desigualdad de género

La invisibilidad de la violencia de género.

Desde que nacemos, el fantasma de la violencia de género nos acompaña silenciosamente.

Si nacemos niñas podemos vernos determinadas a recibir un trato diferente. Un trato que será el germen que hará que acabemos en una situación de desigualdad social, psicológica y económica.

La forma en que la sociedad se relaciona con las niñas es diferente a la que tiene de relacionarse con los niños.

¿Te has parado a pensarlo?

Estas diferencias se producen en todas las etapas de la vida, comenzando por la infancia, y tienen repercusiones en la edad adulta. Vamos a ir viendo cómo identificarlas.

Infancia.

El tono de voz.

Cuando hablamos con una niña suele ser más suave, más delicado. Utilizamos frases como: “qué guapa eres”, “qué dulce”, “qué tranquila”, etc.

A los niños tendemos a hablarles más alto y usamos frases como: “qué fuerte eres”, “vas a ser un gran deportista”, etc.

A nivel físico.

A las niñas las movemos o cogemos quizás de una forma más suave y cuidadosa.

Con los niños puede que tengamos menos cuidado, les movemos más bruscamente, con menos suavidad.

Límites.

Tan pronto nuestros hijos e hijas tienen una mayor movilidad, es muy habitual que seamos más permisivos con los niños en cuanto a los límites exploratorios y aventureros que les ponemos.

Tendemos a dejar que los niños exploren con más autonomía, que se alejen un poco más, que se caigan incluso.

A las niñas solemos tenerlas más cerca, saltar en el instante en que se caen, estar más pendientes en general.

Expresión emocional.

La expresión emocional que reciben los niños es diferente a la que reciben las niñas.

A las niñas les sonreímos más, les hacemos más cariños, les mostramos afecto más específicamente, con más contacto físico. También tendemos a protegerlas.

Con los niños, por el contrario, es más habitual que mantengamos las distancias, que les toquemos menos. También es habitual que reciban mayores castigos físicos.

A las niñas se les valida que se expresen emocionalmente y se asocia al sexo femenino una mayor sensibilidad emocional. Se da por hecho que son empáticas, buenas, modositas, obedientes, etc.

A los niños que expresan sus emociones, especialmente la tristeza, el dolor y similares, les decimos que no hay que llorar, que llorar es “de niñas” o que “hay que ser fuerte y no llorar”.

Mensajes y estímulos.

Los mensajes y estímulos que reciben niños y niñas son diferentes desde los primeros años de vida.

Estos mensajes los recibimos por parte de nuestros familiares, profesores, vecinos, etc. Pueden ser muy directos y claros o más sutiles y son los que generan los cimientos invisibles sobre los que se asienta la desigualdad silenciosa de la que hablamos en el título de este post.

Desigualdad que cada niño y cada niña va interiorizando paulatinamente y que nos deja claros los roles de género que “nos corresponden”.

Los mensajes que reciben las niñas.

“¿Ya tienes novio?”

Dando a entender que el único objetivo de una mujer es acabar teniendo pareja y que esta sea un chico.

“Con lo guapa que eres, seguro que tienes a un montón de chicos detrás”.

Poniendo el foco en lo importante que es el físico y parecer guapa, para así poder recibir atención, cariño y amor, nuevamente, del sexo masculino.

“Estas hecha toda una mujercita”.

Reforzando la idea de que el principal objetivo de toda niña es convertirte en una mujer, sin importar que ahora mismo esté en la etapa de la infancia.

«Cómo ayudas en casa, que niña más buena”.

Reproduciendo los roles de género donde la mujer es la que cuida, se ocupa de todo y se responsabiliza de las cosas de la casa.

“Te ha salido contestona”.

Mensaje que aparece cuando una niña pone límites o rechaza asumir una responsabilidad que no quiere. Se le castiga porque una niña debería ser sumisa, pasiva y complaciente.

Los mensajes que reciben los niños.

“¿Cuántas novias tienes?”.

Normalizando la idea de la infidelidad, bien vista en los hombres porque demuestra lo “macho” que son.

“Tú tienes que proteger a tu hermana/prima/amiguita”.

Introduciendo la idea de que es el hombre el que tiene que proteger a la mujer, que, por el mero hecho de ser mujer, es indefensa, vulnerable y débil.

“Que listo eres, vas a llegar muy lejos”.

Haciendo hincapié en las capacidades intelectuales del niño, nunca en su belleza o delicadeza.

“Eres muy chulillo, seguro que tienes a todas las chicas detrás”.

Implantando en el niño la idea de que si un hombre se muestra distante, con aires de superioridad, con aparente seguridad, va a ser más digno de recibir cariño, atención y amor.

Todos estos mensajes que reproducimos generación tras generación van creando la base de una estructura desigual en la sociedad.

¿Eres consciente de si estás trasmitiendo y reproduciendo a la hora de hablar o de expresarte este tipo de mensajes?

Es importante tener en cuenta que durante la infancia, los hijos e hijas de mujeres víctimas de violencia de género, además de todas estas muestras tan habituales, también sufren directa o indirectamente esa violencia que sus madres padecen. Esto puede generarles graves secuelas psicológicas.

Además de normalizar comportamientos que no son adaptativos (ver que tu padre cuando se enfada rompe cosas). Aprenden que manifestar el enfado así es válido y, probablemente, llegan a interiorizarlo y reproducirlo.  

