¿Qué hago si me encuentro con mi abusador en un evento familiar?

Una guía psicológica para entender el trauma y protegerte**

Hay preguntas que no deberían existir, pero existen porque vivimos en una sociedad que todavía prioriza las apariencias, la unidad familiar y el “no molestar” por encima del bienestar emocional de las personas.
Una de ellas es esta: “¿Debo ir a un evento familiar si allí estará la persona que me abusó o me maltrató?”

Y aunque la respuesta parece sencilla, en la práctica es una lucha interna que puede desgastar profundamente. Por eso es importante hablarlo con claridad, sin minimizar y sin disfrazarlo.

¿Qué es un trauma realmente?

El trauma no es “lo que pasó”, sino lo que quedó dentro de tu cuerpo y tu mente después de lo que pasó.
Es la herida invisible que se activa cuando algo—o alguien—te recuerda la amenaza original.

El trauma es memoria corporal. Es un sistema nervioso que aprendió a protegerte de algo que fue demasiado grande, demasiado intenso o demasiado temprano.
Por eso, encontrarte con tu agresor no es “incómodo”: es reactivar la herida.
Es volver, aunque sea por un segundo, al mismo estado de vulnerabilidad que alguna vez te dañó.

¿Por qué no es bueno exponerte?

Porque la exposición no sana un trauma.
Esto es algo que aún se confunde muchísimo.

La exposición solo es terapéutica cuando es planificadaseguraprogresiva y guiada por un profesional.
Pero encontrarse con un abusador en una comida familiar no es una exposición terapéutica:
es una agresión al sistema nervioso, es un recordatorio involuntario, es una puesta en peligro emocional.

Cuando alguien te dice:
“Tienes que ir para que no te afecte”
o
“No puedes evitarlo toda la vida”,

en realidad está defendiendo la paz del grupo, no tu bienestar.
Y eso también duele.

¿Tengo que ir? ¿Es obligatorio?

No.
No tienes ninguna obligación emocional, moral o familiar de acudir a un lugar donde estará alguien que te dañó.

Elegir no ir no es debilidad: es autocuidado.
Es un límite sano.
Es un acto de lealtad contigo.

A veces la familia espera que actúes como si no hubiera pasado nada porque resulta más cómodo. Pero tu salud mental no es un sacrificio que debas poner sobre la mesa para sostener relaciones que no te sostienen a ti.

Si decido ir, ¿cómo puedo gestionarlo?

Si por circunstancias externas o presión interna decides asistir, no tienes por qué hacerlo sin apoyo. Estas son herramientas que pueden ayudarte a mantenerte a salvo emocionalmente:

1. Prepara un plan de salida

Tener claro cómo irte (y con quién) reduce la sensación de atrapamiento.

2. Establece límites previos

Puedes decir a quien corresponda:
“No quiero interacción con esa persona. Si ocurre, me voy.”

3. Minimiza el contacto

No tienes que saludar, hablar ni mantener cercanía física.
Protegerte no es mala educación.

4. Lleva contigo una señal de apoyo

Alguien de confianza que sepa lo que ocurre y te sostenga si te sientes abrumade.

5. Regula tu sistema nervioso

Respiración diafragmática, contacto con tus manos, sentir tus pies en el suelo.
Pequeñas anclas para recordarte que ya no estás allí, que ahora sí puedes protegerte.

6. Evalúa cómo te sientes después

Lo que pase después del evento es tan importante como lo que pase durante.
Escucha tu cuerpo; él te dirá si esa exposición fue tolerable o si te dañó.

Si decido NO ir, ¿cómo gestiono la culpa o el juicio externo?

La culpa aparece porque nos enseñaron a priorizar al grupo por encima de nuestra integridad.
Pero la culpa no es un indicador de que estás haciendo algo mal; es solo un reflejo de viejas lealtades.

Puedes recordarte:

  • Estoy eligiéndome.
  • Mi sistema nervioso tiene derecho a estar a salvo.
  • No tengo por qué compartir espacio con quien me dañó.

Quien te quiera de verdad entenderá tus razones.
Quien no lo entienda, está protegiendo a otra persona, no a ti.

La pregunta final no es “¿debo ir?” sino “¿cómo quiero cuidarme?”

Tu bienestar emocional es una prioridad.
Tu seguridad interna importa.
Tu historia merece respeto.

