¿Qué hago si me encuentro con mi abusador en un evento familiar?
Una guía psicológica para entender el trauma y protegerte**
Hay preguntas que no deberían existir, pero existen porque vivimos en una sociedad que todavía prioriza las apariencias, la unidad familiar y el “no molestar” por encima del bienestar emocional de las personas.
Una de ellas es esta: “¿Debo ir a un evento familiar si allí estará la persona que me abusó o me maltrató?”
Y aunque la respuesta parece sencilla, en la práctica es una lucha interna que puede desgastar profundamente. Por eso es importante hablarlo con claridad, sin minimizar y sin disfrazarlo.
¿Qué es un trauma realmente?
El trauma no es “lo que pasó”, sino lo que quedó dentro de tu cuerpo y tu mente después de lo que pasó.
Es la herida invisible que se activa cuando algo—o alguien—te recuerda la amenaza original.
El trauma es memoria corporal. Es un sistema nervioso que aprendió a protegerte de algo que fue demasiado grande, demasiado intenso o demasiado temprano.
Por eso, encontrarte con tu agresor no es “incómodo”: es reactivar la herida.
Es volver, aunque sea por un segundo, al mismo estado de vulnerabilidad que alguna vez te dañó.
¿Por qué no es bueno exponerte?
Porque la exposición no sana un trauma.
Esto es algo que aún se confunde muchísimo.
La exposición solo es terapéutica cuando es planificada, segura, progresiva y guiada por un profesional.
Pero encontrarse con un abusador en una comida familiar no es una exposición terapéutica:
es una agresión al sistema nervioso, es un recordatorio involuntario, es una puesta en peligro emocional.
Cuando alguien te dice:
—“Tienes que ir para que no te afecte”
o
—“No puedes evitarlo toda la vida”,
en realidad está defendiendo la paz del grupo, no tu bienestar.
Y eso también duele.
¿Tengo que ir? ¿Es obligatorio?
No.
No tienes ninguna obligación emocional, moral o familiar de acudir a un lugar donde estará alguien que te dañó.
Elegir no ir no es debilidad: es autocuidado.
Es un límite sano.
Es un acto de lealtad contigo.
A veces la familia espera que actúes como si no hubiera pasado nada porque resulta más cómodo. Pero tu salud mental no es un sacrificio que debas poner sobre la mesa para sostener relaciones que no te sostienen a ti.
Si decido ir, ¿cómo puedo gestionarlo?
Si por circunstancias externas o presión interna decides asistir, no tienes por qué hacerlo sin apoyo. Estas son herramientas que pueden ayudarte a mantenerte a salvo emocionalmente:
1. Prepara un plan de salida
Tener claro cómo irte (y con quién) reduce la sensación de atrapamiento.
2. Establece límites previos
Puedes decir a quien corresponda:
“No quiero interacción con esa persona. Si ocurre, me voy.”
3. Minimiza el contacto
No tienes que saludar, hablar ni mantener cercanía física.
Protegerte no es mala educación.
4. Lleva contigo una señal de apoyo
Alguien de confianza que sepa lo que ocurre y te sostenga si te sientes abrumade.
5. Regula tu sistema nervioso
Respiración diafragmática, contacto con tus manos, sentir tus pies en el suelo.
Pequeñas anclas para recordarte que ya no estás allí, que ahora sí puedes protegerte.
6. Evalúa cómo te sientes después
Lo que pase después del evento es tan importante como lo que pase durante.
Escucha tu cuerpo; él te dirá si esa exposición fue tolerable o si te dañó.
Si decido NO ir, ¿cómo gestiono la culpa o el juicio externo?
La culpa aparece porque nos enseñaron a priorizar al grupo por encima de nuestra integridad.
Pero la culpa no es un indicador de que estás haciendo algo mal; es solo un reflejo de viejas lealtades.
Puedes recordarte:
- Estoy eligiéndome.
- Mi sistema nervioso tiene derecho a estar a salvo.
- No tengo por qué compartir espacio con quien me dañó.
Quien te quiera de verdad entenderá tus razones.
Quien no lo entienda, está protegiendo a otra persona, no a ti.
La pregunta final no es “¿debo ir?” sino “¿cómo quiero cuidarme?”
Tu bienestar emocional es una prioridad.
Tu seguridad interna importa.
Tu historia merece respeto.
Nadie debería pedirte que normalices lo que te hirió.
Nadie tiene derecho a empujarte hacia un espacio donde tu cuerpo siente peligro.
Y tú no tienes por qué demostrar nada asistiendo a un lugar donde tu dignidad tiembla.
Elegirte también es sanar.
Y sanar es, muchas veces, poner distancia donde otros quieren cercanía.