Otra posibilidad es que el niño o la niña perciba que su padre maltratador es fuerte, que es un lugar seguro donde sentirse protegida o protegido y puede llegar a identificarse con él. Esto sucede porque en nuestra infancia necesitamos referentes seguros para poder sentirnos a salvo.

Puede haber niños que se coloquen del lado de la madre o que incluso se pongan en medio del conflicto.

Las sensaciones de miedo e inseguridad que viven los niños y las niñas fruto de la violencia, afecta directamente a su desarrollo.

Es habitual que las niñas expuestas a una situación de violencia desarrollen más problemas de autoestima e inhiban la ira, lo que se transforma en ansiedad y en autocrítica.

También es normal que los niños externalicen el problema, mostrando una clara tendencia a ser más violentos.

Adolescencia.

La adolescencia es el periodo en el que se tienen las primeras relaciones de pareja y se pone en marcha todo lo aprendido anteriormente.

Los roles de género adquieren mucha importancia. ¿Qué se espera de mi como chica?, ¿cómo amiga?, ¿cómo novia?

¿Qué se espera de mi como chico?, ¿cómo amigo?, ¿cómo novio?

En este momento vital se pueden observar conductas muy diferenciadas entre chicos y chicas.

Las chicas.

Tienden a mostrarse más sensibles, dulces, responsables, cuidadoras y trabajadoras. Muestran más empatía: son las que escuchan, las que sostienen y las que acompañan.

Los chicos.

Suelen ser más activos, dinámicos, impulsivos y demuestran más carácter. Tienden a resolver los problemas, a afrontar las cosas con mayor decisión y a ser más competentes en el deporte.

¿Cómo afectan estas características individuales a las relaciones de pareja?

En función de todo lo que ya hemos visto, en las relaciones de pareja podemos encontrar:

Conductas de control.

Es normal cogerle el móvil a tu pareja para ver con quien habla”, “en una relación tiene que haber confianza, si no me da la clave de su móvil me oculta algo”, “me gusta saber dónde esta mi pareja en todo momento y con quién”. Normalizar el control, por parte de chicas y de chicos. La base es la desconfianza que nace de la propia inseguridad.

Los roles de género.

Las chicas se muestran cuidadoras, permisivas, entendiendo y aceptando conductas de su pareja que a lo mejor no le resultan tan agradables. Lo importante es el apoyo que le tienen que dar a su pareja, incluso por encima de ellas mismas.

Ellos, en cambio, se muestran protectores, posesivos, incluso agresivos con lo que sienten “suyo”. La base es una relación de desigualdad, el poder está desequilibrado.

Relaciones sexuales.

Las chicas piensan que los chicos siempre tienen más ganas de tener relaciones sexuales que ellas. Esto les puede llevar a mantener relaciones aunque no les apetezca tanto por esa idea de complacer al otro.

Los chicos, en cambio, no relacionan tanto el sexo con el afecto como las chicas, sino que lo ven como una necesidad primaria y natural.

Aquí es importante tener en cuenta qué sirve como modelo y aprendizaje a la hora de tener relaciones sexuales, ya que en la mayoría de las ocasiones los jóvenes utilizan el porno como primera vía de contacto con el sexo.

La imagen que el porno ofrece de la mujer es de sometimiento y denigración, imagen que no se corresponde con la realidad. También se da una situación de desigualdad debido a la desinformación y a los mitos.

Edad adulta.

Si en las etapas previas no se ha intervenido correctamente y no se ha hecho una buena psicoeducación, cuando llegamos a la vida adulta tenemos estos mitos y roles muy bien instaurados y podemos desarrollarlos en distintos ámbitos de forma similar.

Plano laboral.

Encontramos que las principales razones de la “inactividad” en mujeres (muy entrecomillado, hablamos de una actividad no remunerada ni valorada socialmente) es el cuidado a los otros. Ya hemos visto que nos han educado para eso.

Estadísticamente, las mujeres están mejor formadas que los hombres, sin embargo, son ellos los que tienen menos paro con el mismo nivel de estudios.

En el ámbito laboral vemos situaciones donde las mujeres son infravaloradas, cuestionadas por su situación personal, relegadas a un segundo plano aunque sean más competentes y estén más preparadas que sus compañeros.

Aparece también el acoso sexual en el trabajo, donde queda claro que a la mujer se la sigue viendo desde la cosificación y la sexualización.

Entorno familiar.

En las familias heterosexuales, las mujeres asumen la mayor parte de las tareas del hogar y del cuidado de los hijos. Esto sucede independientemente de que ellas puedan trabajar fuera el mismo número de horas que su pareja masculina.

Ellas tienden a asumir grandes cargas de responsabilidad que ni se valora ni se paga ni se ve, lo que puede llegar a afectar gravemente su salud. Aparecen más posibilidades de desarrollar ansiedad o depresión. También suelen ser las que en mayor medida asumen el cuidado de los padres o de las personas dependientes cuando las hay.

Si es la pareja masculina quien se hace cargo de las tareas tradicionalmente pertenecientes al sexo femenino, el cotilleo se desata y se plantean preguntas que no aparecerían si hubiera sido la mujer quien se hubiera quedado en casa.

Ámbito social.

