adicto a videojuegos

Adicciones del siglo XXI

Tenemos acceso directo a videojuegos a través de varias plataformas o dispositivos: tablet, ordenador, móvil, consola, etc.

La temática de los juegos es realmente amplia, incluso se han desarrollado algunos con fines educativos y terapéuticos.

Los videojuegos permiten desarrollar las funciones ejecutivas (la atención, orientación y memoria).

Gracias a ellos, podemos transmitir un mismo mensaje a diferentes interlocutores, obtener recompensas inmediatas o interactuar con personas situadas en la otra punta del mundo.

A pesar de todos estos «beneficios», recientemente, la OMS catalogó como trastorno mental el abuso de los videojuegos.

Este trastorno se asemeja a otras adicciones como al alcohol, sustancias o juegos de azar.

La diferencia y la importancia de este trastorno radica en que, cuando observamos a la población que lo padece, la población infanto-juvenil supera con creces a la población adulta.

Es importante darse cuenta de que los dispositivos no son adictivos por sí mismos, lo es el uso que hacemos de ellos.

¿Cuándo pasar el rato jugando se convierte en un problema?

Hay una serie de pautas que te pueden ayudar a identificar si el tiempo que pasas jugando se está convirtiendo en un problema.

Probablemente nunca te hayas parado a pensar la cantidad de horas al día o a la semana que le dedicas a los videojuegos, pero sí vas notando que cada vez tienes menos tiempo para hacer otras cosas.

Recortas tiempo al estudio.

Quedas con tus amigos de forma virtual, para jugar, etc.

Estos son algunos avisos a los que puedes prestar atención:

Interferencias en tu día a día

Percibes que no te concentras igual para estudiar o trabajar, notas más cansancio o sueño porque has estado hasta la madrugada jugando o dejas de comer para jugar más horas.

Síndrome de abstinencia

Si pasa «demasiadas» horas sin jugar, sientes ansiedad, inquietud o nerviosismo que no se te pasa hasta que te pones de nuevo a los mandos.

Eso que experimentas, es muy similar al mono que sufren los drogadictos.

Cambios en el estado de ánimo

Puede que te sientas más triste, irritable o nervioso de lo habitual, muy relacionado con el mono del que acabamos de hablar.

Impulsividad y uso compulsivo

Tras algunas o muchas horas de juego, pueden aparecer conductas impulsivas:

  • gastar dinero en comprar vidas extras o recursos para conseguir un récord o matar a ese enemigo que se te resiste
  • dificultades para abandonar el juego, no sabes cuando parar
  • impaciencia a la hora de jugar, etc.

Dejar de lado otras actividades

  • haces los deberes deprisa y corriendo o, directamente, no los haces
  • te inventas excusas para no ir a clase o al trabajo; pasa de hacer la compra o de limpiar la casa o tu habitación
  • reduces al mínimo el tiempo que dedicas a tu familia o amigos, etc.

Aislamiento social

Cuanto más tiempo dedicas al mundo online, más desconectado estarás de la vida en el mundo real.

Hay mucha gente que se esconde tras un avatar para interactuar socialmente y evitar el contacto físico con otras personas.

Lo que parece una solución, se puede convertir en un problema: esta evitación, a largo plazo, solo genera mayor ansiedad ante las situaciones sociales y menor autoestima.

¿Qué puedo hacer si descubro que sí, que tengo una adicción?

Si has llegado hasta aquí y has sido capaz de darte cuenta tú solo o sola de que sí, tienes un problema de adicción a los videojuegos, enhorabuena.

No creas que es fácil salir del círculo vicioso en el que te encuentras.

Darse cuenta es el primer paso pero no el único:

Acepta lo que te ocurre y díselo a la gente más cercana

No es necesario poner etiquetas a lo que te está pasando.

Saber que no estás bien y que tienes un problema, es suficiente para empezar.

Aceptar lo que te ocurre no te hace más débil, sino que te facilitará la búsqueda de ayuda especializada y el apoyo de tu entorno más próximo.

Busca ayuda especializada

Seguramente hayas tratado ya de dejar de jugar o estás intentando controlar las horas que pasas enganchado y te esté costando mucho esfuerzo.

Es normal.

Hemos hablado ya del síndrome de abstinencia.

Tu cuerpo, habituado a jugar durante tanto tiempo, ha convertido el juego en tu estrategia de afrontamiento.

¿Puedes hacerlo solo? quizás, pero te ahorrarás mucho sufrimiento, encontrarás herramientas y serás capaz de manejarlo mejor si pides ayuda profesional.

Ya has sufrido bastante, pedir ayuda para salir de una situación tan grave, no te hace débil, al contrario, te ayudará a manejar este malestar y desarrollar nuevas habilidades.

Respeta las normas PEGI

Estas normas son la clasificación que determina la edad mínima recomendada para jugar a un videojuego.

Es obligatorio que en el videojuego en cuestión haya una etiqueta avisando del contenido sensible que puede aparecer en la pantalla (sexo, drogas o violencia).

Estas normas las marca un colectivo de expertos, se aplican a nivel europeo y tienen su sentido y su por qué.

Establece un horario

  • empieza por dedicar tiempo a las tareas prioritarias como el trabajo o la escuela, incluyendo las tareas o actividades extraescolares
  • crea y mantén unos hábitos de sueño, higiene y alimentación saludables
  • establece una rutina que puedas sostener con facilidad.
  • trata de comer siempre acompañado y hazlo en un espacio diferente al lugar en el que juegas, cuanto más alejado, mejor.

Busca estrategias de afrontamiento alternativas

Si te encuentras agitado o inquieto y sientes que el síndrome de abstinencia te está rondando, trata de realizar alguna actividad física como salir a caminar, correr, montar en bici o ir al gimnasio.

Apóyate en tus amistades o familiares para comunicarles como te encuentras en esos momentos de riesgo agudo de recaída.

Intenta manejar la tristeza y realiza actividades de autocuidado: date una ducha o un baño relajante, prepárate una rica comida, ponte música que te guste y baila, etc.

Busca alternativas de ocio fuera

Cuanto más tiempo permanezcas alejado de los dispositivos o lugares donde habitualmente juegas, más desarrollarás tu tolerancia a estar alejado de ellos.

Es como si quisieses dejar de fumar.

Seguro que pasar por el estanco donde compras habitualmente sentirás un deseo irrefrenable de fumar.

Con los videojuegos pasa exactamente lo mismo.

Es fundamental que aprendas a controlar los estímulos que te incitan a jugar para prevenir el deseo y la recaída.

¿Qué puedo hacer si es mi hijo o hija quien tiene esta adicción?

Supervisa la temática del videojuego

Préstale atención a la clasificación PEGI que ya hemos comentado.

Evita los videojuegos que no sean recomendados para su edad.

Infórmate de con quién está manteniendo contacto tu hijo o hija a través de los juegos online.

Limita sus horarios

Establece un horario con tus ellos que priorice las tareas escolares y las horas mínimas de sueño.

Es recomendable prohibir el uso de dispositivos después de cenar, para evitar que el cuerpo se active antes de acostarse y prevenir los problemas de insomnio.

Limita la cuenta bancaria del menor

Obviamente, si tu hijo o hija es mayor de edad, este paso es más complejo.

Intenta llegar a un acuerdo con él o ella para que no tenga acceso a tarjetas o formas de pago online.

Muchos videojuegos ofrecen expansiones o recompensas extra si realizas un pago a través de la aplicación o plataforma, por lo que al ser menores de edad, es muy recomendable restringir su acceso.

Fomenta el ocio fuera y las actividades extraescolares

Es importante que tus hijos e hijas desarrollen estrategias de afrontamiento externas a los videojuegos.

Que cuenten con una red de apoyo y actividades gratificantes alternativas para prevenir el uso compulsivo de los videojuegos.

Comunica tus emociones

Ya hemos hablado en otros post de la importancia de expresar tus emociones.

Di cómo te sientes.

Comparte tus preocupaciones de una forma cercana y asertiva con tus hijos e hijas.

Los padres y adultos de su entorno sois tanto su modelo de actuación, como su figura de seguridad.

Ten en cuenta que la expresión de las emociones funciona mejor cuando es bidireccional: permítele expresar cómo se siente y valida sus emociones.

No uses los videojuegos como refuerzo positivo o como castigo

Estas acciones pueden llevar a que tus hijos e hijas utilicen los juegos como estrategias de afrontamiento para reducir su malestar, lo que acaba generando mayor adicción.

Para finalizar, te recordamos, como hemos explicado previamente, que los videojuegos pueden ser una actividad gratificante que, cuando se juega de forma responsable y limitada, puede aportar numerosos beneficios.

Sin embargo, si la persona que juega descuida sus obligaciones, se aísla de su entorno y experimenta malestar en las horas en las que no está jugando, estamos hablando de una adicción y no de un simple pasatiempo.

Si te sientes identificado o identificada con alguno de estos síntomas o crees que tienes riesgo de desarrollar una adicción, recuerda que el primer paso es reconocer el peligro.

