que-hacer-si-mi-amigo-suicidio

¿Qué hago si alguien que quiero tiene ideación suicida?

En este post hablaremos sobre una parte de la realidad social silenciada como es el suicidio. Según los últimos datos del INE, en el año 2019 en España se produjeron 3671 suicidios. Estas cifras traducidas al día a día implican que hay 10 suicidios diarios (cada dos horas y media). Respecto a la diferencia en sexos, 900 personas eran mujeres y 2.771 hombres. No obstante, es necesario señalar que las mujeres realizan hasta tres veces más intentos autolíticos respecto a los hombres y ellos lo consuman tres veces más. Este dato es muy relevante ya que se considera un factor de riesgo el número de intentos autolíticos previos.

A nivel mundial, cada año hay 800.000 suicidios, lo que supone que cada 40 segundos una persona se suicida.

Viendo estas cifras, es evidente que se trata de un asunto de salud pública de gran magnitud.

¿por qué hay cierto reparo en hablar de ello?

Del efecto Werther al efecto Papageno

Vivimos en una sociedad con tintes tanatofobicos, donde en general hay cierta aprensión a hablar sobre la muerte y todo lo que le rodea. En el caso del suicidio, el Efecto Werther no ha ayudado a su visibilización. Este efecto está basado en la novela ”Las penas del joven Werther “(1974) tras cuya publicación aumentaron los suicidios de forma considerable. Por el lado contrario, nos encontramos con el Efecto Papageno, basado en un personaje de “La flauta mágica” donde se muestran opciones diferentes a la consumación del suicidio. Este efecto supone que mediante un trato adecuado de la información por parte de los medios de comunicación ( sin señalar el método y sin romantizarlo viéndolo como el fin del sufrimiento) se puede contribuir a la prevención del suicidio. Del otro modo, el estigma social conlleva al silencio y dilatan el sufrimiento de la persona.

Mitos

Por este mismo motivo que acabamos de mencionar, la sociedad tiene un papel fundamental para la prevención del suicidio. El primer paso tiene que ver con tener información sobre ello y desmontar los mitos que sobrevuelan al suicidio para no juzgar a las personas ni banalizar y /o deslegitimar sus actos.

Vamos a hablar sobre aquellos mitos más extendidos al respecto:

  1. Las personas que hablan acerca del suicidio no se hacen daño, solo quieren llamar la atención: FALSO. De cada diez personas que lo consumaron, nueve avisaron de ello y la otra insinuó de algún modo su intención. Toda manifestación relacionada con el daño a un@ mism@ debe tomarse en serio y entenderlo como una petición de ayuda.
  2. El suicidio no se puede prevenir, es un acto impulsivo: FALSO. Las manifestaciones verbales o conductuales que suelen realizar la mayoría de las personas que lo intentan son una muestra de momentos de ambivalencia respecto a considerar su decisión.

A nivel social, es posible trabajar en su prevención mediante la implementación de las políticas necesarias, del mismo modo que ha venido ocurriendo en el caso de los accidentes de trafico y la violencia de género, cuyas víctimas se han reducido en un 69,79% y un 12,7% respectivamente desde el año 2000.

  1. Al hablar con una persona en situación de crisis sobre el suicidio puede incitarle a que lo haga: FALSO. Hablarlo reduce el riesgo de cometerlo, pues este espacio de comunicación es una oportunidad de validación emocional que contribuye a disminuir su sufrimiento y puede convertirse en un momento de reflexión sobre sus intenciones.
  2. Las personas que se suicidan son cobardes (o valientes):  FALSO. No es un acto que se pueda juzgar. La consumación del suicidio es una manifestación extrema del sufrimiento de la persona.

¿Qué hago si estoy ante una persona con intento autolítico?

Como venimos hablando, es importante no juzgar a las personas ni ignorar o minimizar sus verbalizaciones. Resultará fundamental ofrecer un sostén adecuado en los momentos de crisis. ¿Cómo podrías actuar en esas situaciones? Veamos una serie de orientaciones básicas.

  • Es entendible que la situación te abrume, pero es necesario aportar calma a la situación mediante tu lenguaje no verbal y verbal.
  • Retira los objetos que sean potencialmente peligrosos para esas personas (elementos que pueda usar con un fin autolesivo, medicamentos etc).
  • Favorece la escucha de la persona. Pregúntale sobre los sentimientos que tiene, si había pensado antes sobre el suicidio. En el caso de que fuese afirmativa la respuesta, pregúntale cuales fueron sus frenos y anima a la persona a verbalizar sus razones para vivir actualmente. Realiza preguntas para saber si ha pensado en un plan sobre cómo consumar el acto (si lo ha planificado y es viable que lo realice, supone un alto riesgo).
  • En esos momentos, la persona esta desesperanzada ante su presente y futuro y solo contempla el suicidio como solución. Interésate por aquello que le está generando ese sufrimiento y habla con esa persona sobre alternativas a la muerte que le ayudarían a gestionar su situación.
  • Permanece a su lado sin dejarle sol@. Si no sabes qué decir sí puedes realizar una buena escucha permitiendo que hable contigo. Será un tiempo ganado a favor ya que es una oportunidad para sentirse escuchado, entendido y acompañado. Transmítele tu preocupación sobre su plan y dile de forma explícita que para ti y para otras personas es alguien importante.
  • No reproches su planteamiento ( ej. “Qué cosas dices”,” cómo puedes pensar eso”) ni lances mensajes sobre lo bonita que es la vida.
  • No asegure la confidencialidad y busque apoyo en la red social/familiar más cercana. En caso de riesgo potencial, es necesario activar las acciones preventivas necesarias como contactar con los diferentes Servicios de Emergencias Médicas mediante el 112.

Puede ocurrir que no se haya dado este momento de crisis, pero estés preocupad@ por alguna persona cercana a ti. Es importante tener en cuenta señales de alerta como: comentarios negativos sobre sí mismo y su futuro, verbalizaciones explicitas sobre la muerte o cualquier comportamiento que simbolice una despedida (tanto verbal como conductual). Ante alguna de estas señales invítale a hablar y ofrécele buscar ayuda juntos.

Si estas si estas viviendo esta situación o estas preocupado por alguien de tu entorno, desde Quiero Psicología queremos decirte: “no está sol@”.

duelo-perinatal

Consejos frente al duelo perinatal

Llamamos duelo al proceso psicológico que conlleva una pérdida o fallecimiento. En este proceso de adaptación, surgen diferentes emociones que nos ayudan a procesar que esa persona ya no está entre nosotros, como por ejemplo la tristeza, la rabia o el enfado.

Cuando un embarazo no llega a término o el bebé fallece tras el parto, se desencadenan una serie de emociones adaptativas que reciben el nombre de duelo perinatal.

Si bien la OMS define el período perinatal desde las 22 semanas de gestación hasta una semana después del nacimiento, a nivel psicológico esta acotación resulta realmente limitada, ya que dejaría de lado los abortos que se dan en las primeras semanas de gestación o las muertes producidas en las primeras semanas de vida.

Esta definición, en la que la gran mayoría del sistema sanitario se basa, invalida el dolor de los progenitores que se encuentran fuera de este rango, lo que aumenta aún más el estigma que sufren estas personas y el silencio de la sociedad ante estas situaciones.

Emociones más comunes del duelo perinatal:

Tristeza: Independientemente del tiempo de gestación, estos progenitores están experimentando una pérdida, la ruptura de un proyecto vital y de una serie de expectativas generadas en función de ese embarazo.

Culpa: El ser humano tiende a seguir un pensamiento lógico de causa-consecuencia. Sin embargo, ante un hecho imprevisto o improbable, encuentra serias dificultades para poder comprender qué factores han propiciado este desenlace.

Ante esta falta de respuestas, y teniendo en cuenta la postura del sistema sanitario, es muy común encontrarnos con madres que se sienten culpables o busquen algún tipo de explicación en comportamientos pasados como por ejemplo: Quizás sea porque ese día hice ejercicio, me tenía que haber cuidado más…

Vergüenza: Como hemos dicho, la falta de información, el miedo a dañar a estos padres y la ansiedad por no encontrar respuestas, genera un silencio y tabú social, que puede provocar que estos progenitores sientan vergüenza por comunicar lo que les ha ocurrido, ya que pueden sentirse juzgados o no comprendidos.

