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Sufro de hiponcondría

Todos hemos escuchado noticias o conocemos a personas que han sido diagnosticadas con enfermedades (graves o no) de forma más o menos repentina, incluso personas que han fallecido súbitamente. Esto no solo puede generar mucho malestar al entorno cercano, por el duelo que conlleva, sino que estas historias ponen en relevancia muchas veces nuestra propia mortalidad y vulnerabilidad. Para algunas personas, esto supone un miedo y ansiedad que les interfiere en el día a día, llegando a un nivel que puede ser patológico.

¿Qué es la hipocondría?

En el DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, manual de referencia para los diagnósticos en salud mental), la hipocondría no se considera como un trastorno diagnóstico, sino que se ha redefinido como Trastorno de Ansiedad por Enfermedad. Se caracteriza por una preocupación excesiva y persistente por tener o adquirir una enfermedad grave, a pesar de la ausencia de evidencia médica que lo respalde (incluso tras una evaluación médica adecuada) y generando un malestar significativo. Esto se traduce en interpretar de manera exagerada los síntomas físicos normales o leves como indicadores de una enfermedad grave. Es importante destacar que este trastorno requiere que los síntomas no sean mejor explicados por otro trastorno mental (como el trastorno de pánico o la fobia específica a una enfermedad) y que la preocupación no sea atribuible a una condición médica existente.

Suele comenzar en la adolescencia o adultez temprana, y existe una alta comorbilidad con trastornos de ansiedad y depresión, por el impacto que tiene en el funcionamiento de la persona. Aunque no existe una causa única para la hipocondría, se han identificado algunos factores que pueden aumentar el riesgo de desarrollar este trastorno, como:

  • Experiencias traumáticas previas (enfermedades graves propias o cercanas, pérdidas)
  • Tendencia a la ansiedad o la depresión
  • Historia familiar de trastornos de ansiedad o hipocondría.
  • Rasgos de personalidad o patrón de pensamiento perfeccionistas, obsesivos o controladores

¿Qué síntomas son?

Como hemos descrito, este trastorno psicológico conlleva una preocupación excesiva y persistente por padecer una enfermedad grave, a pesar de contar con evidencias médicas que demuestran lo contrario, lo que se traduce en los siguientes síntomas y características. Es importante tener en cuenta que estos síntomas deben estar presentes durante un período prolongado y causar un deterioro significativo en el funcionamiento diario para cumplir con los criterios diagnósticos.

  1. Ansiedad y Preocupación excesiva y constante por la salud. La ansiedad es una característica principal en este trastorno, junto con la preocupación constante y desproporcionada por su salud, incluso cuando no hay evidencia de enfermedad. Suelen pasar gran parte de su tiempo, obsesionadas con la idea de estar gravemente enfermas, teniendo mucha dificultad para desechar esta idea o gestionar los pensamientos intrusivos al respecto, incluso ante pruebas objetivas de lo contrario. El miedo irracional y persistente a padecer enfermedades graves (letales o crónicas como cáncer, enfermedades cardíacas o trastornos neurológicos, etc.) retroalimenta esa ansiedad.
  2. Interpretación exagerada de síntomas físicos. Existe una hiperactivación y focalización en el cuerpo y las sensaciones físicas y un patrón catastrofista que hace que cualquier pequeña molestia puede ser percibida como una señal de enfermedad grave (por ejemplo, un dolor de cabeza se explica por un tumor cerebral). Esta interpretación distorsionada de los síntomas genera una mayor ansiedad y preocupación, que alimenta el miedo y las búsquedas de atención médica e información.
  3. Búsqueda compulsiva de información y atención médica. Por un lado, suelen pasar muchas horas investigando sobre enfermedades, síntomas y tratamientos en Internet, con un sesgo confirmatorio que hace que destaquen únicamente los diagnósticos de enfermedad grave, alimentando aún más sus miedos y generando un círculo vicioso de ansiedad. Por otro lado, suelen acudir de manera recurrente a médicos, especialistas y servicios de urgencias, realizar numerosas pruebas médicas (incluso a pesar de un resultado previo negativo) y tratamientos (alternativos o convencionales) e incluso cambiar de médico o buscar repetidamente segundas opiniones al no recibir una respuesta que apoye sus creencias.  Aunque no es lo más habitual, existe un porcentaje de personas que recaen en el otro extremo, evitando situaciones médicas a toda costa, por miedo a obtener resultados negativos o por temor a confirmar sus creencias.
  4. Malestar y deterioro en el funcionamiento diario. El estrés y la preocupación constantes, junto con los síntomas anteriores limitan las actividades de las personas (por ejemplo, no viajar por miedo a estar lejos de un hospital), causan dificultades en las relaciones interpersonales (deteriorando la calidad y cantidad de interacciones sociales) y en el mantenimiento de un empleo y rutina estables (faltar por citas médicas recurrentemente).  Todo esto acaba afectando negativamente la calidad de vida de la persona. Principio del formulario

Si crees que estas experimentando estos síntomas, desde Quiero Psicología, estaremos encantadas en ayudarte a gestionar el malestar e invertir en recuperar tu calidad de vida.

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¿Qué significa tener baja autoestima?

Probablemente, hayas escuchado mucho las palabras “baja autoestima” en redes sociales, videos virales y otros post. Aunque se usan con mucha facilidad, seguramente te hayas hecho la pregunta “¿Yo tengo baja autoestima?”. Aquí buscaremos aclararte qué significan realmente todos estos términos y qué implica esto.

¿Qué es la autoestima?

La autoestima es la evaluación subjetiva que una persona hace de sí misma, y tiene una estrecha relación entre la visión que tenemos de uno mismo y la visión que nos gustaría tener. Este concepto tan ambiguo resulta de varios componentes que interactúan entre sí.

  • Autoaceptación: Es la capacidad de reconocerse y aceptarse tal como es, con virtudes y defectos, e implica una actitud compasiva y tolerante hacia uno mismo, sin juzgarse de manera excesivamente negativa.
  • Autovaloración: Hace referencia a la percepción y valoración positiva de las propias habilidades, fortalezas, cualidad y logros.
  • Autoconfianza: Se refiere a la confianza en las propias habilidades y capacidades para enfrentar desafíos, tomar decisiones, superar obstáculos y actuar como quiere.
  • Autonomía: Hace referencia al sentido de independencia y a capacidad para tomar decisiones propias, establecer metas y expresar libremente sus necesidades y deseos.
  • Autoimagen positiva: se trata de la percepción positiva de la propia apariencia física y la aceptación del propio cuerpo. Implica sentirse satisfecho y cómodo con su cuerpo.
  • Autoeficacia: hace referencia a la capacidad de confiar en que uno puede lograr metas, superar desafíos y tener éxito en diferentes áreas de la vida.