Cuando la persona que te preocupa es alguno de tus hijos o hijas porque pasa demasiado tiempo delante de la pantalla, desde Quiero Psicología estaremos encantadas de ayudarte a abordar con él o con ella el problema.

maltrato de hijos a padres

Maltrato de hijos/ hijas a padres/madres: el maltrato filio-parental

Cada mañana me despierto con los mismos sonidos al otro lado de la pared: la voz de un adolescente de unos 13 años que insulta a su madre de manera desproporcionada porque le despierta para ir al colegio.

Al principio, simplemente eran quejas.

Pronto aparecieron palabras malsonantes que se fueron trasladando paulatinamente a los insultos, agresiones verbales y amenazas.

Desde hace poco han comenzado a escucharse golpes en la pared o contra el mobiliario.

Antes era por la mañana.

Ahora es lo único que se oye a través de la pared cuando la madre da alguna indicación a su hijo.

Son las respuestas que usa cuando no quiere dejar la video consola para comer en la mesa junto con su madre, exige que le lleven el plato de comida a su habitación para no dejar lo que esté haciendo o quizás, para no interactuar con ella, ¿quién sabe?

El hecho es que esta escena no es única en un vecindario.

Se reproduce diariamente en muchas «al otro lado de la pared».

En más familias de las que nos damos cuenta, los niños y niñas se han convertido en agresores y sus víctimas son sus padres, mayoritariamente las madres.

Desde 2006 se ha visto una escalada en las cifras de la violencia filio-paternal llegando al número abrumador de 4.833 casos relacionados con este tipo de violencia en Madrid, de los cuales un 10% eran menores de 14 años.

Son cifras que nos hacen plantearnos qué está ocurriendo en la población infantil y juvenil para que se conviertan en los verdugos de sus padres, aquellos que por definición les ofrecen protección y cuidado.

Muchos podríamos pensar que este tipo de conductas sólo se dan en familias que tienen algún tipo de vulnerabilidad, patología o que están en una situación social complicada.

Las solemos asociar a familias relacionadas con consumos de drogas o alcohol, pero no es así.

La violencia filio-paternal se da en todos los estratos sociales, en familias con distintas características.

¿Qué es la violencia filio-paternal?

Este tipo de violencia se podría definir como un conjunto de acciones y conductas dirigidas de los hijos e hijas a los padres.

Conductas como agresiones físicas, verbales, no verbales o psicológicas; amenazas, golpes, insultos, ruptura de objetos…

Hablamos del maltrato de hijos o hijas a padres y madres.

De forma constante y reiterada.

Esta puntualización es importante, porque a lo largo de la infancia y la adolescencia se pueden dar situaciones en la que los menores se comportan de esta manera de forma puntual y excepcional.

Lo que no quiere decir que nos encontremos ante un caso de maltrato hacia los progenitores.

Todos en algún momento de nuestra vida nos hemos dejado llevar por un enfado mostrando respuestas agresivas y que han dañado a otro.

Este hecho no implica que nos hayamos convertidos en maltratadores.

Simplemente que nos hemos visto sobrepasados por la situación y no hemos encontrado los recursos adecuados para afrontarla de otra manera.

Cuando este suceso se convierte en constante, en rutina, y las agresiones verbales, físicas o psicológicas son la única forma que tenemos de afrontar los conflictos, los problemas o de conseguir aquello que se desea,  es cuando podemos hablar de violencia.

Posibles causas

Debemos tener en cuenta que estas posibles causas no son condición indispensable para que aparezca la violencia filio-paternal. Simplemente han de tomarse como características que suelen aparecer.

Hasta hace no mucho se culpabilizaba de esta situación a los padres, a aquellos que son las víctimas.

Afortunadamente ahora se ha ampliado la visión y se ha observado que hay múltiples factores que pueden influir.

Es importante tener en cuenta los factores familiares, puesto que es el principal entorno en el que se relacionan los menores, pero también pueden influir otros factores sociales

Causas familiares

Podemos encontrarnos con familias que, por determinados factores (trabajo, sobrecarga, dificultades personales y emocionales) han realizado unas funciones familiares deficitarias llegando incluso al abandono.

También nos podemos encontrar con situaciones en las que la sobreprotección del menor y una sobre exigencia hacia el o ella se dan de forma paralela.

Hábitos familiares donde la escasez de tiempo, la autoridad desdibujada y la permisividad están presentes en el día a día.

Causas sociales

Nos encontramos en un momento social donde el sentimiento de culpa está desprestigiado y se alienta el consumismo, la gratificación inmediata y el hedonismo.

Características que son un caldo de cultivo para que proliferen conductas en las que lo que más nos interesa es nuestro bienestar, le pese a quien le pese.

Esto a su vez provoca una falta de empatía constante en todas nuestras relaciones.

Características de los menores

Los niños y niñas que ejercen violencia hacia sus padres, suelen tener una serie de características en común.

Como hemos dicho antes, no quiere decir que estas características sean condición indispensable y que si aparecen, sí o sí, el menor terminará teniendo estas conductas agresivas.

  • Son niños o niñas que desde pequeños suelen insultar y mostrar conductas de desafío hacia adultos o figuras de autoridad.
  • Ejercen el control con sus exigencias y no suelen atender a normas ni a límites.
  • Pueden mostrar una elevada insensibilidad y ausencia de consciencia de lo que está bien o está mal.
  • No muestran sentimientos de vinculación moral o emocional hacia sus padres, familiares o amigos.
  • Les cuesta responder de forma positiva a las pautas educativas.
  • No suelen aprender de los errores, ya que les cuesta asumir su parte de responsabilidad en ellos.
  • Buscan su propio beneficio sin atender a las necesidades o peticiones de los demás.
  • Presentan bajos niveles de empatía y dificultades para desarrollar sentimientos de culpa.

¿Qué podemos hacer para prevenir?

Debemos ser conscientes que la mejor forma de prevenir cualquier tipo de conducta que pueda ser contraproducente es a través del ejemplo.

Revisar nuestros propios comportamientos y actitudes nos puede ayudar mucho a la hora de transmitir a los niños y niñas como queremos que se comporten.

  • Actuar de forma no violenta, ni verbal ni físicamente y mostrar nuestra inconformidad ante la presencia de actos violentos.
  • Trabajar en una educación emocional individual y familiar. Una buena manera es a través de compartir lo que estamos sintiendo, expresando nuestras emociones.
  • Ofrecer una educación en valores, moral y ética.
  • Facilitar a nuestros hijos e hijas herramientas y recursos de autocontrol, capacidad de esfuerzo, tolerancia a la frustración y resolución de conflictos.

Desde una comunicación clara, estable y sincera podemos prevenir que en un futuro nuestros hijos e hijas tengan comportamientos agresivos hacia nosotros, hacia otros o hacia ellos mismos.

Descubrir que estamos en una situación en la que sentimos que el control se nos está escapando de las manoses duro y doloroso.

Lo más sano para todas las partes implicadas y afectadas es pedir ayuda a aquellos que nos rodean o a un profesional.

Todos tenemos aspectos en los que podemos crecer y mejorar y con ayuda siempre es más fácil.

Si este es tu caso, no dudes en acudir a Quiero Psicología. Podemos ayudarte y proveerte de las herramientas necesarias para gestionar esta situación. Si realmente es insostenibles, podemos aconsejarte sobre recursos a los que puedes acudir.

¿Crees que estás deprimido o “sólo” sientes que estás triste?

Hace unos meses, comentábamos en otro post, Salud mental y Covid, la importancia del cuidado de la salud mental en tiempos de pandemia.

En las últimas semanas, se ha hablado mucho de la salud mental, específicamente de la falta de ella a raíz de todo lo experimentado en el 2020.

Desde Quiero Psicología creemos que esto tiene dos lectura: por un lado es lamentable que solo en circunstancias tan extremas se hable de algo que es un pilar fundamental para el bienestar de todo ser humano.

Por otro, al menos se ha puesto el foco en el cuidado y la atención que nuestra salud mental necesita.

No ahora, siempre.

Tendemos a preocuparnos mucho más por nuestra salud física que por la mental dando por sentadas demasiadas cosas que no siempre son positivas.

Como que siempre tenemos que sentirnos felices.

Que si me echo a llorar mientras como o paseo, no pasa nada.

O que pasar el poco tiempo que tengo libre engullendo series es normal.

Pues bien, ninguno de estos síntomas (sí, síntomas) son buenos.

Muy al contrario, son farolillos rojos a los que deberíamos prestar atención.

Puede ser que estemos pasando por una época más triste y está bien.

Pero quizás lo que estos farolillos nos cuentan es algo más profundo.

Es importante diferenciar entre tristeza y depresión.

¿Sabrías hacerlo?

Si no lo tienes claro, te vamos a dar algunas pistas para que entiendas esas diferencias:

La tristeza es un estado de ánimo.

Es algo pasajero, una emoción, por definición no suele mantenerse mucho en el tiempo.

Cuando estás triste, puede suceder que te falte motivación, que no tengas ganas de hacer nada.

