salir del armario

¿Por qué no salgo del armario?

En una sociedad donde impera “la presunción de heterosexualidad”, o lo que es lo mismo, esperar que si eres chico te van a gustar las chicas y si eres chica te van a gustar los chicos, puede generarte un conflicto el asumir que a ti te puede atraer alguien de tu mismo género.

Muchas personas viven en el armario durante tiempo indefinido, preocupadas por el qué dirán.

Viviendo una mentira, de cara a la galería, encajando en lo que se espera de ellos.

La vida dentro del armario es una tortura.

¿Cómo descubrirme a mi mismo/a?

Redescubrirte es aproximarse a ti mismo, a ti misma.

Es estar más cerca de conectar con tus necesidades reales.

Metafóricamente imagina que eres una cebolla.

Cada vez que te redescubres, te quitas una capa y otra capa, hasta llegar a lo que te mueve y te impulsa de verdad.

Estas capas son tan opacas y tan pesadas que solapan tus deseos.

Las capas son tan impuestas, que no te permiten someterlas a juicio y desarrollar un pensamiento crítico.

Las capas vienen de aquellos que más te quieren por lo que las asumes como parte de ti.

Pueden ser comentarios de tu familia como: “María, ¿ya tienes novio?”, “con lo guapo que eres, seguro que tienes a todas las chicas detrás”, “¿cómo que lo has dejado con Carlos, Irene? Hacíais una pareja estupenda”.

También pueden ser mitos familiares y culturales: “el ideal de vida de una mujer es casarse con un hombre y tener hijos”, “un hombre tiene que ser protector y encargarse económicamente de su familia”.

Precisamente porque son impuestas, no tienes la obligación de identificarte con ellas ni de cumplirlas punto por punto.

¿Cómo averiguar qué necesitas?

Detectar, cuestionar y romper con todo esto que llevas asumiendo consciente o inconscientemente durante toda tu vida no es tarea fácil.

La primera batalla consiste en aceptar lo que está pasando.

¿Sueles cuestionarte lo que piensas, lo que sientes o lo que haces?

¿Te planteas si realmente te gusta o lo que sucede es que estás confundido/a?

¿Sientes que una amiga te atrae, pero no te lo reconoces y dudas de ti?

¿Cuando piensas que te puedes gustar alguien de tu mismo género, te avergüenzas?

El primer paso es aceptar lo que estás sintiendo y lo que está pasando.

Para poder hacerlo, es muy importante que detectes cuáles son tus capas y qué es lo que está detrás de eso realmente, teniendo en cuenta que tienes derecho a sentir lo que sientes.

Sea lo que sea.

Una vez que has aceptado como parte de ti esos sentimientos y te identificas con ellos, viene la segunda batalla:

Reafirmarte en lo que eres de cara a los demás.

¿Siendo mujer, te gustaría contarle a tu familia que tienes una relación con una chica?

¿Siendo hombre, te da miedo que tus amigos te rechacen porque ahora estés con un chico?

¿Qué puedes hacer?

1. Tienes derecho a sentir lo que sientes y a ser cómo eres.

Tú eres el único, la única que puede ocuparse de ti, de escuchar y atender tus necesidades, y tienes derecho a hacerlo.

Eres la única persona responsable de tu vida, y es contigo con quien vas a pasar el resto del tiempo.

Es contigo con quien tienes que sentirte cómodo o cómoda.

Como decía Mecano: “lo que opinen los demás está de más”.

2. Es importante que sepas que la respuesta de los demás está fuera de tu control.

A veces esa respuesta puede no ser la más apropiada porque los demás tienen prejuicios, inseguridades e ideas irracionales.

Aunque esa respuesta te pueda hacer daño, tienes que tener claro que forma parte de los demás, no es algo que tú puedas cambiar. 

3. Si alguien decide no acompañarte durante este proceso de tu vida o te rechaza, quizá no sea una persona que merezca la pena tener al lado.

Cuando tomamos decisiones drásticas sobre la forma en que vivimos o sobre lo que hacemos, esto puede suponer un gran descubrimiento.

Un descubrimiento para ti mismo/a cuando haces las cosas que realmente quieres hacer, las que te representan y con las que te identificas.

También un descubrimiento en relación con tu entorno: habrá gente que se alegre por ti y contigo.

Habrá otros que no entiendan lo que está sucediendo pero lo acepten.

Otros ni lo entenderán ni lo aceptarán.

Cualquiera de las opciones es válida para quien elige tomarla.

Es aquello de “quien me quiere, que me siga”.

Lo importante es que tu proceso es tuyo y de nadie más.

No puedes vivir tu vida dependiendo de lo que los demás opinen, de lo cómodos que se sientan.

Tu vida es tuya y sólo tienes una.

De lo que se trata es de estar cómodo con quién eres y con lo que haces.

Desde Quiero Psicología entendemos que el proceso de aceptación puede dejar heridos por el camino, ya sea a nosotros mismos o a los de nuestro alrededor.

Si sientes que estás lidiando alguna batalla y necesitas una mano extra, ponte en contacto con nosotras, estaremos encantadas de acompañarte durante este proceso.

sindrome de alienacion parental SAPO

¿Qué es el SAP?

Hace unas semanas, se estrenó en televisión un documental donde Rocío Carrasco contaba los malos tratos que había sufrido durante años a manos de su pareja, el padre de sus dos hijos.

Tras años de silencio, el documental, emitido en prime time, provocó una gran controversia, debates en redes y el posicionamiento de numerosas figuras de todos los ámbitos, incluso de la política.

Al hilo del documental, el término SAP (Síndrome de Alienación Parental) ha saltado a la palestra.

¿Qué significa la alienación parental?

El término SAP fue introducido por primera vez en 1985 por el psiquiatra norteamericano Richard Gardner.

Gardner exponía que los niños podían sufrir este diagnóstico como consecuencia de la manipulación de uno de los progenitores (haciendo hincapié en que en su mayoría eran madres contra el padre) hacia sus hijos para posicionarles en contra del otro progenitor.

Gardner se refería a estas madres como “fanáticas, paranoicas y obsesivas”, describiéndolas como egoístas y manipuladoras.

Consideraba que estas mujeres tenían tal afán de controlar a sus hijos que inventaban características desagradables de sus maridos con el fin de ponerles de su lado en los juicios donde se debatía su custodia.

Gardner aseguraba que incluso en los casos judiciales donde hubiese denuncias por abuso sexual o maltrato hacia los hijos, era el padre quien debía mantener la custodia.

Todo eran invenciones de las madres.

La terapia que Gardner proponía se llamaba “terapia de amenaza”.

Amenazar a las madres con quitarles la custodia de sus hijos e hijas si no retiraban la denuncia contra sus exparejas.

Menuda “terapia”.

¿Existe realmente este síndrome?

Este concepto carece de evidencia científica alguna. El síndrome de alienación parental no existe.

Esta supuesta patología es considerada pseudo-ciencia por la OMS.

No está reconocida por ninguna entidad ni organización de salud mental.

En nuestro país, el Consejo General del Poder Judicial desaconseja explícitamente que se utilice en procesos judiciales.

Recientemente el Gobierno ha querido señalar el SAP como un tipo de violencia institucional, incluyéndolo en una ley contra la violencia en la infancia y destacando que no hay evidencia científica alguna de que exista.

¿Por qué se sigue utilizando?

Si buscamos en internet información acerca del SAP,  encontraremos bufetes de abogados ofreciendo asesoramiento para padres (hombres) que se encuentran en trámites de divorcio.

El SAP aparece en escena cuando los y las menores son víctimas colaterales de la pelea de sus padres y suele haber denuncias previas de violencia machista o abuso hacia los menores.

El SAP no deja de ser un claro reflejo y un síntoma más de la sociedad patriarcal.

Este “síndrome” subordina a  las mujeres, las invalida como madres y las deja a ellas y a sus hijos e hijas menores desamparados ante la ley.

Gardner coloca a las madres en la posición de villanas y a los padres en la de víctimas.

Da por falsos los testimonios de los hijos e hijas, anulando sus derechos.

Lo que sí existe: la violencia vicaria.

Cuando una persona pretende anular a otra mediante el sufrimiento de terceros, en este caso los hijos, no estamos hablando de ninguna patología o síndrome, sino de una forma específica de violencia: la violencia vicaria.

La violencia vicaria consiste en “castigar” o hacer daño a alguien a través del daño a terceros, ya sean personas, objetos o mascotas.

Tiene que ser algo o alguien con quien la persona a la que se quiere perjudicar tenga un vínculo afectivo.

Lamentablemente, todos conocemos algún caso en el que un hombre ha llegado a matar a sus hijos sólo para torturar a su pareja o expareja.

Rocío Carrasco era víctima de este tipo de violencia: “te vas a enterar, tus hijos te van a odiar, te voy a hacer la vida imposible”. Le amenazaba su ex.

Cuando este fenómeno aparece en un contexto de violencia de género, donde el hombre juzgado por malos tratos trata de poner a sus hijos en contra de su madre, no se trata de ninguna patología.

Estos hombres utilizan a sus hijos para conseguir más poder y control.

No estamos hablando de un síndrome sino de una instrumentalización.

¿Cómo afecta este fenómeno a nivel psicológico?