Durante la vida, sufrimos muchos cambios y eventos externos que hacen que estos componentes vayan variando: por ejemplo, si no obtengo los resultados que esperaba ante un reto laboral, es posible que mi autoeficacia se vea perjudicada; o si sufro una lesión que me impide hacer la cantidad de ejercicio que realizaba antes, puedo verme con menos musculatura y que me cueste asimilar una forma física diferente de la habitual. Por esto mismo, la autoestima no es una característica fija, sino que puede ser trabajada y mejorada, a través de los diferentes componentes. Aún así, existen personas que, por sus rasgos de personalidad y/o falta de herramientas, tienen una tendencia general hacia una autoestima alta o baja.

Síntomas de baja autoestima

Cuando una persona tiene una baja autoestima, suele tener un bajo nivel en los componentes anteriores, o varios de ellos estando muy alterados. Esto se traduce en los siguientes síntomas, que afectan de manera global a la persona (a pesar de que su funcionamiento pueda ser similar al habitual, el malestar percibido suele ser alto).

  • Autocrítica constante: Presencia de un dialogo interno, repleto de juicios y críticas negativas sobre uno mismo en casi todas las situaciones. En algunos casos, puede haber hasta verbalizaciones o comentarios en tono humorístico.
  • Sentimientos de inferioridad: sensación persistente de no ser una persona lo suficientemente buena, inteligente, atractiva o talentosa como los demás, resaltando la indefensión e imposibilidad de asemejarse a las personas con las que se compara uno.
  • Sensibilidad al rechazo: intensa emocionalidad con relación al rechazo e interpretación de las situaciones externas, actos y palabras de las personas de su alrededor, de manera que se confirmen las creencias negativas sobre uno mismo. A menudo, el propio miedo o anticipación del rechazo bloquea o impide a la persona actuar como desea.
  • Evitación: igual que con el rechazo, la persona suele evitar situaciones que pueda suponer un reto o un riesgo, por el miedo a fracasar y confirmar las creencias negativas sobre uno mismo.
  • Aislamiento social o dependencia emocional: La inseguridad general suele llevar a que la persona se aísle, evitando interactuar con otros por evitar el malestar (aunque a largo plazo, genere un mayor malestar al no sentirse conectado a otros, ni tener apoyos). Aunque, de tener relaciones ya consolidadas, es fácil que se vuelquen en éstas, pudiendo crear dinámicas de dependencia emocional (por ejemplo, solo salir de casa si está con esa amistad).

Factores que pueden causar baja autoestima

Aunque ya hemos explicado que algunos eventos externos afectan a la autoestima y sus componentes, algunos factores pueden contribuir al desarrollo de una baja autoestima:

  • Experiencias traumáticas en la infancia: Sufrir experiencias tempranas como el abuso sexual, emocional o físico (incluyendo el acoso escolar) especialmente si son prolongadas en el tiempo, puede afectar seriamente el desarrollo de una baja autoestima.
  • Tipo de crianza: relacionado con el factor anterior, si los adultos de referencia no atienden las necesidades emocionales de los niños adecuadamente en su crecimiento, se puede desarrollar un apego inseguro que fomente creencias negativas sobre uno mismo.
  • Estándares o expectativas poco realistas: Establecer estándares demasiado altos e inalcanzables para uno mismo puede llevar a la percepción constante de fracaso y, por lo tanto, a una baja autoestima. Las comparaciones sociales constantes, un ambiente competitivo o ser objeto de críticas constantes externas pueden agravar esas creencias negativas y baja autoestima.
  • Eventos traumáticos: Además de experiencias de abusos sexual, físico o emocional (puntuales o prolongados) en la vida adulta, haber vivido sucesos como la pérdida de un ser querido, una ruptura con el circulo social, un divorcio, un cambio vital (por ejemplo, una patología o enfermedad que incapacite parcialmente) o un desenlace no esperado (por ejemplo, un despido) en un área considerada importante, puede afectar negativamente a la autoestima.

Como hemos comentado, la autoestima no es algo estático y permanente: si encuentras que has vivido alguna de estas situaciones, te sientes identificado con estos síntomas, o simplemente consideras que quieres trabajar en tu autoestima, desde Quiero Psicología, estaremos encantadas de poder ayudarte en ese proceso de crecimiento.

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Por qué la terapia no sirve sin continuidad

Afortunadamente, la salud mental va teniendo cada vez más visibilidad e importancia para las personas. Aunque cuidar de nuestra salud mental no siempre implica iniciar un proceso terapéutico, muchas personas acaban por buscar ayuda profesional, habiendo pasado un espacio de tiempo en el que se ha contemplado la idea o se han buscado profesionales. De estas personas, existe un porcentaje de personas que recurren a profesionales, lo hacen de una forma ineficaz, desde el desconocimiento mayormente, que puede ser perjudicial: desmotivando a la persona hasta que incluso descarte la opción de pedir ayuda, estigmatizando, aumentando el sentimiento de desesperanza respecto a sus problemas, posponiendo un aspecto de autocuidado esencial, etc.).  Por ello, te daremos unas pocas pistas que pueden romper mitos acerca de la frecuencia de la terapia.

Con una sesión me vale

Aunque puedas salir muy contento o con ciertas herramientas a corto plazo de la primera sesión, esto no equivale a una terapia: Una terapia implica un proceso terapéutico con una evaluación e intervención, que por supuesto no puede darse en una sesión (especialmente si no es de 1 hora).

La primera sesión sirve especialmente para averiguar si te sientes cómodo con tu terapeuta y con el tipo de terapia que practica.

Haber puesto en práctica esas herramientas es muy buena señal de que estás motivado para tu terapia y posiblemente de que te sientas a gusto con tu terapeuta, así que ¡enhorabuena! Sigue con tu proceso y aprovecha ese impulso de energía y ánimo, y no te dejes llevar por la emoción del momento que te dice que ya todo está bien. Si aun así sientes que el problema era algo muy puntual y está solucionado, comunícalo a tu terapeuta y espera a ver si esos cambios se mantienen: la terapia no es milagrosa, pero no se puede tampoco subestimar el efecto que tiene sentirnos escuchados, validados y con la confianza de poder enfrentarnos a situaciones y emociones complejas.

