¿Cuándo la masculinidad se vuelve tóxica?

¿Qué significa ser hombre?”

Es una pregunta  interesante que activa múltiples definiciones, significados y conceptos donde la cultura, las experiencias personales, la crianza y los estereotipos juegan un rol importante para poder responderla. Sin duda, es un interrogante que genera debate entre los diferentes puntos de vista, tanto teóricos como no, sobre lo que significa haber nacido hombre y cómo comportarse, a nivel social, familiar y personal, como uno. Desde las sociedades primitivas hemos vivido separados por nuestras diferencias sexuales biológicas, las cuales han sido el vehículo para la asignación de los distintos papeles asociados a los hombres y a las mujeres, construyendo así un sistema en donde aquello que es viril, varonil, dominante, poderoso, enérgico es masculino y “de hombres”, mientras que lo sensible, sumiso, emotivo, estético y frágil es “de mujeres”.

En la actualidad, y sobre todo en la cultura occidental, seguimos considerando como único este sistema, en el cual los niños deben, en todo momento, ser fuertes, demostrar poder, no expresar sus emociones y alejarse de todo aquello que sea catalogado como “femenino” por el miedo de ser visto socialmente como “menos hombre”.

Así, sin darnos cuenta criamos a nuestros hijos dentro de un bucle de patrones, los cuales se han normalizado desde hace décadas, que dictan cuál es la manera correcta de ser un hombre en sociedad y así llegar a alcanzar lo que todo hombre debe alcanzar: respeto y dignidad.

¿Cuándo la masculinidad pasa a ser entonces tóxica?

Que te guste jugar al fútbol, a la playstation, que no te interese la estética o las artes, o que simplemente no te identifiques o gustes “las cosas de niñas” no te hace un hombre tóxico. Te conviertes en alguien tóxico cuando tienes la idea irracional que todos los hombres que están alrededor de ti deben seguir ese patrón y que aquellos que disfruten de otras actividades, como por ejemplo, bailar ballet (una actividad socialmente vista como femenina) sean perseguidos, humillados, discriminados y, en algunos casos, agredidos o peor. 

A los niños desde muy pequeños se les educa para que sean fuertes e independientes, mientras que a las niñas se les enseña a ser obedientes, sumisas y a cumplir con las labores domésticas, las cuales no pueden ser llevadas a cabo por sus contrapartes masculinas porque “no es el deber ser”. Así, de generación en generación, se sigue transmitiendo los valores culturales de que el varón es quien tiene el poder y la niña debe mantenerse relegada en un segundo plano, es decir, se sigue promoviendo una visión de que la mujer representa el sexo débil y el hombre el sexo fuerte. Lo mencionado también puede manifestarse a través de la violencia, producto de ver a la feminidad y a la mujer, así como cualquier persona que se salga del sistema patriarcal, como algo inferior. Esta conducta muchas veces es una respuesta de ejercer dicha dominancia del hombre sobre la mujer (o del hombre sobre otros hombres) promoviendo y manteniendo en la sociedad comportamientos como el acoso sexual, las agresiones y violaciones sexuales.

 ¿Qué se puede hacer para cambiar? 

Como anteriormente se ha expuesto, muchos hombres son criados con la idea de que jamás deben mostrar y expresar emociones porque sino serían entonces como las mujeres y eso no se puede permitir en una sociedad donde se debe alcanzar la posición del famoso “macho alfa”. La empatía y la compasión también se encuentran en el hombre y las mismas pueden desarrollarse de la misma manera que en las mujeres. Estas dos habilidades humanas fomentan las relaciones y los vínculos con los otros y nos hacen más vulnerables, y al ser más vulnerables podemos pedir ayuda cuando lo necesitamos. 

En conclusión, es ineficaz castigar la expresión emocional en niños y reforzarla únicamente en niñas, puesto que el ser humano, independientemente de su sexo, es un ser emocional que experimenta y vive a partir de lo que siente frente a un estímulo o situación.

Las emociones son básicas para crecer y relacionarse positivamente con los demás, además de que sirven como factores de protección para prevenir que las personas, sobre todo los hombres, se hundan en un fondo sin vacío llegando incluso a cometer el suicidio.   