Las mujeres se sienten desamparadas e indefensas ante la ley.

Es habitual que estas madres, impulsadas por el miedo a perder la custodia de los hijos e hijas y por la impotencia ante la situación jurídica, se rindan y decidan no denunciar el maltrato o retirar las denuncias si ya las han puesto con anterioridad.

Estas mujeres no solo han de hacer frente a la violencia directa que ya han recibido por parte de su pareja.

Cuando consiguen romper la relación, si hay hijos en común, se ven envueltas en un enrevesado proceso judicial que puede verse influenciado por este tipo de pseudo-fenómenos.

Son cuestionadas como madres por un supuesto síndrome del que no existe evidencia científica alguna.

Esto puede provocar un proceso de revictimización y un aumento de la sintomatología postraumática.

Incluso si la mujer ya está o ha estado en un proceso terapéutico para salir del pozo de la violencia de género. Todo vuelve.

Las emociones, los sentimientos de inferioridad, el miedo.

Por no hablar del daño psicológico que se genera en los menores.

Solo el 3% de los casos de violencia de género terminan en la retirada de la custodia o el régimen de visitas a los padres condenados por malos tratos.

Estos menores han de vivir una situación realmente traumática.

En muchas ocasiones no tienen herramientas para manejar la situación.

Como consecuencia, pueden sufrir estrés postraumático, depresión, trastornos de ansiedad o baja autoestima.

Estas complicaciones pueden dar pie a problemas en el ámbito escolar y a nivel afectivo que pueden mantenerse hasta la edad adulta.

El SAP fue un síndrome inventado con el fin de tapar y tratar de justificar malos tratos y abusos sexuales a menores de edad, aumentando la brecha social que existe entre hombres y mujeres. Una brecha que provoca nefastas consecuencias a nivel social, jurídico y psicológico.

Desde Quiero Psicología, queremos dar visibilidad a estos fenómenos tan comunes e injustamente silenciados donde no solo las mujeres sufren, sino también los menores, a través de conceptos, como el SAP, que realmente no existen.

Solo poniendo el foco en estos procesos y tomando conciencia de esta problemática podremos denunciar las terribles consecuencias que este tipo de conductas acarrean.

Si crees que has experimentado algún tipo de violencia o te identificas con alguna de las consecuencias psicológicas quete mostramos, en Quiero Psicología podemos ayudarte.

teletrabajo pandemia

Teletrabajo = ¿felicidad?

En este último año pandémico, la idea de ir al trabajo ha cambiado para muchas personas.

“Ir al trabajo” se ha transformado en menos tiempo de traslados, comer a diario en casa o pasar más tiempos con tus hijos e hijas.

Ahora sólo tienes que ir de la cama a la silla del ordenador que está a escasos 30 segundos del sofá y a 45 de la cocina.

No tienes que pensar en como vestirte, si no hay videoconferencia puedes estar en chándal o incluso en pijama. Si toca verse a través de la pantalla, sólo necesitas estar en “modo calle” de cintura para arriba.

Nos hemos convertido en bustos parlantes.

Con la panacea del teletrabajo, te evitas el tener que relacionarte socialmente con los compañeros más pesados o con los que no conectas o no te caen bien.

Muchas de las interacciones se limitan a correos con indicaciones sobre las tareas a realizar, consultas y compartir información.

Whatsapp, Telegram y sus emojis hacen que las conversaciones más complicadas se dulcifiquen, con una carita amarilla se “suaviza” cualquier orden.

También puede suceder lo contrario: la comunicación vía emoji puede llegar a ser confusa e inducir a errores o malos entendidos.

Eliges el café o el té rico de casa, sin tener que aventurarte con los del bar o la máquina, en cualquier momento del día.

Se acabó el comer de tupper, un sándwich o el menú del día del bar de al lado de la oficina: ahora comes en tu mesa, comida recién hecha, con tus platos y cubiertos, compartiendo con tu pareja, tus compañeros de piso, etc.

Durante tu jornada laboral puedes hacer tres informes, dos videoconferencias, poner una lavadora, recibir al cartero y el pedido de la compra.

Volver a la silla del ordenador y gestionar asuntos laborales a través del correo electrónico, mantener una conversación telefónica con tu jefe mientras pelas las patatas para la comida o limpias el polvo.

Gracias al teletrabajo, has ganado el tiempo del transporte y lo aprovechas para participar en clases de ejercicio online o aprender un idioma.

Parece que todo son ventajas: aumento de productividad, comodidad, ahorro de tiempo y dinero en transporte, más horas de descanso, etc.

Bastante utópico ¿verdad?

Al principio todo parecen beneficios, pero el teletrabajo tiene trampas ocultas en las que puedes caer sin darte cuenta.

Estas “trampas” pueden provocar un elevado nivel de estrés, la aparición de sentimientos de poca productividad o incluso de disminución de competencias en asuntos en los que antes te sentías apto.

Es la cara B del teletrabajo, no todo va a ser palmadas y unicornios de colores.

Es importante tener en cuenta una serie de pautas para optimizar tu tiempo de teletrabajo y, sobre todo, para que no te devore.

Preparación para teletrabajar.

Cuando se pensaba en las dificultades para instaurar el teletrabajo en España, los expertos se centraban en temas logísticos, protección de datos, recursos informáticos, etc.

El interés se centraba en cómo controlar de manera telemática las cuestiones del día a día que se solucionaban durante la comida o con una pequeña visita al puesto de nuestro compañero.

Se ha visto que estamos sobradamente preparados para solucionar todas estas cuestiones, y se ha hecho de manera positiva gracias a las plataformas de videoconferencias, aplicaciones de mensajería instantánea y una fuerte inversión en herramientas informáticas.

Todas estas cuestiones han hecho que las empresas tengan que adaptarse a los nuevos requisitos empresariales y de derecho laboral y hayan puesto en marcha sistemas para que se haga un uso adecuado de las nuevas tecnologías (registros de horarios, GPS…), para que haya una distribución adecuada de la jornada de cada trabajador.

Han de garantizarse los descansos de aquellos trabajadores que teletrabajan, teniendo en cuenta que no hay mayor disponibilidad horaria por estar “desde casa” y que todos tenemos derecho a la desconexión digital.

El empresario a hacerse cargo de estas cuestiones y preservar los derechos de sus trabajadores.

Hasta aquí, todo bien.

Logística ok.

Ordenadores ok.

Flujo de trabajo ok.

Productividad ok.

Empleados y empleadas ¿ok?

Luces y sombras del teletrabajo.

Suele suceder que seamos nosotros mismos os que vulneramos nuestros derechos.

Lo hacemos cuando ignoramos nuestros descansos y las desconexiones, al realizar gestiones del tiempo en las que dejamos de lado nuestras propias necesidades.

Nos centramos en priorizar la productividad y la optimización del tiempo de trabajo por encima de cualquier otra cosa, incluido nuestro bienestar personal.

Ya que estamos en casa, no nos importa alargar un poco la jornada laboral. Pensamos “es tiempo que antes estaba en el transporte, mejor lo invierto en una hora más de trabajo”.

El ordenador se queda encendido y claro, si salta un mail, ¿cómo no vamos a mirarlo?

El problema es que no sólo lo miramos, lo gestionamos y lo contestamos.

Aprovechamos los descansos para hacer labores domésticas. Sí, desconectamos de nuestra tarea laboral, pero el descanso pierde sentido porque seguimos activados.

Queremos exprimir el tiempo y aparece la multitarea.

Esto hace que nuestros niveles de atención disminuyan: no estamos al 100% en nada de lo que hacemos y aparecen los errores.

Evitamos contactos sociales que no nos agradaban, pero también perdemos la coña mañanera con ese compañero que nos saca una sonrisa cada día.

Ya no hay cafés de complicidad con aquel otro al que le contábamos las batallitas del fin de semana.

Desaparece el sentimiento de unidad con el resto del equipo.

Ahora somos elementos aislados.

Esto afecta a nivel emocional, tanto si estás solo en tu casa o la compartes con tu familia o con compañeros de piso.

Somos seres sociales y nos “alimentamos” de la interacción social. Cuando gran parte de esa interacción desaparece, pasan cosas.

Necesitamos una mejor gestión del tiempo.

Nuestra empresa puede hacer todo lo que está en sus manos para que las condiciones del teletrabajo sean las adecuadas.

Nosotros también podemos poner de nuestra parte con una mejor gestión del tiempo y con la optimización del reparto de tareas.

Es imprescindible que distingamos el tiempo de trabajo de la vida familiar o del descanso o el ocio.

Necesitamos espacios y tiempos diferenciados.

Espacio de trabajo.

Debemos diferenciar el lugar de trabajo de nuestro lugar de descanso y ocio.

De esta manera, generaremos estímulos que nos predispongan a concentrarnos únicamente en la actividad que vamos a realizar, es decir, nuestras obligaciones y compromisos laborales.

Si nuestra empresa nos facilita la logística para realizar nuestro trabajo, debemos usarla sólo para trabajar y no realizar ninguna otra actividad con esa equipación.

Si por el contrario debemos usar nuestro propio ordenador, podemos generar una sesión específica para el trabajo desde la que no tengamos acceso a redes sociales, juegos u otras actividades que no estén relacionadas con el trabajo.

