adicto a videojuegos

Adicciones del siglo XXI

Tenemos acceso directo a videojuegos a través de varias plataformas o dispositivos: tablet, ordenador, móvil, consola, etc.

La temática de los juegos es realmente amplia, incluso se han desarrollado algunos con fines educativos y terapéuticos.

Los videojuegos permiten desarrollar las funciones ejecutivas (la atención, orientación y memoria).

Gracias a ellos, podemos transmitir un mismo mensaje a diferentes interlocutores, obtener recompensas inmediatas o interactuar con personas situadas en la otra punta del mundo.

A pesar de todos estos «beneficios», recientemente, la OMS catalogó como trastorno mental el abuso de los videojuegos.

Este trastorno se asemeja a otras adicciones como al alcohol, sustancias o juegos de azar.

La diferencia y la importancia de este trastorno radica en que, cuando observamos a la población que lo padece, la población infanto-juvenil supera con creces a la población adulta.

Es importante darse cuenta de que los dispositivos no son adictivos por sí mismos, lo es el uso que hacemos de ellos.

¿Cuándo pasar el rato jugando se convierte en un problema?

Hay una serie de pautas que te pueden ayudar a identificar si el tiempo que pasas jugando se está convirtiendo en un problema.

Probablemente nunca te hayas parado a pensar la cantidad de horas al día o a la semana que le dedicas a los videojuegos, pero sí vas notando que cada vez tienes menos tiempo para hacer otras cosas.

Recortas tiempo al estudio.

Quedas con tus amigos de forma virtual, para jugar, etc.

Estos son algunos avisos a los que puedes prestar atención:

Interferencias en tu día a día

Percibes que no te concentras igual para estudiar o trabajar, notas más cansancio o sueño porque has estado hasta la madrugada jugando o dejas de comer para jugar más horas.

Síndrome de abstinencia

Si pasa «demasiadas» horas sin jugar, sientes ansiedad, inquietud o nerviosismo que no se te pasa hasta que te pones de nuevo a los mandos.

Eso que experimentas, es muy similar al mono que sufren los drogadictos.

Cambios en el estado de ánimo

Puede que te sientas más triste, irritable o nervioso de lo habitual, muy relacionado con el mono del que acabamos de hablar.

Impulsividad y uso compulsivo

Tras algunas o muchas horas de juego, pueden aparecer conductas impulsivas:

  • gastar dinero en comprar vidas extras o recursos para conseguir un récord o matar a ese enemigo que se te resiste
  • dificultades para abandonar el juego, no sabes cuando parar
  • impaciencia a la hora de jugar, etc.

Dejar de lado otras actividades

  • haces los deberes deprisa y corriendo o, directamente, no los haces
  • te inventas excusas para no ir a clase o al trabajo; pasa de hacer la compra o de limpiar la casa o tu habitación
  • reduces al mínimo el tiempo que dedicas a tu familia o amigos, etc.

Aislamiento social

Cuanto más tiempo dedicas al mundo online, más desconectado estarás de la vida en el mundo real.

Hay mucha gente que se esconde tras un avatar para interactuar socialmente y evitar el contacto físico con otras personas.

Lo que parece una solución, se puede convertir en un problema: esta evitación, a largo plazo, solo genera mayor ansiedad ante las situaciones sociales y menor autoestima.

¿Qué puedo hacer si descubro que sí, que tengo una adicción?

Si has llegado hasta aquí y has sido capaz de darte cuenta tú solo o sola de que sí, tienes un problema de adicción a los videojuegos, enhorabuena.

No creas que es fácil salir del círculo vicioso en el que te encuentras.

Darse cuenta es el primer paso pero no el único:

Acepta lo que te ocurre y díselo a la gente más cercana

No es necesario poner etiquetas a lo que te está pasando.

Saber que no estás bien y que tienes un problema, es suficiente para empezar.

Aceptar lo que te ocurre no te hace más débil, sino que te facilitará la búsqueda de ayuda especializada y el apoyo de tu entorno más próximo.

Busca ayuda especializada

Seguramente hayas tratado ya de dejar de jugar o estás intentando controlar las horas que pasas enganchado y te esté costando mucho esfuerzo.

Es normal.

Hemos hablado ya del síndrome de abstinencia.

Tu cuerpo, habituado a jugar durante tanto tiempo, ha convertido el juego en tu estrategia de afrontamiento.

¿Puedes hacerlo solo? quizás, pero te ahorrarás mucho sufrimiento, encontrarás herramientas y serás capaz de manejarlo mejor si pides ayuda profesional.

