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Atracones, ansiedad, restricción alimentaria y culpa en Navidad.

Las festividades navideñas conforman un contexto sociocultural de elevada carga simbólica, donde la alimentación trasciende su función nutricional y se convierte en un dispositivo relacional. No obstante, para un número creciente de personas, este entorno alimentario hiperestimulante actúa como un estresor psicológico capaz de activar patrones disfuncionales vinculados a la conducta alimentaria, entre ellos los episodios de atracón, ansiedad, la restricción cognitiva y la vivencia intensa de culpa post-ingesta.

Comida, normatividad social y dinámica festiva

La Navidad introduce una norma implícita: comer es participar. Los menús abundantes, la insistencia social para consumir alimentos específicos y la centralidad simbólica del banquete actúan como presiones normativas externas. Desde el punto de vista psicológico, estas variables interfieren con la autorregulación alimentaria, favoreciendo mecanismos como:

  • Sobresaliencia atencional hacia la comida
  • Incremento de la reactividad emocional
  • Disminución de la capacidad de inhibición conductual, especialmente en estados de fatiga o estrés

    Esto puede derivar en conductas alimentarias impulsivas o rígidas, particularmente en sujetos predispuestos.

Restricción cognitiva: El precursor del atracón

La literatura científica evidencia que el factor que mejor predice un episodio de atracón no es la disponibilidad de comida, sino la restricción cognitiva. Esta consiste en una autoimposición de normas alimentarias rígidas, acompañada de pensamientos dicotómicos del tipo:

  • “No debería comer X”
  • “Si comienzo, no podré parar”
  • “Mañana compenso”

Este patrón genera una disociación entre señales interoceptivas (hambre, saciedad) y toma de decisiones alimentaria. Al desbordarse la capacidad de control, se produce el atracón como respuesta fisiológica y emocional: un intento de autorregulación fallida.

El Atracón como Conducta Reguladora

El atracón no es un acto impulsivo carente de significado; posee función psicológica. Puede entenderse como:

  • Estrategia desadaptativa de regulación emocional
  • Dispositivo evitativo ante estados afectivos aversivos (soledad, vergüenza, ansiedad)
  • Respuesta neuroconductual ante la privación alimentaria

Culpa Post-Ingesta.

Después del atracón aparece un conjunto de cogniciones automáticas caracterizadas por:

  • Autorreferencias negativas (“soy débil”)
  • Inferencias globales sobre la identidad (“no valgo”)
  • Distorsiones cognitivas como pensamiento polarizado o sobregeneralización

La culpa no funciona como inhibidor conductual, sino como mantenedor del trastorno: aumenta la ansiedad, promueve nuevas restricciones y perpetúa el ciclo disfuncional restricción → atracón → culpa → restricción.

Claves para relacionarnos mejor con la comida en Navidad

1. Abandona el enfoque compensatorio

Las conductas del tipo “hoy me paso, mañana me restrinjo” generan oscilaciones emocionales y fisiológicas que predisponen al atracón.

Reemplazo:
Planificar tres comidas y dos ingestas intermedias mantiene la glucemia estable y reduce el pensamiento obsesivo sobre la comida.

2. Establece objetivos realistas, no ideales

Metas como “no comeré dulces” son rígidas y vulneran el sentido de autoeficacia. Los objetivos terapéuticamente óptimos son flexibles, concretos y observables, por ejemplo:

  • “Probaré los alimentos que deseo, atendiendo a mi saciedad”
  • “Me serviré una cantidad que pueda disfrutar sin prisa”

3. Practica alimentación basada en señales internas

Reconectar con las señales interoceptivas permite que la conducta alimentaria se regule desde el cuerpo, no desde la norma externa.

Preguntas de autorregulación interoceptiva:

  • ¿Qué nivel de hambre siento del 1 al 10?
  • ¿Qué textura o sabor deseo realmente?
  • ¿Estoy satisfecho o solo dejo de comer por obligación social?

4. Disminuye la moralización alimentaria

Conceptos como “portarse bien/mal”, “picar”, “permitirse” o “excederse” trasladan la comida al terreno moral y activan la culpa.

Intervención cognitiva:
 Sustituye etiquetas morales por descripciones neutrales: “he comido más de lo habitual”, “este alimento me resulta agradable”.

5. Gestiona la presión social

La insistencia para comer más puede actuar como disparador. Ensayar frases asertivas reduce la ansiedad anticipatoria.

Ejemplos:

  • “Gracias, está delicioso, y ya estoy satisfecho.”
  • “Lo disfrutaré más tarde si me apetece”.

6. Planifica alimentos que aporten placer y nutrición

Integrar alimentos deseados desde el principio disuelve la lógica de prohibición.

Ejemplo clínico:
 Permitir una porción del dulce favorito evita el efecto “ya que rompí la dieta, como todo”.

7. Integra rituales no alimentarios

Sacar la comida del centro absoluto redistribuye la valencia emocional del evento navideño.

Ideas:
 Juegos, paseos, música, fotografías, conversaciones temáticas, actividades cooperativas.

8. Si apareciera un atracón, detén el ciclo de castigo

No compenses, no te restrinjas, no te castigues. El foco es la ruptura del bucle. Analiza el episodio desde la comprensión, no desde la sanción.

Pregunta clave:
 ¿Qué emoción intentó regular este comportamiento? 