Voy cuando lo necesito

Aunque no todos los procesos terapéuticos son iguales, sí que es fácil observar cómo este proceso no suele implicar una mejora de forma lineal nuestro estado de ánimo: existen altibajos, similares a lo que ocurre fuera de las sesiones. Esto puede llevar de forma impulsiva a “volver” a terapia cuando nos sentimos mal, sin aprender a gestionar esos altibajos, sino con intención de “quitarlos”.

De esta manera, la terapia se convierte en intentar apagar fuegos, en vez de poder averiguar que los genera para estar mejor a largo plazo, impidiendo un aprendizaje sostenible.

Además, cuando se recurre a las sesiones de esa forma tan poco constante, es difícil poder trabajar de forma continuada un mismo problema (ya que pueden suceder muchos eventos nuevos en nuestra vida) y estando a un nivel que permita el aprendizaje (teniendo una intensidad emocional muy alta, bajar la intensidad para poder gestionar la emoción puede ser la prioridad).

Si solo vas al gimnasio una vez para fortalecer, a pesar de que hagas mucho en ese entrenamiento, esto no tendrá efectos, y es probable que te lesiones o tengas tantas agujetas que no puedas, ni quieras, continuar con tu objetivo.

«Es que no tengo dinero /tiempo»

Si la frecuencia tan irregular se debe a complicaciones económicas, coméntalo con tu terapeuta para que podáis encontrar una frecuencia que te sea cómoda a la vez que eficaz, se entiende que la terapia es un esfuerzo económico y la idea es poder facilitarla en la medida de lo posible. Si se trata de complicaciones debido a poco tiempo libre u horarios cambiantes, la mayoría de los terapeutas tenemos en cuenta la variabilidad del horario laboral de muchos (si además se tienen varios trabajos y/o labores domésticas), pero puedes comentarlo para definir la disponibilidad que es más recurrente para las sesiones (y confirmar solo entre dos opciones) o en la que cuando podréis definir la sesión (según te entreguen tus horarios, por ejemplo) y puedes considerar la opción de poder tener sesiones online, especialmente para ahorrar tiempo en desplazamientos. Ir a terapia es una inversión de tiempo, no es fácil, pero tu bienestar lo merece.

“Vengo porque me lo ha pedido mi pareja/familia”

En este tipo de casos, hablamos de personas, que si bien hacen un esfuerzo por una persona o tras ultimátums porque quieren conservar la relación que sea, no están inherentemente motivadas en la terapia. Esto no quiere decir que no pueda haber una reflexión posterior y que luego se encuentren motivados, pero los cambios en terceras personas no pueden ser objetivos del proceso terapéutico (“quiero que mi expareja vuelva conmigo, o vea que estoy mejor”): si no eres tú la persona que quiere conseguir un cambio, el esfuerzo no suele ser ni fácil, ni fructífero.

Una variante de esta idea es venir para “ser feliz”, y, aunque es una idea que se promueve mucho en la sociedad, es un concepto idealista que es importante redefinir en términos cuantificables y personales.

Si se busca eliminar las emociones o situaciones desagradables, es probable que la terapia se abandone, puesto que es una parte importante de ella aprender a sentir de forma segura y gestionar lo que solemos evitar de forma intuitiva, pero acaba siendo perjudicial.

Si te decides a iniciar tu proceso terapéutico, de forma seria y para tu crecimiento y bienestar, estaremos encantadas de poder ayudarte desde el equipo de Quiero Psicología.

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Detox de redes sociales

Las redes sociales son actualmente una forma de comunicarse con las personas de nuestro entorno, de aprender, de entretenerse, de informarse sobre lo que está pasando en el mundo, e incluso de crecer y relacionarse profesionalmente para algunas personas.  Pero también puede convertirse en una forma de escapar de nuestro día a día y de recibir información (no siempre positiva) de manera indiscriminada y constante. Aunque no fuera tu intención inicial, seguro que te has encontrado invirtiendo más tiempo del que querías en las redes sociales e incluso posponiendo o dejando de hacer tareas o planes por haber estado “scrolleando” en las redes sociales.

Es importante tener en mente que toda conducta en exceso y realizada de forma automática puede ser desadaptativa. Las redes sociales están especialmente diseñadas para enganchar al usuario, así que recuerda que no tiene tanto que ver con que tú lo estés haciendo mal: se trata de hacer un uso responsable y consciente de tu tiempo. Además, puede que hayas notado que tu concentración y capacidad de atención hayan podido disminuir por todo ese tiempo recibiendo estímulos repetidamente. Esto no es necesariamente malo, pero puede que ocasionalmente necesites estar concentrado o ser más paciente, y esto no esté ayudando: es importante tener tolerancia a la frustración y al aburrimiento. Para ello, a veces necesitamos un tiempo de “desintoxicación” de las redes sociales, para poder volver a ellas de forma consciente. Aquí te daremos un par de consejos para poder hacerlo.

Pararse a reflexionar

Para tener una visión más objetiva de tu uso de las redes sociales:

1. Haz una lista de todas las redes sociales que utilizas (y si puedes especificar, si lo haces a través del teléfono, ordenador, etc.).

2. Si las usas en tu smartphone, averigua cuanto tiempo inviertes diariamente en ellas. Normalmente, tu teléfono registra estos tiempos, puede que te sorprenda, pero es un dato importante para poder tenerlo en cuenta.

3. Reflexiona qué te aporta realmente cada una de las redes sociales que usas (negativo y positivo) e intenta definir con qué fin quieres usar realmente cada una (informarte en canales oficiales, hablar con personas específicas, aprender recetas, etc.). Si hay alguna que consideras que no quieres utilizar más, valora desinstalar la aplicación, desactivar la cuenta, o solo utilizarla a través de un dispositivo que no sea el habitual (por ejemplo, el ordenador que tienes en casa).

4. Según los tiempos que has visto en tu teléfono, intenta determinar cuanto quieres estar en las redes sociales: aunque quieras que sea mucho menor, es preferible empezar con pequeños cambios. Si utilizas las redes sociales para promocionarte o relacionarte laboralmente, intenta acotar el uso a tiempos específicos: por ejemplo, de 10 a 11 puedo mirar Instagram, pero solo responder a posibles clientes y de 11 a 12 a publicar contenido.