Ya has sufrido bastante, pedir ayuda para salir de una situación tan grave, no te hace débil, al contrario, te ayudará a manejar este malestar y desarrollar nuevas habilidades.

Respeta las normas PEGI

Estas normas son la clasificación que determina la edad mínima recomendada para jugar a un videojuego.

Es obligatorio que en el videojuego en cuestión haya una etiqueta avisando del contenido sensible que puede aparecer en la pantalla (sexo, drogas o violencia).

Estas normas las marca un colectivo de expertos, se aplican a nivel europeo y tienen su sentido y su por qué.

Establece un horario

  • empieza por dedicar tiempo a las tareas prioritarias como el trabajo o la escuela, incluyendo las tareas o actividades extraescolares
  • crea y mantén unos hábitos de sueño, higiene y alimentación saludables
  • establece una rutina que puedas sostener con facilidad.
  • trata de comer siempre acompañado y hazlo en un espacio diferente al lugar en el que juegas, cuanto más alejado, mejor.

Busca estrategias de afrontamiento alternativas

Si te encuentras agitado o inquieto y sientes que el síndrome de abstinencia te está rondando, trata de realizar alguna actividad física como salir a caminar, correr, montar en bici o ir al gimnasio.

Apóyate en tus amistades o familiares para comunicarles como te encuentras en esos momentos de riesgo agudo de recaída.

Intenta manejar la tristeza y realiza actividades de autocuidado: date una ducha o un baño relajante, prepárate una rica comida, ponte música que te guste y baila, etc.

Busca alternativas de ocio fuera

Cuanto más tiempo permanezcas alejado de los dispositivos o lugares donde habitualmente juegas, más desarrollarás tu tolerancia a estar alejado de ellos.

Es como si quisieses dejar de fumar.

Seguro que pasar por el estanco donde compras habitualmente sentirás un deseo irrefrenable de fumar.

Con los videojuegos pasa exactamente lo mismo.

Es fundamental que aprendas a controlar los estímulos que te incitan a jugar para prevenir el deseo y la recaída.

¿Qué puedo hacer si es mi hijo o hija quien tiene esta adicción?

Supervisa la temática del videojuego

Préstale atención a la clasificación PEGI que ya hemos comentado.

Evita los videojuegos que no sean recomendados para su edad.

Infórmate de con quién está manteniendo contacto tu hijo o hija a través de los juegos online.

Limita sus horarios

Establece un horario con tus ellos que priorice las tareas escolares y las horas mínimas de sueño.

Es recomendable prohibir el uso de dispositivos después de cenar, para evitar que el cuerpo se active antes de acostarse y prevenir los problemas de insomnio.

Limita la cuenta bancaria del menor

Obviamente, si tu hijo o hija es mayor de edad, este paso es más complejo.

Intenta llegar a un acuerdo con él o ella para que no tenga acceso a tarjetas o formas de pago online.

Muchos videojuegos ofrecen expansiones o recompensas extra si realizas un pago a través de la aplicación o plataforma, por lo que al ser menores de edad, es muy recomendable restringir su acceso.

Fomenta el ocio fuera y las actividades extraescolares

Es importante que tus hijos e hijas desarrollen estrategias de afrontamiento externas a los videojuegos.

Que cuenten con una red de apoyo y actividades gratificantes alternativas para prevenir el uso compulsivo de los videojuegos.

Comunica tus emociones

Ya hemos hablado en otros post de la importancia de expresar tus emociones.

Di cómo te sientes.

Comparte tus preocupaciones de una forma cercana y asertiva con tus hijos e hijas.

Los padres y adultos de su entorno sois tanto su modelo de actuación, como su figura de seguridad.

Ten en cuenta que la expresión de las emociones funciona mejor cuando es bidireccional: permítele expresar cómo se siente y valida sus emociones.

No uses los videojuegos como refuerzo positivo o como castigo

Estas acciones pueden llevar a que tus hijos e hijas utilicen los juegos como estrategias de afrontamiento para reducir su malestar, lo que acaba generando mayor adicción.

Para finalizar, te recordamos, como hemos explicado previamente, que los videojuegos pueden ser una actividad gratificante que, cuando se juega de forma responsable y limitada, puede aportar numerosos beneficios.

Sin embargo, si la persona que juega descuida sus obligaciones, se aísla de su entorno y experimenta malestar en las horas en las que no está jugando, estamos hablando de una adicción y no de un simple pasatiempo.

Si te sientes identificado o identificada con alguno de estos síntomas o crees que tienes riesgo de desarrollar una adicción, recuerda que el primer paso es reconocer el peligro.