Quizás dejes un poco de lado a tus amigos y amigas, centrando tus relaciones en tu círculo más íntimo, aquellos con quienes compartes las cosas realmente importantes, los hombros en los que llorar.

Cuando estás triste, parece que todo cuesta más.

Tal vez notas que vas más despacio, pero sigues adelante.

No vamos a entrar a valorar los motivos por lo que estás triste, que, obviamente, pueden ser muchos y muy diversos, lo importante es que cuando te sientes así, sigues pudiendo disfrutar.

Te ríes de los chistes, puedes hacer planes de futuro, eres capaz de interpretar tu tristeza como algo que pasará.

Te sigue apeteciendo ir al cine, o a cenar o salir de cañas.

Quizás te cueste ponerte en marcha, pero, cuando lo haces, lo pasas bien.

La depresión, sin embargo, es un trastorno, una enfermedad.

Si la depresión no se trata, puede llegar a convertirse en crónica.

Cuando la tristeza se mantiene de forma constante y bien definida durante un período largo de tiempo (6 meses, por ejemplo), podemos sospechar que estamos ante una depresión.

La abulia (pasividad, desinterés o falta de voluntad según la RAE) se hace persistente, cuando estás deprimido o deprimida, la vida te supera.

No eres capaz de llevar una vida “normal”, dejas de realizar cualquier actividad que suponga un esfuerzo y todo te lo supone.

También aparece o puede aparecer una sensación de cansancio constante que, curiosamente, suele ir asociada a insomnio o a una calidad de sueño muy pobre (te despiertas mil veces, tardas mucho en dormirte y te levantas más cansado que antes de acostarte).

El aislamiento va aumentando poco a poco, prefieres estar solo antes que compartir tu pena o relacionarte con nadie más.

Cualquier interrelación social se convierte en un peso, en algo que te cuesta enormemente, por lo que prefieres ir espaciando esa interacción hasta llegar a no salir de casa prácticamente para nada o nada en absoluto.

Es como si la depresión se fuera apoderando de ti.

Alteras tus rutinas, cualquier compromiso, por agradable que fuera en un principio, se convierte en un ejercicio agotador, como subir el Everest.

Incluso ir a trabajar te cuesta.

Das tantas excusas como puedes para mantener ese aislamiento que parece que es el único formato en el que encuentras algo de paz.

Lenta y progresivamente, el pozo en el que sientes que estás se hace más y más profundo.

Desaparece el interés, el deseo, la esperanza.

No eres capaz de ver otro futuro que el momento en el que te encuentras.

Vivir te agota y te supera.

El cuerpo comienza a responder a esa falta de estímulos.

Aparecen dolores musculares, de cabeza, mareos, etc.

Si te animas a ir al médico, probablemente te dirá que no te pasa nada, que estás perfecto, que no hay nada de lo que preocuparse.

Pero no dejas de sentirte mal.

Poco a poco, parece que tu organismo se ralentiza.

Te mueves como a cámara lenta.

No es solo tu cuerpo el que va al ralentí: tu cerebro también parece que está de vacaciones.

Concentrarte en algo es un suplicio, ordenar o planificar es un esfuerzo titánico.

Cometes pequeños fallos prácticamente a diario y cada vez son más y más importantes.

No eres capaza de ver nada positivo a tu alrededor.

Todo está mal y va a ir a peor.

Sientes que no tienes control sobre absolutamente nada en tu vida.

Ni siquiera tu cuerpo o tu mente.

Progresivamente, conseguir salir de la cama es cada día más dificil.

No entiendes para qué tienes que hacerlo.

Si te encuentras en la situación que te describimos o si te reconoces en alguno de los síntomas, escríbenos.

No esperes, observa lo que sientes y lo que estás experimentando.

Normalmente no nos damos cuenta de lo deprimidos que estamos hasta que lo estamos mucho, cuanto más tarde, más te va a costar reponerte.

En Quiero Psicología te ayudamos a mejorar, te escuchamos y te proveemos de herramientas para que aprendas a gestionar la tristeza.

Estás a un solo clik de comenzar a cambiar.

Las relaciones en la era digital

Vivimos en la época del “aquí y ahora”.

De la inmediatez, del consumismo y las relaciones digitales.

Es un tema del que ya hemos hablado en otros términos en nuestro post «El amor en el siglo XXI».

Tenemos acceso a cientos de aplicaciones para conocer gente, publicar información o compartir cómo nos encontramos.

Con un simple movimiento de manos podemos hacer match con diferentes personas, conseguir plan para el fin de semana, y quién sabe, incluso encontrar pareja.

Sin embargo, esta sobreestimulación puede llevarnos a descuidar nuestras relaciones, afectando a la forma en que nos comunicamos.

El hecho de contar con tanta oferta convierte las relaciones en una especie de mercado.

Accedemos a un amplio escaparate de personas donde elegir.

Las nuevas tecnologías han eliminado barreras físicas entre nosotros, pero, ¿realmente están favoreciendo la comunicación? ¿acaso no están fomentando una sociedad cada vez más individualista?

Si alguien nos gusta, solo tenemos que deslizar a la derecha, si no nos llama la atención, deslizar a la izquierda.

Con un sólo movimiento podemos encontrar a numerosas personas a través de estas aplicaciones.

Es más, si no queremos saber nada más de alguien, es suficiente con borrar su contacto o bloquear su perfil en nuestras redes.

Lamentablemente, estas prácticas son cada vez más frecuentes y están claramente identificadas:

Ghosting

Llamamos ghosting (derivado de ghost del inglés, fantasma) a la práctica de eliminar toda comunicación sin aviso previo, llegando incluso a borrar el teléfono de contacto, dejando de seguir a esa persona por redes sociales, bloqueándola, etc.

La persona en cuestión, quien te hace ghosting, desaparece de tu vida sin justificación aparente.

Quienes utilizan esta táctica se caracterizan por no comunicar sus intenciones y sentimientos de una forma clara y concisa. Prefieren evitar decir cómo se sienten, bien por falta de estrategias de manejo emocional o por falta de habilidades sociales.

Deciden cortar directamente y que sea la otra persona quien asuma que la relación ha finalizado.

Si eres tú quien está sufriendo esta práctica, ante esta situación inesperada y la falta de información, es normal que te surjan preguntas:

¿Habré hecho algo que le haya molestado?

¿Será mi culpa?

¿Le habrá pasado algo?

Orbiting

El orbiting (del ingles to orbit, orbitar) se diferencia del ghosting en que la persona que deja la relación mantiene el contacto de forma virtual a través de las redes sociales.

La comunicación se interrumpe bruscamente y sin motivo aparente, igual que en el ghosting, no responde a los mensajes, etc. pero a la vez, y paradójicamente, comenta tus stories o da “like” a tus publicaciones.

De ahí su nombre, es como si estuviesen orbitando alrededor tuyo de una forma ambigua e incoherente.

En lugar de desaparecer y poder asumir que esa persona ya no va a estar más en tu vida, esta práctica te genera más incertidumbre y hace mucho más difícil el proceso de duelo.

Es normal que quienes hayan sufrido estas conductas tiendan a justificar la actuación de la otra persona con excusas de todo tipo.

Resulta muy complicado comprender un comportamiento tan contradictorio, mejor me busco una explicación que me pueda creer.

¿Qué puedo hacer si me han hecho ghosting u orbiting?

En primer lugar, debes tener claro que no es tu culpa. Si te han hecho ghosting no es porque hayas hecho algo mal.

No es fácil tolerar la incertidumbre.

Tendemos a buscar cualquier explicación que encaje en lo sucedido, aunque no sea válida ni real.

Lo que intentamos es reducir nuestra ansiedad.

Así, ante la total falta de información, tendemos a buscar un comportamiento causal, buscar el culpable de que la relación haya finalizado.

¿Por qué habrá desaparecido?

¿Le habrá pasado algo?

¿Le molestó algo que hice?

A veces la falta de respuesta ya es una respuesta en sí.

Lamentablemente no es la más adecuada.

Este comportamiento solo nos indica que el otro o la otra no tiene la suficiente madurez emocional como para hacer frente a una relación ni para asumir responsabilidades afectivas.

La responsabilidad está en quien corta la relación sin previo aviso, nunca en la persona que lo sufre.

Ante el orbiting, es normal que aparezcan pensamientos del tipo “pero si no estuviese interesada no me hablaría por redes”.

Es cierto, la otra persona parece tener interés, pero no al mismo nivel.

Parece que él o ella no es capaz de mantener una relación comprometida y mantenida en el tiempo.

No es porque no tú seas lo suficientemente valioso o valiosa.

Es el otro quien carece de las herramientas necesarias para mantener una relación estable.

Tampoco es capaz de gestionar las rupturas.

Probablemente se sienta terriblemente incómoda o incómodo al hablar de sus emociones o sentimientos.

Es muy probable que actúe así como norma, no es nada personal para contigo.

Estos individuos que experimentan dificultades para mantener lazos afectivos, muestran una tendencia evitativa.

Evitan situaciones comprometidas o delicadas.

Se trata de un mecanismo de defensa ante los vínculos sociales.