Estas diferenciaciones nos ayudarán a separar las dos actividades.

Es importante que nuestro cerebro aprenda a distinguir cuando estamos trabajando y cuando jugando al WOW:

Horario de trabajo

Cuando había que ir a la oficina a trabajar no te llevabas a tu lugar de trabajo las tareas domésticas.

El hecho de que ahora compartas el espacio, no implica que tengas que solapar las actividades en el tiempo.

Márcate unos horarios para realizar las tareas domésticas y no uses tus descansos laborales para “aprovecho y adelanto esto o lo otro”.

Los descansos tienen la función de desconectar de la actividad que estabas realizando con el objetivo de poder volver a centrar la atención de forma adecuada y en niveles óptimos.

Cuando termine tu horario laboral, apaga el ordenador o la sesión específica de empresa. Levántate de la silla y no vuelvas a activar el modo trabajo.

Cada cosa en su sitio y su momento.

Sal de casa.

Uno de los mayores beneficios de trabajar desde casa es que nos ahorramos el tiempo del transporte.

No tener que movernos nos da más tiempo de sueño por las mañanas y la sensación de “no estar perdiendo el tiempo en el trayecto”.

Ojo. No todo son ventajas.

El hecho de no tener que salir de casa también tiene sus “peros”: nos impide cambiar de ambiente; que nos del aire; que desconectemos; tomar algo a la salida con alguno de nuestros compañeros o aprovechar que estamos fuera para realizar alguna actividad de ocio o algún recado.

Justo por esto es muy importante, que, tras tu jornada laboral, te pongas como requisito indispensable salir a la calle, aunque sea a dar la vuelta a la manzana.

Quedándote en casa, te costará cada vez más diferenciar la jornada laboral de las obligaciones domésticas y de los momentos de descanso.

Cuando esta situación se mantiene en el tiempo de forma indefinida, como es el caso, van a aparecer la angustia y el estrés, sí o sí.

Si descubres que estás en esta situación y no sabes exáctamente qué hacer, escríbenos. Te ayudaremos a encontrar la forma de gestionar el estrés para que teletrabajar sea algo más positivo.

¿Cambiar es un imposible?

Si piensas que es muy difícil que las personas cambien, que si alguien lo hace es durante un tiempo determinado o que es inviable modificar ciertos patrones de comportamiento, quizás este post te interese.

El cambio en la conducta puede ser un tema contradictorio.

Hay dos bandos: unos opinan que sí es posible y otros que no.

Lo cierto es que ambas situaciones se dan y que no son excluyentes.

Desde que llegamos al mundo nos vemos envueltos en una serie de rutinas, hábitos y costumbres propias de quien nos cuida.

Estas rutinas son inicialmente la presentación del mundo y de las relaciones y van con nosotros allá donde estemos.

Lo que vamos viendo habitualmente se convierte en algo normalizado. Asumimos que esas son las formas de hacer las cosas o de vivir.

Durante la maravillosa etapa de la adolescencia, se desarrolla nuestra personalidad consolidando aquello que creemos, con un pensamiento más crítico que en comparación a cuando teníamos 3 años.

A partir de aquí hay quienes piensan que ya se terminaron todas las oportunidades para cambiar.

Si esto fuera así, la psicología no tendría sentido y estaríamos abocados al fracaso como sociedad y como personas.

Si NO quieres cambiar, o que NO va a servir para nada el cambio y que es IMPOSIBLE modificar algo, con bastante probabilidad NADA cambiará.

Así de sencillo.

Con estos ingredientes, el resultado será la aceptación de la situación manteniendo todo tal y como estaba.

Si piensas que SÍ te gustaría cambiar algo de ti, que SÍ puedes obtener ventajas tras ese cambio y que a pesar de la poca motivación quieres hacerlo, tienes muchas posibilidades de conseguirlo.

Muchos serán los intentos que habrás realizado para ser “distinto” y cambiar, y muchas habrán sido las frustraciones o las vueltas “a lo mismo”.

¿Esto quiere decir que por más que lo intentes no vas a poder cambiar?

No, en principio, no quiere decir eso.

El cambio no sucede por arte de magia ni existe un remedio eficaz para conseguirlo al instante.

Sin embargo, con los ingredientes adecuados, serás capaz de modificar lo que deseas.

¿Crees que eres la misma persona que cuando tenías 10 años menos?

Probablemente tu forma de pensar, opiniones o incluso gustos, no se mantengan exactamente igual que hace años.

Aprendes, vives nuevas experiencias y adquieres conocimientos que antes no tenías.

Ojo, no se trata sólo de vivir y fluir.

El paso de los años no es motor de cambio en sí mismo. Para cambiar hacen falta una serie de factores:

Cambiar implica motivación y consciencia.

Si no soy realmente consciente de qué quiero cambiar, por qué y para qué quiero hacerlo, el cambio será mucho más fantasioso e inviable.

Imagina que es tu pareja quien te pide que cambies, pero no entiendes realmente qué quiere que modifiques. O, sencillamente, no estás del todo de acuerdo en que seas tú quien tenga que cambiar.

Puede que intentes suprimir una conducta que se supone tienes que cambiar (tu pareja te lo está pidiendo) pero lo consigues durante un tiempo y luego vuelves a las andadas.

El pensamiento que te llega es algo como “no puedo evitarlo, al final, siempre caigo en lo mismo”.

Aquí hay una serie de preguntas que sería conveniente que te planteareas.

  • ¿Te has parado a pensar si realmente quieres cambiar esa conducta o si es una imposición externa?
  • ¿Te obligas a ti mismo o a ti misma a modificar algo sin tener motivos de peso?

Analizar tu conducta te permite valorar desde dónde viene esa petición de cambio y qué consecuencias agradables traerá.

Hacer este análisis tú solo o sola, puede ser complicado.

Quizás necesitas una ayuda externa.

Esta ayuda puede ser un familiar, un amigo o amiga. Alguien con quien te sientas en confianza y que te escuche sin juzgarte.

Tal vez sea el momento de solicitar ayuda de una persona experta.

El ser humano se co-regula con otros y el cambio también necesita tener referencias externas y recibir feedback.

Esto es posible si contrastas la información de fuera, la que te dan los demás, con la de dentro. Que tengas en cuenta lo que te demanda tu entorno frente a lo que tú sientes.

El siguiente paso es el cómo hacerlo.

Tienes muy claro qué quieres modificar y para qué y cómo te podrás sentir si cambias, pero no tienes herramientas para ello.

De nuevo pedir ayuda puede ser un factor clave.

Esta ayuda te va a aportar el apoyo de tu entorno o tener un lugar en el que hablar sobre este proceso de cambio.

Te permitirá observar cómo hacen los demás cuando están en una situación parecida a la tuya.

Aprenderás a mantener la paciencia y a tolerar la frustración ante los intentos sin resultado permanente.

A ser compasivo contigo mismo, aceptando que no es un camino lineal hacia arriba sino una ruta con desniveles, subidas y bajadas que te llevarán a la meta.

La conducta aprendida se puede reevaluar, desaprender y volver a iniciar un aprendizaje diferente.

Cambiar no significa modificar todo de ti.

Se trata de aprender otras formas de gestionarte, otras vías para canalizar situaciones, pensamientos y emociones.

Imagina que eres una persona muy celosa y siempre lo has sido.

Por más que intentas evitarlo, caes en discusiones con tu pareja por tu propia inseguridad.

No se trata de convertirte de la noche a la mañana en alguien que no es celoso o celosa.

Se trata de entender tu conducta. Qué hace que te comportes así. Descubrir de dónde viene esa inseguridad y comprender si los celos son funcionales para ti o no.

Saber si lo son es “tan fácil” como responder estas preguntas:

  • el hecho de que seas una persona celosa ¿tiene consecuencias agradables o desagradables?
  • ¿afectan tus celos a las diferentes áreas de tu vida o más claramente a alguna de ellas?

Hacerte consciente de todo lo anterior, te hará reflexionar y te ayudará a desear modificar estas sensación o consecuencias.

Esto no quiere decir que a partir de aquí sea tarea fácil, pero ya has dado el primer paso, que es el que más cuesta.

Tomar conciencia es fundamental.

Teniendo siempre bien claro que la forma en la que cambies dicha conducta requiere tiempo.

Un patrón tan interiorizado no se modifica con rapidez (o sí, depende de la persona) y esto no significa que sea imposible o que tú no puedas hacerlo.

Es como si acostumbras a conducir un coche y de la noche a la mañana te piden que conduzcas una lancha motora por el mar.

Puedes ser una persona experta en conducir coches y ser nefasta en el mar.

¿Significa eso que no puedes aprender a conducir una lancha?

No. Significa que necesitas aprender a hacerlo, practicar y entrenar hasta dominar la nueva conducta, la forma de conducir una lancha.

Quizás continúes con cierta tendencia a los celos.

Lo más seguro es que, con la intención que tienes de cambiar, puedas aprender a comprenderte y gestionar esas situaciones de otra forma.

Tú solo o sola o con ayuda, pero sí es posible modificar patrones y adquirir unos nuevos.

Ten en cuenta que cambiar una conducta también puede conllevar que vuelvas a equivocarte y tengas que volver a empezar.

