Navidades en pandemia.

Las calles de nuestras ciudades y pueblos están llenas de luces, bolas rojas, villancicos… señales de que la navidad ya está aquí.

Las fiestas navideñas, a parte del contexto religioso, son las fiestas de las relaciones familiares y sociales. Aceptamos que durante esta época del año nos reunimos con nuestros seres queridos para festejar y celebrar.

Es un momento en el que los reencuentros se producen con asiduidad y nos cargamos de vida social y familiar.

Reuniones con amigos a los que hacía tiempo que no veíamos. Cenas de empresa en las que aprovechamos para convivir y conocer de manera más distendida a nuestros compañeros de trabajo. Visitas a familiares que viven en otras zonas o ciudades.

Encuentros todos ellos cargados de regalos y detalles, con el deseo de ofrecer buenos sentimientos e intenciones.

Visto de esta manera, podríamos pensar que todos “somos felices” en Navidad, pero no es así.

Para muchos de nosotros es una época dura. Echamos en falta a seres queridos ausentes con los que nos gustaría poder compartir y celebrar.

En otras ocasiones sucede que las relaciones familiares no son buenas o incluso son fuente de conflictos y durante estas fechas sentimos la presión de tener que mostrar una imagen que no corresponde con nuestra realidad. El lema “mantengamos la fiesta en paz” nos genera estrés, ansiedad o angustia.

Debemos tener en cuenta que las circunstancias vitales de cada uno son distintas y propias y no se ponen en suspenso para celebrar. En Navidad todo sigue igual, nuestras circunstancias no cambian, nos acompañan y debemos lidiar con ellas.

Y, este año ¿qué?

Como cada año, comenzamos con los preparativos: ¿en casa de quién toca?, ¿qué preparo para la cena?, ¿debo llevar algo?… cuestiones que parecen no tener mayor trascendencia para algunos, mientras que para otros son de suma importancia.

Pero este año hay un elemento más con el que debemos contar.

La pandemia que vivimos desde mediados de marzo ha provocado que las autoridades dicten restricciones en los horarios. Se ha limitado el número de personas que se pueden reunir. Cada Comunidad Autónoma está aplicando condiciones especiales para las entradas y salidas. Todas estas novedades hacen que estas navidades vayan a ser peculiares, como lo está siendo todo el año 2020.

Estas circunstancias están provocando que el reencuentro familiar anual no se produzca con la normalidad a la que estamos acostumbrados, algunas personas se sienten molestas o no están de acuerdo con las medidas y directamente hablan desde el cabreo.

Curiosamente, otras personas lo están viviendo hasta con alegría y tranquilidad. Este año se ahorran el mal trago de las Navidades, evitan tener que acudir a reuniones que han sido siempre un compromiso no excesivamente agradable.

Una misma situación, visiones diferentes.

En esta Navidad atípica nos encontramos con visiones muy diferentes, directamente relacionadas con el autocuidado, la preocupación sana por la salud propia y ajena, la necesidad de contacto humano, etc.

Algunos han optado por afrontar esta navidad con mayor alegría, solidaridad y cercanía.

Han aceptado la situación, comprendiendo que las reuniones familiares y con amigos se harán con menos gente. Mantienen una actitud positiva y buscan alternativas para poder celebrar igualmente y transmitir esa cercanía en la distancia.

Otros están viviendo esta situación con angustia y ansiedad.

Sienten que asistir a estas reuniones les expondrá a situaciones en las que puede haber una mayor probabilidad de contagio. Piensan en su salud y en la de sus seres queridos y cercanos que pueden pertenecer a algún grupo de riesgo.

Este grupo no quiere defraudar a su familia, pero al mismo tiempo, no sienten la seguridad necesaria para poder salvaguardar su salud y la de las personas más cercanas.

Unos cuantos sienten que la Navidad no tiene sentido si no se reúnen con los familiares a los que llevan tiempo sin ver.

Para estas personas la Navidad es un momento importante en el que celebran la unidad y la cohesión familiar. No poder celebrar tal y como lo han hecho otros años les provoca tristeza y frustración, emociones que pueden ser difíciles de soportar.

Hay un último grupo que está viviendo esta situación como una oportunidad para escapar de compromisos familiares.

Son aquellos que reciben con alegría las instrucciones del gobierno que limitan la movilidad, el número de asitentes a reuniones, etc. Los mismos que todos los años aceptan y viven con angustia, enfado, tristeza o desgana las reuniones con familiares a los que no ven porque no tienen ningún interés en hacerlo. Este es su año.

Independientemente, de que te sientas identificado con un grupo u otro, te va a tocar aceptar la situación que estamos viviendo este atípico año. La esperanza es que se trata de algo temporal.

Ponemos todo el afán en que el 2020 acabe, esperando que el 2021 traiga cambios, novedades, cosas diferentes.

Estamos en continuo cambio y cada uno de nosotros tenemos la habilidad de adaptarnos a las situaciones que se nos van presentando en la vida.

Este año 2020 nos ha impactado a todos, mostrando nuestras características más fuertes y también las menos, las dos caras de una misma moneda que, en ocasiones, ni sabíamos que existían en nosotros.

A través de la observación propia, podemos aprender y evolucionar para obtener los mayores beneficios para nosotros mismo y para quienes nos rodean.

La clave para esta evolución está en la aceptación.

Aceptar que hay determinadas situaciones que escapan a nuestro control y sobre las que no podemos hacer nada.

Aceptación de que cada persona vive las Navidades de una forma diferente, con un significado y unas ganas distintas.

Mientras que nuestras relaciones, ya sean familiares, de amistad o de pareja, se basen en el respeto mutuo, podremos tener una convivencia tranquila, segura y enriquecedora.

No te sientas culpable por disfrutar de las restricciones.

Intenta no poner toda tu ilusión en reunirte con tus familiares en Navidad.

Procura evitar que la situación te supere.

Hay opciones, siempre las hay: se puede decir que no a las reuniones; puedes ver a tus seres queridos en otros momentos del año; eres perfectamente capaz de gestionar esta situación y otras que vengan.

Si crees que necesitas ayuda para llevar a cabo cualquiera de estas sugerencias que te ofrecemos, no lo dudes: autoregálate un proceso terapéutico por Navidad.

La «normalización» del acoso.

Bullying y mobbing son términos que todos conocemos, hasta el punto de que se han convertido en asunto de impacto social. El acoso, el abuso en todas sus formas se está haciendo cada vez más visible.

La visibilización de estos fenómenos ha provocado que se hayan generado movimientos y asociaciones. Asociaciones que buscan la prevención y la eliminación de todo tipo de acoso, en todos los ámbitos: escuelas, empresas, etc.

También han surgido espacios especializados para atender a las víctimas, proporcionándoles apoyo y acompañamiento. El trabajo de estos espacios es fundamental para minimizar las consecuencias físicas, mentales, psicológicas y emocionales que las víctimas pueden experimentar en las distintas etapas de su vida.

Esta visibilidad también ha facilitado que cuando alguien nos comenta que está sufriendo mobbing en su puesto de trabajo o que su hijo o hija está siendo víctima de bullying en su centro escolar, podamos comprender, aunque sea parcialmente, qué es lo que está viviendo.

Obviamente, si no hemos sido víctimas de acoso, no podemos ponernos en su piel. Podemos empatizar con ellos/as y con el sufrimiento que están experimentando.

El acoso no es algo puntual que sucede en un momento en el tiempo y luego desaparece. Más bien al contrario. Un niño/a víctima de bullying en la escuela muy probablemente será un adulto/a que víctima de moobing o maltrato de algún tipo.

Lamentablemente, tendemos a aceptar este tipo de maltrato. En algunas ocasiones y en ciertos ámbitos no lo cuestionamos, es algo que sucede, ha sucedido y no parece que vaya a dejar de suceder.

Nos mostramos indignados con el hecho. Expresamos lo incomprensible que nos resulta que alguien pueda ejercer este tipo de acoso hacia otra persona. Nos quedamos en eso. Solemos hacer poco por solucionarlo, especialmente si nuestro hijo o hija es la persona abusadora.

