cuidado de mayores

Nuestros mayores y la pandemia.

Tras más de un año de pandemia, seguimos envueltos en una dinámica que nos obliga a estar alerta a muchos niveles.

Aparecen nuevos términos asociados al Covid, como la “fatiga pandémica”.

Es esa sensación de agotamiento que estamos viviendo tras mucho tiempo sosteniendo la incertidumbre, la alerta y todo lo que envuelve a la pandemia.

A cada uno le afecta de una forma u otra. Cada experiencia es única y personal.

Hoy queremos hablar de una población que ha sufrido especialmente esta experiencia.

Una población que sigue siendo la más vulnerable, la que más precauciones sigue necesitando tomar.

Hablamos de las personas mayores.

Nuestros mayores están padeciendo de forma directa y mucho más grave que otros grupos de población todo lo referente a la pandemia.

La reducción del contacto social y físico ha sido una de las primeras restricciones que se aplicaron y que se han mantenido firmes.

Las visitas a nuestros abuelos y abuelas en las residencias, prohibidas.

Ir a casa de la tía los domingos, prohibido.

Pasar la tarde con tu madre, prohibido.

El alimento que son los abrazos, los besos, la interacción social, prohibido.

Esta situación ha generado un aislamiento que nuestros mayores pueden intentar cubrir a través de videollamadas.

¿Te has parado a pensar lo importante que puede ser para ellos recibir una llamada, aunque sea breve?

La pandemia también se llevó por delante los Centros de día, los polideportivos, las clases y los talleres que nuestros mayores solían disfrutar y aprovechar.

Si eres joven, tendrás muchas opciones para entretenerte.

La universidad, clases, trabajo, gimnasio, bares, etc.

Las personas mayores podían estructurar su rutina incluyendo clases de informática o talleres de pintura.

¿Qué ha pasado cuando todo estaba cerrado?

¿Qué han hecho nuestros familiares con todo ese tiempo para llenar?

La falta de actividades ha fomentado el sedentarismo y el aburrimiento.

Muchos de nuestros familiares han comenzado a experimentar ansiedad y una profunda tristeza. La monotonía del día a día puede ser peligrosa si no les ayudamos a sobrellevarla.

El autocuidado personal como el uso de la mascarilla, gel desinfectante o mantener las distancias, supone estar pendiente todo el tiempo para no cometer errores que te pongan en peligro ni pongan en peligro a los demás.

Esto genera mucha inseguridad y puede llegar a suponer un peso agotador para cualquiera.

Prestar atención a que los demás también se cuiden y que si se acercan a ti lo hagan con garantía de que lo hacen genera mucha tensión y miedo.

Saltan un montón de preguntas que no tenemos tiempo ni de formular.

¿Habrá estado con muchas personas antes de venir a verme?

¿Se habrá lavado las manos al entrar a casa?

¿Por qué no se coloca bien la mascarilla?

A toda esta tensión diaria, podemos sumar la que les vamos poniendo nosotros cuando les llamamos o hablamos con nuestros mayores: “ten cuidado como pilles el virus puede ser muy peligroso” “deberías no salir a la calle ni recibir visitas” “las personas mayores tienen menos probabilidades de sobrevivir”, etc.

Ahora, imagina estar escuchando todo el rato este tipo de frases.

Encender la televisión y ver la cantidad de noticias que te recuerdan la peligrosidad y letalidad del virus a partir de cierta edad.

Todo esto genera en las personas mayores miedo.

Un miedo que se traduce en elevados niveles de ansiedad que suele venir acompañada de una sensación de aburrimiento y que mantiene y aumenta la cantidad de pensamientos rumiativos negativos.

Todas estas sensaciones y pensamientos generan malestar, sensación de desamparo, soledad e inutilidad.

La aparición y la suma de todo esto incentiva e incrementa cualquier sintomatología preexistente, no sólo física sino también psicológica.

¿Cómo puedes ayudarles?

Lo primero es ser conscientes de la situación que viven, ponernos en su piel y no ignorar su malestar.