Pequeños cambios

Si has decidido, tomarte un tiempo de las redes sociales de forma más radical, pon una fecha para valorar volver a ellas (si es lo que quieres), comunícaselo a las personas que te importan o a aquellas con las que solo te comuniques a través de las redes sociales, para que tengan una forma alternativa de comunicarse contigo, si así lo deseas.

Si has decidido, reducir el tiempo, pon en marcha las siguientes pautas:

  • No tengas conversaciones paralelas a través de diferentes plataformas con la misma persona. Puede ser útil comunicárselo a tu entorno cercano, para que compartan información importante a través de mensajes, llamadas o un canal que no sea una red social como tal (Whatsapp, Telegram, etc.).
  • Limita el tiempo de uso de cada red social, gracias a la herramienta de control parental que tienen los teléfonos, o asocia cada red social a un momento y situación especifico. Algunas personas incluso desactivan los datos de conexión o Wi-Fi durante periodos de tiempo en su día.
  • Cambia de lugar en tu teléfono el icono de la red social, para evitar entrar de manera automática en momentos de aburrimiento.
  • Limita físicamente el acceso a los dispositivos en tu día a día, especialmente al levantarte y antes de acostarte. Esto evitará ese uso inconsciente que a veces se hace de las redes sociales, además de empezar o acabar el día sin una estimulación tan potente.
  • Intenta realizar actividades agradables que no estén relacionadas con dispositivos electrónicos o que impliquen desconectar de ellos, como por ejemplo estar físicamente con tus amistades, pareja, o familiares, realizar actividades físicas o planes fuera de cada o estar en lugares donde no tengas cobertura.

Como cualquier cambio en nuestros hábitos, y especialmente si estos son habituales y reforzados por la sociedad y nuestro entorno cercano, puede ser complicado inicialmente y generar muchas emociones de frustración, tristeza, soledad, irritabilidad o ansiedad. Date tiempo para tolerar esas emociones. Si necesitas ayuda gestionando las redes sociales o estas emociones, desde el equipo de Quiero Psicología, estaremos encantadas de poder ayudarte.

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¿Has perdido recientemente a una amiga?

Seguro que muchas de nosotras hemos pasado por una ruptura sentimental y sabemos que una ruptura de una pareja puede ser un proceso emocionalmente difícil, una experiencia dolorosa y traumática, independientemente de quién tomó la decisión de terminar la relación. Es normal sentir una amplia gama de emociones durante una ruptura, incluyendo tristeza, ira, confusión, frustración y soledad.

Sin embargo, es cierto que en la sociedad no se habla tanto sobre la pérdida de una amiga como se habla sobre la pérdida de un familiar o de una pareja. Esto puede deberse a varios factores, como la idea de que las amistades no son tan importantes como otras relaciones, la falta de comprensión sobre lo que significa perder una amiga y la idea errónea de que las amistades son más superficiales o menos duraderas que otras relaciones.

No obstante, la pérdida de una amiga puede ser tan significativa y dolorosa como la pérdida de otros tipos de relaciones. Las amistades pueden ser profundas, duraderas y tener un gran impacto en nuestras vidas. Desde otros modelos relacionales, como por ejemplo la anarquía relacional, las amistades son vistas igual de valiosas y significativas, que las relaciones de pareja, en las que se puede encontrar apoyo emocional, compañía, diversión, conexión, intimidad y complicidad.

Es importante hablar sobre este tipo de pérdidas y reconocer su importancia, de esta forma podemos ayudar a las personas a sentirse comprendidas y apoyadas, y también podemos promover una mayor comprensión sobre la importancia de las amistades en nuestra vida. Además, al igual que en otros tipos de duelo, puede haber diferentes etapas o fases, que varían de persona a persona.

  • Negación: En esta etapa, es común que se niegue la pérdida o se tenga dificultades para aceptar que la amistad ha terminado. Puede haber pensamientos como «esto no puede estar sucediendo» o «tal vez las cosas puedan arreglarse».
  • Ira: En esta etapa, puede haber sentimientos de ira o frustración hacia la otra persona, hacia uno mismo o hacia la situación en general. Se pueden tener pensamientos como «¿cómo pudo hacerme esto?» o «esto no es justo».
  • Negociación: En esta etapa, se pueden hacer promesas o compromisos para intentar recuperar la amistad. Se pueden tener pensamientos como «tal vez si cambio algo, podremos volver a ser amigos» o «voy a intentar hablar con él/ella para arreglar las cosas».
  • Depresión: En esta etapa, se pueden experimentar sentimientos de tristeza, soledad o desesperanza. Pueden aparecer pensamientos como «nunca volveré a tener una amistad como esa» o «no puedo creer que haya perdido a mi mejor amigo/a».
  • Aceptación: En esta etapa, se comienza a aceptar la pérdida y se empieza a buscar formas de seguir adelante. Pueden aparecer pensamientos como «tal vez no podemos ser amigos, pero puedo encontrar otras personas con las que conecte» o «voy a enfocarme en otras áreas de mi vida».

Desde Quiero psicología, queremos brindar una serie de recomendaciones que pueden ayudarte si estas atravesando un proceso similar.

  • Permítete sentir tus emociones: Es normal sentir dolor, tristeza y enfado después de perder a un amigo, permítete sentir y procesar tus emociones.
  • Cuida de ti misma y dedícate tiempo: duerme lo suficiente, haz ejercicio y come bien. Dedica tiempo para hacer cosas que te gustan y disfrutar de actividades que te hagan feliz.
  • No te aísles: A veces ante una pérdida, podemos pensar que el mundo es un lugar hostil y que no podemos confiar en nadie, sin embargo, si hacemos esto no dejaremos de reforzar esa idea y no podremos desmontarla.
  • Sé amable contigo misma: Trata de no culparte a ti mismo, a veces hay muchas variables que influyen y sobre todo recuerda que es algo de dos. 
  • Tómate el tiempo que necesitas: No hay un plazo para superar un duelo de amistad. No te sientas presionada para «superarlo» rápidamente.

Sin embargo, si sientes que ya nada tiene sentido, que has descuidado otras áreas de tu vida y que no puedes tu sola, no dudes en buscar ayuda profesional, en Quiero Psicología estaremos encantadas de ayudarte.

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Qué no hacer en una discusión

Las personas crecemos e interactuamos en muchos contextos muy diferentes, formando nuestras opiniones y experimentando la vida de forma muy ampliamente diferente. Una de las experiencias que más crecimiento y conocimiento nos pueden aportar son las conversaciones con otros, y especialmente las discusiones, pero sólo si éstas se enfocan desde el respeto, la empatía y la voluntad de llegar a un entendimiento.

