¿Te ves peor tras el confinamiento?

El confinamiento ha sido una experiencia que nos ha obligado a cambiar unos hábitos por otros, y en general, nuestra actividad física ha disminuido.

¿Cómo te ha afectado esto? ¿Sientes que has cambiado físicamente? ¿Te ves peor?

Al igual que es importante la perspectiva y la mirada con la que vemos lo que nos pasa, también es importante los ojos con los que nos miramos. Si esos ojos que te miran ahora mismo están teñidos por la exigencia, la distorsión o la insatisfacción, probablemente te estés sintiendo incomodo/a contigo mismo, puede que no te guste lo que ves en el espejo, que sientas que has engordado o que estás demasiado delgado/a, que lo que habías conseguido en meses de gimnasio ha desaparecido absorvido en la nada, en definitiva: te gustaría verte y sentirte diferente.

Esto te está generando sensaciones desagradables, hay un malestar general que no desaparece y, probablemente, has comenzado a hablarte peor, a despreciar parte de ti o incluso a tratarte mal.

¿De qué forma te estás tratando últimamente?

La imagen que tienes de ti mismo/a es algo que has ido formando a lo largo de tu experiencia vital. Cómo te veían los demás, los comentarios que recibías, cómo tu abuela puntualizaba si estabas demasiado delgada o demasiado gordo, cómo las modelos eran aclamadas por tener un determinado cuerpo, cómo los hombres en los anuncios marcan abdominal hasta en las pestañas, etc.

En definitiva, has ido creando una idea de lo que la sociedad considera apropiado físicamente, una idea generada por modelos inalcanzables e irreales que, en muchas ocasiones, sufren lo indecible para mantener unas medidas deshumanizadas ajustándose a estándares de belleza y salud que no son, ni de lejos, ni reales ni saludables ni recomendables.

Es inevitable que esto te genere frustración y malestar constante, especialmente por el bombardeo de imágenes y consejos sobre cómo debes cuidarte para estar estupenda o qué desodorante has de usar para atraer a las mujeres como moscas a la miel, que nos llega a diario y desde todos los frentes. Evidentemente, si tu meta es llegar a alcanzar lo inalcanzable nunca estás donde quieres estar.

Puede que a principios de año mantuvieras unas rutinas de ejercicio y/o alimentación que con la pandemia y sus consecuencias han volado por los aires. Ahora, después del confinamiento, no te ves igual que antes. Has dejado de ir andando al trabajo, has dejado de comer sano, has hecho menos ejercicio del que te hubiera gustado por no poder salir, por estar todo cerrado y todo esto hace que no te encuentres a gusto.

Cuanto más te miras, menos te gustas y peor te tratas. Has entrado en un bucle destructivo que te está haciendo daño. Y no va a ir a mejor a no ser que te pongas a ello.

¿Cómo pararlo?

Te dejamos unos pequeños tips para que puedas ir moderando este comportamiento y evitar que se enquiste y se convierta en una forma de malvivir:

  • Observa la forma en la que te hablas.

¿Cuántos adjetivos negativos utilizas para hablar contigo mismo? ¿cuánto te permites equivocarte? ¿cómo te hablas cuando cometes un error? ¿cuánto aprecias las cosas que haces bien?

Este tipo de cuestiones, la forma en la que te juzgas y te hablas, tiene mucho que ver con tu autoestima: si es baja, tu juez interior será inmisericorde e incluso cruel, dando poca o ninguna importancia a los logros que consigues y poniendo siempre el foco en los pequeños detalles que no salieron como tenías pensado.

Si tu autoestima está más equilibrada, serás capaz de valorar lo positivo y aprender de lo negativo, “respondiendo” a ese juez interior con criterio para evitar autoanularte ni sabotearte, mejorando lo que no te gusta y avanzando poco a poco hacia un objetivo real y alcanzable.

Observar este comportamiento, te ayudará a identificar lo que la manera en la que te estás dañando sin darte cuenta y ese es el primer paso para poder cambiar.

  • Escribe una carta objetiva y amable dirigida a cada parte de ti que no te gusta o que ha cambiado.

Permítete escribirle a esas partes lo que no te gusta de ellas, podría empezar así: “Queridos brazos…”, se trata de que seas objetivo/a por lo que los adjetivos subjetivos como “horrible, feo, asqueroso, repugnante” no valen.

Trata de escribir de la manera más objetiva posible, siempre desde la amabilidad, incluyendo en cada parte de tu cuerpo algo que sí te gusta de ella o algo que le agradeces: “gracias piernas por llevarme al trabajo cada día”, “gracias brazos por permitirme abrazar a mis seres queridxs”, algo así con tus propias palabras.

La idea es ser consciente de lo que quieres cambiar dándole un valor positivo que ya tiene y rebajando las sensaciones negativas que te produce.

  • Identifica los pensamientos críticos que aparecen, obsérvalos y no entres a dialogar con ellos.

Céntrate en lo que sí está pasando y lo que sí tienes en ese mismo momento (sigues teniendo buena salud, has mantenido tus relaciones sociales, puedes recuperar tus antiguas rutinas o crear otras nuevas que te satisfagan, etc). Puedes elegir dónde centrar tu atención, escoge aquello que te resulte agradable y que también está pasando, en vez de en lo que no tienes y cómo te gustaría ser.

La idea es ir dejando de lado la figura del juez interior, suavizando esa parte negativa imperante sin eliminar lo que realmente hay, los hechos son los hechos, no queremos camuflarlos sino tener más cosas en cuenta.

Obviamente, estas sugerencias no son la solución, ni a corto ni a largo plazo, pero son un punto de partida en el que puedes comenzar a trabajar desde ya para ir mejorando paso a paso.

Si sientes que te esta situación te genera mucho malestar y no sabes que más hacer para que vaya mitigándose hasta desaparecer, llámanos y trabajaremos para que la imagen que tienes de ti mismo/a deje de hacerte sufrir.

agobio-confinamiento

¿Te da miedo volver a parar en un nuevo confinamiento?