Nadie debería pedirte que normalices lo que te hirió.
Nadie tiene derecho a empujarte hacia un espacio donde tu cuerpo siente peligro.
Y tú no tienes por qué demostrar nada asistiendo a un lugar donde tu dignidad tiembla.

Elegirte también es sanar.
Y sanar es, muchas veces, poner distancia donde otros quieren cercanía.

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Atracones, ansiedad, restricción alimentaria y culpa en Navidad.

Las festividades navideñas conforman un contexto sociocultural de elevada carga simbólica, donde la alimentación trasciende su función nutricional y se convierte en un dispositivo relacional. No obstante, para un número creciente de personas, este entorno alimentario hiperestimulante actúa como un estresor psicológico capaz de activar patrones disfuncionales vinculados a la conducta alimentaria, entre ellos los episodios de atracón, ansiedad, la restricción cognitiva y la vivencia intensa de culpa post-ingesta.

Comida, normatividad social y dinámica festiva

La Navidad introduce una norma implícita: comer es participar. Los menús abundantes, la insistencia social para consumir alimentos específicos y la centralidad simbólica del banquete actúan como presiones normativas externas. Desde el punto de vista psicológico, estas variables interfieren con la autorregulación alimentaria, favoreciendo mecanismos como:

  • Sobresaliencia atencional hacia la comida
  • Incremento de la reactividad emocional
  • Disminución de la capacidad de inhibición conductual, especialmente en estados de fatiga o estrés

    Esto puede derivar en conductas alimentarias impulsivas o rígidas, particularmente en sujetos predispuestos.

Restricción cognitiva: El precursor del atracón

La literatura científica evidencia que el factor que mejor predice un episodio de atracón no es la disponibilidad de comida, sino la restricción cognitiva. Esta consiste en una autoimposición de normas alimentarias rígidas, acompañada de pensamientos dicotómicos del tipo:

  • “No debería comer X”
  • “Si comienzo, no podré parar”
  • “Mañana compenso”

Este patrón genera una disociación entre señales interoceptivas (hambre, saciedad) y toma de decisiones alimentaria. Al desbordarse la capacidad de control, se produce el atracón como respuesta fisiológica y emocional: un intento de autorregulación fallida.

El Atracón como Conducta Reguladora

El atracón no es un acto impulsivo carente de significado; posee función psicológica. Puede entenderse como:

  • Estrategia desadaptativa de regulación emocional
  • Dispositivo evitativo ante estados afectivos aversivos (soledad, vergüenza, ansiedad)
  • Respuesta neuroconductual ante la privación alimentaria

Culpa Post-Ingesta.

Después del atracón aparece un conjunto de cogniciones automáticas caracterizadas por:

  • Autorreferencias negativas (“soy débil”)
  • Inferencias globales sobre la identidad (“no valgo”)
  • Distorsiones cognitivas como pensamiento polarizado o sobregeneralización

La culpa no funciona como inhibidor conductual, sino como mantenedor del trastorno: aumenta la ansiedad, promueve nuevas restricciones y perpetúa el ciclo disfuncional restricción → atracón → culpa → restricción.

Claves para relacionarnos mejor con la comida en Navidad

1. Abandona el enfoque compensatorio

Las conductas del tipo “hoy me paso, mañana me restrinjo” generan oscilaciones emocionales y fisiológicas que predisponen al atracón.

Reemplazo:
Planificar tres comidas y dos ingestas intermedias mantiene la glucemia estable y reduce el pensamiento obsesivo sobre la comida.

2. Establece objetivos realistas, no ideales

Metas como “no comeré dulces” son rígidas y vulneran el sentido de autoeficacia. Los objetivos terapéuticamente óptimos son flexibles, concretos y observables, por ejemplo:

  • “Probaré los alimentos que deseo, atendiendo a mi saciedad”
  • “Me serviré una cantidad que pueda disfrutar sin prisa”

3. Practica alimentación basada en señales internas

Reconectar con las señales interoceptivas permite que la conducta alimentaria se regule desde el cuerpo, no desde la norma externa.

Preguntas de autorregulación interoceptiva:

  • ¿Qué nivel de hambre siento del 1 al 10?
  • ¿Qué textura o sabor deseo realmente?
  • ¿Estoy satisfecho o solo dejo de comer por obligación social?

4. Disminuye la moralización alimentaria

Conceptos como “portarse bien/mal”, “picar”, “permitirse” o “excederse” trasladan la comida al terreno moral y activan la culpa.

Intervención cognitiva:
 Sustituye etiquetas morales por descripciones neutrales: “he comido más de lo habitual”, “este alimento me resulta agradable”.