Impotencia: La falta de explicaciones contundentes, la falta de apoyos y una experiencia médica tan traumática pueden generar emociones como impotencia, rabia o frustración.

Miedo: Es habitual que surjan dudas y desesperanza acerca de la posibilidad de un nuevo embarazo, o también miedo a tener que enfrentarse a otro duelo.

Fracaso: Muchas mujeres sienten que están fracasando socialmente ante la imposibilidad de tener hijos de forma biológica o padecer problemas de fertilidad.

Como podemos observar, este tipo de duelo requiere de especial atención, por lo que silenciarlo solo aumentará el dolor de estas personas.

¿Qué frases NO debemos decir?

-Por lo menos estabas de pocas semanas

-Peor hubiese sido que el embarazo estuviese más avanzado

No intentes encontrar algo positivo en esta situación, estamos hablando de una pérdida y del dolor que ésta conlleva.

– Todavía sois jóvenes y podéis volver a intentarlo

Esto invalida las emociones de los progenitores. El hecho de tener o no otro bebé en el futuro, no va a eliminar la pérdida que acaban de sufrir, y mucho menos, sustituirla. No minimices su pérdida mostrando datos acerca de la probabilidad de un futuro embarazo.

Hubiera sido más duro si lo hubieseis conocido

Esto es un mito, ya que los datos demuestran que las emociones de rabia e impotencia pueden intensificarse en el caso de padres a los que se les ha impedido ver el feto o despedirse de su hijo.

Es una decisión del destino; cuando tenga que ser, será

Tener un hijo es una decisión personal y cuando se inicia el embarazo, surgen una serie de expectativas y proyectos asociados que se ven truncados cuando éste se interrumpe de forma inesperada. No busques dar consuelo a estas personas con este tipo de frases, ya que pueden aumentar la sensación de impotencia y desesperanza.

Como hemos explicado previamente, el ser humano tiende a buscar explicaciones y causas ante los sucesos que no esperaba, si bien hay personas que pueden verse reconfortadas en apoyarse en cuestiones más espirituales, también podemos encontrar personas a las que les produzca rechazo y mayor desconsuelo.

¿Cómo puedo ayudar?

Pregunta cómo se sienten y a ambos progenitores: No evites conectar con el dolor de esas personas, permite que expresen su dolor y sus sensaciones, y lo que es más importante: No quites de la ecuación al padre. Se ha comprobado que ante estas situaciones, ambos progenitores tienen la mismas emociones de duelo.

Pregúntales directamente por la pérdida, si tenían algún nombre pensado, si guardan algún objeto de recuerdo… Hablarlo no va a producirles más dolor, sino que puede ayudarles a sanar la herida. Recordemos que habitualmente estas situaciones son tabú en la sociedad, por lo que debemos crear espacios seguros para poder comunicarnos.

Valida sus emociones: No minimices sus dolor, estas personas están experimentando una pérdida y cada persona procesa el duelo como mejor puede. El silencio solo aumentará la sensación de desesperanza.

Muéstrate disponible: Ofréceles tu voluntad de ayudar y escucharles cuando lo necesiten, a buscar información médica o asesoramiento psicológico si lo necesitan, siempre y cuando, se respete también su espacio de duelo.

Coincidiendo con el mes internacional de la concienciación de la muerte gestacional y perinatal, desde Quiero Psicología queremos dar visibilidad a estos procesos y ofrecer un entorno seguro donde poder hablarlo, sin temor a ser juzgado o rechazado.

Si lamentablemente has experimentando una pérdida de este tipo, si te sientes identificado con las emociones expuestas anteriormente o crees que necesitar sanar un duelo, desde Quiero Psicología podemos ayudarte.

cuidando-cuidador

Cuidando al cuidador

Cuando estamos al cuidado de un familiar o amigo enfermo, tenemos la tendencia de organizar los horarios acorde a sus demandas. Sin embargo, si la enfermedad se cronifica, es habitual que progresivamente nuestra vida empiece a girar en torno a sus necesidades.

En este caso, llamamos cuidador a la persona encargada de cubrir las necesidades especiales de alguna persona ya sea por su edad, condiciones físicas o porque padece algún tipo de enfermedad. Por ejemplo, una persona que se dedica a cuidar a algún familiar anciano o a una persona con discapacidad física.

En España, se estima que el 90% de las personas dependientes se encuentran bajo la atención de algún familiar.

Cuando esta situación se prolonga en el tiempo, existe el riesgo de que el cuidador acabe desarrollando una sensación de sobrecarga y fatiga, que a largo plazo, puede repercutir negativamente en su área laboral, social y emocional.

¿QUÉ CONSECUENCIAS TIENE EL ROL DE CUIDADOR?

Sobrecarga:

La gran mayoría de estas personas también han de hacer frente a su trabajo, tareas domésticas y cubrir sus propias necesidades. Es habitual que si nos encontramos en esta situación experimentemos la sensación de no poder llegar a todo.

Fatiga:

La sobrecarga de tareas y sobreimplicación en los cuidados provoca, inevitablemente, un elevado grado de cansancio que puede acabar generando lesiones musculares y problemas de salud.

Ansiedad por el futuro:

Muchos de los cuidadores se preguntan: ¿quién cuidará a esta persona cuando yo no esté? O ¿si yo enfermo, quién se hará cargo de sus cuidados?. Por lo que es muy habitual experimentar preocupaciones y desesperanza hacia el futuro.

Aislamiento social:

La sobrecarga puede dar pie a cancelar planes sociales, posponer compromisos laborales o médicos, evitar conocer a gente nueva, etc. Paulatinamente, esto provoca la limitación del contacto social y a largo plazo, el aislamiento.

Descuido de los hábitos de salud:

Cuando debes hacer frente a tantas demandas, puedes acabar dejando de lado los hábitos alimenticios, de higiene y de sueño. Cuando tu horario se centra en los cuidados de la otra persona es normal acabar adaptando toda tu rutina a al suya.

Tristeza por la pérdida de reforzadores:

Cuando la vida del cuidador se limita a cuidar a la persona dependiente y deja de lado a sus amistades y compromisos laborales, es normal experimentar una sensación de vacío y soledad.

La emoción de tristeza surge ante las pérdidas, por lo que estas personas pueden verse inmersas en una espiral constante de pérdidas, al focalizar su rutina únicamente en el bienestar de su familiar y descuidar su propia salud.

Culpa:

Esta emoción surge cuando la persona cuidadora antepone sus necesidades o compromisos a los de la persona cuidada, considerando, de una forma distorsionada, que está haciendo algo malo y actuando de forma desconsiderada por no estar dedicada exclusivamente al rol de cuidador.

LOS CUIDADORES DURANTE LA PANDEMIA

El Informe sobre el Bienestar de los Cuidadores de 2020, señala que todo este malestar se ha intensificado a raíz de la pandemia.

El hecho de tener que limitar los contactos sociales, la disminución de plazas en los centros de día y la sobrecarga de la atención primaria, han disminuido considerablemente los apoyos de estas personas y por tanto, reducido su autonomía.

A esto habría que sumarle el gran porcentaje de personas que afirma tener miedo de padecer COVID y por tanto, no poder hacerse cargo de la persona que cuida, aumentando así su hiperresponsabilidad y nivel de ansiedad.

Otro dato interesante de este informe, es la desigualdad entre sexos, ya que existe un mayor porcentaje de mujeres cuidadoras, que hombres cuidadores.

¿QUÉ PUEDES HACER? CUÍDATE

Recuerda tus derechos:

Tienes derecho a decir NO, a equivocarte, a descansar, a no poder con todo, a pedir ayuda y delegar responsabilidades.

Establece límites:

Prioriza las tareas importantes de las tareas urgentes pero no importantes. Veamos un ejemplo de este concepto para entenderlo mejor:

Imaginemos que yo tengo la costumbre de desayunar café con leche todas las mañanas y mi día establecido para hacer la compra son los jueves por la tarde. Resulta que un jueves por la tarde me invitan a una pequeña fiesta de cumpleaños que coincide con mi hora habitual de realizar la compra. Si no compro leche, no me podré hacer mañana mi café rutinario, pero si voy a hacer la compra a la hora de siempre, me perderé la celebración.