Cuando la persona que te preocupa es alguno de tus hijos o hijas porque pasa demasiado tiempo delante de la pantalla, desde Quiero Psicología estaremos encantadas de ayudarte a abordar con él o con ella el problema.

maltrato de hijos a padres

Maltrato de hijos/ hijas a padres/madres: el maltrato filio-parental

Cada mañana me despierto con los mismos sonidos al otro lado de la pared: la voz de un adolescente de unos 13 años que insulta a su madre de manera desproporcionada porque le despierta para ir al colegio.

Al principio, simplemente eran quejas.

Pronto aparecieron palabras malsonantes que se fueron trasladando paulatinamente a los insultos, agresiones verbales y amenazas.

Desde hace poco han comenzado a escucharse golpes en la pared o contra el mobiliario.

Antes era por la mañana.

Ahora es lo único que se oye a través de la pared cuando la madre da alguna indicación a su hijo.

Son las respuestas que usa cuando no quiere dejar la video consola para comer en la mesa junto con su madre, exige que le lleven el plato de comida a su habitación para no dejar lo que esté haciendo o quizás, para no interactuar con ella, ¿quién sabe?

El hecho es que esta escena no es única en un vecindario.

Se reproduce diariamente en muchas «al otro lado de la pared».

En más familias de las que nos damos cuenta, los niños y niñas se han convertido en agresores y sus víctimas son sus padres, mayoritariamente las madres.

Desde 2006 se ha visto una escalada en las cifras de la violencia filio-paternal llegando al número abrumador de 4.833 casos relacionados con este tipo de violencia en Madrid, de los cuales un 10% eran menores de 14 años.

Son cifras que nos hacen plantearnos qué está ocurriendo en la población infantil y juvenil para que se conviertan en los verdugos de sus padres, aquellos que por definición les ofrecen protección y cuidado.

Muchos podríamos pensar que este tipo de conductas sólo se dan en familias que tienen algún tipo de vulnerabilidad, patología o que están en una situación social complicada.

Las solemos asociar a familias relacionadas con consumos de drogas o alcohol, pero no es así.

La violencia filio-paternal se da en todos los estratos sociales, en familias con distintas características.

¿Qué es la violencia filio-paternal?

Este tipo de violencia se podría definir como un conjunto de acciones y conductas dirigidas de los hijos e hijas a los padres.

Conductas como agresiones físicas, verbales, no verbales o psicológicas; amenazas, golpes, insultos, ruptura de objetos…

Hablamos del maltrato de hijos o hijas a padres y madres.

De forma constante y reiterada.

Esta puntualización es importante, porque a lo largo de la infancia y la adolescencia se pueden dar situaciones en la que los menores se comportan de esta manera de forma puntual y excepcional.

Lo que no quiere decir que nos encontremos ante un caso de maltrato hacia los progenitores.

Todos en algún momento de nuestra vida nos hemos dejado llevar por un enfado mostrando respuestas agresivas y que han dañado a otro.

Este hecho no implica que nos hayamos convertidos en maltratadores.

Simplemente que nos hemos visto sobrepasados por la situación y no hemos encontrado los recursos adecuados para afrontarla de otra manera.

Cuando este suceso se convierte en constante, en rutina, y las agresiones verbales, físicas o psicológicas son la única forma que tenemos de afrontar los conflictos, los problemas o de conseguir aquello que se desea,  es cuando podemos hablar de violencia.

Posibles causas

Debemos tener en cuenta que estas posibles causas no son condición indispensable para que aparezca la violencia filio-paternal. Simplemente han de tomarse como características que suelen aparecer.

Hasta hace no mucho se culpabilizaba de esta situación a los padres, a aquellos que son las víctimas.

Afortunadamente ahora se ha ampliado la visión y se ha observado que hay múltiples factores que pueden influir.

Es importante tener en cuenta los factores familiares, puesto que es el principal entorno en el que se relacionan los menores, pero también pueden influir otros factores sociales

Causas familiares

Podemos encontrarnos con familias que, por determinados factores (trabajo, sobrecarga, dificultades personales y emocionales) han realizado unas funciones familiares deficitarias llegando incluso al abandono.

También nos podemos encontrar con situaciones en las que la sobreprotección del menor y una sobre exigencia hacia el o ella se dan de forma paralela.

Hábitos familiares donde la escasez de tiempo, la autoridad desdibujada y la permisividad están presentes en el día a día.