Como mucho, reaccionamos y ofrecemos apoyo, especialmente si somos víctimas o lo hemos sido o alguna persona cercana lo ha sido en algún momento. Pero no somos conscientes de que estos hechos de acoso no solamente se producen en el ámbito escolar y laboral. En la cotidianeidad de las relaciones sociales somos acosados y acosamos. En muchas ocasiones, de forma totalmente inconsciente, mantenemos y toleramos situaciones de acoso moral y psicológico que «preferimos» ignorar y no ver.

A veces, cuando alguien nos menciona que se siente mal ante el trato de un amigo, un cliente, un trabajador de un comercio, no le damos credibilidad ni importancia y le decimos que lo ignore. Excusamos y justificamos la actitud de esa persona, ninguneando el malestar que nos han expresado.

Según el Diccionario de la Real Academia de la lengua Española, el acoso psicológico o acoso moral es “la práctica ejercida en las relaciones personales, consistente en dispensar un trato vejatorio y descalificador hacia una persona, con el fin de desestabilizarla psíquicamente”.

Atendiendo a esta definición, ¿cuántas veces en nuestra vida diaria nos hemos encontrado involucrados en este tipo de situaciones? Ya sea como víctima, como ejecutor o como observador.

Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos participado en estos sucesos, de manera más o menos consciente, de forma más o menos voluntaria. Realmente ¿qué hemos hecho por cambiarlo? Entre poco y nada, porque no está visibilizado, categorizado, es algo «que le pasa a la gente». Hasta que no ponemos una etiqueta a un suceso o a una situación cualquiera por injusta que sea, no la tomamos en cuenta o tendemos a minimizarla..

La sutilidad del maltrato en el día a día.

Las relaciones personales son aquellas en las que interactuamos con otra persona, independientemente del vínculo que tengamos con ella. Son el trato diario con el con el portero, nuestros vecinos, el conductor del autobús, la panadera, el del kiosco o quien nos pone un café cada mañana.

Los fenómenos de acoso e intimidación se producen a diario hacia aquellas personas a las que minus valoramos. Lo hacemos por diferentes motivos: su profesión, su forma de vestir, sus características físicas, el lugar en el que viven o por haber nacido o crecido en determinado lugar. Circunstancias todas o casi todas que son aleatorias en algunos casos o circunstanciales en otros.

Cuando se ejerce un acto de discriminación, de acoso o de vejación hacia otra persona, estamos provocando en ella una desestabilización psíquica. Si ésta se mantiene en el tiempo, puede tener consecuencias de alto impacto en su salud mental, emocional y psicológica.

En muchas ocasiones, estas situaciones no se perciben de forma clara; dudamos de la intencionalidad y podemos llegar a pensar que estamos malinterpretando las palabras y actitudes de la otra persona. Pensamos o interpretamos que son hechos puntuales y aislados y que esa persona está teniendo un mal día, ha cedido ante un acto impulsivo o no es consciente del malestar que sus actos provocan.

Puede que sea así pero, a veces, estas actitudes se mantienen en el tiempo y, de manera progresiva, van aumentando en intensidad y frecuencia. Esta escalada puede provocar en quien la padece normalice y acepte este maltrato, instalándose y provocando daños en su autoestima y autoconcepto.

Esto hace que nosotros mismos degrademos nuestra valía, colocándonos de forma inconsciente en una posición inferior. Esta forma de sumisión se produce inicialmente ante quien nos maltrata o acosa y puede llegar a generalizarse ante el resto de nuestro entorno o incluso ante la sociedad.

Por esto es importante que, en el momento en que detectamos este tipo de comportamientos, actuemos para ponerle fin. Cuando observamos cómo una persona es degradada, ignorada o ninguneada deberíamos saltar como un resorte para poner freno a la situación.

¿Qué puedo hacer si soy víctima de acoso?

Este tipo de maltrato y/o de acoso puede ser un hecho aislado o una actitud mantenida en el tiempo. En cualquier caso, es imperativo hacerle ver a la persona acosadora o maltratadora, que su comportamiento es inadecuado, agresivo, molesto, etc.

Es fundamental defender nuestro derecho a ser tratados con dignidad. Es importante mostrarnos seguros y recalcar nuestra valía y el respeto del que somos merecedores, de manera pacífica pero activa, con firmeza y seguridad.

Para ello, debemos poner en juego la conocida asertividad. Indicar con claridad lo que ha ocurrido, cómo nos ha hecho sentir y mostrando nuestra disconformidad con que repita.

Hay en casos en los que no nos sentimos con fuerzas para actuar y preferimos ignorar, aguantar lo que nos echen. Evitamos generar malestar en el otro o no provocar un conflicto y anteponemos su bienestar al nuestro.

En estas ocasiones, siempre podemos pedir ayuda, consejo, compañía para sentirnos más seguros en nuestras acciones. Sentirnos escuchados y acompañados nos da seguridad.

Pedir ayuda a un amigo, a un familiar, a nuestra pareja o incluso a un profesional, es un acto de valentía y fuerza. No debes avergonzarte por hacerlo. Si una situación nos provoca malestar, incomodidad o sufrimiento, debemos hacerla explícita y buscar la forma de solucionarla.

Está claro que hay muchos tipos de maltrato, de acoso, formas infinitas de hacernos sentir inferiores, raros, diferentes y de que esto nos genere malestar. Es fundamental, cuando estamos inmersos en una situación en la que nos sentimos maltratados, ninguneados, molestos permanentemente, asustados incluso, dar un paso atrás e intentar romper esa dinámica.

Darse cuenta de que estamos siendo víctimas de acoso o de abuso no siempre es fácil. Solemos justificar a nuestros maltratadores: son cosas de niños; fulanito es un borde; nuestra pareja ha tenido un mal día en el trabajo o nuestra madre ha perdido los nervios.

Maltratar no es una solución. Que nos maltraten no es justo, sano ni necesario. Se puede romper el círculo. Si necesitas ayuda, estamos para acompañarte.

¿Evitas los conflictos a toda costa?

Salvo excepciones, a nadie le resulta agradable y armonioso terminar una relación de pareja donde se ha querido a la otra persona y se han compartido momentos juntos.

Que te despidan de ese trabajo que sentías que te gustaba y en el que te esforzabas por hacerlo bien; que fallezca algún familiar o que te sientas descuidada por tu grupo de amigas, tampoco son situaciones en las que nos gusta estar y eso es perfectamente normal y sano.

Pero otra cosa diferente es negar lo que está ocurriendo, evitarlo y no procesarlo. El hecho de asumir lo que sucede y procesarlo hace que experimentes algunas emociones como la tristeza, la rabia o el asco que, una vez han pasado, te ayudan a que superes la situación.

Si no te permites sentir las emociones nunca superarás del todo lo que pasó.

¿Cómo saber si tengo un un problema de evitación?

Hay algunas pistas que te pueden ayudar a identificar si estás experimentando un problema de evitación:

  • Intentas no hablar de determinados temas porque te generan malestar.

  • Evitas las situaciones que crees que te van a suponer un conflicto con alguien aunque no hablar de lo que te pasa te hace sufrir.

  • Predominan en ti frases como «hay que seguir adelante», «sufrirlo no me va a servir de nada», «lo que hay que hacer es animarse»…

  • Piensas que el hecho de experimentar emociones te impedirá avanzar.

¿Por qué puedo ser evitativo?

Cuando en tu familia de origen tus padres no expresan ni validan algunas emociones, tú aprendes que hay determinadas emociones que no tienen lugar, que no se hablan ni se cuentan.

Cuando eras pequeño, al experimentar miedo o tristeza, recibiste frases como “tienes que ser fuerte y seguir adelante«, “no te sirve de nada estar triste/tener miedo”, aprendiste que esas emociones no tienen utilidad y aún ahora, crees que si no las reconoces ni expresas, desaparecen.