Cambiar no es dejar de hacer algo para siempre.

Es tener en cuenta lo que sucede cuando te comportas de cierta forma o piensas de determinada manera y cómo te sientes o haces sentir a los demás con ello.

Es importante tener presente que el cambio comienza por uno mismo.

Aunque veas claro que alguien se está equivocando y haciéndose daño manteniendo un comportamiento determinado y quieras ayudarle, esa responsabilidad no es tuya.

Si alguien no quiere cambiar tú no lo harás por él o por ella.

Si te enganchas a la idea o el deseo eterno de que alguien que te quiere cambiará por ti, puedes correr el riesgo de invertir tiempo y energía en algo que no sucederá nunca.

Una cosa es dar una valoración sobre alguien desde fuera y otra muy distinta imponer a una persona una idea o necesidad tuya.

Si quieres intentar modificar algo, o ya tenías claro que querías hacerlo, pero consideras que necesitas ayuda, en Quiero Psicología podemos trabajar contigo.

Para que entiendas tus “porqués” y tus “para qués” y enseñarte nuevas herramientas que te permitan ampliar tus vías de actuación y pensamiento.

depresión y covid

Salud mental y COVID

Llevamos un año de pandemia.

Se dice pronto. 12 meses en los que la vida se ha agitado y ha cambiado.

Un año lleno de incertidumbres. De sensación de no controlar nada. Plagado de desconocimiento y desconfianza.

12 meses en los que la forma de relacionarnos, con nuestras amistades o nuestra familia, ha sido completamente diferente.

Todo está limitado y marcado por normas que intentamos cumplir por el bien de nuestra salud física.

Medidas orientadas a erradicar lo antes posible este virus que nos ha cambiado la vida y la forma de verla.

Hemos incluido en nuestro vocabulario conceptos como: confinamiento domiciliario o perimetral; toque de queda; mascarillas; hidrogel…

Palabras que hasta hace un año usábamos en contextos muy concretos y en contadas ocasiones.

Conceptos que ahora nos acompañan mientras tomamos café por las mañanas para ir a trabajar a la habitación de al lado.

Teletrabajo, otro palabro pandémico.

Cuerpo y mente.

Estamos atentos a los síntomas físicos del COVID-19. Prestamos incluso demasiada atención, para que, ante la más mínima duda, podamos tomar las medidas necesarias para no contagiar a nadie de nuestro entorno.

Pero, el COVID-19 no sólo está afectando a las personas que lo padecen

Hay otros síntomas que muestran aquellas personas que se sienten aisladas debido a los confinamientos, a la reducción y modificación de las interacciones sociales y familiares.

Personas que están en duelo permanente por la pérdida de un ser querido al que no han podido despedir tal y como ellos hubiesen querido.

Gente que está inmersa en una situación de estrés constante por la reducción de su sueldo o la pérdida de su trabajo o negocio.

Todo esto, está provocando que aparezcan o se agraven los problemas en la salud mental.

Tenemos datos. Muchos datos.

Datos que se confirman cuando lees noticias como que durante el 2020 se duplicaron las llamadas recibidas en el Teléfono de la Esperanza.

O que 2500 de ellas se produjeron en el transcurso de un intento de suicidio.

Cifras que hacen que nos planteemos si nos damos cuenta de las consecuencias que puede tener no atender a los signos que nos indican que nuestra salud mental se está viendo afectada.

No solemos prestar atención a estas señales, principalmente porque no sabemos cuáles son.

Los síntomas de que he cogido el COVID, me los sé de carrerilla.

Los signos de si tengo ansiedad, estrés o si me estoy deprimiendo, los desconozco y, a veces, hasta los ignoro.

Muchos de nosotros no sabemos que cosas son “normales” y cuáles no lo son cuando hablamos de salud mental.

Lamentablemente, tenemos unas ideas muy estereotipadas sobre lo que son la depresión o la ansiedad.

Entonces, ¿qué es padecer depresión?

Estrictamente hablando, la depresión es un trastorno del estado de ánimo que se caracteriza por una profunda tristeza y por la disminución e inhibición de otras características afectivas y psicológicas.

Tan pronto oímos la palabra “depresión”, imaginamos a una persona que tiene el ánimo muy bajo o que no tiene motivación por hacer nada.

Puede que creamos que no se molesta ni en hacer cosas tan básicas como tareas de autocuidado e higiene.

Quizás la veamos todo el día tirada en la cama, la mayor parte del tiempo llorando y triste.

Y es cierto, hay personas que muestran estas características cuando están deprimidas, pero hay muchas más, no sólo estas.

Síntomas de depresión.

Como hemos visto, la tristeza profunda es uno de los síntomas más característicos de las personas que padecen depresión.

Puede suceder que esa tristeza no aparezca en estado puro y se esconda tras una irritabilidad constante.

También se puede experimentar una sensación de vacío o incluso nerviosismo y ansiedad.

Se repite de forma recurrente la idea de que nada va a cambiar. Una sensación de inmovilidad o permanencia.

Pensar que, hagas lo que hagas, todo va a seguir igual, inamovible, lo que genera sentimientos de desesperanza.

En ocasiones puede surgir la desmotivación y la apatía.

Cualquier tarea diaria supone un esfuerzo que, en muchas ocasiones, no es posible afrontar. La desesperanza de la que acabamos de hablar y el “para qué molestarme” asoman de forma constante en la mente.

Otra característica que podemos observar es la dificultad para mantener la atención y la concentración.

La mente está ocupada en pensamientos recurrentes sobre el pasado, siempre con connotaciones negativas, lo que hace que el presente y el futuro parezcan mucho más negros.

Están siempre presentes la autocrítica, la culpabilidad, la vergüenza por sentirse así.

Las conductas de evitación o huida de situaciones son habituales precisamente por esto.

La persona cree que será incapaz de realizar lo que se le ha encomendado o que lo hará mal.

Prefiere no enfrentarse a la situación, confirmando su creencia de poca valía y aumentando su malestar.

Esto hace que, en ocasiones, se muestren dependientes de otras personas: necesitan que otros actúen por ellas, que decidan por ellas porque siempre lo van a hacer mal.

La depresión también afecta físicamente.

Alteraciones del sueño como insomnio o necesidad extrema de dormir; molestias corporales; dolores de cabeza; nauseas; vómitos; disminución del apetito o ganas constantes de comer; perdida del deseo sexual, son síntomas físicos que se pueden sumar a los psicológicos o darse de forma independiente.

Algunos de estos síntomas podemos experimentarlos sin llegar a estar deprimidos, lo que hace que nos cueste identificarlos como propios de la depresión.

La forma de identificar si se trata de una depresión o de síntomas o momentos puntuales es estando atentos.

Cuando varios de estos síntomas se dan al mismo tiempo y se mantienen de forma continuada, pueden ser los indicadores de que se está entrando en una depresión.

Reconocer que se está deprimido o deprimida.

No te avergüenzas cuando dices que estás pensando en acudir a un fisioterapeuta a tratarte una contractura.

Tampoco si vas al dentista o el oculista. Sientes que algo no va bien, que no es como antes y acudes al experto a que te ayude y oriente.

Padecer depresión o cualquier otra cuestión asociada a tu salud mental no es ser más débil o menos valioso.

La salud mental y su cuidado son tan importantes como la salud física y el suyo.

Normalizar la necesidad de cuidar tu salud mental es fundamental. Todos somos susceptibles de necesitar alguna vez acudir a terapia psicológica.

Y está bien.

No es necesario esperar a presentar un montón de síntomas para ponerte en manos de una persona experta en el cuidado de la mente.

Si sientes malestar, ansiedad, nerviosismo o cualquiera de los síntomas que hemos descrito, préstales atención.

No los niegues ni los ocultes, no les restes importancia. Es como te sientes y es real, no te lo estás inventando.

Háblalo con tu entorno cercano, expresa como te sientes, pide que te acompañen en el proceso y acude a Quiero Psicología para afrontar la situación de la mano de una experta.

control en pandemia

Covid-19: vivir entre la libertad y los límites.

Imagina que te saltas un semáforo en rojo y tienes la mala suerte de provocar un accidente con otras personas, víctimas, implicadas. Cualquiera que reciba esta noticia será capaz de ver tu irresponsabilidad y tener claro que has cometido una infracción grave al volante.

Esto que vemos tan claro, en lo que, probablemente, todo el mundo esté de acuerdo, podría ser comparable a la situación que estamos viviendo a causa de la Covid-19.

Aparece aquí un debate sobre la responsabilidad personal, el poder de otros sobre nuestra libertad y el riesgo.

Responsabilidad personal versus control externo.

Este debate puede generar una reflexión que a nivel psicológico tiene mucho jugo.

¿Cómo te sientes cuando otro te dice lo que tienes que hacer?

¿Es más importante lo que tú necesitas que cualquier otra cosa?

¿Toleras la frustración de ver muchos de tus planes cancelados?

¿Empatizas con situaciones lejanas a ti?

¿Evitas lo que te genera malestar?

Hay personas que creen que su comportamiento depende exclusivamente de ellos y que no tienen que rendirle cuentas a nadie. Se olvidan de algo importante: su libertad termina donde comienza la del otro.