No tienen, por el motivo que sea, las habilidades necesarias para hacer frente a estos momentos.

Una «herramienta» muy recomendable es asumir que quien te hace ghosting, orbiting o cualquier otro palabro similar, lo hace en base a un patrón de comportamiento suyo.

Tú no eres responsable de que corte sin previo aviso el contacto.

No tienes la culpa de que actúe de una forma ambigua, como dando rodeos.

Tampoco has hecho nada para merecer que te traten así.

Puede ser complicado darse cuenta de lo que está sucediendo.

Suele llevarnos un tiempo aceptar que es eso lo que está pasando y, una vez aceptado, nos toca trabajar la pérdida y la tristeza que llegan de la mano.

Querer solo cuando a la otra persona le conviene no es bueno para ti, genera más incertidumbre y ansiedad.

Es importante ser conscientes, en la medida de cada uno, de nuestros sentimientos, acciones y de la forma en que afectan o repercuten en los demás.

Responsabilidad afectiva

La responsabilidad afectiva consiste en tomar conciencia de nuestro comportamiento y empatizar con las consecuencias que éste puede tener en la persona o personas con las que mantenemos algún tipo de relación.

No importa que esta relación sea esporádica, que no tenga etiquetas o que acabe de empezar.

Cualquier vínculo afectivo genera una serie de emociones en todas las partes implicadas, somos seres sociales por naturaleza.

Realmente, no es tan complicado ser una persona afectivamente responsable:

Atiende a tus emociones.

Sentir nos hace humanos, no es peligroso.

Tu identidad no va a cambiar por estar en una relación ni tienen por qué hacerte daño.

Permitirte experimentar y expresar tus emociones te facilitará enormemente crear y mantener relaciones duraderas.

Pregúntate qué tipo de relación quieres establecer.

Hasta que no tengas claro lo que quieres, no podrás expresarlo adecuadamente.

Si no lo tienes claro, exponlo con honestidad, date tiempo y permite que la otra parte sepa lo que puede esperar.

Pide y pregunta, es tu derecho.

Sé empático.

Piensa en cómo puede sentirse la otra persona ante tu falta de respuesta.

Cuando no tenemos capacidad de predecir lo que va a pasar o estamos pendientes de una respuesta que nunca llega, es normal experimentar ansiedad.

Si tú no quieres sentirla, intenta no provocarla en los demás.

Sé asertivo.

Una ruptura puede ser dolorosa, pero puedes ayudar a que sea lo menos dolorosa posible.

Es importante comunicar cómo te sientes desde el yo: “siento que siempre soy yo quien propone planes”, “me gustaría que no nos viéramos más”, «esto no es lo que quiero«, etc.

Claramente, parece mucho más sencillo señalar a los demás: “eres muy pesado, me estás agobiando” o “eres un egoísta”.

Obviamente, esto no son soluciones para un problema afectivo más profundo, pero sí que son ideas que te pueden ayudar a identificar el lugar en el que te encuentras.

Si sientes que alguna de estas ideas te suena conocida, crees que te cuesta establecer vínculos afectivos o asumir el fin de una relación, en Quiero Psicología estaremos encantadas de escucharte y ayudarte a encontrar soluciones.

eutanasia, muerte digna

El derecho a morir dignamente.

El 24 de marzo se legalizó la eutanasia activa en España, una ley que entrará en vigor a partir del 25 de junio del 2021.

Con esta nueva ley, la eutanasia se convierte en un derecho individual que nos permite decidir sobre cómo queremos morir.

Hasta ahora este hecho se contemplaba solo cuando se activaba el protocolo de “Muerte Digna”.

Hay algunas las diferencias entre estos dos conceptos:

La ortonasia o muerte digna habla del derecho que tiene toda persona, un paciente terminal especialmente, de morir dignamente.

Esto implica que puede elegir no ser sometido a prácticas que invasivas (cirugías, hidratación, alimentación o reanimación por vía artificial) al no garantizar una mejora y por generar más dolor y padecimiento.

La muerte digna permite que el proceso de la muerte fluya de manera natural, sin bloquearlo, detenerlo o retrasarlo.

Es un acto pasivo, se deja morir.

La eutanasia es un proceso activo, en el que una tercera persona hace algo que pone fin a la vida de la persona que está sufriendo por la enfermedad que padece.

Una opción es que un profesional sanitario administre al paciente alguna sustancia.

La otra es que un profesional sanitario prescriba esa sustancia y que sea el propio paciente quien se la auto administre.

En ambos casos, la muerte se produce de manera directa e intencionada.

Es necesaria una petición informada, expresada y mantenida en el tiempo por esa persona.

Se lleva a cabo en un contexto de sufrimiento debido a una enfermedad o padecimiento incurable que la persona experimenta como incapacitante y que no ha podido ser mitigado por otros medios.

Lo que se pretende es que quien está padeciendo deje de sufrir y que se desencadene la muerte de la forma más rápida y menos dolorosa posible.

Defensores y detractores

La eutanasia genera mucha polémica.

Quienes la defienden, la consideran como el derecho de todo ser humano a morir dignamente.

Defienden el derecho de los enfermos y las enfermas que no van a curarse, a evitar el sufrimiento.

El derecho de cualquiera que no quiere seguir viviendo sin un mínimo de calidad de vida.

Las voces que están en contra, consideran la eutanasia un crimen.

Un atentado hacia una persona que seguiría viviendo si no fuese por la intervención activa de una tercera persona.

Si lo vemos desde los ojos y la experiencia de una persona enferma y que sufre sin esperanzas de mejora, quizás tengamos una perspectiva más realista.

Decisión vital

Mucha gente tiene muy claro que no quieren vivir sin un mínimo de calidad.

Sobre todo en lo que afecta a la salud y a la capacidad de relacionarse y/o interactuar con el mundo.

Otras personas no se plantean este hecho hasta que no se encuentran en una situación de enfermedad crónica.

O hasta que alguien muy cercano se plantea la posibilidad de la eutanasia.

Hasta que no vemos que nuestra vida se convierte en una tortura, es muy probable que ni siquiera nos planteemos hacer nada al respecto.

Cuando alguien toma una decisión de este tipo, suele ser porque el sufrimiento es tan grande que no puede seguir viviendo como lo hacía antes.

No tiene porqué tratarse de un impedimento físico constante, puede ser un dolor aleatorio que te deje fuera de juego, la pérdida del control de tu cuerpo, la dependencia al 100% de otras personas.

Las motivaciones, deseos o inquietudes se ven limitadas por la enfermedad.

Son situaciones en las que el objetivo de la vida desaparece.

Vivir no es un incentivo.

Seguir vivo se convierte en un castigo para uno mismo y para otros.

Puede suceder que las funciones vitales sigan activas.

Lo más probable es que se vean limitadas o se desarrollen gracias a medios artificiales que la persona enferma entiende como un alargamiento de la vida con sufrimiento y padecimiento.

Tomar una decisión de este calibre implica muchos momentos de reflexión.

Sopesar sus consecuencias: el abandono de la vida, el sentimiento de fallar a tus seres queridos para los que eres importante.

Acompañar en el proceso

Si es alguien cercano quien ha tomado esta decisión, nuestro papel, el más importante es acompañar en el proceso.

A pesar de ser una decisión voluntaria, intencionada, pedida, informada, etc. no deja de ser un momento doloroso y difícil en el que pueden aparecer dudas, miedos e inseguridades.

Acompañamos en este proceso para que el final de la vida de esa persona querida sea lo más pleno posible.

Sintiendo que la decisión que ha tomado está bien.

Sin juzgar.

Mostrando afecto, cariño, amor.

Es un proceso en el que debemos acompañar de la manera que la persona enferma desee, tan bien como seamos capaces.

Es evidente que en este acompañamiento podemos experimentar miles de emociones contradictorias.

Miedos que no sepamos cómo llevar.

Dudas que no sepamos resolver.

No deja de ser una situación nueva y bastante única.

Vivir este proceso solos puede ser duro.

Quizás nos resulte abrumador.

Incluso podemos sentir que nos sobrepasa, que no podemos responder a las demandas de nuestro ser querido como desea o necesita.

En esos momentos es importante recordar que no estamos solos.

Seguro que podemos contar con el apoyo de otros familiares o amigos.

Si te encuentras en una situación como esta y sientes que te desbordas, puedes acudir a un profesional de la psicología que pueda ayudarte a entender lo que estás sintiendo.

Gestionar tus emociones, entenderlas y darles el espacio que merecen es fundamental.

En Quiero Psicología te escuchamos y te damos herramientas que te ayuden a entender lo que estás sintiendo.

Estamos solo a una llamada.

cuidado de mayores

Nuestros mayores y la pandemia.

Tras más de un año de pandemia, seguimos envueltos en una dinámica que nos obliga a estar alerta a muchos niveles.

Aparecen nuevos términos asociados al Covid, como la “fatiga pandémica”.

Es esa sensación de agotamiento que estamos viviendo tras mucho tiempo sosteniendo la incertidumbre, la alerta y todo lo que envuelve a la pandemia.