Se sigue discriminando, maltratando y vejando a la mujer por el solo hecho de serlo.

Las mujeres son víctimas de acoso sexual, violaciones, maltrato físico y psicológico, sutil o manifiesto en un porcentaje muchísimo mayor que los hombres.

Es trabajo de todos y todas cambiar esto.

Es nuestra responsabilidad dar luz a aquello que ha sido y es invisible.

Tenemos que trabajar juntos para desenmarañar los nudos de este sistema desigual.

Si te reconoces en alguna de las propuestas que te enseñamos, sobre todo si quieres cambiar esta forma de relacionarte con hombres y mujeres, en un próximo post te daremos pistas que puedas seguir para hacerlo.

De momento, te proponemos que observes si estás reproduciendo estos mitos y roles. Puedes estar haciéndolo a través del humor sexista, el control, la publicidad, el lenguaje, la anulación, los micromachismos, etc.

Aún de forma inconsciente, puedes estar contribuyendo a que el sistema patriarcal se perpetúe.

homofobia

Homofobia intrafamiliar.

Desde fuera parece que casi nadie se plantea lo que implica para algunos/as compartir o hablar con normalidad sobre su orientación/expresión sexual.

Hay quien dice algo como “cuanta más normalidad le des, mejor”, “tampoco será para tanto, tienes que contarlo” y un largo etc.

Sin embargo, aún queda un largo camino hasta que a quién quieras amar o cómo quieras vivir no sea un tema de conversación “que se tenga que hablar”. Todo lo que se sale de «lo normal» sigue necesitando ser explicado.

La teoría dice que uno de los primeros pasos cuando «vives fuera de la norma» es comunicarlo a la familia. En el caso de tu orientación o expresión sexual, se supone que es lo más recomendable.

Hacerlo, hablar con tu familia y decirles quién eres y cómo quieres vivir debería ser algo sencillo y normalizado, aunque aún no lo es del todo, especialmente en según qué ambientes o familias.

Puede que experimentes taquicardia, mareos, ganas de llorar, síntomas de ansiedad, o cualquier otra reacción física en los momentos previos a decir “mamá, soy lesbiana” “papá, soy un chico y tengo novio”, “quiero hormonarme para ser mujer, no me siento hombre”, etc.

Por mucho que creas que conoces a tus padres o hermanos/as, algunas de las reacciones que veas pueden ser de sorpresa, incluso de shock. Una conmoción que puede durar días, incluso semanas.

Quizás actúen como si no les hubieras contado nada, estando en una fase de negación. Que tus familiares se sientan culpables también es una reacción que puede aparecer e ir dirigida tanto hacia la persona que habla de sus emociones (tú) con frases del tipo «vas por mal camino» o «te estás equivocando, eso no puede ser así»; hacia alguno de los progenitores «si es que lo has malcriado», «siempre ha hecho lo que le ha dado la gana y mira»; o incluso hacia uno mismo «¿qué he hecho mal para que me salgas así?», «la culpa es mía», etc.

¿Qué sensación de seguridad o confianza en sí mismo puede desarrollar un niño si sus cuidadores principales le rechazan o maltratan?

En los casos en los que la homofobia es muy intensa, el rechazo inicial puede ser tan fuerte que existan conductas negligentes de padres-madres hacia los hijos/as. Es este el caso de La Veneno, ampliamente expuesto en la serie de televisión homónima que muestra una cruda realidad ante lo que fue un proceso de homofobia en el seno de una familia que maltrató a su hija por no sentirse varón.

El maltrato físico, psicológico o la privación de necesidades básicas son conductas que tienen un impacto muy negativo en el bienestar mental de una persona, especialmente cuando se dan en edades tempranas. Cuanto más joven, más profunda la herida.

La ira y la rabia que la víctima experimenta, toman fuerza y generan una situación de hostilidad, negando por completo la identidad de la persona, anulando su propio self y mandando un mensaje que invalida totalmente sus emociones, pensamientos, etc.

En otros casos, la homofobia intrafamiliar ocurre de forma más sutil. Quizás no existe un rechazo tan explícito pero se le da, por ejemplo, un carácter fatalista y tremendista a la situación: “me ha nacido así el niño…”. El discurso va cargado de indirectas que pueden hacer pensar que “estás mal”, “eres defectuoso/a” o “te pasa algo malo”.

¿Cómo puede crecer un adolescente al que sus padres-madres le niegan su propia identidad?

Las consecuencias que a nivel psicológico se observan en la víctima tras un proceso de maltrato o negligencia familiar por homofobia pueden ser:

Trastornos de ansiedad y/o depresión.

Aparición de conductas de riesgo.

Como pueden ser adicciones, autolesiones, impulsividad en las relaciones sexuales, etc.

Somatizaciones.

Problemas en la piel, enfermedades autoinmunes, tricotilomanía, alopecia, etc.

Fuerte conflicto ante la propia identidad.

Que puede llevar a tener miedo a ser homosexual, generar procesos de homofobia interiorizada, etc.

Miedo e inhibición del comportamiento.

Provocando una modificación consciente o inconsciente de determinados comportamientos que puedan hacer «que crean que soy gay», «que digan que soy una marimacho». Se busca la aceptación familiar y social mediante la supresión de la propia identidad.

Búsqueda de aprobación excesiva.