Por ello, si crees que por ser hombre no has desarrollado estas habilidades en Quiero Psicología podemos ayudarte a que te empieces a expresar y puedas ser más libre y más feliz.

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Tips para afrontar la soledad

¿Qué es la soledad?

La soledad, palabra que asusta, palabra que siempre queremos evitar, y es que. la soledad impuesta es uno de los mayores miedos que tienen los seres humanos. Soledad, según el latín, significa la “cualidad de estar sin nadie más”. Es curioso que el latín la exprese como una “cualidad”, pues, llegar a disfrutar de la soledad es una gran cualidad y habilidad.

No obstante, vivimos en una sociedad frenética, donde las redes sociales y el ritmo de vida nos impulsa a estar constantemente en movimiento o realizar actividades con otras personas. Los adolescentes y jóvenes adultos son los que principalmente se ven sometidos al estrés social, sintiendo un gran malestar si no consiguen tener un grupo de amigos con los que salir todos los fin de semana o realizar viajes entre otras actividades. Además, las redes sociales que encontramos en internet, dan una falsa sensación de realidad, donde las personas se muestran siempre contentas y activas, ya que, mostrarse apenado o estudiando no resulta atractivo. Esto incrementa la ansiedad por relacionarse.

La soledad emocional

Tampoco podemos olvidar que la soledad emocional está vinculada a la incomprensión e inseguridad. Es decir, podemos estar rodeados de gente que si no, nos sentimos comprendidos y valorados mantendremos esa sensación de soledad. Por otro lado, si tampoco hemos realizado un ejercicio de introspección y autocuidado, en muchas ocasiones, estaremos necesitando las valoraciones externas y el ambiente social para sentirnos queridos, de esta manera, cuando carecemos de planes que realizar en compañía, sentiremos una inmensa tristeza y abandono.

El COVID-19 y la aparición de sus constantes variantes nos ha obligado a bajar los ritmos de vida, disminuyendo significativamente el ocio y entretenimiento, alejándonos también de nuestros seres queridos. Esto está provocando que una de las mayores demandas en las consultas psicológicas, ansiedad ante la soledad.

Aprovecha la soledad

Los seres humanos somos sociales, pero también somos los únicos seres capaces de adaptarse a cualquier ambiente que se le plantee. Por ello, hay que comprender que realmente, la soledad, no es ni buena ni mala en sí, todo depende de como la abordemos. Es cierto que fomentar un circulo social tiene beneficios positivos en nuestra salud mental y física. Esto, no significa que la soledad no se pueda aprovechar e incluso disfrutar, ya que, nos permite tener más tiempo para nosotros mismos y autodescubrinos, permitiendo un espacio para cambiar todos aquellos objetivos que tenemos en la vida. Algunos tips que nos pueden ayudar para afrontar el sentimiento de soledad:

  • Reconoce tus miedos: Identificar ese miedo y validarlo nos permite poder utilizarlo para encontrar una motivación de vivir cada vez más el momento presente, de esta manera también nos damos cuenta que no estamos solos en este sentimiento y que hay muchos individuos que se encuentran con las mismas preocupaciones que nosotros.
  • Escucha a tu cuerpo y a tus emociones: Estos te darán la pista que necesitas para entender de donde vienen esos miedos y que es lo que puede subyacer a esa ansiedad ante soledad.
  • Organiza tus prioridades.
  • Tomate tu tiempo para crecer personalmente.
  • Hazte preguntas: “¿Qué quiero?”, “¿Qué necesito?”
  • Exposición a realizar actividades en solitario, por ejemplo, se puede empezar por ir al cine solo, comer en algún bar solo, o dar largos paseos por el parque e incluso, ¿Por qué no hacer ese viaje que tanto deseas, en solitario?

En ocasiones, este sentimiento de soledad se puede ver desbordado, por ello, no dudes en acudir a una profesional en Quiero Psicología que te pueda orientar y guiar, además de hacer ese ejercicio de autobservación que nos puede ayudar a comprender esas creencias que están causando los miedos ante la soledad.