Conclusión

La Navidad no genera problemas alimentarios por sí misma, pero sí expone y exacerba patrones previos. Reconocer la relación entre restricción, atracón y culpa no implica patologizar la comida, sino comprenderla como un fenómeno biopsicosocial complejo. Intervenir a tiempo permite no solo mejorar la conducta alimentaria, sino integrar una relación más flexible, compasiva y funcional con el cuerpo y la experiencia de comer.

Abuso-Sexual-Infantil

Abuso Sexual Infantil

Hablar de abuso sexual infantil es hablar de una herida profunda que no sólo ocurre en un cuerpo pequeño, sino también en un sistema que permitió que esa vulneración sucediera.

Porque sí: el trauma está en el hecho, pero también en todo lo que vino después. En cómo el entorno reaccionó (o no). En lo que se negó, se tapó, se justificó o se silenció.

¿Qué secuelas suelen aparecer en la adultez?

No hay un único camino. Pero hay patrones que se repiten demasiadas veces:

  • Dificultad para confiar: en relaciones, en vínculos, incluso en una misma persona. La sensación de que “algo puede romperse en cualquier momento”.
  • Problemas con los límites: desde no saber decir “no”, hasta endurecerlos tanto que nadie puede entrar.
  • Culpa y vergüenza persistentes: aunque la persona adulta entienda racionalmente que no fue su culpa, el cuerpo mantiene una narrativa distinta.
  • Alteraciones en la sexualidad: rechazo, desconexión, hiperadaptación, o vivir la sexualidad desde un lugar de obligación en vez de deseo.
  • Hiperalerta y ansiedad: vivir en un “estado de vigilancia” constante.
  • Disociación: momentos de desconexión emocional o corporal, a veces tan habituales que pasan desapercibidos.
  • Autoexigencia extrema o perfeccionismo: porque ser “intachable” parece la única forma de sentirse segurx.

Estas secuelas no aparecen por “debilidad”. Aparecen porque un cuerpo y un sistema nervioso fueron obligados a sobrevivir demasiado pronto.

¿Qué cosas suelen pasar y que agravan la herida?

Muchas veces, lo que más duele no es sólo el abuso, sino cómo reaccionó el mundo alrededor:

  • No te creyeron.
  • Lo minimizaron (“no fue para tanto”, “era muy peque”, “no te acuerdas bien”).
  • Lo escondieron para “no destruir a la familia”.
  • Te pidieron silencio para no incomodar.
  • Te hicieron sentir responsable por algo que nunca fue tu responsabilidad.
  • Intentaron seguir como si nada hubiera pasado.

Esas respuestas sociales no sólo fallan en proteger: retraumatizan. Refuerzan la idea de que el propio dolor no importa y que denunciar el daño es más grave que el daño en sí.

¿Qué impide que el trauma se supere?

Hay tres bloqueos que vemos con muchísima frecuencia:

  1. El silencio impuesto (externo o interno). Si no puede nombrarse, tampoco puede integrarse.
  2. La culpa y la vergüenza que no pertenecen a la víctima. Son emociones heredadas del agresor y de una cultura que prefiere mirar hacia otro lado.
  3. La falta de un espacio seguro y estable donde procesar la experiencia. Sin acompañamiento, el cuerpo sigue funcionando desde la supervivencia, no desde la sanación.

Superar un trauma así no es cuestión de “pasar página”: es un proceso profundo que implica reparar lo que fue roto por fuera y por dentro, construir nuevos significados, y recuperar un lugar en el mundo donde la persona pueda sentir que tiene derecho a existir sin miedo.

Y algo importante:

El abuso sexual infantil nunca es culpa de quien lo sufrió.

Nunca.

Ni por la edad, ni por la situación, ni por la respuesta posterior.

El abuso es siempre responsabilidad de quien agrede, y de un entorno que no supo (o no quiso) proteger.

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La mirada médica sobre la identidad de género

A lo largo del siglo XX, la identidad de género fue tratada desde la mirada médica y la psicología como un trastorno mental. En manuales diagnósticos como el DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) o la CIE (Clasificación Internacional de Enfermedades), la transexualidad aparecía bajo categorías como “trastorno de identidad de género” o “desviación sexual”.

Esta clasificación, más que describir una realidad clínica, reflejaba los valores culturales de la época: la idea de que el cuerpo y la identidad debían corresponder según normas binarias. La consecuencia fue la patologización de la diversidad de género, es decir, convertir una variación humana en una enfermedad.

El impacto de este enfoque fue profundo. Miles de personas trans fueron sometidas a tratamientos “correctivos”, medicación psiquiátrica o internamientos. Pero más allá del ámbito clínico, el estigma se amplificó en el espacio público, especialmente a través del cine y los medios de comunicación.

Ed Gein y el nacimiento de un imaginario peligroso

El caso de Ed Gein, asesino y profanador de tumbas en los Estados Unidos de los años 50, es un punto clave para comprender cómo la cultura comenzó a asociar la transgresión de género con la enfermedad mental o el crimen.

Aunque Gein no era trans, su historia inspiró a personajes icónicos del cine de terror y el thriller psicológico, como Norman Bates (Psycho), Leatherface (The Texas Chainsaw Massacre) y Buffalo Bill (The Silence of the Lambs).
Este último personaje, en particular, fue retratado como un hombre perturbado que deseaba transformarse en mujer, llegando a confeccionar un “traje de piel femenina”.

