto, equilibrio en los espacios propios y de la pareja, confianza, reciprocidad y comunicación.

Para intentar conocer en qué punto estáis utilizaremos la metáfora de la cuenta bancaria:

Los ahorros de la relación se establecen en función de los ingresos y gastos emocionales de cada miembro de la pareja, y son imprescindibles para afrontar el día a día. Cada pareja tiene una dinámica y estos límites se establecen de forma subjetiva para cada relación.

  • La primera pregunta es ¿tengo ahorros? Estos ahorros pueden estar a un nivel óptimo o pueden estar por ejemplo, bajo mínimos. ¿En qué punto estás?
  • La segunda pregunta es ¿cuánto estoy ingresando? Puede que durante el confinamiento tu pareja o tú, o ambos/as, hayáis descuidado los ingresos, o todo lo contrario.

Por ejemplo: “bah, mi pareja está ahí, estamos acostumbrados/as y no le presto tanta atención”. En este caso no estarías invirtiendo sino sólo gastando.

  • La tercera pregunta es ¿cuánto quiero sacar? Aquí puede surgir el conflicto ante las expectativas que tienes de la relación y la realidad que hayáis estado viviendo.
  • La cuarta y última pregunta requiere de imaginación. Si tuvieses una varita mágica ¿cómo sería tu relación?

Manteniendo el lenguaje metafórico que estamos usando ¿cuánto quieres invertir?

Si cada parte de la pareja realiza esta actividad de manera individual y luego os juntáis para exponer los resultados, podréis trabajar sobre la situación emocional de cada uno/a y reconectar entendiendo lo que ha podido “fallar”. Podéis hacer esta reflexión pensando en la relación antes de la pandemia y después de ella.

En estos momentos hay que contar con antídotos para hacer frente a una situación excepcional que puede llegar a envenenar la relación. Estos antídotos pueden ser:

La flexibilidad, que permitirá entender que estamos en una situación única en la que las emociones pueden estar a flor de piel.

-La empatía, que ayuda a ver más allá de ti mismo/a y comprender que tu pareja también puede tener miedo, inseguridad o estrés.

-La comprensión, que es el puente para crear nuevas pautas de funcionamiento para readaptaros a lo nuevo.

-La comunicación, porque sin una buena comunicación no podréis comprender las necesidades del otro/a, ni comunicar las tuyas propias.

Si sientes que tu relación se ha visto afectada por el confinamiento o que ya estaba deteriorada desde antes y has sido consciente ahora, y quieres (o queréis) trabajar en ello, en Quiero Psicología ofrecemos terapia individual y de pareja en función a lo que necesites.

*En caso de estar sufriendo durante la convivencia conductas violentas por parte de tu pareja y vivir con miedo la situación, pide ayuda y ponte a salvo lo antes posible. Puedes hacerlo llamando al 016 o al 112, o en caso de que no puedas utilizar el teléfono, acudiendo a la farmacia o supermercado más cercano y alguien te ayudará a contactar con la policía. *