En este caso, quizás me compense más acudir a la fiesta, que es un evento único, y modificar mi rutina de desayuno. Es cierto que si no voy a la compra, no podré desayunar el viernes mi desayuno habitual, pero puedo hacer la excepción al no tratarse de un problema urgente, y desayunar fuera de casa o comer algo diferente.

Fomenta el autocuidado:

Una vez establecida una rutina realista, es imprescindible incluir pequeños momentos de autocuidado, siendo obligatorio contemplar como mínimo un momento al día para ello.

Con autocuidado no nos referimos a acudir a un spa a diario, sino realizar actividades que nos resulten gratificantes como escuchar música, leer, caminar, hacer ejercicio físico, dibujar, etc.

Mantén hábitos saludables de higiene, alimentación y sueño:

Trata de acostarte siempre a la misma hora y de mantener una dieta equilibrada, que incluya todas las comidas.

Apóyate en asociaciones o en grupos de apoyo:

Estos servicios permiten por un lado, obtener información sobre la enfermedad para establecer metas realistas y ajustadas, y por otro lado, establecer una red donde poder desahogarse y apoyarse ante una situación tan compleja.

En conclusión, no podemos cuidar a otra persona adecuadamente si no nos cuidamos primero a nosotros. Si te sientes identificado con este post y te gustaría recibir más información, en Quiero Psicología estaremos encantadas de atenderte y poder acompañarte en este proceso.

verano-frustrante

¿Te frustra sentir que tu verano no es estupendo?

¿Estás deseando que termine el verano? ¿te quema ver las redes sociales por lo que publican los demás? ¿sientes que tu verano está siendo nefasto en comparación con el de otras personas?

Quizás el periodo vacacional para muchos sea la mejor etapa del año y para otros sea un suplicio. Si para ti está siendo complicado lidiar con las distintas realidades que presentan los demás sobre su verano, este post puede interesarte.

Abres una red social y automáticamente sientes presión en el pecho o taquicardia, observas los lugares paradisíacos a los que van las demás personas, las reuniones sociales y familiares o la cantidad de actividades que pueden llegar a hacer y tú, comienzas a sentirte totalmente alejado/a de esa realidad.

Tras un rato observando fotos, vídeos, lugares y personas, decides dejar el teléfono sintiendo a continuación una mezcla entre tristeza, ansiedad y desmotivación.

Entras en bucle con diálogos internos sobre lo “poco divertido” que está siendo tu verano, lo “poco que aprovechas” y la “mala suerte” que tienes.

Quedas exhausto/a y llegas a perder hasta el apetito o a no conciliar bien el sueño y, en definitiva, deseas fuertemente que el verano llegue a su fin para recuperar la rutina de trabajo/estudios y que todo el mundo vuelva a sus quehaceres.

Llegados a este punto te planteas, ¿qué puedo hacer para no sentirme así?

Parece que hay determinadas fechas en el calendario que están cargadas de clichés a los que ajustarse y el verano es una de ellas. Reuniones, viajes, fiestas, etc., son ingredientes que parecen indispensables para poder “decirle al mundo” que has tenido un verano como “debe de ser”.

Se inicia una competición por ver quién viaja al lugar más espectacular, quién ha pasado menos tiempo en casa y quién llega a septiembre con el color de piel más dorado. Todo lo que no se ajuste a dicho patrón de vacaciones “ideales” queda relegado a otra cosa que, desde luego, no puede ser considerado “verano” y, por tanto, se presupone como una “pérdida de tiempo”.

Si observas los meses comprendidos entre junio y agosto desde el filtro que acabamos de describir, siento decirte que con alta probabilidad vas a experimentar como poco, una gran frustración.

Aprovechando que aún queda medio mes para que todos volvamos a la rutina, te animo a que observes qué te quieren decir las distintas emociones-sensaciones que estás sintiendo en relación con lo que hablamos hoy.

La sensación de malestar puede ser una señal de tu mente-cuerpo que está pidiendo a gritos que escuches y que hagas algo al respecto. Esto no quiere decir que tengas que buscar el primer vuelo a Menorca que veas si no, que tal vez, deberías escuchar tu diálogo interno para llegar al fondo de tu necesidad real. Veamos una serie de ejemplos:

-Acabo de ver que mi compañera de trabajo se ha ido de vacaciones con su pareja a otro país y que están visitando lugares espectaculares. Sientes tristeza, envidia, rabia….

Si ahondamos en tus emociones, puede que observes que tu necesidad no es viajar a otro país, si no, pasar más tiempo con tu pareja. Hace mucho que no os dedicáis tiempo de calidad y algo dentro de ti se activa cuando ves a los demás haciéndolo.

-Tu hermano se va a pasar una semana con sus amigos a una casa rural con piscina. Cuando lo ves haciendo la maleta te vas, estás irritado y no quieres ni verlo….

Cuando escuchas tu emoción, conectas con la sensación de echar de menos a tus amistades. Hace varios veranos que no coincidís todos juntos para hacer una escapada y esto te llena profundamente de tristeza, ojalá tú pudieras hacer esto con tu grupo.

-Tienes una cena programada y unas copas luego, pero te comienzas a agobiar porque no tienes ropa nueva y quieres ir con un modelito nuevo. Al final, no encuentras nada que te convenza y cancelas el plan…

Al calmarte te das cuenta de que no has cancelado por el capricho de “no tener un modelito nuevo”. La realidad es que era una quedada importante y querías usar ropa que no sea la habitual pero no cobras lo suficiente en tu trabajo y no has podido aún renovar algo tu armario. La vía de escape fue cancelar ante el malestar que esto te generaba.

Con estos ejemplos (y mil más que podríamos poner), analizamos como detrás de una o varias emociones hay una necesidad real que, si escuchamos y atendemos, podremos cubrir y, por tanto, sentirnos mejor.

Buscar un trabajo con mejores condiciones, comunicar con tu pareja cómo te sientes y qué necesitas, ampliar tu red social para compartir con más personas el tiempo y no quedar relegado/a al grupo de siempre y su disponibilidad, etc… son cosas que sí son «solucionables»

Lo que observas en redes sociales puede dar pie a determinar qué estás necesitando y no tienes y hacia dónde te gustaría encaminarte, pero recuerda, que no todo lo que se muestra es la realidad general de las personas. Dedica tiempo a escucharte, identificar tus necesidades e intentar cubrirlas a corto-medio o largo plazo.

¿Qué puedo hacer entonces?

Durante este proceso en el que eres compasivo/a contigo mismo/a y te permites entender qué te está sucediendo al compararte con otros/as, puedes realizar una serie de conductas concretas que pueden ayudar a reducir el malestar:

Limita tu tiempo en redes sociales. No toda la realidad es justo lo que se publica, por tanto, no alimentes tu angustia observando todo el tiempo sólo la parte “ideal”

Relativiza y añade argumentos racionales que equilibren la parte emocional a tu bucle rumiativo. Elimina los mitos y prejuicios asociados a lo que es el verano. Se puede pasar esta etapa del año en casa descansando y viendo películas, no “tienes que” ir a una playa para ser feliz o rodearte de 50 personas diferentes

-Practica alguna actividad física. Salir a andar, correr, nadar, ejercicios desde casa, etc.

Estimula otras áreas. Lee, dibuja, escribe, escucha música distinta, etc.

-Ejercita la atención en el aquí y el ahora. Toma plena consciencia sobre lo que estás haciendo en este preciso instante, el lugar, los olores, sabores o sonidos. Disfruta lo que tienes en este momento. Pueden ser personas, salud, un lugar físico, etc.

Es posible que a pesar de tu esfuerzo sigas encontrando dificultad para reducir el malestar y sentirte mejor, y éste puede ser el momento clave para pedir ayuda. En Quiero Psicología continuamos dando atención en esta estación del año por lo que podemos comenzar a acompañarte en este proceso sin esperar a septiembre.

familia-tóxica

¿Qué creencias sobre la familia están limitando tu vida?

Vamos a hacer un juego, ¿te animas? Imagina que un día vas por el medio de un camino y te encuentras unas semillas, decides recogerlas y guardarlas cuidadosamente para que al llegar a casa poder germinarlas y plantarlas.

De vuelta acudes a la tienda y adquieres todo lo necesario; una maceta bonita, la escoges cuidadosamente, el mejor sustrato, el adecuado para las semillas que has encontrado, compras todos los útiles para el cuidado y crecimiento óptimo de la futura planta que saldrá de esas semillas encontradas.

