La Violencia Vicaria -un subtipo de la VG-

El pasado viernes 11 de junio nos encontramos todos con la sobrecogedora noticia de que habían encontrado el cuerpo sin vida de una menor que había sido presuntamente asesinada por manos de su padre. Y también desde ese mismo día el concepto Violencia Vicaria está dentro de nuestras conversaciones.

No sabemos claramente qué es, pero nos recorre un escalofrío por la espalda cada vez que se menciona, porque sabemos que debido a este tipo de violencia la vida de una menor se ha visto interrumpida.

¿Qué es la Violencia Vicaria?

La Violencia Vicaria o violencia por sustitución es un nuevo término que se refiere a un subtipo de violencia contra las mujeres en el que el hombre, de manera consciente, usa o daña a personas significativas para su pareja o expareja como instrumento para hacerla daño. Lo más habitual es que se use a los hijos, pero esta agresión puede ser ejercida usando a padres, hermanos o amigos, es decir, cualquier persona emocionalmente significativa para la mujer.

Aunque no es una violencia tan mediática como otras, es decir, no estamos escuchando que se mencione todos los días en la televisión, sí que aparece en más situaciones de las que nos imaginamos. Simplemente nos enteramos de aquellos que tienen una consecuencia tan grave como la muerte del menor, pero diariamente se produce mediante amenazas y control hacia la mujer a través de los niños.

En este tipo de violencia se cosifica al menor, interpretando a los hijos como “algo” de su propiedad y a través de una actitud egoísta les agreden con el objetivo de controlar a la madre. En los casos más graves aparece el asesinato.

Tipos de violencia vicaria

Como en todos en otros casos, este tipo de violencia se puede presentar en diferentes grados de intensidad; en los casos más graves aparecen agresiones directas y daños físicos, incluso la muerte, pero previamente ya se ha agredido o desatendido a los menores.

Las amenazas, las manipulaciones, los actos de control extremo son habituales dentro de la violencia vicaria.

Por ello debemos estar atentos a las señales que pueden aparecer tras las visitas al padre o las estancias derivadas de la custodia compartida.

Observar que se han interrumpido tratamientos médicos o actividades positivas y favorecedoras para el crecimiento y desarrollo del menor ha de ponernos en alerta y tomar consciencia de lo que puede estar ocurriendo.

Otros signos son que el menor regrese al domicilio materno descuidado, desatendido, desaseado o con cambios físicos con los que el menor y la madre no están de acuerdo, como por ejemplo, cortes de pelo o cambios radicales en la vestimenta.

Ser conocedor de que se habla mal de la madre en presencia del menor, ya sea por parte del padre o que este permita que terceros hablen mal de ella.

Hay que observar cualquier cambio de humor, de conducta o de estado de ánimo del menor, ya que pueden ser señales de que algo está ocurriendo.

Amenazas y manipulaciones que se provocan de manera habitual y constante en el menor y que pueden tener consecuencias en el comportamiento de éste; miedo, ansiedad y negativas antes de la visitas o estancias con el padre nos dicen e indican que algo puede estar pasando.

Cuando el maltrato se produce a nivel físico, las marcas y señales se pueden observar con facilidad y no hay una explicación lógica y normal para ellas. Arañazos, moratones, daños en la ropa y pertenencias de menor.

Consecuencias de la violencia vicaria en el menor

Todas las situaciones en las que el menor es cosificado y eliminada su identidad para convertirse en un instrumento con el dañar a la madre tiene consecuencias graves a nivel emocional, mental y psicológico del niño que lo padece.

Dentro de las consecuencias nos podemos encontrar con:

  • Dificultades de atención y concentración.
  • Bajada del rendimiento académico.
  • Pérdida de habilidades sociales.
  • Cambios en los comportamientos relacionales en el colegio y con amistades y familiares.
  • Desmotivación generalizada.
  • Aparición de miedos desproporcionados.
  • Pesadillas, terrores nocturnos.
  • Dificultades para conciliar el sueño.
  • Cambios en las pautas alimenticias.
  • Anhedonia (no experimentar placer en actividades que antes eran gratificantes).
  • Ansiedad.
  • Depresión.

¿Qué podemos hacer?

Ante la aparición de estos síntomas nunca debemos callar. Busquemos apoyo en la familia, investiguemos y verifiquemos que puede estar ocurriendo.

Acudamos al centro escolar, pidamos tutorías, acudamos al centro de salud, al pediatra y comuniquemos nuestras sospechas; vayamos a la policía a poner una denuncia y activemos todos los protocolos necesarios de custodia necesarios para proteger a nuestro hijo.

Pidamos ayuda en centros especializados en violencia de género para poder abordar la situación desde todos los frentes y además abordar desde un plano psicológico todas aquellas consecuencias que tiene el haber estado expuesto a una situación de violencia.

yoísta

¿Eres un yoísta o “sufres” a uno?

Es posible que tengas cierta tendencia a llevar las conversaciones a tu terreno.

Puede que sea una costumbre que te haya pasado desapercibida y hasta que alguien no te lo ha comentado no te hayas dado cuenta.

Quizás esta situación te sea familiar: estás con una amiga y te cuenta que ha tenido muchísimo estrés durante el día, que se siente agobiada y que necesita relajarse para poder sentirse mejor.

Te lo cuenta mientras estáis de cañas improvisadas que te ha pedido tomar a última hora del día.

Tú, en respuesta a todo lo que ella te va contando, contestas con un “pues yo llevo un día también súper estresante. Mi jefe no ha parado de darme la tabarra…que ganas de irme a dormir”.

Rediriges la atención a lo que a ti te pasa.

Es una conversación que aparentemente resulta habitual y totalmente funcional.

Nada que objetar.

Sin embargo, si se da de forma repetida y en la mayoría de tus interacciones, puede que estés obviando las necesidades de los demás sin conectar en absoluto con la otra persona.

Esto no quiere decir que no puedas hablar de ti, o que utilizar la palabra Yo sea un error.

Quiere decir que la tendencia a no escuchar con atención al otro y saltar inmediatamente a tus emociones y sensaciones hace que la conversación sea unidireccional y egocéntrica.

Basada en tí, tus experiencias, necesidades o intereses.

Estás muy cerca de ser una persona yoísta.

Este es un término que la RAE aun no contempla, pero su significado implica, entre otras cosas, que hables constantemente de ti mismo/a y que estés más interesado/a en contar tus propias experiencias antes de seguir escuchando lo que los demás tienen que decir.

Si es algo significativo, que se repite de forma más o menos habitual, es probable que tu entorno ya te haya dado cierto feedback.

Desde el cariño que te tienen, intentan hacerte ver el llamativo uso del “yo” que puede que estés haciendo.

En exceso, este comportamiento puede hacer que los demás no se sientan escuchados.

Puede que piensen que lo que cuentan no es validado.

Quizás sientan agotamiento o rechazo al estar con alguien (tú) que tiende a soltar un discurso repetitivo centrado en su propia persona.

Esto último se hace más evidente si las conversaciones centradas en tu Yo suelen, además de ir sobre ti y tus experiencias, estar orientadas a términos pesimistas o negativos sobre algo que te sucede o ha sucedido.

¿Qué puedo hacer si veo que hago esto?

Una vez que identifiques si esto te sucede, plantéate el origen de esta conducta.:

  • ¿Tienes mucho que contar y llevas tiempo sin hablar con nadie?
  • ¿Sueles tener a tu familia desde la infancia pendiente de ti todo el rato?
  • ¿Has pasado mucho tiempo solo o sola?

Desentrañar tu pasado te hará entender tus dinámicas actuales.

  • Intenta tomar consciencia a la hora de hablar con alguien.
  • Piensa antes de hablar lo que vas a decir, así podrás darte cuenta de las veces que hablas sólo de ti y de cuál es el contenido de tu discurso

Escucha con atención lo que te cuenta la otra persona y muestra interés.

  • Puede que la persona con la que estés interactuando esté expresando algo doloroso o que te esté contando algo que le es difícil expresar con palabras, etc.
  • Pregúntale, da tu opinión si es necesario o simplemente acompaña la escucha con expresiones no verbales.
  • Presta atención al discurso, contenido y forma.