Que no te hayan mostrado la realidad como es y te hayan contando una historia alternativa para que así “no sufras/no te preocupes” como por ejemplo negarte la muerte de un familiar y decirte que se ha ido de vacaciones a un sitio lejano, no desarrollas recursos para afrontar los posibles acontecimientos negativos con los que te puedas encontrar en la vida.

¿Qué situaciones se suelen evitar?

Conflictos

Prefieres pasar por la vida sin hacer mucho ruido y no generar conflictos así que, aunque la situación no te agrade del todo, prefieres pasar en vez de expresar lo que te apetece, lo que piensas o lo que sientes.

Esto en el fondo te genera un gran malestar ya que sientes que no decides tú por ti, que no vives las situaciones como te gustaría que fueran.

Expresar lo que sientes.

No expresas lo que piensas y lo que sientes, consideras que te da igual cuando en realidad el hecho de ignorar lo que estás sintiendo y no atenderlo hace que los síntomas se manifiesten de otra forma: con ansiedad, mucha actividad, irascibilidad, insomnio, etc.

Es normal que en la fase inicial de un duelo se niegue lo que ha sucedido, es un mecanismo del cerebro para poder adaptarse a la nueva situación y procesar la pérdida, pero, por ejemplo, sería patológico seguir negando lo ocurrido cuando ya ha pasado un año.

¿Qué hago si tengo esta tendencia?

Al final cuanto más te conozcas y más entiendas de dónde vienen tus emociones, más cerca vas a estar de sentirte mejor contigo mismo/a.

Evitar lo que sientes, lo que te sucede o lo que eres, hace que te alejes de ti y por lo tanto puedas experimentar mayor ansiedad, estado de animo bajo, etc. En definitiva, acabar explotando y sufriendo más porque no estás escuchando y atendiendo a tus emociones.

Reconocerte en este texto o que hayan sonado campanas lejanas al leerlo te pude dar una pista sobre si eres una persona evitativa.

Comenzar a cambiarlo está en tu mano y en Quiero Psicología estamos para acompañarte en ese cambio.

homofobia

Homofobia intrafamiliar.

Desde fuera parece que casi nadie se plantea lo que implica para algunos/as compartir o hablar con normalidad sobre su orientación/expresión sexual.

Hay quien dice algo como “cuanta más normalidad le des, mejor”, “tampoco será para tanto, tienes que contarlo” y un largo etc.

Sin embargo, aún queda un largo camino hasta que a quién quieras amar o cómo quieras vivir no sea un tema de conversación “que se tenga que hablar”. Todo lo que se sale de «lo normal» sigue necesitando ser explicado.

La teoría dice que uno de los primeros pasos cuando «vives fuera de la norma» es comunicarlo a la familia. En el caso de tu orientación o expresión sexual, se supone que es lo más recomendable.

Hacerlo, hablar con tu familia y decirles quién eres y cómo quieres vivir debería ser algo sencillo y normalizado, aunque aún no lo es del todo, especialmente en según qué ambientes o familias.

Puede que experimentes taquicardia, mareos, ganas de llorar, síntomas de ansiedad, o cualquier otra reacción física en los momentos previos a decir “mamá, soy lesbiana” “papá, soy un chico y tengo novio”, “quiero hormonarme para ser mujer, no me siento hombre”, etc.

Por mucho que creas que conoces a tus padres o hermanos/as, algunas de las reacciones que veas pueden ser de sorpresa, incluso de shock. Una conmoción que puede durar días, incluso semanas.

Quizás actúen como si no les hubieras contado nada, estando en una fase de negación. Que tus familiares se sientan culpables también es una reacción que puede aparecer e ir dirigida tanto hacia la persona que habla de sus emociones (tú) con frases del tipo «vas por mal camino» o «te estás equivocando, eso no puede ser así»; hacia alguno de los progenitores «si es que lo has malcriado», «siempre ha hecho lo que le ha dado la gana y mira»; o incluso hacia uno mismo «¿qué he hecho mal para que me salgas así?», «la culpa es mía», etc.

¿Qué sensación de seguridad o confianza en sí mismo puede desarrollar un niño si sus cuidadores principales le rechazan o maltratan?

En los casos en los que la homofobia es muy intensa, el rechazo inicial puede ser tan fuerte que existan conductas negligentes de padres-madres hacia los hijos/as. Es este el caso de La Veneno, ampliamente expuesto en la serie de televisión homónima que muestra una cruda realidad ante lo que fue un proceso de homofobia en el seno de una familia que maltrató a su hija por no sentirse varón.

El maltrato físico, psicológico o la privación de necesidades básicas son conductas que tienen un impacto muy negativo en el bienestar mental de una persona, especialmente cuando se dan en edades tempranas. Cuanto más joven, más profunda la herida.

La ira y la rabia que la víctima experimenta, toman fuerza y generan una situación de hostilidad, negando por completo la identidad de la persona, anulando su propio self y mandando un mensaje que invalida totalmente sus emociones, pensamientos, etc.

En otros casos, la homofobia intrafamiliar ocurre de forma más sutil. Quizás no existe un rechazo tan explícito pero se le da, por ejemplo, un carácter fatalista y tremendista a la situación: “me ha nacido así el niño…”. El discurso va cargado de indirectas que pueden hacer pensar que “estás mal”, “eres defectuoso/a” o “te pasa algo malo”.

¿Cómo puede crecer un adolescente al que sus padres-madres le niegan su propia identidad?

Las consecuencias que a nivel psicológico se observan en la víctima tras un proceso de maltrato o negligencia familiar por homofobia pueden ser:

Trastornos de ansiedad y/o depresión.

Aparición de conductas de riesgo.

Como pueden ser adicciones, autolesiones, impulsividad en las relaciones sexuales, etc.

Somatizaciones.

Problemas en la piel, enfermedades autoinmunes, tricotilomanía, alopecia, etc.

Fuerte conflicto ante la propia identidad.

Que puede llevar a tener miedo a ser homosexual, generar procesos de homofobia interiorizada, etc.

Miedo e inhibición del comportamiento.

Provocando una modificación consciente o inconsciente de determinados comportamientos que puedan hacer «que crean que soy gay», «que digan que soy una marimacho». Se busca la aceptación familiar y social mediante la supresión de la propia identidad.

Búsqueda de aprobación excesiva.

Lejos de “querer llamar la atención” y “querer montar un espectáculo” quizás lo que hay detrás no es más que la búsqueda primaria e incesante de apego.

La valoración y validación por parte de la familia es la primera puerta para aprender a querernos a nosotros mismos, a valorarnos, y a no estar dispuestos a aceptar cualquier cosa con tal de recibir algo de cariño.

El caso de La Veneno muestra la cruda realidad de un menor que fue desprovisto de cariño, afecto y acogida incondicional por el hecho de ser diferente. Las consecuencias posteriores hacen que ir a la deriva sea la única opción para mantenerse a salvo.

Falta de confianza en uno mismo.

O bien inflo mi ego de forma desproporcionada para llegar a creérmelo, o bien quiero que casi nadie me vea y pasar desapercibido/a.

Desgaste psicológico.

Provocado por la sensación de “alerta” constante que hay que mantener a causa del rechazo que existe alrededor.

Irritabilidad y/o hipersensibilidad.

Relacionadas con el desgaste psicológico mencionado ante una situación de acoso constante, bien sea real o imaginario por experiencias anteriores.

Todos estos «síntomas» no tiene que darse de forma generalizada, puede que te sientas identificado/a solo con algunas e incluso que estés experimentando otras que no aparezcan aquí.

Cualquier menor, sea cual sea su situación, necesita un vínculo seguro. Todo aquello que genere miedo, inseguridad, ambivalencia o incertidumbre, provoca un desajuste psicológico que afecta la vida de la persona desde el primer momento.

En un caso de homofobia, el maltrato intrafamiliar causa un daño que, si vivimos en una sociedad homofóbica que lo repite, retraumatiza haciendo mucho más complicado solventar las carencias iniciales que una persona pueda experimentar.