Hacernos cargo como sociedad y como familiares.

Hablar con ellos por teléfono o video llamada, especialmente en momentos concretos del día como la tarde o la noche.

Preguntarles cuándo se sienten peor para acompañarles, aunque sea a través de las pantallas.

Según el caso, facilitarles el uso de alguna plataforma con la que contactar no sólo por voz sino por imagen puede hacerles sentir aún más cerca a las personas.

Darles mensajes de esperanza, de responsabilidad, pero también de certeza.

Ya se está vacunando a muchos de nuestros mayores y la situación y la tensión a la que se han visto sometidos, se irá relajando poco a poco.

En cualquier caso, podemos y debemos darles seguridad.

La vacuna no va a reparar su mundo emocional que ha quedado tocado. Necesitan recuperar su vida “normal” y debemos estar ahí para apoyarles en el intento.

Crear temas de conversación que no giren en torno a la pandemia y lo desastroso o difícil que está siendo todo.

Ellos y ellas ya lo saben y no es necesario desahogarnos con ellos y hacer que se preocupen más aún.

Tampoco es necesario mentir, pero debemos tener en cuenta que su cuidado y su salud mental son prioritarios.

Cuidarlos implica saber que, en este momento, no son nuestro paño de lágrimas ya que puede generarles aún más impotencia y malestar.

Es importante facilitarles actividades que puedan hacer a nivel individual.

Sopas de letras, puzzles, películas o series si tienen la opción, música o radio, libros, manualidades, etc. para que puedan pasar el tiempo.

Planificarles tareas para hacer deporte que puedan hacer sin dañarse.

Ejercicios sencillos y simples pero que les hagan mantenerse activos.

Técnicas de relajación y meditación a través de audio o vídeo o incluso vía teléfono para guiar paso a paso y hacerlo en compañía.

Acompañarles en la medida de lo posible y compartir el proceso, mostrando interés por lo que están haciendo.

Hacer visitas con todas las precauciones a menudo, para que, aunque sea breve, sientan el calor humano.

En el mejor de los casos, poder hacer turnos para convivir durante unos días o el fin de semana teniendo en cuenta las medidas de protección necesarias.

Utilizar elementos de higiene diferenciados e incluso mantener la mascarilla a pesar de estar juntos solo unas horas.

Hay que tener en cuenta también que puede que muchos familiares, amigos o vecinos hayan sufrido la peor de las consecuencias del Covid-19 como puede ser secuelas graves o incluso la muerte.

Perder a gente a su alrededor o contemplar la posibilidad de ser uno de ellos, genera mucho miedo y tristeza.

Es importante ayudarles a elaborar el duelo y acompañar en este proceso.

En los casos que sea necesario, aportar ayuda psicológica puede ser una opción acertada.

Si ha habido ingresos y han tenido que pasar ese período en soledad, aislados en un hospital, esta situación puede dejar secuelas que también hay que atender y escuchar.

Puede que estén algo más irritables en ocasiones, testarudos y testarudas, que se quejen constantemente, etc., como todos.

Se trata de comprender las pocas opciones que tienen y las limitaciones sociales y de salud que la pandemia y toda esta situación les ha creado.

Lo que hemos hablado de cómo les afecta todo esto.

Necesitan sentir que validamos sus emociones y no reñirles.

Escuchar y permitir la ventilación mental más que el rechazo será un soplo de aire fresco para ellos y ellas.

Si se te ocurren otras formas, serán bienvenidas y la propia persona mayor te lo agradecerá. Validar su etapa vital y darles cuidado propiciará que esta pandemia pase con más estabilidad y bienestar.

No seamos egoístas y cuidemos a las personas que tanto nos ha dado y que aún tiene mucho que ofrecer.

Si eres una persona mayor que necesita desahogo, te escuchamos.

También te podemos ayudar si cuidas de alguno de tus mayores y no sabes gestionar alguna cosa.