Darte cuenta de todo lo que engloba la conversación te hará captar los detalles y dar respuestas ajustadas y adecuadas

Cuando sea oportuno compartir tu experiencia, hazlo.

Compartir experiencias parecidas no deja de ser una conversación.

Atiende al tiempo que estás hablando para no monopolizar la conversación.

Conozco a alguien así, ¿qué puedo hacer para decírselo sin pasar apuro?

Desde el cariño es posible comunicar con asertividad lo que consideres.

Dar un reflejo, hacer de espejo con la intención de hacer mejorar a alguien sobre lo que ves en ella/él, debería ser aceptado con agrado.

En caso de no ser así, o de tener miedo a la reacción, échale un vistazo a nuestro post sobre la evitación de conflictos: https://www.quieropsicologia.com/evitas-los-conflictos-a-toda-costa/

Pregúntale a esa persona si es consciente de lo que hace ofrécele ayuda (si lo consideras necesario y si te ves capaz) para que se dé cuenta y pueda cambiarlo en el momento.

Dile cómo te sientes cuando estás hablando con él/ella y apenas te hace comentarios sobre lo que cuentas.

Habla en primera persona de tus sensaciones cuando pasa esto.

Se puede dar el caso de que intentes comunicar cómo te sientes sobre este punto y la otra persona se lo tome a mal.

Puede que no quiera reconocer ni cambiar su comportamiento,

Si esto pasa, plantéate si te has expresado claramente y de la forma más asertiva posible.

Cuando tu sensación sea que sí, que lo has hecho de la forma más correcta, empática y asertiva que eres capaz de hacer y, aun así la forma de relacionarse de la otra persona no cambia, surge el problema.

Aquí tu “trabajo” será poner límites y respetar tu necesidad y tu espacio.

Estar con alguien que dirige las conversaciones sobre su vida, sus vivencias y sus ejemplos de forma constante puede generar agotamiento.

Este “monopolio” exige una atención individualizada y exclusiva que probablemente no es posible dar de forma permanente.

O, simplemente, te has cansado de hacerlo.

No te sientas mal amigo/a si no correspondes esta exigencia y decides poner límites para preservar tu energía y tu bienestar.

Si esta es tu situación, te recomendamos que leas nuestro post sobre marcar límites en las relaciones interpersonales: https://www.quieropsicologia.com/poner-limites-en-las-relaciones-personales/

Si te has identificado de cualquier forma con este post, bien porque tiendes a monopolizar las conversaciones, bien porque sufres a alguien que lo hace, en Quiero Psicología podemos ayudarte.

Aprender a gestionar tus habilidades comunicativas, explorar el por qué de esta dinámica y compartir con tu entorno tus sensaciones de forma que puedas trasladar el mensaje sin dañar y sin ser dañado/a.

Si estás encerrado/a entre las cuatro paredes de alguien que te hace sentir así y no sabes cómo parar, podremos trabajar sobre ello y conseguir abrir una puerta y encontrar salida.

operación bikini

La maldita “operación bikini”

Ya está aquí junio.

Damos la bienvenida al verano y al inicio de las preocupaciones por tener que exhibir el cuerpo en la piscina, playa o donde sea que tengamos la oportunidad de refrescarnos.

Este año, además, llega en circunstancias especiales.

Tras una época de confinamientos y limitaciones varias en la que muchos y muchas hemos manejado la ansiedad y la falta de actividad mediante la comida.

Esto se ha traducido en un “posible”  aumento de peso.

Varios estudios estiman que en este periodo cada uno de nosotros hemos engordado una media de tres kilos.

“Para anticuerpo, el que vamos a tener este verano”

Esta frase se ha repetido en numerosas ocasiones desde que se inició la pandemia y, aunque que pretende ser una frase con humor, encierra un mensaje de base que se ha instalado en nuestra sociedad: tenemos que estar perfectos y perfectas para el verano.

La “operación bikini” no debería ser una dieta restrictiva y temporal, sino un cambio de hábitos que persiguen un objetivo de vida saludable.

Todos los días del año.

Todo el tiempo.

La sociedad nos demanda “la imagen perfecta”.

A todos.

Es innegable que las mujeres sufren una presión social mayor.

No se ha oído hablar de “la operación bañador”.

Niños y niñas, hombres y mujeres hemos sido educados de forma diferente.

Ya hemos hablado sobre esto en algunos posts anteriores (https://www.quieropsicologia.com/ninos-ninas-y-normas/ por ejemplo) y todos nos sentimos presionados por adaptarnos a lo que se considera ser “una mujer deseable o un hombre deseable”.

A los hombres se les ha orientado hacia el éxito propio y las mujeres han recibido una educación orientada a la aceptación de los otros.

Ser una mujer valorada supone, además de otros mucho atributos, estar sometida a unos cánones de belleza y buscar encajar en ellos.

Por lo que atañe a este post: la delgadez.

Cada verano las nuevas colecciones de trajes de baño las lucen mujeres con cuerpos que representan el ideal de belleza del momento.

Constantemente nos bombardean con publicidad sobre pastillas para acelerar la perdida de peso, dietas milagro y un sinfín de mensajes que buscan la esclavitud hacia el propio cuerpo, eliminando y corrigiendo partes de él para encajar en lo aceptado socialmente.

Bikini o bañador ¿elección o imposición?

Desde finales del siglo XIX se empezaron a usar los trajes de baños de dos piezas, que inicialmente llegaban a la altura de los tobillos y poco a poco fueron enseñando más partes del cuerpo.

Fue en 1946 cuando Michele Bernardini lució el primer bikini.

A lo largo de estos años, las formas de los trajes de baño han ido variando y se puede elegir entre diferentes partes de arriba y de abajo o recurrir a la pieza entera que es el bañador.

En los últimos tiempos desde el mundo del diseño y de la moda, desde algunos espacios al menos, intentan buscar la aceptación de todo tipos de cuerpos y las modelos que los lucen tienen diferentes tallas, abarcando la diversidas que existe en la sociedad.

Aun así, no dejan de existir las etiquetas “ curvy” o “ talla grande” para señalar a quien no encaja en el modelo de cuerpo “ideal”.

En los últimos años los bañadores se han convertido en pieza clave en la moda de verano y muchas mujeres han optado por usarlo cada vez más.

Puede que te guste en sí el bañador o te sientas más cómoda.

Sucede también que es algo que sintamos que podemos elegir: preferimos tapar el cuerpo por anticipar el rechazo social.

Si has optado este verano por usar bañador, es importante que te plantees si es una decisión libre o te estás autocensurando.

¿Cómo afectan los ideales de belleza a la autoestima?

Un tercio de nuestra autoestima está relacionada con la valoración positiva o negativa de la autoimagen.

Si tendemos a valorar negativamente nuestra imagen, nos resultará difícil prestar atención a otras áreas que también conforman nuestra autoestima.

Visibilizando todo tipos de cuerpo luchamos para romper con el ideal de belleza establecido en la sociedad actual.

Cuanto más diversidad, menos exigente y utópico será el ideal que queremos alcanzar.

Esto ayudará a que nuestra autoestima mejore: nuestra autovaloración no estará tan lejos del ideal de belleza si ese ideal contempla todo tipo de opciones.

Llegados a este punto se podría ver la “operación bikini” como la suma de varios elementos:

  • Mayoritariamente, ser mujer (los hombres no usan bikini).

+

  • Orientado a los otros (qué van a pensar, qué me van a decir, no pueden verme así).

+

  • La belleza como clave para la aceptación social (la belleza acorde con el cánon imperante, para mujeres y para hombres).

+

  • Autoimagen como factor clave en la autoestima (directamente afectada por el cánon de belleza).

Crea tu propia operación bikini: este es mi cuerpo

Una vez visto todo el peso que nos ponen encima y que nos llevamos de vacaciones año sí y año también, te proponemos algunas ideas para que vayas soltándolo poco a poco.