La falta de referentes, los escasos recursos de apoyo, la poca visibilización, los estigmas sociales y familiares, las leyes que intensifican los prejuicios o la normalización de la violencia al colectivo LGTBIQ+ se convierten en la continuación de una pesadilla que pudo haber empezado en la infancia.

Esto, inevitablemente, aumenta el bucle de malestar e insatisfacción y el recibir ayuda, si la familia falla, es vital para realizar un proceso de aceptación que lleve a las personas al bienestar interior y general.

Este es el aprendizaje y el legado que aquellos y aquellas que, como La Veneno, sufrieron la homofobia de la forma más severa nos han dejado: la importancia de ofrecer a nivel familiar y social respeto y aceptación sin peros ni porqués.

Si estás en un proceso en el que crees que tu familia puede rechazarte, en Quiero Psicología te ofreceremos un espacio seguro. Un lugar cercano en el que hablar y ser tú, sin condiciones ni etiquetas. Te acompañaremos en el proceso para ayudarte a generar los recursos necesarios que te permitan mantener tu equilibrio emocional.

lesbianas

El amor en el siglo XXI

Vivimos en una sociedad en la que el amor se ha convertido en algo de usar y tirar. Pensamos una relación como algo temporal y perecedero, sentimos que podemos saltar de relación en relación sin implicarnos demasiado emocionalmente. 

Esto no es un concepto nuevo, Zygmunt Bauman en su libro “Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos” habla justo de esto, de lo volátiles que son los vínculos que nos estamos acostumbrando a crear.

Esta es la época de la obsolescencia programada, que hace que todo tenga una vida útil determinada y luego se quede obsoleto. Ya no interesa que los productos duren para siempre, se busca que haya un consumismo constante.

Es justo por eso que estamos todo el tiempo expuestos a actualizaciones: el último modelo de móvil, la última lavadora, la nueva forma de planchar o el nuevo coche, son ejemplos que hacen que pongamos el foco en lo nuevo, en lo actualizado, antes que invertir tiempo y dinero en arreglar lo que ya tenemos. Cuando pedimos presupuesto para arreglar lo que se nos ha estropeado, podemos ver como muchas veces nos sale más rentable comprar algo nuevo y “mejor”.

Sale más económico comprar algo nuevo que reparar lo viejo.

Si llevamos esta idea a las relaciones, ¿te suena?

Esta prisa por “actualizarse”, por cambiar lo antiguo por algo nuevo y supuestamente mejor, puede haber creado en ti una sensación de incertidumbre e inestabilidad porque no sabías cuales eran las bases del vínculo ni dónde están o cuáles son los limites.

En tu relación, la otra persona, desde su individualismo, realmente no atendía a tus necesidades ni a las necesidades comunes. Aunque esto te generaba malestar te mantenías a su lado esperando que algún día fuera diferente. Sin hacer nada al respecto, claro está, sólo esperando un cambio ajeno a ti pero que podría cambiar tu relación.

Puede ser que hayas sido tú quien ha tenido esta necesidad de no querer etiquetar, de no poner en palabras lo que está pasando ya que así tienes la sensación de mayor libertad.

Las personas no somos objetos.

Sentimos, nos emocionamos y tenemos necesidades. Merecemos saber la verdad, conocer en qué punto está la otra persona y tomar conciencia de en qué punto estamos nosotros. Se trata de ser responsables afectivamente. Serlo para con los demás y, sobre todo, serlo para con nosotros mismos.

¿Has sentido que tu pareja no se responsabiliza de las cosas que no van bien en la relación?

¿Tienes la sensación de que prefiere pasar del tema y no comprometerse con el cambio?

¿Prioriza su necesidad individual de vivir algo placentero y prefiere no ocuparse de aquello que genere malestar?

Cuando hablamos de vínculos frágiles, hablamos de la incapacidad de permanecer en una relación, de lo fugaz del encuentro y de la búsqueda de otro diferente para que siga satisfaciendo esa necesidad de consumir. De consumir otra relación sin haber intentado estar de manera sincera en la anterior.

¿Te has encontrado en alguna situación donde tú querías tener algo más y la otra persona solo buscaba una relación sexual?

Por supuesto, al hablar de relaciones y de vínculos, también hablamos de sexualidad. El sexo se ha convertido en algo que tiene un fin en sí mismo: la obtención de placer. Lo placentero se consigue en el mismo encuentro y el homo consumens, busca encuentros sexuales sin implicación emocional.

Este concepto el de homo consumens, (utilizado por primera vez por Eric Fromm en su libro «Socialist Humanism») refleja muy claramente el espíritu que queremos representar en este post: el hombre, la persona, cuyo objetivo principal no es poseer cosas sino consumir. Lo que sea. A toda velocidad. Una detrás de otra. También se pueden consumir personas, sexo, en vez de cosas.

Pero el sexo no es sólo placer o no tiene porqué serlo. Es una forma de estar con el otro, una forma de acercamiento, de ser junto a otra persona. En el sexo hay una implicación, del tipo que sea, y negar esta parte sería desvincularnos del concepto cuerpo-mente. Como diría Bauman, parafraseando a Milan Kundera, “la insoportable levedad del sexo” puede hacer que sientas confusión, desvinculación o disociación.

Vivir en una sociedad que promueve el consumismo no implica que tengas que ser consumista.

Es importante que seas consciente de lo que realmente necesitas, de si te estás sintiendo bien haciendo lo que haces o no, de si esa relación te esta generando una sensación de incertidumbre que no te permite estar seguro/a.

Tienes derecho a querer algo diferente, o al menos a replantearte lo que estás teniendo o has tenido. Puedes desear que haya sinceridad en tu relación. Sinceridad contigo mismo/a y sinceridad con la otra persona. Quizás necesites plantearte algunas preguntas:

¿Cuáles son las necesidades que tienes en tu relación? ¿son iguales para tu pareja? ¿cómo las satisfaces?

¿Cuáles son las bases de tu relación?

¿Dónde están los limites? ¿cuáles son los tuyos?

¿Cómo es la comunicación entre vosotros?

Puede que ambas partes hayáis acordado tener una relación abierta. Los límites son diferentes que si habéis acordado tener una relación donde el vínculo se limita a vosotros dos.

Quizás una necesidad de tu pareja sea que ambos paséis tiempo con su familia y para ti no es una necesidad e incluso preferirías no hacerlo.

En ambos casos es muy importante negociar las necesidades de cada uno y llegar a un punto en común.

Si vuestras necesidades personales no coinciden, habría que plantear cuáles son las bases de la relación, aquellas sobre las que se asienta el vínculo, sobre lo que descansa, lo que le sirve de soporte.

Es importante que sepas y busques lo que necesitas. A lo mejor un encuentro sexual cada dos semanas no es lo que te está satisfaciendo realmente, a ti te gustaría compartir más con esa persona pero sin embargo “aceptas” eso que te da, aunque sea mucho menos de lo que te gustaría tener.

Una vez que has reflexionado sobre el punto en el que estáis, en el que estás y en el que crees que está la otra persona, ¿por qué no hablar sobre ello?: “yo siento esto y necesito esto, ¿tú como te sientes respecto a esto?”. Tienes derecho a una comunicación sincera.

Una comunicación sincera implica hablar de cómo me siento y esperar que el otro me hable de cómo se siente, de forma sincera. Esto permite tener claro hacia donde ir, con cuidado y respeto.

Si conozco el punto de partida, puedo ser más consciente de la situación real y no invertir tanto tiempo en adivinar el pensamiento del otro: “no sé si querrá lo mismo que yo”, “parece que quiere una cosa pero luego hace otra”.

Busca lo que te haga sentir bien a nivel emocional, afectivo y sexual. El ser humano es un ser social y necesita al otro para sobrevivir. El otro es quién nos sirve de modelo, nos enseña a regularnos emocionalmente cuando somos pequeños, es el otro a través del que aprendemos a vivir en el mundo. Cuando somos adultos es el otro el que nos sirve de reflejo, nos acompaña, quien nos sostiene y nos cuida y el que nos debería respetar.