Causas sociales

Nos encontramos en un momento social donde el sentimiento de culpa está desprestigiado y se alienta el consumismo, la gratificación inmediata y el hedonismo.

Características que son un caldo de cultivo para que proliferen conductas en las que lo que más nos interesa es nuestro bienestar, le pese a quien le pese.

Esto a su vez provoca una falta de empatía constante en todas nuestras relaciones.

Características de los menores

Los niños y niñas que ejercen violencia hacia sus padres, suelen tener una serie de características en común.

Como hemos dicho antes, no quiere decir que estas características sean condición indispensable y que si aparecen, sí o sí, el menor terminará teniendo estas conductas agresivas.

  • Son niños o niñas que desde pequeños suelen insultar y mostrar conductas de desafío hacia adultos o figuras de autoridad.
  • Ejercen el control con sus exigencias y no suelen atender a normas ni a límites.
  • Pueden mostrar una elevada insensibilidad y ausencia de consciencia de lo que está bien o está mal.
  • No muestran sentimientos de vinculación moral o emocional hacia sus padres, familiares o amigos.
  • Les cuesta responder de forma positiva a las pautas educativas.
  • No suelen aprender de los errores, ya que les cuesta asumir su parte de responsabilidad en ellos.
  • Buscan su propio beneficio sin atender a las necesidades o peticiones de los demás.
  • Presentan bajos niveles de empatía y dificultades para desarrollar sentimientos de culpa.

¿Qué podemos hacer para prevenir?

Debemos ser conscientes que la mejor forma de prevenir cualquier tipo de conducta que pueda ser contraproducente es a través del ejemplo.

Revisar nuestros propios comportamientos y actitudes nos puede ayudar mucho a la hora de transmitir a los niños y niñas como queremos que se comporten.

  • Actuar de forma no violenta, ni verbal ni físicamente y mostrar nuestra inconformidad ante la presencia de actos violentos.
  • Trabajar en una educación emocional individual y familiar. Una buena manera es a través de compartir lo que estamos sintiendo, expresando nuestras emociones.
  • Ofrecer una educación en valores, moral y ética.
  • Facilitar a nuestros hijos e hijas herramientas y recursos de autocontrol, capacidad de esfuerzo, tolerancia a la frustración y resolución de conflictos.

Desde una comunicación clara, estable y sincera podemos prevenir que en un futuro nuestros hijos e hijas tengan comportamientos agresivos hacia nosotros, hacia otros o hacia ellos mismos.

Descubrir que estamos en una situación en la que sentimos que el control se nos está escapando de las manoses duro y doloroso.

Lo más sano para todas las partes implicadas y afectadas es pedir ayuda a aquellos que nos rodean o a un profesional.

Todos tenemos aspectos en los que podemos crecer y mejorar y con ayuda siempre es más fácil.

Si este es tu caso, no dudes en acudir a Quiero Psicología. Podemos ayudarte y proveerte de las herramientas necesarias para gestionar esta situación. Si realmente es insostenibles, podemos aconsejarte sobre recursos a los que puedes acudir.

¿Crees que estás deprimido o “sólo” sientes que estás triste?

Hace unos meses, comentábamos en otro post, Salud mental y Covid, la importancia del cuidado de la salud mental en tiempos de pandemia.

En las últimas semanas, se ha hablado mucho de la salud mental, específicamente de la falta de ella a raíz de todo lo experimentado en el 2020.

Desde Quiero Psicología creemos que esto tiene dos lectura: por un lado es lamentable que solo en circunstancias tan extremas se hable de algo que es un pilar fundamental para el bienestar de todo ser humano.

Por otro, al menos se ha puesto el foco en el cuidado y la atención que nuestra salud mental necesita.

No ahora, siempre.

Tendemos a preocuparnos mucho más por nuestra salud física que por la mental dando por sentadas demasiadas cosas que no siempre son positivas.

Como que siempre tenemos que sentirnos felices.

Que si me echo a llorar mientras como o paseo, no pasa nada.

O que pasar el poco tiempo que tengo libre engullendo series es normal.

Pues bien, ninguno de estos síntomas (sí, síntomas) son buenos.

Muy al contrario, son farolillos rojos a los que deberíamos prestar atención.

Puede ser que estemos pasando por una época más triste y está bien.

Pero quizás lo que estos farolillos nos cuentan es algo más profundo.

Es importante diferenciar entre tristeza y depresión.

¿Sabrías hacerlo?

Si no lo tienes claro, te vamos a dar algunas pistas para que entiendas esas diferencias:

La tristeza es un estado de ánimo.