En Quiero Psicología ofrecemos terapia individual tengas la edad que tengas y con las precauciones necesarias para estar en un espacio seguro.

normas covid y niños

Niños, niñas y normas.

Somos seres sociales. Vivimos en comunidad, en “tribu”.

Conocer las normas de convivencia y las reglas sociales facilita que esa convivencia sea respetuosa, productiva y fluida.

Nuestro primer entorno relacional es la familia.

Es donde se asientan las bases y los valores que nos permiten relacionarnos de una u otra forma en los distintos grupos sociales con los que convivimos diariamente.

Damos a nuestros hijos e hijas cariño, cuidado, protección, etc.

Cubrimos sus necesidades básicas y les ofrecemos la información necesaria para que puedan comprender y entender la importancia de cumplir una serie de normas que les permitirán vivir en sociedad.

Esta información la transmitimos casi sin darnos cuenta.

Vivimos en la sociedad y tenemos años de experiencia relacional que nos permiten actuar casi de forma automática.

Nos paramos en los semáforos en rojo, cruzamos la calle por los pasos de cebra, saludamos al entrar en los establecimientos y nos despedimos al salir, caminamos respetando el tránsito de los demás, etc.

Son actos inconscientes, automáticos.

Con nuestro ejemplo, se los transmitimos a nuestros hijos e hijas.

Son acciones que hemos asumido como parte de nuestra vida. Sabemos que nos aportan seguridad y tranquilidad.

Nos facilitan la convivencia y conseguir un entorno predecible.

Generan una sensación de control sobre lo que sucede a nuestro alrededor.

¿Qué ocurre cuando hay que introducir normas nuevas?

La pandemia y todas sus consecuencias ha sido y es una situación que no controlamos.

No tenemos toda la información, vivimos en la incertidumbre aunque nos hayamos acostumbrado poco a poco a ella.

Los comportamientos habituales han cambiado y hemos tenido que introducir algunos nuevos que nos hacen sentir incómodos.

Buscamos información, intentando entender y aceptar las nuevas normas.

Las hemos ido incorporando desde hace un año, pensando en nuestra seguridad y en la de los demás.

Comprendemos la necesidad de estas nuevas normas y las cumplimos.

Obviamente, estas normas no sólo son para los adultos, también han de cumplirlas los niños y niñas.

¿Cómo transmitirles estas normas a los niños y niñas?

Hay niños para los que la incorporación de estas medidas ha sido fácil y las han interiorizado como parte de su día a día sin problemas.

Siguen el ejemplo de los adultos de su entorno y la necesidad de pertenencia que todos tenemos les ha facilitado que esa incorporación sea fácil.

Pero una de las características de la infancia es la curiosidad.

Hay niños y niñas que cuando no comprenden al 100% una norma, la cuestionan y se niegan a cumplirla.

Puede parecer que están buscando desafiar a la autoridad.

En una situación así, nos enfrentamos al reto de transmitir a ese niño la importancia de cumplir estas normas.

Hacerle entender que es por su bien y por el de los demás, sin que sienta que le estamos obligando.

Hacer que no lo sientan como una obligación es en donde debemos centrarnos para que pueda interiorizar estas normas de manera fluida.

Preguntas afirmativas.

Sucede que, cuando le decimos a un niño “no toques eso” su respuesta automática es ir a tocarlo.

También nos pasa a los adultos: todos hemos tenido que controlar el impulso de tocar una pared recién pintada con el cartel “no tocar, pintura fresca”.

Queremos comprobar si es así, o si ya se ha secado.

El cartel nos dice que si tocamos, va a pasar algo que puede ser perjudicial para nosotros.

También consigue centrar nuestra atención en tocar la pared.

Como adultos somos capaces de reprimir el impulso y no cuestionar el motivo; aceptamos que nos lo están diciendo por nuestro bien.

La curiosidad infantil, la necesidad de autoafirmarse y de mostrar control sobre si mismos, provoca en los niños el efecto contrario.

Para evitarlo, la mejor estrategia es transmitirles la información desde preguntas afirmativas.