A pesar de que El silencio de los corderos aclara que Buffalo Bill “no es realmente trans”, la imagen que quedó en el imaginario colectivo fue distinta: la de un “hombre enfermo” que confunde su identidad con la locura.
Así, la ficción mezcló elementos del caso real de Gein —un perfil criminal complejo y violento— con rasgos asociados a la identidad de género, difuminando la frontera entre diversidad y patología.

De la clasificación al reconocimiento

El cambio de paradigma comenzó lentamente hacia finales del siglo XX. El activismo trans, los estudios de género y una psicología más crítica impulsaron la revisión de los manuales diagnósticos.
En 2019, la Organización Mundial de la Salud (OMS) dio un paso histórico al eliminar la “transexualidad” de la lista de trastornos mentales y reclasificarla como incongruencia de género dentro del ámbito de la salud sexual.

Este cambio no es solo terminológico: supone reconocer que ser trans no implica enfermedad mental, sino que el sufrimiento que muchas personas trans experimentan proviene de la discriminación, la exclusión y la falta de aceptación social.

La psicología actual busca acompañar los procesos de afirmación de género desde el respeto, la validación y el bienestar integral, alejándose de la mirada patologizante.

El papel de la psicología y los medios hoy

El reto contemporáneo de la psicología no se limita a cambiar etiquetas diagnósticas, sino a reconstruir narrativas. Durante décadas, el cine, la literatura y la prensa alimentaron el estereotipo del “trans perturbado”, confundiendo la búsqueda de identidad con la locura o la violencia.

Superar estos imaginarios requiere un trabajo ético y educativo: revisar cómo comunicamos, representamos y comprendemos la experiencia trans.
En este sentido, la psicología tiene un papel crucial en la educación emocional y social, promoviendo una mirada basada en la empatía, la diversidad y los derechos humanos.

Conclusión

Durante gran parte del siglo XX, la ciencia y la cultura contribuyeron a ver a las personas trans como enfermas mentales, reforzando prejuicios y sufrimiento. Casos mediáticos como el de Ed Gein, reinterpretados por la ficción, alimentaron una narrativa que asociaba la identidad de género con la patología o la violencia.

Hoy, la psicología contemporánea reconoce la identidad trans como una expresión legítima de la diversidad humana. Abandonar la patologización y construir espacios de comprensión no es solo un deber ético de la disciplina: es una forma de reparar históricamente el daño causado por el estigma y avanzar hacia una sociedad más justa e inclusiva. 

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Octubre trans: cuando la disforia no está en el cuerpo sino en la mirada

Octubre es un mes para visibilizar, recordar y reivindicar las identidades trans. Pero también puede ser un mes para pensar más allá de los clichés: porque lo trans no es solo una historia de cuerpos que cambian, sino de miradas que pesan, expectativas que hieren y lenguajes que excluyen.

En psicología, solemos hablar de disforia de género como el malestar que aparece cuando hay una incongruencia entre el género sentido y el asignado al nacer. Pero existe un concepto menos conocido, y cada vez más discutido en los espacios clínicos y comunitarios: la disforia social.

¿Qué es la disforia social?

La disforia social no surge del cuerpo, sino del contacto con una sociedad que no valida la identidad. No tiene que ver tanto con cómo una persona trans se percibe, sino con cómo el entorno la percibe —o no la percibe—.

Es ese malestar que se activa cuando el nombre, los pronombres, la voz o la expresión de género son cuestionados, ignorados o corregidos. Es la sensación de desajuste constante entre quién soy y cómo me leen.

Y es profundamente psicológico: a veces no depende de cirugías ni hormonas, sino de la relación con los otros, del espejo social que devuelve una imagen que no coincide con la identidad real.

El cuerpo como refugio o como campo de batalla

Para muchas personas trans, el cuerpo puede ser una fuente de conflicto, sí, pero también de refugio y afirmación. Sin embargo, la disforia social es más escurridiza: se infiltra en los espacios cotidianos —en la oficina, en la escuela, en la familia— y genera un estado de hipervigilancia constante.

No se trata solo de sentirse mal por ser mal nombrade; se trata de vivir en alerta por si el entorno volverá a desconfirmar quién eres.

Desde la clínica, esto se traduce en altos niveles de ansiedad social, estrés postraumático complejo, y dificultades para desarrollar un sentido estable de sí. Porque cuando el entorno niega tu identidad, no niega solo un nombre: niega tu existencia psicológica.

La mirada que crea (o destruye) identidad

La identidad se construye en relación. Necesitamos que el mundo nos reconozca para poder reconocernos también. Pero, ¿qué ocurre cuando el entorno insiste en devolvernos una imagen que no somos?

La disforia social es, en parte, una herida relacional: no nace en la persona trans, sino en una cultura que no está preparada para sostener la diversidad de identidades.

Por eso, hablar de “disforia social” no es un detalle terminológico, sino un cambio de paradigma. Es pasar de pensar que el malestar está “dentro” de la persona, a entender que está en el vínculo, en la estructura social y simbólica que la rodea.

La importancia de cambiar la pregunta

Durante décadas, la psicología ha preguntado: “¿cómo ayudamos a las personas trans a adaptarse a su cuerpo o a su identidad?”.

Tal vez la pregunta que necesitamos ahora sea otra:

¿cómo ayudamos a la sociedad a dejar de generar disforia social?

