abrazo

El perdón a uno mismo.

En nuestro día a día vamos realizando acciones, escogiendo diferentes caminos. Estas decisiones que tomamos siempre tienen consecuencias. Algunas veces son positivas y nuestro entorno y nosotros mismos salimos beneficiados. En otras ocasiones, las consecuencias dañan a quienes tenemos a nuestro alrededor y también a nosotros.

En un post anterior, te hablamos de perdonar a otros cuando nos hacen daño.

Todos cometemos errores. Fallamos o tomamos decisiones equivocadas, es algo inevitable. A partir de estos errores vamos aprendiendo y creciendo como personas, evolucionando, cambiando.

Cuando una de esas decisiones provoca un daño tal que nos hace sentirnos culpables, nos puede generar un sentimiento de culpa. Este sentimiento no siempre tiene connotaciones negativas: existe la culpa sana.

Culpa sana.

Cuando hablamos de culpa sana, nos referimos a la vivencia de la culpa de forma productiva y útil. Esta culpa nos ayuda a observar, a experimentar, a sentir la emoción y a aprender de ella.

Si nos permitimos sentir y escuchar esta emoción, podremos activar en nosotros un mecanismo fundamental para nuestra evolución: aprendemos a diferenciar, a crear conciencia de aquello que está bien o mal. “Gracias” a la culpa asentamos nuestras bases éticas y los valores que nos van a guiar en nuestra vida.

Sentir culpa implica ser conscientes de que hemos cometido un error y de que ese error ha provocado un daño. Gracias a esta emoción nos movemos, nos activamos para enmendar nuestros fallos.

Entender la culpa de esta manera es más sencillo cuando observamos las consecuencias negativas de nuestros actos en los demás. Ellos nos pueden mostrar su dolor y así generar en nosotros la necesidad de restaurar el daño provocado, lo que puede facilitar que el otro nos otorgue su perdón.

¿Qué ocurre cuándo a pesar de que el otro nos ha perdonado, nosotros no lo hacemos? ¿Qué pasa cuando nos hemos dañado a nosotros mismos?

En estos casos, puede suceder que la culpa se haya instaurado en nuestra vida, guiando nuestras acciones.

Cuando permitimos que esto ocurra y no somos capaces de perdonarnos, derrochamos energía en darle vueltas a una situación que nos genera emociones incómodas. Una situación que acaba provocando sufrimiento. La consecuencia es que paralizamos nuestro presente y limitamos nuestro futuro, impidiéndonos crecer y evolucionar. Nos quedamos estancados.

¿Cómo perdonarnos?

El perdón es un proceso, no un acto único. Y como todo proceso, debe existir un primer paso.

Este primer paso es darnos cuenta de que perdonando no estamos justificando la conducta que ha provocado el daño. Lo que hacemos es reconocer las emociones que surgen a causa de un error cometido y decidimos de forma voluntaria que pierdan fuerza en el presente.

Estamos cambiando la perspectiva de la situación vivida, y así obtendremos dos consecuencias directas:

  • Superar la resistencia al cambio.

  • Darnos permiso para avanzar.

Reconocer y asumir lo ocurrido.

En ocasiones, nos negamos a reconocer que nos hemos equivocado y a pesar de que aparezcan emociones de culpa y dolor, las bloqueamos. Asumir que no hemos actuado bien daña nuestro orgullo y el concepto que tenemos de nosotros mismos.

Por este motivo, además de entender que perdonar no es justificar, debemos reconocer y asumir que hemos cometido un error. No somos perfectos. Hemos hecho daño, intencionalmente o no a otro y/o a nosotros mismos.

Explorar y analizar lo ocurrido es fundamental para reconocer la verdad de los hechos y saber qué es aquello por lo que debemos perdonarnos. De esa forma, asumir las consecuencias negativas de nuestras acciones será más fácil.