A cada uno le afecta de una forma u otra. Cada experiencia es única y personal.

Hoy queremos hablar de una población que ha sufrido especialmente esta experiencia.

Una población que sigue siendo la más vulnerable, la que más precauciones sigue necesitando tomar.

Hablamos de las personas mayores.

Nuestros mayores están padeciendo de forma directa y mucho más grave que otros grupos de población todo lo referente a la pandemia.

La reducción del contacto social y físico ha sido una de las primeras restricciones que se aplicaron y que se han mantenido firmes.

Las visitas a nuestros abuelos y abuelas en las residencias, prohibidas.

Ir a casa de la tía los domingos, prohibido.

Pasar la tarde con tu madre, prohibido.

El alimento que son los abrazos, los besos, la interacción social, prohibido.

Esta situación ha generado un aislamiento que nuestros mayores pueden intentar cubrir a través de videollamadas.

¿Te has parado a pensar lo importante que puede ser para ellos recibir una llamada, aunque sea breve?

La pandemia también se llevó por delante los Centros de día, los polideportivos, las clases y los talleres que nuestros mayores solían disfrutar y aprovechar.

Si eres joven, tendrás muchas opciones para entretenerte.

La universidad, clases, trabajo, gimnasio, bares, etc.

Las personas mayores podían estructurar su rutina incluyendo clases de informática o talleres de pintura.

¿Qué ha pasado cuando todo estaba cerrado?

¿Qué han hecho nuestros familiares con todo ese tiempo para llenar?

La falta de actividades ha fomentado el sedentarismo y el aburrimiento.

Muchos de nuestros familiares han comenzado a experimentar ansiedad y una profunda tristeza. La monotonía del día a día puede ser peligrosa si no les ayudamos a sobrellevarla.

El autocuidado personal como el uso de la mascarilla, gel desinfectante o mantener las distancias, supone estar pendiente todo el tiempo para no cometer errores que te pongan en peligro ni pongan en peligro a los demás.

Esto genera mucha inseguridad y puede llegar a suponer un peso agotador para cualquiera.

Prestar atención a que los demás también se cuiden y que si se acercan a ti lo hagan con garantía de que lo hacen genera mucha tensión y miedo.

Saltan un montón de preguntas que no tenemos tiempo ni de formular.

¿Habrá estado con muchas personas antes de venir a verme?

¿Se habrá lavado las manos al entrar a casa?

¿Por qué no se coloca bien la mascarilla?

A toda esta tensión diaria, podemos sumar la que les vamos poniendo nosotros cuando les llamamos o hablamos con nuestros mayores: “ten cuidado como pilles el virus puede ser muy peligroso” “deberías no salir a la calle ni recibir visitas” “las personas mayores tienen menos probabilidades de sobrevivir”, etc.

Ahora, imagina estar escuchando todo el rato este tipo de frases.

Encender la televisión y ver la cantidad de noticias que te recuerdan la peligrosidad y letalidad del virus a partir de cierta edad.

Todo esto genera en las personas mayores miedo.

Un miedo que se traduce en elevados niveles de ansiedad que suele venir acompañada de una sensación de aburrimiento y que mantiene y aumenta la cantidad de pensamientos rumiativos negativos.

Todas estas sensaciones y pensamientos generan malestar, sensación de desamparo, soledad e inutilidad.

La aparición y la suma de todo esto incentiva e incrementa cualquier sintomatología preexistente, no sólo física sino también psicológica.

¿Cómo puedes ayudarles?

Lo primero es ser conscientes de la situación que viven, ponernos en su piel y no ignorar su malestar.

Hacernos cargo como sociedad y como familiares.

Hablar con ellos por teléfono o video llamada, especialmente en momentos concretos del día como la tarde o la noche.

Preguntarles cuándo se sienten peor para acompañarles, aunque sea a través de las pantallas.

Según el caso, facilitarles el uso de alguna plataforma con la que contactar no sólo por voz sino por imagen puede hacerles sentir aún más cerca a las personas.

Darles mensajes de esperanza, de responsabilidad, pero también de certeza.

Ya se está vacunando a muchos de nuestros mayores y la situación y la tensión a la que se han visto sometidos, se irá relajando poco a poco.

En cualquier caso, podemos y debemos darles seguridad.

La vacuna no va a reparar su mundo emocional que ha quedado tocado. Necesitan recuperar su vida «normal» y debemos estar ahí para apoyarles en el intento.

Crear temas de conversación que no giren en torno a la pandemia y lo desastroso o difícil que está siendo todo.

Ellos y ellas ya lo saben y no es necesario desahogarnos con ellos y hacer que se preocupen más aún.

Tampoco es necesario mentir, pero debemos tener en cuenta que su cuidado y su salud mental son prioritarios.

Cuidarlos implica saber que, en este momento, no son nuestro paño de lágrimas ya que puede generarles aún más impotencia y malestar.

Es importante facilitarles actividades que puedan hacer a nivel individual.

Sopas de letras, puzzles, películas o series si tienen la opción, música o radio, libros, manualidades, etc. para que puedan pasar el tiempo.

Planificarles tareas para hacer deporte que puedan hacer sin dañarse.

Ejercicios sencillos y simples pero que les hagan mantenerse activos.

Técnicas de relajación y meditación a través de audio o vídeo o incluso vía teléfono para guiar paso a paso y hacerlo en compañía.

Acompañarles en la medida de lo posible y compartir el proceso, mostrando interés por lo que están haciendo.

Hacer visitas con todas las precauciones a menudo, para que, aunque sea breve, sientan el calor humano.

En el mejor de los casos, poder hacer turnos para convivir durante unos días o el fin de semana teniendo en cuenta las medidas de protección necesarias.

Utilizar elementos de higiene diferenciados e incluso mantener la mascarilla a pesar de estar juntos solo unas horas.

Hay que tener en cuenta también que puede que muchos familiares, amigos o vecinos hayan sufrido la peor de las consecuencias del Covid-19 como puede ser secuelas graves o incluso la muerte.

Perder a gente a su alrededor o contemplar la posibilidad de ser uno de ellos, genera mucho miedo y tristeza.

Es importante ayudarles a elaborar el duelo y acompañar en este proceso.

En los casos que sea necesario, aportar ayuda psicológica puede ser una opción acertada.

Si ha habido ingresos y han tenido que pasar ese período en soledad, aislados en un hospital, esta situación puede dejar secuelas que también hay que atender y escuchar.

Puede que estén algo más irritables en ocasiones, testarudos y testarudas, que se quejen constantemente, etc., como todos.

Se trata de comprender las pocas opciones que tienen y las limitaciones sociales y de salud que la pandemia y toda esta situación les ha creado.

Lo que hemos hablado de cómo les afecta todo esto.

Necesitan sentir que validamos sus emociones y no reñirles.

Escuchar y permitir la ventilación mental más que el rechazo será un soplo de aire fresco para ellos y ellas.

Si se te ocurren otras formas, serán bienvenidas y la propia persona mayor te lo agradecerá. Validar su etapa vital y darles cuidado propiciará que esta pandemia pase con más estabilidad y bienestar.

No seamos egoístas y cuidemos a las personas que tanto nos ha dado y que aún tiene mucho que ofrecer.

Si eres una persona mayor que necesita desahogo, te escuchamos.

También te podemos ayudar si cuidas de alguno de tus mayores y no sabes gestionar alguna cosa.

En Quiero Psicología ofrecemos terapia individual tengas la edad que tengas y con las precauciones necesarias para estar en un espacio seguro.

salir del armario

¿Por qué no salgo del armario?

En una sociedad donde impera “la presunción de heterosexualidad”, o lo que es lo mismo, esperar que si eres chico te van a gustar las chicas y si eres chica te van a gustar los chicos, puede generarte un conflicto el asumir que a ti te puede atraer alguien de tu mismo género.

Muchas personas viven en el armario durante tiempo indefinido, preocupadas por el qué dirán.

Viviendo una mentira, de cara a la galería, encajando en lo que se espera de ellos.

La vida dentro del armario es una tortura.

¿Cómo descubrirme a mi mismo/a?

Redescubrirte es aproximarse a ti mismo, a ti misma.

Es estar más cerca de conectar con tus necesidades reales.

Metafóricamente imagina que eres una cebolla.

Cada vez que te redescubres, te quitas una capa y otra capa, hasta llegar a lo que te mueve y te impulsa de verdad.

Estas capas son tan opacas y tan pesadas que solapan tus deseos.

Las capas son tan impuestas, que no te permiten someterlas a juicio y desarrollar un pensamiento crítico.

Las capas vienen de aquellos que más te quieren por lo que las asumes como parte de ti.

Pueden ser comentarios de tu familia como: “María, ¿ya tienes novio?”, “con lo guapo que eres, seguro que tienes a todas las chicas detrás”, “¿cómo que lo has dejado con Carlos, Irene? Hacíais una pareja estupenda”.

También pueden ser mitos familiares y culturales: “el ideal de vida de una mujer es casarse con un hombre y tener hijos”, “un hombre tiene que ser protector y encargarse económicamente de su familia”.