Quizás las primeras dos semanas de aquel encierro que hoy parece lejano fueron fáciles para ti por que supiste sacar jugo a cada minuto.

¿Qué pasó después? ¿Se te hicieron interminables las semanas?

Estar en casa y tener cosas que hacer impide tener tiempo libre, y eso a su vez, reduce el tiempo a solas, es decir, tiempo en el que no se lleve a cabo ninguna tarea distractora y por lo tanto, llene nuestra cabeza de pensamientos.

¿Qué ocurre cuando escuchas a tus pensamientos?

¿Qué ocurre cuando no tienes nada que hacer?

¿Tengo miedo a parar?

Si te sientes identificado/a con las siguientes afirmaciones te animamos a leer este post:

-Estás algo molesto por que tienes unos amigos bastante aburridos que no proponen planes o que no aceptan los miles que tú les propones, ¡no aprovechan el tiempo!

-Tienes todo el mes de agosto planificado y sólo un fin de semana al aire libre sin saber qué hacer y esto te genera algo de intranquilidad.

-Las vacaciones llegaron para darte un soplo de aire fresco que eliminó todo tu malestar ¡justo lo que necesitabas!.

-Piensas que la cuestión no es lamentarse sino seguir “adelante” y aprovechar el tiempo sin paralizarse.

-Te consideras una persona activa y que siempre está haciendo algo.

¿Por qué tengo miedo?

Si coincides con lo anteriormente escrito nos gustaría que hicieras la siguiente reflexión: ¿te has planteado alguna vez qué pasa cuando paras? ¿crees que te incomoda estar mucho tiempo sin socializar o sin hacer nada? ¿por qué siempre haces algo para evitar esto?

Es un buen momento para reflexionar sobre la dinámica de “hacer” que llevas a cabo sin parar, día tras día, sin pensar en aquello que realmente te genera malestar.

Nunca es tarde para reconocer que quizás tienes una parte exigente que te impide parar, impide que te sientas triste o aburrido más de 4 minutos seguidos.

Es posible que, al no tener en cuenta esta perspectiva, no seas consciente de lo que puede estar sucediendo, incluso es posible que tu cuerpo haya intentado avisarte y que sus señales hayan sido ignoradas: dolores de cabeza, problemas estomacales, cierta taquicardia, irritabilidad, sensación de ahogo, etc. ¿a qué crees que son debidos estos síntomas?

“Seguir adelante” parece que tiene un significado de fortaleza o de superación, sin embargo, esta asociación no es del todo real. La capacidad de seguir adelante o sobreponerte de las situaciones que te generen malestar no se basa en el poco tiempo que pases por ejemplo, llorando.

Permitir que las emociones que estés experimentando (agradables o no) sean expresadas y reconocidas generará en ti un desahogo y una mayor conexión con tus propias necesidades.

¿Qué es esto de «necesidades»?

El simple hecho de vivir implica sentir y experimentar gran variedad de emociones, si algunos estados emocionales son vividos como desagradables, en principio los evitamos, pero si evitamos de forma constante y sistemática, ¿qué sucede con esas emociones? ¿el mensaje que quieren darte, lo escuchas?

Realizar un “escaneo emocional” es atender a necesidades. No sólo existen necesidades como el hambre, la sed o el sueño, también necesidad de atención, afecto, escucha, etc. Si no prestas atención a la necesidad no podrás solucionarla, y el malestar que en principio evitas, sólo se hará más grande e intenso con el tiempo.

Si algo de lo que has leído te suena, pero no ubicas si es eso lo que te pasa o no entiendes el porqué, te animamos a iniciar terapia psicológica.

En Quiero Psicología te ayudaremos a entender tu proceso y a crear herramientas personalizadas que permitan establecer una dinámica saludable en tu día a día. Contacta aquí.

sanitarios-trauma

Los sanitarios y el trauma de estrés

En otros post hemos hablado de cómo el miedo ha sido una emoción que ha aparecido en muchos de nosotros para avisarnos de que algo no estaba yendo bien. Nos avisaba de que había un peligro, y esta vez no era imaginado e irracional, sino que realmente había un virus pululando por ahí. Hemos hablado de que hay personas que han optado por evitar lo que estaba pasando, llegando a negar la realidad, y hemos visto otro tipo de personas que han conectado con el miedo, llegando incluso a desbordarse.

Pero, ¿Qué pasa con aquellas personas que han estado en primera línea sin opción a plantearse si querían o no querían estar?

El personal sanitario ha tenido y tiene, un papel esencial en lo que estamos viviendo. Han estado en los sitios donde el nivel de estrés ha sido más elevado, donde, en muchas ocasiones, no ha habido recursos para gestionar la situación y eso ha ocasionado pérdidas. Estar sometido a una situación donde el nivel de activación es muy alto y no se tienen los recursos suficientes para afrontar lo que está pasando puede desencadenar un trauma.

¿Eres sanitario?

¿Has estado al frente durante la pandemia?

¿Has visto a personas morir a causa del covid?

¿Has estado con los familiares que han perdido a un ser querido?

¿Alguien de tu familia ha pasado el covid?

¿Has visto a otros sanitarios desbordados?

¿Has tenido que elegir quién usaba respiradores?

Sí, soy personal sanitario ¿cómo sé si he tenido un trauma?

Si has estado expuesto a mucho estrés, puede que ahora estés experimentando “la resaca” de lo vivido. En el momento en el que te has tenido que hacer cargo de atender a las personas que llegaban al hospital, de habilitar camas, de elegir quién podía utilizar respiradores, etc, no podías escuchar cómo te estabas sintiendo.

Te has podido sentir como un autómata que tenía que seguir para delante sin opción de parar. Todo lo que has vivido ha sido algo nuevo, de gran carga emocional y muy estresante, por lo que necesitas procesar lo que ha pasado.

¿Sientes que no tienes ganas de nada?