Al llegar, lo preparas todo y comienzas con el proceso, todo como se debe hacer y al poco tiempo salen los primeros brotes. ¡Qué ilusión!, sigues con los cuidados, le das luz, agua, la observas, analizas si tiene alguna necesidad especial y si es así intentas cubrirla. Es un proyecto valioso para ti, se está creando una vida en esa maceta que parte de aquellas semillas encontradas.

Con el paso del tiempo la planta está grande y fuerte gracias a tus cuidados. ¡Qué alegría!

Ahora piensa que esa planta que primero fueron unas semillas no es una planta, es el vínculo que se genera en todas las relaciones. Al principio es débil, pequeño, al que hay que prestarle una atención especial, regarlo, alimentarlo para que vaya creciéndose y haciéndose más fuerte.

Pero, ¿qué ocurriría con esa planta si llega un momento que dejamos de regarla, de alimentarla, que no le damos la atención y cuidados que necesita? La planta terminaría por marchitarse y morir, ¿verdad? Lo mismo ocurre con las relaciones, si no las cuidamos de la forma necesaria, atendiendo a las necesidades que tienen en cada momento, el vínculo se marchita y se debilita.

Este vínculo se crea en todas las relaciones y cuando decimos todas es en absolutamente todas las relaciones, incluso en las familiares, un tipo de relaciones que son particulares ya que están vinculadas a muchos mitos.

Mitos en las relaciones familiares

Cuando decimos mitos dentro del entorno familiar estamos refiriendo a un conjunto de creencias que comparten los miembros de la misma familia con respecto al papel que deben cumplir cada miembro dentro de la estructura familiar y sobre la naturaleza de la relación.

Dentro de los mitos podemos hacer una clasificación en dos tipos:

1. Aquellos que son únicos y particulares de la familia. Este tipo de mito se han generado debido a la historia familiar y el contexto socioeconómico y político en el que ha ido creciendo la familia desde sus orígenes (abuelos, padres, hijos…)

2. Mitos familiares que podríamos denominar como más universales y que muchas familias comparten. Estos últimos son los que vamos a describir.

La familia es lo primero”

En muchas familias nos encontramos con que hay que anteponer las necesidades familiares grupales a las personales e individuales. Cuando existe este mito familiar nos podemos encontrar con una sensación de estar enjaulados, de que nuestro crecimiento y desarrollo personal se ve limitado y juzgado.

Cada vez que mostramos interés en algo que “no interesa” en la familia se nos puede llegar a tachar de manera explícita o no de egoístas y de no pensar en los demás.

Pero en realidad, incluso con la familia debemos mostrar un “egoísmo sano”, preocuparnos por nuestras necesidades y cuidar de nosotros mismos. Si nosotros estamos carentes, no podemos ofrecer atención y cuidado al otro.

En la familia todo se perdona”

Por el hecho de pertenecer a la misma familia tenemos carta blanca para hacer lo que nos plazca a los demás miembros de la familia. Todo debe aguantarse, asumirse, tolerarse, aunque dañe a otro.

Bajo este mito se pueden llegar a sustentar relaciones de maltrato en mayor o menor grado.

Los vínculos han de cuidarse (acuérdate de la plantita) y por mucho que sea un miembro de la familia no debemos tolerar que nadie nos agreda de ninguna forma. Por ello, es necesario ponernos límites propios, es decir, cual es el punto donde vamos a decir “basta” y exponerlos y explicarlos al resto de los miembros de la familia poniéndoles límites también a ellos.

Es de tu sangre, tienes que quererlo”

Compartir sangre, sólo nos hace parientes, es decir, compartimos genética con esa persona, compartimos una historia pasada compartida, al igual que con el resto de la humanidad.

Pero dentro de esa carga genética no hay un gen en particular que sea el del amor recíproco; el amor recíproco se crea, se alimenta, se cuida con las buenas relaciones, con los intereses comunes y con el respeto por la individualidad del otro.

Solo hay un modelo válido de familia”

Nada más lejos de la realidad. La familia son aquellas personas en las que sientes que estás en casa, como cuando éramos niños y jugábamos a pillar y había un lugar seguro donde no podía pillarte, donde sentimos eso, ahí es familia.

Una familia puede estar por parientes, pero también puede estar formada por amigos, por mascotas, por miembros de otras familias…

Familia es allí donde nos sentimos seguros.

La familia debe estar unida, pase lo que pase”

Sentir unidad dentro de nuestro entorno familiar es algo que nos hace sentir plenos y seguros, y es precisamente esa plenitud y seguridad la que nos hace estar unidos a nuestras familias.

Pero, y si tengo que estar unido por obligación a personas con las que no tengo nada en común, con las que no me siento seguro, con las que no se preocupan por ti, ni por tus intereses y cuando lo hacen es para criticarlos o juzgarte.

En ese momento, la unidad familiar puede convertirse en una cárcel.

Con todo lo que hemos dado por ti”

De este mito se pueden generar sentimientos de culpa, de deuda en la persona que la escucha del resto de sus parientes.

Hay determinados hechos, como los cuidados básicos, alimentación, ropa y cobijo que se dan por supuesto cuando llega un bebé al mundo; se dan por supuesto, porque es conocido por todos que hay en determinados casos que ni siquiera se dan los cuidados básicos.

Pero recibir estas atenciones durante nuestra infancia y nuestro crecimiento, en el que nos posibiliten el estudiar y formarnos en aquello que queremos no nos pone en deuda con nuestros padres o cuidadores principales.

El haber recibido “todo por su parte” no es condición sine qua non para que dejemos de lado nuestros proyectos de vida, intereses y motivaciones.

En mi casa jugamos así”

Hay en familias que no se habla de las emociones, de la muerte, de los miedos, de las dudas, no se muestran los enfados ni las tristezas; no se permite nada que pueda tener relación con una supuesta debilidad.

No se habla de aquellas cuestiones que alteran el aura de perfección y felicidad que se debe mostrar.

No se abordan aquellas cuestiones que pueden poner de relieve que hay problemas de vínculo entre los miembros de la familia o que el entorno familiar no es un lugar seguro.

¿Qué ocurre si rompemos estos mitos?

Los mitos cumplen la función de dinamizar las relaciones familiares, son los que se encargan de cada uno cumplamos nuestro papel otorgado e impuesto.

Son creencias, reglas son reglas implícitas, en algunas ocasiones casi secretas y prácticamente ocultas en el día a día de la familia.

Estas reglas estructuran la forma en la que nos relacionamos dentro del entorno familiar y que nadie osa a romperlas ya que si así lo hace corre el riesgo de ser considerado “la oveja negra de la familia” y de sentirse excluido de nuestro primer entorno relacional, por ello, en la mayoría de los casos, callamos y seguimos con el juego.

Pero seguir con el juego puede tener consecuencias muy negativas para nosotros ya que estaremos enviando al fondo del baúl nuestras necesidades, nuestros intereses, nuestras motivaciones en la vida.

Cuando esta situación se perpetua en el tiempo, nos encontramos con una lucha interna entre la lealtad hacia la familia y la responsabilidad para con nosotros mismos y nuestra vida, pudiendo generar síntomas de depresión, ansiedad y otros trastornos que sin duda deberán ser abordados con un especialista, con un terapeuta.

Si identificas alguno de estos mitos u otros más particulares en tu entorno familiar, si sientes que la lealtad familiar te impide crecer y desarrollarte, da igual la edad que tengas, ponte en contacto con nosotras, que en Quiero estamos encantadas de poder ofrecerte una mano que te acompañe.

¿Qué «tienes que» tener a los 30?

¿Sientes un cosquilleo cuando te das cuenta de que en poco tiempo cumplirás 30 años? ¿Te da pavor que te pregunten tu edad? Si la respuesta es sí, este post es para ti.

Parece que hay una línea divisoria entre una franja de edad y otra. Por debajo de 30 años, se te da la libertad de vivir y hacer lo que quieras, sin cuestionarte pero, cuando llegas al número 3, tenemos la sensación de “tener que” ajustarnos a unas expectativas que se presuponen “tenemos que cumplir” a partir de esa edad y que, sin embargo, quedan en gran parte muy lejos de la realidad.