5. Gestiona la presión social

La insistencia para comer más puede actuar como disparador. Ensayar frases asertivas reduce la ansiedad anticipatoria.

Ejemplos:

  • “Gracias, está delicioso, y ya estoy satisfecho.”
  • “Lo disfrutaré más tarde si me apetece”.

6. Planifica alimentos que aporten placer y nutrición

Integrar alimentos deseados desde el principio disuelve la lógica de prohibición.

Ejemplo clínico:
 Permitir una porción del dulce favorito evita el efecto “ya que rompí la dieta, como todo”.

7. Integra rituales no alimentarios

Sacar la comida del centro absoluto redistribuye la valencia emocional del evento navideño.

Ideas:
 Juegos, paseos, música, fotografías, conversaciones temáticas, actividades cooperativas.

8. Si apareciera un atracón, detén el ciclo de castigo

No compenses, no te restrinjas, no te castigues. El foco es la ruptura del bucle. Analiza el episodio desde la comprensión, no desde la sanción.

Pregunta clave:
 ¿Qué emoción intentó regular este comportamiento? 

Conclusión

La Navidad no genera problemas alimentarios por sí misma, pero sí expone y exacerba patrones previos. Reconocer la relación entre restricción, atracón y culpa no implica patologizar la comida, sino comprenderla como un fenómeno biopsicosocial complejo. Intervenir a tiempo permite no solo mejorar la conducta alimentaria, sino integrar una relación más flexible, compasiva y funcional con el cuerpo y la experiencia de comer.

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La mirada médica sobre la identidad de género

A lo largo del siglo XX, la identidad de género fue tratada desde la mirada médica y la psicología como un trastorno mental. En manuales diagnósticos como el DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) o la CIE (Clasificación Internacional de Enfermedades), la transexualidad aparecía bajo categorías como “trastorno de identidad de género” o “desviación sexual”.

Esta clasificación, más que describir una realidad clínica, reflejaba los valores culturales de la época: la idea de que el cuerpo y la identidad debían corresponder según normas binarias. La consecuencia fue la patologización de la diversidad de género, es decir, convertir una variación humana en una enfermedad.

El impacto de este enfoque fue profundo. Miles de personas trans fueron sometidas a tratamientos “correctivos”, medicación psiquiátrica o internamientos. Pero más allá del ámbito clínico, el estigma se amplificó en el espacio público, especialmente a través del cine y los medios de comunicación.

Ed Gein y el nacimiento de un imaginario peligroso

El caso de Ed Gein, asesino y profanador de tumbas en los Estados Unidos de los años 50, es un punto clave para comprender cómo la cultura comenzó a asociar la transgresión de género con la enfermedad mental o el crimen.

Aunque Gein no era trans, su historia inspiró a personajes icónicos del cine de terror y el thriller psicológico, como Norman Bates (Psycho), Leatherface (The Texas Chainsaw Massacre) y Buffalo Bill (The Silence of the Lambs).
Este último personaje, en particular, fue retratado como un hombre perturbado que deseaba transformarse en mujer, llegando a confeccionar un “traje de piel femenina”.

A pesar de que El silencio de los corderos aclara que Buffalo Bill “no es realmente trans”, la imagen que quedó en el imaginario colectivo fue distinta: la de un “hombre enfermo” que confunde su identidad con la locura.
Así, la ficción mezcló elementos del caso real de Gein —un perfil criminal complejo y violento— con rasgos asociados a la identidad de género, difuminando la frontera entre diversidad y patología.

De la clasificación al reconocimiento

El cambio de paradigma comenzó lentamente hacia finales del siglo XX. El activismo trans, los estudios de género y una psicología más crítica impulsaron la revisión de los manuales diagnósticos.
En 2019, la Organización Mundial de la Salud (OMS) dio un paso histórico al eliminar la “transexualidad” de la lista de trastornos mentales y reclasificarla como incongruencia de género dentro del ámbito de la salud sexual.

Este cambio no es solo terminológico: supone reconocer que ser trans no implica enfermedad mental, sino que el sufrimiento que muchas personas trans experimentan proviene de la discriminación, la exclusión y la falta de aceptación social.

La psicología actual busca acompañar los procesos de afirmación de género desde el respeto, la validación y el bienestar integral, alejándose de la mirada patologizante.