Si te saltas un semáforo en rojo puedes poner en peligro la vida de los demás. Cuando te saltas las normas impuestas ante la Covid-19 estás haciendo lo mismo: poner en peligro la vida de los demás.

Muchos nos preguntamos si es realmente necesario que nos inunden con normas, que nos mareen con restricciones cuando la autoresponsabilidad personal sería la solución más fácil.

Otros se ofenden porque el Gran Hermano controla sus actos, cómo viven su vida o cómo se relacionan.

Tu comportamiento afecta a quienes están a tu alrededor y puede tener consecuencias más allá de tu entorno.

La situación actual es excepcional e inesperada. A estas alturas sabemos que estamos ante un virus que se contagia con rapidez y que afecta a todos, lo que significa que estamos ante una ‘enfermedad colectiva’.

Es una situación de peligro extremo, ya que lo que se contagia es una enfermedad grave, que puede dejar secuelas permanentea y que incluye el riesgo de muerte.

Volviendo a la reflexión propuesta, lo que tú hagas con tu vida es muy lícito, pero ¿qué ocurre cuando lo que haces con tu vida puede condicionar en cierto modo la vida de otros?

Cuando hablamos de salud hay algo imperativo: la garantía de que no atentar contra ella.

Las conductas temerarias que afectan a la salud de las personas van en contra de uno de los derechos fundamentales del ser humano.

Ante la pandemia que estamos viviendo son necesarias las restricciones. Aunque esto suponga ciertas limitaciones en nuestra libertad personal y el “enorme” esfuerzo de no poder salir de marcha.

Los niños durante su infancia necesitan normas y límites y esto no es algo malo, todo lo contrario, es un acto de protección, de cuidado y de enseñanza hacia ellos.

Que exista una figura de autoridad ante los peques es lo natural y se entiende que cuando vamos creciendo, somos nosotros mismos los que desarrollamos e integramos esa capacidad de ser responsables.

Ser responsables de lo que hacemos y de la forma en que esos actos repercuten en nuestro entorno. Esa es la teoría.

La realidad vinculada a esta pandemia es otra bien distinta.

Si observamos los datos sobre el aumento de la incidencia de la Covid-19 tras las navidades o escuchamos la cantidad de fiestas que cada fin de semana desmantela la policía o vemos las terrazas abarrotadas, todo esto da que pensar sobre dónde queda esa supuesta responsabilidad personal.

¿Necesitamos restricciones mucho más severas para contener la pandemia?

Es muy preocupante que a nivel social no seamos capaces de mantener la responsabilidad individual y colectiva.

Quizá estamos creando una sociedad que lo quiere todo y lo quiere ya, sin esperas ni pausas, y que por supuesto, ni mucho menos un virus lo va a parar.

Las quejas constantes sobre lo que hace uno u otro llenan las conversaciones a pie de calle.

De nuevo, sin quitarnos la visera egoísta, nos perdemos lo más importante: el virus no entiende ni sabe sobre vidas o muertes. Su tarea es expandirse, sobrevivir y sigue haciendo su labor mientras los seres humanos nos entretenemos en debates que se alejan de la colaboración, la solidaridad y la empatía.

“Yo estoy sano, a mí me da igual”, “yo vivo solo, no vivo con mis padres”, “total, tendremos que pasarlo todos, ¿no?”, “¿para qué ponen esta medida si luego permiten hacer otras cosas? Menudos patanes…”

Todas estas frases podrían pasar desapercibidas en otras condiciones, pero, en el momento en el que estamos, estas frases implican la posibilidad de generar daño a otros y de alejarnos del objetivo común que es recuperar la situación de bienestar.

Ante una situación como la actual necesitamos normas y límites, control y potenciar el cuidado común.

¿Qué ocurre si hay personas que no quieren acatar dichas normas y límites?

Podríamos hablar de cierta incapacidad para la adaptación a nuevas situaciones o de los pocos recursos que tenemos a la hora de gestionar nuestras emociones y nuestros actos.

La gestión personal de la pandemia refleja un estilo previo de conducta que en una situación límite saca a la luz lo mejor y peor de cada uno.

Quizás no soportes la sensación de soledad y te es imposible quedarte en casa sin salir o conocer a gente nueva.

También puede ser que quieras controlar en todo momento lo que ocurre a tu alrededor y ver gente sin mascarilla o superando las distancias mínimas recomendadas te pone de los nervios.

Es posible que ya desde la infancia acostumbras a que tus deseos sean cumplidos casi siempre y lo que no consigues te irrita.  

Existe la opción de autoconfinarse y salir sólo lo mínimo necesario.

Puede ser que, si alguien te dice lo que tienes que hacer, te sientes atacado como si esa persona no tuviera capacidad para darte indicaciones.

Son solo algunos ejemplos de lo que puede suceder a nivel individual.

Ignorar sistemáticamente las normas, a nivel colectivo, nos convierte en una sociedad dependiente de una figura de autoridad que nos recuerde hasta donde sí y hasta donde no.

Ir al otro extremo, autoimponerse las restricciones más estrictas yendo incluso más allá, nos habla de una sociedad que quiere controlar lo incontrolable.

Como si no tuviéramos aún desarrollado nuestro lóbulo frontal y fuéramos incapaces de aguantar nuestros impulsos, reprimir nuestras pulsiones y posponer la recompensa.

O como si la necesidad constante de control nos hiciera llegar a extremos insalubres y poco realistas.

¿Crees que la situación actual te desborda? ¿Te sientes un bicho raro por cumplir las medidas? ¿Tienes la sensación de no poder evitar saltarte las restricciones justificando con múltiples argumentos el porqué haces lo que haces? ¿Te sientes mal por ello? Cualquiera de estas preguntas te están pidiendo respuesta. Si quieres comenzar a trabajar para encontrarlas, en Quiero Psicología exploraremos en tu historia vital para comprender las dinámicas que despliegas en esta peliaguda época.

¿Cómo puedo visibilizar la Violencia de Género?

En el post “La invisibilidad de la violencia de género” hablamos de los cimientos invisibles sobre los que se construye la sociedad desigual y patriarcal en la que vivimos.

Vimos como en las diferentes etapas de la vida hay ejemplos suficientes que mantienen esta desigualdad. Al igual que es muy importante conocer qué sostiene a la Violencia de Género, también es importante saber cómo podemos cambiar las cosas.

¿Qué puedes hacer tú para desmontar esta estructura y crear una más igualitaria?

Si no se te ocurre nada, usa estas propuestas, comenzando por el principio:

Infancia.

Cuando te dirijas a un niño o a una niña, trátales por igual.

Déjales hablar de lo que a ellos les gusta, sin juzgar. Puede haber niños que quieran jugar con muñecas, vestirse con falda o pintarse la cara, y eso está bien. Puede haber niñas que quieran jugar con coches, al fútbol o trepar por los árboles, y eso también está bien.

Es necesario y positivo para su desarrollo que niños y niñas puedan explorar, interesarse por cosas diferentes, experimentar aquello que les genera curiosidad y definir quiénes son.

Permíteles hacerlo de manera flexible.

¿Qué tal si en vez de decir “esto es de niños” o “esto es de niñas” pruebas a decir “normal que te guste esto, es muy chulo”?

Así les harás sentir comprendidos, escuchados, respetados y validados. Y, sobre todo, les dejas claro el mensaje de que pueden explorar libremente y que eso está bien.

Al hablar de emociones o de regular emocionalmente a un niño y a una niña, trátalos igual.

Pregúntale a tu hijo por qué está triste.

Dile que está bien sentirse así a veces. Que puede sentirse triste y eso es síntoma de valentía, no de debilidad.

Explícale que está bien que sea cariñoso contigo, con sus amigos y amigas o con sus familiares.

Permite que se enfade y ponga límites, es necesario que aprenda para así poder defenderse de las cosas que le hacen sentir mal.

Si hablas con una niña, evita frases como “las niñas no se enfadan”, “tienes que ser buena”.

Nuestros hijos deben aprender a expresar emociones como la tristeza, el miedo o el enfado, independientemente de si son niños o niñas. Solo así podrán desarrollarse como adultos sanos y regulados emocionalmente.

Evita mandarles mensajes implícitos con preguntas cerradas.

“¿Qué tal son los niños de tu colegio?”

Con esta pregunta abierta, das opción a que te hable libremente de cómo son los niños y niñas con los que se relaciona.

De esta forma será más fácil que te diga si hay alguien que le hace sentir mal o si tiene algún amigo íntimo, incluso si le gusta alguien.

También es importante explorar qué significa “gustar” en edades tempranas.

Puede ser que haya oído algo sobre tener novio o novia, de lo que hacen las parejas y se limite a reproducirlo sin tener realmente consciencia de ello.

Es importante que nuestros hijos e hijas tenga relaciones ajustadas a su edad y no asumiendo roles de adulto.

“¿Que cosas te gusta hacer?”

Si a un niño o niña le gusta hacer algo, probablemente tienda a repetirlo y esto puede hacer que se le dé mejor.

Potenciar las cosas que le gustan o que se le dan bien hace que desarrolle una mejor autoestima, haciendo que se sienta útil, válido y capaz.