Lejos de “querer llamar la atención” y “querer montar un espectáculo” quizás lo que hay detrás no es más que la búsqueda primaria e incesante de apego.

La valoración y validación por parte de la familia es la primera puerta para aprender a querernos a nosotros mismos, a valorarnos, y a no estar dispuestos a aceptar cualquier cosa con tal de recibir algo de cariño.

El caso de La Veneno muestra la cruda realidad de un menor que fue desprovisto de cariño, afecto y acogida incondicional por el hecho de ser diferente. Las consecuencias posteriores hacen que ir a la deriva sea la única opción para mantenerse a salvo.

Falta de confianza en uno mismo.

O bien inflo mi ego de forma desproporcionada para llegar a creérmelo, o bien quiero que casi nadie me vea y pasar desapercibido/a.

Desgaste psicológico.

Provocado por la sensación de “alerta” constante que hay que mantener a causa del rechazo que existe alrededor.

Irritabilidad y/o hipersensibilidad.

Relacionadas con el desgaste psicológico mencionado ante una situación de acoso constante, bien sea real o imaginario por experiencias anteriores.

Todos estos «síntomas» no tiene que darse de forma generalizada, puede que te sientas identificado/a solo con algunas e incluso que estés experimentando otras que no aparezcan aquí.

Cualquier menor, sea cual sea su situación, necesita un vínculo seguro. Todo aquello que genere miedo, inseguridad, ambivalencia o incertidumbre, provoca un desajuste psicológico que afecta la vida de la persona desde el primer momento.

En un caso de homofobia, el maltrato intrafamiliar causa un daño que, si vivimos en una sociedad homofóbica que lo repite, retraumatiza haciendo mucho más complicado solventar las carencias iniciales que una persona pueda experimentar.

La falta de referentes, los escasos recursos de apoyo, la poca visibilización, los estigmas sociales y familiares, las leyes que intensifican los prejuicios o la normalización de la violencia al colectivo LGTBIQ+ se convierten en la continuación de una pesadilla que pudo haber empezado en la infancia.

Esto, inevitablemente, aumenta el bucle de malestar e insatisfacción y el recibir ayuda, si la familia falla, es vital para realizar un proceso de aceptación que lleve a las personas al bienestar interior y general.

Este es el aprendizaje y el legado que aquellos y aquellas que, como La Veneno, sufrieron la homofobia de la forma más severa nos han dejado: la importancia de ofrecer a nivel familiar y social respeto y aceptación sin peros ni porqués.

Si estás en un proceso en el que crees que tu familia puede rechazarte, en Quiero Psicología te ofreceremos un espacio seguro. Un lugar cercano en el que hablar y ser tú, sin condiciones ni etiquetas. Te acompañaremos en el proceso para ayudarte a generar los recursos necesarios que te permitan mantener tu equilibrio emocional.

Adolescentes y pandemia.

La pandemia que estamos viviendo está teniendo consecuencias en todos los ámbitos de nuestra vida. El impacto laboral, económico y social es evidente.

Hemos tenido que cambiar nuestra forma de relacionarnos y de reunirnos con nuestros seres queridos y amoldarnos a las indicaciones que nos dictan las autoridades competentes.

Algunas personas han tenido menos problemas para adaptarse y aceptar y mantener las restricciones impuestas. Otras han sido incapaces de hacerlo, hasta tal punto que se han negado a cumplirlas y han continuado actuando como lo hacían antes de la pandemia.

¿Cómo está afectando esto a nuestros adolescentes?

Uno de los grupos sociales a los que más les ha costado adaptarse a la normativa es a la adolescencia y la juventud. En gran medida esto sucede por sus propias características generacionales.

Hablamos de un grupo de edad que se caracteriza, entre otras cosas, por un constante desafío hacia las figuras de autoridad.

Esto es debido a que están en pleno proceso de búsqueda de su propia identidad: necesitan sentirse diferentes, mostrar que no siguen al grupo al tiempo que buscan pertenecer a uno. Buscan sus propias características identificativas que les diferencien de la infancia y de los adultos. En este post, dejamos algunas pistas de lo que pueden estar experimentando nuestros hijas e hijas https://www.quieropsicologia.com/la-cuarentena-como-ha-afectado-a-nuestros-ninos-y-ninas/

Los y las adolescentes, en concreto, pelean, se enfrentan y cuestionan las decisiones que les afectan y que se toman sin contar con ellos, a pesar de que puedan ser beneficiosas o incluso necesarias.

¿Qué puedo hacer?

Imaginemos una familia en la que los padres, pensando en el bienestar de su hijo adolescente, crean unas normas de convivencia, horarios de llegada y tareas por cumplir.

Es más que probable que el hijo adolescente sienta que estas normas han sido creadas sin tenerle en cuenta y con el objetivo de coartar su libertad y su forma de expresión. Se enfrenta a sus progenitores negándose a cumplirlas y generando estrategias para poder saltárselas o esquivarlas.

Si esta situación la extrapolamos a lo que ocurre en este momento, podemos comprender que los adolescentes sientan que se les está ignorando. Tiene sentido que crean que se les está privando de una necesidad intrínseca a su edad: la socialización con su grupo. Un grupo de iguales con los que sienten identificados, que les comprenden y les apoyan incondicionalmente.