Tener un trabajo estable, estar en pareja con posibilidad de formar una familia en unos años, obtener ingresos suficientes como para poder pagar una hipoteca o, al menos, tener un vehículo propio, etc. Todo esto es parte de la exigencia a la que has de ajustarte si vas a cumplir o ya tienes los 30 años. Pero ¿realmente es así de sencillo? Si sólo fuera saltar de una edad a otra y con un chasquido de dedos conseguir esta situación vital, no estaríamos haciendo este post ni tú sufriendo el malestar que puede generar esta situación.

¿Qué puedo hacer si me siento así?

-Evalúa si la exigencia viene de fuera o de dentro.

¿Realmente tienes la necesidad de tener pareja ahora mismo? Identifica cuál es tu necesidad real independientemente a tu edad. La sociedad construye una serie de patrones o de normas que van cambiando a lo largo del tiempo y, donde antes era lógico casarse con 20 años, ahora es más bien una idea remota. No te dejes arrastrar por esas condiciones y escúchate.

-Comparaciones.

Cada persona tiene su ritmo y las circunstancias son cambiantes para tod@s. Focalizar tu atención en “sólo” aquellas personas que tienen lo que se presupone que hay que tener a cierta edad, generará en ti frustración e inseguridad al no ajustarte a ese patrón. Es como centrar tu atención en un detalle concreto y perder de vista el alrededor o, como querer ajustarte a unos zapatos talla 32 teniendo una 40.

-Pensamientos “negativos”.

La forma que tienes de hablarte a ti mism@ te hace sentir de determinada manera. Si cuando hablas con amig@s tu mente te lanza mensajes del tipo “debería plantearme ser madre ya, voy a defraudar a mi familia” “él tiene bastante dinero ahorrado y yo no, soy un desgraciado”, sin lugar a duda, te vas a sentir con muchísimo malestar. Trabaja la compasión y el cariño hacia tu propia persona, elabora un discurso más ajustado y comprensivo contigo mism@. No es que seas un desgraciado o que se te esté pasando el arroz, es que quizás no tienes los recursos actualmente o que te sientes bien tal y como estás, pero acabas sucumbiendo a la presión social.

-Sensación fatalista o catastrofista.

“O tengo esto ya, o nunca podré conseguirlo”. El tiempo es limitado, es cierto, pero no todo es blanco o negro. Que cumplas 30 años o que tengas 32 y que no tengas lo que se espera que has de tener, no significa que no puedas conseguir objetivos y cumplir metas en otro momento vital. El ser humano es capaz de adaptarse a múltiples situaciones y de reinventarse en cualquier momento.

-Aquí y ahora.

Pensar todo el rato en el futuro que tu mente catastrofista te dice que no vas a tener, o entrar en bucle rumiativo sobre lo que hiciste mal en el pasado, etc., te aleja de una realidad incuestionable y es que, lo único que realmente “poseemos” es el momento presente. Este preciso instante es lo único seguro y con garantía que tienes. Entrena la capacidad de focalizarte en el presente y el tomar consciencia de lo que estás haciendo-viviendo en este momento. Disfruta lo que hay y valora lo que tienes.

Esto es parte de lo que puedes hacer para sentirte mejor respecto a la “presión social” asociada a la edad. Si consideras que esta exigencia está generando mucho malestar e incluso te resulta limitante en tu día a día, en Quiero Psicología trabajaremos para comprender lo que te sucede y ayudarte a encontrar una forma de disfrutar del maravilloso arte de cumplir años, y lo que es mejor, estar viv@ y tener mil posibilidades de volver a empezar una y otra vez.

Las relaciones en la era digital

Vivimos en la época del “aquí y ahora”.

De la inmediatez, del consumismo y las relaciones digitales.

Es un tema del que ya hemos hablado en otros términos en nuestro post «El amor en el siglo XXI».

Tenemos acceso a cientos de aplicaciones para conocer gente, publicar información o compartir cómo nos encontramos.

Con un simple movimiento de manos podemos hacer match con diferentes personas, conseguir plan para el fin de semana, y quién sabe, incluso encontrar pareja.

Sin embargo, esta sobreestimulación puede llevarnos a descuidar nuestras relaciones, afectando a la forma en que nos comunicamos.

El hecho de contar con tanta oferta convierte las relaciones en una especie de mercado.

Accedemos a un amplio escaparate de personas donde elegir.

Las nuevas tecnologías han eliminado barreras físicas entre nosotros, pero, ¿realmente están favoreciendo la comunicación? ¿acaso no están fomentando una sociedad cada vez más individualista?

Si alguien nos gusta, solo tenemos que deslizar a la derecha, si no nos llama la atención, deslizar a la izquierda.

Con un sólo movimiento podemos encontrar a numerosas personas a través de estas aplicaciones.

Es más, si no queremos saber nada más de alguien, es suficiente con borrar su contacto o bloquear su perfil en nuestras redes.

Lamentablemente, estas prácticas son cada vez más frecuentes y están claramente identificadas:

Ghosting

Llamamos ghosting (derivado de ghost del inglés, fantasma) a la práctica de eliminar toda comunicación sin aviso previo, llegando incluso a borrar el teléfono de contacto, dejando de seguir a esa persona por redes sociales, bloqueándola, etc.

La persona en cuestión, quien te hace ghosting, desaparece de tu vida sin justificación aparente.

Quienes utilizan esta táctica se caracterizan por no comunicar sus intenciones y sentimientos de una forma clara y concisa. Prefieren evitar decir cómo se sienten, bien por falta de estrategias de manejo emocional o por falta de habilidades sociales.

Deciden cortar directamente y que sea la otra persona quien asuma que la relación ha finalizado.

Si eres tú quien está sufriendo esta práctica, ante esta situación inesperada y la falta de información, es normal que te surjan preguntas:

¿Habré hecho algo que le haya molestado?

¿Será mi culpa?

¿Le habrá pasado algo?

Orbiting

El orbiting (del ingles to orbit, orbitar) se diferencia del ghosting en que la persona que deja la relación mantiene el contacto de forma virtual a través de las redes sociales.

La comunicación se interrumpe bruscamente y sin motivo aparente, igual que en el ghosting, no responde a los mensajes, etc. pero a la vez, y paradójicamente, comenta tus stories o da “like” a tus publicaciones.

De ahí su nombre, es como si estuviesen orbitando alrededor tuyo de una forma ambigua e incoherente.

En lugar de desaparecer y poder asumir que esa persona ya no va a estar más en tu vida, esta práctica te genera más incertidumbre y hace mucho más difícil el proceso de duelo.

Es normal que quienes hayan sufrido estas conductas tiendan a justificar la actuación de la otra persona con excusas de todo tipo.

Resulta muy complicado comprender un comportamiento tan contradictorio, mejor me busco una explicación que me pueda creer.

¿Qué puedo hacer si me han hecho ghosting u orbiting?

En primer lugar, debes tener claro que no es tu culpa. Si te han hecho ghosting no es porque hayas hecho algo mal.

No es fácil tolerar la incertidumbre.

Tendemos a buscar cualquier explicación que encaje en lo sucedido, aunque no sea válida ni real.

Lo que intentamos es reducir nuestra ansiedad.

Así, ante la total falta de información, tendemos a buscar un comportamiento causal, buscar el culpable de que la relación haya finalizado.

¿Por qué habrá desaparecido?

¿Le habrá pasado algo?

¿Le molestó algo que hice?

A veces la falta de respuesta ya es una respuesta en sí.

Lamentablemente no es la más adecuada.

Este comportamiento solo nos indica que el otro o la otra no tiene la suficiente madurez emocional como para hacer frente a una relación ni para asumir responsabilidades afectivas.

La responsabilidad está en quien corta la relación sin previo aviso, nunca en la persona que lo sufre.

Ante el orbiting, es normal que aparezcan pensamientos del tipo “pero si no estuviese interesada no me hablaría por redes”.

Es cierto, la otra persona parece tener interés, pero no al mismo nivel.

Parece que él o ella no es capaz de mantener una relación comprometida y mantenida en el tiempo.

No es porque no tú seas lo suficientemente valioso o valiosa.

Es el otro quien carece de las herramientas necesarias para mantener una relación estable.

Tampoco es capaz de gestionar las rupturas.

Probablemente se sienta terriblemente incómoda o incómodo al hablar de sus emociones o sentimientos.

Es muy probable que actúe así como norma, no es nada personal para contigo.

Estos individuos que experimentan dificultades para mantener lazos afectivos, muestran una tendencia evitativa.