Una vez observadas estas consecuencias, podremos arrepentirnos, sentir culpa y activar los mecanismos necesarios para subsanar, en la medida de lo posible, el dolor que hemos causado, independientemente de quién haya salido herido/a.

Explorar la motivación.

Un paso fundamental es conocer que nos llevó a actuar así. No buscamos una justificación, si no saber qué hizo que nos comportásemos de esa manera y así poder aprender. Este aprendizaje nos ayudará a actuar de forma diferente en el futuro.

En muchas ocasiones actuamos guiados por el enfado, el cansancio, la tristeza o la frustración. Nos dejamos llevar por estas emociones, permitiendo que tomen el control de nuestras acciones y perdiendo la conciencia de lo que ha ocurrido.

Observar qué emociones estaban presentes antes del hecho ocurrido nos llevará a poder contextualizarlo. Esto ayudará a comprender por qué dimos aquella respuesta y a observar las consecuencias. Ser conscientes de lo que pasó y de cómo nos afectó permitirá que modifiquemos nuestra respuesta.

Permitirnos sentir.

Somos seres emocionales. Ninguna acción, ningún pensamiento, se muestra sin que exista una emoción asociada. Bloquearlas, impedir que surjan, negarnos a reconocerlas, no va a hacer que desaparezcan.

Escúchate, sé consciente de ellas y aprende de las consecuencias de las respuestas que aparecen tras cada emoción.

Observando las situaciones pasadas desde esta perspectiva, podrás perdonar tus fallos o errores. Gracias a ellos puedes aprender, evolucionar y crecer.

Es importante también aceptar que en ese momento, actuamos en función del nivel de conciencia y conocimientos que poseíamos.

Gracias al perdón a uno mismo, esos conocimientos se van ampliado. Ya no vas a cometer el mismo fallo, siempre y cuando te permitas sentir la liberación que proporciona el perdón.

El perdón no es un proceso sencillo.

Cuando iniciamos el proceso del perdón debemos tener en cuenta que estamos ante un camino que puede tener altibajos y que no es lineal.

Cada uno tenemos nuestros tempos, nuestras circunstancias. Serán ellas las que nos permitirán evolucionar más o menos rápidamente. No te compares.

Es un trayecto que te va a permitir liberarte, avanzar para disfrutar del presente sin sufrimiento.

Gracias al perdón puedes descubrir qué hiciste mal, lo que puedes cambiar en el futuro. Puedes tomar las medidas necesarias para no volver a cometer el mismo error. Aprender está en tu mano.

Si este aprendizaje te resulta duro, si no eres capaz de encontrar el camino al perdón, no te preocupes. En Quiero Psicología podemos acompañarte para que aprendas a perdonar y a perdonarte.

auto exigencia

No disfruto con nada.

¿Llevas un tiempo que no logras disfrutar con nada?

¿Te molesta lo que hacen los demás?

¿Sientes que hagas lo que hagas, al final acabas en el mismo punto?

Has vivido situaciones que no han sido agradables. Este ha sido un año diferente para todos y hubieras preferido que no pasara todo lo que ha pasado.

Esto no depende de ti. Aún así, te aferras a la idea de que podrías haber hecho algo o de que incluso ahora puedes hacer algo más. Al final terminas cansado/a porque estás contándote las cosas desde una perspectiva desfavorable para ti. Y ya bastante has hecho y sigues haciendo.

La autoexigencia puede ser infinita. Puedes tener la idea de que ser exigente está bien, que así conseguirás más cosas, que si no eres exigente te acabarás estancando. Es importante agradecer a la exigencia su papel, aprender a escucharla, pero siendo consciente de que no sea ella la que tire de ti.

Si la exigencia se pone al mando, tira de ti. Te arrastra hasta límites en principio inalcanzables, teniendo en cuenta solo el objetivo, que puede ser más o menos idealizado, más o menos realista.