Porque la mayor parte del sufrimiento trans no proviene de la identidad en sí, sino de la falta de reconocimiento, de la discriminación sutil o abierta, de los entornos que exigen “demostrar” quién se es para ser aceptade.

Y ahí la psicología tiene una tarea pendiente: revisar sus propios sesgos cisnormativos, sus protocolos, su lenguaje, y su manera de acompañar.

Acompañar desde la validación

Acompañar a una persona trans no es solo validar su proceso corporal, sino sostener su vivencia frente a un mundo que muchas veces no la valida.

Implica reconocer que el malestar no siempre viene de dentro, y que sanar también pasa por reparar el vínculo con el entorno, construir redes de apoyo, y crear espacios donde el reconocimiento no se negocie.

El trabajo terapéutico no debería centrarse únicamente en reducir el malestar, sino en devolverle a la persona el derecho a existir en sus propios términos. Porque la salud mental no es solo un asunto individual: es un reflejo de cómo una sociedad trata a las identidades que la habitan.

Cerrar octubre mirando hacia dentro

En este octubre trans, además de celebrar y visibilizar, tal vez podamos detenernos a mirar cómo nosotres, desde la psicología, la educación o la vida cotidiana, participamos en esa disforia social.

Cada vez que invalidamos, dudamos o corregimos, contribuimos a ella.

Y cada vez que nombramos bien, que escuchamos, que acompañamos con respeto, ayudamos a reparar una herida que no debería existir.

género

¿Cómo nos afectan los mandatos de género en nuestra personalidad y en nuestro día a día?

En nuestra sociedad, desde el momento en que nacemos y se nos asigna un género, empezamos a recibir mensajes —explícitos e implícitos— sobre cómo “deberíamos ser”. Estos mensajes son lo que conocemos como mandatos de género: normas culturales que dictan cómo debe comportarse una persona según el género que se le asignó al nacer.

Aunque muchas veces parecen “naturales” o “inofensivos”, tienen un fuerte impacto en nuestra personalidad, en nuestras decisiones y en la manera en que nos relacionamos con el mundo.

¿Qué son los mandatos de género?

Son expectativas sociales que nos dicen qué es lo correcto o lo esperado para hombres y mujeres. Están tan normalizados que muchas veces ni los cuestionamos: frases como “los niños no lloran” o “una niña debe ser delicada” muestran cómo desde la infancia se nos coloca en moldes rígidos. Estos mandatos pueden generar culpa, frustración, inseguridad y también hacernos sentir que no encajamos, especialmente dentro del colectivo LGTB+, donde las identidades y expresiones de género se viven de manera más diversa y libre.

Si te asignaron el género mujer

Los mandatos de género suelen girar en torno a:

  • El cuidado: se espera que seas atenta, maternal, responsable del bienestar de los demás.
  • La apariencia: se te empuja a estar siempre “arreglada”, a cumplir con un ideal de belleza.
  • La docilidad: se valora que seas complaciente, sumisa, amable y que evites el conflicto.
  • El amor romántico: se transmite la idea de que tu valor está en encontrar pareja (preferiblemente heterosexual) y formar una familia.

Si te asignaron el género hombre

Los mandatos suelen centrarse en:

  • La fortaleza: no mostrar vulnerabilidad ni expresar emociones como la tristeza o el miedo.
  • El éxito: se espera que seas proveedor, competitivo y que tu valía se mida en logros económicos o laborales.
  • La heterosexualidad obligatoria: se ridiculiza cualquier comportamiento asociado a lo “femenino” y se sanciona la diversidad sexual.
  • La independencia: se valora no pedir ayuda y mostrarse siempre autosuficiente.

¿Cómo nos atraviesan en el día a día?

Los mandatos de género influyen en la forma en que nos expresamos (ropa, gestos, voz), las decisiones vitales (qué estudiar, con quién relacionarnos, si queremos o no tener hijos), nuestra salud mental (culpa, ansiedad, depresión, sensación de no ser suficientes) y nuestras relaciones (aprendemos roles desiguales en la pareja, la familia y el trabajo).

Los mandatos de género influyen directamente en la salud mental porque nos obligan a ajustarnos a expectativas rígidas, aunque no coincidan con lo que realmente sentimos o necesitamos.

Esa tensión entre lo que somos y lo que “deberíamos ser” puede generar mucho malestar. Los principales impactos suelen ser:

  • Generación de culpa y autoexigencia: cuando no cumplimos con lo esperado —ser “buena madre”, “exitosa”, “fuerte”, “femenina”, “masculino de verdad”— aparece la sensación de culpa o fracaso. Esa autoexigencia permanente puede derivar en ansiedad, estrés crónico o depresión.
    • Represión emocional: a los hombres se les dice que no deben llorar o mostrar vulnerabilidad. Esto puede llevar a reprimir emociones, dificultar pedir ayuda y aumentar el riesgo de problemas como depresión o abuso de sustancias. A las mujeres se les exige ser complacientes y evitar el enfado, lo que puede provocar dificultades para poner límites y sensación de impotencia.
    • Baja autoestima e inseguridad: los mandatos generan una comparación constante con ideales inalcanzables: la belleza perfecta, el éxito laboral, la fuerza inquebrantable. No poder alcanzar esas expectativas hace que muchas personas duden de su valor y se sientan “insuficientes”.
    • Violencia interiorizada: el mensaje de que algo está “mal” en nosotras/os si no encajamos, especialmente en personas LGTB+, puede derivar en homofobia o transfobia interiorizada. Esto afecta la autoaceptación y puede aumentar el riesgo de aislamiento y sufrimiento psíquico.
    • Impacto en las relaciones: los roles de género aprendidos generan dinámicas de desigualdad: mujeres sobrecargadas con tareas de cuidado, hombres con dificultades para vincularse emocionalmente…
    • Dificultad para el autocuidad: si se espera que una mujer siempre cuide a los demás o que un hombre nunca muestre debilidad, es común que se descuide el autocuidado físico y emocional, aumentando el riesgo de burnout y problemas de salud mental.
    • Riesgo de problemas graves: cuando la presión es muy intensa y no se encuentran apoyos, los mandatos de género pueden estar en la base de trastornos de ansiedad, depresión, trastornos de la conducta alimentaria, consumo de sustancias e incluso ideación suicida.

Los mandatos de género afectan con especial fuerza a las personas no binarias porque nuestra sociedad está organizada bajo una lógica binaria (hombre/mujer) que no contempla identidades fuera de esas categorías. Esto genera una serie de impactos en la salud mental, la autoestima y la vida cotidiana como invisibilidad y falta de reconocimiento, presión por encajar en roles tradicionales, agresiones y discriminación

No solo limitan la libertad de expresión e identidad, sino que también son un factor de riesgo para la salud mental. Identificarlos y cuestionarlos es un paso fundamental para vivir con mayor bienestar, autenticidad y equilibrio.

Cuestionar estos mandatos es un proceso complejo de autoconocimiento y empoderamiento. Reconocer que no tenemos que encajar en estereotipos nos permite

conectar con lo que realmente somos y queremos. En espacios seguros, se puede acompañar este proceso para:

  • Explorar cómo los mandatos han influido en tu vida.
  • Construir una identidad más auténtica.
  • Desarrollar herramientas para poner límites y relacionarte de forma sana.
  • Fomentar el autocuidado sin culpa.

Los mandatos de género no son reglas universales: son construcciones sociales que podemos cuestionar y transformar. Cuanto más conscientes seamos de ellos, más capacidad tendremos para decidir cómo queremos vivir nuestra identidad y nuestras relaciones, desde la libertad y el respeto a la diversidad.

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La tiranía del cuerpo perfecto: autoestima corporal, mujeres, disidencias y redes sociales en verano

Llega el verano y con él el calor, las vacaciones… y la presión estética. Para muchas mujeres y personas disidentes, esta época no solo supone un cambio de ropa, sino también una mayor exposición al juicio externo. En redes sociales, en la calle, en la playa: los cuerpos son observados, comentados y comparados.

Y mientras se nos vende libertad, en realidad se nos impone un estándar corporal tan estrecho como asfixiante.

¿Por qué el verano golpea más fuerte?

El verano nos expone. La ropa se acorta, los cuerpos se muestran y las redes se llenan de imágenes que repiten un mismo ideal: delgadez, piel perfecta, cuerpos depilados, vientres planos, músculos tonificados… Este bombardeo afecta especialmente a mujeres, personas trans, gordas, racializadas, neurodivergentes o con discapacidades.

La presión no es solo estética: también es política, social y emocional.

¿Qué tiene que ver la autoestima corporal?

La autoestima corporal no es “quererme mucho todos los días”. Es construir una relación de respeto con el cuerpo, incluso cuando no encaja en lo que el mundo celebra. Para muchas mujeres y disidencias, esa relación se ve dañada por años de mensajes que asocian el valor personal con la apariencia física.

En verano, esto se intensifica: aparece la comparación, el rechazo, el intento de ocultarse o cambiar a contrarreloj. Pero podemos trabajar para desactivar esa tiranía.

Claves prácticas para resistir la presión estética este verano

  • Cuestiona el ideal, no tu cuerpo

El problema no está en tu cuerpo, sino en el modelo que lo invalida.

Pregúntate:

 “¿A quién beneficia que me sienta mal con mi cuerpo?”

Las industrias de las dietas, la moda, las operaciones estéticas o los filtros vive de tu inseguridad. Empieza por hacer consciente ese sistema.

  • Haz limpieza de redes

    Dedica 15 minutos a revisar a quién sigues. Si hay cuentas que te hacen sentir menos, culpa o vergüenza: silencia o deja de seguir.

    Sigue perfiles que muestren cuerpos diversos, mensajes feministas o enfoques de salud desde el autocuidado y la inclusión.

    • Vístete para el placer, no para encajar

    ¿Te incomoda usar ciertas prendas? No te obligues, pero tampoco renuncies si lo que te frena es el miedo al juicio.

    Tarea: haz el ejercicio de ponerte esa ropa en casa, frente al espejo, y conecta con cómo se siente en tu cuerpo más allá de cómo se ve.

    • Redefine el autocuidado

    El autocuidado no es “mejorar mi cuerpo para el verano”, sino tratarlo con respeto: dormir, alimentarte con cariño, descansar, moverte de forma placentera, poner límites.

    Pregúntate cada día: “¿Qué necesita hoy mi cuerpo para sentirse bien?”

    • Practica el diálogo compasivo

    En lugar de criticar tu reflejo, habla como lo harías a una persona que quieres.