Un ejemplo:

Si quieres que los niños hablen con un tono de voz adecuado y respetuoso, puedes decirles “no grites” con lo que probablemente gritarán más o “¿qué te parece si hablamos bajito?”.

Cuando les hablas en el tono de voz que quieres que usen, consigues que su atención se centre en el mensaje (habla más bajito).

Al hacerlo preguntando, tienen la sensación de estar tomando ellos la decisión de hablar bajito.

Explicaciones acordes a su edad.

Es importante darles información a los niños y niñas para que las normas no sean un “porque yo lo digo”.

No es necesario que les transmitamos datos que no van a entender y que no les interesan.

Lo fundamental es que les expliquemos el motivo por el que ahora hay que hacer determinadas cosas de otra forma.

Tenemos que hablarles de forma calmada, sin alarma y de acuerdo con su edad y su nivel de comprensión.

Darles información clara y concisa.

Así les transmitiremos tranquilidad y seguridad.

Cuando les damos información vaga o con muchos elementos fantásticos e irreales, provocamos que su imaginación genere imágenes y situaciones que les puedan provocar incertidumbre o inseguridades.

Con estas pequeñas pautas y con mucha paciencia por nuestra parte, podremos hacerles más fácil entender y aceptar las nuevas normas o medidas.

Para ellos, conocer y entender los porqués de lo que hacen les aporta sensación de control y de formar parte de la toma de decisiones.

Sentirán que han participado en la creación de las normas.

Puede incluso que aporten ideas nuevas o mejoras.

La crianza es un trabajo del que nunca descansamos.

Vamos aprendiendo según nos enfrentamos a las situaciones que se nos presentan.

A veces no sabemos cómo o no tenemos herramientas para ello.

Desde Quiero Psicología queremos que sepas que nos estás solo ni sola y que si así lo necesitas, podemos acompañarte en tu andadura como madre o padre.

depresión y covid

Salud mental y COVID

Llevamos un año de pandemia.

Se dice pronto. 12 meses en los que la vida se ha agitado y ha cambiado.

Un año lleno de incertidumbres. De sensación de no controlar nada. Plagado de desconocimiento y desconfianza.

12 meses en los que la forma de relacionarnos, con nuestras amistades o nuestra familia, ha sido completamente diferente.

Todo está limitado y marcado por normas que intentamos cumplir por el bien de nuestra salud física.

Medidas orientadas a erradicar lo antes posible este virus que nos ha cambiado la vida y la forma de verla.

Hemos incluido en nuestro vocabulario conceptos como: confinamiento domiciliario o perimetral; toque de queda; mascarillas; hidrogel…

Palabras que hasta hace un año usábamos en contextos muy concretos y en contadas ocasiones.

Conceptos que ahora nos acompañan mientras tomamos café por las mañanas para ir a trabajar a la habitación de al lado.

Teletrabajo, otro palabro pandémico.

Cuerpo y mente.

Estamos atentos a los síntomas físicos del COVID-19. Prestamos incluso demasiada atención, para que, ante la más mínima duda, podamos tomar las medidas necesarias para no contagiar a nadie de nuestro entorno.

Pero, el COVID-19 no sólo está afectando a las personas que lo padecen

Hay otros síntomas que muestran aquellas personas que se sienten aisladas debido a los confinamientos, a la reducción y modificación de las interacciones sociales y familiares.

Personas que están en duelo permanente por la pérdida de un ser querido al que no han podido despedir tal y como ellos hubiesen querido.

Gente que está inmersa en una situación de estrés constante por la reducción de su sueldo o la pérdida de su trabajo o negocio.

Todo esto, está provocando que aparezcan o se agraven los problemas en la salud mental.

Tenemos datos. Muchos datos.

Datos que se confirman cuando lees noticias como que durante el 2020 se duplicaron las llamadas recibidas en el Teléfono de la Esperanza.

O que 2500 de ellas se produjeron en el transcurso de un intento de suicidio.

Cifras que hacen que nos planteemos si nos damos cuenta de las consecuencias que puede tener no atender a los signos que nos indican que nuestra salud mental se está viendo afectada.