El cambio que podemos introducir es relativamente sencillo: si estas normas se crean a través del consenso y la negociación con el hijo adolescente, la probabilidad de que se cumplan y se respeten es mucho mayor.

Haciendo esto, incluyendo a nuestros hijos e hijas en la toma de decisiones que afecten al núcleo familiar, sentirán que se han tenido en cuenta sus necesidades e intereses y podrán comprender que determinadas limitaciones se han impuesto por el bien de la convivencia y para facilitar la seguridad de todos los miembros de la familia.

¿Cómo puedo hacerlo?

Necesitamos que nuestros jóvenes acepten las normas indicadas por las autoridades sanitarias. Que no expongan su salud y la del resto de la unidad familiar por el hecho de “estar con sus amigos”.

Obviamente es imposible incluirles dentro de la toma de todas las decisiones. Lo que sí podemos intentar es ofrecerles una explicación sobre lo que está sucediendo y el motivo por el qué se imponen estas limitaciones.

A la hora de transmitirles la información, debemos tener en cuenta que esta debe ser coherente, fundamentada y contrastada con fuentes fiables. Recordemos que nuestros hijos son expertos en buscar y encontrar la aguja de la noticia en el pajar de internet.

Una buena estrategia para que incorporen las normas a su forma de pensar, es permitir que sean ellos quienes realicen la búsqueda de la información. Utilizar su pericia con la tecnología puede ayudar a que se vean involucrados e implicados.

Una vez se haya obtenido dicha información, es fundamental ponerla en común entre todos los miembros de la familia. Que ellos sean los “portavoces” les ayudará a poder expresar cómo les hace sentir lo que ven, qué les preocupa y qué miedos tienen.

Este puede ser el punto de partida. Gestionarlo así puede ayudar a que, entre todos, se encuentre una forma respetuosa y adecuada de introducir esta normativa dentro de la rutina familiar.

Hacerlo así, de forma que todos se sientan implicados, atendidos y escuchados, permite que todos los miembros de la familia puedan expresar sus necesidades y deseos.

Como adultos, debemos entender que todas las normas que transmitamos como una imposición, van a provocar el rechazo de los adolescentes. Es importante transmitir lo que está ocurriendo desde la comprensión de sus necesidades. La validación de sus miedos y creencias nos ayudará a acercarnos a ellos y así facilitar el cumplimiento de normas.

Cuando los adolescentes sienten que son parte de la solución, que se han tenido en cuenta sus intereses y necesidades, cuando sienten que son escuchados, son capaces de involucrarse, de empatizar con las necesidades de los otros y de mostrarse colaboradores.

Nos encontramos en un momento complicado para toda la sociedad. Todos, de una forma u otra, hemos tenido que modificar muchas de nuestras rutinas.

Depende de cada uno de nosotros la forma en que manejamos esta crisis vital global. Podemos afrontarla o huir de ella. Podemos verla como una oportunidad para reflexionar y conocernos a nosotros mismos y a aquellos con quienes convivimos.

A través de la creatividad, de la comunicación, podemos transmitir a nuestros jóvenes y adolescentes que esta situación les puede hacer más fuertes, más capaces, con mejores y más recursos.

Observar y ver que otra forma de ocio y de relaciones son posibles, que no mayor cantidad significa más calidad.

Tanto adultos como adolescentes tenemos dos opciones: por un lado, podemos sacar lo mejor de nosotros mismos. Utilizar la búsqueda de información para desarrollar un pensamiento crítico y actuar en beneficio del crecimiento personal y social. Por otro, podemos dejarnos llevar por el miedo, caer en la rebeldía sin causa o en el desafío. Esto, probablemente, provocará malestar y sufrimiento a nosotros y a nuestro entorno.

Como siempre, tú eliges. Si necesitas ayuda para transitar el camino, no dudes en contactarnos, estamos para escucharte y apoyarte.

vuelta al cole en pandemia

La “nueva” vuelta al cole.

La vuelta al cole de nuestros hijos e hijas se está convirtiendo en una pieza clave para su salud emocional y mental.

Estamos en septiembre y como todos los años, es momento de comienzos. Pero este septiembre está siendo diferente, especial, hay que tomar medidas extraordinarias para el regreso a la rutina, que es igual pero distinta.

Y es en este momento, donde toma especial importancia la vuelta al colegio de niños y adolescentes.

Los centros educativos están tomando medidas para que el regreso a las aulas sea seguro y que la salud de la población infantil esté protegida.

Se está disminuyendo el ratio de alumnos por aula, el regreso se hará de forma escalonada. Hay centros educativos que están optando por realizar más actividades al aire libre mientras la climatología lo permita. Comedores, recreos, actividades extraescolares se están viendo limitadas, minimizadas o incluso no se realizarán.

Una de las medidas que se están implantando es la creación de grupos burbuja. Estos grupos de número reducido de niños, sólo se relacionarán entre ellos, facilitando la contención de los posibles contagios.

Todas estas medidas se están llevando a cabo para proteger la salud de niños y adolescentes y en consecuencia de los adultos que conviven e interaccionan con ellos y ellas.

¿Cómo pueden afectar estas medidas a la salud psicológica de nuestros hijos e hijas?

Debemos tener en cuenta que la vuelta al cole siempre genera ansiedad en todos los niños; el inicio de curso, nuevos profesores, nuevas temáticas, reencontrarse con sus compañeros, ¿habrá algún niño nuevo?…

Hay niños que viven esta ansiedad de forma positiva y expresan esos nervios por volver, mientras que otros viven esta misma emoción de forma negativa, acompañándola de miedos y temores.