Da igual si las cosas que le gustan “no son apropiadas para un niño” o son “cosas que las niñas no hacen”. De lo que se trata es de permitir a nuestros hijos desarrollar sus mejores capacidades, sin poner el límite más que en aquello que les gusta o les disgusta.

“¿Por qué no me ayudas con las tareas de casa?”

Tanto si es niño o niña, es importante que aprenda a responsabilizarse de las tareas de casa.

Enséñale lo que hay que hacer y llega a un acuerdo para que se responsabilice de algo adecuado a su edad: recoger los juguetes, hacer la cama, etc.

Gran parte de la desigualdad reflejada en la sociedad, nace en el reparto poco equitativo de las tareas del hogar.

“¿Qué quieres por tu cumpleaños/navidad?”

Escucha lo que pide y pon un límite que no resida en si o que quiere es “para niños” o “para niñas”.

El juego es fundamental en la infancia. Es fuente de exploración y de crecimiento, permite poner en marcha sus recursos y habilidades.

No hay juegos para niños o para niñas, hay juegos, punto. Permite que el juego sea algo libre y sin juicios.

Adolescencia.

Este es un periodo crítico en el que se establecen relaciones íntimas con los iguales y se tienen las primeras relaciones de pareja. Es en la adolescencia donde aparecen y se desarrollan muchas de las bases que sostienen la violencia de género, normalmente de forma inconsciente.

Con los adolescentes es importante que te puedas acercar a ellos desde la escucha incondicional, el entendimiento y la aceptación.

Intenta ser un modelo positivo que puedan seguir, tanto a la hora de regular tus emociones como cuando te relacionas con tus iguales o tu pareja.

Aprendemos a través de los otros, especialmente de los modelos más cercanos.

Trata de mostrar tus emociones de una manera equilibrada. Explica la importancia de sentirte triste o de sentir miedo y gestionarlo de una manera adecuada.

Ser un referente al que tus hijos e hijas puedan acudir sin miedo ni vergüenza facilitará que detectes y actúes sobre comportamientos que pueden ser dañinos para ellos y ellas.

Marca límites en tus relaciones, para que tus hijos e hijas aprendan desde una base sólida.

Diles que las chicas no necesitan que los chicos las protejan. Chicas y chicos pueden llegar a sentirse igual de seguros y pueden ayudarse mutuamente en caso de necesidad.

Enséñales que las chicas no son sumisas por definición. No tienen que aguantarlo todo. Es importante que aprendan a poner límites o a irse a tiempo. Su papel no es el de cuidadoras.

Es importante que tus hijos tengan un modelo real de lo que es el sexo, siéntate a hablar con ellos. Explícales que las relaciones sexuales tienen que ser consentidas y que los chicos no tienen mayor deseo sexual que las chicas.

Haz que entiendan que la base de toda relación es la confianza. Si se sienten controlados, explícales que eso no es sano ni normal y que una buena relación no necesita control.

Que tengan claro que la violencia no es una forma de expresar las emociones ni la manera de solucionar nada.

Demuéstrales que pueden contar contigo, que les valoras por lo que son, que les quieres y que les apoyas.

En la adolescencia, detrás de la Violencia de Género puede haber fuertes sentimientos de inseguridad: miedo a que la pareja se vaya, necesidad de pertenecer al grupo o de reconocimiento, entre otras.

Para evitar en la medida de lo posible esa inseguridad, es fundamental que los y las adolescentes sepan que son importantes y válidos solo por ser quiénes son, sin necesidad de aparentar ni cumplir esos “roles” que son tan perjudiciales.

Detrás de la masculinidad tóxica y del rol de cuidadora de la mujer hay una gran sensación de malestar, insatisfacción, frustración, baja autoestima y ansiedad.

Humor sexista.

El objetivo de una broma es hacer reír y resultar neutral. La broma termina cuando el mensaje que transmite hace daño.

No refuerces las “gracias” que perpetúan la violencia. Suelen ser recurrentes las relacionadas con las mujeres y las tareas del hogar; su mal humor; el control que ejercen sobre sus parejas masculinas; las pocas ganas que tienen de mantener relaciones sexuales, etc.

Micromachismos.

Identifica los mensajes en los que hay una valoración negativa a la mujer: “las tías son todas unas histéricas”, “no puedo confiar en las mujeres”, “las chicas son bastantes sueltas”.

Cuidado con reforzar o validar este tipo de generalizaciones. Puedes responder diciendo “quizá tu última experiencia con esta persona ha sido desagradable, eso no significa que todas las mujeres sean así”.

Cosificación.

“Las mujeres están para lo que están”.

Este tipo de comentarios facilitan la normalización de situaciones injustas, irreales y terribles para la mujer.

Normalizar la prostitución es un claro ejemplo de la cosificación de la mujer. Se presupone que las mujeres están para dar placer sexual y que su única función es esa, quedan reducidas a ser un servicio para el hombre.

La publicidad nos bombardea con mensajes implícitos donde la mujer se somete al hombre.

Las mujeres no disfrutan siendo sometidas ni dominadas, disfrutan siendo libres y estando en relaciones de igualdad.

Compartir fotos de chicas en el grupo de wasap sin su consentimiento ni su conocimiento, es otro ejemplo de cosificación. Lo que se busca es tener el control sobre las mujeres y manipular su intimidad. Si observas este comportamiento en tu hijo, déjale claro lo que está haciendo.

Lenguaje.

Cuando oigas comentarios despectivos sobre una mujer, señálalos. Si se ve a una mujer en la TV que desempeña un puesto laboral y oyes la típica frase de “está ahí por ser quién es” rebátelo y destaca por lo que realmente está ahí.

Cuesta reconocer los logros de las mujeres, se tiende a infravalorarlas y decir que están ahí por otros motivos o que son menos válidas en general que los hombres. Cada caso es un mundo.

Anulación.

Ningún hombre tiene el derecho a minusvalorar, hablar o tratar con superioridad a una mujer por el mero hecho de serlo.

Tu hija tiene derecho a poner límites y eres tú la persona encargada de enseñarle dónde, cuándo y cómo ha de hacerlo.

Es complicado poner límites cuando hay una sociedad que respalda ese tipo de conductas.

Que los compañero la saluden repetidamente diciéndole lo guapa que está, o lo bien que le queda esa ropa puede hacerle sentir que sólo vale por lo guapa que es o el estilo que tiene.

Si en su grupo de amigos y amigas hay alguien que siempre hace comentarios que pisan lo que está diciendo, puede sentirse anulada, poco valorada o ignorada.

Es tarea tuya prestar atención a los comentarios que ella pueda hacer a este respecto, haciendo hincapié en su valía por otras cosas o en su capacidad para decir que se calle a ese que siempre la interrumpe.

Como puedes ver, el cambio puede comenzar desde el principio.

La mejor herramienta que tenemos es la educación y el ejemplo.

Cambiar los cimientos desde abajo, construir una sociedad desde el principio depende de ti y de todos nosotros.

Con las pautas que te proponemos en este post podrás empezar a identificar y cambiar aquellas cosas que has podido normalizar e interiorizar.

Si quieres revisarte y dar un espacio a todo lo que llevas vivido, te esperamos en quiero para ayudarte a trabajar en ello.

Las secuelas emocionales del 2020

Cambiar de año es un acto simbólico.

No dejas de ser tú ni las cosas cambian repentinamente del 31 de diciembre al 1 de enero, sin embargo, cuando comienza un año tenemos la sensación de que estamos estrenando algo.

Nos “ponemos” el 2021 y lo vivimos como algo nuevo.

Este año, más que otros, seguro que has escuchado la frase de “ojalá llegue el 2021 ya”, “ojalá el 2021 traiga más cosas buenas que el 2020”.

Parece que estábamos esperando el 2021 como agua de mayo, pero es difícil empezar algo nuevo sin haber hecho el duelo de lo que dejamos atrás. Sería algo así como empezar una nueva relación sin haber procesado el final de la anterior.

El año que acabamos de despedir ha tenido un enorme impacto en todos nosotros a nivel social.

A parte de nuestras circunstancias personales, nos hemos visto condicionados por situaciones externas, totalmente fuera de nuestro control.

Hemos estado y estamos sometidos a la incertidumbre propia de una pandemia mundial. Sentimos que hay algo por encima de nosotros que nos dice lo que debemos o no debemos hacer y esto a muchos, nos supera.

Toda la vorágine que ha traído consigo el 2020 ha podido dejarnos secuelas emocionales como sociedad y como individuos.

¿Cómo ha sido tu 2020? ¿Cómo te sientes, ahora que ha pasado?

Te proponemos que hagas un ejercicio de observación y que reflexiones sobre cómo estás y cómo has estado a lo largo del pasado año.

Quizás reconozcas alguna de estas sensaciones:

Incertidumbre

En marzo empezaste a recibir mensajes contradictorios que no te permitieron tener una idea real de la situación.

Al principio podías escuchar a personas diciendo que “vendrá un virus que no tendrá grandes repercusiones”. Al mismo tiempo, los expertos ya estaban avisando de que el virus iba a ser muy contagioso y que podría tener graves repercusiones para nuestra salud.

Esto pudo haber generado la sensación de no saber realmente cuánto impacto iba a tener ese virus sobre ti y los tuyos.

A medida que pasaban los días comenzaste a ver cómo se cerraban los colegios, los centros comerciales, se suspendían eventos, etc.