Es algo pasajero, una emoción, por definición no suele mantenerse mucho en el tiempo.

Cuando estás triste, puede suceder que te falte motivación, que no tengas ganas de hacer nada.

Quizás dejes un poco de lado a tus amigos y amigas, centrando tus relaciones en tu círculo más íntimo, aquellos con quienes compartes las cosas realmente importantes, los hombros en los que llorar.

Cuando estás triste, parece que todo cuesta más.

Tal vez notas que vas más despacio, pero sigues adelante.

No vamos a entrar a valorar los motivos por lo que estás triste, que, obviamente, pueden ser muchos y muy diversos, lo importante es que cuando te sientes así, sigues pudiendo disfrutar.

Te ríes de los chistes, puedes hacer planes de futuro, eres capaz de interpretar tu tristeza como algo que pasará.

Te sigue apeteciendo ir al cine, o a cenar o salir de cañas.

Quizás te cueste ponerte en marcha, pero, cuando lo haces, lo pasas bien.

La depresión, sin embargo, es un trastorno, una enfermedad.

Si la depresión no se trata, puede llegar a convertirse en crónica.

Cuando la tristeza se mantiene de forma constante y bien definida durante un período largo de tiempo (6 meses, por ejemplo), podemos sospechar que estamos ante una depresión.

La abulia (pasividad, desinterés o falta de voluntad según la RAE) se hace persistente, cuando estás deprimido o deprimida, la vida te supera.

No eres capaz de llevar una vida “normal”, dejas de realizar cualquier actividad que suponga un esfuerzo y todo te lo supone.

También aparece o puede aparecer una sensación de cansancio constante que, curiosamente, suele ir asociada a insomnio o a una calidad de sueño muy pobre (te despiertas mil veces, tardas mucho en dormirte y te levantas más cansado que antes de acostarte).

El aislamiento va aumentando poco a poco, prefieres estar solo antes que compartir tu pena o relacionarte con nadie más.

Cualquier interrelación social se convierte en un peso, en algo que te cuesta enormemente, por lo que prefieres ir espaciando esa interacción hasta llegar a no salir de casa prácticamente para nada o nada en absoluto.

Es como si la depresión se fuera apoderando de ti.

Alteras tus rutinas, cualquier compromiso, por agradable que fuera en un principio, se convierte en un ejercicio agotador, como subir el Everest.

Incluso ir a trabajar te cuesta.

Das tantas excusas como puedes para mantener ese aislamiento que parece que es el único formato en el que encuentras algo de paz.

Lenta y progresivamente, el pozo en el que sientes que estás se hace más y más profundo.

Desaparece el interés, el deseo, la esperanza.

No eres capaz de ver otro futuro que el momento en el que te encuentras.

Vivir te agota y te supera.

El cuerpo comienza a responder a esa falta de estímulos.

Aparecen dolores musculares, de cabeza, mareos, etc.

Si te animas a ir al médico, probablemente te dirá que no te pasa nada, que estás perfecto, que no hay nada de lo que preocuparse.

Pero no dejas de sentirte mal.

Poco a poco, parece que tu organismo se ralentiza.

Te mueves como a cámara lenta.

No es solo tu cuerpo el que va al ralentí: tu cerebro también parece que está de vacaciones.

Concentrarte en algo es un suplicio, ordenar o planificar es un esfuerzo titánico.

Cometes pequeños fallos prácticamente a diario y cada vez son más y más importantes.

No eres capaza de ver nada positivo a tu alrededor.

Todo está mal y va a ir a peor.

Sientes que no tienes control sobre absolutamente nada en tu vida.

Ni siquiera tu cuerpo o tu mente.

Progresivamente, conseguir salir de la cama es cada día más dificil.

No entiendes para qué tienes que hacerlo.

Si te encuentras en la situación que te describimos o si te reconoces en alguno de los síntomas, escríbenos.

No esperes, observa lo que sientes y lo que estás experimentando.

Normalmente no nos damos cuenta de lo deprimidos que estamos hasta que lo estamos mucho, cuanto más tarde, más te va a costar reponerte.

En Quiero Psicología te ayudamos a mejorar, te escuchamos y te proveemos de herramientas para que aprendas a gestionar la tristeza.

Estás a un solo clik de comenzar a cambiar.

Las relaciones en la era digital

Vivimos en la época del “aquí y ahora”.

De la inmediatez, del consumismo y las relaciones digitales.

Es un tema del que ya hemos hablado en otros términos en nuestro post «El amor en el siglo XXI».

Tenemos acceso a cientos de aplicaciones para conocer gente, publicar información o compartir cómo nos encontramos.