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Salud mental con perspectiva de género

Cuando se publican datos sobre salud mental es habitual que una de las variables que se tengan en cuenta a la hora de informar sea el sexo y sin duda es un dato informativo, pero ¿es posible que solo estemos viendo la punta del iceberg?

Los datos más recientes sobre salud mental señalan que:

  • En España 1 de 4 personas tendrá algún problema de salud mental a lo largo de la vida.
  • El 6,7 % de la población presenta problemas de ansiedad y depresión.
  • En las mujeres, los trastornos de ansiedad y depresión son diagnosticados el doble de veces que los hombres. En el caso de la ansiedad el 9,2 % de las mujeres reciben el diagnostico frente a un 4 % en hombres y en lo que se refiere a la depresión, el 9,1 % de las mujeres reciben el diagnóstico frente al 4,3 % de los hombres.
  • Según los datos INE 2020 cuya encuesta tiene en cuenta los primeros meses del inicio de la pandemia por Covid 19, la sensación de estar decaído incrementó más en el caso de las mujeres (26,9%) que en los hombres (14,8%), respecto a momentos previos a la pandemia.
  • Respecto a los fallecimientos por suicidio a nivel mundial los datos señalan cómo los hombres fallecen por esta causa con cifras mucho más altas respecto a las mujeres, pero ellas realizan el triple de intentos. Esto se ha conocido como la paradoja del género en el suicidio.
  • 8 de cada 10 personas que consumen antidepresivos y ansiolíticos son mujeres.

Tratar esta información como meros datos estadísticos sería una mirada simplista. Para entender tal diferencia, hay que contemplar la salud mental desde una mirada más amplia, viendo cómo lo biológico, lo social y lo psicológico interactúan. A nivel biológico hombres y mujeres son diferentes; a nivel social a cada uno se les presuponen unos atributos “ideales” de feminidad y masculinidad (el género) y todo ello impactará de forma diferente en su realidad. Por ello, si no se coloca en la ecuación el “género”, no se puede entender la repercusión en la salud mental.

Ser mujer es un factor de riesgo

Se sabe que las mujeres acuden más que los hombres a las consultas de atención primaria. Los motivos que señalan están relacionados con sintomatología acorde a trastornos comunes como ansiedad, depresión y también somatizaciones y dolor sin causa orgánica. Estas diferentes expresiones se han denominado como “síndrome de los malestares del género”. Esta sintomatología es el vehículo de expresión de malestar en mujeres que están vivenciando infinitas situaciones de desigualdad. Si no se tiene en cuenta cómo esto influye en el desarrollo de problemas de salud mental, se patologiza su realidad y la intervención se verá afectada ya que suele reducirse a la medicalización.

Una intervención más adecuada sería escuchar desde la empatía atendiendo a sus necesidades y vinculándoles con redes de apoyo, trabajando para eliminar las barreras que impiden su recuperación.

Una de esas barreras para la recuperación aparece en el mismo momento en que reciben el diagnóstico, puesto que tienen que hacer frente a un doble estigma: ser mujer + problema de salud mental. Esto genera un escenario en donde se enfrentan a situaciones de mayor desigualdad y hay mayor riesgo de vulnerabilidad de derechos al quedar la mujer relegada aun más a la esfera privada.

Esto permite explicar cómo este aislamiento dificulta el acceso de las mujeres a los diferentes recursos específicos de la red de salud mental, lo cual impide su recuperación. Por tanto, ser mujer es un factor de riesgo para la salud ya que explica parte del inicio y del mantenimiento de los problemas de salud mental.

Poner límites

Establecer límites implica atender a las necesidades individuales y desde ahí saber qué queremos y que nos hace daño. Para obedecer a nuestras necesidades en muchas ocasiones hay que cambiar la situación, pero involucra también a los otros.

A la hora de decir que no, hacer peticiones, verbalizar emociones negativas etc surgen infinitas barreras donde la más grande suele ser pensar en el posible daño causado a los otros. Como esto genera un gran malestar para evitarlo se paga el peaje de minimizar nuestras necesidades, haciendo que a largo plazo el malestar sea aún mayor.

