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¿Por qué no me siento cómodx con mi psicológx?

El vínculo entre paciente y psicólogx es imprescindible para el proceso terapéutico. No obstante, a veces, pueden aparecer dificultades o incomodidades que entorpecen el buen funcionamiento de la terapia.

Estas dificultades pueden deberse a:

Diferencias de carácter:

Cada persona tenemos una forma de relacionarnos y enfrentarnos al mundo que puede chocar con la forma que nuestrx psicólogx tiene de hablarnos o de relacionarse. Esto puede hacernos sentir incomprendidxs y que nuestrx terapeuta no empatiza o entiende nuestra forma de ser.

Estilos de comunicación:

Cada persona tiene su propio estilo de comunicación y puede que el nuestro no encaje del todo con la persona que tenemos en frente. Quizá necesitemos más silencios, que todo vaya más despacio, y nuestrx psicólogx tiene un estilo más directivo. Si no existe esta sincronización entre ambxs podemos sentir que no nos está sirviendo y que hay algo en la terapia que no nos acaba de encajar.

Expectativas no cumplidas:

A veces pensamos que unx psicólgx va a resolver nuestros problemas y nos va a salvar de las cosas que nos pasan. Si esto sucede, podemos sentirnos decepcionadxs o frustradxs con la terapia y pensar que no era lo que esperábamos afectando así a nuestro proceso o al vínculo terapéutico.

Falta de empatía:

Este elemento es crucial a la hora de sentirnxs cómodxs en una terapia. Si sentimos que nuestrx psicólogx no nos entiende, comprende o empatiza con nuestra realidad será muy difícil que sintamos que ese es un lugar seguro.

Mitos sobre la terapia y lxs psicólogxs:

A veces pensamos que todxs lxs psicólogxs son iguales o que sólo aquellxs que han tenido experiencias similares a la nuestra pueden ayudarnos. Es importantísimo recordar que son profesionales formadxs para acompañar cualquier proceso terapéutico de su especialidad independientemente de su experiencia personal.

Estigmas para las personas que buscan ayuda psicológica:

Debilidad: todavía existe la creencia social de que las personas que piden ayuda psicológica son menos fuertes o más frágiles que el resto y no pueden solucionar sus problemas por sí mismxs.

Estigma social: aún existe un gran estigma social que rodea la salud mental y que lleva consigo la discriminación y el miedo al juicio del otrx. Esto dificulta enormemente que las personas busquen ayuda psicológica y se sometan al tratamiento adecuado.

Por tanto, si en algún momento no nos sentimos bien con nuestrx psicólogx y sentimos que algo no encaja, es fundamental hablarlo abiertamente y poder trabajarlo en sesión. Esto puede ser una oportunidad para vislumbrar qué puede estar pasando y qué podemos hacer para que no siga siendo así.

¿Cómo elegir al psicólogx adecuado?

En este sentido es fundamental elegir de manera adecuada la persona que va a acompañarnos en nuestro proceso terapéutico. En esta línea nuestra decisión tiene que inclinarse por una persona que esté especializada en lo que necesito trabajar, así como tener un enfoque terapéutico que resulte congruente conmigo.

Es importante darnos cuenta de cómo me he sentido en la primera sesión y ver si puedo o no conectar con esa persona a priori. Informarse sobre la persona con la que vas a empezar, si está recomendada por alguien o si te resuena el discurso que utiliza en sesión.

No podemos olvidar que cada experiencia terapéutica es única y que todo proceso requiere tiempo y paciencia. No es fácil encontrar una persona con la que generar ese vínculo y puede llevar su tiempo. La terapia es un proceso transformador y sentirnos cómodxs con nuestrx psicólogx es la base fundamental para una terapia exitosa.

Y si quieres probar en Quiero Psicología estaremos encantadxs de ayudarte.

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Despatologizando las identidades que escapan de lo «normativo»

Vivimos en una sociedad que determina, primariamente, y en base a los genitales, si un bebé es niño o niña. Una vez realizada esta asignación médica se ponen en marcha diferentes mecanismos sociales que van a condicionar la construcción de su identidad (roles y expresión de género y orientación del deseo). Es decir, nos van a decir quién ser, como comportarse y a quién desear como pareja.