Con un simple movimiento de manos podemos hacer match con diferentes personas, conseguir plan para el fin de semana, y quién sabe, incluso encontrar pareja.

Sin embargo, esta sobreestimulación puede llevarnos a descuidar nuestras relaciones, afectando a la forma en que nos comunicamos.

El hecho de contar con tanta oferta convierte las relaciones en una especie de mercado.

Accedemos a un amplio escaparate de personas donde elegir.

Las nuevas tecnologías han eliminado barreras físicas entre nosotros, pero, ¿realmente están favoreciendo la comunicación? ¿acaso no están fomentando una sociedad cada vez más individualista?

Si alguien nos gusta, solo tenemos que deslizar a la derecha, si no nos llama la atención, deslizar a la izquierda.

Con un sólo movimiento podemos encontrar a numerosas personas a través de estas aplicaciones.

Es más, si no queremos saber nada más de alguien, es suficiente con borrar su contacto o bloquear su perfil en nuestras redes.

Lamentablemente, estas prácticas son cada vez más frecuentes y están claramente identificadas:

Ghosting

Llamamos ghosting (derivado de ghost del inglés, fantasma) a la práctica de eliminar toda comunicación sin aviso previo, llegando incluso a borrar el teléfono de contacto, dejando de seguir a esa persona por redes sociales, bloqueándola, etc.

La persona en cuestión, quien te hace ghosting, desaparece de tu vida sin justificación aparente.

Quienes utilizan esta táctica se caracterizan por no comunicar sus intenciones y sentimientos de una forma clara y concisa. Prefieren evitar decir cómo se sienten, bien por falta de estrategias de manejo emocional o por falta de habilidades sociales.

Deciden cortar directamente y que sea la otra persona quien asuma que la relación ha finalizado.

Si eres tú quien está sufriendo esta práctica, ante esta situación inesperada y la falta de información, es normal que te surjan preguntas:

¿Habré hecho algo que le haya molestado?

¿Será mi culpa?

¿Le habrá pasado algo?

Orbiting

El orbiting (del ingles to orbit, orbitar) se diferencia del ghosting en que la persona que deja la relación mantiene el contacto de forma virtual a través de las redes sociales.

La comunicación se interrumpe bruscamente y sin motivo aparente, igual que en el ghosting, no responde a los mensajes, etc. pero a la vez, y paradójicamente, comenta tus stories o da “like” a tus publicaciones.

De ahí su nombre, es como si estuviesen orbitando alrededor tuyo de una forma ambigua e incoherente.

En lugar de desaparecer y poder asumir que esa persona ya no va a estar más en tu vida, esta práctica te genera más incertidumbre y hace mucho más difícil el proceso de duelo.

Es normal que quienes hayan sufrido estas conductas tiendan a justificar la actuación de la otra persona con excusas de todo tipo.

Resulta muy complicado comprender un comportamiento tan contradictorio, mejor me busco una explicación que me pueda creer.

¿Qué puedo hacer si me han hecho ghosting u orbiting?

En primer lugar, debes tener claro que no es tu culpa. Si te han hecho ghosting no es porque hayas hecho algo mal.

No es fácil tolerar la incertidumbre.

Tendemos a buscar cualquier explicación que encaje en lo sucedido, aunque no sea válida ni real.

Lo que intentamos es reducir nuestra ansiedad.

Así, ante la total falta de información, tendemos a buscar un comportamiento causal, buscar el culpable de que la relación haya finalizado.

¿Por qué habrá desaparecido?

¿Le habrá pasado algo?

¿Le molestó algo que hice?

A veces la falta de respuesta ya es una respuesta en sí.

Lamentablemente no es la más adecuada.

Este comportamiento solo nos indica que el otro o la otra no tiene la suficiente madurez emocional como para hacer frente a una relación ni para asumir responsabilidades afectivas.

La responsabilidad está en quien corta la relación sin previo aviso, nunca en la persona que lo sufre.

Ante el orbiting, es normal que aparezcan pensamientos del tipo “pero si no estuviese interesada no me hablaría por redes”.

Es cierto, la otra persona parece tener interés, pero no al mismo nivel.

Parece que él o ella no es capaz de mantener una relación comprometida y mantenida en el tiempo.

No es porque no tú seas lo suficientemente valioso o valiosa.

Es el otro quien carece de las herramientas necesarias para mantener una relación estable.

Tampoco es capaz de gestionar las rupturas.

Probablemente se sienta terriblemente incómoda o incómodo al hablar de sus emociones o sentimientos.