No solemos prestar atención a estas señales, principalmente porque no sabemos cuáles son.

Los síntomas de que he cogido el COVID, me los sé de carrerilla.

Los signos de si tengo ansiedad, estrés o si me estoy deprimiendo, los desconozco y, a veces, hasta los ignoro.

Muchos de nosotros no sabemos que cosas son “normales” y cuáles no lo son cuando hablamos de salud mental.

Lamentablemente, tenemos unas ideas muy estereotipadas sobre lo que son la depresión o la ansiedad.

Entonces, ¿qué es padecer depresión?

Estrictamente hablando, la depresión es un trastorno del estado de ánimo que se caracteriza por una profunda tristeza y por la disminución e inhibición de otras características afectivas y psicológicas.

Tan pronto oímos la palabra “depresión”, imaginamos a una persona que tiene el ánimo muy bajo o que no tiene motivación por hacer nada.

Puede que creamos que no se molesta ni en hacer cosas tan básicas como tareas de autocuidado e higiene.

Quizás la veamos todo el día tirada en la cama, la mayor parte del tiempo llorando y triste.

Y es cierto, hay personas que muestran estas características cuando están deprimidas, pero hay muchas más, no sólo estas.

Síntomas de depresión.

Como hemos visto, la tristeza profunda es uno de los síntomas más característicos de las personas que padecen depresión.

Puede suceder que esa tristeza no aparezca en estado puro y se esconda tras una irritabilidad constante.

También se puede experimentar una sensación de vacío o incluso nerviosismo y ansiedad.

Se repite de forma recurrente la idea de que nada va a cambiar. Una sensación de inmovilidad o permanencia.

Pensar que, hagas lo que hagas, todo va a seguir igual, inamovible, lo que genera sentimientos de desesperanza.

En ocasiones puede surgir la desmotivación y la apatía.

Cualquier tarea diaria supone un esfuerzo que, en muchas ocasiones, no es posible afrontar. La desesperanza de la que acabamos de hablar y el “para qué molestarme” asoman de forma constante en la mente.

Otra característica que podemos observar es la dificultad para mantener la atención y la concentración.

La mente está ocupada en pensamientos recurrentes sobre el pasado, siempre con connotaciones negativas, lo que hace que el presente y el futuro parezcan mucho más negros.

Están siempre presentes la autocrítica, la culpabilidad, la vergüenza por sentirse así.

Las conductas de evitación o huida de situaciones son habituales precisamente por esto.

La persona cree que será incapaz de realizar lo que se le ha encomendado o que lo hará mal.

Prefiere no enfrentarse a la situación, confirmando su creencia de poca valía y aumentando su malestar.

Esto hace que, en ocasiones, se muestren dependientes de otras personas: necesitan que otros actúen por ellas, que decidan por ellas porque siempre lo van a hacer mal.

La depresión también afecta físicamente.

Alteraciones del sueño como insomnio o necesidad extrema de dormir; molestias corporales; dolores de cabeza; nauseas; vómitos; disminución del apetito o ganas constantes de comer; perdida del deseo sexual, son síntomas físicos que se pueden sumar a los psicológicos o darse de forma independiente.

Algunos de estos síntomas podemos experimentarlos sin llegar a estar deprimidos, lo que hace que nos cueste identificarlos como propios de la depresión.

La forma de identificar si se trata de una depresión o de síntomas o momentos puntuales es estando atentos.

Cuando varios de estos síntomas se dan al mismo tiempo y se mantienen de forma continuada, pueden ser los indicadores de que se está entrando en una depresión.

Reconocer que se está deprimido o deprimida.

No te avergüenzas cuando dices que estás pensando en acudir a un fisioterapeuta a tratarte una contractura.

Tampoco si vas al dentista o el oculista. Sientes que algo no va bien, que no es como antes y acudes al experto a que te ayude y oriente.

Padecer depresión o cualquier otra cuestión asociada a tu salud mental no es ser más débil o menos valioso.