El papel de la psicología y los medios hoy

El reto contemporáneo de la psicología no se limita a cambiar etiquetas diagnósticas, sino a reconstruir narrativas. Durante décadas, el cine, la literatura y la prensa alimentaron el estereotipo del “trans perturbado”, confundiendo la búsqueda de identidad con la locura o la violencia.

Superar estos imaginarios requiere un trabajo ético y educativo: revisar cómo comunicamos, representamos y comprendemos la experiencia trans.
En este sentido, la psicología tiene un papel crucial en la educación emocional y social, promoviendo una mirada basada en la empatía, la diversidad y los derechos humanos.

Conclusión

Durante gran parte del siglo XX, la ciencia y la cultura contribuyeron a ver a las personas trans como enfermas mentales, reforzando prejuicios y sufrimiento. Casos mediáticos como el de Ed Gein, reinterpretados por la ficción, alimentaron una narrativa que asociaba la identidad de género con la patología o la violencia.

Hoy, la psicología contemporánea reconoce la identidad trans como una expresión legítima de la diversidad humana. Abandonar la patologización y construir espacios de comprensión no es solo un deber ético de la disciplina: es una forma de reparar históricamente el daño causado por el estigma y avanzar hacia una sociedad más justa e inclusiva. 

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Octubre trans: cuando la disforia no está en el cuerpo sino en la mirada

Octubre es un mes para visibilizar, recordar y reivindicar las identidades trans. Pero también puede ser un mes para pensar más allá de los clichés: porque lo trans no es solo una historia de cuerpos que cambian, sino de miradas que pesan, expectativas que hieren y lenguajes que excluyen.

En psicología, solemos hablar de disforia de género como el malestar que aparece cuando hay una incongruencia entre el género sentido y el asignado al nacer. Pero existe un concepto menos conocido, y cada vez más discutido en los espacios clínicos y comunitarios: la disforia social.

¿Qué es la disforia social?

La disforia social no surge del cuerpo, sino del contacto con una sociedad que no valida la identidad. No tiene que ver tanto con cómo una persona trans se percibe, sino con cómo el entorno la percibe —o no la percibe—.

Es ese malestar que se activa cuando el nombre, los pronombres, la voz o la expresión de género son cuestionados, ignorados o corregidos. Es la sensación de desajuste constante entre quién soy y cómo me leen.

Y es profundamente psicológico: a veces no depende de cirugías ni hormonas, sino de la relación con los otros, del espejo social que devuelve una imagen que no coincide con la identidad real.

El cuerpo como refugio o como campo de batalla

Para muchas personas trans, el cuerpo puede ser una fuente de conflicto, sí, pero también de refugio y afirmación. Sin embargo, la disforia social es más escurridiza: se infiltra en los espacios cotidianos —en la oficina, en la escuela, en la familia— y genera un estado de hipervigilancia constante.

No se trata solo de sentirse mal por ser mal nombrade; se trata de vivir en alerta por si el entorno volverá a desconfirmar quién eres.

Desde la clínica, esto se traduce en altos niveles de ansiedad social, estrés postraumático complejo, y dificultades para desarrollar un sentido estable de sí. Porque cuando el entorno niega tu identidad, no niega solo un nombre: niega tu existencia psicológica.

La mirada que crea (o destruye) identidad

La identidad se construye en relación. Necesitamos que el mundo nos reconozca para poder reconocernos también. Pero, ¿qué ocurre cuando el entorno insiste en devolvernos una imagen que no somos?

La disforia social es, en parte, una herida relacional: no nace en la persona trans, sino en una cultura que no está preparada para sostener la diversidad de identidades.

Por eso, hablar de “disforia social” no es un detalle terminológico, sino un cambio de paradigma. Es pasar de pensar que el malestar está “dentro” de la persona, a entender que está en el vínculo, en la estructura social y simbólica que la rodea.

La importancia de cambiar la pregunta

Durante décadas, la psicología ha preguntado: “¿cómo ayudamos a las personas trans a adaptarse a su cuerpo o a su identidad?”.

Tal vez la pregunta que necesitamos ahora sea otra:

¿cómo ayudamos a la sociedad a dejar de generar disforia social?

Porque la mayor parte del sufrimiento trans no proviene de la identidad en sí, sino de la falta de reconocimiento, de la discriminación sutil o abierta, de los entornos que exigen “demostrar” quién se es para ser aceptade.

Y ahí la psicología tiene una tarea pendiente: revisar sus propios sesgos cisnormativos, sus protocolos, su lenguaje, y su manera de acompañar.