Si solo tienes en cuenta el foco, tu objetivo, sin prestar atención a nada de lo que sucede alrededor ¿dónde quedan tus necesidades? El fin no es alcanzar la meta, el fin es caminar hacia la meta teniendo en cuenta tus límites, tus recursos y tus necesidades. El objetivo es alcanzar tu propósito descuidarte ni quedarte por el camino.

Es importante observar dónde estás poniendo el foco. Cómo te estás contando lo que está pasando, lo que estás haciendo, los resultados que obtienes, positivos o negativos.

¿En tu diálogo interno suelen aparecer frases como estas?

“No me gusta mi vida.”

“Soy una fracasada/o.”

“Tendría que tener unas mejores condiciones ya.”

“A los demás les va mucho mejor que a mi.”

“Me toca estar solo/a cuando no quiero.”

Si respondes que sí, probablemente estés experimentando una sensación de frustración y malestar elevadas. Porque a pesar de todo lo que ya has conseguido, sigues mirando y viendo sólo lo que te falta.

Déjame decirte algo: estás aquí y eso es bastante.

Agradece todo lo que te ha traído hasta este momento y todo lo que ya has conseguido.

De manera automática, estás contándote la historia de tu vida sin ver lo que ya has avanzando, si no centrado/a en lo que te falta. Cuando te centras en lo que aún te queda, estás continuamente activado/a. Así mantienes la idea de fondo de que siempre quedan cosas por hacer y que tienes la responsabilidad de hacerte cargo de todo, cuando ya eso no te corresponde y no puedes hacer más de lo que ya estás haciendo.

¿Qué puedes cambiar?

  • Dedícate un momento para observar todas las áreas de tu vida. ¿Cuántas áreas tienes ahora mismo? (Personal, amigos, pareja, deporte, trabajo…) Puedes dibujar una margarita y cada pétalo sería un área de tu vida.

  • De manera neutral y objetiva, como si fueras un observador descriptivo, escribe cómo están cada una de esas áreas. Trata de ser lo más objetivo y neutral posible, evitando hacer evaluaciones: “mala, horrible, fracasada, harta, buena, mejor, peor, insuficiente”.

  • Identifica las cosas que has hecho tú y agradece a tu “yo” de aquel momento todo lo que hizo. Teniendo en cuenta la situación y los recursos que tenías entonces, nada pudiste hacer de otra manera. Puedes pensar que no lo harías así ahora, pero no se trata de juzgarte. Quizás ahora lo harías diferente porque tienes otros recursos: has aprendido. Pero para hacerlo, has tenido que intentarlo de otra forma antes y ver que no funcionaba.

  • Has llegado hasta aquí y no siempre ha sido fácil. Has tenido que gestionar diferentes situaciones, poner en marcha distintos recursos y aún así, estás aquí. Poner el foco en los demás te hace descuidar detalles y no contarte la realidad como es exactamente. Tú tienes tu realidad, tu proceso y tu experiencia. Todas las áreas de tu vida tienen sentido si pones el foco en tu propio proceso y no fuera.

Aprender a escuchar a la exigencia es muy importante. Hacerlo te permitirá saber cuándo es ella la que está tirando de ti y cuando eres tú el/la que está al mando. Caminando en una dirección, la que tú determinas y eliges seguir. Sin descuidarte y respetando tu proceso, tus tiempos, tus límites y tus necesidades.

Si te has sentido identificado/a , quizás podría ser un motivo para empezar a conocerte, a escucharte y decidir si seguir en esta dirección o no. En Quiero Psicología te esperamos para que aprendas a focalizarte en lo que eres y lo que tienes, y no en lo que te falta.

maltrato reality

Realities o la normalización de la toxicidad.

Si asistes al espectáculo de los realities ¿Te sientes identificado/a con algún/a concursante?

En los que muestran parejas ¿Crees que son un reflejo real de cómo son las relaciones, las mujeres y los hombres?