O de golpe, como prefieras:

Toma conciencia de tu lenguaje interior

  • Es posible que tengas un discurso negativo sobre ti mismo o misma que te repitas cada día y no te hayas dado cuenta de su presencia.
  • Cuando comiences a sentirte mal con tu imagen, observa qué mensajes te estás diciendo.
  • Comienza a cambiarlos y a hablarte de forma más positiva, reconociendo tus puntos fuertes que seguro que los tienes.

Enriquece tu autoconcepto

  • No solo eres un cuerpo.
  • Tu autoconcepto está formado por tu aspecto físico, pero también por otras áreas como el modo en que te relacionas con los demás; tu personalidad; cómo te perciben los demás; tu rendimiento en los estudios y/ o trabajo; la forma en que funcionas en el día a día; tus capacidades mentales, tu inteligencia; tu sexualidad, etc. Analiza cómo se encuentran esas áreas en tu vida actual y enfócate en enriquecerlas.

Tu cuerpo no limita tu vida

Es posible que sientas miedo de exponerte a estar en traje de baño por temor a qué podrían pensar los demás.

En estas ocasiones puedes estar tentada o tentado a no ir a determinados eventos o a privarte de algo que te gustaría hacer.

Otras veces es posible que decidas acudir, pero los mensajes negativos que esperas recibir o los que ya te estás enviando tú, te impiden disfrutar de la situación, lo que aumentará la posibilidad de que en un futuro no vayas de nuevo.

Intenta focalizarte en lo positivo del momento, lo bien que lo pasas, lo bonito del lugar, lo agradable de la compañía, etc. y luego registrar en un cuaderno.

Coge el bikini

Vete a la playa, piscina, río, donde sea que te apetezca ir.

Ponte crema solar por todas partes.

Disfruta.

Si te sientes identificada o identificado con lo hablado en este post y te está generando un malestar que no sabes cómo manejar, en Quiero Psicología podemos ayudarte a ello.

Que este verano no sea uno malo.

adicto a videojuegos

Adicciones del siglo XXI

Tenemos acceso directo a videojuegos a través de varias plataformas o dispositivos: tablet, ordenador, móvil, consola, etc.

La temática de los juegos es realmente amplia, incluso se han desarrollado algunos con fines educativos y terapéuticos.

Los videojuegos permiten desarrollar las funciones ejecutivas (la atención, orientación y memoria).

Gracias a ellos, podemos transmitir un mismo mensaje a diferentes interlocutores, obtener recompensas inmediatas o interactuar con personas situadas en la otra punta del mundo.

A pesar de todos estos “beneficios”, recientemente, la OMS catalogó como trastorno mental el abuso de los videojuegos.

Este trastorno se asemeja a otras adicciones como al alcohol, sustancias o juegos de azar.

La diferencia y la importancia de este trastorno radica en que, cuando observamos a la población que lo padece, la población infanto-juvenil supera con creces a la población adulta.

Es importante darse cuenta de que los dispositivos no son adictivos por sí mismos, lo es el uso que hacemos de ellos.

¿Cuándo pasar el rato jugando se convierte en un problema?

Hay una serie de pautas que te pueden ayudar a identificar si el tiempo que pasas jugando se está convirtiendo en un problema.

Probablemente nunca te hayas parado a pensar la cantidad de horas al día o a la semana que le dedicas a los videojuegos, pero sí vas notando que cada vez tienes menos tiempo para hacer otras cosas.

Recortas tiempo al estudio.

Quedas con tus amigos de forma virtual, para jugar, etc.

Estos son algunos avisos a los que puedes prestar atención:

Interferencias en tu día a día

Percibes que no te concentras igual para estudiar o trabajar, notas más cansancio o sueño porque has estado hasta la madrugada jugando o dejas de comer para jugar más horas.

Síndrome de abstinencia

Si pasa “demasiadas” horas sin jugar, sientes ansiedad, inquietud o nerviosismo que no se te pasa hasta que te pones de nuevo a los mandos.

Eso que experimentas, es muy similar al mono que sufren los drogadictos.

Cambios en el estado de ánimo

Puede que te sientas más triste, irritable o nervioso de lo habitual, muy relacionado con el mono del que acabamos de hablar.

Impulsividad y uso compulsivo

Tras algunas o muchas horas de juego, pueden aparecer conductas impulsivas:

  • gastar dinero en comprar vidas extras o recursos para conseguir un récord o matar a ese enemigo que se te resiste
  • dificultades para abandonar el juego, no sabes cuando parar
  • impaciencia a la hora de jugar, etc.

Dejar de lado otras actividades

  • haces los deberes deprisa y corriendo o, directamente, no los haces
  • te inventas excusas para no ir a clase o al trabajo; pasa de hacer la compra o de limpiar la casa o tu habitación
  • reduces al mínimo el tiempo que dedicas a tu familia o amigos, etc.

Aislamiento social

Cuanto más tiempo dedicas al mundo online, más desconectado estarás de la vida en el mundo real.

Hay mucha gente que se esconde tras un avatar para interactuar socialmente y evitar el contacto físico con otras personas.

Lo que parece una solución, se puede convertir en un problema: esta evitación, a largo plazo, solo genera mayor ansiedad ante las situaciones sociales y menor autoestima.

¿Qué puedo hacer si descubro que sí, que tengo una adicción?

Si has llegado hasta aquí y has sido capaz de darte cuenta tú solo o sola de que sí, tienes un problema de adicción a los videojuegos, enhorabuena.

No creas que es fácil salir del círculo vicioso en el que te encuentras.

Darse cuenta es el primer paso pero no el único:

Acepta lo que te ocurre y díselo a la gente más cercana

No es necesario poner etiquetas a lo que te está pasando.

Saber que no estás bien y que tienes un problema, es suficiente para empezar.

Aceptar lo que te ocurre no te hace más débil, sino que te facilitará la búsqueda de ayuda especializada y el apoyo de tu entorno más próximo.

Busca ayuda especializada

Seguramente hayas tratado ya de dejar de jugar o estás intentando controlar las horas que pasas enganchado y te esté costando mucho esfuerzo.

Es normal.

Hemos hablado ya del síndrome de abstinencia.

Tu cuerpo, habituado a jugar durante tanto tiempo, ha convertido el juego en tu estrategia de afrontamiento.

¿Puedes hacerlo solo? quizás, pero te ahorrarás mucho sufrimiento, encontrarás herramientas y serás capaz de manejarlo mejor si pides ayuda profesional.

Ya has sufrido bastante, pedir ayuda para salir de una situación tan grave, no te hace débil, al contrario, te ayudará a manejar este malestar y desarrollar nuevas habilidades.

Respeta las normas PEGI

Estas normas son la clasificación que determina la edad mínima recomendada para jugar a un videojuego.

Es obligatorio que en el videojuego en cuestión haya una etiqueta avisando del contenido sensible que puede aparecer en la pantalla (sexo, drogas o violencia).

Estas normas las marca un colectivo de expertos, se aplican a nivel europeo y tienen su sentido y su por qué.

Establece un horario

  • empieza por dedicar tiempo a las tareas prioritarias como el trabajo o la escuela, incluyendo las tareas o actividades extraescolares
  • crea y mantén unos hábitos de sueño, higiene y alimentación saludables
  • establece una rutina que puedas sostener con facilidad.
  • trata de comer siempre acompañado y hazlo en un espacio diferente al lugar en el que juegas, cuanto más alejado, mejor.

Busca estrategias de afrontamiento alternativas

Si te encuentras agitado o inquieto y sientes que el síndrome de abstinencia te está rondando, trata de realizar alguna actividad física como salir a caminar, correr, montar en bici o ir al gimnasio.

Apóyate en tus amistades o familiares para comunicarles como te encuentras en esos momentos de riesgo agudo de recaída.

Intenta manejar la tristeza y realiza actividades de autocuidado: date una ducha o un baño relajante, prepárate una rica comida, ponte música que te guste y baila, etc.

Busca alternativas de ocio fuera

Cuanto más tiempo permanezcas alejado de los dispositivos o lugares donde habitualmente juegas, más desarrollarás tu tolerancia a estar alejado de ellos.

Es como si quisieses dejar de fumar.

Seguro que pasar por el estanco donde compras habitualmente sentirás un deseo irrefrenable de fumar.

Con los videojuegos pasa exactamente lo mismo.