Precisamente porque son impuestas, no tienes la obligación de identificarte con ellas ni de cumplirlas punto por punto.

¿Cómo averiguar qué necesitas?

Detectar, cuestionar y romper con todo esto que llevas asumiendo consciente o inconscientemente durante toda tu vida no es tarea fácil.

La primera batalla consiste en aceptar lo que está pasando.

¿Sueles cuestionarte lo que piensas, lo que sientes o lo que haces?

¿Te planteas si realmente te gusta o lo que sucede es que estás confundido/a?

¿Sientes que una amiga te atrae, pero no te lo reconoces y dudas de ti?

¿Cuando piensas que te puedes gustar alguien de tu mismo género, te avergüenzas?

El primer paso es aceptar lo que estás sintiendo y lo que está pasando.

Para poder hacerlo, es muy importante que detectes cuáles son tus capas y qué es lo que está detrás de eso realmente, teniendo en cuenta que tienes derecho a sentir lo que sientes.

Sea lo que sea.

Una vez que has aceptado como parte de ti esos sentimientos y te identificas con ellos, viene la segunda batalla:

Reafirmarte en lo que eres de cara a los demás.

¿Siendo mujer, te gustaría contarle a tu familia que tienes una relación con una chica?

¿Siendo hombre, te da miedo que tus amigos te rechacen porque ahora estés con un chico?

¿Qué puedes hacer?

1. Tienes derecho a sentir lo que sientes y a ser cómo eres.

Tú eres el único, la única que puede ocuparse de ti, de escuchar y atender tus necesidades, y tienes derecho a hacerlo.

Eres la única persona responsable de tu vida, y es contigo con quien vas a pasar el resto del tiempo.

Es contigo con quien tienes que sentirte cómodo o cómoda.

Como decía Mecano: «lo que opinen los demás está de más».

2. Es importante que sepas que la respuesta de los demás está fuera de tu control.

A veces esa respuesta puede no ser la más apropiada porque los demás tienen prejuicios, inseguridades e ideas irracionales.

Aunque esa respuesta te pueda hacer daño, tienes que tener claro que forma parte de los demás, no es algo que tú puedas cambiar. 

3. Si alguien decide no acompañarte durante este proceso de tu vida o te rechaza, quizá no sea una persona que merezca la pena tener al lado.

Cuando tomamos decisiones drásticas sobre la forma en que vivimos o sobre lo que hacemos, esto puede suponer un gran descubrimiento.

Un descubrimiento para ti mismo/a cuando haces las cosas que realmente quieres hacer, las que te representan y con las que te identificas.

También un descubrimiento en relación con tu entorno: habrá gente que se alegre por ti y contigo.

Habrá otros que no entiendan lo que está sucediendo pero lo acepten.

Otros ni lo entenderán ni lo aceptarán.

Cualquiera de las opciones es válida para quien elige tomarla.

Es aquello de «quien me quiere, que me siga».

Lo importante es que tu proceso es tuyo y de nadie más.

No puedes vivir tu vida dependiendo de lo que los demás opinen, de lo cómodos que se sientan.

Tu vida es tuya y sólo tienes una.

De lo que se trata es de estar cómodo con quién eres y con lo que haces.

Desde Quiero Psicología entendemos que el proceso de aceptación puede dejar heridos por el camino, ya sea a nosotros mismos o a los de nuestro alrededor.

Si sientes que estás lidiando alguna batalla y necesitas una mano extra, ponte en contacto con nosotras, estaremos encantadas de acompañarte durante este proceso.

sindrome de alienacion parental SAPO

¿Qué es el SAP?

Hace unas semanas, se estrenó en televisión un documental donde Rocío Carrasco contaba los malos tratos que había sufrido durante años a manos de su pareja, el padre de sus dos hijos.

Tras años de silencio, el documental, emitido en prime time, provocó una gran controversia, debates en redes y el posicionamiento de numerosas figuras de todos los ámbitos, incluso de la política.

Al hilo del documental, el término SAP (Síndrome de Alienación Parental) ha saltado a la palestra.

¿Qué significa la alienación parental?

El término SAP fue introducido por primera vez en 1985 por el psiquiatra norteamericano Richard Gardner.

Gardner exponía que los niños podían sufrir este diagnóstico como consecuencia de la manipulación de uno de los progenitores (haciendo hincapié en que en su mayoría eran madres contra el padre) hacia sus hijos para posicionarles en contra del otro progenitor.

Gardner se refería a estas madres como “fanáticas, paranoicas y obsesivas”, describiéndolas como egoístas y manipuladoras.

Consideraba que estas mujeres tenían tal afán de controlar a sus hijos que inventaban características desagradables de sus maridos con el fin de ponerles de su lado en los juicios donde se debatía su custodia.

Gardner aseguraba que incluso en los casos judiciales donde hubiese denuncias por abuso sexual o maltrato hacia los hijos, era el padre quien debía mantener la custodia.

Todo eran invenciones de las madres.

La terapia que Gardner proponía se llamaba “terapia de amenaza”.

Amenazar a las madres con quitarles la custodia de sus hijos e hijas si no retiraban la denuncia contra sus exparejas.

Menuda «terapia».

¿Existe realmente este síndrome?

Este concepto carece de evidencia científica alguna. El síndrome de alienación parental no existe.

Esta supuesta patología es considerada pseudo-ciencia por la OMS.

No está reconocida por ninguna entidad ni organización de salud mental.

En nuestro país, el Consejo General del Poder Judicial desaconseja explícitamente que se utilice en procesos judiciales.

Recientemente el Gobierno ha querido señalar el SAP como un tipo de violencia institucional, incluyéndolo en una ley contra la violencia en la infancia y destacando que no hay evidencia científica alguna de que exista.

¿Por qué se sigue utilizando?

Si buscamos en internet información acerca del SAP,  encontraremos bufetes de abogados ofreciendo asesoramiento para padres (hombres) que se encuentran en trámites de divorcio.

El SAP aparece en escena cuando los y las menores son víctimas colaterales de la pelea de sus padres y suele haber denuncias previas de violencia machista o abuso hacia los menores.

El SAP no deja de ser un claro reflejo y un síntoma más de la sociedad patriarcal.

Este «síndrome» subordina a  las mujeres, las invalida como madres y las deja a ellas y a sus hijos e hijas menores desamparados ante la ley.

Gardner coloca a las madres en la posición de villanas y a los padres en la de víctimas.

Da por falsos los testimonios de los hijos e hijas, anulando sus derechos.

Lo que sí existe: la violencia vicaria.

Cuando una persona pretende anular a otra mediante el sufrimiento de terceros, en este caso los hijos, no estamos hablando de ninguna patología o síndrome, sino de una forma específica de violencia: la violencia vicaria.

La violencia vicaria consiste en “castigar” o hacer daño a alguien a través del daño a terceros, ya sean personas, objetos o mascotas.

Tiene que ser algo o alguien con quien la persona a la que se quiere perjudicar tenga un vínculo afectivo.

Lamentablemente, todos conocemos algún caso en el que un hombre ha llegado a matar a sus hijos sólo para torturar a su pareja o expareja.

Rocío Carrasco era víctima de este tipo de violencia: “te vas a enterar, tus hijos te van a odiar, te voy a hacer la vida imposible”. Le amenazaba su ex.

Cuando este fenómeno aparece en un contexto de violencia de género, donde el hombre juzgado por malos tratos trata de poner a sus hijos en contra de su madre, no se trata de ninguna patología.

Estos hombres utilizan a sus hijos para conseguir más poder y control.

No estamos hablando de un síndrome sino de una instrumentalización.

¿Cómo afecta este fenómeno a nivel psicológico?

Las mujeres se sienten desamparadas e indefensas ante la ley.

Es habitual que estas madres, impulsadas por el miedo a perder la custodia de los hijos e hijas y por la impotencia ante la situación jurídica, se rindan y decidan no denunciar el maltrato o retirar las denuncias si ya las han puesto con anterioridad.

Estas mujeres no solo han de hacer frente a la violencia directa que ya han recibido por parte de su pareja.

Cuando consiguen romper la relación, si hay hijos en común, se ven envueltas en un enrevesado proceso judicial que puede verse influenciado por este tipo de pseudo-fenómenos.

Son cuestionadas como madres por un supuesto síndrome del que no existe evidencia científica alguna.

Esto puede provocar un proceso de revictimización y un aumento de la sintomatología postraumática.

Incluso si la mujer ya está o ha estado en un proceso terapéutico para salir del pozo de la violencia de género. Todo vuelve.

Las emociones, los sentimientos de inferioridad, el miedo.

Por no hablar del daño psicológico que se genera en los menores.

Solo el 3% de los casos de violencia de género terminan en la retirada de la custodia o el régimen de visitas a los padres condenados por malos tratos.

Estos menores han de vivir una situación realmente traumática.

En muchas ocasiones no tienen herramientas para manejar la situación.

Como consecuencia, pueden sufrir estrés postraumático, depresión, trastornos de ansiedad o baja autoestima.

Estas complicaciones pueden dar pie a problemas en el ámbito escolar y a nivel afectivo que pueden mantenerse hasta la edad adulta.