¿Te notas con ansiedad?

¿Te da miedo que vuelva a ocurrir algo así?

¿Has llegado a pensar que no lo estabas haciendo todo lo bien que podrías?

¿Te sientes culpable de lo que ha pasado?

¿Estás en alerta constante?

¿Por qué me pasa esto ahora?

Estos síntomas son normales, cuando vives una situación de emergencia el cerebro recibe una señal para ponerse manos a la obra. En ese mismo momento pones todos tus recursos en marcha para hacerte cargo de lo que está pasando, activándote a nivel fisiológico (el corazón va más deprisa, los músculos se tensan, la respiración va más deprisa) y también a nivel emocional (puedes conectar con la tristeza de ver como otras personas pierden a sus familiares, con la culpa porque piensas que podías haber hecho más, con el miedo de que vuelva a pasar, miedo de contagiarte, etc.).

Durante el momento de mayor estrés, te das un atracón emocional que no puedes digerir porque hay cosas más urgentes de las que ocuparte. Y así día tras día, hasta que la exigencia es menor y hasta que todo va volviendo poco a poco a la “normalidad”.

Y ahora puede que…

  • Sea en este mismo momento cuando las emociones y todo aquello que no habías podido escuchar antes salga.
  • Sientas tristeza y conectes con recuerdos de lo que has vivido.
  • Te vengan imágenes que te conecten con el miedo que has pasado.
  • Tengas una sensación de hipervigilancia y te notes más nervioso/a, puedes sentir enfado hacia otros compañeros o hacia ti mismo, etc.

Estos síntomas buscan llamar tu atención y necesitan ser escuchados, es el momento de tener esa pausa y ese espacio para “digerir” todo lo vivido, para organizar y recolocar aquello que ha sido tan doloroso y desagradable para ti.

Si te sientes así, en Quiero Psicología te ofrecemos un espacio para procesar todo lo que has vivido, para que te escuches y te permitas expresar todo aquello que está dentro de ti. Contacta aquí con nosotras.

¿Le hemos perdido el miedo al coronavirus?

Es una pregunta que tras todo este tiempo de confinamiento y la vuelta a esta rara «nueva normalidad» mucha gente puede seguir haciéndose: ¿me asusto lo suficiente o no frente al coronavirus? ¿le he perdido el miedo?

¿Qué es asustarse suficiente?

Lo primero que hay que aclarar es que todas las emociones en su justa medida sirven, funcionan y están ahí para algo. Pero cuando rebasamos la intensidad emocional óptima lo único que ocurre es que nos bloqueamos, saturamos y lejos de que la emoción ayude a conseguir objetivos buenos, nos inunda.

Por ejemplo, es bueno tener algo de ansiedad ante un examen, si no, no estudiaríamos, pero si tenemos demasiada nos podemos quedar en blanco en mitad de la prueba.

El miedo es una emoción que nos sirve en su modo funcional para que no nos acerquemos a algo que represente un peligro para nosotros.

Pero claro, en esta crisis lo que no sabemos es cómo medir cómo de peligroso es contagiarse y cómo de fácil. Todos los días nos vemos inundados de noticias, algunas supuestamente de fuentes fiables y expertos pero que contradicen a otras fuentes fiables y expertos. Todo el día a todas horas oímos: cuidado que….mira las cifras que….

El miedo a los rebrotes parece acechar a la vuelta de la esquina y no sabes si salir, si no, si ir a la playa, si ir de vacaciones. No hay nada claro y no tenemos nada claro.

Entonces ¿qué hago?

Es evidente que hay muchísimos motivos para tomar precauciones: el riesgo de contagiarte tú y contagiar a otros (incluidas personas de riesgo) sigue flotando en el ambiente. Se toman medidas, pero sigue habiendo personas infectadas, contagios, ingresos.

¿No estoy lo suficientemente asustado?

No te pedimos que mantengas el miedo como herramienta para manejar la situación puesto que parece ser que ya no es necesario. Te hablamos de ser prudente y de hasta dónde puedes llevar esa prudencia sin reenganchar con el miedo ni pasar olímpicamente de la situación. La idea es mantener el equilibrio entre ambos extremos.

Si piensas que todo esto son pamplinas, que no hay que volverse histérico y que ya es tiempo de ir de chiringuitos, puede que estés disociado de la situación, que seas una persona que siempre resta importancia a todo aquello que le puede afectar emocionalmente para distanciarse creyendo que es una manera sana de adaptación. Quizás te interesa leer nuestro post sobre la gestión emocional. Vencer esa forma de pensar es duro sobre todo cuando tu propia evitación te hace creer que no tienes ningún problema. No te vas a plantear si estás lo suficientemente asustado o si tomas suficientes precauciones.

¿Estoy demasiado asustado?

Si eres una persona que intenta ser responsable y que ahora mismo ya no sabe ni qué medidas tomar, se siente culpable por si contagia a otros (sobre todo personas de riesgo) y tiene todo el tiempo miedo.

Ahí es cuando el miedo tiene riesgo de no servir para nada excepto para colapsarte. Así que te damos unas pautas:

Controla sólo lo que controles

Lo que viene siendo lo mismo que: no te vuelvas loco pensando en todas las posibilidades infinitas que no controlas, tipo «y si en realidad estoy asintomático y sigo contagiando», «y si mi abrigo ha rozado una estantería y no lo he desinfectado y entonces eso toca con…». Elige las precauciones que te den seguridad dentro de lo razonable y llévalas a cabo. Todas las demás déjalas. Y sobre todo deja de ver mil informaciones de supuestos expertos que cada vez añaden 7 cosas más que hay que hacer.

¿Cómo sabes que estás intentando controlar de más? pues por la ansiedad que te genera pensar las ocho mil trescientas variables. Ser responsable no implica tener que vivir ansioso.