     “Hoy no me siento bien en mi piel… pero mi cuerpo no tiene la culpa.”

    Hazlo en voz alta si puedes. La autocompasión es una habilidad entrenable y poderosa.

    • Reúnete con cuerpos reales

    Rodéate de personas que no se reduzcan a su apariencia. Habla del tema, comparte inseguridades, desactiva el tabú.

    La vergüenza se alimenta del silencio. En comunidad se diluye.

    Cuerpo libre, cuerpo presente

    No necesitas un “cuerpo de verano”. Ya lo tienes. Cada cuerpo que habita este mundo merece respeto, espacio y placer, sin condiciones.

    Este verano, en lugar de cambiar tu cuerpo, cambia el marco: deja de pensar que debes encajar, y empieza a preguntarte cómo cuidarte sin violencia estética.

    Si tu insatisfacción corporal te limita en tu día a día, en Quiero Psicología podemos ayudarte.

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    El perfeccionismo en los Trastornos de la Conducta Alimentaria

    Los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) como la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa y el trastorno por atracón, no se explican únicamente por una preocupación por el peso o la imagen corporal. Cada vez más investigaciones apuntan al perfeccionismo como un rasgo de personalidad profundamente implicado en el desarrollo, mantenimiento y recaída de estos trastornos. Pero, ¿qué significa realmente ser perfeccionista y por qué este rasgo está tan estrechamente relacionado con los TCA?

    ¿Qué es el perfeccionismo?

    El perfeccionismo es una tendencia a fijarse estándares extremadamente altos y rígidos para uno mismo, acompañado de una autocrítica excesiva cuando no se alcanzan esos estándares. Aunque en su forma más adaptativa puede estar vinculado a la motivación y el logro, cuando es desadaptativo se convierte en una fuente de malestar emocional, rigidez cognitiva y baja autoestima.

    Perfeccionismo y TCA: ¿Cuál es la conexión?

    Varios estudios han identificado al perfeccionismo como un factor de vulnerabilidad para el desarrollo de un TCA. Este rasgo se manifiesta en distintos niveles del trastorno:

    1. Como factor predisponente. Muchos individuos con TCA reportan haber tenido rasgos perfeccionistas desde la infancia. Esta tendencia puede surgir en contextos familiares exigentes o críticos, donde el afecto y el reconocimiento están condicionados al rendimiento o a la obediencia. En estos casos, la persona desarrolla una autoimagen dependiente del éxito y del control, aspectos que se trasladan luego a la alimentación y la imagen corporal.
    2. Como factor precipitante. Durante momentos de transición vital (pubertad, cambios sociales, estrés académico), el perfeccionismo puede centrarse en el cuerpo como objeto de control. La dieta extrema o la pérdida de peso se convierten en una forma de demostrar autocontrol, competencia y “valía”, en un intento de alcanzar ideales irreales de belleza y éxito.
    3. Como factor de mantenimiento. El perfeccionismo también perpetúa el trastorno al reforzar ciclos de autoexigencia y culpa. Las reglas alimentarias rígidas, la comparación constante con otros, y la interpretación dicotómica del comportamiento (“he comido perfecto o he fracasado”) dificultan la flexibilidad necesaria para la recuperación. Incluso cuando se alcanza un peso ideal o se cumple una meta dietética, nunca es suficiente: la meta se reajusta, manteniendo el ciclo activo.
    4. Relación con la baja autoestima. El perfeccionismo en TCA suele estar vinculado a una autoestima frágil y condicionada. La autoaceptación depende de lograr estándares difíciles de cumplir. Cualquier desviación de estos ideales alimenta el sentimiento de desprecio, intensifica la sintomatología y refuerza la necesidad de control.

    Tratamiento psicológico: abordando el perfeccionismo

    La terapia cognitivo-conductual (TCC) y enfoques como la Terapia Basada en la Compasión o la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) integran estrategias específicas para trabajar el perfeccionismo. Entre ellas se encuentran:

    • Identificación y flexibilización de creencias perfeccionistas.
    • Desarrollo de una autoimagen más compasiva.
    • Exposición a errores o imperfecciones sin recurrir a conductas compensatorias.
    • Fomento de valores más amplios que no dependan del control corporal o el rendimiento.

    Conclusión

    El perfeccionismo no solo es un síntoma paralelo en los TCA, sino que muchas veces es un eje estructural del trastorno. Comprenderlo como una forma rígida y dolorosa de buscar aprobación, control o seguridad emocional, permite humanizar aún más el sufrimiento de quienes lo padecen. Para una recuperación profunda, no basta con normalizar la conducta alimentaria: es necesario transformar las creencias perfeccionistas que sostienen el malestar interno.

    neurodivergencia

    Neurodivergencia: ¿por qué hemos pensado que todxs teníamos que ser iguales?

    Durante mucho tiempo, el mundo ha estado diseñado para un tipo de cerebro: el “neurotípico”. Todo —la escuela, los horarios laborales, las normas sociales, las formas de comunicarse— gira en torno a un estándar que, además de ser muy rígido, es profundamente excluyente. Y sin embargo, hemos crecido creyendo que ese estándar era lo “normal”, lo deseable, lo correcto. ¿Cómo no íbamos a intentar encajar ahí?