Evitan situaciones comprometidas o delicadas.

Se trata de un mecanismo de defensa ante los vínculos sociales.

No tienen, por el motivo que sea, las habilidades necesarias para hacer frente a estos momentos.

Una «herramienta» muy recomendable es asumir que quien te hace ghosting, orbiting o cualquier otro palabro similar, lo hace en base a un patrón de comportamiento suyo.

Tú no eres responsable de que corte sin previo aviso el contacto.

No tienes la culpa de que actúe de una forma ambigua, como dando rodeos.

Tampoco has hecho nada para merecer que te traten así.

Puede ser complicado darse cuenta de lo que está sucediendo.

Suele llevarnos un tiempo aceptar que es eso lo que está pasando y, una vez aceptado, nos toca trabajar la pérdida y la tristeza que llegan de la mano.

Querer solo cuando a la otra persona le conviene no es bueno para ti, genera más incertidumbre y ansiedad.

Es importante ser conscientes, en la medida de cada uno, de nuestros sentimientos, acciones y de la forma en que afectan o repercuten en los demás.

Responsabilidad afectiva

La responsabilidad afectiva consiste en tomar conciencia de nuestro comportamiento y empatizar con las consecuencias que éste puede tener en la persona o personas con las que mantenemos algún tipo de relación.

No importa que esta relación sea esporádica, que no tenga etiquetas o que acabe de empezar.

Cualquier vínculo afectivo genera una serie de emociones en todas las partes implicadas, somos seres sociales por naturaleza.

Realmente, no es tan complicado ser una persona afectivamente responsable:

Atiende a tus emociones.

Sentir nos hace humanos, no es peligroso.

Tu identidad no va a cambiar por estar en una relación ni tienen por qué hacerte daño.

Permitirte experimentar y expresar tus emociones te facilitará enormemente crear y mantener relaciones duraderas.

Pregúntate qué tipo de relación quieres establecer.

Hasta que no tengas claro lo que quieres, no podrás expresarlo adecuadamente.

Si no lo tienes claro, exponlo con honestidad, date tiempo y permite que la otra parte sepa lo que puede esperar.

Pide y pregunta, es tu derecho.

Sé empático.

Piensa en cómo puede sentirse la otra persona ante tu falta de respuesta.

Cuando no tenemos capacidad de predecir lo que va a pasar o estamos pendientes de una respuesta que nunca llega, es normal experimentar ansiedad.

Si tú no quieres sentirla, intenta no provocarla en los demás.

Sé asertivo.

Una ruptura puede ser dolorosa, pero puedes ayudar a que sea lo menos dolorosa posible.

Es importante comunicar cómo te sientes desde el yo: “siento que siempre soy yo quien propone planes”, “me gustaría que no nos viéramos más”, «esto no es lo que quiero«, etc.

Claramente, parece mucho más sencillo señalar a los demás: “eres muy pesado, me estás agobiando” o “eres un egoísta”.

Obviamente, esto no son soluciones para un problema afectivo más profundo, pero sí que son ideas que te pueden ayudar a identificar el lugar en el que te encuentras.

Si sientes que alguna de estas ideas te suena conocida, crees que te cuesta establecer vínculos afectivos o asumir el fin de una relación, en Quiero Psicología estaremos encantadas de escucharte y ayudarte a encontrar soluciones.

eutanasia, muerte digna

El derecho a morir dignamente.

El 24 de marzo se legalizó la eutanasia activa en España, una ley que entrará en vigor a partir del 25 de junio del 2021.

Con esta nueva ley, la eutanasia se convierte en un derecho individual que nos permite decidir sobre cómo queremos morir.

Hasta ahora este hecho se contemplaba solo cuando se activaba el protocolo de “Muerte Digna”.

Hay algunas las diferencias entre estos dos conceptos:

La ortonasia o muerte digna habla del derecho que tiene toda persona, un paciente terminal especialmente, de morir dignamente.

Esto implica que puede elegir no ser sometido a prácticas que invasivas (cirugías, hidratación, alimentación o reanimación por vía artificial) al no garantizar una mejora y por generar más dolor y padecimiento.

La muerte digna permite que el proceso de la muerte fluya de manera natural, sin bloquearlo, detenerlo o retrasarlo.

Es un acto pasivo, se deja morir.

La eutanasia es un proceso activo, en el que una tercera persona hace algo que pone fin a la vida de la persona que está sufriendo por la enfermedad que padece.

Una opción es que un profesional sanitario administre al paciente alguna sustancia.

La otra es que un profesional sanitario prescriba esa sustancia y que sea el propio paciente quien se la auto administre.

En ambos casos, la muerte se produce de manera directa e intencionada.

Es necesaria una petición informada, expresada y mantenida en el tiempo por esa persona.

Se lleva a cabo en un contexto de sufrimiento debido a una enfermedad o padecimiento incurable que la persona experimenta como incapacitante y que no ha podido ser mitigado por otros medios.

Lo que se pretende es que quien está padeciendo deje de sufrir y que se desencadene la muerte de la forma más rápida y menos dolorosa posible.

Defensores y detractores

La eutanasia genera mucha polémica.

Quienes la defienden, la consideran como el derecho de todo ser humano a morir dignamente.

Defienden el derecho de los enfermos y las enfermas que no van a curarse, a evitar el sufrimiento.

El derecho de cualquiera que no quiere seguir viviendo sin un mínimo de calidad de vida.

Las voces que están en contra, consideran la eutanasia un crimen.

Un atentado hacia una persona que seguiría viviendo si no fuese por la intervención activa de una tercera persona.

Si lo vemos desde los ojos y la experiencia de una persona enferma y que sufre sin esperanzas de mejora, quizás tengamos una perspectiva más realista.

Decisión vital

Mucha gente tiene muy claro que no quieren vivir sin un mínimo de calidad.

Sobre todo en lo que afecta a la salud y a la capacidad de relacionarse y/o interactuar con el mundo.

Otras personas no se plantean este hecho hasta que no se encuentran en una situación de enfermedad crónica.

O hasta que alguien muy cercano se plantea la posibilidad de la eutanasia.

Hasta que no vemos que nuestra vida se convierte en una tortura, es muy probable que ni siquiera nos planteemos hacer nada al respecto.

Cuando alguien toma una decisión de este tipo, suele ser porque el sufrimiento es tan grande que no puede seguir viviendo como lo hacía antes.

No tiene porqué tratarse de un impedimento físico constante, puede ser un dolor aleatorio que te deje fuera de juego, la pérdida del control de tu cuerpo, la dependencia al 100% de otras personas.

Las motivaciones, deseos o inquietudes se ven limitadas por la enfermedad.

Son situaciones en las que el objetivo de la vida desaparece.

Vivir no es un incentivo.

Seguir vivo se convierte en un castigo para uno mismo y para otros.

Puede suceder que las funciones vitales sigan activas.

Lo más probable es que se vean limitadas o se desarrollen gracias a medios artificiales que la persona enferma entiende como un alargamiento de la vida con sufrimiento y padecimiento.

Tomar una decisión de este calibre implica muchos momentos de reflexión.

Sopesar sus consecuencias: el abandono de la vida, el sentimiento de fallar a tus seres queridos para los que eres importante.

Acompañar en el proceso

Si es alguien cercano quien ha tomado esta decisión, nuestro papel, el más importante es acompañar en el proceso.

A pesar de ser una decisión voluntaria, intencionada, pedida, informada, etc. no deja de ser un momento doloroso y difícil en el que pueden aparecer dudas, miedos e inseguridades.

Acompañamos en este proceso para que el final de la vida de esa persona querida sea lo más pleno posible.

Sintiendo que la decisión que ha tomado está bien.

Sin juzgar.

Mostrando afecto, cariño, amor.

Es un proceso en el que debemos acompañar de la manera que la persona enferma desee, tan bien como seamos capaces.

Es evidente que en este acompañamiento podemos experimentar miles de emociones contradictorias.

Miedos que no sepamos cómo llevar.

Dudas que no sepamos resolver.

No deja de ser una situación nueva y bastante única.

Vivir este proceso solos puede ser duro.

Quizás nos resulte abrumador.

Incluso podemos sentir que nos sobrepasa, que no podemos responder a las demandas de nuestro ser querido como desea o necesita.

En esos momentos es importante recordar que no estamos solos.