Acompañar desde la validación

Acompañar a una persona trans no es solo validar su proceso corporal, sino sostener su vivencia frente a un mundo que muchas veces no la valida.

Implica reconocer que el malestar no siempre viene de dentro, y que sanar también pasa por reparar el vínculo con el entorno, construir redes de apoyo, y crear espacios donde el reconocimiento no se negocie.

El trabajo terapéutico no debería centrarse únicamente en reducir el malestar, sino en devolverle a la persona el derecho a existir en sus propios términos. Porque la salud mental no es solo un asunto individual: es un reflejo de cómo una sociedad trata a las identidades que la habitan.

Cerrar octubre mirando hacia dentro

En este octubre trans, además de celebrar y visibilizar, tal vez podamos detenernos a mirar cómo nosotres, desde la psicología, la educación o la vida cotidiana, participamos en esa disforia social.

Cada vez que invalidamos, dudamos o corregimos, contribuimos a ella.

Y cada vez que nombramos bien, que escuchamos, que acompañamos con respeto, ayudamos a reparar una herida que no debería existir.

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Cómo la exposición constante a conflictos globales afecta tu salud mental

Vivimos en una era hiperconectada. En solo unos segundos, puedes enterarte de lo que ocurre en cualquier parte del mundo: guerras, desastres naturales, crisis humanitarias o tensiones políticas. Aunque estar informados es un signo de responsabilidad social, la exposición constante a los conflictos globales a través de redes sociales y medios digitales tiene un impacto real sobre la salud mental.

Es importante analizar cómo afecta este fenómeno, por qué se habla de fatiga digital y qué puedes hacer para cuidar tu bienestar emocional sin desconectarte del mundo.

La fatiga digital: cuando la mente se satura de información

El término fatiga digital hace referencia al agotamiento mental y emocional que surge tras una exposición prolongada a pantallas, noticias y redes sociales. No solo se trata de cansancio visual o físico; es un desgaste psicológico derivado del exceso de información, notificaciones y estímulos emocionales.

La sobreexposición a contenidos sobre conflictos globales genera:

  • Fatiga informativa: el cerebro se ve abrumado por la cantidad de noticias y pierde la capacidad de procesarlas de manera saludable.
  • Estrés empático: sentimos angustia al identificarnos con el sufrimiento ajeno, incluso si no lo vivimos directamente.
  • Sensación de impotencia: queremos ayudar, pero nos sentimos incapaces ante la magnitud de los problemas.

Con el tiempo, esta combinación puede llevar a ansiedad, irritabilidad, problemas de concentración y una sensación general de desconexión o apatía.

Redes sociales: un ciclo de alerta emocional constante

Las redes sociales amplifican el impacto psicológico de los conflictos globales. Las imágenes, los videos y los testimonios personales apelan directamente a las emociones, y los algoritmos priorizan el contenido que más reacciones provoca.

Así, sin darnos cuenta, podemos caer en el llamado “doomscrolling”: el hábito de consumir noticias negativas sin parar. Este comportamiento alimenta un estado de alarma permanente, donde el cuerpo produce más cortisol (la hormona del estrés), afectando el sueño, la concentración y el estado de ánimo.

De la empatía al trauma vicario: cuando el dolor ajeno se internaliza

El ser humano es empático por naturaleza, pero cuando nos exponemos continuamente a imágenes y relatos de violencia o sufrimiento, esa empatía puede transformarse en trauma vicario. Este término describe el impacto psicológico indirecto de presenciar el dolor ajeno de forma repetida.

Algunos síntomas incluyen:

  • Pesadillas o pensamientos intrusivos sobre las noticias.
  • Irritabilidad o hipervigilancia.
  • Desconexión emocional o apatía ante la información.

Cómo cuidar tu salud mental frente a la saturación informativa

Proteger tu salud mental en la era digital no implica vivir desconectado, sino consumir información de forma consciente y equilibrada. Aquí tienes algunas estrategias recomendadas por psicólogos y especialistas en bienestar digital:

  1. Dosifica tu exposición a las noticias. Establece horarios específicos para informarte (por ejemplo, una o dos veces al día) y evita revisar redes antes de dormir.
  2. Curar tu entorno digital. Silencia o deja de seguir cuentas que compartan contenido angustiante o sensacionalista. Prioriza fuentes verificadas y medios con enfoque analítico o constructivo.
  3. Practica desconexión consciente. Dedica momentos del día sin pantallas: pasear, leer en papel, meditar o simplemente estar presente. Esto ayuda al cerebro a recuperar su capacidad de atención y calma.
  4. Transforma la empatía en acción. Canaliza la preocupación por los conflictos globales en acciones concretas: informarte sobre cómo colaborar, donar o participar en proyectos solidarios. La acción reduce la sensación de impotencia.
  5. Busca apoyo profesional si lo necesitas. Si notas síntomas de ansiedad persistente, cansancio emocional o desmotivación, un psicólogo puede ayudarte a desarrollar herramientas para manejar la sobreexposición informativa.
  6. Estar informado sin perder la calma: un equilibrio posible. Estar al tanto de lo que sucede en el mundo no tiene que convertirse en una fuente constante de angustia. Podemos mantenernos informados con conciencia, aprendiendo a distinguir cuándo nuestra mente necesita un descanso. La empatía y el autocuidado no son opuestos: son aliados.

La fatiga digital y la saturación informativa son fenómenos reales que afectan a miles de personas en todo el mundo. Reconocer sus efectos, poner límites al consumo de medios y practicar un uso consciente de las redes sociales son pasos esenciales para proteger tu salud mental sin desconectarte de la realidad.

Recuerda: informarte es importante, pero tu bienestar emocional también lo es. Solo cuando cuidamos nuestra mente podemos seguir conectados con el mundo de manera sana, empática y sostenible.

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Salud mental en personas trans: mitos y realidades

Cada 10 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental, y octubre también es un mes dedicado a la visibilidad trans. Esta coincidencia nos invita a reflexionar sobre un tema que suele estar atravesado por prejuicios: la salud mental de las personas trans.

El mito

Todavía persiste la idea de que “las personas trans tienen más problemas psicológicos porque son trans”. Este mito refuerza estigmas y coloca la identidad trans como una condición patológica.

La realidad

Las investigaciones y la experiencia clínica muestran que ser trans no es un trastorno. Los problemas de salud mental que con frecuencia atraviesan las personas trans (como ansiedad, depresión o estrés postraumático) no son consecuencia de su identidad de género, sino de los contextos de discriminación, exclusión y violencia a los que se enfrentan día a día.

Factores que impactan negativamente en su salud mental incluyen:

La falta de acceso a tratamientos médicos y acompañamiento psicológico especializado.

  • El rechazo familiar o la expulsión del hogar.
  • La discriminación en el colegio, trabajo o sistema de salud.
  • La violencia física y verbal.

El suicidio en la población trans

Diversos estudios señalan que las personas trans enfrentan tasas alarmantemente altas de ideación y conducta suicida. En algunos reportes internacionales, más del 40% de personas trans ha pensado seriamente en quitarse la vida y un porcentaje significativo lo ha intentado al menos una vez.

Pero, nuevamente, es fundamental aclarar:
No es la identidad trans la que genera estas cifras, sino la hostilidad del entorno.
La exclusión, el rechazo familiar, la transfobia y la violencia sistemática son los verdaderos factores de riesgo que ponen en peligro la vida de este colectivo.

Por el contrario, investigaciones muestran que cuando existe apoyo social y familiar, las tasas de suicidio descienden drásticamente. Algo tan simple y poderoso como llamar a una persona por su nombre y/o pronombre elegido puede reducir significativamente la ideación suicida en adolescentes trans.

Factores protectores

La buena noticia es que existen factores protectores que fortalecen la salud mental de las personas trans y previenen el suicidio:

  • Aceptación y apoyo familiar: el pilar más determinante.
  • Respeto por el nombre y pronombres elegidos.
  • Acceso a atención psicológica afirmativa, que acompañe la identidad en lugar de cuestionarla.
  • Redes de apoyo y comunidad, que generan pertenencia y resiliencia.
  • Políticas públicas inclusivas, que garantizan derechos básicos.

Reflexión

La verdadera pregunta no debería ser: “¿Por qué las personas trans tienen más problemas de salud mental o mayores tasas de suicidio?”, sino:
“¿Qué estamos haciendo como sociedad que afecta negativamente su bienestar y pone en riesgo sus vidas?”.

El desafío está en cambiar el foco: la identidad trans no es un problema a resolver; lo que necesitamos transformar son los prejuicios, las estructuras excluyentes y la falta de apoyo social.

En este mes de la salud mental y de la visibilidad trans, recordemos que promover el respeto y la inclusión no solo es un acto de justicia, sino también una forma concreta de prevenir el sufrimiento y salvar vidas.