Si sientes que esa persona no te está acompañando, respetando y cuidando, quizá no estés donde deberías estar. Plantéate si la relación en la que te encuentras es la que te gustaría tener y qué puedes hacer para cambiar eso. ¿Por qué no nos llamas y hablamos de ello?

Adolescentes y pandemia.

La pandemia que estamos viviendo está teniendo consecuencias en todos los ámbitos de nuestra vida. El impacto laboral, económico y social es evidente.

Hemos tenido que cambiar nuestra forma de relacionarnos y de reunirnos con nuestros seres queridos y amoldarnos a las indicaciones que nos dictan las autoridades competentes.

Algunas personas han tenido menos problemas para adaptarse y aceptar y mantener las restricciones impuestas. Otras han sido incapaces de hacerlo, hasta tal punto que se han negado a cumplirlas y han continuado actuando como lo hacían antes de la pandemia.

¿Cómo está afectando esto a nuestros adolescentes?

Uno de los grupos sociales a los que más les ha costado adaptarse a la normativa es a la adolescencia y la juventud. En gran medida esto sucede por sus propias características generacionales.

Hablamos de un grupo de edad que se caracteriza, entre otras cosas, por un constante desafío hacia las figuras de autoridad.

Esto es debido a que están en pleno proceso de búsqueda de su propia identidad: necesitan sentirse diferentes, mostrar que no siguen al grupo al tiempo que buscan pertenecer a uno. Buscan sus propias características identificativas que les diferencien de la infancia y de los adultos. En este post, dejamos algunas pistas de lo que pueden estar experimentando nuestros hijas e hijas https://www.quieropsicologia.com/la-cuarentena-como-ha-afectado-a-nuestros-ninos-y-ninas/

Los y las adolescentes, en concreto, pelean, se enfrentan y cuestionan las decisiones que les afectan y que se toman sin contar con ellos, a pesar de que puedan ser beneficiosas o incluso necesarias.

¿Qué puedo hacer?

Imaginemos una familia en la que los padres, pensando en el bienestar de su hijo adolescente, crean unas normas de convivencia, horarios de llegada y tareas por cumplir.

Es más que probable que el hijo adolescente sienta que estas normas han sido creadas sin tenerle en cuenta y con el objetivo de coartar su libertad y su forma de expresión. Se enfrenta a sus progenitores negándose a cumplirlas y generando estrategias para poder saltárselas o esquivarlas.

Si esta situación la extrapolamos a lo que ocurre en este momento, podemos comprender que los adolescentes sientan que se les está ignorando. Tiene sentido que crean que se les está privando de una necesidad intrínseca a su edad: la socialización con su grupo. Un grupo de iguales con los que sienten identificados, que les comprenden y les apoyan incondicionalmente.

El cambio que podemos introducir es relativamente sencillo: si estas normas se crean a través del consenso y la negociación con el hijo adolescente, la probabilidad de que se cumplan y se respeten es mucho mayor.

Haciendo esto, incluyendo a nuestros hijos e hijas en la toma de decisiones que afecten al núcleo familiar, sentirán que se han tenido en cuenta sus necesidades e intereses y podrán comprender que determinadas limitaciones se han impuesto por el bien de la convivencia y para facilitar la seguridad de todos los miembros de la familia.

¿Cómo puedo hacerlo?

Necesitamos que nuestros jóvenes acepten las normas indicadas por las autoridades sanitarias. Que no expongan su salud y la del resto de la unidad familiar por el hecho de “estar con sus amigos”.

Obviamente es imposible incluirles dentro de la toma de todas las decisiones. Lo que sí podemos intentar es ofrecerles una explicación sobre lo que está sucediendo y el motivo por el qué se imponen estas limitaciones.

A la hora de transmitirles la información, debemos tener en cuenta que esta debe ser coherente, fundamentada y contrastada con fuentes fiables. Recordemos que nuestros hijos son expertos en buscar y encontrar la aguja de la noticia en el pajar de internet.

Una buena estrategia para que incorporen las normas a su forma de pensar, es permitir que sean ellos quienes realicen la búsqueda de la información. Utilizar su pericia con la tecnología puede ayudar a que se vean involucrados e implicados.

Una vez se haya obtenido dicha información, es fundamental ponerla en común entre todos los miembros de la familia. Que ellos sean los “portavoces” les ayudará a poder expresar cómo les hace sentir lo que ven, qué les preocupa y qué miedos tienen.

Este puede ser el punto de partida. Gestionarlo así puede ayudar a que, entre todos, se encuentre una forma respetuosa y adecuada de introducir esta normativa dentro de la rutina familiar.

Hacerlo así, de forma que todos se sientan implicados, atendidos y escuchados, permite que todos los miembros de la familia puedan expresar sus necesidades y deseos.

Como adultos, debemos entender que todas las normas que transmitamos como una imposición, van a provocar el rechazo de los adolescentes. Es importante transmitir lo que está ocurriendo desde la comprensión de sus necesidades. La validación de sus miedos y creencias nos ayudará a acercarnos a ellos y así facilitar el cumplimiento de normas.

Cuando los adolescentes sienten que son parte de la solución, que se han tenido en cuenta sus intereses y necesidades, cuando sienten que son escuchados, son capaces de involucrarse, de empatizar con las necesidades de los otros y de mostrarse colaboradores.

Nos encontramos en un momento complicado para toda la sociedad. Todos, de una forma u otra, hemos tenido que modificar muchas de nuestras rutinas.

Depende de cada uno de nosotros la forma en que manejamos esta crisis vital global. Podemos afrontarla o huir de ella. Podemos verla como una oportunidad para reflexionar y conocernos a nosotros mismos y a aquellos con quienes convivimos.

A través de la creatividad, de la comunicación, podemos transmitir a nuestros jóvenes y adolescentes que esta situación les puede hacer más fuertes, más capaces, con mejores y más recursos.

Observar y ver que otra forma de ocio y de relaciones son posibles, que no mayor cantidad significa más calidad.

Tanto adultos como adolescentes tenemos dos opciones: por un lado, podemos sacar lo mejor de nosotros mismos. Utilizar la búsqueda de información para desarrollar un pensamiento crítico y actuar en beneficio del crecimiento personal y social. Por otro, podemos dejarnos llevar por el miedo, caer en la rebeldía sin causa o en el desafío. Esto, probablemente, provocará malestar y sufrimiento a nosotros y a nuestro entorno.

Como siempre, tú eliges. Si necesitas ayuda para transitar el camino, no dudes en contactarnos, estamos para escucharte y apoyarte.

El sentimiento de abandono.

Has vivido situaciones en las que te invadía una tristeza enorme por sentir que no tenías a nadie, todos tenían algo mejor que hacer. Tú estabas a la espera de que alguien te avisara, te llamara o te mensajeara para tomar algo.

Quizás alguna vez hayas tenido la sensación de que tu pareja o amigas pueden “desaparecer” de tu vida sin avisar.

Tal vez te has planteado dejar tu relación antes de que rompan contigo para evitar el dolor y la incertidumbre de “cuándo” romperá tu pareja.

Es posible que quisieras en algún momento que todos/as a tu alrededor prestaran atención a lo que estabas haciendo o diciendo. Aparece una necesidad muy fuerte que te lleva a intentar captar la atención de los demás a toda costa para sentirte escuchado.

Si te has identificado con los párrafos anteriores, puede que experimentes la sensación de abandono y que ésta te haga sentir malestar en múltiples ocasiones.

Las formas en las que cada uno se siente abandonado pueden ser muy distintas.

Esta sensación, ¿la tienes identificada? ¿sabes de dónde viene?

Localiza la primera vez que te sentiste abandonado. Puede ser cuando tu padre se iba a trabajar todo el día, o la muerte de un familiar importante para ti o cuando tus padres se separaron hace años. Procesos de adopción, cuidadores que han consumido drogas y han sufrido adicción o un rechazo continuado en el colegio por parte de todos/as tus compañeros/as.