Generalmente, las discusiones que más nos remueven emocionalmente suelen ser con las personas más cercanas a nosotros (familiares, parejas, y amistades) y sobre los temas que más cerca nos tocan (creencias, experiencias emocionales, tareas o personas en común…). Por ello, es fácil sentirse desbordado durante un discusión y caer en conductas poco sanas y desadaptativas.

Tu interlocutor no es tu enemigo, sino todo lo contrario: sois un equipo, buscando llegar a un acuerdo o entendimiento. Con este artículo, intentaremos ayudarte a sortear los obstáculos que pueden surgir en una comunicación efectiva.

Estilos de comunicación y Apego

Existen tres estilos principales de comunicación que se ubican dentro del espectro de la comunicación que hay que tener en cuenta cuando hablamos con alguien.

Estilo pasivo

En un extremo estaría el estilo pasivo en el que no se suelen comunican las necesidades y deseos, pueden parecer sumisos o excesivamente flexibles para no expresar su opinión o enfrentarse a una confrontación (real o imaginaria).

Estilo agresivo

en el otro extremo, estaría el estilo agresivo, expresando de manera determinante las opiniones y deseos, pudiendo anteponerlas a las de los demás y frecuentemente invalidando a la otra persona.

Estilo asertivo

En medio se encontraría el estilo asertivo, cuando se expresan verbal y no verbalmente, con empatía y firmeza, lo deseado y defender sus posturas. Aunque el estilo ideal sería el asertivo, según la persona con la que estemos hablando, se puede cambia de un extremo a otro: por ejemplo, si la persona con la que hablo tiene un estilo más agresivo, pero no tengo una relación cercana ni me interesa el asunto a discutir, se puede adoptar un estilo más pasivo.

Estilo pasivo-agresivo

Un cuarto estilo de comunicación podría ser el estilo pasivo-agresivo, en el que la persona no se siente cómoda expresando su opinión y acaba interviniendo con frases irónicas o sarcásticas, hiriendo de forma enmascarada.

Otro factor importante es el estilo de apego, especialmente en el apego inseguro. Si se tiene un tipo de apego más evitativo, es probable que pueda haber un estilo de comunicación más pasivo, que directamente rehúyan las discusiones, para evitar el posible malestar, o más pasivo-agresivo para no enfrentarse de manera directa con la persona. Si se tiene un tipo de apego más ansioso-ambivalente, la comunicación puede ser más agresiva o pasivo-agresiva, al verse superados por las emociones que se puedan generar durante la discusión. Conocer tu estilo de apego y el de la persona con la que hablas (si está en tu entorno cercano), puede ayudar redirigir la conversación hacia una conversación más asertiva en la que ambos os sintáis lo más a gusto posible.

Tips para discutir bien

Elegir un tema de discusión

No saques errores del pasado o discusiones anteriores, a no ser que sea imprescindible o quieras usarlo de ejemplo para una conducta positiva (momentos en los que sí habéis gestionado la solución o te has sentido cuidado, escuchado, etc.). Cuando estamos discutiendo es fácil sentir enfado o frustración, lo que puede conectarnos con otros momentos en los que nos hemos sentido así anteriormente y acabar fácilmente en una serie de reproches poco útiles. Si hay varios asuntos que queráis discutir, aunque pueda parecer artificial, establecer momentos para poder discutir tranquilamente puede ser muy útil (así evitamos hacerlo en lugares o momentos poco apropiados).

Reflexionar y expresar

Las críticas constructivas pueden ser tan dolorosas como los ataques, esto no quiere decir que no puedas tomar un tiempo para reflexionar. Si tu o la otra persona estáis sintiéndoos atacados, es MUY IMPORTANTE y válido que podáis parar la discusión, antes de que ocurran estos ataques: esto quiere decir que la discusión se retomará cuando estéis más tranquilos, eso sí.

De la misma forma, ya sea antes o durante la discusión, tomate unos minutos para pensar qué te ha molestado o que quieres pedir. Habla desde tu punto de vista “Yo siento” o “A mí” es esencial para no caer en culpabilizar o en frases muy ambiguas y malentendidos, y hacerlo (siempre que se pueda) desde ejemplos concretos.

Turnos a la hora de hablar

Intenta no interrumpir, aunque parezca que lo que tienes que decir no puede esperar, si es importante, lo seguirá siendo dentro de 1 minuto. Así evitarás también estar enfocado en lo que te está comentando la otra persona y no tanto en lo que quieres responder.

No atacar

Aunque sientas mucho enfado o rabia, no te dejes llevar: puede resultar en gritos, insultos o comentario hirientes. No solo esto no ayuda a resolver el conflicto, sino que además puedes arrepentirte de lo que ha sucedido y la comunicación no será efectiva. Si no entiendes o estás de acuerdo con lo que la otra persona está expresando, intenta gestionar el impulso de rebatírselo (por ejemplo “pues no te sientas así” “no tiene sentido como te sientes”). Todos tenemos experiencias y emociones diferentes y todas ellas son válidas, por lo que es importante hacer porque la otra persona se sienta escuchada y validada, aunque no compartáis la misma experiencia.

Ni asumir ni generalizar

No asumir lo que la otra persona pretende, siente o piensa, no nos gusta que lo hagan con nosotros así que buscaremos no hacerlo. No está de más que puedas pedir aclaraciones o retomar lo que te han dicho para asegurarte de que estás entendiendo bien lo que se está comunicando: puede parecer absurdo, pero esto suele evitar malentendidos que escalen rápido la discusión. Tampoco uses generalizaciones, ya que estas no son pruebas concretas. No solo perderemos credibilidad, sino que estamos buscando resolver el conflicto sobre una base muy endeble.

Si te encuentras incomodo discutiendo o los conflictos te superan, desde el equipo de Quiero Psicología, estaremos encantadas de ayudarte a tener las herramientas necesarias para mejorar tu comunicación y reducir el malestar durante las discusiones.

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¿He sufrido violencia sexual?

La violencia sexual se refiere a cualquier actividad sexual que se impone a otra persona sin su consentimiento o que se obtiene mediante el uso de la fuerza, el miedo, la coerción o el engaño, además, la violencia sexual puede ocurrir en cualquier contexto y puede afectar a personas de todas las edades, géneros, razas, orientaciones sexuales y condiciones socioeconómicas. Al mismo tiempo, la víctima puede no haber podido dar su consentimiento debido a su edad, discapacidad, estado de intoxicación, vulnerabilidad o cualquier otra circunstancia que impida su capacidad de dar un consentimiento informado.