Independientemente de cómo la vivan, los adultos debemos escuchar y sobretodo no cuestionar su forma de vivir la emoción. Ellos lo están sintiendo de manera real, incluso cuando los adultos podemos llegar a pensar que es una nimiedad.

A continuación, te damos algunas pautas que puedes seguir para ayudar a tus hijos e hijas a manejar esta situación nueva y desconocida:

1. Hablar.

Llevamos varios meses hablando del virus y de sus consecuencias, de cosas de adultos y ellos han adaptado sus conversaciones, sus juegos y su vocabulario a esta situación, pero ¿cuánto habéis hablado de lo que ellos sienten?

Este es el momento en que ellos deben tomar protagonismo, preguntándoles para que expresen qué emociones están experimentando ante el regreso a las aulas.

2. Escuchar.

Nuestro papel ha de ser de escucha, de atención y de comprensión. Ellos necesitan sentir que sus inquietudes, emociones y sentimientos son tomados en cuenta, que son importantes y que los adultos a su alrededor les prestan atención cuando hablan de ello.

3. Explicar sin alarmar.

Debemos utilizar un vocabulario adecuado a su edad y desarrollo, explicándoles las medidas han de seguir, por qué y para qué son necesarias sin entrar en dramatismos. Transmitirles que son importantes y que han de ser prudentes, pero es muy importante no impregnar esta información de miedo.

4. Mostrar la realidad.

En ocasiones, por evitar que los niños y adolescentes tengan una sensación de inseguridad, les damos mensajes que son irreales o cuestiones que no podemos asegurar.

Los mensajes que tenemos que transmitirles han de ser claros y concisos, sin hacer promesas que no podemos garantizar del tipo: “si cumples todas las medidas de higiene no te vas a contagiar”.

¿Y si no le llevo al colegio?

Muchos padres y madres se están planteando la alternativa de no llevar a los niños al colegio.

Además de las consecuencias a nivel académico, no llevar a los niños al colegio afecta a nivel más profundo: el colegio es el lugar en el que nuestros hijos e hijas crean sus primeras relaciones sociales.

En el colegio es donde aprenden que el mundo es más amplio que su familia, que hay otras formas de pensar y abordar las mismas situaciones.

Es el lugar donde comienzan a sentir que pertenecen a un grupo mayor, más allá de su familia. Aprenden normas, habilidades sociales, entrenan su inteligencia emocional, descubren, juegan, investigan, crecen…

Salud física y salud emocional.

Durante estos meses, casi todas las conversaciones y actuaciones giran entorno al cuidado de nuestra salud física, dejando en un segundo plano la salud emocional.

Debemos tener en cuenta que la salud física y la salud emocional son un todo, se complementan. Si una está deteriorada, disminuida o dañada, afecta irremediablemente a la otra.

Que nuestros hijos e hijas no acudan al colegio no va a evitar un posible contagio, pero sí va a privarles de un desarrollo emocional, social y mental que sólo en espacios académicos pueden obtener.

Relacionarse con niños y niñas de su edad, recuperar a los colegas de clase, retomar el contacto con otros adultos, todo ello es fundamental para el correcto desarrollo de nuestros hijos e hijas. Debemos ser conscientes de ello y evitar crear con nuestros actos, nuestros miedos y nuestra posibles paranoias, reflejos de nosotros mismos.

Si nuestros hijos e hijas detectan el pánico que podemos llegar a experimentar al dejarles en el cole, le cogerán miedo y no sabrán porqué. Si les gritamos por algo que han hecho ma,l relacionado con la higiene y los cuidados extra por el Covid, estaremos criando seres asustadizos.

Nadie dice que sea fácil, al contrario, cada vez parece más complicado criar a nuestros hijos e hijas teniendo presente su salud mental y sus necesidades afectivas. De lo que se trata es de intentar, tanto como podamos, que su realidad no esté plagada de monstruos víricos, que sus amigos lo sigan siendo, que no crezcan con el miedo detrás de la nuca.

Ciertamente, la situación nos lo está poniendo muy difícil, no sólo tenemos que hacernos cargo de nuestras emociones y nuestros miedos, también debemos prestar especial atención a lo que están experimentando nuestros hijos e hijas, poniendo el foco en sus necesidades.

Si estás encontrando complicaciones para manejar esta situación, no lo dudes, escríbenos y te ayudaremos a gestionarlo.

adopciones complicadas

Los procesos de adopción y acogida

¿Los problemas de conducta de tu hijo/a se hacen incontrolables?

¿Intentas comprender qué le sucede o cómo ayudarle?

¿Te sorprende su actitud hacia ti?

¿Esperabas una convivencia tranquila, cariñosa y de unión y sientes que sucede lo contrario?

Como en cualquier proceso de maternidad/paternidad las circunstancias vitales son variadas. En procesos adoptivos hay que tener en cuenta una serie de cuestiones.

Para los adultos probablemente sea un proceso cargado de emociones, ilusión y ganas, es posible que para el niño/a no sea así, sino al contrario.