¿Si a ti te pasara algo así, no podrías aguantarlo?

Como norma general en casi cualquier reality, ya desde los primeros minutos observamos dinámicas cargadas de prejuicios, estereotipos, roles de género, toxicidad, etc.

Si nos centramos en los que nos muestran a parejas en un lugar paradisíaco, con villas de lujo y cuerpos esculturales como cebo para justificar infidelidades. “Esta experiencia hay que vivirla” , “esto ocurre porque te sientes en otro mundo” y otros argumentos sobre el por qué es tan fácil descontrolarse o perder la cabeza en aquel lugar.

Vamos a desgranar algunas de las «perlas» que nos muestran este tipo de programas:

Roles de género.

Chicos que abrazan a sus novias por la espalda en señal de protección, posesión y control. Chicas abrazadas por sus novios como signo de dependencia, fragilidad y sumisión.  “Las chicas son celosas”, “las chicas nos molestamos por todo” , mitos y categorías que distan mucho de la realidad: no por ser mujer tienes que ser celosa, y no por ser hombre te enfadas menos. “Bastante tenemos con nuestras novias ya”, la mujer como una carga pesada.

Rivalidad y odio.

“Chihuahua” ,“una mujer que viene a quitarle el novio a otra mujer me demuestra los valores que tiene” , discusiones, insultos y hostilidad entre las chicas y las tentaciones de sus parejas, perdiendo el respeto entre mujeres por luchar por la atención o el cariño de los chicos. A esto le añadimos que los chicos, para calmar a sus novias, infravaloran al resto de chicas con comentarios despectivos como “es fea”.

Lucha de egos.

Al inicio del programa, los chicos tienen que colocar un collar de flores en señal de interés por alguna de las chicas, una lucha de poder entre los «gallitos» en la que la mujer pasa a ser un objeto por el que dos hombres pelean. Ella es sólo un trofeo si opinión ni deseo ni, casi, cerebro.

Amor líquido.

Haciendo referencia a este concepto de Bauman, otra de las «situaciones» es cuando aparecen nuevas tentaciones en las villas. Si quiero cambiar mi cita por otra, puedo hacerlo, tengo donde elegir, hoy quiero contigo y mañana no, al instante. Cambian personas como si cambiasen de pantalones.

Normalización del conflicto.

“Discutimos mucho pero nos queremos” , «estamos teniendo discusiones ya como si fuéramos una pareja” , “nuestra relación es tricíclica, estamos bien, estamos mal y estamos muy mal”. Conductas en las que se acepta el conflicto en las relaciones como algo normal y típico en las parejas. Lo cierto es que está muy lejos de ser normal: el amor es que experimentes tranquilidad y sosiego en tus relaciones de manera habitual y sea un lugar de calma para ti.

Sentido de propiedad sobre las personas.

“Me van a quitar a mi novia” ,“no me importaría que tocara a otra chica”, “le dije que nadie le hiciera masajes”. Conductas posesivas en chicos y chicas. Tratar a una persona como si fuera algo tuyo implica anular sus emociones y necesidades, tener derecho sobre él/ella y estar por encima, yo decido, yo mando.

Ansiedad por separación.

“No puedo estar sin ti”, “no nos separemos nunca más”, “me quiero morir, no voy a aguantar”. Estar lejos de alguien a quien aprecias puede ser doloroso, pero ser incapaz de vivir y continuar debido a la ausencia de tu pareja implica dependencia y la total reducción de tu autonomía. Corres un grave peligro si tu bienestar depende por completo de que alguien se quede o no. 

Comprobaciones constantes de su amor.

“Tengo que verlo todo para saber si puedo confiar al 100% en él”, “no es su prototipo”. Amar no es poner a prueba a tu pareja para estar completamente seguro/a de él/ella. El amor no es un campo de batalla en el que tengas que observar que tu pareja resiste y consigue salir ileso/a ante un montón de tentaciones para saber si realmente te quiere o no. Observar cada paso que da te hace estar alerta constantemente, con el consiguiente desgaste ya que además, nunca podrás controlar absolutamente todo.