Hay muchos tipos de violencia sexual:

  • Violación: cuando una persona obliga a otra a tener relaciones sexuales sin su consentimiento.
  • Acoso sexual: se produce cuando una persona usa su posición de poder para obtener favores sexuales de otra, o para hacer comentarios o insinuaciones sexuales no deseadas.
  • Explotación sexual: se refiere a la utilización de la sexualidad de una persona con fines comerciales, como la prostitución, la pornografía, la trata de personas con fines de explotación sexual, etc.
  • Abuso sexual: se trata de cualquier actividad sexual que se impone a otra persona mediante la fuerza, el engaño o la manipulación, y que causa daño físico o psicológico.
  • Mutilación genital femenina: es una práctica que implica la eliminación total o parcial de los genitales femeninos externos.
  • Matrimonio forzado: cuando una persona es obligada a casarse contra su voluntad, lo que puede incluir relaciones sexuales no deseadas.
  • Acoso sexual por internet: se produce cuando una persona recibe mensajes, imágenes o comentarios de contenido sexual no deseados a través de Internet o las redes sociales.

El abuso sexual en la propia pareja

Tenemos la idea errónea de que este tipo de violencias sólo suceden en la calle y a manos de enfermos mentales y/o psicópatas. Sin embargo, la mayoría de los abusos sexuales ocurren en el hogar o en el entorno familiar y los perpetradores suelen ser personas cercanas a la víctima, como padres, hermanos, tíos, abuelos o la propia pareja.

Las conductas de abuso sexual dentro de la pareja pueden tomar muchas formas, y algunas de las más comunes son las siguientes:

  • Coerción: esto puede implicar la utilización de la fuerza física, la amenaza de violencia, la manipulación emocional, la intimidación o la presión para obligar a la pareja a tener relaciones sexuales.
  • Obligar a la pareja a tener relaciones sexuales sin protección: esto puede constituir una forma de abuso sexual y puede poner en peligro la salud de la pareja.
  • Controlar la sexualidad de la pareja: esto puede incluir la prohibición de tener relaciones sexuales con otras personas, la imposición de prácticas sexuales específicas, o la manipulación emocional para mantener el control sobre la pareja.
  • Amenazar con la violencia: esto puede incluir la amenaza de violencia física si la pareja no cumple con las demandas sexuales del abusador.
  • Ignorar los límites sexuales: puede implicar la insistencia para tener relaciones sexuales cuando la pareja no está interesada o no se siente cómoda, o la imposición de prácticas sexuales no deseadas o dolorosas. Las manipulaciones dentro de la pareja para tener sexo se refieren a cualquier comportamiento que una persona adopta para obtener gratificación sexual de su pareja, sin tener en cuenta sus deseos o necesidades sexuales. Esto puede incluir presionar o persuadir a la pareja para tener relaciones sexuales cuando no está interesada, utilizar la culpa o la manipulación emocional para conseguir sexo, o incluso ignorar las señales de que la pareja no está interesada en tener relaciones sexuales. Es importante destacar que estas “pequeñas” manipulaciones pueden parecer sutiles o incluso inocentes, pero en realidad son una forma de violencia sexual, ya que la persona que las ejerce está utilizando la fuerza o el engaño para obtener gratificación sexual sin el consentimiento de su pareja y pueden tener graves consecuencias emocionales y psicológicas para la víctima.

Si te has sentido identificada con algunas de estas formas de violencia, es importante que pidas ayuda, ya que dejar pasar este tipo de cosas, podría tener consecuencias muy negativas para tu bienestar psicológico y tu sexualidad.

¿Qué es un trauma complejo?

¿Qué es el trauma complejo?

Nos referimos al Trastorno de Estrés postraumático Complejo (TEPT-C), también llamado Trastorno por Estrés extremo no especificado (DESNOS), que es un trastorno que surge tras observar una sintomatología añadida en casos “a priori” con un diagnóstico de Trastorno de Estrés postraumático (TEPT). Como recoge la guía diagnóstica CIE-11, se trata de un trastorno que puede desarrollarse después de la exposición a un evento o una serie de eventos de naturaleza extremadamente amenazadora u horrible, prolongados en el tiempo o repetitivos, incontrolables.

Es decir que la diferencia con el Trastorno de estrés postraumático se daría en la repetición o recurrencia del suceso traumático como, por ejemplo, tortura, esclavitud, violencia doméstica prolongada, abuso sexual o físico repetido en la infancia.

Este trastorno se puede dar en adultos o en niños o adolescentes, ya que la exposición a estos eventos se da en edades tempranas, el desarrollo del niño a nivel emocional (habilidades emociones básicas, la personalidad, el apego) y fisiológico (sensorial y motor) pueden verse afectados.

A parte del patrón de sintomatología típica del TEPT, que consiste en síntomas de reexperimentación, evitación e hiperactivación y vigilancia, este trastorno presenta tres características más específicas, graves y persistentes que son: un autoconcepto negativo, problemas en las relaciones interpersonales y una desregulación afectiva. Todo este perfil supone una gran interferencia y deterioro en los ámbitos social, familiar, educativo, ocupacional y personal de la persona con este trastorno.

Es importante recordar que este diagnóstico debe ser realizado por un profesional de la salud mental, ya que existen finas líneas y matices que distinguen este trastornos de otros, en los que algunos síntomas puedan ser derivados de otra problemática o sumarse.

¿Cuáles son los síntomas de este trastorno?