¿Qué crees que pudiste aprender cuando de niña te sentiste abandonada? ¿Qué mensaje te llegaba?

“No valgo para nada y por eso no quieren jugar conmigo”. “No lo hago tan bien y mejor que elijan a otro”. “El trabajo es mucho más importante que pasar tiempo conmigo”. “Ellos tienen su propia familia nueva, yo sobro y tengo que marcharme”. “He pasado por varias familias de acogida y ninguna quiso quedarse conmigo porque soy de otro país y no nos parecemos en nada”.

Lo que tienen en común estos pensamientos es que el foco de la responsabilidad o mejor dicho, de la culpa, está en ti misma. Te sientes la mala, la defectuosa, como si estuvieras un nivel por debajo del resto por tu procedencia, condición física, sexo, etc.

Hacerte responsable del abandono como si no te merecieras ser querida por algo que “está en ti” hace que la experiencia sea todavía más dolorosa.

¿Cómo pueda afectarte todo esto?

Sentirte inferior en tus relaciones.

En distintas situaciones, aparecen pensamientos como: “mis amigos no se acordarán de mi cumple porque no soy tan importante como fulanita para ellos”.

Inseguridad en tus vínculos.

Ideas como “seguro que aparece alguien mejor que yo y me deja algún día” te tienen casi permanentemente en un desequilibrio emocional que termina pasando factura.

Dependencia hacia determinadas personas como pareja o amigos/as.

Las figuras que cubran en ti esa necesidad de ser atendido tendrán tu admiración absoluta y esto puede llevarte a pensar que si no tienes a ese “alguien” en tu vida, nunca podrás volver a sentirte así de querido.

Conductas emocionalmente “adictivas”.

Del enganche emocional hacia una persona pueden surgir otras conductas: posesión, exclusividad o control. Exiges a tu pareja que sólo te mire a ti y a nadie más; no admites que entre ninguna otra persona en tu grupo de amigos; te sientes incómodo cuando no estás sólo con tus colegas, etc.

Pensamientos catastrofistas.

Te llevan a distorsionar la realidad negativamente y ponerte en lo peor. Reaccionas lo más negativamente posible: dejar tu relación antes de que la otra parte te deje; que te despidan y sientas que jamás volverán a quererte en otra empresa porque hay mil personas más capacitadas que tú, etc.

Adaptación y búsqueda inconsciente.

Sigues un patrón de comportamiento que te lleva a situaciones o personas que te hacen revivir el abandono. Relaciones en las que la pareja amenaza constantemente con dejarlo sin llegar a hacerlo o haciéndolo para volver, generando un bucle que conlleva malestar y a su vez un enganche.

Volviendo a pedir ayuda a tu madre cuando ésta comienza una relación sentimental, aún sabiendo que suele perderse durante días sin contactar con nadie.

Situaciones que ya has vivido y es a lo que estás acostumbrado, aceptas que tu vínculo es así.

Lejos de significar amor, esta dinámica causará daños en tu relación y sin duda en ti. Buscar de forma compulsiva el cariño o la atención en personas que no harán más que recordarte que te desatienden o se despreocupan de ti.

Emociones como miedo, tristeza, frustración, soledad, insatisfacción vital, etc, estarán presentes si mantienes este modus operandi toda tu vida.

Ansiedad, somatizaciones, incluso fobias o consumo de tóxicos pueden ser familiares para ti si te encuentras en este punto.

¿Qué puedes hacer?

Necesitas cambiar ciertas cosas de base:

Comenzar a comprenderte, escucharte, darte tiempo y cariño serán un buen remedio para este proceso. No estás así porque quieres, o porque tú lo decides o te lo inventes.

Estás en esta situación a causa de experiencias pasadas. Experiencias que no integraste en tu presente y siguen apareciendo de la forma más inconsciente o irracional posible.

Esquemas mentales disfuncionales por otros más ajustados a la realidad.

Canalizar la culpa y adjudicar un correcto locus de control a las situaciones vividas.

Responsabilizarte de aquello que pasa aquí y ahora, es en lo único sobre lo que tienes control y poder para cambiar algo.

Conocer tu tipo de apego. Saber de qué manera aprendiste a vincularte y, en caso de ser patrones inseguros, comenzar a crear vínculos basados en la confianza, la seguridad y el amor.

Técnicas de relajación para detener las ideas intrusivas y obsesivas que aparezcan en situaciones críticas que no hacen más que trasladarte a episodios antiguos y angustiosos.

Aprende a identificar tus emociones y necesidades, y también a comunicarlas al resto. Será mucho más sencillo hacerte cargo y que los demás te comprendan o ayuden.

Ante una situación desbordante que te genere un intenso malestar o que afecte a diferentes ámbitos de tu vida, lo más recomendable es comenzar una intervención psicológica. No tengas miedo a pedir ayuda si no puedes cambiar sola. En Quiero Psicología te acompañamos en este proceso.

abrazo

El perdón a uno mismo.

En nuestro día a día vamos realizando acciones, escogiendo diferentes caminos. Estas decisiones que tomamos siempre tienen consecuencias. Algunas veces son positivas y nuestro entorno y nosotros mismos salimos beneficiados. En otras ocasiones, las consecuencias dañan a quienes tenemos a nuestro alrededor y también a nosotros.

En un post anterior, te hablamos de perdonar a otros cuando nos hacen daño.

Todos cometemos errores. Fallamos o tomamos decisiones equivocadas, es algo inevitable. A partir de estos errores vamos aprendiendo y creciendo como personas, evolucionando, cambiando.

Cuando una de esas decisiones provoca un daño tal que nos hace sentirnos culpables, nos puede generar un sentimiento de culpa. Este sentimiento no siempre tiene connotaciones negativas: existe la culpa sana.

Culpa sana.

Cuando hablamos de culpa sana, nos referimos a la vivencia de la culpa de forma productiva y útil. Esta culpa nos ayuda a observar, a experimentar, a sentir la emoción y a aprender de ella.

Si nos permitimos sentir y escuchar esta emoción, podremos activar en nosotros un mecanismo fundamental para nuestra evolución: aprendemos a diferenciar, a crear conciencia de aquello que está bien o mal. “Gracias” a la culpa asentamos nuestras bases éticas y los valores que nos van a guiar en nuestra vida.

Sentir culpa implica ser conscientes de que hemos cometido un error y de que ese error ha provocado un daño. Gracias a esta emoción nos movemos, nos activamos para enmendar nuestros fallos.

Entender la culpa de esta manera es más sencillo cuando observamos las consecuencias negativas de nuestros actos en los demás. Ellos nos pueden mostrar su dolor y así generar en nosotros la necesidad de restaurar el daño provocado, lo que puede facilitar que el otro nos otorgue su perdón.

¿Qué ocurre cuándo a pesar de que el otro nos ha perdonado, nosotros no lo hacemos? ¿Qué pasa cuando nos hemos dañado a nosotros mismos?

En estos casos, puede suceder que la culpa se haya instaurado en nuestra vida, guiando nuestras acciones.

Cuando permitimos que esto ocurra y no somos capaces de perdonarnos, derrochamos energía en darle vueltas a una situación que nos genera emociones incómodas. Una situación que acaba provocando sufrimiento. La consecuencia es que paralizamos nuestro presente y limitamos nuestro futuro, impidiéndonos crecer y evolucionar. Nos quedamos estancados.

¿Cómo perdonarnos?

El perdón es un proceso, no un acto único. Y como todo proceso, debe existir un primer paso.

Este primer paso es darnos cuenta de que perdonando no estamos justificando la conducta que ha provocado el daño. Lo que hacemos es reconocer las emociones que surgen a causa de un error cometido y decidimos de forma voluntaria que pierdan fuerza en el presente.

Estamos cambiando la perspectiva de la situación vivida, y así obtendremos dos consecuencias directas:

  • Superar la resistencia al cambio.

  • Darnos permiso para avanzar.

Reconocer y asumir lo ocurrido.