Atribuciones erróneas sobre responsabilidades.

“Él está harto de mis celos”, “para no destrozar nuestra relación miento” , “me he cohibido muchas cosas por ella”, “estoy cansado de no poder ser como soy”. ¿Quién es el/la último/a responsable de nuestras propias conductas? Nosotros/as mismos/as, salvo casos en los que exista algún tipo de desequilibrio en la relación y poderes y haya una amenaza. Hacer responsable a tu pareja de algo culpabilizándola, no es amor. Si algo no te gusta, tienes la opción de irte y si decides mantenerte en la relación, no justifiques tus actos culpando a tu pareja.

Aguantar todo por amor.

“Nunca habla bien de mi”, “no me hace masajes”, “en toda la relación nunca ha bailado conmigo”. Una pareja no tiene por qué complementarte en absolutamente todo, sin embargo, si para ti es importante el cariño, y tu pareja no suele tener gestos cariñosos o afectivos hacia ti, quizás habría que replantear si te sientes a gusto y tus necesidades están cubiertas. Muchos son los comentarios de chicos y chicas que denotaban insatisfacción por carencias en sus relaciones o la aceptación de dinámicas contrarias a las que uno desea. Si no te sientes bien, romper la relación también es una opción.

Desconfianza.

“No te acercas a una persona que no conoces sin un interés”, “si yo me siento así, es por algo”. No me fío ni de ti ni de mi, cuestiono todo lo que haces porque me provoca emociones negativas que no sé gestionar ni reconocer. Mi propia inseguridad la vuelco en ti y en tus actos.

Autoestima y calma a través del dolor de otros.

«Ya no quiero que disfrute, quiero verlo triste”, «me hubiera hasta arrodillado”, “a uno le sienta bien ver como dos chicas se pelean por ti”. Si le veo mal, significa que me quiere. Pensamientos alejados de lo que es amar a alguien, ya que, además de tu bienestar también te importa el suyo.

Desprecios.

“Tiene un carácter de mierda”, “no te preocupes, no pueden hacer nada”, “está loca”. Cuando no sé cómo gestionar lo que la otra persona hace, me limito a insultarla y descalificarla porque no soy capaz ni de entender lo que hace, ni el porqué.

Incertidumbre y confusión. Miedo y descontrol.

Una de las parejas que más atención obtiene (T y M) son el ejemplo claro de cómo no tratar a tu pareja: cuando hay un problema de celos, lo ideal es que exista comunicación fluida, empatía, comprensión, calma y seguridad. Si este problema persiste y se hace insostenible, la solución sería terminar la relación antes que estar en una dinámica de desconfianza, mentiras o dudas.

T. era ambivalente y lo mismo le decía un “te quiero” que rompía el compromiso con M. para besarse con otra chica a sus espaldas. Ante la inseguridad que siente M., estas conductas mantienen el bucle y el malestar se intensifica. Lejos de ser sincero y honesto, T. prefiere mantener viva la ilusión de que “todo está bien” “es sólo un juego” y “no ha pasado nada” , desconcertando y manipulando a una M. totalmente dependiente hacia él.

M. pierde el control y experimenta emociones con una intensidad desmedida, presa del miedo se olvida completamente de ella misma, reacciona con agresividad, posesión y sumisión lo que le imposibilita para actuar de la forma más adaptativa y saludable.

Pues bien, los realities no dejan de ser un reflejo pervertido de lo que sucede en la sociedad, si te has sentido identificado/a con alguna de estas situaciones que te mostramos o de alguna otra que resuene en ti y no tienes los recursos para gestionar lo que sucede, en Quiero Psicología trabajaremos toda la esfera que envuelve una relación para ayudarte a conseguir seguridad, calma y bienestar.

enfermedad crónica

Tengo una enfermedad crónica. ¿Cómo me afecta psicológicamente?