No anticipes

Anticipar lo que va a ocurrir después, ya sea por el propio virus: «contagiaré a alguien o me contagiaré yo», «mi madre va a morir», etc. O por la crisis asociada: «no voy a tener trabajo», «mi sector ya no se recuperará», «no volveremos a ir de vacaciones»…. No te va a servir de ayuda.

Toda crisis es cambio y todo cambio conlleva muchísima incertidumbre. No anticipes sobre todo lo que no controlas, pensar en lo que ocurrirá después no ayuda porque ahora mismo no lo controlamos, cuando lleguemos a ese futuro pondremos en marcha nuestros recursos que no son pocos.

No tomes un ejemplo aislado para entrar en pánico

Por ejemplo: «he leído que hay un caso de un perro contagiado, entonces seguro que mi perro va a morir», o «ha muerto una persona de 20 años entonces eso es que todos podemos morir», o «hay rebrotes en 15 comunidades, de esta volvemos a la cuarentena»…

Tienes que valorar las probabilidades reales, igual que te podría caer una maceta en la cabeza y a lo mejor este mes alguien ha muerto así, pero como no estás expuesto a esa información no tienes miedo a eso. Relativiza las cifras según las probabilidades y si no puedes, desconecta un rato de informaciones.

Cuidado con los supuestos expertos

Pon siempre cabeza en lo que oigas y tradúcelo a lo razonable. Hemos llegado a oír que el perro no tiene que salir de un rincón, que nunca debes tocar a tu hijo, o que según llegues de la calle debes meter la ropa en la lavadora y directo a la ducha.

Informaciones que lejos de ser demasiado útiles provocan maltrato y obsesión.

¿Y si no puedo seguir estos consejos?

¿Qué pasa si no puedo seguir estas recomendaciones porque la ansiedad me sobrepasa?

Quizá antes de esta crisis, del confinamiento y de esta vuelta a la normalidad, ya había unos rasgos predisponentes o un problema subyacente que ha explotado y necesitas ayuda. Quizá no sólo es ansiedad por esto sino también por lo que ves que los demás están haciendo o dejando de hacer.

Lo fundamental es que encuentres el equilibrio entre la prudencia y el miedo paralizante, si necesitas ayuda para manejar todas las emociones que te han surgido durante el confinamiento y esas otras que están apareciendo ante la normalidad, contacta con nosotras y disfruta de tu primera cita gratuita.

trastorno-alimenticio

¿La comida se ha convertido en un problema?

¿Cómo puedo saber si tengo un problema con la comida?

Tener un problema con la comida suele implicar que existe un problema emocional muy relacionado con la aceptación de uno mismo/a (muchas veces de tu físico).


Estas son algunas de las características que te pueden ayudar a identificar si estás viviendo con este tipo de problemática:

Experimentas malestar

Te sientes mal cuando te miras al espejo, cuando recibes comentarios acerca de tu físico, cuando te pruebas la ropa, cuando tienes que quedarte en bikini, etc. La forma en la que te hablas te devalúa, comparándote con otros que consideras mejor que tú: “con esta camiseta se me nota mucho la tripa, que asco”, “mira que piernas tan delgadas tiene María, y mis muslos tienen que ser así de anchos…”.

Sentimiento de culpa

Ese sentimiento de culpa aparece cuando has comido algo de más o algo que no tenías pensado comer (puede ser que esa culpa te acompañe para casi cualquier cosa que hagas).

La culpabilidad te genera una sensación de malestar y la forma que tienes de hablarte a ti mismo/a cuando la sientes puede llegar a ser saboteadora. Esta culpa se puede convertir en acciones para eliminar lo que has comido ya sea bien purgándote, haciendo ejercicio extra o dándote un atracón.

Perfeccionismo y exigencia

Muchas veces asociado a estos problemas aparecen un perfeccionismo y una exigencia muy fuertes: no te gusta fallar, te castigas muchísimo por cada error, repites las tareas hasta el agotamiento buscando errores mínimos que corregir… En general te tratas de una forma que nada tiene que ver con cómo tratarías a alguien a quien quieres.

Frases comunes para hablarte pueden ser: «tendría que haber hecho…», «si yo no fuera tan inútil», «si yo hubiera…», «nunca hago nada bien». Si no consigues el resultado X te hablas como si fueras lo peor.

Por intentar tener el control lo pierdo

Como persigues llegar a un ideal inalcanzable o tener siempre las cosas bajo control, te ves afectado a la hora de tomar decisiones de los más simples como ir a la playa, a cenar con tus amigos, hacer un viaje, etc., no únicamente porque tu imagen te genere vergüenza, rabia o tristeza, sino por tus hábitos de comida.

Puede ser que ya no comas tanto como antes porque quieres perder peso y te da vergüenza comer con tus amigos o familia por si te preguntan y hacen comentarios al respecto. Puede ser que te esfuerces por comer sano y que acabes dándote un atracón muchas noches y no quieres que la gente lo sepa. Puede ser que todo esto te provoque ansiedad y acabes perdiendo el control.

Ideas irracionales

Quizás la obsesión con la comida sea tal que desarrolles ideas irracionales desde «si como un cocido hoy, mañana ya he engordado», «sólo puedo comer todo a la plancha porque si no engordo», hasta más graves como «no puedo ni echarme cacao en los labios porque me engordará». Pero no sólo con la delgadez, puede ser todo lo contrario si en tu caso el problema de la comida es con el atracón, tipo: «no pasa nada por comer azúcar todo el tiempo, la gente es una exagerada», o «da igual lo que coma, mi metabolismo es así».

¿Qué tipos de trastornos hay relacionados con la comida?

Puede ser que no hayas desarrollado un trastorno porque no cumplas todos los criterios, pero aquí te dejamos algunos de los más frecuentes para veas qué cosas pueden llegar a pasar. A modo general te diremos que si sientes malestar y te identificas con las características que te explicamos más arriba deberías buscar ayuda.