Es fundamental que aprendas a controlar los estímulos que te incitan a jugar para prevenir el deseo y la recaída.

¿Qué puedo hacer si es mi hijo o hija quien tiene esta adicción?

Supervisa la temática del videojuego

Préstale atención a la clasificación PEGI que ya hemos comentado.

Evita los videojuegos que no sean recomendados para su edad.

Infórmate de con quién está manteniendo contacto tu hijo o hija a través de los juegos online.

Limita sus horarios

Establece un horario con tus ellos que priorice las tareas escolares y las horas mínimas de sueño.

Es recomendable prohibir el uso de dispositivos después de cenar, para evitar que el cuerpo se active antes de acostarse y prevenir los problemas de insomnio.

Limita la cuenta bancaria del menor

Obviamente, si tu hijo o hija es mayor de edad, este paso es más complejo.

Intenta llegar a un acuerdo con él o ella para que no tenga acceso a tarjetas o formas de pago online.

Muchos videojuegos ofrecen expansiones o recompensas extra si realizas un pago a través de la aplicación o plataforma, por lo que al ser menores de edad, es muy recomendable restringir su acceso.

Fomenta el ocio fuera y las actividades extraescolares

Es importante que tus hijos e hijas desarrollen estrategias de afrontamiento externas a los videojuegos.

Que cuenten con una red de apoyo y actividades gratificantes alternativas para prevenir el uso compulsivo de los videojuegos.

Comunica tus emociones

Ya hemos hablado en otros post de la importancia de expresar tus emociones.

Di cómo te sientes.

Comparte tus preocupaciones de una forma cercana y asertiva con tus hijos e hijas.

Los padres y adultos de su entorno sois tanto su modelo de actuación, como su figura de seguridad.

Ten en cuenta que la expresión de las emociones funciona mejor cuando es bidireccional: permítele expresar cómo se siente y valida sus emociones.

No uses los videojuegos como refuerzo positivo o como castigo

Estas acciones pueden llevar a que tus hijos e hijas utilicen los juegos como estrategias de afrontamiento para reducir su malestar, lo que acaba generando mayor adicción.

Para finalizar, te recordamos, como hemos explicado previamente, que los videojuegos pueden ser una actividad gratificante que, cuando se juega de forma responsable y limitada, puede aportar numerosos beneficios.

Sin embargo, si la persona que juega descuida sus obligaciones, se aísla de su entorno y experimenta malestar en las horas en las que no está jugando, estamos hablando de una adicción y no de un simple pasatiempo.

Si te sientes identificado o identificada con alguno de estos síntomas o crees que tienes riesgo de desarrollar una adicción, recuerda que el primer paso es reconocer el peligro.

Cuando la persona que te preocupa es alguno de tus hijos o hijas porque pasa demasiado tiempo delante de la pantalla, desde Quiero Psicología estaremos encantadas de ayudarte a abordar con él o con ella el problema.

maltrato de hijos a padres

Maltrato de hijos/ hijas a padres/madres: el maltrato filio-parental

Cada mañana me despierto con los mismos sonidos al otro lado de la pared: la voz de un adolescente de unos 13 años que insulta a su madre de manera desproporcionada porque le despierta para ir al colegio.

Al principio, simplemente eran quejas.

Pronto aparecieron palabras malsonantes que se fueron trasladando paulatinamente a los insultos, agresiones verbales y amenazas.

Desde hace poco han comenzado a escucharse golpes en la pared o contra el mobiliario.

Antes era por la mañana.

Ahora es lo único que se oye a través de la pared cuando la madre da alguna indicación a su hijo.

Son las respuestas que usa cuando no quiere dejar la video consola para comer en la mesa junto con su madre, exige que le lleven el plato de comida a su habitación para no dejar lo que esté haciendo o quizás, para no interactuar con ella, ¿quién sabe?

El hecho es que esta escena no es única en un vecindario.

Se reproduce diariamente en muchas “al otro lado de la pared”.

En más familias de las que nos damos cuenta, los niños y niñas se han convertido en agresores y sus víctimas son sus padres, mayoritariamente las madres.

Desde 2006 se ha visto una escalada en las cifras de la violencia filio-paternal llegando al número abrumador de 4.833 casos relacionados con este tipo de violencia en Madrid, de los cuales un 10% eran menores de 14 años.

Son cifras que nos hacen plantearnos qué está ocurriendo en la población infantil y juvenil para que se conviertan en los verdugos de sus padres, aquellos que por definición les ofrecen protección y cuidado.

Muchos podríamos pensar que este tipo de conductas sólo se dan en familias que tienen algún tipo de vulnerabilidad, patología o que están en una situación social complicada.

Las solemos asociar a familias relacionadas con consumos de drogas o alcohol, pero no es así.

La violencia filio-paternal se da en todos los estratos sociales, en familias con distintas características.

¿Qué es la violencia filio-paternal?

Este tipo de violencia se podría definir como un conjunto de acciones y conductas dirigidas de los hijos e hijas a los padres.

Conductas como agresiones físicas, verbales, no verbales o psicológicas; amenazas, golpes, insultos, ruptura de objetos…

Hablamos del maltrato de hijos o hijas a padres y madres.

De forma constante y reiterada.

Esta puntualización es importante, porque a lo largo de la infancia y la adolescencia se pueden dar situaciones en la que los menores se comportan de esta manera de forma puntual y excepcional.

Lo que no quiere decir que nos encontremos ante un caso de maltrato hacia los progenitores.

Todos en algún momento de nuestra vida nos hemos dejado llevar por un enfado mostrando respuestas agresivas y que han dañado a otro.

Este hecho no implica que nos hayamos convertidos en maltratadores.

Simplemente que nos hemos visto sobrepasados por la situación y no hemos encontrado los recursos adecuados para afrontarla de otra manera.

Cuando este suceso se convierte en constante, en rutina, y las agresiones verbales, físicas o psicológicas son la única forma que tenemos de afrontar los conflictos, los problemas o de conseguir aquello que se desea,  es cuando podemos hablar de violencia.

Posibles causas

Debemos tener en cuenta que estas posibles causas no son condición indispensable para que aparezca la violencia filio-paternal. Simplemente han de tomarse como características que suelen aparecer.

Hasta hace no mucho se culpabilizaba de esta situación a los padres, a aquellos que son las víctimas.

Afortunadamente ahora se ha ampliado la visión y se ha observado que hay múltiples factores que pueden influir.

Es importante tener en cuenta los factores familiares, puesto que es el principal entorno en el que se relacionan los menores, pero también pueden influir otros factores sociales

Causas familiares

Podemos encontrarnos con familias que, por determinados factores (trabajo, sobrecarga, dificultades personales y emocionales) han realizado unas funciones familiares deficitarias llegando incluso al abandono.

También nos podemos encontrar con situaciones en las que la sobreprotección del menor y una sobre exigencia hacia el o ella se dan de forma paralela.

Hábitos familiares donde la escasez de tiempo, la autoridad desdibujada y la permisividad están presentes en el día a día.

Causas sociales

Nos encontramos en un momento social donde el sentimiento de culpa está desprestigiado y se alienta el consumismo, la gratificación inmediata y el hedonismo.

Características que son un caldo de cultivo para que proliferen conductas en las que lo que más nos interesa es nuestro bienestar, le pese a quien le pese.

Esto a su vez provoca una falta de empatía constante en todas nuestras relaciones.

Características de los menores

Los niños y niñas que ejercen violencia hacia sus padres, suelen tener una serie de características en común.

Como hemos dicho antes, no quiere decir que estas características sean condición indispensable y que si aparecen, sí o sí, el menor terminará teniendo estas conductas agresivas.

  • Son niños o niñas que desde pequeños suelen insultar y mostrar conductas de desafío hacia adultos o figuras de autoridad.
  • Ejercen el control con sus exigencias y no suelen atender a normas ni a límites.
  • Pueden mostrar una elevada insensibilidad y ausencia de consciencia de lo que está bien o está mal.
  • No muestran sentimientos de vinculación moral o emocional hacia sus padres, familiares o amigos.
  • Les cuesta responder de forma positiva a las pautas educativas.
  • No suelen aprender de los errores, ya que les cuesta asumir su parte de responsabilidad en ellos.
  • Buscan su propio beneficio sin atender a las necesidades o peticiones de los demás.
  • Presentan bajos niveles de empatía y dificultades para desarrollar sentimientos de culpa.