El SAP fue un síndrome inventado con el fin de tapar y tratar de justificar malos tratos y abusos sexuales a menores de edad, aumentando la brecha social que existe entre hombres y mujeres. Una brecha que provoca nefastas consecuencias a nivel social, jurídico y psicológico.

Desde Quiero Psicología, queremos dar visibilidad a estos fenómenos tan comunes e injustamente silenciados donde no solo las mujeres sufren, sino también los menores, a través de conceptos, como el SAP, que realmente no existen.

Solo poniendo el foco en estos procesos y tomando conciencia de esta problemática podremos denunciar las terribles consecuencias que este tipo de conductas acarrean.

Si crees que has experimentado algún tipo de violencia o te identificas con alguna de las consecuencias psicológicas quete mostramos, en Quiero Psicología podemos ayudarte.

teletrabajo pandemia

Teletrabajo = ¿felicidad?

En este último año pandémico, la idea de ir al trabajo ha cambiado para muchas personas.

«Ir al trabajo» se ha transformado en menos tiempo de traslados, comer a diario en casa o pasar más tiempos con tus hijos e hijas.

Ahora sólo tienes que ir de la cama a la silla del ordenador que está a escasos 30 segundos del sofá y a 45 de la cocina.

No tienes que pensar en como vestirte, si no hay videoconferencia puedes estar en chándal o incluso en pijama. Si toca verse a través de la pantalla, sólo necesitas estar en “modo calle” de cintura para arriba.

Nos hemos convertido en bustos parlantes.

Con la panacea del teletrabajo, te evitas el tener que relacionarte socialmente con los compañeros más pesados o con los que no conectas o no te caen bien.

Muchas de las interacciones se limitan a correos con indicaciones sobre las tareas a realizar, consultas y compartir información.

Whatsapp, Telegram y sus emojis hacen que las conversaciones más complicadas se dulcifiquen, con una carita amarilla se «suaviza» cualquier orden.

También puede suceder lo contrario: la comunicación vía emoji puede llegar a ser confusa e inducir a errores o malos entendidos.

Eliges el café o el té rico de casa, sin tener que aventurarte con los del bar o la máquina, en cualquier momento del día.

Se acabó el comer de tupper, un sándwich o el menú del día del bar de al lado de la oficina: ahora comes en tu mesa, comida recién hecha, con tus platos y cubiertos, compartiendo con tu pareja, tus compañeros de piso, etc.

Durante tu jornada laboral puedes hacer tres informes, dos videoconferencias, poner una lavadora, recibir al cartero y el pedido de la compra.

Volver a la silla del ordenador y gestionar asuntos laborales a través del correo electrónico, mantener una conversación telefónica con tu jefe mientras pelas las patatas para la comida o limpias el polvo.

Gracias al teletrabajo, has ganado el tiempo del transporte y lo aprovechas para participar en clases de ejercicio online o aprender un idioma.

Parece que todo son ventajas: aumento de productividad, comodidad, ahorro de tiempo y dinero en transporte, más horas de descanso, etc.

Bastante utópico ¿verdad?

Al principio todo parecen beneficios, pero el teletrabajo tiene trampas ocultas en las que puedes caer sin darte cuenta.

Estas «trampas» pueden provocar un elevado nivel de estrés, la aparición de sentimientos de poca productividad o incluso de disminución de competencias en asuntos en los que antes te sentías apto.

Es la cara B del teletrabajo, no todo va a ser palmadas y unicornios de colores.

Es importante tener en cuenta una serie de pautas para optimizar tu tiempo de teletrabajo y, sobre todo, para que no te devore.

Preparación para teletrabajar.

Cuando se pensaba en las dificultades para instaurar el teletrabajo en España, los expertos se centraban en temas logísticos, protección de datos, recursos informáticos, etc.

El interés se centraba en cómo controlar de manera telemática las cuestiones del día a día que se solucionaban durante la comida o con una pequeña visita al puesto de nuestro compañero.

Se ha visto que estamos sobradamente preparados para solucionar todas estas cuestiones, y se ha hecho de manera positiva gracias a las plataformas de videoconferencias, aplicaciones de mensajería instantánea y una fuerte inversión en herramientas informáticas.

Todas estas cuestiones han hecho que las empresas tengan que adaptarse a los nuevos requisitos empresariales y de derecho laboral y hayan puesto en marcha sistemas para que se haga un uso adecuado de las nuevas tecnologías (registros de horarios, GPS…), para que haya una distribución adecuada de la jornada de cada trabajador.

Han de garantizarse los descansos de aquellos trabajadores que teletrabajan, teniendo en cuenta que no hay mayor disponibilidad horaria por estar “desde casa” y que todos tenemos derecho a la desconexión digital.

El empresario a hacerse cargo de estas cuestiones y preservar los derechos de sus trabajadores.

Hasta aquí, todo bien.

Logística ok.

Ordenadores ok.

Flujo de trabajo ok.

Productividad ok.

Empleados y empleadas ¿ok?

Luces y sombras del teletrabajo.

Suele suceder que seamos nosotros mismos os que vulneramos nuestros derechos.

Lo hacemos cuando ignoramos nuestros descansos y las desconexiones, al realizar gestiones del tiempo en las que dejamos de lado nuestras propias necesidades.

Nos centramos en priorizar la productividad y la optimización del tiempo de trabajo por encima de cualquier otra cosa, incluido nuestro bienestar personal.

Ya que estamos en casa, no nos importa alargar un poco la jornada laboral. Pensamos «es tiempo que antes estaba en el transporte, mejor lo invierto en una hora más de trabajo».

El ordenador se queda encendido y claro, si salta un mail, ¿cómo no vamos a mirarlo?

El problema es que no sólo lo miramos, lo gestionamos y lo contestamos.

Aprovechamos los descansos para hacer labores domésticas. Sí, desconectamos de nuestra tarea laboral, pero el descanso pierde sentido porque seguimos activados.

Queremos exprimir el tiempo y aparece la multitarea.

Esto hace que nuestros niveles de atención disminuyan: no estamos al 100% en nada de lo que hacemos y aparecen los errores.

Evitamos contactos sociales que no nos agradaban, pero también perdemos la coña mañanera con ese compañero que nos saca una sonrisa cada día.

Ya no hay cafés de complicidad con aquel otro al que le contábamos las batallitas del fin de semana.

Desaparece el sentimiento de unidad con el resto del equipo.

Ahora somos elementos aislados.

Esto afecta a nivel emocional, tanto si estás solo en tu casa o la compartes con tu familia o con compañeros de piso.

Somos seres sociales y nos «alimentamos» de la interacción social. Cuando gran parte de esa interacción desaparece, pasan cosas.

Necesitamos una mejor gestión del tiempo.

Nuestra empresa puede hacer todo lo que está en sus manos para que las condiciones del teletrabajo sean las adecuadas.

Nosotros también podemos poner de nuestra parte con una mejor gestión del tiempo y con la optimización del reparto de tareas.

Es imprescindible que distingamos el tiempo de trabajo de la vida familiar o del descanso o el ocio.

Necesitamos espacios y tiempos diferenciados.

Espacio de trabajo.

Debemos diferenciar el lugar de trabajo de nuestro lugar de descanso y ocio.

De esta manera, generaremos estímulos que nos predispongan a concentrarnos únicamente en la actividad que vamos a realizar, es decir, nuestras obligaciones y compromisos laborales.

Si nuestra empresa nos facilita la logística para realizar nuestro trabajo, debemos usarla sólo para trabajar y no realizar ninguna otra actividad con esa equipación.

Si por el contrario debemos usar nuestro propio ordenador, podemos generar una sesión específica para el trabajo desde la que no tengamos acceso a redes sociales, juegos u otras actividades que no estén relacionadas con el trabajo.

Estas diferenciaciones nos ayudarán a separar las dos actividades.

Es importante que nuestro cerebro aprenda a distinguir cuando estamos trabajando y cuando jugando al WOW:

Horario de trabajo

Cuando había que ir a la oficina a trabajar no te llevabas a tu lugar de trabajo las tareas domésticas.

El hecho de que ahora compartas el espacio, no implica que tengas que solapar las actividades en el tiempo.

Márcate unos horarios para realizar las tareas domésticas y no uses tus descansos laborales para “aprovecho y adelanto esto o lo otro”.

Los descansos tienen la función de desconectar de la actividad que estabas realizando con el objetivo de poder volver a centrar la atención de forma adecuada y en niveles óptimos.

Cuando termine tu horario laboral, apaga el ordenador o la sesión específica de empresa. Levántate de la silla y no vuelvas a activar el modo trabajo.

Cada cosa en su sitio y su momento.

Sal de casa.

Uno de los mayores beneficios de trabajar desde casa es que nos ahorramos el tiempo del transporte.

No tener que movernos nos da más tiempo de sueño por las mañanas y la sensación de “no estar perdiendo el tiempo en el trayecto”.

Ojo. No todo son ventajas.