    La neurodivergencia —el TDAH, el autismo, el trastorno del procesamiento sensorial, entre otras formas de funcionar— pone en jaque esa idea de homogeneidad. Pero no porque sea un problema, sino precisamente porque revela lo absurdo que es suponer que todxs deberíamos funcionar igual.

    ¿Por qué se hace masking?

    El masking, o camuflaje, es una estrategia que muchas personas neurodivergentes aprenden (a veces sin saberlo) para poder parecer “normales” en contextos sociales, escolares o laborales. No es una elección libre. Es una forma de sobrevivir. De evitar el rechazo, el acoso, la incomodidad ajena.

    Consiste en imitar expresiones faciales, forzar contacto visual, ocultar intereses intensos, reprimir movimientos corporales autorregulatorios (los conocidos “stims”), y fingir que no hay ruido o estímulos que incomodan. Es agotador. Y a la larga, puede ser devastador para la salud mental: ansiedad, depresión, burnout, sensación de desconexión profunda con una misma.

    ¿Y por qué llegan tan tarde los diagnósticos?

    Porque el sistema sanitario y educativo sigue anclado en estereotipos. Porque los modelos diagnósticos tradicionales fueron construidos en su mayoría observando a niños varones, blancos, de clase media. Porque muchas personas han aprendido a enmascarar tan bien que nadie sospecha lo que hay debajo. Porque aún hoy se patologiza la diferencia en lugar de comprenderla.

    Y también porque todavía hay miedo. Miedo a ponerle nombre a algo que lleva años siendo negado. Miedo al estigma. Miedo a lo que pueda significar aceptar que siempre hubo una diferencia y nadie la vio. O peor: que la vieron, pero no la comprendieron.

    Entonces… ¿cómo reparamos esto?

    scuchando. Validando. Dejando de asumir que las personas neurodivergentes tienen que adaptarse a un sistema que no fue diseñado para elles. Empezando a preguntarnos en serio: ¿cuántas formas de ser hay que aún no estamos permitiendo?

    Este no es un llamado a «integrar la diversidad» desde una mirada condescendiente. Es un llamado a cuestionar el modelo mismo. Porque no se trata de enseñar a encajar, sino de construir espacios que no excluyan.

    Quizás el verdadero cambio empieza cuando dejamos de preguntarnos cómo hacer que todas las personas se comporten igual, y empezamos a preguntarnos cómo acompañar a cada quien a ser quien es, con lo que eso implique.

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    La violencia en la relación de pareja

    La violencia en la relación de pareja es un fenómeno complejo que afecta a millones de personas alrededor del mundo. Se trata de un patrón de comportamientos abusivos que una persona utiliza para controlar o dominar a su pareja, ya sea de manera física, emocional, psicológica, sexual o económica. Este tipo de violencia puede ocurrir en cualquier tipo de relación, sin importar la edad, el género, el estatus social o el origen cultural. A pesar de su prevalencia, la violencia en las relaciones a menudo es difícil de reconocer, debido a que puede manifestarse de formas sutiles y escalonadas.

    Tipos de Violencia en la relación de pareja

    1. Violencia física: Es la forma más visible de abuso y puede incluir golpes, empujones, pellizcos, patadas, quemaduras o cualquier otro tipo de agresión física que cause daño corporal. En muchas ocasiones, la violencia física no aparece de manera aislada, sino que se combina con otros tipos de abuso.
    2. Violencia psicológica o emocional: Esta es una de las formas más insidiosas de abuso, ya que no deja marcas visibles, pero sus efectos pueden ser igualmente devastadores. Incluye amenazas, insultos, humillaciones, manipulaciones, desvalorización constante y el aislamiento de la persona de sus seres queridos. El objetivo principal de este abuso es controlar la autoestima de la víctima y hacerla sentir impotente o dependiente.
    3. Violencia sexual: Implica cualquier acto sexual no consensuado o forzado. La violencia sexual en la relación de pareja no solo se limita a la agresión física, sino que también puede incluir coerción sexual, presión para realizar prácticas no deseadas o el uso de la intimidad para controlar o dominar a la pareja.
    4. Violencia económica: Este tipo de abuso se refiere a controlar el acceso a los recursos financieros de la pareja. Puede manifestarse a través de la limitación del dinero, la desvalorización del trabajo de la pareja o el uso de la economía como una herramienta de control.
    5. Violencia verbal: Insultos, gritos, humillaciones constantes y descalificaciones son algunas de las formas más comunes de violencia verbal. Aunque no es tan física como la violencia directa, puede tener efectos duraderos en la salud mental y emocional de la víctima.

    Claves para distinguir la Violencia en la relación de pareja

    Desbalance de poder y control

    Una de las características más definitorias de la violencia en una relación es el uso del poder para controlar a la otra persona. Si uno de los miembros de la pareja constantemente ejerce control sobre la toma de decisiones, los movimientos, las finanzas o incluso las interacciones sociales del otro, es una señal clara de que hay un abuso en juego.

    Ciclos de abuso

    Las relaciones abusivas a menudo siguen un patrón de ciclos que pueden ser difíciles de reconocer para quienes están involucrados. Estos ciclos suelen incluir una fase de «tensión», seguida de una «explosión» o episodio de abuso, y luego una «fase de luna de miel», en la cual el agresor puede pedir perdón, prometer cambiar y hacer todo lo posible por recuperar el afecto de la pareja. Sin embargo, con el tiempo, este ciclo se repite y la violencia se intensifica.