Ortorexia

Obsesión por la comida sana, suprimiendo alimentos necesarios sin sustituir los nutrientes adecuadamente. La persona suele obsesionarse generando un hábito que ha oído que es bueno (desde sólo comer cosas crudas, hasta hacer un día de sólo lechuga, etc…) y lo lleva al extremo. Es fácilmente identificable porque tendrá muchas ideas irracionales sobre lo que es sano o no y no se le podrán rebatir.

Anorexia nerviosa

El peso corporal de la persona es significativamente bajo debido a restricciones o al ayuno y también puede combinarse con ejercicio excesivo. Además, hay un tipo de anorexia nerviosa que puede ir acompañado de atracones y purgas.

Bulimia nerviosa

Se caracteriza por uno o más atracones por semana durante al menos 1 mes. Durante los atracone0,s la persona pierde el control e ingiere una cantidad de comida superior a lo que está acostumbrado/a en un periodo corto de tiempo. La persona no tiene un peso significativamente bajo, pero sí presenta una preocupación con la forma o el peso corporales, afectando a su autoevaluación.

Trastorno por atracón

La persona sufre episodios de atracones frecuentes, asociados a sentimientos de malestar y emociones negativas. La diferencia es que no se presentan comportamientos compensatorios como purgas o ejercicio excesivo.

¿Cuál es el origen? ¿Qué hago ahora?

A todos nos importa nuestra imagen, de una forma o de otra. Todos nos miramos al espejo y tenemos una idea de cómo somos. Esta idea se empieza a formar desde que somos pequeños en base a cómo nos ven los demás, qué vemos en la publicidad o a través de compararnos con modelos que están aceptados y ensalzados socialmente. Muchas veces las madres y padres han tenido un papel fundamental en esto, poniendo a sus hijos a dieta con 4 años e inculcándoles que estaban «mal» por su cuerpo.

Buscamos sentirnos aceptados e integrados y en una sociedad donde el físico está tan expuesto a críticas, es normal que te hayas preocupado por cómo te ves y cómo te ven, sobre todo en algunas etapas como la adolescencia, los primeros años en ese nuevo instituto, con tus primeras parejas, etc.

Pero hay una forma de mirarte que es sana y hay otra que es dañina porque genera malestar. La primera secrea desde la aceptación, sabiendo cómo eres y aceptándote, aceptando que tu nariz no es tan pequeña como te gustaría, que tus muslos no son tan delgados como quisieras, que tus bíceps no se ven tan fuertes como te gustaría, etc., en definitiva, aceptando quién eres.


Cuando aceptas quién eres, no te sientes forzado/a a dar otra imagen distinta para así poder encajar, te limitas a ser tú.

Pero esto, dada la sociedad y los cánones de belleza en los que vivimos, no es nada sencillo. Requiere de un trabajo de desprogramación que tiene sus fases y lleva su tiempo.


En Quiero Psicología contamos con profesionales formadas que pueden entenderte y adaptarse a tu situación. Si te sientes identificada/o con lo que has leído arriba, ven y nos cuentas, podemos ayudarte. Contacta aquí.

obsesiones-psicologo

¿Por qué le doy tantas vueltas a todo?

¿Te pasas la mayor parte del tiempo pensando?

Pensando lo que podrías haber dicho o en lo que dirás la próxima vez, pensando en lo mal que te ha sentado que tu compañera te hiciera ese comentario, pensando en que harás cuando se te acabe el contrato de trabajo, pensando en que pasará el año que viene, pensando…


Al final nunca estás en el momento presente, porque cuando estás en tu cabeza, no estás conectando con lo que realmente está pasando. Te viene un pensamiento, involuntario y repentino y lo tomas tan en serio que empiezas a dialogar con él.


Y es aquí cuando empiezas a rumiar y a crear una cadena de pensamiento en la que cada vez te vas alejando más de lo que está pasando.


En vez de buscar alguna solución que pueda servir para hacer frente al problema, te dedicas a pensar en por qué te pasa esto a ti, en que desgraciado/a eres, en que siempre te pasan estas cosas, etc. y mientras tanto no te estás ocupando de lo que realmente importa.

¿Qué cosas puedo hacer para evitarlo?

Quizá te venga bien hacerte estas preguntas:

¿Te estás preocupando o te estás ocupando?
La misma palabra lo dice: pre-ocuparse, es decir, antes de ponerte manos a la obra para buscar una solución, entras en un bucle rumiativo que no aporta ninguna solución útil a lo que está sucediendo, saltas de una idea a otra que te desvía de lo realmente importante y te genera malestar.

¿Te sueles mandar mensajes negativos a menudo?
Si cuando ocurre cualquier circunstancia vital, te sueles hablar de forma negativa: “es que siempre lo hago mal”, “verás mañana cuando me toque enfrentarme a mi amiga”, etc., tiene sentido que experimentes una sensación de malestar a menudo. Hablarte así no te ayuda y bloquea tus recursos personales.

¿Te suelen generar malestar las cosas que te pasan?
Si la forma de interpretar lo que te ocurre tiene un tinte catastrófico, es normal que vivas en estados constantes de malestar. Cuando pensamos en algo que nos resulta desagradable, el cerebro no diferencia si realmente está sucediendo en el momento o no, por lo que las emociones surgen igualmente aunque el suceso no se esté dando en el momento presente.

¿Por qué me pasa esto?

Quizá durante tu vida hayas recibido comentarios que no te han ayudado a ganar confianza en ti mismo/a por eso crees que si piensas mucho las cosas vas a tener mayor seguridad. Quizá has recibido críticas que te han hecho sentir que no eres lo suficientemente bueno o lo suficientemente válido o quizá te sea de utilidad funcionar así, porque al estar pensando, evitas ocuparte de lo que realmente ocurre.


Lo que está claro es que te preocupas demasiado y crees que si piensas algo muchas veces al final lograrás controlar todo y que nada te pille de improviso. Algo que es imposible porque la vida en sí misma es impredecible y se escapa de tu alcance querer controlar todo.