Ser diagnosticado con una enfermedad crónica supone un antes y un después. Cada persona puede vivir este proceso a su manera aunque en este post queremos hablar sobre las consecuencias a nivel psicológico que de todos podemos experimentar.


Es muy importante que comprendas que las emociones que sientes son normales, esto te permitirá digerir, entender y aceptar la enfermedad en tu vida. Además, saber que no estás solo/a en tu vivencia te aportará compañía y calma, siendo esto vital para el afrontamiento diario de tu situación.


Al principio, la medicación, los hospitales, las pruebas, etc, comienzan a ocupar gran parte del tiempo. Pasa todo muy rápido, y no te das cuenta realmente de los cambios que se han producido en tu día a día. Esto es normal y es muy importante que poco a poco vayas elaborando un duelo.

¿Un duelo? Sí, también es necesario cuando algo cambia en tu vida de forma drástica.

El duelo implica adaptar tu vida a una nueva situación. Las diferencias pueden ser muy diversas: perder capacidad pulmonar y que te cueste más subir escaleras; invertir más tiempo en realizar una tarea porque no rindes igual a nivel mental; abandonar determinadas actividades por no poderlas hacer; salir menos por malestar físico; viajar con más dificultad por necesitar condiciones especiales al dormir o al andar, y un largo etc.

Tienes que aceptar que tu vida ha cambiado y eso no es tarea fácil.

Es posible que debido al estado de shock o de negación de la enfermedad, no seas consciente del duelo que te toca iniciar. Es importante que poco a poco vayas aceptando que tienes que trabajar la pérdida e integrar los nuevos cambios que verás y experimentarás en tu vida.

Elaborar el duelo te permitirá entender lo que ha pasado, reducir la frustración, generar alternativas y estrategias de afrontamiento, comprender el abanico de emociones que sientas, aprender a convivir con los cambios, etc.

Una enfermedad crónica afecta sin duda a nivel psicológico y estos cambios repercuten en diferentes áreas de tu vida:

Se puede producir una pérdida de autonomía o independencia.

Esto puede influir en tu rutina o en tus hábitos. Supone de alguna manera perder el control de ti mismo/a, por ejemplo:

  • la obligación de asistir a citas hospitalarias con frecuencia
  • llevar medicación a cualquier lugar al que vayas
  • necesitar ayuda de alguien para moverte, alimentarte ocomunicarte
  • evitar alimentos que antes tomabas
  • no poder hacer algunas actividades o hacerlas con dificultad
  • tener que realizar otras que no son de tu gusto, etc.

Cambios a nivel laboral.

Es posible que tengas que cambiar de puesto o incluso de trabajo. La frustración que puedas sentir al no desempeñar tu cargo como antes puede hacer que te sientas inútil, incapaz, desplazado/a, frustrado/a, etc.

La forma de relacionarte también puede cambiar.

Tus relaciones personales pueden verse afectadas al no poder salir porque te encuentres mal o cansado/a o por no poder realizar determinadas actividades porque tu salud te lo impida o porque tus amigas y amigos no tienen claro cómo tratarte ahora o incluso puede que tú no sepas cómo mantener vivas tus relaciones.

En esta espiral incesante de cambios mantenerse equilibrado y firme a nivel mental es imprescindible y puede suponer un gran esfuerzo.

¿Qué cambios pueden aparecer a nivel psicológico a raíz de una enfermedad crónica?

Depresión o síntomas depresivos.

Tristeza, apatía, poca motivación, frustración, etc. No te apetece llamar a tus amigos/as para que ver plan tienen, te levantas desanimado/a porque piensas que te volverá el dolor, piensas en cómo sería tu día si volvieras a estar como antes, etc.

Ansiedad.