Es muy probable que actúe así como norma, no es nada personal para contigo.

Estos individuos que experimentan dificultades para mantener lazos afectivos, muestran una tendencia evitativa.

Evitan situaciones comprometidas o delicadas.

Se trata de un mecanismo de defensa ante los vínculos sociales.

No tienen, por el motivo que sea, las habilidades necesarias para hacer frente a estos momentos.

Una «herramienta» muy recomendable es asumir que quien te hace ghosting, orbiting o cualquier otro palabro similar, lo hace en base a un patrón de comportamiento suyo.

Tú no eres responsable de que corte sin previo aviso el contacto.

No tienes la culpa de que actúe de una forma ambigua, como dando rodeos.

Tampoco has hecho nada para merecer que te traten así.

Puede ser complicado darse cuenta de lo que está sucediendo.

Suele llevarnos un tiempo aceptar que es eso lo que está pasando y, una vez aceptado, nos toca trabajar la pérdida y la tristeza que llegan de la mano.

Querer solo cuando a la otra persona le conviene no es bueno para ti, genera más incertidumbre y ansiedad.

Es importante ser conscientes, en la medida de cada uno, de nuestros sentimientos, acciones y de la forma en que afectan o repercuten en los demás.

Responsabilidad afectiva

La responsabilidad afectiva consiste en tomar conciencia de nuestro comportamiento y empatizar con las consecuencias que éste puede tener en la persona o personas con las que mantenemos algún tipo de relación.

No importa que esta relación sea esporádica, que no tenga etiquetas o que acabe de empezar.

Cualquier vínculo afectivo genera una serie de emociones en todas las partes implicadas, somos seres sociales por naturaleza.

Realmente, no es tan complicado ser una persona afectivamente responsable:

Atiende a tus emociones.

Sentir nos hace humanos, no es peligroso.

Tu identidad no va a cambiar por estar en una relación ni tienen por qué hacerte daño.

Permitirte experimentar y expresar tus emociones te facilitará enormemente crear y mantener relaciones duraderas.

Pregúntate qué tipo de relación quieres establecer.

Hasta que no tengas claro lo que quieres, no podrás expresarlo adecuadamente.

Si no lo tienes claro, exponlo con honestidad, date tiempo y permite que la otra parte sepa lo que puede esperar.

Pide y pregunta, es tu derecho.

Sé empático.

Piensa en cómo puede sentirse la otra persona ante tu falta de respuesta.

Cuando no tenemos capacidad de predecir lo que va a pasar o estamos pendientes de una respuesta que nunca llega, es normal experimentar ansiedad.

Si tú no quieres sentirla, intenta no provocarla en los demás.

Sé asertivo.

Una ruptura puede ser dolorosa, pero puedes ayudar a que sea lo menos dolorosa posible.

Es importante comunicar cómo te sientes desde el yo: “siento que siempre soy yo quien propone planes”, “me gustaría que no nos viéramos más”, «esto no es lo que quiero«, etc.

Claramente, parece mucho más sencillo señalar a los demás: “eres muy pesado, me estás agobiando” o “eres un egoísta”.

Obviamente, esto no son soluciones para un problema afectivo más profundo, pero sí que son ideas que te pueden ayudar a identificar el lugar en el que te encuentras.

Si sientes que alguna de estas ideas te suena conocida, crees que te cuesta establecer vínculos afectivos o asumir el fin de una relación, en Quiero Psicología estaremos encantadas de escucharte y ayudarte a encontrar soluciones.

eutanasia, muerte digna

El derecho a morir dignamente.

El 24 de marzo se legalizó la eutanasia activa en España, una ley que entrará en vigor a partir del 25 de junio del 2021.

Con esta nueva ley, la eutanasia se convierte en un derecho individual que nos permite decidir sobre cómo queremos morir.

Hasta ahora este hecho se contemplaba solo cuando se activaba el protocolo de “Muerte Digna”.

Hay algunas las diferencias entre estos dos conceptos:

La ortonasia o muerte digna habla del derecho que tiene toda persona, un paciente terminal especialmente, de morir dignamente.

Esto implica que puede elegir no ser sometido a prácticas que invasivas (cirugías, hidratación, alimentación o reanimación por vía artificial) al no garantizar una mejora y por generar más dolor y padecimiento.

La muerte digna permite que el proceso de la muerte fluya de manera natural, sin bloquearlo, detenerlo o retrasarlo.

Es un acto pasivo, se deja morir.