Es más importante adquirir recursos personales que te permitan hacer frente a las situaciones cuando están ocurriendo ya que por preocuparte más, no solucionas nada. Al contrario: generas malestar, anticipas los acontecimientos negativamente, etc.


Quizá sea el momento de revisar cuánto tiempo inviertes pensando y de qué manera esto afecta a tu forma de afrontar lo que sucede y a cómo te sientes. En Quiero Psicología sabemos por lo que estás pasando, ven y trabajaremos contigo para que cambies.

Contacta aquí.

maltrato-familiar

¿Tu familia te manipula?

Luz de gas en la familia. Manipulación de la realidad y confusión.

¿Te han dicho alguna vez que lo que dices haber vivido no es cierto o no ocurrió así? ¿Te has llegado a sentir desorientado/a respecto a una situación por lo que dicen los demás y lo que has vivido tú? ¿Has dudado de tu propia versión de los hechos? ¿Crees que estás siendo manipulado/a?

Esto es luz de gas. Este término hace referencia a las situaciones en las que una persona o varias pretenden confundir a otra, convirtiéndola en víctima mediante negaciones o con información falsa sobre una situación para así, desorientar a la persona y que no sepa lo que realmente ocurre, siendo esto una forma de maltrato psicológico.

En relaciones en las que existe maltrato, como en la violencia de género, se dan un sin fin de ejemplos en los que observar esta luz de gas, sin embargo, también puede suceder en el entorno familiar.

Quizás tengas dudas sobre si estás o no en esta situación y es que precisamente las personas que intentan manipular tu juicio, pretenden aislarte y hacerte sentir inseguro/a, autocuestionarte y perder la confianza en tu intuición y en toda tu autonomía.

Aquí van algunos ejemplos:

Sientes que entre tu madre y tu padre las cosas no van bien pero la imagen que te muestran a ti es de normalidad, que todo está bien. Por otro lado, tú tienes una sensación de miedo y malestar ya que percibes la tensión en casa pero nadie te explica lo que está sucediendo por lo que, no puedes integrar lo que está pasando, quedándose en ti esta sensación de miedo e inseguridad.

En casa te fuerzan a mentir a los demás sobre una situación porque consideran que así evitan dar “mala imagen” al resto de personas. Esto te confunde y te hace dudar de tus propias sensaciones. Por ejemplo: se lleva a cabo un proceso de divorcio en casa pero te piden que no cuentes nada para no generar comentarios externos. Tú no sientes que el divorcio sea algo de lo que avergonzarse, sin embargo, te ves forzado/a a hacer algo que no quieres. Finalmente acabarás por ocultarlo ya que integrarás su manipulación en tu propio juicio.

Tu madre realiza comentarios despectivos sobre alguna de tus amistades porque considera que “no es de fiar”, o resalta aquellos momentos en los que “no estuvo para ti”, haciendo especial énfasis en lo mal que se porta contigo. Tú no percibes esto, ya que es uno de tus mejores amigos, y disfrutáis de una bonita relación desde hace años. Da la sensación de que tu madre preferiría que te alejaras de esa persona sin un motivo aparente y comienzas a dudar y a cuestionarte situaciones que para ti no han sido conflictivas con tu amigo, llegando a creer finalmente que no es una buena compañía.

¿Qué hago?

Puede que no sea fácil darte cuenta de que estás viviendo una situación así, sobre todo, si viene por parte de tu familia. Los miedos, las inseguridades, los prejuicios, etc, de los demás, pueden hacer que dudes de lo que realmente eres, quieres o necesitas.

Es importante que trabajes sobre esto porque tienes derecho a estar conectado/a con tus propias sensaciones, juicios y criterios de manera personal y autónoma. Tienes derecho a sentir lo que sientes y a atender tus necesidades, sin que nadie te confunda.

Si crees que estás experimentando luz de gas, o tienes dudas al respecto, en Quiero Psicología te daremos una acogida neutra, sin juicios, que te permita integrar lo que percibes, vives y sientes sobre tu propia realidad. Contacta con nosotras aquí.

personas-tóxicas-positivas

La censura de las emociones negativas.

“Anímate, no pasa nada”, “no te sientas mal”.

¿Ayudan estos consejos a que te sientas mejor?

NO. Te explicamos porqué.

La positividad tóxica se manifiesta en frases como:

“Tienes que estar bien”

“No seas tan negativo”

“Tienes que animarte”,

“No puedes estar así”,

“Deja de llorar y anímate”  

“Tú pasa y ya está”.

“Estar triste no sirve de nada”

Aparentemente son frases que pretenden hacerte sentir mejor, ¿verdad? Pero lo que realmente esconden detrás es un mensaje muy dañino. Las has podido escuchar en tu familia o en tu grupo de amigos. Cuando tenías un problema y recurrías a alguien de tu confianza, recibías este mensaje, de manera que has aprendido a hablarte de la misma forma.

¿Cuándo sientes tristeza qué sueles hacer?

¿Y cuando estás enfadado?

¿Reconoces cuando tienes vergüenza? El hecho de saber lo que sientes y por qué lo haces te ayuda a entenderte, a conocerte y a saber lo qué necesitas y lo qué no.

Si has aprendido que la tristeza es una emoción que no sirve para nada, que “solo sirve para ponerte mal”, cuando te pase algo que te haga estar triste, utilizarás esta estrategia para evitarlo.

¿Sueles salir a tomar algo? ¿llamas a tus amigas para irte con ellas? ¿te sueles hablar desde la exigencia y no te permites estar mal?

Puedes sentir que la tristeza es un túnel en el que vas a entrar y del que no vas a salir, pero realmente la tristeza es un puente que te permite pasar al otro lado, te permite integrar que alguien se ha ido, que algo ya no va a volver a ser igual o que lo que está pasando te está haciendo daño.

¿Te permites enfadarte? ¿o el enfado no forma parte de tu repertorio habitual?