¿Qué podemos hacer para prevenir?

Debemos ser conscientes que la mejor forma de prevenir cualquier tipo de conducta que pueda ser contraproducente es a través del ejemplo.

Revisar nuestros propios comportamientos y actitudes nos puede ayudar mucho a la hora de transmitir a los niños y niñas como queremos que se comporten.

  • Actuar de forma no violenta, ni verbal ni físicamente y mostrar nuestra inconformidad ante la presencia de actos violentos.
  • Trabajar en una educación emocional individual y familiar. Una buena manera es a través de compartir lo que estamos sintiendo, expresando nuestras emociones.
  • Ofrecer una educación en valores, moral y ética.
  • Facilitar a nuestros hijos e hijas herramientas y recursos de autocontrol, capacidad de esfuerzo, tolerancia a la frustración y resolución de conflictos.

Desde una comunicación clara, estable y sincera podemos prevenir que en un futuro nuestros hijos e hijas tengan comportamientos agresivos hacia nosotros, hacia otros o hacia ellos mismos.

Descubrir que estamos en una situación en la que sentimos que el control se nos está escapando de las manoses duro y doloroso.

Lo más sano para todas las partes implicadas y afectadas es pedir ayuda a aquellos que nos rodean o a un profesional.

Todos tenemos aspectos en los que podemos crecer y mejorar y con ayuda siempre es más fácil.

Si este es tu caso, no dudes en acudir a Quiero Psicología. Podemos ayudarte y proveerte de las herramientas necesarias para gestionar esta situación. Si realmente es insostenibles, podemos aconsejarte sobre recursos a los que puedes acudir.

eutanasia, muerte digna

El derecho a morir dignamente.

El 24 de marzo se legalizó la eutanasia activa en España, una ley que entrará en vigor a partir del 25 de junio del 2021.

Con esta nueva ley, la eutanasia se convierte en un derecho individual que nos permite decidir sobre cómo queremos morir.

Hasta ahora este hecho se contemplaba solo cuando se activaba el protocolo de “Muerte Digna”.

Hay algunas las diferencias entre estos dos conceptos:

La ortonasia o muerte digna habla del derecho que tiene toda persona, un paciente terminal especialmente, de morir dignamente.

Esto implica que puede elegir no ser sometido a prácticas que invasivas (cirugías, hidratación, alimentación o reanimación por vía artificial) al no garantizar una mejora y por generar más dolor y padecimiento.

La muerte digna permite que el proceso de la muerte fluya de manera natural, sin bloquearlo, detenerlo o retrasarlo.

Es un acto pasivo, se deja morir.

La eutanasia es un proceso activo, en el que una tercera persona hace algo que pone fin a la vida de la persona que está sufriendo por la enfermedad que padece.

Una opción es que un profesional sanitario administre al paciente alguna sustancia.

La otra es que un profesional sanitario prescriba esa sustancia y que sea el propio paciente quien se la auto administre.

En ambos casos, la muerte se produce de manera directa e intencionada.

Es necesaria una petición informada, expresada y mantenida en el tiempo por esa persona.

Se lleva a cabo en un contexto de sufrimiento debido a una enfermedad o padecimiento incurable que la persona experimenta como incapacitante y que no ha podido ser mitigado por otros medios.

Lo que se pretende es que quien está padeciendo deje de sufrir y que se desencadene la muerte de la forma más rápida y menos dolorosa posible.

Defensores y detractores

La eutanasia genera mucha polémica.

Quienes la defienden, la consideran como el derecho de todo ser humano a morir dignamente.

Defienden el derecho de los enfermos y las enfermas que no van a curarse, a evitar el sufrimiento.

El derecho de cualquiera que no quiere seguir viviendo sin un mínimo de calidad de vida.

Las voces que están en contra, consideran la eutanasia un crimen.

Un atentado hacia una persona que seguiría viviendo si no fuese por la intervención activa de una tercera persona.

Si lo vemos desde los ojos y la experiencia de una persona enferma y que sufre sin esperanzas de mejora, quizás tengamos una perspectiva más realista.

Decisión vital

Mucha gente tiene muy claro que no quieren vivir sin un mínimo de calidad.

Sobre todo en lo que afecta a la salud y a la capacidad de relacionarse y/o interactuar con el mundo.

Otras personas no se plantean este hecho hasta que no se encuentran en una situación de enfermedad crónica.

O hasta que alguien muy cercano se plantea la posibilidad de la eutanasia.

Hasta que no vemos que nuestra vida se convierte en una tortura, es muy probable que ni siquiera nos planteemos hacer nada al respecto.

Cuando alguien toma una decisión de este tipo, suele ser porque el sufrimiento es tan grande que no puede seguir viviendo como lo hacía antes.

No tiene porqué tratarse de un impedimento físico constante, puede ser un dolor aleatorio que te deje fuera de juego, la pérdida del control de tu cuerpo, la dependencia al 100% de otras personas.

Las motivaciones, deseos o inquietudes se ven limitadas por la enfermedad.

Son situaciones en las que el objetivo de la vida desaparece.

Vivir no es un incentivo.

Seguir vivo se convierte en un castigo para uno mismo y para otros.

Puede suceder que las funciones vitales sigan activas.

Lo más probable es que se vean limitadas o se desarrollen gracias a medios artificiales que la persona enferma entiende como un alargamiento de la vida con sufrimiento y padecimiento.

Tomar una decisión de este calibre implica muchos momentos de reflexión.

Sopesar sus consecuencias: el abandono de la vida, el sentimiento de fallar a tus seres queridos para los que eres importante.

Acompañar en el proceso

Si es alguien cercano quien ha tomado esta decisión, nuestro papel, el más importante es acompañar en el proceso.

A pesar de ser una decisión voluntaria, intencionada, pedida, informada, etc. no deja de ser un momento doloroso y difícil en el que pueden aparecer dudas, miedos e inseguridades.

Acompañamos en este proceso para que el final de la vida de esa persona querida sea lo más pleno posible.

Sintiendo que la decisión que ha tomado está bien.

Sin juzgar.

Mostrando afecto, cariño, amor.

Es un proceso en el que debemos acompañar de la manera que la persona enferma desee, tan bien como seamos capaces.

Es evidente que en este acompañamiento podemos experimentar miles de emociones contradictorias.

Miedos que no sepamos cómo llevar.

Dudas que no sepamos resolver.

No deja de ser una situación nueva y bastante única.

Vivir este proceso solos puede ser duro.

Quizás nos resulte abrumador.

Incluso podemos sentir que nos sobrepasa, que no podemos responder a las demandas de nuestro ser querido como desea o necesita.

En esos momentos es importante recordar que no estamos solos.

Seguro que podemos contar con el apoyo de otros familiares o amigos.

Si te encuentras en una situación como esta y sientes que te desbordas, puedes acudir a un profesional de la psicología que pueda ayudarte a entender lo que estás sintiendo.

Gestionar tus emociones, entenderlas y darles el espacio que merecen es fundamental.

En Quiero Psicología te escuchamos y te damos herramientas que te ayuden a entender lo que estás sintiendo.

Estamos solo a una llamada.

cuidado de mayores

Nuestros mayores y la pandemia.

Tras más de un año de pandemia, seguimos envueltos en una dinámica que nos obliga a estar alerta a muchos niveles.

Aparecen nuevos términos asociados al Covid, como la “fatiga pandémica”.

Es esa sensación de agotamiento que estamos viviendo tras mucho tiempo sosteniendo la incertidumbre, la alerta y todo lo que envuelve a la pandemia.

A cada uno le afecta de una forma u otra. Cada experiencia es única y personal.

Hoy queremos hablar de una población que ha sufrido especialmente esta experiencia.

Una población que sigue siendo la más vulnerable, la que más precauciones sigue necesitando tomar.

Hablamos de las personas mayores.

Nuestros mayores están padeciendo de forma directa y mucho más grave que otros grupos de población todo lo referente a la pandemia.