En ocasiones, nos negamos a reconocer que nos hemos equivocado y a pesar de que aparezcan emociones de culpa y dolor, las bloqueamos. Asumir que no hemos actuado bien daña nuestro orgullo y el concepto que tenemos de nosotros mismos.

Por este motivo, además de entender que perdonar no es justificar, debemos reconocer y asumir que hemos cometido un error. No somos perfectos. Hemos hecho daño, intencionalmente o no a otro y/o a nosotros mismos.

Explorar y analizar lo ocurrido es fundamental para reconocer la verdad de los hechos y saber qué es aquello por lo que debemos perdonarnos. De esa forma, asumir las consecuencias negativas de nuestras acciones será más fácil.

Una vez observadas estas consecuencias, podremos arrepentirnos, sentir culpa y activar los mecanismos necesarios para subsanar, en la medida de lo posible, el dolor que hemos causado, independientemente de quién haya salido herido/a.

Explorar la motivación.

Un paso fundamental es conocer que nos llevó a actuar así. No buscamos una justificación, si no saber qué hizo que nos comportásemos de esa manera y así poder aprender. Este aprendizaje nos ayudará a actuar de forma diferente en el futuro.

En muchas ocasiones actuamos guiados por el enfado, el cansancio, la tristeza o la frustración. Nos dejamos llevar por estas emociones, permitiendo que tomen el control de nuestras acciones y perdiendo la conciencia de lo que ha ocurrido.

Observar qué emociones estaban presentes antes del hecho ocurrido nos llevará a poder contextualizarlo. Esto ayudará a comprender por qué dimos aquella respuesta y a observar las consecuencias. Ser conscientes de lo que pasó y de cómo nos afectó permitirá que modifiquemos nuestra respuesta.

Permitirnos sentir.

Somos seres emocionales. Ninguna acción, ningún pensamiento, se muestra sin que exista una emoción asociada. Bloquearlas, impedir que surjan, negarnos a reconocerlas, no va a hacer que desaparezcan.

Escúchate, sé consciente de ellas y aprende de las consecuencias de las respuestas que aparecen tras cada emoción.

Observando las situaciones pasadas desde esta perspectiva, podrás perdonar tus fallos o errores. Gracias a ellos puedes aprender, evolucionar y crecer.

Es importante también aceptar que en ese momento, actuamos en función del nivel de conciencia y conocimientos que poseíamos.

Gracias al perdón a uno mismo, esos conocimientos se van ampliado. Ya no vas a cometer el mismo fallo, siempre y cuando te permitas sentir la liberación que proporciona el perdón.

El perdón no es un proceso sencillo.

Cuando iniciamos el proceso del perdón debemos tener en cuenta que estamos ante un camino que puede tener altibajos y que no es lineal.

Cada uno tenemos nuestros tempos, nuestras circunstancias. Serán ellas las que nos permitirán evolucionar más o menos rápidamente. No te compares.

Es un trayecto que te va a permitir liberarte, avanzar para disfrutar del presente sin sufrimiento.

Gracias al perdón puedes descubrir qué hiciste mal, lo que puedes cambiar en el futuro. Puedes tomar las medidas necesarias para no volver a cometer el mismo error. Aprender está en tu mano.

Si este aprendizaje te resulta duro, si no eres capaz de encontrar el camino al perdón, no te preocupes. En Quiero Psicología podemos acompañarte para que aprendas a perdonar y a perdonarte.

auto exigencia

No disfruto con nada.

¿Llevas un tiempo que no logras disfrutar con nada?

¿Te molesta lo que hacen los demás?

¿Sientes que hagas lo que hagas, al final acabas en el mismo punto?

Has vivido situaciones que no han sido agradables. Este ha sido un año diferente para todos y hubieras preferido que no pasara todo lo que ha pasado.

Esto no depende de ti. Aún así, te aferras a la idea de que podrías haber hecho algo o de que incluso ahora puedes hacer algo más. Al final terminas cansado/a porque estás contándote las cosas desde una perspectiva desfavorable para ti. Y ya bastante has hecho y sigues haciendo.

La autoexigencia puede ser infinita. Puedes tener la idea de que ser exigente está bien, que así conseguirás más cosas, que si no eres exigente te acabarás estancando. Es importante agradecer a la exigencia su papel, aprender a escucharla, pero siendo consciente de que no sea ella la que tire de ti.

Si la exigencia se pone al mando, tira de ti. Te arrastra hasta límites en principio inalcanzables, teniendo en cuenta solo el objetivo, que puede ser más o menos idealizado, más o menos realista.

Si solo tienes en cuenta el foco, tu objetivo, sin prestar atención a nada de lo que sucede alrededor ¿dónde quedan tus necesidades? El fin no es alcanzar la meta, el fin es caminar hacia la meta teniendo en cuenta tus límites, tus recursos y tus necesidades. El objetivo es alcanzar tu propósito descuidarte ni quedarte por el camino.

Es importante observar dónde estás poniendo el foco. Cómo te estás contando lo que está pasando, lo que estás haciendo, los resultados que obtienes, positivos o negativos.

¿En tu diálogo interno suelen aparecer frases como estas?

“No me gusta mi vida.”

“Soy una fracasada/o.”

“Tendría que tener unas mejores condiciones ya.”

“A los demás les va mucho mejor que a mi.”

“Me toca estar solo/a cuando no quiero.”

Si respondes que sí, probablemente estés experimentando una sensación de frustración y malestar elevadas. Porque a pesar de todo lo que ya has conseguido, sigues mirando y viendo sólo lo que te falta.

Déjame decirte algo: estás aquí y eso es bastante.

Agradece todo lo que te ha traído hasta este momento y todo lo que ya has conseguido.

De manera automática, estás contándote la historia de tu vida sin ver lo que ya has avanzando, si no centrado/a en lo que te falta. Cuando te centras en lo que aún te queda, estás continuamente activado/a. Así mantienes la idea de fondo de que siempre quedan cosas por hacer y que tienes la responsabilidad de hacerte cargo de todo, cuando ya eso no te corresponde y no puedes hacer más de lo que ya estás haciendo.

¿Qué puedes cambiar?

  • Dedícate un momento para observar todas las áreas de tu vida. ¿Cuántas áreas tienes ahora mismo? (Personal, amigos, pareja, deporte, trabajo…) Puedes dibujar una margarita y cada pétalo sería un área de tu vida.

  • De manera neutral y objetiva, como si fueras un observador descriptivo, escribe cómo están cada una de esas áreas. Trata de ser lo más objetivo y neutral posible, evitando hacer evaluaciones: “mala, horrible, fracasada, harta, buena, mejor, peor, insuficiente”.

  • Identifica las cosas que has hecho tú y agradece a tu “yo” de aquel momento todo lo que hizo. Teniendo en cuenta la situación y los recursos que tenías entonces, nada pudiste hacer de otra manera. Puedes pensar que no lo harías así ahora, pero no se trata de juzgarte. Quizás ahora lo harías diferente porque tienes otros recursos: has aprendido. Pero para hacerlo, has tenido que intentarlo de otra forma antes y ver que no funcionaba.

  • Has llegado hasta aquí y no siempre ha sido fácil. Has tenido que gestionar diferentes situaciones, poner en marcha distintos recursos y aún así, estás aquí. Poner el foco en los demás te hace descuidar detalles y no contarte la realidad como es exactamente. Tú tienes tu realidad, tu proceso y tu experiencia. Todas las áreas de tu vida tienen sentido si pones el foco en tu propio proceso y no fuera.

Aprender a escuchar a la exigencia es muy importante. Hacerlo te permitirá saber cuándo es ella la que está tirando de ti y cuando eres tú el/la que está al mando. Caminando en una dirección, la que tú determinas y eliges seguir. Sin descuidarte y respetando tu proceso, tus tiempos, tus límites y tus necesidades.

Si te has sentido identificado/a , quizás podría ser un motivo para empezar a conocerte, a escucharte y decidir si seguir en esta dirección o no. En Quiero Psicología te esperamos para que aprendas a focalizarte en lo que eres y lo que tienes, y no en lo que te falta.

maltrato reality

Realities o la normalización de la toxicidad.