Si has aprendido que no está bien expresar el enfado, probablemente aguantes y aguantes hasta que un día explotas. Y si no lo explotas hacia fuera, explotarás hacia adentro en forma de frustración o tristeza.

El enfado sirve para poner límites y preservar tu espacio personal. Tienes derecho a enfadarte, tienes derecho a defender tu espacio.

¿Qué haces cuando sientes vergüenza? ¿Te sientes vulnerable por decir que tienes vergüenza?

Si para ti la vergüenza es sinónimo de debilidad y has aprendido que si te muestras débil corres más riesgo de que te hagan daño o de que los demás no te vayan a aceptar, evitarás a toda costa sentir y expresar la vergüenza. Pero la vergüenza es una emoción más que te da información de aquello en lo que no te encuentras lo suficientemente seguro o válido. Puede ser una puerta que te permita entrar en un espacio para trabajar en ti.

¿Qué pasa cuando tienes miedo? ¿te dejas sentir el miedo porque sabes que es una parte más de ti?

El miedo es una emoción más, forma parte de todos nosotros. Si realmente no identificas qué es lo que te da miedo y te haces cargo de ello, es posible que tengas otros síntomas ya que el miedo busca salir de alguna forma. Quizá sea ansiedad, pensamientos obsesivos y recurrentes o ataques de pánico. Es importante que el miedo tenga su espacio para que lo escuches, lo entiendas y te hagas cargo.

Como puedes ver, las emociones forman parte de ti. Es sano experimentar emociones en una medida ajustada y adecuada a la situación.

En cambio, el exceso de positividad es tóxico porque censura las emociones que son más desagradables y no te permite atender a las partes dañadas. ¿Quieres aprender a identificar qué sientes? ¿Quieres aprender a dejar de censurarte? Ven y cuéntanos, trabajaremos contigo. Contacta aquí.

desescalada-madrid

Sigue tus propios ritmos de desescalada

¿Eres de los que ya ha salido varias veces a tomar algo?  

¿Eres de los que aún no ha visto a nadie?

Son dos polos opuestos y esto puede dar pie a todo tipo de comentarios: “ya no hay que preocuparse tanto, ¡sal!”, “no puedes estar así todo el tiempo”, “¿cómo puedes aguantar?”,  “la gente es irresponsable, no deberían salir”, “¿seré un bicho raro por no querer ver a gente?

Quizás estés leyendo esto desde la Comunidad de Madrid o desde La Gomera y, en función de en qué punto del mapa te encuentres, estarás en una fase de la desescalada u otra pero, lo que de cualquier forma va a suceder tarde o temprano es la vuelta a la “normalidad”.

¿Qué pasa si no voy con los ritmos de desescalada de mis amigos o familiares?

Si has leído atentamente, la palabra normalidad está entre comillas, es decir, no hablamos de la normalidad que conocemos, sino, de una nueva forma de volver al día a día, algo nuevo.

Si eres de las personas que ya ha vuelto a salir de casa con asiduidad lo que leerás a continuación no te representará mucho aunque, quizás, te ayude a comprender la perspectiva contraria.

Si por el contrario no te sientes bien volviendo a la “normalidad” este post es para ti.

Como hemos escrito previamente, la vuelta a la normalidad está siendo diferente y esto puede generar en ti una variedad de emociones y sensaciones: miedo a contaminarte; tristeza por dejar la tranquilidad que tenías en casa; presión en el pecho al volver al trabajo; enfado al ver a personas sin respetar las distancias, etc. Con todo ese cóctel lo natural y lógico para ti es no querer volver a lanormalidad.

Olvidemos el juicio de si está bien o mal y centrémonos en, simplemente, permitir expresar y validar lo que estás sintiendo. No querer salir no está mal, no es algo raro y, si puedes elegir, no tienes la obligación de hacerlo si no quieres.

Repítete como un mantra este párrafo y date tregua.

Estamos ante una pandemia mundial, lo que ha supuesto una situación de peligro real y un cambio en la dinámica a la que estábamos acostumbrados y esto requiere de una adaptación por parte de todos/as. Esta adaptación es tan personal y hay tantas opciones como indivíduos.

Cada uno/a tiene un ritmo y lo adecuado es respetarlo.

De lo contrario, el estrés y la dificultad de ir contra tu proceso generará mayor malestar.

Ser más cauteloso/a forma parte de una reacción natural del ser humano ante situaciones de peligro como la que estamos viviendo en las que el miedo es la alarma que nos hace sobrevivir. Este estado de alerta te permite entender que la vuelta a la vida no será como siempre y te hará tomar las precauciones necesarias para cuidar tu salud y la de los demás.

La realidad que haya vivido cada persona influye también en su proceso. Por ejemplo: ser una persona de riesgo o convivir con alguien de riesgo; haber estado en primera línea siendo testigo de situaciones extremas como ver a compañeros/as saturados/as en el trabajo; presenciar fallecimientos o gestionar un funeral. Incluso sin estar dentro de estas experiencias es posible que estés empatizando con ellas.

¿Qué hago entonces?

Puede también que el confinamiento te haya permitido tener más tiempo para ti y los tuyos, que hayas podido conectar con una tranquilidad que no tenías antes de la pandemia, hacer cosas que habías dejado de hacer por la vorágine del día a día. Es perfectamente natural y comprensible que perder esto que te genere malestar.

-Aprovecha este tiempo para reflexionar sobre cómo te sientes, qué necesitas, qué te gustaría cambiar.

-Respeta lo que suceda en ti.

-Mantén el teletrabajo si puedes y si así te sientes mejor.

-Toma precauciones que te hagan sentir más seguro si tienes que salir.

-Comunica a tu entorno cómo te sientes para que comprendan tu situación.

-Vuelve gradualmente a la “normalidad”, no tienes que hacerlo todo de golpe.

-Evita sentirte juzgado o juzgar a otros. Cada persona tiene su proceso.

Exprime cada situación y aprende de cada experiencia. Esto te permitirá desarrollar recursos que quizás antes no tenías, contribuyendo a mejorar bienestar.