Quizás estás ante un/a niño/a que ha vivido una serie de experiencias vitales que han influido en su manera de ver y entender el mundo. Experiencias que han determinado la persona que es ahora, las reacciones que tiene, su forma de pensar, de relacionarse o de comunicarse, entre otras.

Estas experiencias puede que no hayan sido agradables y que estuvieran cargadas de dolor, incertidumbre, malestar o miedo. Todo esto, junto a un cambio vital como la adopción, no es fácil de asimilar. Puede que se sienta asustado, desubicado o no entienda cómo le va a afectar esta situación.

Para entender su comportamiento actual, tenemos que conocer su realidad, desde sus inicios hasta el día de hoy. Es posible que estos niños, desde etapas muy tempranas, hayan experimentado ausencia de afecto o poca estimulación. Puede que se hayan sentido desprotegidos e incluso hayan sido víctimas de comportamientos ajenos que hayan puesto en peligro sus vidas.

Sus inicios en el mundo quizás comenzaron en casas de acogida o centros, con ausencia de cuidadores primarios que les permitieran conocer el mundo de una forma más segura.

¿Qué consecuencias puede tener esto en ellos/as?

Comienzan un proceso de adaptación, pasan a estar con una familia y en lugares totalmente desconocidos. Esto, acompañado de experiencias pasadas traumáticas, implica cierta reticencia, miedo y desconfianza a lo nuevo que se hace visible a través de problemas de conducta.

El miedo al abandono puede estar profundamente oculto. El vínculo que se crea desde el nacimiento de un bebé con sus cuidadores principales es vital para el correcto desarrollo de cualquier niño/a. Este vínculo se compone de todo lo que implica cubrir las necesidades básicas: las físicas, las emocionales, las cognitivas y las de protección y desarrollo.

El vínculo tiene que ser predecible y estable desde los primeros años de vida. El niño/a debe saber que pase lo que pase, ese vínculo estará ahí para calmarlo, cuidarlo o ayudarle a gestionar sus estados emocionales.

Cuando adoptas a un niño, conozcas su historia o no, es crucial que sepas que estás ante alguien que quizás no confíe en ese vínculo. Esto sucede porque, independientemente del motivo, estuvo en peligro una vez o incluso desapareció, lo que se significa sentirse completamente desprotegido y desamparado.

Si esto sucede, es posible que la confianza que supone volver a crearlo se haga muy despacio y  con mucha cautela por su parte. El niño no tiene ninguna garantía de que vuestro vínculo vaya a ser perdurable. No tiene la certeza de que no desaparezca. No sabe que siempre estará disponible porque no es lo que ha aprendido desde muy pequeño.

Si conocemos y entendemos sus vivencias, comprenderemos el terror que puede sentir y su mecanismo de defensa como autoprotección. Ante una situación muy dolorosa se activan inconscientemente todas las alarmas en un ser humano. Todo lo que implique perder ese vínculo conllevará conductas y emociones que expresarán el dolor y miedo que sienten a que eso vuelva a suceder.

Cuando comience a establecer un apego seguro contigo, depositará en ti toda su vivencia para apegarse de forma adaptativa. Esto significa que serás su “saco de boxeo”, “paño de lágrimas” y “pilar fundamental”. Contigo se permitirá expresar todo el dolor y hacerlo consciente para poder integrarlo en su vida y continuar viviendo de la forma más sana posible.

El grado de oposición que puedas observar será proporcional a las secuelas experimente por el daño recibido en el pasado. Quizás no conozca límites o se sienta perdido/a ante algo que no ha vivido nunca y que no sabrá cómo gestionar.

Algo que puede ser característico en edades más avanzadas es el comportamiento infantil que surja en diferentes situaciones. Si no ha podido vivir su infancia con normalidad y ahora siente que sí puede, aprovechará cada instante para recuperar esas experiencias perdidas.

Tal vez también observes cómo quiere destacar siempre, ser el/la mejor en todo o, buscar incansablemente la atención de quienes le rodean. Esto es una forma más de cubrir esa necesidad de afecto que no fue realizada tiempo atrás, y que como todo ser social, necesita. Esta búsqueda de atención por otras personas puede ser interpretada como exagerada esta, pero no hay que perder de vista el origen de este comportamiento.

¿Qué puedo hacer con todo esto?

Establece reglas claras y concisas. En principio, no va a asumirlas de golpe, lo que requerirá de ti grandes cantidades de paciencia y firmeza.

Hazle saber que es una persona válida, que merece ser querido/a, ayúdale a aceptar quien es, felicítale por sus logros.

Ofrécele seguridad, intenta que tanto tú como vuestro entorno sean predecibles. Evita las situaciones inesperadas que puedan generarle confusión.

– Conviértete en alguien con quien pueda hablar, muéstrale comprensión, escucha y empatía. Intenta entender todos los estados emocionales que puedan ir surgiendo: rabia, vergüenza, tristeza, etc.

Paciencia y cariño son imprescindibles para la reparación del vínculo que estás llevando a cabo.

¿Te encuentras en este proceso y estás experimentando algunas de estas dificultades o cualquier otra? En Quiero Psicología te acompañaremos, trabajando desde un enfoque basado en la teoría del apego que te ayudará a mejorar la dinámica familiar.

niños y cuarentena

La cuarentena ¿cómo ha afectado a nuestros niños y niñas?

Durante este año hemos vivido un estado de confinamiento, un hecho novedoso en nuestras vidas.