Seguro que podemos contar con el apoyo de otros familiares o amigos.

Si te encuentras en una situación como esta y sientes que te desbordas, puedes acudir a un profesional de la psicología que pueda ayudarte a entender lo que estás sintiendo.

Gestionar tus emociones, entenderlas y darles el espacio que merecen es fundamental.

En Quiero Psicología te escuchamos y te damos herramientas que te ayuden a entender lo que estás sintiendo.

Estamos solo a una llamada.

cuidado de mayores

Nuestros mayores y la pandemia.

Tras más de un año de pandemia, seguimos envueltos en una dinámica que nos obliga a estar alerta a muchos niveles.

Aparecen nuevos términos asociados al Covid, como la “fatiga pandémica”.

Es esa sensación de agotamiento que estamos viviendo tras mucho tiempo sosteniendo la incertidumbre, la alerta y todo lo que envuelve a la pandemia.

A cada uno le afecta de una forma u otra. Cada experiencia es única y personal.

Hoy queremos hablar de una población que ha sufrido especialmente esta experiencia.

Una población que sigue siendo la más vulnerable, la que más precauciones sigue necesitando tomar.

Hablamos de las personas mayores.

Nuestros mayores están padeciendo de forma directa y mucho más grave que otros grupos de población todo lo referente a la pandemia.

La reducción del contacto social y físico ha sido una de las primeras restricciones que se aplicaron y que se han mantenido firmes.

Las visitas a nuestros abuelos y abuelas en las residencias, prohibidas.

Ir a casa de la tía los domingos, prohibido.

Pasar la tarde con tu madre, prohibido.

El alimento que son los abrazos, los besos, la interacción social, prohibido.

Esta situación ha generado un aislamiento que nuestros mayores pueden intentar cubrir a través de videollamadas.

¿Te has parado a pensar lo importante que puede ser para ellos recibir una llamada, aunque sea breve?

La pandemia también se llevó por delante los Centros de día, los polideportivos, las clases y los talleres que nuestros mayores solían disfrutar y aprovechar.

Si eres joven, tendrás muchas opciones para entretenerte.

La universidad, clases, trabajo, gimnasio, bares, etc.

Las personas mayores podían estructurar su rutina incluyendo clases de informática o talleres de pintura.

¿Qué ha pasado cuando todo estaba cerrado?

¿Qué han hecho nuestros familiares con todo ese tiempo para llenar?

La falta de actividades ha fomentado el sedentarismo y el aburrimiento.

Muchos de nuestros familiares han comenzado a experimentar ansiedad y una profunda tristeza. La monotonía del día a día puede ser peligrosa si no les ayudamos a sobrellevarla.

El autocuidado personal como el uso de la mascarilla, gel desinfectante o mantener las distancias, supone estar pendiente todo el tiempo para no cometer errores que te pongan en peligro ni pongan en peligro a los demás.

Esto genera mucha inseguridad y puede llegar a suponer un peso agotador para cualquiera.

Prestar atención a que los demás también se cuiden y que si se acercan a ti lo hagan con garantía de que lo hacen genera mucha tensión y miedo.

Saltan un montón de preguntas que no tenemos tiempo ni de formular.

¿Habrá estado con muchas personas antes de venir a verme?

¿Se habrá lavado las manos al entrar a casa?

¿Por qué no se coloca bien la mascarilla?

A toda esta tensión diaria, podemos sumar la que les vamos poniendo nosotros cuando les llamamos o hablamos con nuestros mayores: “ten cuidado como pilles el virus puede ser muy peligroso” “deberías no salir a la calle ni recibir visitas” “las personas mayores tienen menos probabilidades de sobrevivir”, etc.

Ahora, imagina estar escuchando todo el rato este tipo de frases.

Encender la televisión y ver la cantidad de noticias que te recuerdan la peligrosidad y letalidad del virus a partir de cierta edad.

Todo esto genera en las personas mayores miedo.

Un miedo que se traduce en elevados niveles de ansiedad que suele venir acompañada de una sensación de aburrimiento y que mantiene y aumenta la cantidad de pensamientos rumiativos negativos.

Todas estas sensaciones y pensamientos generan malestar, sensación de desamparo, soledad e inutilidad.

La aparición y la suma de todo esto incentiva e incrementa cualquier sintomatología preexistente, no sólo física sino también psicológica.

¿Cómo puedes ayudarles?

Lo primero es ser conscientes de la situación que viven, ponernos en su piel y no ignorar su malestar.

Hacernos cargo como sociedad y como familiares.

Hablar con ellos por teléfono o video llamada, especialmente en momentos concretos del día como la tarde o la noche.

Preguntarles cuándo se sienten peor para acompañarles, aunque sea a través de las pantallas.

Según el caso, facilitarles el uso de alguna plataforma con la que contactar no sólo por voz sino por imagen puede hacerles sentir aún más cerca a las personas.

Darles mensajes de esperanza, de responsabilidad, pero también de certeza.

Ya se está vacunando a muchos de nuestros mayores y la situación y la tensión a la que se han visto sometidos, se irá relajando poco a poco.

En cualquier caso, podemos y debemos darles seguridad.

La vacuna no va a reparar su mundo emocional que ha quedado tocado. Necesitan recuperar su vida «normal» y debemos estar ahí para apoyarles en el intento.

Crear temas de conversación que no giren en torno a la pandemia y lo desastroso o difícil que está siendo todo.

Ellos y ellas ya lo saben y no es necesario desahogarnos con ellos y hacer que se preocupen más aún.

Tampoco es necesario mentir, pero debemos tener en cuenta que su cuidado y su salud mental son prioritarios.

Cuidarlos implica saber que, en este momento, no son nuestro paño de lágrimas ya que puede generarles aún más impotencia y malestar.

Es importante facilitarles actividades que puedan hacer a nivel individual.

Sopas de letras, puzzles, películas o series si tienen la opción, música o radio, libros, manualidades, etc. para que puedan pasar el tiempo.

Planificarles tareas para hacer deporte que puedan hacer sin dañarse.

Ejercicios sencillos y simples pero que les hagan mantenerse activos.

Técnicas de relajación y meditación a través de audio o vídeo o incluso vía teléfono para guiar paso a paso y hacerlo en compañía.

Acompañarles en la medida de lo posible y compartir el proceso, mostrando interés por lo que están haciendo.

Hacer visitas con todas las precauciones a menudo, para que, aunque sea breve, sientan el calor humano.

En el mejor de los casos, poder hacer turnos para convivir durante unos días o el fin de semana teniendo en cuenta las medidas de protección necesarias.

Utilizar elementos de higiene diferenciados e incluso mantener la mascarilla a pesar de estar juntos solo unas horas.

Hay que tener en cuenta también que puede que muchos familiares, amigos o vecinos hayan sufrido la peor de las consecuencias del Covid-19 como puede ser secuelas graves o incluso la muerte.

Perder a gente a su alrededor o contemplar la posibilidad de ser uno de ellos, genera mucho miedo y tristeza.

Es importante ayudarles a elaborar el duelo y acompañar en este proceso.

En los casos que sea necesario, aportar ayuda psicológica puede ser una opción acertada.

Si ha habido ingresos y han tenido que pasar ese período en soledad, aislados en un hospital, esta situación puede dejar secuelas que también hay que atender y escuchar.

Puede que estén algo más irritables en ocasiones, testarudos y testarudas, que se quejen constantemente, etc., como todos.

Se trata de comprender las pocas opciones que tienen y las limitaciones sociales y de salud que la pandemia y toda esta situación les ha creado.

Lo que hemos hablado de cómo les afecta todo esto.

Necesitan sentir que validamos sus emociones y no reñirles.

Escuchar y permitir la ventilación mental más que el rechazo será un soplo de aire fresco para ellos y ellas.

Si se te ocurren otras formas, serán bienvenidas y la propia persona mayor te lo agradecerá. Validar su etapa vital y darles cuidado propiciará que esta pandemia pase con más estabilidad y bienestar.

No seamos egoístas y cuidemos a las personas que tanto nos ha dado y que aún tiene mucho que ofrecer.

Si eres una persona mayor que necesita desahogo, te escuchamos.

También te podemos ayudar si cuidas de alguno de tus mayores y no sabes gestionar alguna cosa.