Provocada por miedo ante la duda constante de cómo estarás; miedo a morir; estrés ante el posible dolor; miedo de volver a trabajar por no hacer las cosas al mismo nivel que antes; dudas ante la capacitación para el nuevo puesto; perspectivas y expectativas siempre negativas, etc.

Trastorno adaptativo.

Tu vida ha cambiado. Puede haberlo hecho un poco o por completo y no es fácil aceptar esto de la noche a la mañana.

Adaptarse a la nueva situación te puede provocar emociones encontradas que se mantengan durante demasiado tiempo y se conviertan en un trastorno con una dimensión más amplia.

Culpa.

Es posible que tu cabeza dé vueltas a lo que pudiste haber hecho en el pasado para evitar esta situación actual o que busques justificación constante para resolver estos porqués, apareciendo el arrepentimiento o la culpa, especialmente si tienes a alguien a tu cargo (hijos, familiares…) que también se han visto afectados por esta nueva situación.

Rabia.

Es normal que experimentes multitud de emociones, especialmente de las llamadas «negativas» y más concretamente pueden surgir estallidos de ira. Parecerán incontrolables y quizás aparezcan es las situaciones menos indicadas o en las que «no vengan a cuento».

Permite que esa ira salga, no es conveniente restringir las emociones cuando surjan, pero hay maneras de aprender a manejarlas y que te enfades o estés más irritable contigo mismo/a o con los que te rodean es algo que se puede gestionar.

Sentimiento de incomprensión.

Las secuelas del coronavirus o enfermedades como la fibromialgia, la fatiga crónica, la endometriosis, la diabetes, el asma, el lupus, etc., suelen ser reconocidas a nivel físico pero ¿qué sucede a nivel psicológico?

Entender una enfermedad sin una causa orgánica aparente puede crear incredulidad o difícil aceptación por parte de algunas personas, especialmente si no la padecen o son incapaces de ponerse en el lugar de los y las demás.

En cualquier enfermedad crónica, más allá de la dolencia física, hay una parte mental fundamental que necesita ser cuidada. Es normal que si por parte de tu entorno o a nivel social no hay apoyo o entendimiento de tu situación, te sientas incomprendido/a y que esto te genere mucho malestar.

No es fácil sobrellevar solo/a los brotes reiterados, las crisis, tomar medicación a diario, cubrir los costes económicos, pasar a ser dependiente en mayor o menor grado o vivir tu día a día con una enfermedad que te acompañará siempre.

Para cuidar tu salud, tanto física como mental, es importante la cooperación y la solidaridad: apoyo familiar, social, asociaciones con personas que estén viviendo lo mismo que tu, etc.

Distorsiones cognitivas.

Según como percibas e interpretes la realidad, tu actitud ante las circunstancias variará. Si solías tender a los extremos, tras un diagnóstico de una enfermedad crónica es probable que pienses «¿porqué todo me pasa a mí?». Es importante trabajar en reestructurar esos pensamientos que te llevan a tener una visión más negativa de lo que sucede.

Indefensión aprendida.

Es esa sensación de «¿para qué voy a ir al médico si no me va a quitar esto? ¿para qué tomar la medicación si cada vez estoy peor?». Esto pasa cuando no «controlamos» los síntomas o la propia enfermedad.

Si no gestionas adecuadamente esa sensación, puede llevarte a tomar una estrategia desadaptativa como dejar un tratamiento o no acudir a tus citas hospitalarias, lo que sin duda empeorará la situación ya que seguir las indicaciones de los profesionales siempre será mejor que no hacerlo.
En definitiva, quizás no es fácil vivir algo así pero, con cariño y paciencia, podrás adaptarte y conseguir recuperar el bienestar emocional.

Si padeces alguna enfermedad crónica y necesitas ayuda para integrarla enfermedad en tu vida, en Quiero Psicología trabajaremos contigo para que puedas gestionar, aceptar, afrontar y mejorar tu situación.