La salud mental y su cuidado son tan importantes como la salud física y el suyo.

Normalizar la necesidad de cuidar tu salud mental es fundamental. Todos somos susceptibles de necesitar alguna vez acudir a terapia psicológica.

Y está bien.

No es necesario esperar a presentar un montón de síntomas para ponerte en manos de una persona experta en el cuidado de la mente.

Si sientes malestar, ansiedad, nerviosismo o cualquiera de los síntomas que hemos descrito, préstales atención.

No los niegues ni los ocultes, no les restes importancia. Es como te sientes y es real, no te lo estás inventando.

Háblalo con tu entorno cercano, expresa como te sientes, pide que te acompañen en el proceso y acude a Quiero Psicología para afrontar la situación de la mano de una experta.

control en pandemia

Covid-19: vivir entre la libertad y los límites.

Imagina que te saltas un semáforo en rojo y tienes la mala suerte de provocar un accidente con otras personas, víctimas, implicadas. Cualquiera que reciba esta noticia será capaz de ver tu irresponsabilidad y tener claro que has cometido una infracción grave al volante.

Esto que vemos tan claro, en lo que, probablemente, todo el mundo esté de acuerdo, podría ser comparable a la situación que estamos viviendo a causa de la Covid-19.

Aparece aquí un debate sobre la responsabilidad personal, el poder de otros sobre nuestra libertad y el riesgo.

Responsabilidad personal versus control externo.

Este debate puede generar una reflexión que a nivel psicológico tiene mucho jugo.

¿Cómo te sientes cuando otro te dice lo que tienes que hacer?

¿Es más importante lo que tú necesitas que cualquier otra cosa?

¿Toleras la frustración de ver muchos de tus planes cancelados?

¿Empatizas con situaciones lejanas a ti?

¿Evitas lo que te genera malestar?

Hay personas que creen que su comportamiento depende exclusivamente de ellos y que no tienen que rendirle cuentas a nadie. Se olvidan de algo importante: su libertad termina donde comienza la del otro.

Si te saltas un semáforo en rojo puedes poner en peligro la vida de los demás. Cuando te saltas las normas impuestas ante la Covid-19 estás haciendo lo mismo: poner en peligro la vida de los demás.

Muchos nos preguntamos si es realmente necesario que nos inunden con normas, que nos mareen con restricciones cuando la autoresponsabilidad personal sería la solución más fácil.

Otros se ofenden porque el Gran Hermano controla sus actos, cómo viven su vida o cómo se relacionan.

Tu comportamiento afecta a quienes están a tu alrededor y puede tener consecuencias más allá de tu entorno.

La situación actual es excepcional e inesperada. A estas alturas sabemos que estamos ante un virus que se contagia con rapidez y que afecta a todos, lo que significa que estamos ante una ‘enfermedad colectiva’.

Es una situación de peligro extremo, ya que lo que se contagia es una enfermedad grave, que puede dejar secuelas permanentea y que incluye el riesgo de muerte.

Volviendo a la reflexión propuesta, lo que tú hagas con tu vida es muy lícito, pero ¿qué ocurre cuando lo que haces con tu vida puede condicionar en cierto modo la vida de otros?

Cuando hablamos de salud hay algo imperativo: la garantía de que no atentar contra ella.

Las conductas temerarias que afectan a la salud de las personas van en contra de uno de los derechos fundamentales del ser humano.

Ante la pandemia que estamos viviendo son necesarias las restricciones. Aunque esto suponga ciertas limitaciones en nuestra libertad personal y el “enorme” esfuerzo de no poder salir de marcha.

Los niños durante su infancia necesitan normas y límites y esto no es algo malo, todo lo contrario, es un acto de protección, de cuidado y de enseñanza hacia ellos.

Que exista una figura de autoridad ante los peques es lo natural y se entiende que cuando vamos creciendo, somos nosotros mismos los que desarrollamos e integramos esa capacidad de ser responsables.