Al ser una situación nueva y desconocida, no sabías cuál iba a ser la progresión, cómo iba a ir yendo todo.

La situación escapaba a tu control y por mucho que intentaras hacer, al final tenías la sensación de que hicieras lo que hicieras, no podías cambiar lo que estaba pasando.

La incertidumbre genera ansiedad, miedo a no saber si mañana van a cerrar tu trabajo, si vas a poder ver a tu familia, si los tuyos están bien, etc. 

Ansiedad.

¿Sentiste que estabas más activada/o de lo normal? ¿Notaste que reaccionabas con más intensidad de lo habitual ante situaciones cotidianas?

La ansiedad aparece cuando hay algo que nos amenaza, cuando nos sentimos en peligro nos activamos para poder protegernos. La sensación de que hay un peligro que nos amenaza como sociedad y como individuos hace que activemos nuestras alarmas.

Dependiendo del nivel de ansiedad que hayas experimentado, esa protección ha podido ir desde el “no me cuido, me da igual lo que está pasando” al “no quiero salir de casa por miedo al contagio”.

Soledad.

Las medidas de prevención han impedido los abrazos, los besos, el contacto físico, y eso ha hecho que te sintieras más lejos de tu gente.

También el no haber podido estar con tu familia o con tus amigos puede haberte hecho sentir más solo/a.

La distancia social también ha marcado una distancia emocional, nos ha alejado a los unos de los otros.

Duelo.

La situación del 2020 nos ha obligado a todos a experimentar diferentes duelos: desde asumir que muchos planes han sido cancelados, pasando por la desaparición de la rutina o la pérdida de trabajo o, incluso, la ruptura de amistades o parejas.

Por supuesto, si has perdido a alguien cercano y querido, la falta de cercanía en sus últimos momentos, la imposibilidad de despedirse o de acompañarlo en el funeral, es más que probable que te hayan marcado profundamente.

En este post https://www.quieropsicologia.com/ritual-de-despedida/ te dimos algunas pautas para transitar la pérdida que siguen siendo útiles.

En cualquier duelo la tristeza tiene un papel fundamental. Esta tristeza te ha podido afectar de muchas formas, incluso sin que hayas sido consciente de ello. Has podido sentir que no tenías tantas ganas de hacer cosas, que estabas muy desanimado/a y sin energía, que todo daba lo mismo.

Falta de control.

Las limitaciones impuestas, las medidas de prevención y las restricciones han hecho que perdamos nuestra capacidad de elección y eso te ha podido hacer sentir más vulnerable, indefenso y sin poder decidir.

Sentir que no tienes el control es algo difícil de asumir, especialmente si eres una persona acostumbrada a controlar todo lo que sucede, o al menos a creer que lo controlas.

Culpabilidad.

Mucha gente ha expresado una sensación casi permanente de culpa. Culpa por no haber hecho lo suficiente, por no haber estado tan cerca de los tuyos o incluso por no haber sabido tomar las medidas adecuadas.

Por supuesto, nada de esto ha sido tu culpa y hayas hecho lo que hayas hecho, ha sido suficiente.

Trabajar como cajero/a en un supermercado cuando más falta hacía, reponer productos en un almacén, ser enfermero/a o médico, limpiar las calles, dar clase, todo ha sido suficiente.

Quedarse en casa cuidando de los hijos o personas dependientes, teletrabajar y ejercer de madre/padre al mismo tiempo o quedarse en casa en ERTE, lo has hecho lo mejor que has sabido o podido en esos momentos.

Ser responsable, hacer caso de lo que las autoridades recomendaban, prestar atención a las medidas de seguridad, todo ello ha sido suficiente porque nadie sabía qué más podíamos hacer.

Enfado.

Es probable que la ira o el enfado sean de las emociones más reconocibles. Durante este año tan inusual, has podido experimentar enfado y mostrarte más irascible en general.

Ver cómo las medidas cambiaban cada cierto tiempo, cómo tus seres queridos estaban lejos y sentías la presión de no poder ir a verlos, saber que tu abuela/o vivía una situación injusta por el covid, los temas de conversación que giraban en torno a la pandemia, las dificultades para adaptar el trabajo en casa, etc.

Todas estas cosas nuevas, extrañas e inesperadas pueden haber provocado que te enfadaras más de lo habitual.

Es normal que hayas experimentado enfado e irascibilidad. Ha habido situaciones en las que por mucho que hicieras, tu parcelita de responsabilidad estaba muy limitada.

¿Te sientes identificado/a con cualquiera de estas emociones, sensaciones o situaciones y quieres darles un espacio, observarlas con más detenimiento?

Este año que dejamos atrás, tan complejo y extraordinario, te ha podido poner en contacto con partes de ti que no conocías y puede ser un buen momento para iniciar tu propio proceso. No dudes en llamarnos y empezaremos a trabajar. 

Te esperamos para ayudarte a ordenar esas ideas, emociones, recuerdos, sentimientos y comenzar el 2021 con todo lo vivido el año pasado en su sitio.

Saber decir “basta”.

Somos animales sociales, seres que vivimos en tribu, en grupo, necesitamos del otro y por eso buscamos las interacciones relacionales, las relaciones de amistad.

El primer grupo relacional que aparece en nuestra vida es la familia: compartimos nuestros primeros años con ellos, nuestras primeras interacciones, es el espacio protegido en el que experimentamos y adquirimos nuestra forma de relacionarnos.

Más tarde, con la incorporación al colegio, comenzamos a poner en práctica lo aprendido en casa.

Estas primeras relaciones ajenas a la familia, a medida que pasa el tiempo, van ganando terreno compartiendo con nuestros amigos y compañeros gran parte de nuestro ocio, trabajo, actividades.

Todo este tiempo compartido provoca que generemos vínculos de amistad que adquieren mucha importancia.

En ocasiones, estos vínculos llegan a ser más importantes que los familiares o de pareja. Se muestran constantes en nuestro día a día a lo largo de los años, convirtiéndose en fuente de apoyo y escucha mutuos.

Con nuestras amistades encontramos una vía de escape a situaciones vitales que pueden estar estresándonos: dificultades laborales, conflictos con los padres o hermanos, discusiones con la pareja, etc

Sabemos que siempre tendremos un hombro en el que apoyarnos y llorar si es necesario. Donde no nos van a juzgar y se pondrán de nuestro lado, así como nosotros haremos por ellos. Es una concepción de la amistad donde todo es mutuo, recíproco, equitativo… un hoy por ti y mañana por mí.

Qué ocurre cuando la amistad se convierte en un constante “hoy por ti”.

Todos tenemos o hemos tenido una amistad a la que parece que, de forma constante, le están pasando cosas malas. Una persona a la que le sobrepasan sus circunstancias vitales y a la que siempre le sucede algo.

Parece que usan a las amistades como descarga emocional. Por no defraudarles, nos mostramos fuertes y aguantamos el tirón.

Les escuchamos, les apoyamos, les ofrecemos un consuelo que nunca parece ser suficiente. En honor a la amistad que nos une, continuamos impertérritos, afrontando y aguantando.

Es importante tener en cuenta que para mantener una amistad, no debe ser obligatorio recoger toda esa carga emocional que el otro vuelca sobre nosotros.

No al menos de forma constante hasta llegar a ser agotadora.

Si permitimos que esta situación de desequilibrio se mantenga en el tiempo, padeceremos consecuencias directas en nuestro estado anímico y emocional.

Soportar durante un periodo prologando esta sobrecarga, provocará altos niveles de estrés y fatiga emocional cada vez que estemos con esa persona e incluso pudiéndose extender al resto de nuestra vida.

¿Cómo identificar si estás siendo la descarga de alguien?

La amistad es un camino de doble sentido.

Hay veces que somos apoyo para otros, y en otras ocasiones nos apoyamos en nuestros amigos.

No es cuestión de llevar una cuenta de “debe y haber” pero sí es necesario que la relación sea equitativa. Que no sintamos que nos absorben o que nos usan como saco de boxeo o paño de lágrimas exclusiva y constantemente.

La dificultad estriba en saber si la sensación que estamos teniendo es cierta y no dejarnos llevar por el convencionalismo de que en la amistad hay que aguantar.

De hecho, la palabra clave de toda esta cuestión es aguantar.

Cuando aguantamos, estamos haciendo un sobreesfuerzo. Estamos usando más energía, más recursos de los que deberían ser necesarios para mantener una situación.

Estamos tolerando y asumiendo situaciones, casi siempre de manera inconsciente, por miedo a ser abandonados, a no ser aceptados, a no ser queridos. Pero en nuestro fuero interno sabemos que la situación es injusta para nosotros.

Algunas de las señales que nos indican que es el momento de decir “hasta aquí” pueden ser:

  • Sentirte de forma continuada fatigado y cansado cada vez que estás con esa persona o hablas con ella telefónicamente o por mensajes.

  • Evitas estar a solas con esa persona. Buscas quedadas grupales en sitios públicos.

  • Minimizas el tiempo en el que interactúas con él/ella. Por ejemplo, quedas sólo para tomar un café, acortas las conversaciones telefónicas o por mensaje aludiendo responsabilidades de cualquier tipo.