Si sientes que la situación te sobrepasa y necesitas ayuda profesional para adaptarte a esta nueva “normalidad” en Quiero Psicología podemos acompañarte en este proceso sin moverte de casa a través de sesiones online. Contacta aquí con nosotras.

Violencia en pareja y el confinamiento.

Si crees que tu pareja te está maltratando porque durante la cuarentena la situación se ha puesto especialmente tensa o porque tus sensaciones y sentimientos han cambiado o están cambiando a peor, te recomendamos hacer una lista de cosas que han podido pasar, como señales de alarma para identificar si has vivido o estás en una relación tóxica o violenta.

En otros post hemos visto de qué manera ha podido afectar negativamente el confinamiento a tu relación de pareja. No es agradable tener discusiones con tu pareja, pero es importante ver cómo ha sido realmente esa dinámica. Porque no es lo mismo haber tenido desacuerdos donde el nivel de intensidad ha sido más alto que en otras ocasiones a que hayas vivido una situación de violencia.

¿Cómo sé si he vivido situaciones de violencia?

Puede que sea difícil que veas lo que es “normal” y lo que no lo es, especialmente si tu relación lleva tiempo funcionando de esta misma forma y ha sido la cuarentena, pasar todo el tiempo juntos/as, lo que te ha hecho sentir malestar, incomodidad o miedo.

También puede que sea difícil identificar un comportamiento violento o tóxico en la persona que se supone que te quiere y a la que quieres, pero es importante detectarlo para poder trabajar en ello.

¿Cómo puedo diferenciarlo?

Hay una serie de comportamientos o indicadores que te van ayudar a hacerlo, estos son algunos de ellos:

¿Te ha sobrecargado de responsabilidades?

Tú asumes la mayor parte de las tareas de la casa; tu pareja se ha dedicado a tener espacios personales y en cambio tú no has tenido tiempo para ti; te ha exigido que la casa estuviera limpia o la comida lista sin haberte ayudado ni colaborado; tienes que estar siempre disponible y a su servicio para cuando quiera o te culpa de cualquier conflicto familiar.

Todas estas exigencias te generan agotamiento y hacen que no atiendas tus propias necesidades.

¿Distorsiona la realidad?

Te confunde porque te puede halagar a la vez que te humilla; muestra una imagen diferente de cara a los demás a la que tiene en casa; te miente, tergiversa vuestras conversaciones o los acuerdos que teníais; te sorprende con regalos que luego utiliza para manipularte; está convencido/a que es superior y que siempre tiene razón e incluso puede afectar a tu estado físico alterándote el sueño o incitándote a tomar tranquilizantes.

Este comportamiento cambiante te mantiene en un estado de confusión e inseguridad en el que no sabes qué es real y qué no.

¿Te devalúa?

Te hace sentir inferior; te insulta o hace comentarios críticos sobre tu aspecto físico y tu imagen; constantemente busca errores en ti o fallos; te devalúa como pareja; ridiculiza tus metas, actitudes y habilidades; se ríe de todo lo que no considera que es valioso o importante o incluso puede llegar a mostrar desprecio hacia tu familia de origen.

Esta actitud por parte de tu pareja puede afectarte muy negativamente, minando tu autoestima y haciendo que te avergüences.

¿Utiliza estrategias defensivas?

Quizás esquiva su responsabilidad o justifica este comportamiento restándole importancia, argumentando que no ha sido para tanto; explicando con todo lujo de detalles que es correcto lo que ha hecho; utilizando la racionalización y la lógica para explicar coherentemente por qué lo ha hecho; desviando su responsabilidad sobre el problema hacia causas externas; negando los hechos o las discusiones como defensa para restar credibilidad a lo que tú dices que ha pasado; haciéndose el/l olvidadizo/o, asegurando que no recuerda lo ocurrido o recurriendo al chantaje emocional para conseguir que sientas lástima por él/ella.

Si estas estrategias le funcionan, lo que consigue es que te acabas sintiendo culpable de cosas que no te pertenecen.

¿Te controla?

Te pregunta que a dónde vas incluso ahora que sólo has podido salir a comprar; decide dónde puedes y no puedes ir; te aísla de tus relaciones familiares y de tus amigos; te ha llegado a retener en casa; desconecta el teléfono o internet cuando se va a pasear y no permite que le acompañes; te oculta información sobre la situación económica pero te exige que le expliques detalladamente tus gastos.

Todos estos límites y controles, sumados a la situación de confinamiento, aumentan y agravan la sensación de aislamiento que pasa de ser una sensación a ser una realidad.

¿Te intimida?

Te intimida de forma verbal utilizando gestos, miradas o tonos de voz que sientes como amenazantes o, directamente, te dice que va a echarte de casa o a quitarte a tus hijos. Ha llegado a amenazarte o a agredirte físicamente con  empujones, zarandeos, tirándote cosas, etc.

La intimidación que puede ser difícil de reconocer como comportamiento si se da de forma puntual o muy espaciada en el tiempo, genera sensaciones de ansiedad y miedo que pueden generalizarse, de forma que estés constantemente esperando una reacción violenta del tipo que sea, aumentando el estrés que experimentas.

Detectar estas conductas puede ser a veces muy difícil, porque muchas de ellas son sutiles o porque te encuentras inmerso/a en una relación donde no tienes la opción de tomar perspectiva y verte “desde fuera” de la relación.

Si reconoces alguna de estas señales, si tus sensaciones y alarmas saltan cuando lees este post, no dudes: llámanos y empezaremos a trabajar en esta situación. Tienes derecho a vivir y a vivir bien.

*En caso de estar sufriendo durante la convivencia conductas violentas por parte de tu pareja, pide ayuda y ponte a salvo lo antes posible. Puedes hacerlo llamando al 016 o al 112, o en caso de que no puedas utilizar el teléfono, acudiendo a la farmacia o supermercado más cercano y alguien te ayudará a contactar con la policía. *