Ser responsables de lo que hacemos y de la forma en que esos actos repercuten en nuestro entorno. Esa es la teoría.

La realidad vinculada a esta pandemia es otra bien distinta.

Si observamos los datos sobre el aumento de la incidencia de la Covid-19 tras las navidades o escuchamos la cantidad de fiestas que cada fin de semana desmantela la policía o vemos las terrazas abarrotadas, todo esto da que pensar sobre dónde queda esa supuesta responsabilidad personal.

¿Necesitamos restricciones mucho más severas para contener la pandemia?

Es muy preocupante que a nivel social no seamos capaces de mantener la responsabilidad individual y colectiva.

Quizá estamos creando una sociedad que lo quiere todo y lo quiere ya, sin esperas ni pausas, y que por supuesto, ni mucho menos un virus lo va a parar.

Las quejas constantes sobre lo que hace uno u otro llenan las conversaciones a pie de calle.

De nuevo, sin quitarnos la visera egoísta, nos perdemos lo más importante: el virus no entiende ni sabe sobre vidas o muertes. Su tarea es expandirse, sobrevivir y sigue haciendo su labor mientras los seres humanos nos entretenemos en debates que se alejan de la colaboración, la solidaridad y la empatía.

“Yo estoy sano, a mí me da igual”, “yo vivo solo, no vivo con mis padres”, “total, tendremos que pasarlo todos, ¿no?”, “¿para qué ponen esta medida si luego permiten hacer otras cosas? Menudos patanes…”

Todas estas frases podrían pasar desapercibidas en otras condiciones, pero, en el momento en el que estamos, estas frases implican la posibilidad de generar daño a otros y de alejarnos del objetivo común que es recuperar la situación de bienestar.

Ante una situación como la actual necesitamos normas y límites, control y potenciar el cuidado común.

¿Qué ocurre si hay personas que no quieren acatar dichas normas y límites?

Podríamos hablar de cierta incapacidad para la adaptación a nuevas situaciones o de los pocos recursos que tenemos a la hora de gestionar nuestras emociones y nuestros actos.

La gestión personal de la pandemia refleja un estilo previo de conducta que en una situación límite saca a la luz lo mejor y peor de cada uno.

Quizás no soportes la sensación de soledad y te es imposible quedarte en casa sin salir o conocer a gente nueva.

También puede ser que quieras controlar en todo momento lo que ocurre a tu alrededor y ver gente sin mascarilla o superando las distancias mínimas recomendadas te pone de los nervios.

Es posible que ya desde la infancia acostumbras a que tus deseos sean cumplidos casi siempre y lo que no consigues te irrita.  

Existe la opción de autoconfinarse y salir sólo lo mínimo necesario.

Puede ser que, si alguien te dice lo que tienes que hacer, te sientes atacado como si esa persona no tuviera capacidad para darte indicaciones.

Son solo algunos ejemplos de lo que puede suceder a nivel individual.

Ignorar sistemáticamente las normas, a nivel colectivo, nos convierte en una sociedad dependiente de una figura de autoridad que nos recuerde hasta donde sí y hasta donde no.

Ir al otro extremo, autoimponerse las restricciones más estrictas yendo incluso más allá, nos habla de una sociedad que quiere controlar lo incontrolable.

Como si no tuviéramos aún desarrollado nuestro lóbulo frontal y fuéramos incapaces de aguantar nuestros impulsos, reprimir nuestras pulsiones y posponer la recompensa.

O como si la necesidad constante de control nos hiciera llegar a extremos insalubres y poco realistas.

¿Crees que la situación actual te desborda? ¿Te sientes un bicho raro por cumplir las medidas? ¿Tienes la sensación de no poder evitar saltarte las restricciones justificando con múltiples argumentos el porqué haces lo que haces? ¿Te sientes mal por ello? Cualquiera de estas preguntas te están pidiendo respuesta. Si quieres comenzar a trabajar para encontrarlas, en Quiero Psicología exploraremos en tu historia vital para comprender las dinámicas que despliegas en esta peliaguda época.