Además de esto, si se tiene en cuenta que, a diferencia de los hombres, a las mujeres se les ha educado hacia el vínculo, hacia los demás y con una mirada de eterna compasión, este establecimiento de límites se torna aún más complicado. Y que cada rebelión contra lo impuesto socialmente sea señalada no ayuda a allanar el camino, puesto que desde la culpa es más fácil que se bloquee este proceso de poner limites.

¿Por dónde empezar a poner límites?

. Si el malestar está de forma habitual en tu día a día, no intentes eliminarlo ni te castigues por ello. Escucha a tu cuerpo y repítete: tiene sentido que me sienta así.

2º Identifica donde sientes ese malestar y párate a pensar qué lo está generando. Tus emociones son válidas y son la reacción a algo que está ocurriendo.

3º Piensa a qué actividades /personas estas diciendo sí cuando en realidad quieres decir no. Empieza a renunciar y practica tu derecho a decir no, sin justificaciones.

4. Es posible que sientas que el día está gestionado de la mejor manera posible, pero tu entorno de manera directa o indirecta te juzga. Comienza a decir cómo te hace sentir eso y pide un cambio. Primero empieza a introducir en tu día a día frases que empiecen con un “me siento…”. Cuando te sientas cómoda haciendo esto puedes señalar qué necesitarías que cambiara la otra persona (ej. “Cuando haces/dices, me siento_____ me gustaría que a partir de ahora ___ (verbalizar que comportamientos podría cambiar la otra persona) “).

5º Plantéate qué roles son los que más alimentas en tu día a día. ¿Cuáles están vinculados con los demás? (“pareja de “, “madre de”.). ¿Qué cosas en el día a día haces por ti sin que implique el cuidado hacia los demás? ¿Qué te está impidiendo hacer aquellas actividades que te gustarían y que desde hace tiempo pospones? Identifica los ladrones de tiempo que están interfiriendo en tu autocuidado.

Si te has sentido identificada con lo comentado a lo largo del post, desde Quiero Psicología podemos ayudarte.

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¿Qué estilo de apego tengo?

En numerosas ocasiones, escuchamos frases como “este niño está muy apegado a sus padres” o “mi pareja tiene demasiado apego hacia mí”, sin embargo, ¿en qué se traducen estas frases?, ¿el apego es algo bueno, o algo de lo que avergonzarnos?. ¿Qué definimos realmente como apego?

Para comprender esta teoría, en primer lugar, necesitaremos echar la vista atrás  y pensar en un bebe recién nacido. Cuando un bebé nace, todos coincidiremos en que estamos ante un ser dependiente. Este bebé dependerá de sus cuidadores para lograr cubrir sus necesidades, como ser alimentado, mantener su higiene y ser reconfortado.

En otras palabras, cuando nacemos, somos seres dependientes, necesitamos ser cuidados para sobrevivir, debido a la inmadurez de nuestro cerebro. De hecho, somos la especie que más depende de sus cuidadores para desarrollar estrategias de afrontamiento y lograr autonomía.

A consecuencia, el apego se define como el vínculo afectivo que se establece entre el niño y sus cuidadores. Este vínculo tiene como objetivo la supervivencia del niño, que como hemos dicho previamente, es inmaduro y dependiente.

Este vínculo comienza a desarrollarse ya desde la gestación y los estudios científicos coinciden en que aproximadamente termina de establecerse en torno a los 7 meses del bebé.

¿Cuál es el problema? Que no todos los cuidadores tienen la capacidad para desarrollar un vínculo afectivo adecuado con sus hijos.

Como hemos visto, el término apego suele utilizarse indistintamente para expresar una vinculación. Sin embargo, existen diferentes tipos de apego y no todos serán adecuados.

Estilos de apego

Apego seguro

Este estilo de apego se desarrolla cuando los progenitores establecen una base segura con su hijo, respondiendo adecuadamente y de forma coherente a sus necesidades. Para ello, se mostrará como una figura de cuidado disponible, capaz de atender y cubrir las necesidades físicas y emocionales de su hijo.

De esta forma, se establecerá una sintonía entre las demandas de los hijos y las respuestas de los padres. Se trata de progenitores que empatizan y conectan con las necesidades individuales de sus hijos, haciéndoles sentir atendidos y reconfortados.