La reducción del contacto social y físico ha sido una de las primeras restricciones que se aplicaron y que se han mantenido firmes.

Las visitas a nuestros abuelos y abuelas en las residencias, prohibidas.

Ir a casa de la tía los domingos, prohibido.

Pasar la tarde con tu madre, prohibido.

El alimento que son los abrazos, los besos, la interacción social, prohibido.

Esta situación ha generado un aislamiento que nuestros mayores pueden intentar cubrir a través de videollamadas.

¿Te has parado a pensar lo importante que puede ser para ellos recibir una llamada, aunque sea breve?

La pandemia también se llevó por delante los Centros de día, los polideportivos, las clases y los talleres que nuestros mayores solían disfrutar y aprovechar.

Si eres joven, tendrás muchas opciones para entretenerte.

La universidad, clases, trabajo, gimnasio, bares, etc.

Las personas mayores podían estructurar su rutina incluyendo clases de informática o talleres de pintura.

¿Qué ha pasado cuando todo estaba cerrado?

¿Qué han hecho nuestros familiares con todo ese tiempo para llenar?

La falta de actividades ha fomentado el sedentarismo y el aburrimiento.

Muchos de nuestros familiares han comenzado a experimentar ansiedad y una profunda tristeza. La monotonía del día a día puede ser peligrosa si no les ayudamos a sobrellevarla.

El autocuidado personal como el uso de la mascarilla, gel desinfectante o mantener las distancias, supone estar pendiente todo el tiempo para no cometer errores que te pongan en peligro ni pongan en peligro a los demás.

Esto genera mucha inseguridad y puede llegar a suponer un peso agotador para cualquiera.

Prestar atención a que los demás también se cuiden y que si se acercan a ti lo hagan con garantía de que lo hacen genera mucha tensión y miedo.

Saltan un montón de preguntas que no tenemos tiempo ni de formular.

¿Habrá estado con muchas personas antes de venir a verme?

¿Se habrá lavado las manos al entrar a casa?

¿Por qué no se coloca bien la mascarilla?

A toda esta tensión diaria, podemos sumar la que les vamos poniendo nosotros cuando les llamamos o hablamos con nuestros mayores: “ten cuidado como pilles el virus puede ser muy peligroso” “deberías no salir a la calle ni recibir visitas” “las personas mayores tienen menos probabilidades de sobrevivir”, etc.

Ahora, imagina estar escuchando todo el rato este tipo de frases.

Encender la televisión y ver la cantidad de noticias que te recuerdan la peligrosidad y letalidad del virus a partir de cierta edad.

Todo esto genera en las personas mayores miedo.

Un miedo que se traduce en elevados niveles de ansiedad que suele venir acompañada de una sensación de aburrimiento y que mantiene y aumenta la cantidad de pensamientos rumiativos negativos.

Todas estas sensaciones y pensamientos generan malestar, sensación de desamparo, soledad e inutilidad.

La aparición y la suma de todo esto incentiva e incrementa cualquier sintomatología preexistente, no sólo física sino también psicológica.

¿Cómo puedes ayudarles?

Lo primero es ser conscientes de la situación que viven, ponernos en su piel y no ignorar su malestar.

Hacernos cargo como sociedad y como familiares.

Hablar con ellos por teléfono o video llamada, especialmente en momentos concretos del día como la tarde o la noche.

Preguntarles cuándo se sienten peor para acompañarles, aunque sea a través de las pantallas.

Según el caso, facilitarles el uso de alguna plataforma con la que contactar no sólo por voz sino por imagen puede hacerles sentir aún más cerca a las personas.

Darles mensajes de esperanza, de responsabilidad, pero también de certeza.

Ya se está vacunando a muchos de nuestros mayores y la situación y la tensión a la que se han visto sometidos, se irá relajando poco a poco.

En cualquier caso, podemos y debemos darles seguridad.

La vacuna no va a reparar su mundo emocional que ha quedado tocado. Necesitan recuperar su vida “normal” y debemos estar ahí para apoyarles en el intento.

Crear temas de conversación que no giren en torno a la pandemia y lo desastroso o difícil que está siendo todo.

Ellos y ellas ya lo saben y no es necesario desahogarnos con ellos y hacer que se preocupen más aún.

Tampoco es necesario mentir, pero debemos tener en cuenta que su cuidado y su salud mental son prioritarios.

Cuidarlos implica saber que, en este momento, no son nuestro paño de lágrimas ya que puede generarles aún más impotencia y malestar.

Es importante facilitarles actividades que puedan hacer a nivel individual.

Sopas de letras, puzzles, películas o series si tienen la opción, música o radio, libros, manualidades, etc. para que puedan pasar el tiempo.

Planificarles tareas para hacer deporte que puedan hacer sin dañarse.

Ejercicios sencillos y simples pero que les hagan mantenerse activos.

Técnicas de relajación y meditación a través de audio o vídeo o incluso vía teléfono para guiar paso a paso y hacerlo en compañía.

Acompañarles en la medida de lo posible y compartir el proceso, mostrando interés por lo que están haciendo.

Hacer visitas con todas las precauciones a menudo, para que, aunque sea breve, sientan el calor humano.

En el mejor de los casos, poder hacer turnos para convivir durante unos días o el fin de semana teniendo en cuenta las medidas de protección necesarias.

Utilizar elementos de higiene diferenciados e incluso mantener la mascarilla a pesar de estar juntos solo unas horas.

Hay que tener en cuenta también que puede que muchos familiares, amigos o vecinos hayan sufrido la peor de las consecuencias del Covid-19 como puede ser secuelas graves o incluso la muerte.

Perder a gente a su alrededor o contemplar la posibilidad de ser uno de ellos, genera mucho miedo y tristeza.

Es importante ayudarles a elaborar el duelo y acompañar en este proceso.

En los casos que sea necesario, aportar ayuda psicológica puede ser una opción acertada.

Si ha habido ingresos y han tenido que pasar ese período en soledad, aislados en un hospital, esta situación puede dejar secuelas que también hay que atender y escuchar.

Puede que estén algo más irritables en ocasiones, testarudos y testarudas, que se quejen constantemente, etc., como todos.

Se trata de comprender las pocas opciones que tienen y las limitaciones sociales y de salud que la pandemia y toda esta situación les ha creado.

Lo que hemos hablado de cómo les afecta todo esto.

Necesitan sentir que validamos sus emociones y no reñirles.

Escuchar y permitir la ventilación mental más que el rechazo será un soplo de aire fresco para ellos y ellas.

Si se te ocurren otras formas, serán bienvenidas y la propia persona mayor te lo agradecerá. Validar su etapa vital y darles cuidado propiciará que esta pandemia pase con más estabilidad y bienestar.

No seamos egoístas y cuidemos a las personas que tanto nos ha dado y que aún tiene mucho que ofrecer.

Si eres una persona mayor que necesita desahogo, te escuchamos.

También te podemos ayudar si cuidas de alguno de tus mayores y no sabes gestionar alguna cosa.

En Quiero Psicología ofrecemos terapia individual tengas la edad que tengas y con las precauciones necesarias para estar en un espacio seguro.

normas covid y niños

Niños, niñas y normas.

Somos seres sociales. Vivimos en comunidad, en “tribu”.

Conocer las normas de convivencia y las reglas sociales facilita que esa convivencia sea respetuosa, productiva y fluida.

Nuestro primer entorno relacional es la familia.

Es donde se asientan las bases y los valores que nos permiten relacionarnos de una u otra forma en los distintos grupos sociales con los que convivimos diariamente.

Damos a nuestros hijos e hijas cariño, cuidado, protección, etc.

Cubrimos sus necesidades básicas y les ofrecemos la información necesaria para que puedan comprender y entender la importancia de cumplir una serie de normas que les permitirán vivir en sociedad.

Esta información la transmitimos casi sin darnos cuenta.

Vivimos en la sociedad y tenemos años de experiencia relacional que nos permiten actuar casi de forma automática.

Nos paramos en los semáforos en rojo, cruzamos la calle por los pasos de cebra, saludamos al entrar en los establecimientos y nos despedimos al salir, caminamos respetando el tránsito de los demás, etc.