La eutanasia es un proceso activo, en el que una tercera persona hace algo que pone fin a la vida de la persona que está sufriendo por la enfermedad que padece.

Una opción es que un profesional sanitario administre al paciente alguna sustancia.

La otra es que un profesional sanitario prescriba esa sustancia y que sea el propio paciente quien se la auto administre.

En ambos casos, la muerte se produce de manera directa e intencionada.

Es necesaria una petición informada, expresada y mantenida en el tiempo por esa persona.

Se lleva a cabo en un contexto de sufrimiento debido a una enfermedad o padecimiento incurable que la persona experimenta como incapacitante y que no ha podido ser mitigado por otros medios.

Lo que se pretende es que quien está padeciendo deje de sufrir y que se desencadene la muerte de la forma más rápida y menos dolorosa posible.

Defensores y detractores

La eutanasia genera mucha polémica.

Quienes la defienden, la consideran como el derecho de todo ser humano a morir dignamente.

Defienden el derecho de los enfermos y las enfermas que no van a curarse, a evitar el sufrimiento.

El derecho de cualquiera que no quiere seguir viviendo sin un mínimo de calidad de vida.

Las voces que están en contra, consideran la eutanasia un crimen.

Un atentado hacia una persona que seguiría viviendo si no fuese por la intervención activa de una tercera persona.

Si lo vemos desde los ojos y la experiencia de una persona enferma y que sufre sin esperanzas de mejora, quizás tengamos una perspectiva más realista.

Decisión vital

Mucha gente tiene muy claro que no quieren vivir sin un mínimo de calidad.

Sobre todo en lo que afecta a la salud y a la capacidad de relacionarse y/o interactuar con el mundo.

Otras personas no se plantean este hecho hasta que no se encuentran en una situación de enfermedad crónica.

O hasta que alguien muy cercano se plantea la posibilidad de la eutanasia.

Hasta que no vemos que nuestra vida se convierte en una tortura, es muy probable que ni siquiera nos planteemos hacer nada al respecto.

Cuando alguien toma una decisión de este tipo, suele ser porque el sufrimiento es tan grande que no puede seguir viviendo como lo hacía antes.

No tiene porqué tratarse de un impedimento físico constante, puede ser un dolor aleatorio que te deje fuera de juego, la pérdida del control de tu cuerpo, la dependencia al 100% de otras personas.

Las motivaciones, deseos o inquietudes se ven limitadas por la enfermedad.

Son situaciones en las que el objetivo de la vida desaparece.

Vivir no es un incentivo.

Seguir vivo se convierte en un castigo para uno mismo y para otros.

Puede suceder que las funciones vitales sigan activas.

Lo más probable es que se vean limitadas o se desarrollen gracias a medios artificiales que la persona enferma entiende como un alargamiento de la vida con sufrimiento y padecimiento.

Tomar una decisión de este calibre implica muchos momentos de reflexión.

Sopesar sus consecuencias: el abandono de la vida, el sentimiento de fallar a tus seres queridos para los que eres importante.

Acompañar en el proceso

Si es alguien cercano quien ha tomado esta decisión, nuestro papel, el más importante es acompañar en el proceso.

A pesar de ser una decisión voluntaria, intencionada, pedida, informada, etc. no deja de ser un momento doloroso y difícil en el que pueden aparecer dudas, miedos e inseguridades.

Acompañamos en este proceso para que el final de la vida de esa persona querida sea lo más pleno posible.

Sintiendo que la decisión que ha tomado está bien.

Sin juzgar.

Mostrando afecto, cariño, amor.

Es un proceso en el que debemos acompañar de la manera que la persona enferma desee, tan bien como seamos capaces.

Es evidente que en este acompañamiento podemos experimentar miles de emociones contradictorias.

Miedos que no sepamos cómo llevar.

Dudas que no sepamos resolver.

No deja de ser una situación nueva y bastante única.

Vivir este proceso solos puede ser duro.

Quizás nos resulte abrumador.

Incluso podemos sentir que nos sobrepasa, que no podemos responder a las demandas de nuestro ser querido como desea o necesita.

En esos momentos es importante recordar que no estamos solos.

Seguro que podemos contar con el apoyo de otros familiares o amigos.

Si te encuentras en una situación como esta y sientes que te desbordas, puedes acudir a un profesional de la psicología que pueda ayudarte a entender lo que estás sintiendo.

Gestionar tus emociones, entenderlas y darles el espacio que merecen es fundamental.

En Quiero Psicología te escuchamos y te damos herramientas que te ayuden a entender lo que estás sintiendo.

Estamos solo a una llamada.