Estos mecanismos y categorías sociales son lo que denominamos “norma” y cualquier persona que se salga de ella queda excluida, discriminada y patologizada. En este post pretendemos aportar un poco de luz al origen de esta construcción y cuan necesaria es una mirada despatologizante en la psicología clínica hacia las personas que se salen de esta norma.

No podemos entender a las personas fuera del contexto sociocultural en el que están inmersas y por ende es un error poner el foco en ellas y no en esos mecanismos de creación y control social. 

Son las instituciones socialmente legitimadas de cada momento histórico las que han dictaminado lo que es normal” y “anormal” en relación a los sexos/géneros y a las sexualidades; cómo esas fronteras han definido y organizado el modelo de vida sexual que preconcebían como sano y equilibrado; así como las etiquetas, definiciones y percepción social que se han generado y otorgado a esos márgenes.

Sexo-Género-Orientación del deseo

Según Butler (1990) todas las personas estamos marcadas por una identidad con respecto a una matriz conformada por tres conceptos: sexo, género y orientación del deseo sexual.

Sexo se refiere a la genitalia con la que naces, a lo biológico, y base a ello te asignan un género: eres mujer u hombre, y orientación del deseo sexual se refiera a quién vas a desear, que lo «lógico» y aceptable para la sociedad siempre ha sido a alguien del género contrario.

La correspondencia entre estas dimensiones es una construcción social que, al establecerse como “natural”, coarta el desarrollo de todas las personas y legitima una forma única de pensar, sentir y hacer como hombres y mujeres. De esta forma, quienes no se identifican con esas categorías cerradas son personas patologizadas y excluidas (Butler, 1990; Missé y Coll-Planas, 2010). 

La orientación sexual, la identidad sexual y la expresión de género son el resultado de una construcción/producción social, histórica y cultural, y por lo tanto no existen papeles sexuales o roles de género, esencial o biológicamente inscritos en la naturaleza humana.

El género y el sexo son actuaciones, actos performativos: repeticiones ritualizadas de actos de habla y de todo un repertorio de gestos corporales que obedecen a un estilo relacionado con uno de los dos géneros culturales (los mujeres deben ser delicadas, los hombres rudos, las mujeres cuidadoras, los hombres proveedores, etc).

Esta repetición ritualizada no es opcional, sino que se basa en un discurso regulativo, una exigencia constante del entorno. Cuando se produce el resultado esperado, tenemos un género y una sexualidad culturalmente considerados congruentes con el sexo del sujeto.

En este sentido puede entenderse el lenguaje como un dispositivo de poder social y político: si el lenguaje construye la creación del yo y el discurso sobre la sexualidad ha creado las identidades sexuales y de género.

Marco sociocultural

Como ejemplo se pueden observar las prácticas de crianza occidentales en las cuales desde que nace el niño tiene un lugar y un papel predeterminado en el mundo: su ropa será azul; sus juegos estarán relacionados con la fuerza, la competencia y el poder (armas, coches, fútbol, etc.); tendrá menos restricciones en su movimiento (no usará vestidos, faldas ni sandalias que le impidan, por ejemplo, subir a un árbol); el trato de los hombres de la casa hacia él tendrá cierto nivel de fuerza y temple; y, por supuesto, se le prohibirá en lo posible llorar (“los hombres no lloran”) o ser “afeminado” (maquillarse, jugar con muñecas o con utensilios de cocina), así como expresar atracción o sentimiento estético por otros niños. Y lo mismo ocurrirá con las niñas: vestirán de rosa; sus juegos estarán marcados por el cuidado, el respeto, la sensibilidad y la empatía; y el trato que recibirá será desde la fragilidad. Se le prohibirá cualquier tipo de “masculinización” y orientación que no sea hacia el género masculino.

A todas las personas que no corresponden con este sexo-género-orientación del deseo se las va a patologizar, y es grave, que dentro de la Psicología Clínica usemos estas categorías artificialmente creadas de lo que es normativo para clasificar lo que es sano o no, debemos mirar más allá del sistema cualtural a la persona, a su realidad, a su sentir particular, que puede ser tan válido y sano como el de cualquiera.

Y si necesitas una mirada así, ya sabes que en Quiero Psicología te podemos ayudar.