En Quiero Psicología ofrecemos terapia individual tengas la edad que tengas y con las precauciones necesarias para estar en un espacio seguro.

¿Cambiar es un imposible?

Si piensas que es muy difícil que las personas cambien, que si alguien lo hace es durante un tiempo determinado o que es inviable modificar ciertos patrones de comportamiento, quizás este post te interese.

El cambio en la conducta puede ser un tema contradictorio.

Hay dos bandos: unos opinan que sí es posible y otros que no.

Lo cierto es que ambas situaciones se dan y que no son excluyentes.

Desde que llegamos al mundo nos vemos envueltos en una serie de rutinas, hábitos y costumbres propias de quien nos cuida.

Estas rutinas son inicialmente la presentación del mundo y de las relaciones y van con nosotros allá donde estemos.

Lo que vamos viendo habitualmente se convierte en algo normalizado. Asumimos que esas son las formas de hacer las cosas o de vivir.

Durante la maravillosa etapa de la adolescencia, se desarrolla nuestra personalidad consolidando aquello que creemos, con un pensamiento más crítico que en comparación a cuando teníamos 3 años.

A partir de aquí hay quienes piensan que ya se terminaron todas las oportunidades para cambiar.

Si esto fuera así, la psicología no tendría sentido y estaríamos abocados al fracaso como sociedad y como personas.

Si NO quieres cambiar, o que NO va a servir para nada el cambio y que es IMPOSIBLE modificar algo, con bastante probabilidad NADA cambiará.

Así de sencillo.

Con estos ingredientes, el resultado será la aceptación de la situación manteniendo todo tal y como estaba.

Si piensas que SÍ te gustaría cambiar algo de ti, que SÍ puedes obtener ventajas tras ese cambio y que a pesar de la poca motivación quieres hacerlo, tienes muchas posibilidades de conseguirlo.

Muchos serán los intentos que habrás realizado para ser “distinto” y cambiar, y muchas habrán sido las frustraciones o las vueltas “a lo mismo”.

¿Esto quiere decir que por más que lo intentes no vas a poder cambiar?

No, en principio, no quiere decir eso.

El cambio no sucede por arte de magia ni existe un remedio eficaz para conseguirlo al instante.

Sin embargo, con los ingredientes adecuados, serás capaz de modificar lo que deseas.

¿Crees que eres la misma persona que cuando tenías 10 años menos?

Probablemente tu forma de pensar, opiniones o incluso gustos, no se mantengan exactamente igual que hace años.

Aprendes, vives nuevas experiencias y adquieres conocimientos que antes no tenías.

Ojo, no se trata sólo de vivir y fluir.

El paso de los años no es motor de cambio en sí mismo. Para cambiar hacen falta una serie de factores:

Cambiar implica motivación y consciencia.

Si no soy realmente consciente de qué quiero cambiar, por qué y para qué quiero hacerlo, el cambio será mucho más fantasioso e inviable.

Imagina que es tu pareja quien te pide que cambies, pero no entiendes realmente qué quiere que modifiques. O, sencillamente, no estás del todo de acuerdo en que seas tú quien tenga que cambiar.

Puede que intentes suprimir una conducta que se supone tienes que cambiar (tu pareja te lo está pidiendo) pero lo consigues durante un tiempo y luego vuelves a las andadas.

El pensamiento que te llega es algo como “no puedo evitarlo, al final, siempre caigo en lo mismo”.

Aquí hay una serie de preguntas que sería conveniente que te planteareas.

  • ¿Te has parado a pensar si realmente quieres cambiar esa conducta o si es una imposición externa?
  • ¿Te obligas a ti mismo o a ti misma a modificar algo sin tener motivos de peso?

Analizar tu conducta te permite valorar desde dónde viene esa petición de cambio y qué consecuencias agradables traerá.

Hacer este análisis tú solo o sola, puede ser complicado.

Quizás necesitas una ayuda externa.

Esta ayuda puede ser un familiar, un amigo o amiga. Alguien con quien te sientas en confianza y que te escuche sin juzgarte.

Tal vez sea el momento de solicitar ayuda de una persona experta.

El ser humano se co-regula con otros y el cambio también necesita tener referencias externas y recibir feedback.

Esto es posible si contrastas la información de fuera, la que te dan los demás, con la de dentro. Que tengas en cuenta lo que te demanda tu entorno frente a lo que tú sientes.

El siguiente paso es el cómo hacerlo.

Tienes muy claro qué quieres modificar y para qué y cómo te podrás sentir si cambias, pero no tienes herramientas para ello.

De nuevo pedir ayuda puede ser un factor clave.

Esta ayuda te va a aportar el apoyo de tu entorno o tener un lugar en el que hablar sobre este proceso de cambio.

Te permitirá observar cómo hacen los demás cuando están en una situación parecida a la tuya.

Aprenderás a mantener la paciencia y a tolerar la frustración ante los intentos sin resultado permanente.

A ser compasivo contigo mismo, aceptando que no es un camino lineal hacia arriba sino una ruta con desniveles, subidas y bajadas que te llevarán a la meta.

La conducta aprendida se puede reevaluar, desaprender y volver a iniciar un aprendizaje diferente.

Cambiar no significa modificar todo de ti.

Se trata de aprender otras formas de gestionarte, otras vías para canalizar situaciones, pensamientos y emociones.

Imagina que eres una persona muy celosa y siempre lo has sido.

Por más que intentas evitarlo, caes en discusiones con tu pareja por tu propia inseguridad.

No se trata de convertirte de la noche a la mañana en alguien que no es celoso o celosa.

Se trata de entender tu conducta. Qué hace que te comportes así. Descubrir de dónde viene esa inseguridad y comprender si los celos son funcionales para ti o no.

Saber si lo son es “tan fácil” como responder estas preguntas:

  • el hecho de que seas una persona celosa ¿tiene consecuencias agradables o desagradables?
  • ¿afectan tus celos a las diferentes áreas de tu vida o más claramente a alguna de ellas?

Hacerte consciente de todo lo anterior, te hará reflexionar y te ayudará a desear modificar estas sensación o consecuencias.

Esto no quiere decir que a partir de aquí sea tarea fácil, pero ya has dado el primer paso, que es el que más cuesta.

Tomar conciencia es fundamental.

Teniendo siempre bien claro que la forma en la que cambies dicha conducta requiere tiempo.

Un patrón tan interiorizado no se modifica con rapidez (o sí, depende de la persona) y esto no significa que sea imposible o que tú no puedas hacerlo.

Es como si acostumbras a conducir un coche y de la noche a la mañana te piden que conduzcas una lancha motora por el mar.

Puedes ser una persona experta en conducir coches y ser nefasta en el mar.

¿Significa eso que no puedes aprender a conducir una lancha?

No. Significa que necesitas aprender a hacerlo, practicar y entrenar hasta dominar la nueva conducta, la forma de conducir una lancha.

Quizás continúes con cierta tendencia a los celos.

Lo más seguro es que, con la intención que tienes de cambiar, puedas aprender a comprenderte y gestionar esas situaciones de otra forma.

Tú solo o sola o con ayuda, pero sí es posible modificar patrones y adquirir unos nuevos.

Ten en cuenta que cambiar una conducta también puede conllevar que vuelvas a equivocarte y tengas que volver a empezar.

Cambiar no es dejar de hacer algo para siempre.

Es tener en cuenta lo que sucede cuando te comportas de cierta forma o piensas de determinada manera y cómo te sientes o haces sentir a los demás con ello.

Es importante tener presente que el cambio comienza por uno mismo.

Aunque veas claro que alguien se está equivocando y haciéndose daño manteniendo un comportamiento determinado y quieras ayudarle, esa responsabilidad no es tuya.

Si alguien no quiere cambiar tú no lo harás por él o por ella.

Si te enganchas a la idea o el deseo eterno de que alguien que te quiere cambiará por ti, puedes correr el riesgo de invertir tiempo y energía en algo que no sucederá nunca.

Una cosa es dar una valoración sobre alguien desde fuera y otra muy distinta imponer a una persona una idea o necesidad tuya.

Si quieres intentar modificar algo, o ya tenías claro que querías hacerlo, pero consideras que necesitas ayuda, en Quiero Psicología podemos trabajar contigo.

Para que entiendas tus “porqués” y tus “para qués” y enseñarte nuevas herramientas que te permitan ampliar tus vías de actuación y pensamiento.