Cómo ya hemos comentado, la sintomatología del trastorno de estrés postraumático también este presente, pero además tienen unas dificultades añadidas, dado que estas personas han visto su integridad física y psicológica afectada de forma repetida, sacudiendo los cimientos psicológicos que sostienen una salud mental estable. En los adultos, las alteraciones se dan en las siguientes áreas descritas a continuación:

  • Apego: suelen desarrollarse patrones de apego inseguro o desorganizado, que afectan no solo a las relaciones interpersonales, sino que se vuelven evidentes y perjudiciales especialmente en el contexto familiar, como a la hora de tener relaciones de pareja o en la crianza (no pudiendo responder adecuadamente a las necesidades emocionales de los hijos).
  • Autorregulación emocional: hay una gran labilidad emocional con estallidos emocionales (de ira o tristeza), ideación suicida, autolesiones, conductas impulsivas autodestructivas (sexual, consumo de drogas y alcohol…). También suelen tener muchos síntomas de somatización y problemas médicos.
  • Conciencia: amnesia selectiva, revivir las experiencias a través de flashbacks, pensamientos o reviviendo las emociones sentidas), sentirse emocionalmente anestesiados o sufrir de disociación. La disociación puede ir desde la desconexión (la parte emocional y cognitiva se separan), despersonalización (percepción alterada de uno mismo), desrealización (percepción alterada del entorno) o en su forma más extrema, disociación de la identidad (experiencia de tener más de una personalidad dentro de uno).
  • Autoconcepto: tienen una percepción muy negativa de sí mismos, con emociones crónicas de impotencia, indefensión, vergüenza, culpa o estigma, además de sentirse desconectados de las demás personas y del mundo.
  • La percepción del agresor: se pueden preocupar por la relación con éste, idealizarle, atribuirle un poder casi absoluto, sentir una conexión especial con él, buscar su aprobación, adoptar su forma de pensar y valores, e incluso sentir gratitud.
  • Relaciones interpersonales: aislamiento, en parte debido a la desconfianza, ira y agresividad hacia los demás, que se alterna con la búsqueda recurrente de un “salvador” (alguien que restaure la sensación de seguridad). Esto, unido al resto de alteraciones, lleva a una gran dificultad a la hora de entablar y mantener de relaciones íntimas, así como para para autoprotegerse, a pesar de poder tener habilidad sociales.
  • Sistema de creencias y valores: estos eventos traumáticos repetidos rompen con el sistema de creencias adaptativo que tiene una persona, especialmente las ideas sobre uno (“yo soy bueno”), los demás (“la gente es buena”) y sobre el mundo (“el mundo es seguro”, “el mundo es justo”, “el mundo tiene sentido” y “la vida es controlable”), generando sentimientos de abandono, impotencia, desesperanza y desesperación.

En el caso de los niños, la sintomatología se presenta de una forma similar y especialmente en forma de dificultades en el desarrollo de habilidades típicas de la etapa evolutiva (lectoescritura, atencional, ejecutiva…) y trastornos del comportamiento.

¿Se puede solucionar?

La sintomatología del trastorno, así como el deterioro de la persona, pueden poner en un mayor riesgo de volver a ser victima de un abuso físico o sexual, por lo que es importante poder empezar un proceso terapéutico, y en muchos casos, psiquiátrico para poder gestionar la sintomatología.

Aunque los enfoques terapéuticos pueden variar y existen técnicas más específicas para procesar los eventos traumáticos, la mayoría de los estudios están de acuerdo en la importancia de estabilizar y garantizar la seguridad de la persona, antes de después procesar los recuerdos y los sucesos traumáticos, mientras se aprenden y consolidan herramientas, que permitirán integrar todo ello y flexibilizar las creencias que han sido alteradas. No es un proceso terapéutico sencillo, ni corto (ya que todas las personas van a ritmos diferentes y tienen circunstancias diferentes), pero se pueden lograr muchos avances y mejora en la calidad de vida de la persona, reduciendo la sintomatología o su gravedad e intensidad.

Si crees que te encuentras (o alguien cercano a ti) en esa situación, estaremos encantadas desde el equipo de Quiero Psicología, de poder ayudarte.

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¿Cómo tener vínculos sanos?

¿Qué es la responsabilidad afectiva?

La responsabilidad afectiva hace referencia a ser consciente del impacto emocional que tienen nuestros actos en la otra persona, y de actuar acorde a ello, en una relación (ya sea de pareja, de amistad o de cualquier otro tipo). Esto quiere decir que uno asume la responsabilidad de, no solo ser consciente y regular sus propias emociones, sino de comunicar de forma sincera y respetuosa, teniendo en cuenta el efecto que tenemos en la otra persona. Este término surge a raíz de las diferentes formas de relaciones afectivo-sexuales, para fomentar el buen trato, así como relaciones equitativas y respetuosas. Somos personas con mundos interiores complejos: emociones, deseos y necesidades que no son accesibles para los demás de manera fácil (no leemos la mente, ni podemos adivinar lo que va a ocurrir, por mucho que conozcamos a una persona), por lo que no podemos actuar sin tener en cuenta esto y sin hacer un esfuerzo consciente de como nos relacionamos.

¿Por qué la gente no suele tener estas herramientas?

A pesar de poder ser empáticos y entender la lógica de no hacer daño a las personas de nuestro alrededor, no hay que menospreciar el esfuerzo que supone ser responsable afectivamente y las habilidades de comunicación y regulación emocional necesarias para poder hacerlo. Existen varios obstáculos, como por ejemplo:

  • Nivel de autoconocimiento y autorregulación: para poder expresar como me siento, hace falta reconocer mis estados emocionales y regularme.
  • Contexto cultural y social: no todos nos hemos criado con la misma cultura y normas sociales, es difícil explicitar como me siento o tener en cuenta las emociones de la otra persona, si he crecido pensando que las emociones son “de débiles” o innecesarias.
  • Nivel de habilidades sociales y de comunicación: es importante tener estas habilidades para que la propia comunicación o interacción, no genere ansiedad y se pueda transmitir claramente lo que se quiere decir.
  • Emociones intensas o detonantes: Cuando nos enfrentamos a situaciones que detonan estados emocionales muy intensos (ira, miedo, ansiedad…), es complicado regularnos lo suficiente para poder actuar conscientemente.
  • Estrés, problemas de salud mental y física: Si estoy en un momento complicado emocionalmente, es complicado que pueda tener energía mental para poder hacer el esfuerzo de ser responsable afectivamente, o que esta sea mi prioridad.
  • Nuestro estilo de apego: Por la forma en la que hemos sido criados y hemos aprendido a relacionarnos, podemos tender a un estilo de apego más inseguro, que hace más complicado la gestión emocional necesaria en las relaciones. Esto no quiere decir que no podamos mejorar o cambiar nuestras conductas, mediante trabajo terapéutico y experiencias alternativas, pero es importante ser consciente de hacia qué tendemos en una relación y las emociones que nos generan las relaciones.

¿En qué se basa el apego seguro?

Hemos mencionado el estilo de apego inseguro, que puede dificultar la responsabilidad afectiva, aunque se estima que el 60% de las personas tienen un estilo de apego seguro, es fácil poder tener conductas más característicos de otros tipos de pego.