    Aislamiento social

    Uno de los métodos más comunes que utilizan los agresores es aislar a la víctima de sus amigxs, familiares y otros apoyos emocionales. El agresor puede intentar distorsionar la realidad, descalificando a la gente cercana a la víctima y creando una dependencia emocional. Esto puede dificultar que la víctima busque ayuda o incluso que reconozca que está siendo abusada.

    Sentimientos de culpa y vergüenza

    Las víctimas de violencia a menudo sienten culpa o vergüenza por la situación en la que se encuentran. Pueden convencerse a sí mismas de que están haciendo algo mal o que son responsables de las acciones de su pareja. Este sentimiento de culpa puede dificultar que denuncien la situación o que busquen apoyo.

    Normalización del abuso

    En muchas relaciones abusivas, el abuso se presenta como algo «normal» o «esperado». Las víctimas pueden llegar a creer que el abuso es parte natural de una relación o que es algo que debe ser soportado. Esta normalización es un proceso insidioso que hace que sea más difícil reconocer el abuso o que se minimicen sus efectos.

    Cambios en el comportamiento y la autoestima

    La violencia en una relación puede llevar a la víctima a experimentar un deterioro en su autoestima. Pueden sentirse inseguras, temerosas, deprimidas o ansiosas. A medida que el abuso aumenta, los cambios en el comportamiento de la víctima se vuelven más evidentes: la persona puede volverse más sumisa, más introvertida o más evitativa.

    Cómo ayudar a las víctimas de Violencia en la relación de pareja

    Es crucial que las víctimas de violencia en la relación de pareja busquen apoyo y ayuda. Aquí algunos pasos clave para brindar apoyo:

    • Escuchar sin Juzgar: si alguien confiesa ser víctima de abuso, es esencial escuchar con empatía y sin hacer juicios. La víctima necesita sentir que es escuchada y apoyada.
    • Promover la búsqueda de ayuda profesional: las víctimas de violencia deben ser alentadas a buscar ayuda de profesionales como psicólogxs o trabajadorxs sociales que puedan orientarlas sobre cómo salir de una situación abusiva.
    • Proveer recursos de apoyo: existen numerosas organizaciones y líneas de ayuda dedicadas a asistir a las víctimas de violencia. Es importante que las personas afectadas tengan acceso a estos recursos, ya sea en línea, por teléfono o en persona.
    • Reflejar comprensión y paciencia: Dejar claro que la víctima no está sola y que el abuso no es su culpa es fundamental para ayudar a que la persona recupere su confianza y su autonomía.

    La violencia en las relaciones de pareja no siempre es fácil de identificar, ya que puede manifestarse de muchas formas.

    Siendo conscientes de las señales y patrones comunes, podemos ofrecer apoyo efectivo a las personas que atraviesan este doloroso proceso.

    Es fundamental crear conciencia sobre la violencia en las relaciones y promover una cultura de respeto y apoyo para todas las personas, independientemente de su situación. Si bien la salida de una relación abusiva puede ser un proceso difícil y largo, nunca es tarde para buscar ayuda y tomar decisiones que conduzcan a una vida más sana y libre de violencia.

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    Bullying por homofobia

    El bullying por homofobia es una experiencia profundamente dañina que deja cicatrices emocionales a largo plazo. No se trata solo de burlas o agresiones físicas; es una forma de violencia sostenida que ataca la identidad misma de la persona, afectando su autoestima y autoimagen incluso en la adultez.

    ¿Por qué es un trauma complejo?

    Hablamos de trauma complejo cuando una persona sufre abuso o violencia de manera continuada, especialmente en etapas de desarrollo como la infancia y adolescencia. En el caso del bullying por homofobia, el daño es muy profundo porque:

    • Ataca la identidad: No es solo rechazo por una acción o característica, sino por el ser mismo de la persona.
    • Aísla y silencia: Muchas víctimas sienten que no pueden pedir ayuda por miedo al juicio social o familiar.
    • Refuerza la vergüenza y el miedo: La violencia sistemática hace que la persona internalice mensajes negativos sobre su orientación sexual.

    Impacto en la autoestima y autoimagen en la adultez

    Las heridas emocionales del bullying por homofobia pueden manifestarse de diversas formas en la adultez, incluyendo:

    • Autoconcepto deteriorado: La persona puede desarrollar una percepción negativa de sí misma, sintiéndose inadecuada o defectuosa.
    • Miedo al rechazo: Puede haber dificultades para establecer relaciones afectivas por temor a ser lastimadx nuevamente.
    • Hipervigilancia y ansiedad: La constante exposición a la violencia en la infancia puede generar inseguridad y miedo en entornos sociales.
    • Autocensura o disociación: Algunas personas reprimen aspectos de su identidad para evitar confrontaciones, lo que puede generar depresión y falta de autenticidad.

    Sanar es posible

    El primer paso para sanar es reconocer que el dolor no es culpa de quien lo sufrió. La terapia psicológica, el apoyo de comunidades LGBTQ+ y la construcción de espacios seguros pueden ayudar a reconstruir la autoestima y vivir con autenticidad.

    El bullying por homofobia es una herida profunda, pero, con el tiempo, acompañamiento y resiliencia, es posible recuperar la confianza y el amor propio. Nadie debería sentir vergüenza por ser quien es.