El hecho de no tener que salir de casa también tiene sus «peros»: nos impide cambiar de ambiente; que nos del aire; que desconectemos; tomar algo a la salida con alguno de nuestros compañeros o aprovechar que estamos fuera para realizar alguna actividad de ocio o algún recado.

Justo por esto es muy importante, que, tras tu jornada laboral, te pongas como requisito indispensable salir a la calle, aunque sea a dar la vuelta a la manzana.

Quedándote en casa, te costará cada vez más diferenciar la jornada laboral de las obligaciones domésticas y de los momentos de descanso.

Cuando esta situación se mantiene en el tiempo de forma indefinida, como es el caso, van a aparecer la angustia y el estrés, sí o sí.

Si descubres que estás en esta situación y no sabes exáctamente qué hacer, escríbenos. Te ayudaremos a encontrar la forma de gestionar el estrés para que teletrabajar sea algo más positivo.

¿Cambiar es un imposible?

Si piensas que es muy difícil que las personas cambien, que si alguien lo hace es durante un tiempo determinado o que es inviable modificar ciertos patrones de comportamiento, quizás este post te interese.

El cambio en la conducta puede ser un tema contradictorio.

Hay dos bandos: unos opinan que sí es posible y otros que no.

Lo cierto es que ambas situaciones se dan y que no son excluyentes.

Desde que llegamos al mundo nos vemos envueltos en una serie de rutinas, hábitos y costumbres propias de quien nos cuida.

Estas rutinas son inicialmente la presentación del mundo y de las relaciones y van con nosotros allá donde estemos.

Lo que vamos viendo habitualmente se convierte en algo normalizado. Asumimos que esas son las formas de hacer las cosas o de vivir.

Durante la maravillosa etapa de la adolescencia, se desarrolla nuestra personalidad consolidando aquello que creemos, con un pensamiento más crítico que en comparación a cuando teníamos 3 años.

A partir de aquí hay quienes piensan que ya se terminaron todas las oportunidades para cambiar.

Si esto fuera así, la psicología no tendría sentido y estaríamos abocados al fracaso como sociedad y como personas.

Si NO quieres cambiar, o que NO va a servir para nada el cambio y que es IMPOSIBLE modificar algo, con bastante probabilidad NADA cambiará.

Así de sencillo.

Con estos ingredientes, el resultado será la aceptación de la situación manteniendo todo tal y como estaba.

Si piensas que SÍ te gustaría cambiar algo de ti, que SÍ puedes obtener ventajas tras ese cambio y que a pesar de la poca motivación quieres hacerlo, tienes muchas posibilidades de conseguirlo.

Muchos serán los intentos que habrás realizado para ser “distinto” y cambiar, y muchas habrán sido las frustraciones o las vueltas “a lo mismo”.

¿Esto quiere decir que por más que lo intentes no vas a poder cambiar?

No, en principio, no quiere decir eso.

El cambio no sucede por arte de magia ni existe un remedio eficaz para conseguirlo al instante.

Sin embargo, con los ingredientes adecuados, serás capaz de modificar lo que deseas.

¿Crees que eres la misma persona que cuando tenías 10 años menos?

Probablemente tu forma de pensar, opiniones o incluso gustos, no se mantengan exactamente igual que hace años.

Aprendes, vives nuevas experiencias y adquieres conocimientos que antes no tenías.

Ojo, no se trata sólo de vivir y fluir.

El paso de los años no es motor de cambio en sí mismo. Para cambiar hacen falta una serie de factores:

Cambiar implica motivación y consciencia.

Si no soy realmente consciente de qué quiero cambiar, por qué y para qué quiero hacerlo, el cambio será mucho más fantasioso e inviable.

Imagina que es tu pareja quien te pide que cambies, pero no entiendes realmente qué quiere que modifiques. O, sencillamente, no estás del todo de acuerdo en que seas tú quien tenga que cambiar.

Puede que intentes suprimir una conducta que se supone tienes que cambiar (tu pareja te lo está pidiendo) pero lo consigues durante un tiempo y luego vuelves a las andadas.

El pensamiento que te llega es algo como “no puedo evitarlo, al final, siempre caigo en lo mismo”.

Aquí hay una serie de preguntas que sería conveniente que te planteareas.

  • ¿Te has parado a pensar si realmente quieres cambiar esa conducta o si es una imposición externa?
  • ¿Te obligas a ti mismo o a ti misma a modificar algo sin tener motivos de peso?

Analizar tu conducta te permite valorar desde dónde viene esa petición de cambio y qué consecuencias agradables traerá.

Hacer este análisis tú solo o sola, puede ser complicado.

Quizás necesitas una ayuda externa.

Esta ayuda puede ser un familiar, un amigo o amiga. Alguien con quien te sientas en confianza y que te escuche sin juzgarte.

Tal vez sea el momento de solicitar ayuda de una persona experta.

El ser humano se co-regula con otros y el cambio también necesita tener referencias externas y recibir feedback.

Esto es posible si contrastas la información de fuera, la que te dan los demás, con la de dentro. Que tengas en cuenta lo que te demanda tu entorno frente a lo que tú sientes.

El siguiente paso es el cómo hacerlo.

Tienes muy claro qué quieres modificar y para qué y cómo te podrás sentir si cambias, pero no tienes herramientas para ello.

De nuevo pedir ayuda puede ser un factor clave.

Esta ayuda te va a aportar el apoyo de tu entorno o tener un lugar en el que hablar sobre este proceso de cambio.

Te permitirá observar cómo hacen los demás cuando están en una situación parecida a la tuya.

Aprenderás a mantener la paciencia y a tolerar la frustración ante los intentos sin resultado permanente.

A ser compasivo contigo mismo, aceptando que no es un camino lineal hacia arriba sino una ruta con desniveles, subidas y bajadas que te llevarán a la meta.

La conducta aprendida se puede reevaluar, desaprender y volver a iniciar un aprendizaje diferente.

Cambiar no significa modificar todo de ti.

Se trata de aprender otras formas de gestionarte, otras vías para canalizar situaciones, pensamientos y emociones.

Imagina que eres una persona muy celosa y siempre lo has sido.

Por más que intentas evitarlo, caes en discusiones con tu pareja por tu propia inseguridad.

No se trata de convertirte de la noche a la mañana en alguien que no es celoso o celosa.

Se trata de entender tu conducta. Qué hace que te comportes así. Descubrir de dónde viene esa inseguridad y comprender si los celos son funcionales para ti o no.

Saber si lo son es “tan fácil” como responder estas preguntas:

  • el hecho de que seas una persona celosa ¿tiene consecuencias agradables o desagradables?
  • ¿afectan tus celos a las diferentes áreas de tu vida o más claramente a alguna de ellas?

Hacerte consciente de todo lo anterior, te hará reflexionar y te ayudará a desear modificar estas sensación o consecuencias.

Esto no quiere decir que a partir de aquí sea tarea fácil, pero ya has dado el primer paso, que es el que más cuesta.

Tomar conciencia es fundamental.

Teniendo siempre bien claro que la forma en la que cambies dicha conducta requiere tiempo.

Un patrón tan interiorizado no se modifica con rapidez (o sí, depende de la persona) y esto no significa que sea imposible o que tú no puedas hacerlo.

Es como si acostumbras a conducir un coche y de la noche a la mañana te piden que conduzcas una lancha motora por el mar.

Puedes ser una persona experta en conducir coches y ser nefasta en el mar.

¿Significa eso que no puedes aprender a conducir una lancha?

No. Significa que necesitas aprender a hacerlo, practicar y entrenar hasta dominar la nueva conducta, la forma de conducir una lancha.

Quizás continúes con cierta tendencia a los celos.

Lo más seguro es que, con la intención que tienes de cambiar, puedas aprender a comprenderte y gestionar esas situaciones de otra forma.

Tú solo o sola o con ayuda, pero sí es posible modificar patrones y adquirir unos nuevos.

Ten en cuenta que cambiar una conducta también puede conllevar que vuelvas a equivocarte y tengas que volver a empezar.

Cambiar no es dejar de hacer algo para siempre.

Es tener en cuenta lo que sucede cuando te comportas de cierta forma o piensas de determinada manera y cómo te sientes o haces sentir a los demás con ello.

Es importante tener presente que el cambio comienza por uno mismo.

Aunque veas claro que alguien se está equivocando y haciéndose daño manteniendo un comportamiento determinado y quieras ayudarle, esa responsabilidad no es tuya.

Si alguien no quiere cambiar tú no lo harás por él o por ella.

Si te enganchas a la idea o el deseo eterno de que alguien que te quiere cambiará por ti, puedes correr el riesgo de invertir tiempo y energía en algo que no sucederá nunca.

Una cosa es dar una valoración sobre alguien desde fuera y otra muy distinta imponer a una persona una idea o necesidad tuya.

Si quieres intentar modificar algo, o ya tenías claro que querías hacerlo, pero consideras que necesitas ayuda, en Quiero Psicología podemos trabajar contigo.

Para que entiendas tus “porqués” y tus “para qués” y enseñarte nuevas herramientas que te permitan ampliar tus vías de actuación y pensamiento.