Son actos inconscientes, automáticos.

Con nuestro ejemplo, se los transmitimos a nuestros hijos e hijas.

Son acciones que hemos asumido como parte de nuestra vida. Sabemos que nos aportan seguridad y tranquilidad.

Nos facilitan la convivencia y conseguir un entorno predecible.

Generan una sensación de control sobre lo que sucede a nuestro alrededor.

¿Qué ocurre cuando hay que introducir normas nuevas?

La pandemia y todas sus consecuencias ha sido y es una situación que no controlamos.

No tenemos toda la información, vivimos en la incertidumbre aunque nos hayamos acostumbrado poco a poco a ella.

Los comportamientos habituales han cambiado y hemos tenido que introducir algunos nuevos que nos hacen sentir incómodos.

Buscamos información, intentando entender y aceptar las nuevas normas.

Las hemos ido incorporando desde hace un año, pensando en nuestra seguridad y en la de los demás.

Comprendemos la necesidad de estas nuevas normas y las cumplimos.

Obviamente, estas normas no sólo son para los adultos, también han de cumplirlas los niños y niñas.

¿Cómo transmitirles estas normas a los niños y niñas?

Hay niños para los que la incorporación de estas medidas ha sido fácil y las han interiorizado como parte de su día a día sin problemas.

Siguen el ejemplo de los adultos de su entorno y la necesidad de pertenencia que todos tenemos les ha facilitado que esa incorporación sea fácil.

Pero una de las características de la infancia es la curiosidad.

Hay niños y niñas que cuando no comprenden al 100% una norma, la cuestionan y se niegan a cumplirla.

Puede parecer que están buscando desafiar a la autoridad.

En una situación así, nos enfrentamos al reto de transmitir a ese niño la importancia de cumplir estas normas.

Hacerle entender que es por su bien y por el de los demás, sin que sienta que le estamos obligando.

Hacer que no lo sientan como una obligación es en donde debemos centrarnos para que pueda interiorizar estas normas de manera fluida.

Preguntas afirmativas.

Sucede que, cuando le decimos a un niño “no toques eso” su respuesta automática es ir a tocarlo.

También nos pasa a los adultos: todos hemos tenido que controlar el impulso de tocar una pared recién pintada con el cartel “no tocar, pintura fresca”.

Queremos comprobar si es así, o si ya se ha secado.

El cartel nos dice que si tocamos, va a pasar algo que puede ser perjudicial para nosotros.

También consigue centrar nuestra atención en tocar la pared.

Como adultos somos capaces de reprimir el impulso y no cuestionar el motivo; aceptamos que nos lo están diciendo por nuestro bien.

La curiosidad infantil, la necesidad de autoafirmarse y de mostrar control sobre si mismos, provoca en los niños el efecto contrario.

Para evitarlo, la mejor estrategia es transmitirles la información desde preguntas afirmativas.

Un ejemplo:

Si quieres que los niños hablen con un tono de voz adecuado y respetuoso, puedes decirles “no grites” con lo que probablemente gritarán más o “¿qué te parece si hablamos bajito?”.

Cuando les hablas en el tono de voz que quieres que usen, consigues que su atención se centre en el mensaje (habla más bajito).

Al hacerlo preguntando, tienen la sensación de estar tomando ellos la decisión de hablar bajito.

Explicaciones acordes a su edad.

Es importante darles información a los niños y niñas para que las normas no sean un “porque yo lo digo”.

No es necesario que les transmitamos datos que no van a entender y que no les interesan.

Lo fundamental es que les expliquemos el motivo por el que ahora hay que hacer determinadas cosas de otra forma.

Tenemos que hablarles de forma calmada, sin alarma y de acuerdo con su edad y su nivel de comprensión.

Darles información clara y concisa.

Así les transmitiremos tranquilidad y seguridad.

Cuando les damos información vaga o con muchos elementos fantásticos e irreales, provocamos que su imaginación genere imágenes y situaciones que les puedan provocar incertidumbre o inseguridades.

Con estas pequeñas pautas y con mucha paciencia por nuestra parte, podremos hacerles más fácil entender y aceptar las nuevas normas o medidas.

Para ellos, conocer y entender los porqués de lo que hacen les aporta sensación de control y de formar parte de la toma de decisiones.

Sentirán que han participado en la creación de las normas.

Puede incluso que aporten ideas nuevas o mejoras.

La crianza es un trabajo del que nunca descansamos.

Vamos aprendiendo según nos enfrentamos a las situaciones que se nos presentan.

A veces no sabemos cómo o no tenemos herramientas para ello.

Desde Quiero Psicología queremos que sepas que nos estás solo ni sola y que si así lo necesitas, podemos acompañarte en tu andadura como madre o padre.

salir del armario

¿Por qué no salgo del armario?

En una sociedad donde impera “la presunción de heterosexualidad”, o lo que es lo mismo, esperar que si eres chico te van a gustar las chicas y si eres chica te van a gustar los chicos, puede generarte un conflicto el asumir que a ti te puede atraer alguien de tu mismo género.

Muchas personas viven en el armario durante tiempo indefinido, preocupadas por el qué dirán.

Viviendo una mentira, de cara a la galería, encajando en lo que se espera de ellos.

La vida dentro del armario es una tortura.

¿Cómo descubrirme a mi mismo/a?

Redescubrirte es aproximarse a ti mismo, a ti misma.

Es estar más cerca de conectar con tus necesidades reales.

Metafóricamente imagina que eres una cebolla.

Cada vez que te redescubres, te quitas una capa y otra capa, hasta llegar a lo que te mueve y te impulsa de verdad.

Estas capas son tan opacas y tan pesadas que solapan tus deseos.

Las capas son tan impuestas, que no te permiten someterlas a juicio y desarrollar un pensamiento crítico.

Las capas vienen de aquellos que más te quieren por lo que las asumes como parte de ti.

Pueden ser comentarios de tu familia como: “María, ¿ya tienes novio?”, “con lo guapo que eres, seguro que tienes a todas las chicas detrás”, “¿cómo que lo has dejado con Carlos, Irene? Hacíais una pareja estupenda”.

También pueden ser mitos familiares y culturales: “el ideal de vida de una mujer es casarse con un hombre y tener hijos”, “un hombre tiene que ser protector y encargarse económicamente de su familia”.

Precisamente porque son impuestas, no tienes la obligación de identificarte con ellas ni de cumplirlas punto por punto.

¿Cómo averiguar qué necesitas?

Detectar, cuestionar y romper con todo esto que llevas asumiendo consciente o inconscientemente durante toda tu vida no es tarea fácil.

La primera batalla consiste en aceptar lo que está pasando.

¿Sueles cuestionarte lo que piensas, lo que sientes o lo que haces?

¿Te planteas si realmente te gusta o lo que sucede es que estás confundido/a?

¿Sientes que una amiga te atrae, pero no te lo reconoces y dudas de ti?

¿Cuando piensas que te puedes gustar alguien de tu mismo género, te avergüenzas?

El primer paso es aceptar lo que estás sintiendo y lo que está pasando.

Para poder hacerlo, es muy importante que detectes cuáles son tus capas y qué es lo que está detrás de eso realmente, teniendo en cuenta que tienes derecho a sentir lo que sientes.

Sea lo que sea.

Una vez que has aceptado como parte de ti esos sentimientos y te identificas con ellos, viene la segunda batalla:

Reafirmarte en lo que eres de cara a los demás.

¿Siendo mujer, te gustaría contarle a tu familia que tienes una relación con una chica?

¿Siendo hombre, te da miedo que tus amigos te rechacen porque ahora estés con un chico?

¿Qué puedes hacer?

1. Tienes derecho a sentir lo que sientes y a ser cómo eres.

Tú eres el único, la única que puede ocuparse de ti, de escuchar y atender tus necesidades, y tienes derecho a hacerlo.

Eres la única persona responsable de tu vida, y es contigo con quien vas a pasar el resto del tiempo.

Es contigo con quien tienes que sentirte cómodo o cómoda.

Como decía Mecano: “lo que opinen los demás está de más”.