Cuando un niño desarrolla un apego seguro, mostrará curiosidad y seguridad para explorar su entorno, pudiendo desarrollar así su propia autonomía y una base segura que le permitirá establecer en un futuro, más vínculos afectivos.

Apego inseguro

Si bien un niño dependerá de sus progenitores o cuidadores para poder cubrir sus necesidades y sobrevivir, porque no tiene la madurez suficiente ni las capacidades para poder hacerlo por sí solo, podemos encontrar estilos de crianza que no sean capaces de cubrir adecuadamente estas necesidades.

Anteriormente, explicamos que la parentalización se definía como el proceso de inversión de roles donde los hijos ejercían de cuidadores de sus propios progenitores. Estos niños, que no pueden recurrir a sus padres para cubrir sus necesidades y ven como estos no tienen la capacidad para atenderles, desarrollarán un tipo de apego inseguro.

Existen 3 tipos de apego inseguro:

Apego evitativo

Este tipo de vínculo surge ante progenitores con dificultades para manejar estados emocionales. Ante esta incapacidad, tienden a ignorar y desatender las necesidades emocionales de sus hijos, por lo que no conectan con las emociones de los niños, no etiquetan ni interpretan los estados emocionales que muestran y por tanto, no facilitan la expresión emocional.

A consecuencia, los niños desarrollan dificultades para entender sus propios estados emocionales, empatizar con las emociones de los demás y expresar cómo se sienten. Aprenden que para ser atendidos, deberán evitar temas de conversación con contenido emocional, por lo que se centrarán en actividades más lúdicas, el ámbito académico o en pasar desapercibidos.

Habitualmente se convierten en seres muy independientes y con miedo a relaciones que implican intimidad.

Apego ansioso-ambivalente

Este estilo surge cuando los cuidadores responden de forma inconsistente, caótica e incoherente a las demandas de sus hijos. Esto provoca que el niño no pueda predecir cómo van a responder sus padres, provocando por tanto, inseguridad y un elevado grado de ansiedad y angustia.

Muchas veces, estos padres atenderán a sus hijos en función de cómo se encuentren, dependerá por tanto, de su estado emocional. Son padres que también muestran dificultades para gestionar sus propias emociones, por lo que primero priorizan cómo se sienten ellos, sin tener en cuenta que como hemos explicado previamente, los niños son seres inmaduros y dependientes.

Un ejemplo de este estilo de crianza sería la sobreprotección, donde los padres priorizan sus propias necesidades, ignorando las de sus hijos, impidiendo que el niño explore el mundo de una forma segura.

Por ende, estos niños suelen ser vistos públicamente como niños miedosos, demandantes e insistentes. Sin embargo, esto es fruto de la angustia que sienten, al haber sido criados en un ambiente impredecible e inconsistente.

En la edad adulta, estos miedos repercuten en sus relaciones sociales, especialmente las de pareja, ya que se trata de personas con miedo al abandono, inseguridad y baja autoestima.

Apego desorganizado

Este vínculo ocurre cuando la figura de cuidado es por un lado, fuente de protección, pero a su vez, fuente de peligro y dolor para el niño.

Hablamos de padres con grandes dificultades para gestionar emociones, sin inteligencia inter ni intra personal, que en ocasiones padecen un trastorno psicológico, han sido también criados en ambientes hostiles y traumáticos, etc.

Este estilo de apego es el menos prevalente en la sociedad y el que mayor interferencia psicológica produce.

Nos referimos a padres con un estilo de crianza inestable, contradictorio, negligente y con ausencia de conexión con las demandas que requieren sus hijos.

El niño observará que sus padres, las figuras que deberían cuidarle y proporcionar una base de seguridad en su crecimiento, son paradójicamente las mismas que le provocan malestar y dolor. Por lo tanto, estos niños verán a sus progenitores como una amenaza.

Se estima que aproximadamente, solo un 60% de la población ha podido establecer un estilo de apego seguro con sus cuidadores. Si te has podido sentir identificado con estos patrones de crianza y reconoces dificultades a la hora de relacionarte con tus amistades o pareja, desde Quiero Psicología podemos ayudarte.