Si asistes al espectáculo de los realities ¿Te sientes identificado/a con algún/a concursante?

En los que muestran parejas ¿Crees que son un reflejo real de cómo son las relaciones, las mujeres y los hombres?

¿Si a ti te pasara algo así, no podrías aguantarlo?

Como norma general en casi cualquier reality, ya desde los primeros minutos observamos dinámicas cargadas de prejuicios, estereotipos, roles de género, toxicidad, etc.

Si nos centramos en los que nos muestran a parejas en un lugar paradisíaco, con villas de lujo y cuerpos esculturales como cebo para justificar infidelidades. “Esta experiencia hay que vivirla” , “esto ocurre porque te sientes en otro mundo” y otros argumentos sobre el por qué es tan fácil descontrolarse o perder la cabeza en aquel lugar.

Vamos a desgranar algunas de las «perlas» que nos muestran este tipo de programas:

Roles de género.

Chicos que abrazan a sus novias por la espalda en señal de protección, posesión y control. Chicas abrazadas por sus novios como signo de dependencia, fragilidad y sumisión.  “Las chicas son celosas”, “las chicas nos molestamos por todo” , mitos y categorías que distan mucho de la realidad: no por ser mujer tienes que ser celosa, y no por ser hombre te enfadas menos. “Bastante tenemos con nuestras novias ya”, la mujer como una carga pesada.

Rivalidad y odio.

“Chihuahua” ,“una mujer que viene a quitarle el novio a otra mujer me demuestra los valores que tiene” , discusiones, insultos y hostilidad entre las chicas y las tentaciones de sus parejas, perdiendo el respeto entre mujeres por luchar por la atención o el cariño de los chicos. A esto le añadimos que los chicos, para calmar a sus novias, infravaloran al resto de chicas con comentarios despectivos como “es fea”.

Lucha de egos.

Al inicio del programa, los chicos tienen que colocar un collar de flores en señal de interés por alguna de las chicas, una lucha de poder entre los «gallitos» en la que la mujer pasa a ser un objeto por el que dos hombres pelean. Ella es sólo un trofeo si opinión ni deseo ni, casi, cerebro.

Amor líquido.

Haciendo referencia a este concepto de Bauman, otra de las «situaciones» es cuando aparecen nuevas tentaciones en las villas. Si quiero cambiar mi cita por otra, puedo hacerlo, tengo donde elegir, hoy quiero contigo y mañana no, al instante. Cambian personas como si cambiasen de pantalones.

Normalización del conflicto.

“Discutimos mucho pero nos queremos” , «estamos teniendo discusiones ya como si fuéramos una pareja” , “nuestra relación es tricíclica, estamos bien, estamos mal y estamos muy mal”. Conductas en las que se acepta el conflicto en las relaciones como algo normal y típico en las parejas. Lo cierto es que está muy lejos de ser normal: el amor es que experimentes tranquilidad y sosiego en tus relaciones de manera habitual y sea un lugar de calma para ti.

Sentido de propiedad sobre las personas.

“Me van a quitar a mi novia” ,“no me importaría que tocara a otra chica”, “le dije que nadie le hiciera masajes”. Conductas posesivas en chicos y chicas. Tratar a una persona como si fuera algo tuyo implica anular sus emociones y necesidades, tener derecho sobre él/ella y estar por encima, yo decido, yo mando.

Ansiedad por separación.

“No puedo estar sin ti”, “no nos separemos nunca más”, “me quiero morir, no voy a aguantar”. Estar lejos de alguien a quien aprecias puede ser doloroso, pero ser incapaz de vivir y continuar debido a la ausencia de tu pareja implica dependencia y la total reducción de tu autonomía. Corres un grave peligro si tu bienestar depende por completo de que alguien se quede o no. 

Comprobaciones constantes de su amor.

“Tengo que verlo todo para saber si puedo confiar al 100% en él”, “no es su prototipo”. Amar no es poner a prueba a tu pareja para estar completamente seguro/a de él/ella. El amor no es un campo de batalla en el que tengas que observar que tu pareja resiste y consigue salir ileso/a ante un montón de tentaciones para saber si realmente te quiere o no. Observar cada paso que da te hace estar alerta constantemente, con el consiguiente desgaste ya que además, nunca podrás controlar absolutamente todo.

Atribuciones erróneas sobre responsabilidades.

“Él está harto de mis celos”, “para no destrozar nuestra relación miento” , “me he cohibido muchas cosas por ella”, “estoy cansado de no poder ser como soy”. ¿Quién es el/la último/a responsable de nuestras propias conductas? Nosotros/as mismos/as, salvo casos en los que exista algún tipo de desequilibrio en la relación y poderes y haya una amenaza. Hacer responsable a tu pareja de algo culpabilizándola, no es amor. Si algo no te gusta, tienes la opción de irte y si decides mantenerte en la relación, no justifiques tus actos culpando a tu pareja.

Aguantar todo por amor.

“Nunca habla bien de mi”, “no me hace masajes”, “en toda la relación nunca ha bailado conmigo”. Una pareja no tiene por qué complementarte en absolutamente todo, sin embargo, si para ti es importante el cariño, y tu pareja no suele tener gestos cariñosos o afectivos hacia ti, quizás habría que replantear si te sientes a gusto y tus necesidades están cubiertas. Muchos son los comentarios de chicos y chicas que denotaban insatisfacción por carencias en sus relaciones o la aceptación de dinámicas contrarias a las que uno desea. Si no te sientes bien, romper la relación también es una opción.

Desconfianza.

“No te acercas a una persona que no conoces sin un interés”, “si yo me siento así, es por algo”. No me fío ni de ti ni de mi, cuestiono todo lo que haces porque me provoca emociones negativas que no sé gestionar ni reconocer. Mi propia inseguridad la vuelco en ti y en tus actos.

Autoestima y calma a través del dolor de otros.

«Ya no quiero que disfrute, quiero verlo triste”, «me hubiera hasta arrodillado”, “a uno le sienta bien ver como dos chicas se pelean por ti”. Si le veo mal, significa que me quiere. Pensamientos alejados de lo que es amar a alguien, ya que, además de tu bienestar también te importa el suyo.

Desprecios.

“Tiene un carácter de mierda”, “no te preocupes, no pueden hacer nada”, “está loca”. Cuando no sé cómo gestionar lo que la otra persona hace, me limito a insultarla y descalificarla porque no soy capaz ni de entender lo que hace, ni el porqué.

Incertidumbre y confusión. Miedo y descontrol.

Una de las parejas que más atención obtiene (T y M) son el ejemplo claro de cómo no tratar a tu pareja: cuando hay un problema de celos, lo ideal es que exista comunicación fluida, empatía, comprensión, calma y seguridad. Si este problema persiste y se hace insostenible, la solución sería terminar la relación antes que estar en una dinámica de desconfianza, mentiras o dudas.

T. era ambivalente y lo mismo le decía un “te quiero” que rompía el compromiso con M. para besarse con otra chica a sus espaldas. Ante la inseguridad que siente M., estas conductas mantienen el bucle y el malestar se intensifica. Lejos de ser sincero y honesto, T. prefiere mantener viva la ilusión de que “todo está bien” “es sólo un juego” y “no ha pasado nada” , desconcertando y manipulando a una M. totalmente dependiente hacia él.

M. pierde el control y experimenta emociones con una intensidad desmedida, presa del miedo se olvida completamente de ella misma, reacciona con agresividad, posesión y sumisión lo que le imposibilita para actuar de la forma más adaptativa y saludable.

Pues bien, los realities no dejan de ser un reflejo pervertido de lo que sucede en la sociedad, si te has sentido identificado/a con alguna de estas situaciones que te mostramos o de alguna otra que resuene en ti y no tienes los recursos para gestionar lo que sucede, en Quiero Psicología trabajaremos toda la esfera que envuelve una relación para ayudarte a conseguir seguridad, calma y bienestar.