  • Sientes que tienes que hacer acopio de energía antes de un encuentro o llamada con esa persona.

  • Eludes conscientemente hablar de determinados temas, cambias las conversaciones a temas más triviales, generales o superficiales. Evitas preguntar “¿qué tal?” porque ya sabes que la respuesta va a ser negativa.

Si observas alguna de estas señales es el momento de decir “¡para!, ¿qué ocurre aquí?, ¿esta situación está siendo justa para mí?”.

Si la respuesta a esta última pregunta es un ¡no! es el momento de actuar.

Toca hablar con esa persona para comunicarle de manera respetuosa y asertiva que te estás viendo saturado por la situación y que necesitas que se produzca un cambio.

Ahora que lo veo en mi ¿qué busco en el otro?

Además de las señales que podemos ver en nosotros mismos, existen características que vemos en el otro que nos pueden ayudar a averiguar si estamos en una situación en la que debemos decir basta, te mostramos una pequeña clasificación.

– Pesimista por convicción:

Personas que tienen una visión pesimista de la vida, están convencidos de que su perspectiva es la única válida y la transmiten de forma tajante y constante.

Esta perseverancia puede provocar que las personas que le rodean acaben adoptando la misma visión y que siempre centren su atención en los aspectos negativos de las situaciones.

– Catastrofista:

Se trata de personas que ven la vida como una sucesión de inminentes desgracias.

Sienten que están en constante peligro y así lo transmiten a su entorno.

Se muestran incapaces de disfrutar de las situaciones positivas que se presentan, por miedo a que desaparezcan o por la creencia de que ellos no son merecedores.

– Quejica o victimista:

Sus problemas son siempre mucho más importantes que los de los demás.

Se quejan de todo lo que les ocurre, nunca nada bueno.

Son ese tipo de personas que se venden como víctimas de su entorno, de su familia, de su situación familiar o de la sociedad.

– Pusilánime o débil:

Se muestran como seres desvalidos y en los demás generan pena o lástima ya que hacen sentir que sin la ayuda del otro no podrían hacer frente a sus circunstancias vitales.

Dar una segunda oportunidad.

En algún momento de nuestra vida hemos padecido o hemos hecho padecer a alguien situaciones de descompensación en la relación.

Situaciones vitales extremas, rupturas sentimentales, fallecimientos de familiares o personas cercanas, dificultades laborales, económicas, etc.

En estas situaciones, una de las dos personas ha necesitado mayor apoyo durante un periodo prologando de tiempo.

Justo por esto, todos, en alguna ocasión ofrecemos segundas y hasta terceras y cuartas oportunidades.

Debemos tener en cuenta que todos tenemos un límite que si es sobrepasado, puede provocar la modificación radical de nuestra relación.

Cuando sentimos que esa persona está tirando de nosotros de forma continua, sin ofrecer un respiro y sin tener en cuenta que nosotros también estamos viviendo nuestra vida con sus circunstancias, mejores o peores, es momento de poner límites.

Si te encuentras en esta situación y necesitas ayuda para comenzar a establecer tus límites, contáctanos. Estamos para ayudarte.

Navidades en pandemia.

Las calles de nuestras ciudades y pueblos están llenas de luces, bolas rojas, villancicos… señales de que la navidad ya está aquí.

Las fiestas navideñas, a parte del contexto religioso, son las fiestas de las relaciones familiares y sociales. Aceptamos que durante esta época del año nos reunimos con nuestros seres queridos para festejar y celebrar.

Es un momento en el que los reencuentros se producen con asiduidad y nos cargamos de vida social y familiar.

Reuniones con amigos a los que hacía tiempo que no veíamos. Cenas de empresa en las que aprovechamos para convivir y conocer de manera más distendida a nuestros compañeros de trabajo. Visitas a familiares que viven en otras zonas o ciudades.

Encuentros todos ellos cargados de regalos y detalles, con el deseo de ofrecer buenos sentimientos e intenciones.

Visto de esta manera, podríamos pensar que todos “somos felices” en Navidad, pero no es así.

Para muchos de nosotros es una época dura. Echamos en falta a seres queridos ausentes con los que nos gustaría poder compartir y celebrar.

En otras ocasiones sucede que las relaciones familiares no son buenas o incluso son fuente de conflictos y durante estas fechas sentimos la presión de tener que mostrar una imagen que no corresponde con nuestra realidad. El lema “mantengamos la fiesta en paz” nos genera estrés, ansiedad o angustia.

Debemos tener en cuenta que las circunstancias vitales de cada uno son distintas y propias y no se ponen en suspenso para celebrar. En Navidad todo sigue igual, nuestras circunstancias no cambian, nos acompañan y debemos lidiar con ellas.

Y, este año ¿qué?

Como cada año, comenzamos con los preparativos: ¿en casa de quién toca?, ¿qué preparo para la cena?, ¿debo llevar algo?… cuestiones que parecen no tener mayor trascendencia para algunos, mientras que para otros son de suma importancia.

Pero este año hay un elemento más con el que debemos contar.

La pandemia que vivimos desde mediados de marzo ha provocado que las autoridades dicten restricciones en los horarios. Se ha limitado el número de personas que se pueden reunir. Cada Comunidad Autónoma está aplicando condiciones especiales para las entradas y salidas. Todas estas novedades hacen que estas navidades vayan a ser peculiares, como lo está siendo todo el año 2020.

Estas circunstancias están provocando que el reencuentro familiar anual no se produzca con la normalidad a la que estamos acostumbrados, algunas personas se sienten molestas o no están de acuerdo con las medidas y directamente hablan desde el cabreo.

Curiosamente, otras personas lo están viviendo hasta con alegría y tranquilidad. Este año se ahorran el mal trago de las Navidades, evitan tener que acudir a reuniones que han sido siempre un compromiso no excesivamente agradable.

Una misma situación, visiones diferentes.

En esta Navidad atípica nos encontramos con visiones muy diferentes, directamente relacionadas con el autocuidado, la preocupación sana por la salud propia y ajena, la necesidad de contacto humano, etc.

Algunos han optado por afrontar esta navidad con mayor alegría, solidaridad y cercanía.

Han aceptado la situación, comprendiendo que las reuniones familiares y con amigos se harán con menos gente. Mantienen una actitud positiva y buscan alternativas para poder celebrar igualmente y transmitir esa cercanía en la distancia.

Otros están viviendo esta situación con angustia y ansiedad.

Sienten que asistir a estas reuniones les expondrá a situaciones en las que puede haber una mayor probabilidad de contagio. Piensan en su salud y en la de sus seres queridos y cercanos que pueden pertenecer a algún grupo de riesgo.

Este grupo no quiere defraudar a su familia, pero al mismo tiempo, no sienten la seguridad necesaria para poder salvaguardar su salud y la de las personas más cercanas.

Unos cuantos sienten que la Navidad no tiene sentido si no se reúnen con los familiares a los que llevan tiempo sin ver.

Para estas personas la Navidad es un momento importante en el que celebran la unidad y la cohesión familiar. No poder celebrar tal y como lo han hecho otros años les provoca tristeza y frustración, emociones que pueden ser difíciles de soportar.

Hay un último grupo que está viviendo esta situación como una oportunidad para escapar de compromisos familiares.

Son aquellos que reciben con alegría las instrucciones del gobierno que limitan la movilidad, el número de asitentes a reuniones, etc. Los mismos que todos los años aceptan y viven con angustia, enfado, tristeza o desgana las reuniones con familiares a los que no ven porque no tienen ningún interés en hacerlo. Este es su año.

Independientemente, de que te sientas identificado con un grupo u otro, te va a tocar aceptar la situación que estamos viviendo este atípico año. La esperanza es que se trata de algo temporal.

Ponemos todo el afán en que el 2020 acabe, esperando que el 2021 traiga cambios, novedades, cosas diferentes.

Estamos en continuo cambio y cada uno de nosotros tenemos la habilidad de adaptarnos a las situaciones que se nos van presentando en la vida.

Este año 2020 nos ha impactado a todos, mostrando nuestras características más fuertes y también las menos, las dos caras de una misma moneda que, en ocasiones, ni sabíamos que existían en nosotros.

A través de la observación propia, podemos aprender y evolucionar para obtener los mayores beneficios para nosotros mismo y para quienes nos rodean.

La clave para esta evolución está en la aceptación.

Aceptar que hay determinadas situaciones que escapan a nuestro control y sobre las que no podemos hacer nada.

Aceptación de que cada persona vive las Navidades de una forma diferente, con un significado y unas ganas distintas.

Mientras que nuestras relaciones, ya sean familiares, de amistad o de pareja, se basen en el respeto mutuo, podremos tener una convivencia tranquila, segura y enriquecedora.

No te sientas culpable por disfrutar de las restricciones.

Intenta no poner toda tu ilusión en reunirte con tus familiares en Navidad.

Procura evitar que la situación te supere.

Hay opciones, siempre las hay: se puede decir que no a las reuniones; puedes ver a tus seres queridos en otros momentos del año; eres perfectamente capaz de gestionar esta situación y otras que vengan.

Si crees que necesitas ayuda para llevar a cabo cualquiera de estas sugerencias que te ofrecemos, no lo dudes: autoregálate un proceso terapéutico por Navidad.