Una persona con un estilo de apego seguro suele tener una visión positiva de los demás y de sí mismos, se sienten seguros a la hora de expresar deseos, necesidades y emociones, y a la hora de resolver conflictos comunicando de forma eficaz y tranquila. Suelen tener un sentido de independencia, pero valoran la intimidad emocional y la cercanía con su pareja (muestras de cariño, atención). Suelen sentir confianza y seguridad en la otra persona, sin que el fin de la relación o el compromiso les impida invertir en la relación.

¿Cómo mantener mis vínculos sanos?

Como hemos comentado, no siempre es fácil ser responsable afectivamente, pero es importante que antes de todo, puedas definir cuales son los vínculos que quieres mantener y en los que quieres invertir. Intenta primero de todo pensar en aquellas personas con las que te sientas validado, cuidado y querido. Seguramente aparezcan personas de forma inmediata y esas personas son los vínculos que posiblemente sean sanos y quieras invertir tiempo en mantener y cuidad y, con las que es importante ser consciente de cómo te relacionas. Posiblemente hayas pensado también en ciertas personas de las que dudes, es decir que sean algo más ambiguas (no siempre te sientas escuchado, cuidado o “abrigado”): estas son las personas con las que es importante que puedas valorar si quieres mantener, y de ser así, que es importante que puedas empezar a hablar de lo que hace que ese vínculo sea ambivalente.

Te dejamos algunos consejos para poder mantener esos vínculos:

Sé accesible: intenta dar espacios para que esa persona pueda hablar de todo, preguntar como está (y no quedarte en “bien”), y estar atento a esta persona, especialmente si verbaliza no sentirse bien (respetando su ritmo, pero demostrando que estás ahí para acompañar y apoyar en lo que necesite).

Intenta no juzgar: aunque sea tentador, intenta no corregir a esa persona sobre cómo se siente o lo que hace, darle instrucciones o consejos (Si no los pide especialmente), o menospreciar lo que haga y como lo haga.

Cuida tu vinculo: dedica tiempo a esa persona y a la relación, e intenta que el afecto que demuestras sea el tipo de afecto que esa persona aprecie (palabras, tiempo, actividades…)

– Hablar de los conflictos: Si algo te molesta, es importante que puedas compartir, sobre todo para que esta persona sepa lo que está ocurriendo y si puede hacer algo para ayudar o evitar que esto ocurre. Recuerda que, si hablamos con alguien de algo que nos molesta, es porque valoramos a esa persona lo suficiente para poder decírselo (¡si no quisiéramos cuidar y mantener ese vínculo, solo nos alejaríamos!)

Y si no sabes cómo hacer este trabajo, en Quiero Psicología estamos preparadas para ayudarte.

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¿Hay acoso laboral en mi empresa?

El acoso laboral o mobbing puede definirse como una serie de malos tratos psicológicos injustificados (insultos, humillaciones, aislamiento, difusión de rumores, etc.), en ocasiones incluso físicos o sexuales, por parte de superiores, compañeros de trabajo o incluso la propia empresa. Todas estas acciones se realizan de forma deliberada y ofensiva para perturbar el entorno laboral de las víctimas, hacer que se sientan intimidadas cuando van a trabajar y que terminen por abandonar su puesto de trabajo.

El objetivo de los acosadores laborales es destruir por completo a su víctima para que abandone la empresa a medio o largo plazo, mermando así su capacidad de comunicación e interacción con los compañeros, reduciendo sus responsabilidades y dirigiendo contra él críticas y mentiras infundadas de su actividad laboral e incluso acerca de su vida personal.

Existen diferentes causas por las cuales una persona puede estar siendo víctima de mobbing:

  • Diferencias significativas entre las víctimas del acoso y el resto de sus compañeros (p. ej., género, edad, procedencia, raza, orientación sexual, diversidad funcional, etc.)
  • Las víctimas pueden ser vistas como una amenaza para otros empleados, por tener más cualificación, experiencia, destrezas y habilidades.
  • Casos en los que la persona acosada tiene condiciones de trabajo más favorables que los demás empleados (mayor sueldo, más días de asuntos propios, mayor flexibilidad…)
  • Casos en los que la persona o personas acosadoras, quieren conseguir el puesto de trabajo de la/s víctima/s, el prestigio o la validación.
  • Situaciones en las que la víctima se niega a ser manipulada por sus superiores (hacer horas extras que no van a ser abonadas, trabajar más fines de semana de los estipulados por contrato, disponibilidad fuera de su horario laboral, etc) esto podría despertar la ira y las represalias del resto de compañeros que se ven obligados a ceder ante este tipo de abusos.

¿Cómo se si estoy siendo testigo de un caso de mobbing?

Estos pueden ser algunos de los comportamientos más utilizados por los acosadores:

Aislar a la persona del contacto o relación con otros compañeros de la empresa.

Difundir mentiras y falsos rumores sobre la víctima con el objetivo de promover una mala imagen y crear distanciamiento y reticencias de los demás a la hora de tratar con la víctima.  

Señalar ante terceras personas los fallos o errores de la persona acosada, humillar, ridiculizar o exagerar públicamente sus defectos.

Establecer metas y plazos inalcanzables, sin proporcionar las herramientas y el equipo necesarios para lograrlos.

Interferir en el trabajo de la víctima, esconder materiales, etc.

¿Cuáles son las consecuencias para quien lo sufre?

Dentro de las consecuencias físicas, en muchas ocasiones producidas por las somatizaciones (cuando un malestar psicológico te afecta de alguna manera en el cuerpo), encontraríamos trastornos cardiovasculares como hipertensión, arritmias, dolores en el pecho; trastornos musculares (dolores lumbares, cervicales, temblores), trastornos respiratorios (sensación de ahogo, sofocos, hiperventilación) o trastornos gastrointestinales como dolores abdominales, náuseas, vómitos, sequedad de boca.

Los síntomas psicológicos pueden ir desde nerviosismo, preocupaciones recurrentes sobre la situación de mobbing, alteraciones del sueño, sentimientos de culpabilidad, indefensión o suspicacia, hasta miedos a volver a tener que trabajar y a no ser capaz de desempeñar su trabajo adecuadamente, miedo a los pasos previos de ir al puesto de trabajo como coger el transporte público o conducir, estado de ánimo depresivo, apatía, aislamiento e incluso pensamientos recurrentes o intentos autolíticos.

Por lo tanto, si crees que puedes estar siendo victima de mobbing no dudes en pedir ayuda, desde Quiero psicología podemos ayudarte.