2. Es importante que sepas que la respuesta de los demás está fuera de tu control.

A veces esa respuesta puede no ser la más apropiada porque los demás tienen prejuicios, inseguridades e ideas irracionales.

Aunque esa respuesta te pueda hacer daño, tienes que tener claro que forma parte de los demás, no es algo que tú puedas cambiar. 

3. Si alguien decide no acompañarte durante este proceso de tu vida o te rechaza, quizá no sea una persona que merezca la pena tener al lado.

Cuando tomamos decisiones drásticas sobre la forma en que vivimos o sobre lo que hacemos, esto puede suponer un gran descubrimiento.

Un descubrimiento para ti mismo/a cuando haces las cosas que realmente quieres hacer, las que te representan y con las que te identificas.

También un descubrimiento en relación con tu entorno: habrá gente que se alegre por ti y contigo.

Habrá otros que no entiendan lo que está sucediendo pero lo acepten.

Otros ni lo entenderán ni lo aceptarán.

Cualquiera de las opciones es válida para quien elige tomarla.

Es aquello de “quien me quiere, que me siga”.

Lo importante es que tu proceso es tuyo y de nadie más.

No puedes vivir tu vida dependiendo de lo que los demás opinen, de lo cómodos que se sientan.

Tu vida es tuya y sólo tienes una.

De lo que se trata es de estar cómodo con quién eres y con lo que haces.

Desde Quiero Psicología entendemos que el proceso de aceptación puede dejar heridos por el camino, ya sea a nosotros mismos o a los de nuestro alrededor.

Si sientes que estás lidiando alguna batalla y necesitas una mano extra, ponte en contacto con nosotras, estaremos encantadas de acompañarte durante este proceso.

sindrome de alienacion parental SAPO

¿Qué es el SAP?

Hace unas semanas, se estrenó en televisión un documental donde Rocío Carrasco contaba los malos tratos que había sufrido durante años a manos de su pareja, el padre de sus dos hijos.

Tras años de silencio, el documental, emitido en prime time, provocó una gran controversia, debates en redes y el posicionamiento de numerosas figuras de todos los ámbitos, incluso de la política.

Al hilo del documental, el término SAP (Síndrome de Alienación Parental) ha saltado a la palestra.

¿Qué significa la alienación parental?

El término SAP fue introducido por primera vez en 1985 por el psiquiatra norteamericano Richard Gardner.

Gardner exponía que los niños podían sufrir este diagnóstico como consecuencia de la manipulación de uno de los progenitores (haciendo hincapié en que en su mayoría eran madres contra el padre) hacia sus hijos para posicionarles en contra del otro progenitor.

Gardner se refería a estas madres como “fanáticas, paranoicas y obsesivas”, describiéndolas como egoístas y manipuladoras.

Consideraba que estas mujeres tenían tal afán de controlar a sus hijos que inventaban características desagradables de sus maridos con el fin de ponerles de su lado en los juicios donde se debatía su custodia.

Gardner aseguraba que incluso en los casos judiciales donde hubiese denuncias por abuso sexual o maltrato hacia los hijos, era el padre quien debía mantener la custodia.

Todo eran invenciones de las madres.

La terapia que Gardner proponía se llamaba “terapia de amenaza”.

Amenazar a las madres con quitarles la custodia de sus hijos e hijas si no retiraban la denuncia contra sus exparejas.

Menuda “terapia”.

¿Existe realmente este síndrome?

Este concepto carece de evidencia científica alguna. El síndrome de alienación parental no existe.

Esta supuesta patología es considerada pseudo-ciencia por la OMS.

No está reconocida por ninguna entidad ni organización de salud mental.

En nuestro país, el Consejo General del Poder Judicial desaconseja explícitamente que se utilice en procesos judiciales.

Recientemente el Gobierno ha querido señalar el SAP como un tipo de violencia institucional, incluyéndolo en una ley contra la violencia en la infancia y destacando que no hay evidencia científica alguna de que exista.

¿Por qué se sigue utilizando?

Si buscamos en internet información acerca del SAP,  encontraremos bufetes de abogados ofreciendo asesoramiento para padres (hombres) que se encuentran en trámites de divorcio.

El SAP aparece en escena cuando los y las menores son víctimas colaterales de la pelea de sus padres y suele haber denuncias previas de violencia machista o abuso hacia los menores.

El SAP no deja de ser un claro reflejo y un síntoma más de la sociedad patriarcal.

Este “síndrome” subordina a  las mujeres, las invalida como madres y las deja a ellas y a sus hijos e hijas menores desamparados ante la ley.

Gardner coloca a las madres en la posición de villanas y a los padres en la de víctimas.

Da por falsos los testimonios de los hijos e hijas, anulando sus derechos.

Lo que sí existe: la violencia vicaria.

Cuando una persona pretende anular a otra mediante el sufrimiento de terceros, en este caso los hijos, no estamos hablando de ninguna patología o síndrome, sino de una forma específica de violencia: la violencia vicaria.

La violencia vicaria consiste en “castigar” o hacer daño a alguien a través del daño a terceros, ya sean personas, objetos o mascotas.

Tiene que ser algo o alguien con quien la persona a la que se quiere perjudicar tenga un vínculo afectivo.

Lamentablemente, todos conocemos algún caso en el que un hombre ha llegado a matar a sus hijos sólo para torturar a su pareja o expareja.

Rocío Carrasco era víctima de este tipo de violencia: “te vas a enterar, tus hijos te van a odiar, te voy a hacer la vida imposible”. Le amenazaba su ex.

Cuando este fenómeno aparece en un contexto de violencia de género, donde el hombre juzgado por malos tratos trata de poner a sus hijos en contra de su madre, no se trata de ninguna patología.

Estos hombres utilizan a sus hijos para conseguir más poder y control.

No estamos hablando de un síndrome sino de una instrumentalización.

¿Cómo afecta este fenómeno a nivel psicológico?

Las mujeres se sienten desamparadas e indefensas ante la ley.

Es habitual que estas madres, impulsadas por el miedo a perder la custodia de los hijos e hijas y por la impotencia ante la situación jurídica, se rindan y decidan no denunciar el maltrato o retirar las denuncias si ya las han puesto con anterioridad.

Estas mujeres no solo han de hacer frente a la violencia directa que ya han recibido por parte de su pareja.

Cuando consiguen romper la relación, si hay hijos en común, se ven envueltas en un enrevesado proceso judicial que puede verse influenciado por este tipo de pseudo-fenómenos.

Son cuestionadas como madres por un supuesto síndrome del que no existe evidencia científica alguna.

Esto puede provocar un proceso de revictimización y un aumento de la sintomatología postraumática.

Incluso si la mujer ya está o ha estado en un proceso terapéutico para salir del pozo de la violencia de género. Todo vuelve.

Las emociones, los sentimientos de inferioridad, el miedo.

Por no hablar del daño psicológico que se genera en los menores.

Solo el 3% de los casos de violencia de género terminan en la retirada de la custodia o el régimen de visitas a los padres condenados por malos tratos.

Estos menores han de vivir una situación realmente traumática.

En muchas ocasiones no tienen herramientas para manejar la situación.

Como consecuencia, pueden sufrir estrés postraumático, depresión, trastornos de ansiedad o baja autoestima.

Estas complicaciones pueden dar pie a problemas en el ámbito escolar y a nivel afectivo que pueden mantenerse hasta la edad adulta.

El SAP fue un síndrome inventado con el fin de tapar y tratar de justificar malos tratos y abusos sexuales a menores de edad, aumentando la brecha social que existe entre hombres y mujeres. Una brecha que provoca nefastas consecuencias a nivel social, jurídico y psicológico.

Desde Quiero Psicología, queremos dar visibilidad a estos fenómenos tan comunes e injustamente silenciados donde no solo las mujeres sufren, sino también los menores, a través de conceptos, como el SAP, que realmente no existen.

Solo poniendo el foco en estos procesos y tomando conciencia de esta problemática podremos denunciar las terribles consecuencias que este tipo de conductas acarrean.

Si crees que has experimentado algún tipo de violencia o te identificas con alguna de las consecuencias psicológicas quete mostramos, en Quiero Psicología podemos ayudarte.