Nadie había estado en una situación similar antes. Ni los adultos, ni por supuesto, los niños.

Todos hemos actuado en función de nuestros recursos y lo hemos vivido lo mejor que hemos podido.

Obviamente, el tiempo que hemos estado en casa sin poder salir de manera normal y con las restricciones posteriores, ha tenido repercusiones.

¿Qué consecuencias ha tenido esta situación en nuestros niños y niñas?

Los efectos del confinamiento en niños y adolescentes dependen de muchas variables, la principal es la edad, porque en función de ésta sus necesidades varían.

De 0 a 3 años.

Los niños más pequeños, lo que más han sentido es la falta de salir a la calle. Los niños de esta edad muestran una alta necesidad de movimiento; un movimiento que les permite vivir nuevas experiencias, observar, ver… que les ofrece la estimulación que necesitan para que su desarrollo cognitivo sea óptimo. Se han visto privados de esa movilidad, pero al ser su capacidad de adaptación alta, se adaptaron al confinamiento y también a las salidas restringidas.

De 4 a 6 años.

Los niños en la franja de edad de 4 a 6 años siguen necesitando moverse, descubrir y explorar, además de una necesidad específica de socializar. Quieren ver a sus amiguitos, jugar con ellos, relacionarse e interactuar.

En este rango de edades, los niños y niñas están en un momento clave. Establecen sus primeras relaciones sociales y generan sus habilidades que practican en el colegio y los parques, espacios de los que se han visto privados.

Se ha observado que los niños se han mostrado más tímidos, más retraídos a la hora del contactos con otras personas (adultos o niños). De nuevo se han adaptado y han aprendido a jugar solos con pocas interacciones con iguales, exceptuando el caso de aquellos que tienen hermanos.

Con estas edades, también han podido aparecer o intensificarse miedos a monstruos o seres fantásticos. Su imaginación es muy vívida y en ocasiones les cuesta distinguir la realidad de lo que ellos han imaginado.

De 7 años en adelante.

En el grupo de niños y niñas entre los 7 años y la adolescencia, se inician los sentimientos de pertenencia a un grupo. No interaccionar con sus iguales les ha podido generar sentimientos de frustración. Necesitan esas interacciones para generar su autoconcepto, su visión de ellos mismos frente al grupo.

Las respuestas ante esa frustración pueden ir desde aceptación acompañada de un sentimiento de tristeza, hasta muestras de rebeldía por no poder salir. Tanto la tristeza como la rebeldía pueden darse de forma cíclica y, aparentemente, no estar relacionadas con la situación de haber estado confinados.

En esta etapa, nuestros hijas e hijas son conscientes de los peligros reales y pueden surgir miedos a salir a la calle para no contagiarse o no querer interaccionar con sus mayores para evitar la posibilidad de contagiarles.

Algunos niños han podido expresar estos miedos al ser conscientes de ellos, pero otros no han sabido identificarlos. Estos últimos han podido mostrar síntomas físicos, como malestar general, cambios en las rutinas del sueño o en los hábitos alimenticios, dolores de cabeza, etc.

En la adolescencia la necesidad principal es la interacción con iguales, el sentimiento de pertenencia al grupo es lo que guía sus acciones. No poder interaccionar con sus amigos les hace sentirse aislados, ignorados… en esta etapa todo es fugaz, o es ahora o se va a perder… “si no veo a mis amigos, van a dejar de serlo” es un pensamiento bastante frecuente.

El no reconocimiento de las figuras de autoridad está muy presente. Las consecuencias más comunes son la rebeldía y la transgresión de las normas. Como en el grupo de edad inmediatamente anterior, la expresión física de las emociones es muy común.

¿Qué hacer ahora?

Hemos vivido un verano atípico. Medidas restrictivas que han hecho que, a pesar de no estar ya en confinamiento, la sensación de falta de libertad sigua presente. Esta es la razón de que las consecuencias aparecidas durante el periodo de encierro permanezcan o incluso comiencen a manifestarse ahora.

Si observamos que hay un cambio en su actitud o en su forma de actuar, debemos prestar atención y acompañar sin juzgar o cuestionar. Lo que están sintiendo es real, aunque los adultos lo veamos desde otra perspectiva. Algunas pautas para ayudar a nuestros niños son:

  • Lo que están experimentando no es algo rotundo ni irreversible. Escuchar, apoyar y acompañar son las claves. Así podremos encontrar una oportunidad para ayudarles a desarrollar habilidades y recursos que necesitan y les serán útiles a lo largo de su vida.

  • La solución no pasa por preocuparse en exceso o ponerse en lo peor. Debemos prestarles la atención debida, actuando según las necesidades del menor y no adelantando consecuencias.

  • Una opción muy válida es que te asesores y te informes. Entender que es un proceso normal y que no actúan así por capricho. Son consecuencias lógicas de la situación que todos estamos viviendo.

  • Plantéate la posibilidad de acudir a una profesional cuando sea necesario. Si tienes dudas, si observas que el estado de ánimo del niño es preocupante, si la ayuda que le prestas no es suficiente, acudir a una psicóloga infantil puede ser el empujón que necesites, tanto tus niños y niñas como para tú. En quiero Psicología tenemos profesionales especializadas en la atención a niños y adolescentes, contáctanos y hablamos.